Skip to main content

Full text of "Obras completas de Diego Barros Arana"

See other formats


OBRAS  COMPLETAS 


DE 


DIEGO  BARROS  ARANA 


OBRAS  COMPLETAS 


D  E 


DIE&O  BARBOS  ABANA 


TOMO  X 

ESTUDIOS 

HISTORICO-BIBLIOGÍRÁFICOS 


SANTIAGO  DE  CHILE 

DELICIAS, 1167 


(\'^ 

^'>,. 


ESTUDIOS  HISTÓRÍCO-BIBLIOGRÁFICOS 


ADVERTENCIA  PRELIMINAR 

Siguiendo,  en  cuanto  es  posible,  la  ilación  histórica  en  la 
compilación  de  los  artículos  que  el  señor  Barros  Arana  es- 
cribió en  las  Revistas,  agrupo  en  el  presente  volumen  los 
destinados  a  dar  a  conocer  puntos  especiales  de  la  jeogra- 
fía  e  historia  nacional,  o  de  la  historia  jeneral  de  América. 
Forman  su  núcleo,  tanto  por  la  estension  de  los  trabajos 
como  por  la  erudición  de  los  detalles  acopiados,  los  asun- 
tos referentes:  a  la  historia  financiera  de  los  antiguos  jesui- 
tas  en  Chile;  a  la  historia  del  arte  de  imprimir  en  América 
i  a  la  acción  del  clero  en  el  movimiento  de  la  independencia 
americana.  Aunque  estos  tres  órdenes  de  estudios  han  sido 
adelantados  considerablemente  en  algunos  puntos  por  la 
investigación  posterior,  conservan  siempre  los  artículos  en 
referencia  un  alto  interés  histórico. 

Los  artículos  bibliográficos  que  se  insertan  correspon- 
den a  reseñas  bibliográficas  i  críticas  acerca  de  algunos 
cronistas  de  Chile  i  de  historiadores  de  América  que,  como 
los  similares  que  he  agrupado  en  volúmenes  anteriores, 
llevan  el  sello  de  la  prolijidad  esquisita  i  severa  que  carac- 
terizaba todos  los  trabajos  de  nuestro  autor.  Son  tan  de 
mano  maestra  algunas  de  estas  biografías  de  escritores  i 
tan  completas  las  noticias  reunidas,  que  mas  de  una  vez 


246474 


B8TUDI08    HISTÓRICO-BIBLIOORÁFICOS 


han  sido  reimpresas  (por  ejemplo,  la  de  don  José  Pérez  Gar- 
cía), sin  que  pueda  agregárseles  sino  apenas  alguno  que 
otro  accidente  que  escapó  a  aquel  formidable  erudito  i  con- 
sumado bibliógrafo.  Habría  deseado  añadir  en  algunas  de 
estas  sustanciosas  biografías  (por  ejemplo  en  la  del  padre 
Olivares)  las  abundantes  notas  con  que  el  señor  Barros 
Arana  completó  e  ilustró  la  Historia  de  los  je3uitah  (1593- 
1736)  pero,  por  su  gran  niimero  i  por  referirse  a  pasajes  li- 
gados íntimamente  al  testo  ,  no  serian  bien  comprendidas 
sin  copiar  también  las  partes  de  este  mismo  testo  pertinen- 
tes a  la  acotación.  En  la  imposibilidad  de  hacerlo,  remiti- 
mos al  lector  al  tomo  VI  de  los  Historiadores  de  Chile 
(Santiago,  1874),  modelo  en  este  jénero  de  publicaciones, 
que  como  el  Proceso  de  Valdivia ^  está  sembrado  de  un  cen- 
tenar de  curiosas  noticias  complementarias  e  ilustrativas» 
''Cuando  un  literato  se  encarga  de  publicar  i  de  anotar 
obras  antiguas— son  palabras  del  insigne  historíador  ar- 
jentino  Bartolomé  Mitre,  precisamente  a  propósito  del 
Proceso  de  Valdivia  -  debe  hacer  trabajo  de  erudición,  de 
crítica,  de  concordancias  históricas,  de  biografías  i  de  com- 
plementos necesarios,  bebidos  en  documentos  contempo- 
ráneos". 

Barros  Arana  a  este  respecto  ha  sido  insuperable  i  la 
opinión  que  acabo  de  citar  reviste  verdadera  autoridad  en 
este  jénero  de  cuestiones. 


Alejai^dko  Fuenzalida  Grandon. 


ESTUDIOS  SOBRE 

Documentos  relativos  a  la  historia  náutica  de  Chile 

EN  LOS  SIGLOS  XXVII  I  XXVIII 


I 

VIAJE  DE  ENKIQUE  BROÜWER  A  LAS 
COSTAS  DE  CHILE    * 


En  1646  se  publicó  en  Amsterdam  un  opúsculo  de  95  pa- 
jinas en  cuarto  con  el  título  de /om*wae/  ende  Mstoris  Ver- 
liael  van  de  Reyse  gedaen  hy  Oosteen  de  Straet  le  Maire  naer 
de  Gusten  van  Chili,  etc.  (Diario  i  narración  histórica  del  viaje 
ejecutado  por  el  este  del  estrecho  de  Le  Maire  hacia  las  cos- 
tas de  Chile  al  mando  del  señor  jeneralHendrickBrouwer  en 
el  año  de  1643)    ^,  del  cual  existe  una  reimpresión  hecha  en 

*  Publicado  en  el  Anuario  Hidrográfico  de  la  Marina  de  Chile 
(Santiago,  1882)  como  introducción  a  la  narración  histórica  de 
ese  viaje  en  que  están  detalladamente  referidos  los  hechos  i  aven- 
turas ocurridas  al  célebre  corsario  holandés  Brouwer  en  las  costas 
de  Chile.   Véase  Historia  Jeneral  de  Chile,  tomo  4,  cap.  11.— Nota 

DEL  COMPILADOR. 

1-  El  título  completo  de  la  narración,  que  sirve  de  portada  a  la 
obra  holandesa  orijinal,  es,  traducido   testualmente,  el  que  sigue: 

Diario  i  narración  histórica  del  viaje  ejecutado  desde  el  este  del 
estrecho  de  Le  Maire  hacia  las  costas  chilenas,  al  mando  del  jene- 
ral Hendrick  Brouwer^  en  los  años  1643,  comprendiendo  las  pro- 
piedades, el  comercio  i  las  costumbres  de  los  chilenos.  Acompaña- 
do de  una  descripción  de  la  isla  Eso,  situada  a  distancia  como  de 
30  millas  del  poderoso  reino  del  Japón,  a  la  altura  de  39°  49*  de 
latitud  norte,  la  cual  ha  sido  visitada  por  primera,  vez  en  este  mis- 
mo año  por  el  buque  '*Castricom'\  Todo  tomado  i  compuesto  de 
varios  diarios  i  escritos,  e  ilustrado  con  algunas  estampas,  por  un 
aficionado.   Amsterdam,  1646. 


10  M6TUDI0S    HISTÓRICO-BlBLlOaRÁFlCOS 

la  misma  ciudad  en  1660.  Aunque  publicado  sin  nombre 
de  autor,  advierte  en  la  portada  que  ha  sido  formado  so- 
bre los  diarios  de  algunos  de  los  individuos  que  hicieron 
esta  campaña,  i  basta  verlo  para  reconocer  la  verdad  de 
esta  indicación.  Es,  pues,  la  historia  sencilla  i  prolija  de 
todos  los  sucesos  de  esta  espedicion,  tal  como  podian  con- 
tarla los  testigos  i  actores.  La  narración  de  los  hechos  está 
acompañada  de  noticias  acerca  de  la  historia,  de  la  jeogra- 
fía  i  de  la  industria  de  las  provincias  que  visitaron  los  ho- 
landeses i  de  la  condición  de  sus  habitantes.  Esas  noticias 
son  jeneralmente  exactas,  i  están  espuestas  con  toda  clari- 
dad. Los  mapas  de  Chiloé  i  de  Valdivia  que  acompañan  al 
testo,  aunque  mui  defectuosos,  facilitan  la  iutelijencia  de 
las  operaciones  militares. 

Existe  de  este  libro  una  traducción  alemana  publicada 
en  1649,  otra  inglesa  en  el  primer  volumen  de  la  célebre  co- 
lección de  viajes  conocida  con  el  nombre  del  editor  John 
Churchill,  i  una  bastante  abreviada  en  francés  en  la  edición 
holandesa  de  la  Histoire  genérale  des  voyages.  Sin  embar- 
go, creyéndolas  incompletas,  me  he  servido  de  una  traduc- 
ción literal  del  libro  orijinal  el  distinguido  profesor  don  Jo- 
sé Roehner. 

La  historia  de  la  espedicion  de  Brouwer  ha  sido  ademas 
contada  en  una  obra  notable,  de  la  cual  ha  dicho  un  juez 
mui  competente  que  **por  mas  que  corran  los  siglos  será 
siempre  un  libro  importante  i  digno  de  consultarse", 
(Varnhagen  de  Porto  Seguro,  Os  holandezes  no  Brasil,  pre- 
facio). Nos  referimos  a  la  obra  titulada Rerum per octenium 
jn  Brasilia  et  alibi  gestar  a  m  sab  prefectura  Mauritie  Naso- 
vé  comitis  Historia  (Historia  de  los  hechos  ocurridos  du- 
rante ocho  años  en  el  Brasil  i  en  otras  partes,  bajo  el  man- 
do de  Mauricio,  conde  de  Nassau),  publicada  con  gran  lu. 
jo  tipográfico,  con  mapas  i  grabados  primorosos,  en  Amster- 
dam,  en  1647,  un  volumen  en  folio.  Su  autor,  Gaspar  Van 
Baerle,  mas  conocido  con  el  nombre  latinizado  de  Barlaeus, 
fué  un  insigne  erudito  holandés  que,  después  de  haber  escri- 
to muchas  obras,  destinó  los  últimos  años  de  su  vida  acón- 


VIAJE   DE3    ENRIQUE    BROUWBR  31 

tar  las  guerras  de  los  holandeses  en  el  Brasil,  utilizando 
los  documentos  i  relaciones  que  puso  a  su  disposición  el 
príncipe  Mauricio.  Esta  historia,  escrita  con  mucha  elegan- 
cia, aunque  con  recargo  de  adornos  i  de  referencia  a  los  an- 
tiguos griegos  i  romanos  "que  en  lugar  de  amenizar  la  na- 
rración la  hacen  a  veces  un  tanto  pesada",  consagra  las 
pajinas  258  290  a  contar  la  espedicion  de  los  holandeses  a 
Chiloé  i  a  Valdivia,  formando  un  cuadro  compendioso  pe- 
ro exacto  i  animado  de  esos  sucesos. 

Los  dos  libros  citados  son  historias  que  podemos  llamar 
de  primera  mano.  Entre  las  relaciones  posteriores  de  esta 
misma  campaña  que  se  hallan  en  algunos  libros,  debemos 
recomefídarcomo  la  mas  notable  la  que  ha  hecho  el  coman- 
dante Burney  en  su  importante  ChronoJogicaí  history  oi 
the  discoveries  in  the  South  Sea,  vol.  3.^,  pajinas  95  i  si- 
guientes. 

Los  historiadores  españoles  que  han  referido  esta  misma 
espedicion  han  cometido  los  errores  mas  inconcebibles.  El 
padre  Rosales,  el  mas  exacto  de  todos  ellos,  residia  entón 
ees  en  Chile  i  ha  podido  dar  noticias  mui  curiosas;  pero  cree 
que  Brouv^er,  a  quien  llama  Brant,  i  sus  compañeros,  eran 
ingleses,  i  cuenta  que  Herckmans,  a  quien  llama  Arquemans, 
i  los  que  con  él  firmaron  el  abandono  de  Valdivia,  volvieron 
a  Inglaterra  i  fueron  decapitados  en  castigo  de  ese  acto. 
Véase  su  Historia  jeneral,  tomo  3^,  páj.  236. 

Pero  todavía  son  mas  inconcebibles  los  errores  que  ha 
agrupado  don  Dionisio  de  Alcedo  i  Herrera  en  el  §  19  de  su 
Aviso  histórico,  libro  otras  veces  citado  para  señalar  el 
ningún  crédito  que  merece.  Dice  así:  **Por  el  año  de  1633, 
la  escuadra  holandesa  del  jeneral  Enrique  Breaut,  que  sa- 
lió de  Pernambuco  con  el  designio  de  tomar  a  Valdivia  i 
fundar  una  colonia  en  el  mar  del  Sur,  entró  por  el  estrecho, 
i  con  este  designio  hizo  desembarco  para  fortificarse  i  po- 
blar en  aquel  paraje:  no  permitiéndolo  el  activo  celo  i  fervo- 
roso esfuerzo  militar  del  gobernador  de  la  plaza,  que  con 
una  tropa  de  soldados  del  presidio  de  su  mayor  satisfacción 
i  otro  número  de  indios  confederados,  animados  del  ejem- 


12  ESTUDIOS  histórico-bibltogrAficos 

pío  de  los  españoles  i  del  valor  del  gobernador,  los  desalo- 
jaron a  cuchilladas,  obligándoles  a  abandonar  la  empresa»  . 
No  es  posible  acumular  mayores  errores  en  tan  pocas  líneas. 
Aun,  el  padre  frai  Miguel  Aguirre,  escritor  contemporá- 
neo de  aquellos  sucesos,  i  autor  de  un  curioso  libro  sobre 
la  repoblación  de  Valdivia,  ha  incurrido  en  algunas  equivo- 
caciones al  referir  la  campaña  de  los  holandeses. 


II 

DIARIO  DEL  VIAJE  1  NAVEGACIÓN 

HECHOS  POR  ELPADRE  JOSÉGARCIA^DE  LA  COMPAÑÍA 
DE  JESÚS.  DESDE  SU  MISIÓN  DE  CAILIN,  EN  GHILOÉ,  HA- 
CIA EL  SUR^  EN  LOS  AÑOS  i766  I  i767.   * 


El  abate  chileno  donjuán  Ignacio  Molina,  autor  de  la 
Ilistoria  natural  i  civil  del  reino  de  Chile,  en  la  lista  bi- 
bliográfica de  escritos  sobre  la  historia  i  la  jeografía  de  es- 
te paisque  ha  publicado  al  fin  de  su  obra,  menciona  un  ma- 
nuscrito que  cataloga  así: 

García  (ab.  Josef),  Viajes  a  las  cordilleras  i  a  las  tierras 
magallánicas.  Ms. 

En  algunos  documentos  habíamos  hallado  la  noticia  de 
que  un  padre  jesuita  de  ese  nombre,  español  de  nacimiento 
i  misionero  en  Chiloé,  habia  hecho  entre  octubre  de  1766  i 
enero  de  1767  un  viaje  a  los  archipiélagos  del  sur,  pero 
nunca  habíamos  podido  ver  la  relación  manuscrita  citada 
por  Molina.  Una  casualidad  trajo  a  nuestras  manos  un 
volumen  publicado  por  el  erudito  alemán  Cristóbal  Teófilo 
de  Murr,  en  la  ciudad  de  Halle,  en  1809,  con  el  título  de 
Nacbrichten  von  ver  verschiedenen  Landen  des  spanischen 


*  Publicado  en  el  Anuario  hidrográfíco  déla  Marina  de  Chile 
(Santiago,  1889),  como  introducción  al  diario  de  viaje  i  na- 
vegación del  padre  García. 

Nota  del  compiladok. 


14  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

Amerika  (Informaciones  acerca  de  diversos  países  de  la 
América  española).  Ese  volumen  está  formado  por  una  co- 
lección de  narraciones  referentes  a  esploraciones  jeográfi- 
cas  practicadas  en  la  América  española  en  el  siglo  pasado. 
Allí  encontramos  el  Diario  del  abate  García,  que  hasta  en- 
tonces solo  conocíamos  de  nombre.  Aunque  Murr  ha  tradu- 
cido al  alemán  las  diferentes  relaciones  que  contiene  su  li- 
bro, ha  publicado  también  ésta  con  el  orijinal  castellano, 
de  tal  manera  que  no  ha  sido  necesario  traducirlo  de  nue- 
vo. Murr,  ademas,  hizo  grabar  un  mapa,  asegurando  que 
es  la  reproducción  fiel  del  orijinal. 

Del  abate  García  hemos  podido  reunir  los  escasos  datos 
biográficos  que  siguen: 

Español  de  nacimiento,  jesuita  i  misionero  en  Chiloé, 
tuvo  encargo  de  predicar  el  cristianismo  a  ios  indios  que 
poblaban  los  archipiélagos  del  sur  i  las  costas  occidentales 
de  la  Patagonia.  El  Diario  en  que  consignó  la  historia  de 
sus  viajes  ofrece  un  grande  interés  para  conocer  la  jeogra- 
fía  de  aquellas  rejiones,  imperfectamente  esploradas  hasta 
entonces.  Esta  es  la  razón  que  nos  movió  a  publicar  este 
documento  en  los  Anales  de  la  Universidad  en  1871,  i  es 
causa  de  que  ahora  se  le  reproduzca  en  el  Anuario  hidro- 
gráñco. 

A  la  época  de  la  espulsion  de  los  jesuítas,  los  que  dirijian 
las  misiones  de  Chiloé  fueron  acusados  de  haber  querido 
entregar  esta  isla  a  los  ingleses  i  sometidos  a  prisión.  El 
padre  García,  sin  embargo,  se  hallaba  en  Bolonia  (en  Ita- 
lia) en  octubre  de  1772  entre  los  jesuitas  españoles  repa- 
triados. Ignoramos  su  suerte  posterior  i  la  época  de  su 
muerte.  * 

A  continuación  del  Diario  del  padre  García,  Murr  ha  pu- 
blicado otra  memoria  anónima  sobre  las  misiones  que  te- 
nian  los  jesuitas  en  Chiloé  i  en  las  islas  vecinas. 


*  El  P.  García,  según  la  Bihliothéque  de  la  Compagnie  de  /ésus, 
por  SoMMER  VOGEL  (Bruxelles,  1892)  t.  III.  páj.  1217,  nació  en 
Valencia,  el  19  de  enero  de  1709,  fué  admitido  a  la  orden  el  3  de 
febrero  de  1723,  profesó  la  Retórica  en  Córdoba,  i  estuvo  en  Pa- 
raguai  en  1750.  En  1783  residia  en  Bologna.— Nota  del  Compi- 
lador. 


########^#^#########^ 


III 

HAJES  DEL  PADRE  FRANCISCO  MENÉNDEZ 

AL  LAGO  NAHUELGUAPI  EN  I79i-i794  * 


A  pesar  del  ningún  fruto  que  habían  dado  las  diversas 
tentativas  hechas  para  descubrir  los  fabulosos  estableci- 
mientos que  se  suponian  poblados  al  otro  lado  de  las  cor- 
dilleras por  hombres  de  oríjen  europeo,  la  opinión  vulgar 
seguia  dando  crédito  a  esas  tradiciones.  Se  recordaba  ade- 
mas que  en  aquellos  lugares,  i  un  poco  al  norte  de  la  lati- 
tud de  San  Carlos,  habia  existido  hasta  principios  de  ese 
siglo,  a  orillas  del  lago  Nahuelguapi,  una  misión  de  los  pa- 
dres jesuitas,  i  que  a  pesar  del  fin  desastroso  que  tuvo, 
aquellos  relijiosos  se  empeñaban  en  demostrar  que  los  te- 
rrenos eran  favorables  para  el  cultivo  i  la  cria  de  los  ga- 
nados, i  que  sus  habitantes  eran  hombres  dispuestos  a  re- 
cibir el  cristianismo.  Aunque  se  habia  perdido  el  recuerdo 
del  camino  que  seguian  los  jesuitas  para  llegar  a  esa  mi- 
sión, se  sabia  que  esta  no  distaba  mucho  de  Chiloé.  En 
1766,  el  año  antes  de  la  espulsion  de  los  relijiosos  de  la 
Compañía,  el  padre    Sijismimdo    Guell    habia    intentado 

*  Publicado  en  el  Anuario  hidrográñco  de  la  Marina  de  Chile 
(Santiago,  1890)  como  introducción  a  los  viajes  del  padre  Me- 
iiéndez.  Tomo  V  de  la  Historia  jeneral  de  Chile^  por  don  Diego 
Barros  Arana,  cap.  20. 

Nota  del  compilador. 


16  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BlBLIüGRÁFICOS 

llegar  a  Nahuelguapi;  pero  halló  en  la  montaña  grandes 
derrumbes  de  rocas  i  de  árboles  que  habían  embarazado  i 
torcido  el  curso  de  algunos  ríos  i  que  impedían  todo  paso. 
Las  otras  tentativas  que  ?e  hicieron  en  seguida  para  lle- 
gar a  esos  lugares  o  para  acercarse  por  la  vía  de  tierra  a 
los  sitios  en  que  se  suponía  existiesen  las  misteriosas  ciu- 
dades de  que  hemos  hablado,  no  tuvieron  un  éxito  mejor. 

Todo  esto,  sin  embargo,  no  impidió  el  que  se  siguieran 
emprendiendo  otros  viajes  con  el  mismo  objeto.  A  princi- 
pios de  1772  habían  llegado  a  Chíloé  quince  frailes  i  un 
lego  franciscano,  enviados  del  colejio  de  Santa  Rosa  de 
Ocopa,  en  el  Perú,  para  tomar  a  su  cargo  las  misiones  del 
archipiélago.  Era  uno  de  aquellos  el  padre  fraí  Francisco 
Menéndez,  hombre  de  una  rara  actividad  i  de  un  notable 
vigor  físico.  En  febrero  de  1779,  cuando  los  misioneros 
Marín  i  Real  recorrían  los  archipiélagos  del  sur,  encontra- 
ron al  padre  Menéndez  que  andaba  en  esos  lugares  en 
desempeño  del  mismo  encargo. 

A  fines  de  ese  mismo  año,  había  hecho  un  segundo  viaje 
a  esos  lugares,  en  busca  de  indios  a  quienes  trasportar  a 
las  misiones  de  Chíloé  para  convertirlos  al  cristianismo. 
En  1783,  el  padre  Menéndez,  partiendo  de  la  ciudad  de 
Castro,  había  espedicionado  con  un  objeto  análogo  en  la 
rejion  vecina  del  continente;  i  en  1786  había  repetido  este 
mismo  viaje,  que  era  el  cuarto  que  hubiera  emprendido. 
í*or  fin,  habiéndose  trasladado  al  Perú  en  1790  en  busca 
de  protección  para  otra  empresa  mas  considerable  i  intere- 
só en  favor  suyo  al  virreí  Jíl  i  Lemos,  i  obtuvo  de  éste  una 
orden  para  que  el  gobernador  de  Chíloé  le  diera  todos  los 
auxilios  necesarios  para  ir  al  descubrimiento  de  Nahuelgua- 
pi. A  fines  de  ese  año  se  hallaba  de  vuelta  en  San  Carlos;  i 
no  le  fué  difícil  conseguir  que  se  le  suministraran  en  ese 
punto  i  en  Calbuco  dos  piraguas  tripuladas  por  unos  cua- 

1-  El  padre  Menéndez  salió  para  el  Perú  el  18  de  abril  de  1790, 
en  la  fragata  Carmen,  el  mismo  buque  en  que  regresaba  Moraleda 
después  de  haber  levantado  la.carta  jeográfica  de  Chiloé. 


.     VIAJES    DEL    PADRE   MBNÉNDEZ  17 

renta  hombres  i  seis  soldados.  En  su  compañía  debían  ir 
también  el  padre  misionero  frai  Diego  del  Valle  i  el  sarjen- 
to  Pablo  Télles,  que  se  decia  conocedor  i  práctico  de  aque- 
llas localidades. 

El  padre  Menéndez  salió  de  Castro  el  íi  de  enero  de  1791 
en  una  piragua  tripulada  por  diez  hombres.   A  su  paso  por 
Calbuco  se  le  reunieron  algunos  otros  compañeros,  i  de  allí 
se  dirijió  al  estero  de   Reloncaví.   Cuando  hubieron  remon- 
tado éste  hasta  el  punto  en  que  era  imposible  seguir  nave- 
gando, bajaron  a  tierra  el   16  de  enero  para  buscar  un  pa- 
so de  la  cordillera,  conocido  con  el  nombre  de   Bariloche, 
que  creían  cercano  a  la  laguna  de  Todos  Santos.   Las  llu- 
vias, frecuentes  en   toda  estación  en   aquellos  lugares,  los 
molestaron  sobremanera,  retardando  su  marcha;  pero  ma- 
yores embarazos  les  pusieron  les  derrumbes  de  los  cerros, 
que  arrastrando  gran  cantidad  de  árboles  en  algunos  pa- 
sos de  la  montaña,   hacían   sumamente  difícil  el  tránsito. 
A  pesar  de  todo,  el  padre  Menéndez  i  sus  compañeros  con- 
tinuaron la  marcha  con   ánimo  resuelto,  haciendo  adelan- 
tar de  descubierta  al  sarjen to  Télles  con  algunos  hombres. 
Sus  trabajos  i  sacrificios  fueron  sin  embargo  estériles.    Los 
esploradores  se  internaron  en  montañas  cubiertas  de  árbo- 
les i  del  mas  difícil  acceso,  pasaron  ríos  torrentosos  que  se 
desprendían  de  las  alturas,  i  alfin,  llegaban  a  sitios  de  don- 
de parecía  imposible  pasar  mas  adelante.    El  28  de  febrero, 
después  de  repetidas  e  inútiles  tentativas  parahallar  el  pa- 
so, i  hallándose  escasos  de  víveres  i    todavía  delante   de 
otras  cadenas  de  montañas  que  parecían  mas  cerradas  i 
peligrosas  aun,  fué  preciso  pensar  en  la  vuelta.   "Solo   por 
la  falda  del  cerro  del  norte,  que  remata  en  la  cordillera,  es- 
cribía ese  día  el  padre  Menéndez,  pudiera  talvez  encontrar- 
se el  paso;  pero  es  mucho  el  monte  í  la  jente  está  toda  es- 
tropeada i  descalza.   Los  días  ya  van  minorando  mucho,  i 
por  no  esponernos  ;       u  trabajo  i  que  nos  viéramos  ence- 
rrados entre  cordilk      •-,  me  pareció  preciso  el  retírarnos*\ 
Ese  mismo  día  se  eniprendió  la  vuelta,  i  después  de  una 
marcha  no  menos  je      3ri  i  sembrada  de  peligros,  los  espe- 

TülíO   X  2 


18  ESTUDIOS  HI8TÓRICO-BIBLIOGRÁFI006 

dícionarios  bajaron  de  las  montañas,  tomaron  sus  pira- 
guas en  el  rio  de  Reloncaví,  i  en  la  noche  del  14  de  marzo 
llegaban  a  San  Carlos,  después  de  dos  meses  i  medio  de  pe- 
regrinaciones i  fatigas.  **Esto  ha  pasado  en  este  viaje,  es- 
cribía al  llegar  el  padre  Menéndez.  En  él  han  trabajado 
todos  con  el  mayor  empeño  i  eficacia,  tanto  en  talar  el  ca- 
mino como  en  lo  demás  que  se  ofreció.  El  camino  es  traba- 
joso, pues  sacando  las  3  leguas  quehai  desde  Ralun  hasta  la 
primera  laguna,  todo  fué  preciso  abrirlo  a  fuerza  de  hacha 
i  machete.  Las  cañas  (colihues;  son  trabajosísimas  ])ara 
romper  el  sendero  por  medio  de  ellas,  i  capaces  de  aburrir 
al  mas  esforzado;  mas  nada  los  acobardó  ni  amedrentó*'. 

El  fracaso  de  esta  tentativa,  no  desalentó  al  ])adre  Me- 
néndez. En  la  primavera  siguiente,  contando  siempre  con 
la  protección  del  gobernador  de  la  provincia,  consiguió 
equipar  dos  piraguas,  i  con  ellas  salió  de  Castro  el  21  de 
noviembre  de  1791.  Lo  acompañaban  en  esta  empresa  el 
padre  Valle,  que  habia  hecho  el  viaje  anterior,  i  el  capitán 
de  milicias  don  Nicolás  López.  En  algunas  de  las  islas  de 
los  canales  en  que  debia  detenerse  fué  completando  sus  pro- 
visiones, i  reunió  hasta  cerca  de  cuarenta  hombres  ^jue  pa- 
saron a  foi  mar  parte  de  su  comitiva.  El  9  de  diciembre  los 
esploradores  penetraban  en  el  estero  de  Reloncav:,  i  remon- 
tando sus  aguas,  llegaban  el  dia  siguiente  a  Ralun,  desde 
donde  les  era  forzoso  seguir  la  marcha  a  pié.  '*EI  camino 
está  peor  que  el  año  pasado,  escribía  el  padre  Menéndez, 
porque  las  aguas  arrastraron  muchas  piedras  i  en  algunas 
partes  abrieron  otras  zanjas".  Venciendo,  sin  embargo,  es- 
tas dificultades;  soportando  lluvias  frecuentes  i  copiosas 
que  los  obligaban  a  detenerse  i  a  formar  especies  de  galpo- 
nes o  ranchos  de  ramas  i  de  yerbas  para  resguardar  sus 
pn)visiones,  los  esploradores  llegaron  al  lago  Cayutué.  u 
por  fin,  al  de  Todos  Santos,  el  19  de  diciembre. 

Allí  hallaron  en  buen  estado  la  piragua  que  les  habia  ser- 
vido el  año  anterior.  Derribaron  un  árbol  para  construir 
otra,  i  embarcándose  en  ambas  el  dia  26  de  diciembre,  cru- 
zaron el  lago  i  emprendieron  en  seguida  la  marcha  por  en-. 


VIAJES    DEL    PADRE    MENÉNDEZ  19 

tre  las  abras  de  las  ásperas  i  boscosas  montañas  que  se  le- 
vantan al  oriente.  Por  fin,  el  1°  de  enero  de  1792,  las  par- 
tidas esploradoras  despachadas  adelante,  después  de  tras- 
montar algunos  cerros,  i  aun  una  altura  cubierta  de  nieve, 
divisaron  a  lo  lejos  el  lago  Nahuelguapi,  que  buscaban  con 
tanto  anhelo.  La  marcha  de  toda  la  comitiva,  teniendo  que 
llevar  sobre  sus  hombros  los  víveres  que  necesitaban,  i  el 
descenso  de  las  cor  Hileras  por  ásperos  senderos  cubiertos 
de  bosques  i  entrecortados  por  arroyos  i  torrentes,  los  de- 
moraron to«!  » V  ía  semana  i  media.  ''En  cuanto  amaneció  el 
12  de  ener  :>.  orbia  el  |)adre  Menéndez,  proseguimos  el  ca- 
mino, i  despii  .1  t\'  indar  unas  tres  cuadras,  bajamos  a  la 
laguna  que  ta  iia>cs  sustos,  pasos,  cuidados  i  bochornos  nos 
costó.  Llegamos  al  mes  de  haber  salido  de  la  playa  de  Ra- 
lun.  Después  seguimos  por  la  orilla  hasta  llegar  a  una  pla- 
ya que  está  a  la  partedel  oeste,  en  donde  vi  hi  embarcación 
antigua  que  estaba  ..>■  enterrada.  Esta  es  una  canoa,  i  por 
la  banda  tiene  agujero s.  para  coser  la  falca;  i  aunque  está 
toda  podrida,  conserva  su  total  i  perfecta  figura.  Luego 
se  cortó  un  roble  para  el  plan  de  la  piragua  que  es  preciso 
hacer.  Aquí  no  se  ve  mas  laguna  que  un  rio  ancho  que  co- 
rre del  oeste  al  este.  Por  la  costa  del  norte  i  del  sur  está 
cercada  de  cerros.  Por  el  norte  le  entra  entre  cerros  un  rio, 
que  tiene  cerca  de  la  laguna  un  salto  mui  elevado.  Por  la 
parte  del  sur  le  entra  otro  que  viene  de  una  laguna,  i  que 
viene  mui  manso,  pero  bastante  caudaloso".  El  19  de  ene- 
ro, estando  termina^ '^  't  construcción  de  una  piragua  de 
.catorce  varí  .  üieuia,  los  esploradores  se  lanzaron  al 
agua,  i  en  q'.I^  íieron  principio  a  la  navegación  de  la  lagu- 
na, dirijiéndose  a  su  estremo  oriental,  a  donde  llegaron  el 
dia  siguiente,  oerca  de  "el  sitio  que  presumimos  fuese  aquel 
en  que  estuvo  la  misión  antiguamente,  porque  hallamos 
papas,  nabos,  romaza  i  otras  cosas  que  dan  a  entender  ha- 
ber sido  habit'Jiiív;  por  jente". 

Los  esploradores  recorrieron  las  tierras  vecinas,  i  des- 
pués de  prolija?  diiijencias,  entraron  en  comunicación  con 
algunos   indios  esquivos  i  desconfiados  que  no  cesaban  de 


30  BSTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

preguntarles  si  venían  de  paz,  i  de  hacerles  entender  que 
entre  las  tribus  comarcanas  habían  varias  que  no  cesaban 
de  hostilizarlos.    El  padre   Menéndez  cambió  regalos  con 
esos  bárbaros,  pero  no  pudo  sacar  de  ellos  noticias  aten- 
dibles sobre  las  supuestas  poblaciones  de  europeos,  ni  des- 
cubrir, si  en  efecto,  habian  quedado  entre  esas  tribus  algu- 
nos vestijios  del  cristianismo   que  en   años  anteriores  ha- 
bian  predicado  los  jesuitas.    Estos  tratos  lo  demoraron 
hasta  el  26  de  enero.   Ofreciendo  entonces  a  los  indios  que 
el  año  siguiente  volverian  mas  temprano  con  nuevos  rega- 
los para  proseguir  la  esploracion  de  la  comarca,   los   espa- 
ñoles dieron  la  vuelta  al  occidente  por  los  mismos  lugares 
que  habian   recorrido.    Esta  vez,  conociendo  regularmente 
el  camino  que  debian  seguir,   pudieron   andar  mucho  mas 
rápidamente,  de  tal  suerte  que  aunque  fueron  molestados 
algunas  veces  por  las  lluvias  que  los  obligaban   a  dete- 
nerse, el  31   de  enero  estaban  en   Ralun,   donde  tomaban 
sus  embarcaciones,  i  el  6  de  febrero  llegaban  a  San  Carlos, 
contentos  del   resultado  de  la  espedicion,  i   persuadidos 
de  haber  prestado  un  verdadero  servicio  "a  ambas  majes- 
tades", es  decir,  al  rei,  preparando  la  dilatación  de  sus  do- 
minios, i  a  Dios,  buscando  aquellos  indios   para  atraerlos 
al  cristianismo   2. 

Pocos  dias  después,  el  20  de  febrero  de  1792,  el  padre 
Menéndez  se  embarcaba  para  el  Perú  a  dar  cuenta  al  virrei 
del  resultado  de  su  esploracion  i  a  solicitar  los  recursos  ne- 
cesarios para  hacer  un  nuevo  viaje  a  las  rejiones  de  ultra 
cordillera,  donde  se  proponia  descubrir  los  establecimientos 
que  creia  poblados  por  hombres  de  oríjen  español.  Recibida 
favorablemente  en  Lima,  i  presentado  al  virrei  por  el  padre 

^  Para  mejor  intelijencia  de  estos  documentos,  conviene  tener 
a  la  vista  las  relaciones  de  los  esploradores  sub^^iguientes,  la  de 
los  señores  Fonck  i  Hess  en  1856  i  la  de  don  Guillermo  Cox  en 
1862  i  1863,  que  contiene  un  croquis  bastante  claro  del  territorio 
recorrido.  Es  útil  ademas  examinar  el  reconocimiento  i  las  cartas 
del  estero  de  Reloncaví  i  de  la  comarca  vecina  hechos  por  don 
Francisco  Vidal  Gormaz  en  1871  i  1872. 


VIAJES    DEL    PADRE    MBNÉNDEZ  21 

guardián  de  su  orden,  el  padre  Menéndez  obtuvo  cuanto 
solicitaba,  i  el  20  de  setiembre  de  ese  mismo  año  (1792)  se 
hacia  de  nuevo  a  la  vela  para  Chiloé.  "De  orden  del  señor 
virrei,  el  padre  Menéndez,  escribía  uno  de  sus  compañeros 
de  viaje,  vuelve  ahora  encargado  de  internarse  hacia  la 
parte  del  norte  i  del  sur  de  la  espresada  laguna, en  solicitud 
de  las  poblaciones  de  jentes  blancas  que  hace  algunos  años 
se  dice  hai  en  dichos  sitios,  i  denominan  comunmente  cesa- 
res. Para  esta  tspedicion  lleva  de  cuenta  de  la  real  hacienda 
los  víveres  necesarios  para  la  subsistencia,  por  tiempo  de 
tres  meses,  de  cien  hombres  de  tropa  veterana  i  de  milicias 
de  la  citada  provincia,  que  deben  acompañarle  en  la  espedí 
cion,i  los  obsequios  propios  del  agrado  de  los  indios  que  la 
superioridad  ha  tenido  a  bien  lleve  para  agasajar  a  los  que 
se  encuentren  i  conciliar  su  amistad"  ^. 

Por  mas  empeño  que  el  intrépido  esplorador  tuviera  en 
emprender  su  tercer  viaje,  se  vio  demorado  por  la  noticia 
del  levantamiento  de  los  indios  de  Osorno,  que  hemos  refe- 
rido en  otro  lugar  ^.  Cuando  se  supo  que  esa  insurrección 
habia  sido  sofocada,  el  9  de  enero  de  1798,  se  puso  en  viaje 
con  el  padre  frai  Diego  del  Valle,  que  tuvo  que  volverse  del 
camino  por  causa  de  enfermedad,  i  con  noventa  soldados 
entre  veteranos  i  milicianos.  El  18  de  febrero  llegó  a  las  ori- 
llas del  lago  Nahuelguapi,  donde  construyó  una  piragua  de 
dieziocho  varas  de  largo;  i  en  ella  emprendió  el  reconoci- 
miento, adelantándose  mucho  mas  al  oriente  de  los  lugares 
que  habia  esplorado  el  año  anterior.  El  padie  Menéndez, 
cultivando  el  buen  trato  con  las  tribus  de  indios  de  aque- 
llos lugares,  a  quienes  habia  conocido  en  su  viaje  anterior, 


3  Copiamos  estas  palabras  del  diario  de  la  segunda  espedicion 
de  Moraleda  al  archipiélago  de  Chiloc,  publicado  en  el  Anunrio 
hidrogrático  de  la  Marina  de  Chile,  t.  13.  Como  se  puede  ver  en  ese 
<locu mentó,  el  hábil  piloto  regresaba  a  desempeñar  una  nueva  co- 
misión que  le  habia  confiado  el  virrei.  De  la  relación  del  padre  Me- 
néndez, se  deduce  que  sus  relaciones  con  Moraleda  no  eran  mui 
cordiales. 

^  Barros  Arana,  obra  citada,  p.  5,  cap.  17. 


22  ESTUDIOS    III8TÓHICO-BIBLIOGRÁFICOS 


esploró  en  su  embarcación,  o  por  medio  de  escursiones  em- 
prendidas a  pié,  los  campos  circunvecinos  i  los  rios  que  sa- 
len de  ese  lago,  seguramente  hasta  los  lugares  a  donde  ha- 
bía llegado  el  piloto  español  don  Basilio  Villarino  partien- 
do de  las  costas  del  Atlántico  en  su  célebre  espedicion  de 
1783,  No  siéndole  posible  pasar  adelante,  por  la  dificultad 
de  atravesar  el  rio  Limai,  el  padre  iMenéndcz  dio  la  vuelta, 
i  regresaba  a  Nahuelguapi  el  13  de  marzo.  Navegando  en 
este  lago  le  fué  forzoso  recalar,  por  causa  de  un  temporal, 
en  un  puerto  de  la  orilla  del  norte,  donde  encontró  "el  sitio 
en  que  antiguamente  estuvo  la  misión",  reconociendo  los 
vestijtos  de  la  capilla  i  los  restos  de  la  casa  que  habitaron 
los  jesiiitas.  El  padre  Menéndez  creia  que  este  lugar  era  muí 
aparente  para  fundar  una  nueva  misión  en  que  pudiera 
"formarse  escala  para  el  descubrimiento  de  las  naciones 
del  sur".  Pero  aunque  los  indios,  con  su  natural  volubili- 
dad, pedian  la  fundación  de  ese  establecimiento,  el  padre 
Menéndez  se  resolvió  a  regresrir  a  Chiloé,  limitándose  a 
cambiar  regalos  con  aquellos  bárbaros,  de  quienes  recibió 
algunas  mantas  hechas  de  pieles  de  guanaco.  En  su  vuelta 
no  tuvo  que  esperimentar  ningún  contratiempo,  i  el  4  de 
abril  llegaba  felizmente  a  San  Carlos  ^. 

Ahora,  como  lo  habia  hecho  en  los  años  anteriores,  el 
padre  Menéndez  se  trasladó  inmediatamente  al  Perú  a  dar 
cuenta  al  virrei  de  su  última  esploracion,  i  a  solicitar  los 
auxilios  para  un  nuevo  viaje  en  que  se  proponia  fundar  un 
establecimiento  en  Nahuelguapi.  El  8  de  noviembre  de  1793 
estaba  de  vuelta  en  Chiloé  con  los  socorros  que  consideraba 
indispensables  i  con  una  orden  espresa  para  que  el  gober- 
nador del  archipiélago  secundara  sus  proyectos. 

">  Debemos  a!  doctor  don  Francisco  Fonck  el  conocimiento  del 
diario  del  tercer  viaje  del  padre  Menéndez.  El  señor  F'onck  nos  ha 
suministrado  muchas  noticias  jeográficas  acerca  de  esa  rejion,  que 
él  mismo  ha  esplorado,  i  que  sirven  para  comparar  los  itinerarios 
de  aquel  misionero  con  las  de  los  esploradores  modernos.  Sin  em- 
bargo no  nos  es  posible  entrar  aquí  en  mas  amplios  pormenores 
que  los  que  asentamos  en  el  testo. 


r 


VIAJES    DEL    PADRE    MENÉNDEZ  23 

Esfta  cuarta  espedicion,  que  debia  ser  la  última  que  por 
entonces  se  emprendiese  a  aquellas  rejiones,  fué  preparada 
con  todo  empeño.  Equipáronse  tres  piraguas  tripuladas 
por  sesenta  milicianos  i  cuatro  soldados  veteranos,  i  pro- 
vistos de  los  víverf  s  necesarios,  salieron  del  puerto  de  San 
Carlos  el  8  de  enero  de  1794.  El  padre  Mcnéndez  iba  acom- 
pañado por  el  padre  Valle  i  el  capitán  de  milicias  don  Nico- 
lás López,  que  habian  tomado  parte  en  las  espediciones  an- 
teriores. La  esperiencia  adquirida  en  esos  viajes  les  permi- 
•  tía  allanar  muchas  de  las  dificultades  que  antes  habian  en- 
contrado, i  acelerar  considerablemente  la  marcha.  Por  otra 
parte,  en  diversos  puntos  del  camino  encontraban  en  pié 
los  ranchos  que  habian  forma  lo  el  año  anterior,  i  las  pira- 
guas improvisadas  que  les  servian  para  el  paso  de  los  ríos 
i  de  los  lagos.  Así  fué  que  aunque  tuvieron  que  sufrir  en  su 
marcha  repetidos  i  molestos  aguaceros,  el  5  de  febrero  lle- 
gaban los  espedicionarios  sin  mayor  novedad  a  las  orillas 
del  lago  Nahuelguapi. 

En  esos  mismos  dias  comenzaron  a  llegar  de  los  campos 
vecinos  grupos  mas  o  menos  considerables  de  indios,  atrai- 
dos,  sin  duda,  por  la  esperanza  de  que  se  les  hicieran  los  mis- 
mos regalos. que  les  habian  repartido  el  año  anterior.  Refe- 
rían sus  guerras  i  los  perjuicios  que  les  ocasionaban,  i  cíisi 
todos  ellos  daban  noticia  de  la  existencia  de  ciertos  esta- 
blecimientos españoles  situados  mucho  mas  lejos,  i  a  los 
cuales  no  se  podia  llegar  sino  después  de  un  viaje  de  meses. 
Estas  noticias  parecían  confirmarse  por  el  hecho  de  que  al- 
gunos de  los  indios  que  las  trasmitían  haMaban  mas  o  me- 
nos corrientemente  el  castellano,  que  decian  haber  apren- 
dido en  aquellos  lugares.  Uno  de  esos  indios,  llamado  Chu- 
lilaquin,que  llegaba  de  un  largo  viaje,  se  daba  por  portador 
de  una  carta.  Era  esta  una  certificación  o  pasaporte  firma- 
do por  don  Florencio  de  Jesús  Nuñez,  teniente  del  rejimiento 
de  dragones  de  Buenos  Aires,  i  comandante  del  fuerte  del 
Carmen,  fundado  hacia  poco  en  la  embocadura  del  rio  Ne- 
gro. Ese  certificado  decia  que  ese  indio  hab'a  vivido  mas  de 
cinco  años  en  las  inmediaciones  de  ese  establecimiento,  de- 


21  ESTUDIOS    HISTÓRIC0-BIBLIU0RÁFIC08 


mostrando  fidelidad  e  inclinación  a  los  cristianos.  El  padre 
Menéndez,  que  comenzaba  a  comprender  que  no  se  podia 
esperar  nada  bueno  de  aquellos  bárbaros  rapaces  i  turbu- 
lentos, observa  en  su  diario  que  **el  comandante  de  rio  Ne- 
gro les  daria  ese  papel  por  librarse  de  las  majaderias  de 
tanto  haragán." 

Los  tratos  subsiguientes  que  tuvo  con  los  indios  confir- 
maron al  padre  Menéndez  en  esta  convicción.  ''Ninguna 
esperanza  dan  de  que  sean  cristianos,  escribia  con  este  mo- 
tivo; antes  el  preguntarles  sino  serán  es  darles  pesadumbre. 
Por  masque  el  teniente  Núñez  diga  que  son  afectos  a  los 
cristianos,  no  solo  no  lo  son  sino  enemigos  i  mui  enemigos; 
i  si  en  cinco  años  se  mostró  Chulilaquin  afecto  a  los  cristia- 
nos, no  era  sino  por  el  aguardiente  que  bebian  en  aquel  es- 
tablecimiento i  por  los  regalos  (|ue  recibían  de  su  mano.  8u 
amistad  no  es  sino  a  la  bebida  i  a  que  uno  les  dé  cuanto  pi- 
den, i  que  sea  a  ellos  solos  i  no  a  otro  alguno".  El  padre 
Menéndez  tenia  pensado  adelantarse  con  una  parte  de  sus 
compañeros  a  la  rejion  del  sur  en  busca  de  las  misteriosas 
poblaciones  de  españoles,  en  cuya  existencia  persistia  en 
creer;  pero  vista  la  afluencia  de  indios  i  la  actitud  sospecho- 
sa, por  no  decir  hostil,  que  observaban,  creyó  que  era  nece- 
sario desistir  de  esa  empresa.  En  efecto,  el  25  de  febrero  se 
despidió  de  los  indios,  i  dando  la  vuelta  por  los  caminos 
que  ya  conocia  perfectamente, el  padre  Menéndez  i  sus  com- 
pañeros llegaron  a  San  Carlos  el  11  de  marzo  de  1794.    '» 

Este  último  viaje,  si  bien  no  bastó  para  desvanecer  por 
completo  las  ilusiones  de  los  que  aun  creian  en  las  fabulo- 
sas poblaciones  cristianas  de  ultra  cordillera,   sirvió  a  lo 

^  El  diario  del  padre  Menéndez  referente  a  esta  última  espedi- 
cion  está  terminado  i  fechado  en  San  Carlos  el  15  de  marzo  de 
1794.  Bste  relijioso  pasó  en  seguida  a  Lima  a  dar  cuenta  al  virrei 
del  resultado  de  su  viaje,  i  aun  regresó  poco  después  a  Chiloé;  pe- 
ro creemos  que  no  volvió  a  pensar  en  el  proyecto  quimérico  de  era- 
prender  nuevas  espeíh'ciones  a  Nahuelguapi  para  reducir  a  los  in- 
dios de  esa  comarca  i  llegar  hasta  las  fubuiosas  poblaciones  de  es- 
pañoles de  que  tanto  se  habia  hablado. 


VIAJES    DEL    PADRE    MBNÉNDBZ  25 

menos  para  hacer  desaparecer  la  esperanza  de  reducir  a  los 
indios  de  aquella  rejion  por  medio  de  obsequios  i  de  misio- 
nes. Aunque  parece  que  se  volvió  a  hablar  de  nuevos  viajes 
a  aquella  rejion,  es  lo  cierto  que  no  acometió  empresa  algu. 
na  de  este  jénero,i  que  solo  sesenta  años  mas  tarde  algunos 
esploradores,  tan  atrevidos  como  intelijentes,  renovaron 
las  espediciones  de  esa  clase,  estimulados  por  un  interés  pu- 
ramente científico. 


ESPLORACIONES  JEOGRAFIGAS  E  HIDR0GR4PI  C!S 

DE 

DON  JOSÉ  DE  MOEALEDA  1  MONTERO  * 

En  los  últimos  años  del  siglo  anterior,  el  gobierno  de  Es- 
paña dio  un  vigoroso  impulso  a  los  estudios  i  reconocimien- 
tos jeográficos  en  sus  dilatadas  posesiones  de  ultramar. 
Buscaba  con  ello  el  medio  de  rebustecer  el  imperio  colonial 
i  de  dar  mayores  facilidades  al  comercio;  pero  tenia  ade- 
mas un  propósito  de  carácter  científico.  En  las  provincias 
de  América,  las  relaciones  de  viajes  apócrifos  i  una  incli- 
nación irresistible  a  creer  en  la  existencia  de  paises  maravi- 
llosos habían  forjado  un  gran  número  de  quimeras  jeográ- 
ficas  a  que  la  tradición  popular  daba  formas  de  hechos  in- 
negables. Bl  espíritu  de  investigación  crítica  i  razonada 
que  comenzaba  a  penetrar  en  España,  quiso  resolver  estos 
diversos  problemas,  i  de  allí  nació  el  envió  de  varias  comi- 
siones esploradoras  a  distintos  lugares,   la  preparación  de 


*  Publicada  como  Introducción  a  las  Esploraciones  de  Mora- 
leda  (Santiago.  1888),  dadas  a  luz  entre  los  Documentos  para 
la  Historia  de  la  náutica  en  Chile, \  según  las  copias  que  don  Fran- 
cisco Vidal  Gormaz  sacó  en  1885  del  orijinal  existente  en  el  Depó- 
sito Hidrográfico  de  Madrid.  Este  Diario  de  navegación  1786, 
17,87  i  1788  i  1792  a  1793  se  insertó  en  el  Anuario  Hidrográfi- 
co de  la  Marina  de  Chile.  (Santiago,  1888). 

Nota  del  compilador. 


28  ESTUDIOS   HI8TÓRIC0-BIBL1O0HAFIC08 


viajes  científicos  delargo  aliento,  i  la  recolección  de  un  gran 
número  de  estudios,  de  memorias  i  de  niapns,  que  si  bien  no 
vieron  todos  la  luz  pública,  dejaban  pcrc¡l)¡r  un  esfuerzo 
intelijente  i  bien  encaminado. 

Entre  los  mas  animosos  i  espertos  esplor.idores  de  esos 
días  merece  ocupar  un  lugar  preferente  el  autor  de  los  dia- 
rios de  navegación  que  por  primera  vez  se  publican  en  el 
presente  volumen.  Don  José  Manuel  de  Moraleda  i  Monte- 
ro, este  era  A  nombre  de  ese  esplorador,  fué  un  hombre  de 
indisputable  mérito,  perfectamente  probado  por  la  estén - 
sion  de  sus  conocimientos,  por  una  rara  sagacidad  i  por 
una  constancia  infatigable  para  el  trabajo.  A  él  se  deben 
estudios  tan  estensos  como  prolijos  sobre  la  hidrografía  de 
algunas  partes  de  América  i  en  especial  de  Chile;  i  esos  es- 
tudios que  habrian  debido  darle  un  puesto  distinguido  en- 
tre los  marinos  españoles  que  se  ocupaban  en  tareas  aná- 
logas, quedaron  sepultados  en  las  oficinas  admmistrati- 
vas,  i  no  le  merecieron  los  honores  i  distinciones  a  que  era 
justamente  acreedor. 

Aunque  el  nombre  de  Moraleda  se  encuentra  menciona- 
do en  muchos  documentos  de  la  época,  no  hallamos  en 
ninguna  parte  noticias  referentes  a  su  vida.  El  capitán  de 
fragata  de  la  real  armada  don  Felipe  Bauza,  que  estuvo 
en  Chile  en  la  espedicion  de  Malaspina,  i  que  levantó  un 
importante  mapa  jeográfico  de  una  porción  de  nuestro 
suelo,  leia  el  24  de  julio  de  1807  ante  la  .Academia  de  la 
Historia  de  Madrid  un  discurso  "sobre  el  estado  de  la  jeo- 
grafía  de  la  América  Meridional",  i  allí  pasaba  en  revista 
las  esploraciones  practicadas  en  los  veinte  años  anterio- 
res; pero  no  recuerda  una  sola  vez  los  trabajos  de  Morale- 
da. Don  Martin  Fernández  de  Navarrete,  el  célebre  colec- 
cionador de  documentos  para  la  historia  de  las  esplora- 
ciones jeográficas  hechas  por  los  españoles,  compuso,  en- 
tre otras  obras  de  grande  erudición,  una  Biblioteca  marí- 
tima española,  diccionario  biográfico  de  todos  los  españo- 
les que  escribieron  algo  sobre  navegación  i  sobre  las  otras 
materias  que  se  relacionan  con  ella.  En  ese  repertorio  bio- 


BSPLORACIONES    DB   MORALBDA  29 

gráfico,  en  que  se  han  reunido  noticias  aun  de  esplorado- 
res  o  de  escritores  de  la  mas  escasa  importancia,  falta  Mo- 
raleda,  cuyos  trabajos  habrian  debido  ser  recordados  como 
un  título  de  orgullo  de  la  marina  española.  Así,  pues,  las 
pocas  noticias  que  acerca  de  su  vida  hemos  podido  reunir 
son  las  que  hemos  recojido  en  el  estudio  paciente  de  sus 
escritos,  en  donde,  desgraciadamente,  no  abundan  las  indi- 
caciones de  carácter  biográfico. 

Don  José  Manuel  de  Moraleda  i  Montero,  nació  en  Es- 
paña, probablemente  en  la  provincia  de  Andalucía,  por 
los  años  de  1752.  Después  de  haber  hecho  sus  estrdios 
primarios,  se  incorporó  como  alumno  en  la  escuela  de  pi- 
lotos de  Cádiz,  el  mejor  montado  de  los  tres  estableci- 
mientos de  esta  clase  que  sostenia  el  rei  de  España.  Allí 
se  enseñaba  la  navegación  i  ei  dibujo;  pero  esos  estud'os 
eran  mas  o  menos  amplios,  según  el  rango  a  que  se  desti- 
naba al  alumno.  En  efecto,  de  cada  una  de  esas  escuelas 
salian  pilotos  de  primera  clase,  pilotos  de  segunda  clase, 
pilotines  o  ayudantes,  i  por  último,  pilotos  prácticos  de 
costas  i  de  puertos.  Los  primeros  eran  los  que  hacían  es- 
tudios mas  completos,  debiendo  cursar,  ademas  de  los 
ramos  prácticos,  las  matemáticas,  la  astronomía,  las  no- 
ciones de  jeodesia  i  el  levantamiento  i  dibujo  de  planos. 
Moraleda  adquirió  allí  estos  conocimientos,  i  en  1772  sa- 
lió de  la  escuela  con  el  título  de  piloto  primero  de  la  real 
armada 

Ese  mismo  año  se  embarcó  en  la  fragata  de  40  cañones 
Nuestra  Señora  de  Monserrat,  que  formaba  parte  de  una 
escuadrilla  destinada  al  Pacífico.  Con  ella  salió  de  Cádiz 
el  19  de  noviembre  de  ese  año,  llegaba  a  la  bahía  de 
Concepción,  en  el  reino  de  Chile,  cinco  meses  mas  tarde,  el 
27  de  abril  de  1773,  i  continuando  su  viaje  el  6  de  junio 
siguiente,  entraba  el  26  del  mismo  mes  al  puerto  del-Ca- 
llao,  que  era  el  lugar  de  su  destino.  Durante  este  viaje  de- 
mostró Moraleda  las  dotes  que  debían  hacer  de  él  un 
ínjeniero  hidrógrafo.  Llevaba  un  diario  escrito  con  todo 
irimor,  e  iltístrado  con   viñetas  dibujadas  con  pluma  o 


30  RstiTDios  histórico-biblioorAkicos 

pintadas  a  la  acuarela,  en  que  anotaba  prolijamente  todos 
los  accidentes  de  la  navegación,  la  altura   a  que  se  alcan- 
zaba cada  dia,  las  ocurrencias  rneteorolójicas,    la  configu- 
ración de  las  costas  a  que  se  acercaba,  i   todo  cuanto  po— 
dia  interesar  a  un  buen  piloto.  Durante  su  permanencia  en 
el  Callao,  se  contrajo  a  recojer  noticias  acerca  de  los  viaje» 
i  esploraciones  que  poco  antes  liabian  hecho  diversos  ma- 
rinos españoles  íi  las  islas   mas  vecinas  de   la   Oceanía,  i 
apuntaba    prolijamente  los    datos  que   podia  procurarse,, 
formando  así  una  especie  de  descripción  jeográfica  de  una 
parte  de  esos  archipiélag  )s,  acerca  de  los  cuales  no  se  ha- 
llaba información  alguna  en  los  libros  (jue  corrian  impre- 
sos. Moraleda  hizo  ademas  dos  viajes  a  Guayaquil  i  a  las 
costas  del  norte  del  Pera   en  desempeño  de  las  comisiones 
de  su  cargo,  i  recojió  en  su  diario   todas   las  noticias   refe- 
rentes a  esos   viajíís.    La  biblioteca  de   la  Oíicina   Hidro- 
gráfica de  Santiago  conserva  entre  sus  libros  mas  preciosos 
el  manuscrito   autógrafo,   con  sus   viñetas  i   dibujos,  per- 
fectamente conservado,  de  los   diarios  de  navegación  del 
piloto  Moraleda,  desde  su  salida  de   Cádiz  en  1772  hasta 
el  término  de  su  segundo  viaje   a  (^uayaquil,  en  noviembre 
de  1779.  Solo  por  referencias  sabemos  que  después  de  estas 
espediciones,  Moraleda  hizo  un  viaje  a  Filipinas,  i  que,  con 
motivo  de  la  guerra  declarada   por  Carlos   111  a   la  Gran 
Bretaña  en  1780,  sirvió  algún  tiempo  en  los  buques  espa- 
ñoles que  fueron  enviados  a  las    costas  del  sur  de   Chile 
para  defenderlas  contra   cualquiera  agresión  de   parte   de 
los  ingleses. 

A  principios  de  1786,  Moraleda  se  preparaba  para  re- 
gresar a  España  en  un  navio  que  mandaba  el  brigadier 
don  Antonio  Yácaro,  cuando  se  supo  que  el  rei  había 
nombrado  gobernador  de  Chiloé  al  teniente-coronel  don 
Francisco  Hurtado,  dándole  el  encargo  "de  reconocer  las 
islas  de  la  comprensión  del  archipiélago  (jue  fueran  posi- 
bles, i  levantar  mapas  jenerales  de  ellas  con  esplicacion 
de  sus  bahías,  puertos  i  demás  circunstancias  que  son  pre- 
cisas para  formar  el  pleno  conocimiento  que  interesa  a  los 


ESPLORACIONES  DE  MORALEDA  31 

tnas  importantes  objetos  del  servicio  de  S.  M."  Por  pro- 
visión de  13  de  marzo  de  ese  año  el  virrei  del  Perú,  don 
Teodoro  de  Croix,  confió  a  Moraleda  la  comisión  de  ayu- 
dar a  Hurtado  en  este  difícil  i  prolijo  trabajo. 

Le  fué  necesario,  sin  embargo,  demorarse  mas  de  ocho 
■vieses  entre  Lima  i  el  Callao,  seguramente  por  la  resisten- 
cia que  los  capitanes  de  los  buques  que  traficaban  en  esta 
costa  opinión  a  navegar  en  la  latitudes  de  Chiloé  durante 
los  meses  de  invierno.  Al  fin,  el  4  de  noviembre  se  embarcó 
Moraleda  en  un  buque  mercante  que  también  conducia  al 
gobernador  Hurtado,  i  el  17  de  diciembre  desembarcaba 
^n  San  Carlos  de  Ancud,  para  dar  principio  a  sus  trabajos 
Hizo  preparar  una  piragua  grande,  de  unas  catorce  varas 
de  largo,  i  otra  de  menor  porte,  embarcó  en  ellas  sus  ins- 
trumentos i  los  víveres  que  le  eran  necesarios,  i  acompaña- 
'  por  algunos  hombres  prácticos  en  la  navegación  de  los 
c  ales,  salió  Moraleda  de  San  Carlos  el  3  de  enero  de  1787 
con  rumbo  al  oeste,  para  circunnavegar  toda  la  isla  gran- 
de. Esta  operación  lo  ocupó  cerca  de  cuatro  meses.  El 
dilijente  piloto  lo  observaba  todo,  la  configuración  de  las 
costas,  las  condiciones  náuticas  de  los  canales,  la  amplitud 
de  las  mareas,  las  ventajas  e  inconvenientes  de  cada  puer- 
to i  de  los  terrenos  vecinos,  señalando  los  que  eran  útiles  o 
inútiles  para  el  cultivó. 

Después  de  desempeñar  esta  comisión  con  todo  el  esmero 
posible,  Moraleda  llegaba  a  San  Carlos  el  27  de  abril  i  em- 
j  ;  jíidia,  durante  elinvierno,la  segunda  parte  de  su  trabajo, 
es  decir,  la  coordinación  de  los  datos  recojidos  i  el  dibujo 
de  los  níapas  i  planos,  desempeñando  a  la  vez  otras  comisio- 
nes que  le  confió  el  gobernador  del  archipiélago  para  reunir 
noticias  jeográficas  i  estadísticas.  Al  fin,  cuando  hubo  ter- 
minado estas  labores  de  gabinete,  el  gobernador  Hurtado, 
con  fecha  11  de  febrero  de  1788,  le  encargó  que  en  ura  nueva 
espedicion  esplorase  los  partidos  de  Calbuco  i  de  Carelma- 
pu  i  toda  la  costa  continental  que  circunda  el  archipiélago. 
Estos  reconocimientos  lo  ocuparon  desde  el  20  de  febrero 
hast¿  el  16  de  abril  siguiente,  dia  en  que  llegaba  otra  vez 


32  ESTUDIOS  HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 


al  puerto  de  San  Carlos.  En  estas  dos  esploraciones,  Mo. 
raleda  habia  reconocido  con  la  mas  esmerada  prolijidad 
toda  la  rejion  que  media  entre  el  rio  Maullin  por  el  norte 
i  el  rio  Palena  por  el  sur,  levantando  la  carta  de  todas  la> 
islas,  canales  i  costas  comprendidas  dentro  de  esos  términos, 
i  una  serie  de  planos  especiales  de  los  puertos  i  caletas  de 
alguna  importancia.  Un  año  entero  tardó  en  terminar  es- 
tos trabajos  de  gabinete.  Escribió,  ademas,  un  derrotero 
para  la  navegación  del  archipiélago  deChiloé  i  una  noticia 
jeográfica  de  esa  provincia,  abundante  en  datos  sobre  su 
estado  social  e  industrial.  Moraleda,  que  era  a  la  vez  que 
nn  injeniero  intelijente  un  hábil  dibujante,  sacó  dos  copias 
de  esos  pl  inos,  de  sus  diarios  i  de  las  memorias  que  recor- 
damos, presentó  una  al  coronel  don  Francisco  Garoz,  que 
habia  reemplazado  a  Hurtado  en  el  gobierno  de  Chiloé  i 
destinó  la  otra  al  virrei  del  PerCí  que  le  habia  confiado  esa 
comisión  '  . 

Los  trabajos  hidrográficos  de  Moraleda  son  sic  disputa 


*•  Moraleda  escribió  tatnbieti  una  relación  de  los  Acaecimientos 
de  alguna  nota  que  han  ocurrido  en  Chilo6  desde  el  16  de  julio  de 
1788  en  adelante  (hasta  abril  de  1790).  Cuenta  allí,  etitre  otros 
sucesos,  el  naufrajio  en  los  bajos  de  Guapacho  de  la  fragata  Nues- 
tra Señora  de  Balbancra,  ocurrido  el  23  de  diciembre  de  1788,  en  que 
llegaba  a  Ch¡l«>é  el  gobernador  interino  don  Francisco  Garoz,  con 
el  real  situado,  los  tabacos  del  rei  i  muchas  mercaderías,  sucesos 
que  también  han  sirio  contados  por  el  virrei  don  Teodoro  de  Croix 
en  las  pajinas  82  i  29(>  de  la  relación  de  su  gobierno.  Garoz,  según 
contamos  en  otra  parte,  iba  a  reemplazar  al  gobernador  Hurta- 
do, que  habia  sido  destituido  por  el  virrei.  La  entrega  del  mando, 
que  dio  oríjen  a  incidentes  desdorosos  para  Hurtado,  se  verificó  el 
2  de  enero  de  1789.  Moraleda  fue  encargado  por  el  nuevo  gober- 
nador de  recibirse  del  archivo  de  la  provincia,  visitó  con  éste  las 
fortificaciones  i  desempeñó  otros  encargos  en  las  islas  i  en  el  con- 
tinente vecino,  interesándose  sobre  todo  en  la  apertura  del  camino 
entre  Valdivia  i  Chiloé. 

El  5-<k  fttbcero  de  1790,  cuando  llegó  al  archipiélago  la  espedi- 
cion  científica  española  que  venía  dirijida  por  don  Alejandro  Ma- 
laspina,  don  José  de  Moraleda  pasó  a  bordo  de  los  buques  españo- 
les a  saludar  a  los  viajeros,  i  durante  la  residencia  de  éstos  en  el 


ESPLORACIONR3S  DB  MORALBDA  33 

los  mas  serios  i  los  mejor  estudiados  de  que  se  hizo  objeto 
al  territorio  chileno  bajo  la  dominación  española;  i  a  pesar 
de  los  progresos  de  la  jeografía  i  de  la  importancia  de  las 
esploraciones  subsiguientes,  hoi  mismo  conservan  su  valor 
i  pueden  considerarse  la  descripción  mas  completa  del  ar- 
chipiélago de  Chiloé.  De  regreso  al  Perú,  en  junio  de  1790, 
Moralcda,  favorablemente  acojiio  por  el  nuevo   virrei  Jil  i 


puerto  de  San  TáHos  de  Ancud  les  prestó  útiles  servicios,  facilitán- 
doles, se^un  órdenes  que  hHl)¡a  recibido  del  virrei  del  I'erú,  los  ma- 
pas i  diarios  que  habia  tral).ijado,  i  suministrándoles  cuantas  no- 
ticias jeográficas  i  estaiiísticas  podían  interesarles.  Uno  de  los 
compañeros  de  Malaspina,  el  tenien  te  Viana,  se  espresa  acerca  de 
Moraleda  en  los  términos  que  sioruen  : 

*'Bste  individuo  ha  hecho  grandes  servicios  a  la  monarquía  i  a 
la  humanidad  misma,  trabajando  con  una  constancia  e  inielijen- 
cia  poco  comunes  en  los  pl  nos  de  los  puertos  i  la  mas  exacta  si- 
tuación astronómica  de  toda  la  costa,  adoptadas  las  lonjitudes 
del  padre  Feuillée  i  de  M  Frcxer,  i  observadas  por  sí  las  latitudes 
con  regulares  instrumentos.  Ultimatn  ente,  destinado  al  reconoci- 
miento de  esta  isla  (Chiloé),  solo  i  C(m  una  {)iragua  mala  i  muí 
mal  equipada,  1^  habia,  no  obstante,  concluido  parte  por  tierra  i 
parte  por  mar,  de  suerte  que  poilia  considerarse  realmente  perfec- 
cionado este  trozo  de  costa,  inclusa  la  isla  de  Guafo.» 

La  re-f ñ  i  jeográfija  escrita  nor  Moraleda  se  titida  Breve  des- 
cripc  on  de  la  provncia  de  Chiloé.  su  población,  carácter  de  sus 
habitintcs  producciones  i  com^rci  ).  Bila  ha  servido  de  base  a  las 
observaciones  escritas  por  los  com  >  iñeros  de  Vlala<:pina  acerca  de 
este  punto,  i  publicadas  conij  apé  liice  a  la  relación  del  viaje  de 
éstos. 

Los  mapas  levantados  por  Moraleda  i  entregados  por  éste  al 
gobernador  de  Chiloé  eran  los  sii^  lientes,  según  inventariíj:  "Una 
carta  hidrográrica  reducida,  que  c  intiene  la  costa  de  tierra  firme, 
comprendida  entre  los  esteros  Maullin  i  Palena,  con  inclusión  de 
la  isla  grande  i  todas  sus  inmídiacas. — Otra  idem  comprensiva  de 
inedia  isla  gran  le  de  Chiloé  cjn  el  camino  de  ( 'ayuncunghen,  que 
conduce  desde  San  Carlos  a  «'astro.  —Otra  idem  que  contiene  la 
costa  intermedia  entre  este  puerto  i  el  rio  Bueno,  en  que  se  incluye 
el  terreno  de  la  antigua  ciudad  de  0-;orno  i  «lireccion  del  camino  o 
picado  de  monte  que  el  año  p  isado  de  1787  hicieron  los  comisio 
nados  para  esplorar  la  situación  de  dich  i  ciudad  arruinada  —Los 
planos  particulares  números  1  hasta  14,   que  son  los  puertos  de 

TOMO    X  3 


34  ESTUDIOS    HlSTÓRICO-IJIBI.KXíKÁFICOS 


Lemos,  fué  útil  todavía  a  los  marine  s  españoles  de  la  espe- 
dicion  de  Malaspina,  a  quienes  suministró  amplias  noticias 
sobre  todas  las  costas  i  puertos  que  liabia  esplorado  du- 
rante sus  viajes  f^n  estos  mares. 

Bl  rei,  informado  de  los  trabnjos  ejecutados  por  Morale- 
da,  había  dispuesto,  por  real  orden  de  25  de  diciembre  de 
1790,  que  se  adelantaran  los  rcconocimient<JS   de  los  cana- 


Snn  Carlos,  Ciíacao,  Linao,  Hnito,  Castro,  con  los  canalts  que 
conducen  a  él  por  las  partes  norte  i  sur  <le  la  isla  <le  i^emui;  el  este- 
ro de  Khuac;  las  bahías  de  Terao,  Oueilen,  Conipu,  Huildad,  Cai- 
lin,  Yaiad,  la  laguna  de  Cucao  i  el  puerto  de  Calbuco".  Junto  con 
estos  mapas,  entregó  Moraleja  al  gobernador  de  Chiloc  una  co 
pia  esmeradamente  hecha  de  su  diario  i  ('e  las  otras  memorias  que 
había  preparado  en  desempeño  de  su  comisiot'. 

Hn  1788,  Moraleda  formó  también  un  plano  del  |)uerto  de  Val- 
divia, rectificando  los  que  entonces  existian.  Este  plano  fué  graba- 
do en  España  al  mismo  tiempo  que  otro  de  la  bahía  de  Ancud,  que 
aunque  aparece  levantado  por  los  compañeros  de  Malasj)¡na,  pro- 
bablemente está  fundado  sobre  los  trabajos  de  Moraleda, 

Cuando  Moraleda  hubo  concluido  estos  trabajos,  salió  para  el 
Perú  el  18  de  abril  de  1790,  embarcado  en  la  fragata  Carmen]  se 
detuvo  fti  V;íijjaraiso  del  2  al  17  de  mayo,  i  llegó  al  Callao  el  3  de 
junio.  Pocos  dias  después  entregaba  al  nuevo  virrei  del  Perú,  frai 
don  Francis'.'o  de  Jil  i  Lemos,  que  acababa  de  tomar  el  gobierno 
de  e-ite  país,  la  copia  de  sus  diarios  í  de  sus  planos.  Malaspma,  a 
su  paso  por  Lima,  hizo  sacar  copia  completa  de  todos  esos  docu- 
mentos. 

Los  diarios  i  mapas  que  Moraleda  dejó  en  Chíloé  quedaron  en 
la  gobernación  de  la  provincia  hasta  el  año  1826.  El  jeneral  don 
Ramón  Freiré,  después  de  la  ocupación  del  archipiélago  por  las  ar- 
mas de  la  República,  trajo  a  Santiago  el  manuscrito  de  Moraleda. 
Formaba  dos  volúmenes  escritos  con  el  mayor  esmero  i  adornados 
con  vistas  i  viñetas  dibtijadas  a  la  pluma.  De  esos  manuscritos, 
que  según  creemos  ya  no  se  conservan  completos,  se  sacó  la  copia 
que  existe  en  la  Biblioteca  Nacicmal  de  esta  ciudad.  La  Oficina  H¡- 
drográHca  posee  otra  copia  tomada  en  España  de  los  manuscritos 
que  envió  el  virrei  del  Perú,  i  esta  copia  es  la  que  ha  servido  para 
la  presente  impresión.  ívl  jeneral  don  José  Santiago  Aldunate,  que 
fué  el  primer  intendente  de  Chiloé  bajo  el  réjimen  de  la  Kepúblíca, 
rec<  jió  los  mapas  i  los  trajo  a  la  capital.  Gracias  a  su  cuidado  in- 
telijente,  el  primero  de  ellos  fué  publicado  por  medio  de  la  litogra- 


ESPI.OR  ACIONES    DE    MOKA  LEDA  35 

les  i  archipiélagos  situados  mas  al  sur  de  Chiloé.  Antes  que 
el  virrei  del  Perú,  en  cumplimiento  de  esta  resolución,  hu- 
biera tomado  medida  alguna  sobre  el  particular,  el  presi- 
dente de  Chile  habia  encargado  a  una  fragata  de  guerra 
llamada  Santa  Bárbaray  mandada  por  Nicolás  Lobato  i 
Cuenca,  que  pasase  a  las  costas  del  sur  a  observar  las  ope- 
raciones de  los  buques  inglesesque  entraban  al  l*;ivífio<)  con 
el  pretesto  de  hacer  la  pesca  de  la  ballena,  \  t'síi  íV;igíiLa  ha- 
bía recojido  algunas  noticias  mas  o  nicn..»«  v  liosas  sobre 
la  jeografía  de  esa  rejion  '^.  Por  fin,  con  ÍkcUh  Ir  29  de  agos- 
to de  1792,  el  virrei  Jil  i  Lenios  encargih  (  »  r>  .  io  pilo- 
to Moraleda  que  sin  tardanza  hiciera  ioí^  .M  los  indis- 
ptnsables  i  se  tras'adara  a  Chiloé  a  contM.uar  la  esplora- 
cion  de  los  archipiélagos  del  sur. 

''Habilitado  de  las  dos  piraguas  i  ácm:.  ;  útiles  necesa- 
rios a  la  espedicion,  decían  las  instrucciones  qiu' /  trrei 
dio  a  Moraleda,  saldrá  del  puerto  de  San  Cárk,  >  r  la 
parte   oriental   de  la  isla  grande  se  dirijirá    a    la     rvade 


fía  en  1845;  i  ahora  ha  sido  litogríifiado  de  nuevo  péira  acompa- 
ñar en  este  libro  la  edición  de  los  derroteros  formados  por  M ora- 
hóa.  Creemos  que  los  otros  mapas  se  han  estraviado  i  quizá  des- 
truido. 

2  Las  operaciones  de  la  fragata  Santa  BArbara  están  consig- 
nadas, entre  otros  documentos,  en  tres  reales  órdenes  que  convie- 
ne recordar.  Por  una  de  11  de  agosto  de  1792,  el  rei  aprueba  el 
envío  de  esa  fragata  i  las  instrucciones  dada<  a  su  comandante  por 
el  capitán  jeneral  de  Chile.  Por  otra  del  10  de  uciubre  f^-^^  -v'^mo 
año  comunica  estar  al  corriente  de  la   vut-itn    'i-   '  ,         ¡.¡.¿t  iríi- 

gata  i  de  les  rt conocimientos  que  ha  hecho  ea  '  ••-   '-^    >l¿is  del  sur,  i 
pide  se  le  envíen  los  planos  levantados  i  los  (bn        .  ac  navegación. 
Por  último,  por  real  orden  de  30  de  enero  de  1  fL^o,  comunica  lia- 
ber  recibido  la  carta  esférica,  mapas,  planos.  \  ti,' tíos   del  viaje  de 
los  oficiales  de  esa  fragata  desde  Cíiil  jc  h  istri  í  ¡cli.í  !>  Inchin,  entre 
45  i  46  grados  i  recomienda  (pie  <-e  adelante  la  csploracion   Nunca 
hemos    visto    estos    mapas    ni    tenemos  notici  ».    n    -  rí;nplias  de 
aquella  esploracion  ni  del  jefe  de  ella  don  NL-  >!  is    L  oijito  i   Cuen- 
ca, cuyos  tral)aios  fueron  oscurecidos  pcir  ios   dr»    '.rali' la,   qie 
pasamos  a  referir.  Navarrete  no  mencioua   tampoco        Lobato  í 
Cuenta  en  su  Biblioteca  Aíarítimn  Española. 


36  ESTUDIOS  HLSTÓRICO-BIBLIOGUÁFICOS 

Aisen,  en  la  costa  firme  frente  a  las  islas  Gaaiteca?,  i  entran- 
do por  ella  examinará  con  la  mayor  prolijidad  la  estension 
que  tiene  el  canal,  estero  o  rio,  circunstancia  de  su  terreno 
vecino  i  cuanto  conduzca  a  dar  una  idea  exacta  del  paraje", 
Debia,  ademas,  adelantar  la  esploracion  de  las  costas,  ca- 
nales e  islas  de  mas  al  sur,  levantarlos  planos  i  formar  des- 
cripciones cabales  de  cuanto  observase.  "Si  en  la  esplora- 
cion de  los  canales  i  esteros,  decia  el  virrei  mas  adelante, 
hallase  que  alguno  de  ellos  presta  paso  al  océano  Atlántico 
meridional,  ya  sea  desembocando  en  el  golfo  de  San  Jorje, 
cuya  estension  no  está  aun  determinada,  o  en  cualquiera 
otro  punto  de  la  costa  oriental  patagónica,  retrocederá 
por  una  derrota  opuesta  a  la  que  haya  llevado,  dirijiéndose 
inmediatamente  a  esta  capital,  obsc^rvanJo  inviolablemen- 
te lo  prevenido  respecto  a  la  reserva  con  que  debe  guardar 
el  resultado  de  sus  esploraciones". 

En  cumplimiento  de  este  encargo,  Moraleda  salió  del 
Callao  el  20  de  setiembre,  provisto  délos  artículos  que 
eran  mas  necesarios  para  desemp.-ñar  esteencarg  >.  Uii  mes 
mas  tarde,  el  17  de  octubre,  Ileg.iba  al  puerto  de  San  Car- 
los. 

Gobernaba  la  provincia  de  C'iiloé  desde  los  primeros  dias 
de  1791  don  Pedro  de  Can  iveral.  militar  activo  pero  vo- 
luntarioso, que  unia  al  Lículo  de  brigadier  (leli)s  reales  ejér- 
citos el  de  capitán  de  navio.  A  pesar  de  la  filta  de  elemen- 
tí)S  navales  que  allí  se  padecía,  i  de  haber  caido  enfermo 
Moraleda  al  iniciarse  esto^  trabajos,  se  logró  preparar  dos 
piraguas  grandes,  equipadas  en  f  )rm'i  de  goletas,  i  tripu- 
lada ca  la  una  de  ellas  por  trece  m  irineros,  p  >r  unos  cuan- 
tos soldados  i  por  los  prácticos  que  fué  posible  procurarse. 
Moraleda  tomó  personalmente  el  minio  de  una  deesas 
goletillas,  confió  la  otra  a  don  José  de  Torres,  pilotín  de  la 
real  armada,  i  el  21  de  enero  de  1793  se  hicieron  a  la  vela 
con  rumbo  al  sur. 

Esta  esploracion  lo  ocupó  hasta  el  2  de  mayo  siguiente, 
dia  en  que  Moraleda  estaba  de  vuelta  en  el  puerto  de  San 
Carlos.  Los  esploradores  no  hablan  llegado  mas  que  hasra 


ESPL0RACI0NE8    DR    MORALEÜA  37 

el  rio  Aisen,  cuya  embocadura  i  cuyo  curso  habían  estu- 
diado con  bastante  prolijidad;  pero  habían  reconocido  tam- 
bién una  gran  parte  del  archipiélago  de  Chonos,  recojiendo 
datos  jeográficos  preciosos.  Moraleda  creía  que  el  recono- 
cimiento cabal  i  completo  de  esos  numerosos  grupos  de  is- 
las habría  ocupado  durante  tres  años  a  lo  menos  a  varios 
hombres  competentes  i  esperimentados;  pero  él  ])udo 
echar  los  cimientos  de  ese  trabajo,  levantando  una  carta 
de  base  científica,  a  pesar  de  las  contrariedades  de  todo  or- 
den que  dificultaron  su  esploracion.  Durante  el  viaje  fué 
molestado  incesantemente  por  lluvias  mas  o  menos  pro- 
longadas, pero  siempre  incómodas,  i  no  tuvo  jamas  un  día 
entero  de  buen  tiempo,  por  cuya  razón  no  le  era  posible 
fijar  siempre  con  seguridad  la  latitud  del  lugar.  Una  de  las 
piraguas  comenzó  a  hacer  agua  en  abundancia,  i  fué  nece- 
sario sacarla  a  tierra  para  ejecutar  serías  reparaciones. 
Los  indios  que  le  servían  de  prácticos,  recelosos  i  embuste- 
ros, le  suministraban  informes  fals  s  de  tal  suerte  que  Mo- 
raleda no  se  atrevía  a  dar  un  solo  paso  sin  examen  previo 
de  los  lugares  a  que  se  acercaba  con  sus  piraguas.  A  pesar 
de  todo,  pudo  recojer  en  sus  diarios  i  en  sus  mapas  un  va- 
lioso conjunto  de  datos  jeográficos,  observados  con  discer- 
nimiento i  espuestos  con  claridad  ^. 

En  el  verano  siguiente,  Moraleda  se  dispuso  a  continuar 
el  reconocimiento  de  los  archipiélagos  i  canales  del  sur  de 
Chiloé.  En  esta  provincia  se  hablaba  entonces,  como  de  un 
hecho  incuestionable,  de  la  existencia  de  las  fabulosas  ciu- 
dades que  se  suponían  pobladas  por  españoles  al  otro  lado 
de  las  cordilleras.  Algunos  vecino  de  Chiloé  se  ofrecían  a 
acompañar  a  los  esploradores  con  la  esperanza  de  llegar  a 
esas  poblaciones.  El  mismo  gobernador  del  archipiélago  se 
habia  dejado  engañar  por  esas  ilusiones,  i  al  disponer  la 
nueva  espedicíon  de   Moraleda,    le   encargó  que  tratase  de 

3.  El  diario  ríe  esta  esploracion  de  Moraleda  fué  terminado  en 
San  Carlos  el  10  de  mayo  de  17'J3,  i  de  él  sacó  cuatro  copias  com- 
pletas, a  las  cuales  agregó  una  relación  sumaria  de  los  sucesos 
ocurridos  en  el  archipiélago  hasta  febrero  de  1794. 


38  ESTUDIOS    HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 

ponerse  en  comunicación  con  esas  ciudades,  para  cuyos  ha- 
bitantes le  entregó  un  pliego,  cuyo  sobrescrito  tenia  estas 
palabras:  "Por  el  rei.  A  los  señores  españoles  establecidos 
al  sur  de  la  laguna  de  Nahuelguapi. — Del  gobernador  de 
Castro,  Calbuco  i  pro\{lncta  de  Chiloé".  E!  11  de  febrero  le 
1794,  salia  Moraledadel  puerto  de  San  Carlos  de  Ancud  en 
desempeño  de  aquella  comisión. 

En  este  nuevo  viaje,  el  hábil  piloto  continuó  sus  estu  lios 
de  la  costa  i  de  las  islas  del  sur,  sin  pasar,  sin  embargo, 
mas  adelante  de  la  latitud  de  44?  grados,  i  contrayéndose 
sobre  todo  al  reconocimiento  del  rio  Palena.  Sus  observa- 
ciones, como  las  que  habia  hecho  anteriormente,  dejan  ver 
un  espíritu  perfectamente  preparado  para  este  jéiiero  de 
trabajos,  i  conocimientos  nada  comunes  en  las  ciencias  que 
se  relacionan  con  la  hidrografía.  La  seguridad  de  su  crite- 
rio jeográfico  se  refl<ja  también  en  las  juiciosas  reflexiones 
que  hace  en  su  diario  para  combatir  las  opiniones  de  los 
que  aun  creian  en  la  existencia  de  las  misteriosas  ciudades 
del  sur. 

"Presumo,  decia  después  de  hab:ír  examinado  esta  cues- 
tión, que  tienen  que  saltar  los  terribles  barrancos  que  pre- 
senta la  historia  de  estos  últimos  si'^los  los  que  hablen  de 
establecimientos  de  tales  circunstancias  i  mucho  mas  los 
que  lo  aseveran  i  creen;  pues  ciertamente  en  cuanto  vo  he 
leido  sobre  el  asunto,  que  es  todo  el  espediente  que  se  ha 
ha  formado  sobre  esas  relaciones,  i  otros  papeluchos,  nada 
me  ha  [)arecid()  hallar  que  pudiera  mover  nsenso  alguno  a 
tales  noticias,  mucho  menos  a  formarespediciones  al  inten- 
to, ademas  de  que  los  mismos  indios  que  sueltan  semejan- 
tes especies  con  el  aire  misterioso  que  les  es  jenial  i  con  su 
común  artificio,  i  los  españoles  que  las  promueven,  todos 
lucran  en  tales  espediciones  i  las  utilizan  a  proporción  de 
su  estado  i  miras  particulares". 

Moraleda,  al  regresar  al  puerto  de  San  Carlos  el  18  de 
mayo  de  1794,  dio,  puede  decirse  así,  con  sus  juiciosas  ob- 
servaci(mes,  el  golpe  definitivo  a  aquella  antigua  creencia 
que  durante  siglos  habia  preocupado  a  tantas  jentes.  Las 


ESPLORACIONtóS    DB    MOIlALF.I>A  3'.> 

noticias  que  recojló  acerca  del  clima  i  de  las  demás  condi- 
ciones de  aquellos  archipiélagos  sirvieron  para  acabar  de 
desanimar  a  los  que  poco  antes  hahian  pensado  en  ocupar 
algunos  puntos  de  las  costas  del  sur  para  fundar,  nuevas 
colonias.  El  virrei  del  Perú,  reproduciendo  los  informes  de 
Moraleda,  aseguraba  al  rei  que  fuera  de  unas  cuantas  islas, 
las  demás  no  eran  susceptibles  de  ningún  cultivo,  ni  produ- 
cirían los  artículos  mas  necesarios  para  la  vida. 

Moraleda  permaneció  dos  años  mas  en  Chiloé.  Ocu])6 
este  tiempo  en  arreglar  sus  fulanos  i  relaciones,  i  empren- 
dió ademas  un  nuevo  reconocimiento.  Saliendo  de  San  Car- 
los el  13  de  febrero  de  1795,  esploró  el  golfo  i  el  estero  de 
Reloncaví,  i  remontando  este  último,  se  internó  en  las  tie- 
rras continentales  h?ista  el  lago  Todos  Santos,  i  continuó 
en  seguida  el  estudio  atento  i  prolijo  de  las  costas  de  la 
parte  del  continente  (jue  circunda  por  el  norte  i  por  el  este 
al  archipiélago  de  Chiloé.  Este  estudio,  que  lo  ocupó  hasta 
el  2  de  abril,  le  sirvió  para  perfeccionar  sus  mapas  anterio- 
res, i  lo  fortificó  en  su  convicción  de  que  no  existian  las  ciu- 
dades españolas  que  habian  causado  tantas  preocupa- 
ciones 4. 

Esta  serie  de  trabajos,   que   ahora  ven  la  luz  pública  por 


4  .  Los  diarios  relativos  a  las  dos  últimas  esploraciones  de  Mo- 
raleda están  terminados  i  fechados  en  San  Carlos  el  27  de  mayo 
de  1794  i  el  2  de  mayo  de  1795,  i  completados  con  la  relación  de 
los  principales  sucesos  ocurridos  en  la  provincia  hasta  abril  de 
1796,  época  en  que  el  autor  regresó  al  Perú.  En  esos  diarios,  de  un 
alto  valor  jeográfico,  Moraleda  habla  en  diversa  ocasiones  de  las 
fabulosas  tradiciones  en  que  se  apoyaba  la  ilusión  en  la  existencia 
de  las  misteriosas  ciudades  del  sur,  i  las  desvanece  una  en  pos  de 
otras.  Fué  sin  duda  el  mas  juicioso  i  competente  impugnador  de 
aíjuella  creencia  vulgar  que  habia  resistido  durante  mas  de  dos 
siglos  contra  la  luz  de  la  razón  i  de  la  esperiencia  recojida  en  cada 
esfuerzo  que  se  hizo  para  llegar  a  aquellos  lugares. 

Los  diarios  de  Moraleda  referentes  a  estas' últimas  esploracio- 
nes eran  desconocidos  en  Chile.  El  capitán  de  navio  don  PVancisco 
Vidal  Gormaz,  director  de  la  Oficina  Hidrográfica  de  Santiago,  to- 
mó en  Madrid  las  coj)ias  que  posee  este  establecimiento  i  que  sir- 
ven para  la  presente  edición. 


40  ESTUDIOS  HISTÓRIOO-BIBLIOGKÁF'ICOS 

primera  vez,  colocan  a  Moraleda  en  el  rango  de  los  mas 
distinguidos  esploradores  españoles  de  su  época,  i  habrian 
debido  darle  un  alto  nombre  si  la  política  receíosa  de  la 
metrópoli  no  se  hubiera  obstinado  en  mantener  ocultas 
las  d:^scripciones  de  los  paises  que  podían  despertar  la  co- 
dicia de  los  estranjeros  i  que  no  era  fácil  defender.  En  abril 
de  1796,  cuando  Moraleda  regresaba  al  Perú,  después  de 
haber  desempeñado  en  Cliiloé  todas  aquellas  comisiones, 
sus  servicios,  si  l)ien  recomendados  por  el  virrei,  no  le  me- 
recieron las  recompensas  a  que  era  justamente  acreedor. 
Moraleda  no  alcanzó  sino  el  título  de  alférez  de  la  real  ar- 
mada, sobre  el  de  piloto  [)rimero  con  que  habla  salido  de 
la  escuela  de  Cádiz  en  1771. 

Después  de  mas  de  veinticuatro  años  de  residencia  en 
América,  obtuvo  en  1797  permiso  para  regresar  a  España, 
donde  pensaba  quizá  pasar  el  resto  de  sus  dias.  Sin  em- 
bargo, la  corte  hal)ia  resuelto  liacer  nuevos  reconocimien- 
tos en  el  litoral  de  sus  colonias:  i  en  1801  ordenó  a  Mo- 
raleda volver  al  Perú  junto  con  otros  ortciales  de  marina 
encargados  de  rectificar  las  cartas  jeográíicMS  de  estas  cos- 
tas de  América.  Debían  éstos  ejecutar  aquellos  estudios 
bajo  líi  dirección  del  brigarlier  de  la  real  armada  don  To- 
mas ligarte  i  Llano,  (jue  fué  el  jjrimer  comandante  del 
apostaderí)  de  la  marina  del  puerto  del  Callao.  Moraleda 
se  ocupo  en  los  trabajos  hidrográficos  que  se  mandaron 
hacer  en  el  golfo  de  Panamá  i  en  las  costas  vecinas;  sirvió 
el  cargo  de  director  de  la  escuela  náutica  del  virreinato,  i 
revisó  algunos  mapas  de  diversas  provincias. 

Son  mui  escasas  i  deficientes  las  noticias  que  hemos  po- 
dido procurarnos  acerca  de  estos  últimos  servicios  del 
célebre  esplorador.  Sabemos  sí  que  en  1810,  cuando  con- 
taba cerca  de  setenta  años  de  edad,  i  cuando  estaba  con- 
sagrado todavía  a  la  enseñanza  de  pilotos,  falleció  don 
José  de  Moraleda  en  el  puerto  del  Callao,  en  una  posición 
modesta,  sin  dejar  bienes  de  fortuna  i  ni  siquiera  el  nombre 
a  que  lo  hacian  justamente  merecedor  los  importantes  tra- 
bajos que  la  Oficina  Hidrográfica  de  Santiago  ha  querido 
salvar  de  un  justo  olvido. 


RIQUEZAS 

De  los  antiguos  jesuítas  de  Chile 


FIQÜEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  DE  CHILE 


Se  cree  jeneralmente  entre  nosotros  que  por  haberse  de- 
dicado tres  o  cuatro  escritores  a  estudiar  ciertos  puntos  de 
la  historia  nacional,  h)s  anales  de  Chile  son  bastante  co- 
nocidos, i  casi  es  inútil  engolfarse  en  nuevas  i  mas  prolijas 
investigaciones.  Es  cierto  que  fuera  de  Méjico,  ninguno  de 
los  pueblos  hispano-americanos  posee  una  tiistoria  mejor 
investigada  que   la   de   Chile;   pero   es   preciso  convenir  en 


*  Se  publicó  en  Xs.  Revista  (Je  Santiago  (1872),  pájs.  713,  §  3, 
923,  988.  Al  reimprimirse  en  folleto  preparado  en  ese  mismo  año, 
el  editor,  que  lo  fué  don  Gaspar  Toro,  ponia  al  frente  de  este  folleto 
la  siguiente  Advertencia: 

«Bl  vivo  interés  con  que  el  público  ilustrado  de  esta  capital  ha 
leido  la  serie  de  artículos  que,  sobre  el  establecimiento  i  posterior 
desarrollo  de  los  jesuitas  en  nuestro  suelo,  ha  publicado  don  Die- 
go Barros  Arana  en  la  Revista  de  Santiago,  i  la  jeneral  acepta- 
ción que  ha  encontrado  en  las  provincias,  donde  ha  sido  reprodu- 
cida por  un  gran  número  de  periódicos,  nos  han  movido  a  solici- 
tar de  su  autor  el  permiso  de  esta  reimpresión.  No  solo  lo  ha  otor- 
gado, el  señor  Barros  Arana  sino  que  ha  querido  todavía  rever 
los  artículos  publicados,  completarlos  con  nuevos  datos  i  obser- 
vaciones i  dar  al  todo  cierto  método  i  unidad. 

«Un  doble  fin  llevamos  en  mira. 

«Es  el  primero,  presentar  a  los  hombres  de  estudio,  reunidas  en 


44  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

muí  interesantes,  i  mas  aun,  para  dar  cuerpo  i  unidad  a 
todos  los  sucesos  i  períodos  históricos  que  han  sido  regu- 
larmente estudiados. 

En  nuestra  historia  colonial,  sobre  todo,  i  a  pesar  de 
algunos  trabajos  de  un  mérito  indisputable,  nos  ñilta  mu- 
cho que  esplorar  i  que  descubrir.  La  historia  de  los  con- 
ventos i  de  las  órdenes  relijiosas,  la  influencia  que  ellos 
ejercieron  sobre  la  sociabilidad  chilena,  su  intervención  en 
los  asuntos  políticos  i  administrativos,  son  puntos  acerca 
de  los  cuales  solo  tenemos  uno  que  otro  pormenor,  que  no 
basta  por  cierto  para  prí)yectar  la  menor  luz  sobre  el  cua- 
dro jeneral  de  nuestro  pasado. 

Entre  esas  órdenes  relijiosas  fué  la  de  los  jesuitas  la  que 
tuvo  mas  importancia  i  la  que  ha  dejado  mas  huellas  en  la 
historia.  Ellos  ejercieron  un  gran  poder  en  la  administra- 
ción de  la  colonia  i  en  la  sociedad  entera,  dirijieron  a  los 
gobernantes  i  domin^iron  a  los  gobernados,  adquirieron 
riquezas  que  hoi  dia  nos  parecen  fabulosas,  i  dejaron  en 
las  tradiciones  populares  recuerdos  que  no  pudo  borrar 
que  nos  falta   mucho  todavía   para  conocer  ciertos  puntos 


un  pequeño  volumen  las  investii^-aoiones  que  aquel  distinguido 
escritor  ha  llevado  felizmente  a  cabo  sobre  un  punto  de  alto  inte- 
rés histórico:  investigaciones  prolijas,  concienzudas,  practicadas 
•en  las  primitivas  fuentes,  en  las  antiguas  escrituras,  en  las  cróni- 
cas manuscritas,  en  los  viejos  pergaminos  ignorados. 

«I  es  el  segundo  i  primordial,  popularizar  el  conocimiento  de 
los  hechos  averiguados  i  las  prácticas  lecciones  que  ellos  contienen 
para  apreciar  debidamente  a  la  famosa  Compañía. 

«Tienen  aquellos  artículos  el  indispensable  mérito  de  estar  con- 
cebidos de  tal  suerte  que  hablan  a  los  sentidos  de  una  manera 
tanjible  i  que  todo  el  mundo  puede  entenderlos  i  tomar  de  ellos 
provechoso  conocimiento,  sin  esfuerzo  mental  i  sin  tener  que  se- 
guir trabajosamente  las  estériles  discusiones  abstractas,  de  que 
vive  el  sofisma  engañador. 

«  Los  hechos  hablan  allí  su  elocuente  lenguaje;  hechos  incontro- 
vertibles, referidos  por  los  mismos  cronistas  de  la  Compañía  con 
gran  naturalidad  i  sencillez,  i  que  escusan  todo  comentario». 

Nota  del  compilador. 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  45 


la  cédula  de  Carlos  III  que  espulsó  a  lo»  jesuítas  de  sus 
Estados. 

La  historia  de  los  jesuítas  en  las  colonias  españolas  se- 
ria, pues,  un  trabajo  del  ma3^or  interés.  Esa  historia  po- 
dría ser  estudiada  bajo  tres  puntos  de  vista  diferentes:  1*^ 
Su  participación  en  los  negocios  administrativos,  en  los 
que,  como  se  sabe,  tuvieron  un  gran  poder,  como  sucedió 
en  Chile;  2^  La  influencia  que  ejercieron  sobre  el  modo 
de  ser  de  las  colonias  españolas,  ya  sea  por  la  predicación 
i  el  confesionario,  ya  por  las  ostentosas  ceremonias  relijio- 
sas  que  establecieron  para  atraer  al  sencillo  pueblo,  ya  por 
los  prodijios  con  que,  según  sus  cronistas  los  favorecía  sin 
cesar  el  cielo;  i  3°  La  manera  de  crear  i  de  incrementar 
sus  riquezas,  que  en  Chile,  como  en  todos  los  pueblos  ame- 
ricanos, fueron  tan  considerables.  Este  último  punto  re- 
velaría cuánto  pudo  su  perseverancia  maravillosa  ayuda- 
da por  el  prestijio  sobrehumano  de  que  los  jesuítas  supie- 
ron revestirse  ante  los  devotos  pobladores  de  las  colonias 
del  reí  de  España. 

Sin  pretender  tratar  a  fondo  esta  cuestión,  sin  aspirar 
a  escribir  la  historia  financiera  de  la  Compañía  de  Jesús  en 
Chile,  vamos  solo  a  consignar  en  estos  breves  apuntes  al- 
gunos hechos  de  que  podrán  aprovecharse  los  futuros  histD- 
ríadores  que  quieran  adelantar  la  investigación  que  noso- 
tros hemos  dejado  comenzada. 


#§oiei^*W*^l#^#*W*#l*§^#^ 


S       aONI 

LAS  PROPIEDADFS  DE  LOS  JESUÍTAS  EN   EL  DISTRITO 
DE  SANTIAGO 


1.     Arribo  de  los  jesuítas  a  Sai.  •nilagros  con  que  el  cielo  los 

favoreció  en  su  viaje. — II.  I'r;  t-ra  predicación  de  los  jesuí- 
tas: los  habitantes  de  Santiago  les  obsequian  una  casa  para  su 
residencia.  —  III.  Las  primeras  donaciones:  la  Compañía  i  la 
Punta:  los  capitanes  Andrés  de  Torquemanda  i  Agustín  Brise- 
ño:  este  último  es  borrado  de  la  lista  de  los  fundadores — IV. 
Nuevos  benef'ictores  don  Jerónimo  Bravo  de  Saravía  i  su  hijo. 
— V.  El  capitán  García  Carreto;  donación  de  Bucalemu— VI. 
Los  jesuítas  hallan  otro  fundador  que  dio  40,000  pesos:  el 
portugués  Madureira.  —  VIL  Otros  benefactores:  el  rei  el  clé- 
rigo Fernández  de  Lotea. — VIH.  Donación  del  capitán  Fran- 
cisco Fuenzalida:  ruidoso  pleito  a  que  dio  lugar.— IX.  Otras 
adquisiciones  hechas  pa*  lorio  de  San  Francisco  Ja- 

vier.— X.  Los  jesui-.ri  ad'íuieren  el  local  en  que  hoí  se  levanta 
la  Moneda.— XI  Fi  !•  i-,  ion  de  un  noviciado  en  Santiago:  do- 
nación de  los  hermci  i  >s  F'erreira. — XI I  Donación  de  don  José 
de  Zúñiga,  hijo  del  ii¡  arques  de  Baídes:  dificultades  para  reco- 
jerel  dinero  de  los  jesuítas  de  España.— XIII.  Otros  benefac- 
tores de  la  casa  dvl  noviciado:  don  José  de  Lazo  les  da  una 
hacienda.— Donación  de  doña  Ana  de  Flores:  los  jesuítas  for- 
man el  convento  d;;  oci.!  Pablo — XV.  Don  Antonio  Martínez 
de  Vcrgara  lega  a  los  ¡esultas  la  hacienda  de  Chacabuco:  ad- 
quisición de  la  Calera. 


48  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLlOaRÁPlCOS 


I 


En  la  madrugada  del  12  de  abril  de  1593  llegaron  a  la 
humilde  ciudad  de  Santiago  ocho  peregrinos  montados  en 
caballos  que  parecían  fatigados  por  un  largo  viaje.  Entra- 
ron por  el  camino  del  norte  i  se  dirijieron  al  convento  de 
Santo  Domingo,  donde  les  esperaba  un  hospedaje  efectuo- 
so  i  fraternal.  Aunque  su  arribo  hubiera  pasado  casi  desa- 
percibido, pocas  horas  mas  tarde  no  se  hablaba  mas  que 
de  esos  viajeros  en  toda  la  ciudad.  Eran  seis  padres  jesuí- 
tas i  dos  hermanos  coadjutores  enviados  del  Perú  por  or- 
den del  piadoso  reí  de  España  don  Felipe  II,  para  que  vi- 
nieran a  Chile  a  publicar  el  santo  evanjelio  i  a  atraer  a 
los  indios  al  conocimiento  de  la  fé  católija,  como  decía  eti 
su  real  cédula  de  13  de  junio  del  año  anterior. 

Los  padres  habían  querido  hacer  su  entrada  en  Santiago 
a  esas  horas  de  la  mañana  para  sustraerse  a  los  honores 
de  un  ostentoso  recibimiento,  que  en  otras  circunstancias 
les  habrían  preparado  los  moradores  de  la  ciudad.  Pero  la 
fama  los  habia  precedido  con  mucha  antelación.  El  padre 
Diego  de  Rosales,  jesuíta  e  historiador  de  la  orden,  dice  que 
muchos  años  ante  de  la  venida  de  los  padres  a  este  pais. 
Dios  la  habia  revelado  a  algunas  personas  de  conocida  vir- 
tud, i  al  efecto,  refiere  detenidamente  cuatro  predicciones 
que  no  dejaban  lugar  a  duda.  Para  que  estas  profecías  fue- 
ran mas  maravillosas  todavía,  dos  de  ellas  habían  sido  he- 
chas por  españoles  i  dos  por  indios.  Por  otra  parte,  el  viaje 
de  los  ocho  misioneros  habia  sido  una  serie  no  interrumpi- 
da de  milagros  portentoíí'os. 

Durante  la  navegación  del  Callao  a  Valparaíso,  "el  co- 
mún enemigo  (el  demonio),  dice  el  padre  jesuíta  Losano, 
rabioso  sin  duda  de  ver  aquel  pequeño  ejército  que  le  em- 
pezaba a  hacer  cruda  guerra  desde  el  camino,  i  que  en  Chile 
habia  de  ser  el  estrago  de  su  imperio,"  mudó  el  viento,  per- 
turbó los  mares   í  produjo  al  fin   la  mas  furiosa  torme  uta 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  4^ 

que  se  puede  ímajinar.  Los  padres  sacaron  una  reliquia  del 
apóstol  San  Matías,  i  lanzándola  al  agua,  aplacaron  al 
instante  los  vientos,  tranquilizaron  el  mar  i  establecieron 
«na  plácida  bonanza. 

Mas  adelante,  escasearon  de  tal  suerte  los  víveres  a  bor- 
do que  los  navegantes  tenian  por  único  alimento  algunas 
pasas  i  los  pocos  fragmentos  de  galleta  que  no  se  habian 
comido  durante  el  viaje.  Los  padres  se  retiraron  a  la  cáma- 
ra, se  pusieron  en  oración;  i  en  el  mismo  momento,  un  car- 
dumen de  peces  dorados,  huyendo  de  los  tiburones,  se 
precipitó  sobre  la  embarcación  para  prenderse  en  las  redes 
que  les  tendian  los  marineros  i  servir  de  alimentos  a  los 
bienaventurados  peregrinos. 

Habiendo  tomado  tierra  en  el  puerto  de  Coquimbo,  los 
padres  jesuitas  fueron  hospedados  en  L  i  Serena  en  una  ca- 
sa de  que  se  habían  apoilerad  )  los  espíritus  m  dignos.  To- 
das las  noches  se  sentian  ruidos  estraños:  los  demonios  no 
dejaban  vivir  a  los  locatarios;  i  lo  que  es  mis  prodijioso, 
pretendieron  hacersefuertecontrasus  nuevos  huéspedes,  tur- 
bándolos durante  dos  noches  con  terribles  espantos;  pero 
los  padres  desarmaron  su  poder  con  los  conjuros,  los  ven- 
cieron i  los  obligaron  a  abandonar  la  casa  de  que  se  habian 
posesionado,  i 

1  Después  del  arribo  miiag''oso  de  los  padres  jesuitas,  era  na- 
tural que  se  repitieran  los  misinos  o  análogos  prodijios  con  moti- 
vo de  la  introHüC^'ion  de  las  otras  órdenes  relijiosas.  Así  se  verificó 
dos  años  mas  tarde,  en  1595.  a  la  lle^  ida  de  dos  padres  agusti- 
nos, que,  según  los  cronistas  de  esta  orden,  fueron  combatidos  por 
los  demonios  con  sin  i^rual  tesón  hasta  (jue,  derrotadas  éstos  mu- 
chas veces,  tuvieron  que  ceder  el  campo  a  sus  fc^lices  competidores. 
Vivian  entonces  en  Santiago  tres  hermanos  apellidados  Rihero, 
los  capitanes  Francisco  i  Alonso  i  doña  Catalina,  señora  soltera  i 
de  años,  que  poseían  un  hermoso  solar  a  dos  cuadras  al  norte  de 
la  plaza  principal.  Desde  mucho  tiempo  antes  que  vinieran  los  pa- 
dres agustinos,  se  dejab  i  ver  en  las  salas  de  la  casa  un  personaje 
misterioso  con  túnica  i  mangas  semejantes  a  las  que  usaban  los 
relijiosos  de  esta  orden.  Cuando  llegó  la  noticia  de  que  los  padres 

TOMO  X  4 


50  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGUÁFICOS 

Los  padres  jesuítas  ademas  traían  a  Chile  otro  elementa 
no  menos  valioso  que  su  poder  para  hacer  milagros:  las  re- 
liquias de  algunos  santos.  En  la  navegación  habían  perdi- 
do una  del  apóstol  San  Matías;  pero  les  quedaba  otra  de 
mucho  precio,  la  cabeza  de  una  de  las  once  mil  vírjenes,  re- 
liquia insigne,  dice  el  jesuíta  Ovalle,  que  el  padre  provincial 
les  había  dado  en  el  Perú.  Poco  importa  que  en  nuestro 
tiempo  no  ha^'-a  quien  sostenga  seriamente  que  han  existi- 
do las  once  mil  vírjenes:  en  el  siglo  XVI,  i  en  los  dominios 
del  Rei  de  España,  nadie  habría  dejado  de  doblar  la  rodilla 
ante  una  reliquia  de  esta  clase. 

Estos  antecedentes  habrían  bastado  para  que  los  piado- 
sos habitantes  de  Santiago  hubiesen  recibido  ¿i  los  padres 
jesuítas  como  el  mas  inestimable  don  que  pudiera  hacerles 
el  cielo.  Pero  éstos  tenían  ademas  en  su  apoyo  la  protec- 
ción mas  decidida  i  la  confianza  mas  ilimitada  del  poderoso 
monarca  español.  í^or  esto  fué  que  a  pes?ir  de  la  modestia 
con  que  habían  hecho  su  entrada,  "no  pudieron  escusar, 
dice  el  padre  Ovnlle,  las  honras  que  la  ciudad  les  hizo  yen- 
do luego  a  visitarlos  toda  ella  juntamente  con  los  dos  ca- 
bildos eclesiástico  i  seglar  i  todas   las  sagradas  relijiones." 

II. 

Santiago  era  en  esa  época  una  ciudad  tan  pobre  como 
devota.  Su  población  no  pasaba  de  1,000  almas,  i  según 
un  documento  muí  curioso,  tenía  poco  mas  de  160  casas 
bastante  humildes;  pero  poseía  los  conventos  de  San  Fran- 
cisco, Santo  Domingo,  la  Merced,  un  monasterio  fie  monjas 
i  tres  ermitas,  la  de  San  Lázaro,  la  de  Sfm  Saturnino  i  la 
de  Nuestra  Señora  de  Guia. 


estaban  en  camino  para  Chile,  el  misterio  desapareció;  porque  San 
Agustín  en  persona  se  presentó  en  el  corral  de  la  casa,  mientras 
una  gran  bandada  de  cuervos,  aves  que,  como  observa  el  cronista 
que  refiere  esteprodijio,  no  existen  en  Chile,  se  mantuvo  fijaen  el  te- 
jado. Los  propietarios  comprendieron  lo  que  significaba  aquello,  i 
el  13  de  mayo  de  1595  hicieron  a  los  padres  agustinos  la  donación 
de  aquel  espacioso  local  para  que  establecieran  su  convento. 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  51 

Todo  esto  parecía  poco  al  celo  fervoroso  que  animaba 
a  los  reverendos  padres.  Es  preciso  leer  en  los  historiado- 
res de  la  Compañía  de  Jesús  en  esta  parte  de  la  América, 
el  estado  deplorable  en  que  éstos  encontraron  la  fé  en  este 
país.  Según  ellos,  los  habitantes  de  esta  tierra,  así  españo- 
les como  indios,  eran  cristianos  en  el  nombre  i  jentiles  en 
el  hecho;  todos  vivian  avasallados  por  los  vicios  mas  feos, 
la  codicia,  Ja  lascivia,  i  por  el  pecado.  El  demonio  andaba 
desencadenado  i  suelto  coníjuistando  almas  para  el  infier- 
no. El  padre  Miguel  de  Olivares,  después  de  bosquejar  el 
cuadro  mas  sombrío  déla  corrupción  déla  naciente  ciudad, 
añade  que  solo  habia  tres  predicadores,  el  provincial  de 
Santo  Domingo,  el  guardián  de  San  Francisco  i  un  clérigo 
que  cobraba  cien  pesos  por  cada  sermón. 

Los  jesuitas  se  prepararon  para  destruir  este  estado  de 
cosas,  como  hombres  esperimentados  en  las  luchas  contra 
el  demonio.  Comenzaron  por  predicar  sin  exijir  remunera- 
ción alguna.  A  los  pocos  días  de  su  arribo  a  Santiago,  el 
padre  Baltasar  de  Pinas,  anciano  de  setenta  años,  pero  lle- 
no de  vida  i  enerj  ía,  que  hacia  de  jefe  de  los  misioneros,  su- 
bió al  pulpito  de  la  Catedral,  i  delante  de  todo  el  jentío 
que  habia  acudido  a  oirlo,  declaró  en  su  sermón  los  propó 
sitos  de  él,  de  sus  compañeros  i  de  todos  los  miembros  de 
su  órdtn.  "Hemos  venido  a  vuestra  tierra,  dijo,  a  ejercitar 
nuestro  ministerio.  Aquí  estamos,  nó  nuestros,  sino  de  to- 
dos i  de  cada  uno  en  particular.  A  cual({uiera  hora  del  dia 
o  de  la  noche  nos  podéis  llamar  para  vosotros,  para  vues- 
tros indios  o  vuestros  esclavos.  El  acudir  será  nuestro  des- 
canso i  gloria;  i  el  retorno,  ni  le  buscamos  ni  le  queremos 
en  la  tierra.  Trabajamos  por  aquel  Señor  que  dio  la  vida 
en  la  cruz  por  todos  los  hombres". 

Los  pobres  vecinos  de  Santiago  acojieron  aquel  discurso 
con  la  mas  viva  satisfacción,  pensando  que  en  adelante 
iban  a  oir  la  palabra  de  Dios  sin  gastar  los  cien  pesos  que 
antes  se  pagaban  por  cada  sermón.  Pero  esto  era  tomar 
demasiado  al  pié  de  la  letra  las  espresiones  del  padre  Pinas, 
dándoles  en  realidad  un   alcance  en  que  sin  duda  no  habia 


52  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

pensado  su  autor.  Los  padres,  conociendo  el  error  en  que 
habia  caído  el  sencillo  vecindario  de  la  capital,  declararon 
que  desde  el  Perú  sabian  cuál  era  el  estado  de  pobreza  en 
que  se  hallaba  el  reino  de  Chile,  i  que  por  este  motivo, 
traian  determinación  de  no  establecerse  en  ninguna  ciudad, 
sino  que  pensaban  recorrerlas  todas. 

Al  oir  esto,  el  pueblo  se  conmovió.  *'¿Cómo,  se  dijo,  de- 
jar irse  a  los  padres  que  llegan  a  este  suelo  ahuyentando 
al  demonio,  haciendo  otros  prodijios  i  predicándonos  sin 
exijirnos  un  solo  real?"  El  predicador  que  se  atrevió  a 
anunciar  en  el  pulpito  la  determinación  ile  los  padres  fué 
interrumpido  por  el  auditorio.  I  en  pocos  dias,  aquel  po- 
bre vecindario,  esquilmado  por  cuarenta  años  de  cruda 
guerra,  i  agobiado  por  todo  jéaero  de  sufrimi.^ntos  i  mise- 
rias, habia  reunido  3,916  pesos,  que  se  pusieron  en  manos 
de  los  padres  para  que  comprasen  un  local  en  que  estable- 
cer su  primera  residencia. 

Esa  suma  sobró  para  comprar  uno  de  los  mejores  sola- 
res de  la  ciudad,  situado  a  espaldas  de  la  iglesia  cate- 
dral. -  El  piadoso  propietario,  que  lo  era  el  maestre  de 
campo  don  Martin  Ruiz  de  Gamboa,  pedia  por  su  casa 
4,400  pesos;  pero  quiso  contribuir  por  su  parte  a  aquella 
grande  obra  haciendo  una  rebaja  de  808  pesos.  Los  padres, 
ayudadíís  siempre  con  los  obsecjuios  del  vecindario,  pusie- 
ron mano  al  trabajo  con  tanta  actividad,  que  seis  sema- 
nas después  de  su  arribo  a  Chile,  habian  ensanchado  los 
edificios  existentes  en  aquel  local  i  levantado  una  iglesia 
provisoria. 

La  famosa  cabeza  de  una  de  las  once  mil  vírjenes  fué  co- 
locada allí  en  un  relicario  de  plata,  que,  según  el  padre 
Ovalle,  tenia  la  forma  de  un  castillo. 


2i  Bste  solar  ocupaba  solo  la  mitad  sur  de  la  manzana  que 
des*iu^^  fué  convento  de  los  jesuitas,  que  hoi  ocupa  el  edificio 
del  Conj^nso  N,«cional  La,  mitad  del  norte  fué  donada  a  los  je- 
suitHs  en  1620  por  el  capitán  Lope  de  la  Peña,  el  cual  acababa 
de  hfíi^er  a  los  padres  otras  donaciones  en  Mendoza,  provincia 
de  Cuvo. 


RIQUEZAS  DT'l  LOS  ANTIGUOS   JESUÍTAS  53 


III. 

Los  padres  jesuítas  vivían  en  aquella  casa  llenos  de  afa- 
nes i  ocupaciones.  No  solc  continuaron  sus  prédicas,  sino 
que  dispusieron  frecuentes  procesiones,  en  que  los  niños  sa- 
lían por  las  calles  entonando  las  oraciones  i  recitando  la 
doctrina.  Tenían  ademas  otros  trabajos  no  menos  útiles. 
Uno  de  los  cronistas  de  la  Compañía  refiere  que  todos  los 
vecinos  acudían  a  aquella  santa  casa  a  consultar  sus  du- 
das, i  que  "todos  salían  consolados  e  instruidos  de  cómo 
en  el  caso  se  debían  portar  i  obrar." 

Hasta  entonces  los  padres  vivían  con  las  limosnas  que 
les  daba  el  vecindario  con  mano  pródiga;  pero  *'Dios,  añade 
el  cronista,  que  se  daba  por  bien  servido  de  sus  siervos, 
movió  a  dos  caballeros  prircípales"para  que  hicíeríin  a  íes 
padres  un  presente  mas  valioso.  Fueron  éstos  los  capita- 
nes Andrés  de  Torquemada  i  Agustín  Briseño,  soldados 
envejecidos  de  la  conquista,  los  cuales  juntaron  todos  sus 
bienes,  que  consistían  en  unas  viñas,  una  chacra  i  una  ha- 
cienda o  estancia,  i  con  fecha  de  16  de  octubre  de  1595, 
hicieron  donación  de  ellos  a  la  Compañía  para  la  fundación 
i  sostenimiento  del  convento  o  colejio  de  Santiago,  bajo  la 
advocación  de  San  Miguel  Arcan jel. 

IvO  que  en  la  escritura  de  donación  se  llama  viñas  era 
una  estensa  quinta  de  los  suburbios  de  Santiago,  que  des- 
pués fué  llamada  la  Ollería;  la  chacra  era  la  hacienda  de  la 
Punta,  tres  leguas  al  poniente  de  la  capital;  i  la  estancia, 
la  hacienda  de  la  Compañía,  en  el  distrito  de  Rancagua,  si 
bien  parece  que  ésta  no  era  tan  considerable  como  lo  fué 
después  por  nuevas  adquisiciones  que  hicieron  los  pa- 
dres ^ 


3  La  quinta  o  chacra  denominada  después  de  la  Ollería,  i  si- 
tuada en  la  calle  llamada  ahora  de  la  Maestranza,  pertenecía  al 
capitán  Briseño.  Creo  que  a  él  también  pertenecía  la  hacienda  de 
la  Punta;  i  que  la  que  se  denominó  después  la  Compañía  (o  Ranca- 
gua) era  propiedad  del  capitán  Torquemada. 


5  i  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

El  capitán  Torquemada,  que  cumplió  cuanto  habia  pro- 
metido entregando  toda  su  cuantiosa  fortuna,  mereció  la 
patente  de  fundador:  se  retiró  al  colejio  que  habia  contribui- 
do a  fundar,  i  allí  murió  el  año  de  1604.  Hízosele  un  entierro 
suntuosísimo  con  asistencia  del  gobernador  de  Chile,  de 
los  cabildos  secular  i  eclesiástico  i  de  todo  lo  mas  caracte- 
rizado que  encerraba  Santiago.  ''Asimismo,  dice  un  jesuita 
historiador  de  la  Compañía,  concurrieron  los  mismos  per- 
sonajes a  las  honras,  las  cuales,  como  el  entierro  se  hicieron 
con  mucha  satisfacción  i  edificación  de  todos,  vie  do  lo 
que  la  Compañía  hace  i  las  muestras  de  agradecimiento 
que  da  a  sus  fundadores  i  bienhechores.  En  el  sermón  que  se 
predicó  en  las  honras,  se  dijo  algo  de  esto,  i  las  muchas 
oraciones  que  se  ofrecen  en  toda  la  Compañía  por  las  al- 
mas de  los  bienhechores,  lo  que  no  dejó  de  cau<?ar  admira- 
ción en  muchos  de  los  oyentes,   que  ignoraban  este  punto," 

En  efecto,  los  asistentes  debieron  creer  que  no  habia 
mejor  camino  para  obtener  esas  oraciones  i  llegar  al  cielo, 
que  el  hacer  vaHosos  doníitivos  a  los  padres  jesuitas,  i  así 
se  vio  mui  pronto  que  se  redoblaron  las  escrituras  de  do- 
nación. 

El  capitán  Agustin  Briseño  fué  mucho  menos  afortuna- 
do: se  le  confirió  por  el  jeneral  de  la  orden  residente  en  Ro- 
ma, igual  patente  de  fundador;  pero  cuando  éste  llegó  a 
Chile,  ya  habia  muerto  (el  año  de  1600),  también  en  el 
convento  con  el  carácter  de  hermano  coadjutor.  Aparecie- 
ron entonces  muchos  acreedores  del  finado  capitán.  Des- 
pués de  su  muerte,  perdió  en  España  un  valioso  pleito  que 
obligaba  a  los  jesuitas  de  Chile  a  devolver  la  mayor  parte 
en  los  bienes  de  que  aquél  les  habia  hecho  jenerosa  dona- 
ción, de  tal  suerte*  que  las  cantidades  que  en  realidad  reci- 
bió el  colejio  del  referido  capitán  Briseño,  solo  alcanzaron 
a  la  suma  de  $  6,707.  Indudablemente,  esta  cantidad  no 
era  despreciable;  pero  ella  no  bastaba  J3ara  considerarlo 
fundador.  Los  jesuitas  de  Chile,  en  efecto,  no  dieron  curso 
a  la  patente  enviada  de  Roma,   borraron  a  Briseño  de  la 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUiTAS  55 

lista  de  los  fundadores,  en  que  lo  habían  inscrito,  i  lo  colo- 
caron en  los  simples  benefactores,  rango  inferior  en  que  en- 
contraban coloc¿icion  los  que  no  tenían  mucha  plata  que 
dar. 


IV. 


Pero  si  el  infortunado  capitán  Briseño  había  perdido  en 
España  el  pleito  que  le  impidió  ser  contado  entre  los  fun- 
dadores del  colejio  o  convento  de  la  Compañía  de  Jesús  de 
Santiago,  fueron  los  padres  jesuítas  quienes  en  realidad 
ganaron  con  aquella  sentencia.  El  contendor  de  Briseño 
había  sido  el  maestre  de  campo  don  Jerónimo  Bravo  de  Sa- 
ravia,  noble  caballero  chileno,  nieto  de  uno  de  los  gober- 
nadores de  Chile,  i  heredero  de  un  mavorazgo  de  la  pro- 
vincia de  Soria,  en  España.  Tocado  su  corazón  por  el 
amor  a  la  Compañía,  dicen  los  cronistas  de  esta  orden, 
perdonó  en  favor  de  ella  la  deuda  que  poco  antes  había 
cobrado  ante  los  tribunales  españoles. 

Su  hijo,  don  Francisco  Bravo  de  Saravia  i  Sotomayor, 
heredó  junto  con  su  cuantiosa  fortuna,  .el  amor  de  su 
padre  hacia  la  Compañía,  i  Je  donó  los  caídos  o  réditos 
atrasados  del  mayorazgo  que  sus  antepasados  tenían  en 
Soria,  i  de  los  cuales  la  familia  no  había  podido  cobrar  ni 
un  solo  real.  Los  padres  jesuitas  fueron  mas  dilijen  tes  i  mas 
afortunados  en  la  cobranza;  i  pocos  años  después,  habían 
recibido  por  este  motivo  la  cantidad  de  10,000  pesos,  que 
traídos  a  Chile,  "importaron  doblados"  dice  el  padre  Oli- 
vares, porque  talvez  se  les  trajo  en  mercaderías  que  en  es- 
te país  se  vendieron  con  utilidad.  Si  estos  dos  caballeros 
hubieran  unido  en  uno  solo  estos  dos  donativos,  o  mas 
bien,  si  ambos  presentes  hubieran  sido  hechos  en  nombre 
de  un  solo  individuo,  éste  había  merecido  quizá  la  patente 
de  fundador;  pero  como  no  se  hizo  así,  se  dio  a  ambos  ca- 
balleros el  simple  títulos  de  benefactores. 


56  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

V. 

Otros  personajes  hubo  mas  afortunados  que  los  tres  an- 
teriores, porque  merecieron  en  esa  época  el  insigne  título 
de  fundadores,  que  se  había  quitado  al  capitán  Briseño  i 
que  no  se  concedió  a  los  maestres  de  campo  Bravo  de 
Snravia. 

Fué  uno  de  ellos  el  capitán  Sebastian  García  Carreto,, 
natural  de  Estremadura,  en  España,  i  soldado  envejecido 
en  la  guerra  de  Arauco.  En  premio  de  sus  servicios  habia 
obtenido  de  los  gobernadores  de  Chile  un  repartimiento 
de  tierras  i  de  indios  en  la  rejion  de  la  costa,  al  norte  del 
rio  Rapel.  Ese  repartimiento  formaba  una  estancia  o  ha- 
cienda conocida  con  el  nombre  de  Bucalemu  o  Butalemo, 
tan  importante  por  su  grande  estension  como  por  la  fera- 
cidad de  sus  tierras.  Retirado  del  servicio  a  causa  de  su 
avanzada  edad,  García  Carreto,  soltero,  sin  deudo  alguno 
en  Chile  i  casi  sin  relaciones,  fué  a  establecerse  a  su  hacien- 
da, en  donde,  según  refieren  los  historiadores  jesuitas,  vi- 
vía completamente  solo,  consagrado  a  la  crianza  de  gana- 
dos i  a  la  meditación  relijiosa.  Diversas  ocasiones  recorrió 
toda  la  estension  de  territorio  que  media  entre  los  rios  Ra- 
pel i  Maule  para  hacer  compras  de  ganados,  i  siempre  vol- 
vía a  su  casa  preocupado  con  la  idea  de  la  soledad  i  el 
desamparo  en  que  vivían  los  pobladores  de  los  campos.  No 
habia  en  toda  esa  rejion  un  solo  convento,  una  sola  iglesia,^ 
de  tal  manera  que  los  campesinos  de  esa  rejion,  tanto  in- 
dios como  españoles,  no  solo  no  oían  misa  ni  podían  con- 
fesarse sino  que  carecían  hasta  de  quien  bautizara  a  sus 
hijos.  Ya  podrá  comprenderse  la  impresión  que  semejante 
estado  de  cosas  debia  producir  en  el  ánimo  de  un  español 
del  siglo  XVII. 

García  Carreto  hizo  por  entonces  un  viaje  a  Santiago. 
Refirió  lo  que  habia  visto  en  aquellos  campos;  i,  como  era 
natural,  consultó  el  punto  con  algunos  padres  jesuitas,  que^ 
como  hemos  visto,  eran  los  consultores  obligados  en  todos 
los  negocios  de  conciencia.  El  consejo  no  se  hizo  esperar. 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  57 

El  demonio  hacia  libremente  sus  conquistas  en  aquellos  lu- 
gares; i  para  combatirlo, no  había  mas  remedio  que  confiar 
la  dirección  de  la  guerraalos  jesuítas,  que  eran  los  varones 
mas  csperimentados  en  esa  clase  de  luchas.  En  la  hacienda 
de  Bucalemu  se  estableceria  un  convento  de  donde  saldrian 
todos  los  años  los  misioneros  que  debian  recorrer  aquel  te- 
rritorio predicando  la  palabra  de  Dios.  "Le  recomendaron 
esta  idea,  dice  uno  de  los  historiadores  de  la  orden,  enca- 
reciéndole el  gran  servicio  que  en  ello  hacia  a  Dios,  i  que, 
no  teniendo  h'jos,  en  ninguno  otra  cosa  podia  emplear  me- 
jor su  hacienda  que  aplicándolo  al  bien  de  tantas  almas, 
destituidas  de  todo  consuelo  espiritual". 

Habíase  entendido  García  Carreto  con  el  vice  provincial 
de  Chile,  el  padre  Diego  de  Torres,  hombre  insinuante  i 
empiendedor,  cuyo  nombre  ocupa  mas  de  una  pajina  de 
nuestra  historia  colonial.  Sin  embargo,  el  capitán  estreme- 
ño  no  se  dejó  convencer  por  de  pronto,  de  tal  modo  que  se 
pasaron  cuatro  años  sin  que  se  resolviera  a  nada  definiti- 
vamente. En  1617  volvió  a  tratarse  del  mismo  asunto  con 
ei  padre  Pedro  de  Oñate,  sucesor  del  padre  Torres,  el  cual 
anduvo  mas  fcliis  que  su  predecesor.  E\  padre  Oñate  hizo 
ti n  viaje  a  Bucalemu  i  designó  el  lugar  conveniente  para 
levantar  la  iglesia  i  el  convento,  señalando  su  forma  i  sus 
dimensiones;  pero  dos  años  se  pasaron  todavía  sin  arribar 
a  la  donación. 

Es  fama  que  en  este  tiempo,  García  Carreto  pasó  mu- 
chas noches  atormentado  por  visiones  maravillosas,  se  le 
presentaban  constantemente  sombras  de  aspecto  siniestro 
a  reprobarle  el  crimen  de  dejar  los  campos  de  Bucalemu  en 
manos  del  demonio. 

Por  fin,  la  gracia  de  Dios  tocó  el  corazón  endurecido 
del  capitán;  i  el  9  de  octubre  de  1619  otorgó  éste  a  favor 
de  la  Compañía  la  escritura  de  donación  para  después  de 
sus  días,  i  a  condición  de  que  se  establecieran  allí  un  casa 
o  coiejio  de  misioneros  para  predicar  en  todos  los  campos 
vecinos  hasta  el  rio  Maule,  i  un  establecimiento  de  novi- 
ciado para  formar  nuevos   operarios   de   la  Compañía  de 


58  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


Jesús.  El  padre  Juan  Romero,  superior  en  ese  año  de  todos 
los  jesuítas  de  Chile,  aceptó  la  donación  i  tomó  posesión 
de  la  hacienda,  a  lo  menos  en  cuanto  era  indispensable  pa- 
ra la  fundación  del  convento. 

García  Carreto  se  reservó  el  derecho  de  administrar  su 
negocio  de  ganadería. 

Hasta  entonces,  los  jesuitas  de  Chile  formaban  una  vice- 
provincia  de  la  orden,  dependiente  de  la  casa  de  Córdoba 
del  Tucuman.  En  1620  se  celebró  allí  la  tercera  congrega- 
ción provincial,  en  que  se  tr  itó  de  los  negocios  espiri- 
tuales i  temporales  de  la  Compañía  de  Jesús  en  esta  parte 
de  America.  Como  debía  esperarse,  la  congregación  aceptó 
la  valiosa  donación  del  capitán  García  Carreto,  cu^^o  valor 
se  estimaba  entóncesen  30,000  pesos;  i  poco  tiempo  después 
el  reverendo  padre  jeneral  residente  en  Roma  aprobó  esta 
aceptación,  ienvió  al  donante  la  apreciada  patente  de  funda- 
dor. Este  ultimo  favorcolmóde  contento  al  anciano  capitán. 
Por  otra  parte,  el  establecimiento  de  los  jesuitas  habia 
producido  un  cambio  radical  en  las  costumbres  de  aquellos 
campesinos.  García  Carreto  recibía  informes  de  los  esfuerzos 
singulares  de  los  padres,  de  las  conversiones  de  indios  que 
efectuabc'in,  de  los  millares  de  individuos  que  se  confesaban 
cada  año,  i  lo  que  era  mas  admirable,  de  los  milagros  que 
los  jesuitas  habían  operado.  Ya  no  vaciló  mas  el  bienaven- 
turado capitán;  i  el  año  de  1627  entregó  resueltamente  la 
administración  de  sus  bienes  a  los  padres  jesuitas,  con  tal 
que  se  le  asignara  una  cuota  alimenticia  para  pasar  sus 
últimos  dias. 

La  Compañía  recibió  así  unade  sus  mas  valiosas  propie- 
dades; pero  también  pagó  largamente  la  jenerosidad  del 
donante.  La  iglesia  que  se  construyó  en  Bucaleniu  tuvo 
por  patrono  a  San  Sebastian  *;  en  ella  se  colocó  un  cuadro 


^  A  esta  iglesia  pertenecía  la  hermosa  efijie  de  San  Sebastian 
que  ahora  está  colocarla  en  la  iglesia  parroquial  de  Santa  Rosa 
de  ios  Andes,  i  que  fué  exhibida  en  la  esposicion  de  Santiago,  en 
setiembre  del  año  de  1872. 


RIQUEZAS     DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  59 

que  representaba  al  capitán  García  Carreto  arrodillado, 
presentando  la  escritura  de  donación  de  Bucalemu  a  un  pa- 
dre je!<uita  que  se  mantenía  de  pié,  i  de  cuya  boca  salían 
estas  palabras  escritas  en  una  cinta:  Ad  majorem  Dci glo- 
riam;  i  por  último,  cuando  García  Carreto  murió,  se  le  di- 
jeron las  misas  i  oraciones  con  que  la  Compañía  honra  la 
memoria  de  sus  fundadores 

Hasta  entonces  quedaba  vacante  el  puesto  de  cofunda- 
dor  del  colejio  máximo  de  Santiago,  o  mas  bien,  no  tenia 
este  establecimiento  mas  que  un  solo  fundador,  el  capitán 
Andrés  de  Torquemada,  puesto  que  la  fortuna  del  capitán 
Antonio  Bríceño,  que  había  aspirado  al  mismo  honor,  no 
había  alcanzado  para  ello. 

Después  del  famoso  terremoto  de  1647,  que  destrujó  una 
gran  porción  del  templo  de  la  Compañía,  así  como  la  ma- 
yor parte  de  la  ciudad  de  Santiao^o,  "Dios,  en  medio  de  tan- 
tas angustias,  dice  el  jesuíta  Olivares,  movió  el  ánimo  del 
alguacil  mayor  déla  santa  inquisición,  Domingo  Madureira 
Monterroso,  a  que  se  compadeciese  i  apiadase  de  los  pa- 
dres de  la  Compañía  de  Jesús". 

Era  Madureira  un  soldado  portugués  que  había  venido 
a  América  a  pelear  por  el  reí  de  España,  i  que  había  adqui- 
rido una  fortuna  considerable.  Su  espíritu  relíjioso  se  reve- 
la por  el  grande  empeño  que  puso  en  obtener  el  cargo  que 
ocupaba.  Viéndose  sin  hijos  ni  herederos,  viejo  i  lleno  de 
temores  por  el  gran  terremoto  que  acababa  de  presenciar,  i 
que  los  predicadores  esplícaban  como  un  tremendo  castigo 
del  cielo  i  como  un  anuncio  del  próximo  fin  del  mundo,  hizo 
cesión  de  todos  sus  bienes  a  los  conventos,  dando  la  mayor 
parte  a  los  jesuítas,  i  entró  ala  Compañía  para  terminar 
sus  días  en  el  rango  de  hermano  coadjutor.  Por  escritura 
otorgada  el  1°  de  junio  de  1651  se  ofreció  darle  a  los  jesuí- 
tas 17,000  pesos  con  plazo  de  12  años;  pero  su  celo  lo  llevó 
a  hacer  mucho  mas  de  aquello  a  que  se  había  comprometi- 
do. No  solo  pagó  esa  suma  antes  que  se  cumpliera  el  plazo 
estipulado,  sino  que  donó  muchos  otros  bienes,  inclusos 
sus  esclavos,  por  lo  que  su  donativo   se  avaluó  en  mas  de 


60  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRAFICOS 

40,000  peses.  Así  se  esplica  por  qué  Maduretra  obtuvo  el 
insigne  honor  de  ser  enterrado  debajo  del  altar  mayor  de 
la  iglesia  de  la  Compañía,  al  lado  del  evanjelio,  i  por  qué 
obtuvo  el  título  de  fundador  de  un  convento  o  colejio  que 
habla  sido  fundado  50  años  antes,  título  que  no  mereció 
nadie...  que  hubiera  entregado  menos  de  20,000  pesos. 


VII. 


Al  paso  que  la  Compañía  de  Jesús  dispensaba  estas  dis- 
tinciones a  los  que  habían  obtenido  el  título  de  fundadores, 
no  se  manifestaba  tampoco  ingrata  con  los  que,  por  no  ha- 
ber alcanzado  a  obsequiar  cantidades  tan  considerables, 
obtenian  solo  patente  de  benefactores.  Ellos  también  al- 
canzaron las  preces  i  misas  de  los  padres  jesuitas,  i  los  his- 
toriadores de  la  orden  los  recuerdan  llen(}s  del  entusiasmo 
mas  ardoroso.  "Merece  eterna  memoria,  dice  el  padre  Oli- 
vares, i  que  su  nombre  se  grabase  en  oro,  el  maestro  Cris- 
tóbal Fernández  de  Lorca,  clérigo  presbítero",  que,  habien- 
do hecho  sus  estudios  al  lado  de  los  jesuitas,  conservó  a  la 
Compañía  un  amor  entusiasta. 

Pero  Fernández  de  Lorca,  aunque  eclesiástico,  fué  mu- 
cho mas  positivo  que  los  otros  benefactores:  no  destinó 
sus  recursos  a  dotar  misiones  ni  a  otros  asuntos  espiritua- 
les. Sacó,  a  costa  suya,  un  canal  para  regar  la  hacienda 
de  la  Punta,  plantó  en  ella  una  gran  viña  i  estensas  arbo- 
ledas, ensanchó  las  casas  para  que  sirviesen  a  los  jesuitas 
estudiantes  en  la  época  de  vacaciones,  fomentó  allí  el  cul- 
tivo de  la  tierra  i  los  grandes  sembradíos  de  trigo,  i  por 
úl  imo  donó  a  la  Compañía  todos  sus  esclavos  para  que 
fuesen  ocupados  en  la  labranza.  Habiéndose  desprendido 
de  cuanto  tenia  para  dárselo  a  Dios,  como  dice  el  jesuita 
citado,  el  clérigo  Fernández  de  Lorca  obtuvo  por  recom- 
pensa el  morir  con  la  sotana  que  usaban  los  relijiosos  de 
la  Compañía,  junto  con  la  gratitud  de  la  orden  i  el  ser  con- 
siderado uno  de  sus  benefactores. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS   JESUÍTAS  61 

Los  padres  jesuítas,  que  guardaban  anotados  en  sus  li-- 
bros  los  nombres  de  muchos  otros  benefactores  de  la  Com- 
pañía, daban  el  primero  i  mas  insigne  lugar  ''al  rei  nuestro 
señor,  rei  de  las  Bspañas,  monarca  de  las  Indias,  que  con 
su  real  magnificencia  i  con  su  gran  celo  por  la  conversión 
de  los  jentiles,  trajo  a  su  costa  desde  España  a  los  mi- 
sioneros, i  cada  año  daba  una  gran  limosna  a  las  casas  i 
colejios  de  la  Compañía,  en  vino  para  las  misas  i  en  aceite 
para  las  lámparas  del  Santísimo  Sacramento,  i  otra  en  me- 
dicina para  los  relijiosos  que  estuviesen  enfermos,  como 
consta  por  diversas  reales  cédulas". 

El  rei,  ademas,  asignaba  sínodos  a  los  misioneros,  que  se 
les  pagaban  puntualmente,  por  lo  que  se  llamaba  fundador 
de  misiones. 

VIII. 

Pero  entre  los  benefactores  de  la  Compañía  de  Jesús  en 
Chile,  ninguno  fué  mas  famoso  que  el  capitán  Francisco  de 
Fuenzalida,  no  tanto  por  la  importancia  de  sus  donativos, 
como  por  los  litijios  a  que  ellos  dieron  lugar.  Vamos  a  es- 
tendernos algo  sobre  este  asunto  porque  consideramos  que 
tina  simple  esposicion  de  los  hechos  dará  a  conocer  b.istan- 
te  bien  la  grande  habilidad  con  que  ios  padres  jesuítas 
administraban  sus  negocios  temporales. 

El  capitán  Fuenzalida  era  un  vecino  de  Santiago,  car- 
dado de  familia,  i  ademas  de  mui  escasa  fortuna.  Su  espo- 
sa, doña  Úrsula  de  Mendoza,  había  aportado  al  matrimo- 
nio una  casa  de  valor  de  7,300  pesos  situada  en  la  plazuela 
de  la  Compañía,  en  el  mismo  sitio  en  que  hoi  se  levanta  el 
palacio  de  los  tribunales.  Mui  probablemente  los  cónvujcs 
no  poeian  otros  bienes;  pero  aunque  tenia  varios  hijos 
<cinco  a  lo  menos),  el  capitán,  tocado  sin  duda  por  Dios, 
i  deseoso  de  obtener  el  título  de  benefactor,  hizo  donación 
de  la  referida  casa  a  los  padres  de  la  Compañía  en  el  año 
de  1635.  Los  padres  trasladaron  allí  el  convento  de  San 
Francisco  Javier,  o  casa  de  educación,  dejando  el  convento 
grande  para  residencia  de  los  padres,   que  se  habian  au- 


62  í:sTI:DIOS    HISTÓRlCO-BIBLIOCrRÁFlCOH 

mentado  consider^iblemente.  El  padre  jcneral  de  la  orden 
agradeció  esta  donación  i  envió  desde  Roma  al  donante 
el  codiciado  título  de  benefactor,  ordenando  que  se  dije- 
sen por  su  alma  una  misa  cada  semana  i  dos  cantadas 
cada  año. 

Mientras  tanto,  aquella  familia  quedó  sumida  en  la  ma- 
yor pobreza.  El  finado  capitán  debia  hallarse  en  el  cielo 
gozando  el  fruto  de  su  buena  obra,  al  paso  que  sus  hijos 
se  hallaban  en  la  miseria.  Al  fin,  dos  de  ellos,  los  capita- 
nes Cristóbal  i  Francisco,  coadyuvado  por  otro  hermano, 
el  capitán  Juan  de  Fuenzalida,  reclamaron  judicinlmente 
la  devolución  de  la  referida  casa,  sosteniendo  que,  por  ha- 
ber sido  propiedad  de  su  madre,  no  habia  podido  ser  do- 
nada por  el  padre,  con  perjuicio  de  ios  herederos  de  aquella 
señora.  Las  leyes  no  dejaban  lugar  a  duda,  i  el  derecho  de 
los  demandantes  era  tan  claro  como  perfecto. 

Los  padres  jesuítas,  sin  embargo,  aceptaron  el  juicio  a 
que  se  les  provocabri.  Comenzaron  ptn*  sostener  que,  en 
virtud  de  las  constituciones  de  su  orden,  así  como  de  los 
privilejios  i  escepciones  concedidas  p(M*  los  soberanos  pon- 
tífices i  por  los  reyes,  solo  el  prelado  de  su  relijion,  es  decir, 
el  padre  superior  de  la  provincia,  era  juez  competente  para 
entender  en  las  demandas  cpie  se  suscitasen  a  la  Compa- 
ñía. Inútiles  fueron  las  reclamaciones  de  los  hermanos 
Fuenzalida.  El  padre  Andrés  de  Herrada,  provincial  i  vi- 
sitador jeneral  déla  provincia  de  la  Compañía  en  Chile, 
se  avocó  el  conocimiento  de  la  causa  i  comenzó  a  conocer 
del  asunto.  Por  ausencia  de  ese  padre,  i  con  consentimien- 
to suyo,  .'^^iguió  entendiendo  en  él  hasta  su  terminación  el 
padre  jesuíta  Baltasar  Duarte.  Si  los  padres  hubieran  juz- 
gado este  negocio  según  las  leyes  humanas,  los  Fuenzalida 
habrían  obtenido  la  devolución  de  su  casa;  pero,  ¿qué  te- 
nían que  ver  las  leyes  de  los  hombres,  ni  la  pobreza  de 
aquellos  desventurados  litigantes  cuando  se  trataba  de 
otros  intereses  mas  altos? 

Los   Fuenzalida  perdieron,   pues,   el  pleito  que  habían 
iniciado  con  tanta  confianza.  Pero,  estimulados  por  la  po- 


TlIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS   JESUÍTAS 


breza,  dijeron  de  nulidad  de  la  sentencia  ante  el  obispo 
de  Santiago,  frai  Diego  de  Hunianzoro,relijioso franciscano 
que  estaba  dotado  de  un  carácter  firme  i  resuelto.  Human- 
zoro  creyó  que  el  proceder  de  los  padres  no  estaba  arregla- 
do ajusticia,  a  lo  menos  a  la  justicia  humana;  pero  no  se 
atrevió  a  ir  desde  luego  de  frente  contra  ellos.  Propúsoles 
que  nombrasen  un  juez  conservador,  esto  es,  un  arbitro 
que  resolviera  la  cuestión,  según  las  leyes.  Los  padres  se 
negaron  a  todo,  declinando  la  jurisdicción  del  obispo. 
Humanzoro  se  molestó  con  esta  negativa  i  se  resolvió  a 
obrar  con  su  natural  entereza  sometiendo  el  asunto  al  co- 
nocimiento del  provisor  i  vicario  jeneral,  doctor  don  Fran- 
cisco Ramírez  de  León,  deán  de  la  catedral  de  Santiago. 
Pero  éste  habia  sido  presentado  poco  antes  i  en  la  misma 
causa,  como  testigo  por  parte  de  los  jesuitas,  i  por  lo  tan- 
to, no  podia  entender  en  el  juicio.  Bl  obispo  lo  sometió 
entonces  al  licenciado  don  íVdro  de  la  Plaza,  quien  se 
avocó  el  conocimiento  de  la  causa:  i,  juzgando  según  las 
leyes  españolas,  mandó  que  la  casa  en  cuestión  pasar¿i  a 
manos  de  los  Fuenzalida. 

Los  padres  no  se  resignaron  con  esta  sentencia.  Nega- 
ron resueltamente  al  licenciado  de  la  Plaza  i  al  obispo  el 
derecho  de  intervenir  en  los  juicios  que  se  promovían  con- 
tra ellos,  i  se  manifestaron  dispuestos  a  no  cumplir  la  sen- 
tencia. La  Plaza  sostuvo  su  autoridad,  declaró  la  senten- 
cia pasada  en  autoridad  de  cosa  juzgada,  despachó  man- 
damiento ejecutorio  i  pidió  ausilio  a  la  justicia  real.  Antes 
de  concederlo,  el  gobernador  accidental,  don  Ignacio  de 
Carrera,  caballero  de  la  orden  de  Alcántara  i  alcalde  ordi- 
nario de  Santiago,  mandó  citar  a  las  partes.  Ft^é  inútil 
que  los  padres  jesuitas  insistieran  en  protestar  contra  la 
incompetencia  del  ordinario,  porque  el  alcalde  conclu^^ó 
por  remitir  la  cuestión  al  referido  licenciado  Pedro  de  la 
Plaza,  que  mandó  llevar  a  efecto  el  mandamiento.  Los  je- 
suitas no  podian  desobedecer  por  mas  largo  tiempo  sin 
incurrir  en  la  nota  de  rebeldes  a  la  autoridad  real. 


64  BSTUííIOS    HlSTÓRICO-BÍBLIOGRÁFICOS 

Entonces  llamaron  a  transacción  a  los  hermanos  Fuen- 
zalida.  Les  representaron  las  ventajas  que  resultarían  de 
la  subsistencia  del  colejio,  i  el  mérito  que  contraerían  para 
el  cielo  con  el  desistimiento  de  aquel  pleito;  les  ofrecieron 
para  su  padre,  no  el  título  de  simple  benefactor,  que  se  le 
había  dado,  sino  el  de  fundador,  que  er¿i  mucho  mas  va- 
lioso, para  él  i  para  ellos,  las  misas  i  preces  que  la  Compa- 
ñía aplicaba  por  el  alma  a  los  que  se  desprendían  de  sus 
riquezas  para  entregarlas  a  ellos. 

Los  Fuenzalida  eran  buenos  cristianos;  pero  también 
eran  mui  pobres,  i  por  eso  se  mantuvieron  firmes;  si  bien 
es  verdad  que  consintieron  al  fin  en  arribar  a  una  transac- 
ción que  importó  para  ellos  una  pérdida  considerable  Los 
jesuítas  avaluaron  por  sí  mismos  el  terreno;  rebajaron  del 
valor  total  la  parte  que  correspondía  al  capitán  J".an  de 
Fuenzalida,  que  después  de  haber  coadyuvado  al  juicio  en 
su  principio,  no  había  vuelto  a  parecer  en  él,  talvez  por 
hallarse  ausente;  rebnjaron  también  la  parte  que  corres— 
pondia  a  dos  hermanas  monjas,  i  solo  se  allanaron  a  pa- 
gar lo  que  tocaba  a  los  capitanes  Cristóbal  i  Francisco.  Al 
primero  dieron  650  pesos  fuertes  en  dniero,  i  al  segundo 
dos  tiendas  situadas  en  el  mismo  edificio,  al  lado  de  la 
puerta  principal,  i  en  la  plazuela  de  la  Compañía,  con  car- 
go de  devolverlas  al  convento  el  día  en  que  él  o  sus  herede- 
ros recibiesen  los  630  pesos  fuertes.  La  transacción  quedó 
así  terminada;  pero  en  1701,  cuando  el  capitán  Francisco 
de  Fuenzalida  quiso  vender  las  referidas  tiendas,  solo  reci- 
bió del  padre  rector  Miguel  de  Viñas  la  cantidad  de  500 
pesos. 

El  capitán  Juan  de  Fuenzalida  fué  mas  exijente  que  sus 
hermanos  i.  por  lo  mismo,  obtuvo  m  jor  resultado  de  la 
jestion  que  contra  los  padres  ental  ló  en  1683.  Por  conve- 
nio celebrado  con  el  padre  provincial  Francisco  Ferreira  el 
30  de  setiembre  de  ese  añ  .  recibió  de  é-ite  200  pesos  en  di- 
nero, la  tienda  de  la  esqti  •  de  dicha  casa  i  la  fundación  de 
un  censo  a  su  favor  por  el    valor  de  1,900  pesos.   Todavía 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  65 

Juan  de  Fuenzalida  quiso  promover  ante  el  provincial  nue- 
vo pleito  a  los  padres,  ocho  años  mas  tarde;  pero  no  se  le 

oyó  en  juicio. 

IX. 

Antes  de  pasar  adelante  en  esta  rápida  reseña  histórica 
de  las  riquezas  de  la  Compañía  de  Jesús  en  Chile,  debemos 
dar  a  conocer,  aunque  sea  mui  a  la  lijera,  el  sistema  de  ad- 
ministración que  losjesuitas  observaban. 

Cada  casa  tenia  sus  fondos  propios,  independientes  de 
los  bienes  de  las  otras.  Así,  a  la  residencia  principal,  esto 
es  al  colejio  máximo  de  Santiago,  estaban  afectadas  las 
haciendas  de  la  Compañía  i  de  la  Punta;  al  noviciado,  la 
hacienda  de  Bucalemu;  i  al  convictorio  de  San  Francisco 
Javier,  el  local  adquirido  en  1635  por  donación  del  capitán 
Fuenzalida.  Es  preciso  examinar  las  cuentas  que  en  cada 
casa  se  llevaban  para  comprender  la  escrupulosidad  con 
que  se  anotaban  sus  gastos  i  sus  entradas,  i  lo  que  es  mas 
curioso,  las  compras  i  transacciones  de  los  frutos  de  una 
de  esas  casas  por  lo  que  producian  las  otras.  Este  sistema 
estaba  admirablemente  cónsul  tado  para  mantener  la  mas  es- 
tricta regularidad  en  las  cuentas  i  para  producir  el  mayor 
aumento  posible  en  las  entradas.  Cada  casa  tenia  un  supe- 
rior encargado  de  atender  preferentemente  a  estas  necesi- 
dades, i  él  debia  cuidar  del  fomento  i  desarrollo  de  los  bie- 
nes temporales  de  la  sección  que  le  estaba  encomendada. 

El  convictorio  de  San  Francisco  Javier  no  tenia  en  su 
principio  mas  que  el  local  que  le  habia  donado  el  capitán 
Fuenzalida.  En  ese  local  habia  muchos  cuartos  que  daban 
a  la  calle  i  que  se  arrendaban  para  tiendas  ^  .  Los  colejia- 


5  )  Como  un  hecho  curioso  para  apreciar  el  valor  de  la  propiedad 
urbana  en  el  siglo  XVII  I,  daremos  los  datos  siguientes  tomados 
de  las  cuentas  de  losjesuitas  correspondientes  al  año  de  1766.  El 
convictorio  de  San  Francisco  Javier  arrendaba  20  cuartos  para 
tiendas  a  un  peso  25  centavos  mensuales  cada  uno,  lo  que  le  pro- 
ducia  25  pesos.  La  esquina,  otro  cuarto  mas  i  una  casita,  en  14 
pesos;  i  un  patio  sin  edificio,  en  12  pesos.  Todo  lo  cual  le  daba  al 
ir.es  47  pesos. 

TOMO   X  5 


60  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

les,  ademas,  pagaban  sus  pensiones,  parte  en  dinero  i  parte 
en  especies  i  frutos  de  los  campos,  que  se  destinaban  a  la 
alimentación.  Con  estos  recursos,  los  padres  pudieron  sos- 
tener el  colejio  i  hacer  algunas  economías.  Dos  años  des- 
pués de  su  fundación,  el  7  de  setiembre  de  1637,  el  padre 
Alonso  de  Ovalle,  rector  entonces  del  convictorio,  i  mas 
tarde  el  primer  historiador  de  Chile,  compró  a  doña  Inés 
de  Arriagada,  viuda  de  Nicolás  Peña,  un  sitio  situado  en  la 
actual  calle  de  la  Compañía,  i  contiguo  al  solar  en  que  esta- 
ba establecido  ese  colejio.  Media  este  sitio,  dice  la  escritura 
de  venta,  "el  largo  desde  la  esquina  en  frente  de  la  Com- 
pañía hasta  la  pared  de  la  huerta,  i  de  ancho  25  varas  de 
medir  paño".  Por  él  pagó  el  padre  Ovalle  350  pesos  al  con- 
tado, i  1,000  con  un   año  plazo. 

Sin  embargo,  el  convictorio  de  San  Francisco  Javier  no 
podia  incrementar  mucho  sus  capitales;  pero,  en  agosto 
de  1651  llegó  a  Santiago  el  testamento  del  padre  Ovalle, 
muerto  en  Lima  a  su  vuelta  de  Roma,  a  donde  habia  ido 
en  representación  de  los  jesuitas  de  Chile.  En  ese  testa- 
mento disponia  que  todo  lo  que  pudiese  heredar  de  sus  pa- 
dres, muertos  ya  en  esa  época,  así  como  lo  que  habia  reu- 
nido de  limosnas  dejadas  en  España  o  traidas  en  efectos  a 
Chile,  se  realizase,  a  fin  de  comprar  posesiones  fructíferas, 
cuyos  producidos  debian,  después  de  sacarse  3,000  pesos 
para  legados  a  una  hermana  i  a  dos  sobrinos,  darse  por 
mitades  al  colejio  máximo  para  sostener  misiones  en  los 
campos  inmediatos  a  Santiago,  i  al  convictorio  para  el 
sustento  de  uno  o  mas  colejiales,  según  alcanzase  la  renta. 
Liquidadas  las  cuentas  de  la  sucesión  del  padre  Ovalle,  re- 
sultó un  saldo  de  9,500  pesos  para  los  jesuitas.  La  mitad 
de  esca  suma  correspondia  al  convictorio;  pero  los  padres 
hicieron  un  arreglo  que  habia  de  serles  mui  ventajoso.  De- 
jaron los  9,500  pesos  a  censo  en  la  chacra  Peñalolen,  que 
pertenecía  a  don  Antonio  de  Ovalle,  sobrino  del  padre 
Alonso,  i  dieron  al  convictorio,  por  los  4,750  pesos  que  le 
correspondían,  una  chacra  situada  al  oriente  de  la  ciudad, 


RIQUEZAS   DB   LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  67 

que  por  testamento  les  habia  legado  poco  antes  doña  Inés 
de  Pimentel.  ^ 

El  establecimiento  de  aquel  censo  en  la  chacra  de  Peña- 
lolen  fué  causa  de  que  poco  mas  tarde  pasara  ésta  a  los 
padres  jesuitas.  Aquella  propiedad  no  rendia  entonces  lo 
necesario  para  pagar  los  réditos  del  censo:  don  Antonio 
de  Ovalle  no  pudo  cubrirlos,  i  al  fin,  tuvo  que  entregar  la 
chacra  a  los  jesuitas,  representados  por  el  padre  Miguel 
de  Viñas,  rector  o  superior  de  la  casa  principal  de  San- 
tiago. 

La  Compañía  de  íesus  adquirió  así  una  propiedad  que 
llegó  a  ser  muí  valiosa  mas  tarde,  i  que  ensanchada  en 
1710  con  otra  propiedad  que  el  convictorio  de  San  Fran- 
cisco Javier  compró  a  doña  Isabel  Rosa  de  Ovalle,  viuda 
del  comisario  Diego  Velásquez  de  Covarrúbias,  por  la  suma 
de  3,700  pesos,  comprendió  lo  que  hoi  se  llama  Ñuñoa  i 
Peñalolen,  desde  la  vereda  oriental  de  la  actual  calle  de  la 
Maestranza  hasta  la  cadena  de  cerros  que  se  levantan  al 
frente  de  Santiago  por  el  lado  de  la  cordillera  de  los 
Andes. 

X. 

Para  terminar  las  noticias  concernientes  a  los  bienes 
que  pertenecían  especialmente  al  convictorio  de  San  Fran- 
cisco Javier,  vamos  a  dar  cuenta  de  la  adquisición  de  una 
de  sus  mas  hermosas  propiedades  urbanas:  el  estenso  sitio 
en  que  hoi  se  levanta  el  palacio  de  la  Moneda. 

Por  muerte  del  capitán  Cristóbal  Zapata,  se  hallaba  en 
venta  este  dilatado  solar  a  principios  del  año  1746.  Vein- 
ticinco años  antes  habia  sido  tasado  por  el  alarife  Nicolás 
Basuarte  en  6,000  pesos,  i  en  735  los  edificios,  árboles  i 
tapias  que  él  contenia.  Habia  ademas  dos  solares  inme- 
diatos de  propiedad  del  referido  Zapata,  i  que  poseian  sin 
título  verdadero  i  solo  por  simple  ocupación,  el  uno,  un 
individuo  llamado  Nicolás  Soto,  i  el  otro  dos  hermanos 
apellidados  Rodríguez.   Las  referidas  casas  estaban  gra- 


68  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGEÁFICOS 

vadas  con  diversos  censos  a  favor  de  los  sochantres  de  la 
catedral,  de^s  conventos  de  Santo  Domingo  i  de  la  Mer- 
ced, i  del  monasterio  de  Santa  Cara.  Los  jesuitas,  em- 
pleando una  sagacidad  desconocida  entre  los  negociantes 
de  aquella  época,  comenzaron  por  pedir  que  se  les  cedieran 
esos  censos;  i,  como  cada  uno  de  ellos  era  de  niui  poco  va- 
lor, los  obtuvieron  fácilmente.  En  seguida  entablaron  eje- 
cución contra  los  herederos  del  capitán  Zapata;  i  para 
que  la  propiedad  de  éstos  representara  un  precio  menor  i 
les  fuera  forzoso  entregarla  a  sus  acreedores,  comenzaron 
por  comprar  sus  inciertos  derechos  a  los  individuos  que 
ocupaban  una  parte  de  ella.  Soto  recibió  500  pesos  por  el 
terreno  de  que  estaba  en  posesión,  los  Rodríguez  150 
pesos  por  el  suyo:  éstos  i  aquél  declararon  que  no  tenian 
confianza  en  sus  títulos,  pero  que  tampoco  querían  litijios 
de  resultado  dudoso,  mucho  menos  estando  interesados 
los  padres  jesuitas  que  pensaban  construir  un  convento  en 
aquella  localidad. 

Mientras  tanto,  se  siguió  con  toda  actividad  la  ejecu- 
ción contra  los  herederos  del  capitán  Zapata,  hasta  que  los 
padres  consiguieron  que  el  local  saliera  a  remate.  Allí  hi- 
cieron valer  sus  créditos,  i  se  quedaron  en  posesión  de  un 
estenso  solar  por  el  importe  de  los  censos  i  de  los  réditos 
vencidos,  de  que  se  les  habia  hecho  cesión.  El  8  de  febrero 
de  1756,  el  alguacil  mayor  Antonio  Gutiérrez,  acompañado 
del  escribano  i  a  requerimiento  del  padre  Pedro  Nolasca 
Garrote,  rector  del  convictorio  de  San  Francisco  Javier, 
"abrió  i  cerró  puertas,  dice  la  escritura,  echó  fuera  a  las 
personas  que  estaban"  en  la  casa  que  fué  del  capitán  Zapa- 
ta, i  puso  en  posesión  de  ella  al  referido  padre  Garrote. 

Los  jesuitas  no  edificaron  al  fin  el  convento  o  colejio  que 
habian  prometido  fundar  en  Cí-a  localidad:  la  destinaron  sí^ 
para  arriendos,  cuyos  productos  pasaron  a  aumentar  sus 
rentas,  ya  tan  considerables. 

XL 

En  la  época  a  que  se  refieren  los  hechos  consignados  an- 


RIQUEZAS   DB   LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  69 

teriormente,  los  jesuitavS  habían  adquirido  estensas  propie- 
dades en  muchos  otros  puntos  del  territorio  chileno;  pero, 
antes  de  dar  algunas  noticias  acerca  de  esas  adquisiciones, 
i  sin  temor  de  interrumpir  a  cada  paso  el  orden  cronolóji- 
co,  vamos  a  continuar  narrando  la  historia  de  algunas  de 
las  valiosas  haciendas  que  poseyeron  en  la  circunscripción 
de  Santiago. 

Hemos  referido  ya  el  establecimiento  de  un  noviciado 
para  jóvenes  jesuitas  en  la  hacienda  de  Bucalemu,  que  do- 
nó a  los  padres  el  capitán  García  Carreto.  Según  los  esta- 
tutos de  la  Compañía,  el  noviciado  no  era,  como  podria 
creerse,  la  casa  en  que  los  jóvenes  hacen  sus  estudios  para 
la  carrera  sacerdotal,  sino  un  establecimiento  separado  en 
que  pasan  dos  años  sin  estudiar  cosa  alguna  en  los  libros,  i 
durante  los  cuales,  según  dice  un  cronista  de  la  orden, 
^'aprenden  a  tener  trato  con  Dios  en  la  oración  i  en  la  ab- 
negación propia  de  las  cosas  de  la  tierra". 

Los  jesuitas  habian  aceptado  la  idea  de  fundar  un  novi- 
ciado en  Bucalemu  solo  como  un  medio  de  tomar  posesión 
de  la  valiosa  hacienda  de  García   Carreto;  pero  después  de 
la  muerte  de  éste,  determinaran  aprevecharse  de  la  primera 
buena  ocasión  que  se  ofreciera  para  trasladar  el   noviciado 
a  Santiago,  a  imitación  de  los  que   habian  establecido  en 
Roma,  en  Madrid,  en  Lima  i  muchas   otras  ciudades.   Lo 
que  los  jesuitas  llamaban  buena  ocasión  no  era  la  oportu- 
nidad de  hacer  una  compra  ventajosa,  sino  el   hecho  de  re- 
cibir alguna  donación  mas  o  menos  valiosa.  Sus  deseos  fue- 
ron oidos  en  el  cielo,  porque  "Dios,  que  siempre  favorece  los 
buenos  intentos  dice  el  jesuita  Olivares,  llamó  a  la  Compa- 
ñía a  dos  hermanos"  llamados  Francisco  i  Gonzalo  Ferrei- 
ra,  que  llevaron  lo  que  se  necesitaba.   Entregaron  éstos  to- 
dos sus  bienes,  que  montaban  a  mas  de  17,000  pesos;  i  con 
esta  suma,  los  padres  compraron  una  casa,  una  viña  i  un 
molino  con  dos  paradas  de  piedras,  i  construyeron  allí  las 
primeras  habitaciones  para  establecer  el  noviciado.  Aquel 
convento,  situado  al  sur  de  la  Cañada  de  Santiago,  se  coló 
có  bajo  la  advocación  de  San  Francisco  de  Borja,   cuyo 


70  ESTUDIOS    HISTÓBICO-BIBLIOGRÁFICOS 

nombre  conserva  aun  la  iglesia  que  allí  levantaron  los  je- 
suitas.  En  este  sitio  se  estableció  provisoriamente  el  novi- 
ciado el  año  de  1646,  trasladándose  a  él  los  novicios  que 
hasta  entonces  residian  en  Bucalemu;  pero  diezisiete  años 
mas  tarde,  cuando  el  rei  dio  la  licencia  formal  paraestable- 
cer  en  él  un  nuevo  convento  i  construir  una  nueva  iglesia,, 
se  hizo  con  gran  pompa  su  solemne  inauguración. 

XII 

Debe  hacerse  notar  un  rasgo  de  desprendimiento  de  los 
hermanos  Ferreira.  Indudablemente  ambos  tenían  el  mas 
perfecto  derecho  al  título  de  fundadores  del  noviciado  de 
San  Francisco  de  Borja;  pero  si  ellos  lo  hubieran  reclamado 
para  sí,  los  padres  jesuitas  no  habrian  podido  ofrecer  el 
mismo  honor  a  otro  individuo  que  quisiera  hacerles  un 
nuevo  donativo.  A.sí  fué  que,  contentándose  los  Ferreira 
con  el  rango  de  benefactores,  * 'dejaron  la  puerta  abierta,, 
dice  el  jesuita  Olivares,  para  que  otro  que  diese  la  canti- 
dad competente,  pudiese  ser  fundador  de  la  casa  del  novi- 
ciado". « 

Esta  fortuna  cupo  a  don  José  Zúñiga,  hijo  segundo  de 
uno  de  los  mas  célebres  gobernadores  de  Cbile,  del  mar- 
ques de  Raides.  Testigo  de  la  muerte  de  su  padre  en  un 
combate  naval  que  tuvo  lugar  a  la  vista  de  Cádiz  cuando 
el  marques  volvia  a  España,  prisionero  él  mismo  de  los 
ingleses  en  ese  combate,  i  llevado  a  Inglaterra  con  otro 
hermano  suyo,  el  joven  Ziíñiga  volvió  a  España  con  la 
idea  fija  de  abrazar  la  carrera  eclesiástica,  que  en  ese  siglo 
atraia  a  todos  los  que  habian  tenido  que  sufrir  alguna 
amargura  o  algún  desengaño  en  el  mundo.  Fué  admitido 
en  el  noviciado  de  los  jesuitas  de  Madrid,  al  cual  hizo  el 
valioso  donativo  de  13,000  pesos  en  dinero;  i  se  disponia  a 
entregar  a  esa  casa  el  resto  de  su  fortuna,  cuando  se  en- 
contró con  el  padre  jesuita  Lorenzo  Arizábalo,  procurador 
jeneral  de  la  provincia  de  Chile,  que  en  España  se  ocupaba 
en  buscar  jesuitas  con  qué  aumentar  el  número  de  los  que 
habia  en  los  conventos  de  nuestro  pais. 


1 


RTQUWZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  71 

Don  José  de  Zúñiga  se  determinó  a  acompañarlo  en 
1656;  i  una  vez  llegado  a  Chile,  se  estableció  en  el  novi- 
ciado de  Santiago.  Deseoso  de  obtener  el  título  de  fun- 
dador de  esta  casa,  el  hijo  del  marques  de  Baides,  le  hizo 
donación  de  todo  el  resto  de  su  fortuna,  esto  es,  de  16,000 
pesos  que  habia  dejado  en  el  noviciado  de  Madrid,  parte 
en  dinero  i  parte  en  escrituras,  sin  contar  con  los  13,000 
de  que  ya  tenia  hecha  jenerosa  donación  a  este  convento. 

La  recaudación  de  este  donativo  forma  una  de  las  his- 
torias mas  características  de  la  manera  cómo  los  jesuitas 
administraban  sus  riquezas.  El  noviciado  jesuita  de  Ma- 
drid trató  al  noviciado  jesuita  de  Santiago,  como  habria 
tratado  a  un  estraño.En  vez  de  los  16,000  pesos,  le  mandó 
4?,500;  pero,  como  los  jesuitas  de  Chile  clamaran  por  la  en 
trega  del  resto  de  aquella  suma,  el  noviciado  de  Madrid 
les  mandó  1,500  pesos  mas  el  año  d^  1677.  Escusábase 
esta  casa  con  mil  i  mil  razones  de  pagar  los  10,000  pesos 
restantes;  pero,  si  los  jesuitas  de  la  metrópoli  eran  tenaces 
para  no  entregar  lo  que  se  les  cobraba,  los  de  Chile  fueron 
impertérritos  para  reclamar  lo  que  se  les  debia.  Al  fin,  per- 
dieron la  paciencia  i  acudieron  a  Roma  ante  el  jeneral  de 
la  orden  reclamando  justicia. 

El  padre  Carlos  de  Noyelle,  que  desempeñaba  este  cargo 
en  1684,  mandó  que  los  jesuitas  de  Madrid  pagaran  a  los 
de  Santiago  de  Chile  la  suma  de  3,000  pesos.  Estos  últi- 
mos, sin  embargo,  creyéndose  despojados  todavía,  siguie- 
ron cobrando  largos  años  después  los  7,000  pesos  que  les 
faltaban  por  recibir  de  la  suma  donada  por  el  padre  Zúñiga. 
En  1736  se  preocupaban  aun  de  este  negocio,  pero  parece 
que  no  pudieron   sacar  nada  de  sus  dilijencias  i  cobranzas. 

De  esta  manera,  los  deseos  del  hijo  del  marques  de  Bai- 
des no  se  cumplieron  nunca.  Su  ánimo  habia  sido  dar  al  no- 
viciado de  Santiago  una  suma  suficiente  para  merecer  el  tí- 
tulo de  fundador;  pero,  como  el  noviciado  de  Madrid  no 
entregó  toda  esa  suma,  solo  recibió  el  donante  los  honores 
de  benefactor. 


72  KSTUDIOS    HISTÓRIGO-BIBLIOGRÁPICOS 


XIII 


Al  trasladar  el  noviciado  a  Santiago,  los  jesuítas  esta- 
blecieron en  Bucalemu  una  casa  de  estudios  en  que  solo 
eran  admitidos  los  jóvenes  que  habían  recibido  las  prime- 
ras órdenes  i  que  se  dedicaban  a  la  carrera  del  sacerdocio 
dentro  de  la  Compañía.  Según  los  principios  de  adminis- 
tración económica  de  sus  fondos,  cada  casa  debia  subvenir 
a  sus  propios  gastos,  de  manera  que  el  noviciado,  que  no 
tenia  haciendas,  como  las  tenian  las  otras  casas,  llevó  en 
su  principio  una  vida  pobre  i  estrecha.  Esta  mismacircuns- 
tancia  disculpaba  a  los  jesuitas,  que  sin  cesar  pedian  soco- 
rros para  el  noviciado,  porquesi  bien  entonces  eran  dueños 
de  bienes  mas  considerables  que  los  de  cualquiera  otra  or- 
den relijiosa,  esos  bienes  estaban  afectos  a  otros  estableci- 
mientos de  la  misma  Compañía.  La  piedad  de  los  vecinos 
de  Santiago,  el  convencimiento  en  que  estaban  de  que  no 
habia  medio  mas  seguro  de  ganar  el  cielo  que  el  hacer  do- 
naciones i  testamentos  en  favor  de  los  jesuitas,  fueron  cau- 
sa de  que  el  noviciado  poseyera  mui  pronto  riquezas  consi- 
derables. 

El  doctor  don  Juan  Pastene,  canónigo  tesorero  de  la  ca- 
tedral de  Santiago,  dejó  al  noviciado  una  casa  i  una  vi- 
ña situadas  al  poniente  de  la  iglesia  de  San  Lázaro;  i  otro 
vecino,  llamado  Andrés  Jorje,  le  legó  en  1664  otra  casa  i 
otra  viña  en  las  inmediaciones  de  la  anterior.  Dos  herma- 
nas, doña  María  i  doña  Constanza  Allende,  le  hicieron  do- 
nación intervivos  en  1708  de  otra  finca  con  casas,  viña,  ar- 
boleda i  una  buena  bodega. 

Al  mismo  tiempo,  el  presbítero  don  Fernando  Méndez, 
don  Lorenzo  Díaz  i  su  esposa  doña  María  Zúñiga,  los  ca- 
pitanes don  José  de  Arbeza  i  don  Miguel  de  los  Rios,  el 
comisario  don  Francisco  de  Amezquita,  el  padre  peruano 
Martin  de  la  Cerda,  el  obispo  de  Santiago  don   Luis  Rome- 


RIQUEZAS    DE   LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  73 

ro  i  el  comerciante  gallego  don  Pedro  de  Ocampo  hicieron  al 
noviciado  de  Santiago  legados  en  dinero  mas  o  menos 
considerables. 

Pero  el  mas  notable  de  los  benefactores  del  noviciado  fué 
el  padre  José  de  Lazo,  caballero  chileno  que,  al  tomar  el 
hábito  de  la  Compañía,  le  hizo  cesión  de  todos  sus  bienes, 
que  consistían  en  una  hacienda  con  casas  de  habitación, 
bodegas,  una  buena  viña,  campos  estensos  para  siembras, 
catorce  esclavos  i  todos  los  aperos  de  labranza.  Esta  ha- 
cienda, comprada  algunos  años  antes  por  la  madre  del  do- 
nante en  12,000  pesos,  entró  al  poder  del  noviciado  de 
Santiago  a  fines  de  1735.  Hasta  ahora  conserva  esta  ha- 
cienda el  nombre  de  Noviciado.  Está  situada  cerca  de  la 
Punta,  otra  valiosa  propiedad  de  los  jesuítas. 


XIV 


Se  creería  que  los  padres  jesuítas  estaban  satisfechos  con 
poseer  en  la  sola  ciudad  de  Santiago  tres  colejios  o  casas 
de  residencia,  fuera  de  las  quintas,  chacras  i  haciendas  que 
poseían  en  los  alrededores,  i  donde  tenían  establecidas  di- 
ferentes industrias;  pero  no  fué  así;  su  celo  no  se  había  sa- 
tisfecho con  eso  solo,  i  aspiraban  a  tener  un  convento  en 
cada  barrio  de  la  población.    ^ 

El  año  de  1678  vivia  en  Santiago  una  señora  española 
llamada  doña  Ana  de  Flores,  que  vino  a  Chile  casada  con 
don  Manuel  Cuello,  fiscal  primero  i  luego  oidor  de  la  real 
audiencia  de  esta  ciudad.  Habiendo  muerto  este  caballero 
sin  dejar  hijos,  la  señora  Flores  pasó  a  segundas  nupcias 


'^  Como  ya  lo  hemos  dicho,  cuando  los  jesuítas  adquirieron 
en  1746  el  local  en  que  hoi  está  construido  el  palacio  de  la  Mone- 
da, manifestaron  el  propósito  de  edificar  otro  convento,  para  ser- 
vir a  un  barrio  en  que  no  había  ningún  establecimiento  de  esta 
naturaleza,  i  con  este  pretesto  solicitaron  i  obtuvieron  muchas 
ventajas.  Ese  convento,  sin  embargo,  no  alcanzó  a  construirse. 


74  ESTUDIOS    íllSTÓRICO-BIBLlOGRÁFICOS 

contrayendo  matrimonio  con  don  Antonio  Calero.  Murió 
éste  sin  descendencia,  i  la  señora  Flores  se  casó  por  tercera 
vez  con  don  José  de  la  Gándara  i  Zorrilla,  tesorero  de  las 
reales  cajas  de  esta  ciudad.  Este  también  murió  al  poco 
tiempo  sin  dejar  hijos  ni  herederos. 

Si  la  señora  Flores  hubiese  sido  pobre,  nadie  quizá  ha- 
bria  hecho  alto  en  estas  desgracias  domésticas;  pero  poseia 
en  los  estramuros  de  la  población,  en  la  orilla  norte  del 
Mapocho  i  al  oeste  de  la  ciudad,  una  hermosa  quinta  con 
buenas  casas,  un  molino  con  dos  paradas  de  piedras,  una 
buena  huerta,  algunos  esclavos  i  los  muebles  i  alhajas  que 
en  esa  época  constituian  el  ajuar  de  una  familia  acomoda- 
da. Esa  propiedad  fué  tasada  en  39,228  pesos  4  reales,  lo 
que  constituia  en  ese  tiempo  una  fortuna  considerable.  La 
señora  tres  veces  viuda  consultó  su  situación  con  los  con- 
sejeros ordinarios  en  todos  los  casos  de  conciencia;  i  enton- 
ces se  le  demostró  que  Dios  no  la  (jUeria  para  el  mundo,  i 
que  por  eso  la  llamaba  para  que  tomase  a  Cristo  por  es- 
poso. 

No  tardó  mucho  en  dejarse  convencer,  i  en  efecto,  se  re- 
solvió a  tomar  el  velo  de  monja  carmelita  en  el  monasterio 
que  acababa  de  fundarse  al  oriente  de  la  ciudad,  al  comen- 
zar la  Cañada.  Pero,  ¿qué  suerte  iba  a  correr  su  fortuna? 
¿Pasaria  al  monasterio  de  carmelitas,  a  algún  otro  conven- 
to o  a  los  pobres?  El  caso  estaba  previsto  por  sus  conse- 
jeros espirituales,  quienes  le  representaron  que  el  barrio 
en  que  estaba  situada  la  quinta  de  su  propiedad  vivia  en 
el  mayor  desamparo,  sin  confesores  ni  otro  ausilio  espiri- 
tual para  combatir  al  demonio,  que  podia  hacer  allí  libre- 
mente sus  conquistas  para  el  infierno.  Los  jesuítas,  que 
contaban  con  la  bien  sentada  fama  de  ser  los  enemigos  mas 
formidables  del  demonio,  eran  los  únicos  que  podian  poner 
término  a  aquel  desamparo:  ellos  podrian  convertir  aque- 
lla quinta  en  un  convento,  contra  el  cual  serian  impotentes 
la  asechanzas  del  enemigo  del  jénero  humano. 

La  señora  Flores  se  dejó  persuadir  por  esta  argumenta- 
ción, i  en  1678  hizo  donación  de  su  propiedad  con  todos  los 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  75 

enseres  a  los  padres  jesuítas.  El  padre  jeneral  le  envió  des- 
de Roma  la  patente  de  fundadora,  i  le  mandó  decir  las  mi- 
sas con  que  la  Compañía  recompensaba  a  los  que  le  obse- 
quiaban sus  riquezas.  En  ese  local  se  formó  un  convento 
para  los  relijiosos  de  tercera  probación,  o  tercer  grado  en 
la  carrera  de  jesuíta,  i  se  levantó  una  iglesia  bajo  la  advo- 
cación del  apóstol  San  Pablo.  Los  cronistas  de  la  Compa- 
ñía, al  referir  este  hecho,  como  lo  hacen  de  ordinario  al 
contar  las  donaciones  que  se  les  hacían,  no  cesan  de  repetir 
que  el  beneficio  era  para  los  pobres  que  se  hallaban  despro- 
vistos de  los  bienes  espirituales. 


XV 


La  casa  de  San  Pablo  debía  sostenerse  con  sus  propios 
recursos,  como  era  práctica  en  los  conventos  de  jesuítas. 
Esto  los  autorizaba  para  buscar  otros  fundadores  i  bene- 
factores; i  en  un  suelo  tan  bien  preparado  como  el  de  Chile, 
no  debían  faltar  estos  ausílíares  en  la  guerra  que  contra  el 
demonio  tenían  empeñada  los  padres. 

En  junio  de  1696  falleció  en  Santiago  el  alguacil  mayor 
de  esta  ciudad  don  Antonio  Martínez  de  Vergara,  sin  dejar 
otro  heredero  que  algunos  hijos  naturales,  lo  que  prueba 
que,  a  pesar  de  ser  alguacil,  había  llevado  una  vida  alegre.  A 
ser  pobre,  Martínez  de  Vergara  no  habría  alcanzado  ni  un 
responso  de  los  padres  jesuítas;  pero  poseía  una  valiosa  ha- 
cienda, una  bodega  bien  provista  de  licores  i  bastante  pla- 
ta labrada.  Para  borrar  las  liviandades  de  la  juventud  i 
obtener  las  misas  que  habían  de  llevarlo  al  cielo,  tenia  un 
camino  muí  fácil:  desheredar  a  sus  hijos  naturales  o  legar- 
les algunas  piezas  de  plata  labrada,  i  dejar  por  testamento 
todos  sus  bienes  a  los  padres  jesuítas  del  colejío  o  convento 
de  San  Pablo,  quienes  en  pago  debían  decirle  las  misas  de 
estilo  i  hacer  cada  año  una  misión  en  los  campos  de  Acón- 


76  ESTUDIOS    HISTÓRICU-EIBLIOGRÁFICOS 

cagua  i  de  Putaendo.  De  esta  manera  los  jesuítas  fueron 
dueños  de  la  dilatada  hacienda  de  Chacabuco  '^. 

Ademas  de  las  propiedades  enumeradas  hasta  aquí,  los 
jesuitas  tuvieron  otras  no  menos  valiosas  en  el  distrito  de 
Santiago,  entre  ellas  la  apreciada  i  estensa  hacienda  de  la 
Calera,  a  seis  leguas  de  camino  al  suroeste  de  la  capital. 
Desgraciadamente,  no  hemos  podido  tener  a  la  mano  los 
documentos  referentes  a  la  adquisición  de  esas  propiedades; 
i  como  no  queremos  consignar  en  estos  apuntes  mas  que 
noticias  fundadas  en  documentos  o  relaciones  fidedignas, 
nos  abstenemos,  a  lo  menos  por  ahora,  de  tratar  estos  pun- 
tos. Por  esto  mismo  pasamos  a  referir  la  historia  sumaria 
de  las  adquisiciones  que  los  jesuitas  hicieron  en  otros  pun- 
tos del  territorio  chileno. 


7  Esta  hacienda  habia  sido  donada  en  1599  por  Pedro  de  Vis- 
carra,  presidente  interino  de  Chile,  a  Pedro  de  la  Barrera  en  pre- 
mio de  los  servicios  prestados  en  la  conquista.  El  alguacil  Martí- 
nez de  Vergara  la  poseia  como  heredero  del  referido  Barrera. 


SECCIÓN  II. 


ADQUISICIONES  DE  LOS  JESUÍTAS  EN  LAS  PROVINCIAS  DE  CHILE 

1. — Primera  aparición  de  los  jesuítas  en  las  provincias  del  sur: 
terror  que  causan  entre  los  indios.— II.  Sus  pro^-ectos  de  con- 
quista pacífica  i  de  guerra  defensiva. — III.  Fundan  casa  en 
Concepción:  donación  de  don  Juan  García  Alvarado. — IV. 
Otros  benefactores:  don  Miguel  de  Quiros;  donación  de  la  ha- 
cienda de  Logaví.— V.  Levantamiento  de  los  indios  en  1655; 
los  jesuitas  fortifican  sus  haciendas. — VI.  Caridad  de  los  jesuí- 
tas para  con  los  pobres:  el  obispo  Nícolarde  les  paga  para  que 
hagan  una  misión. — VIL  Los  jesuitas  fundan  la  casa  de  Buena 
Esperanza:  nuevas  donaciones. — VIII.  El  presidente  Porter 
Casanate,  a  causa  de  la  pobreza  del  real  tesoro,  suspende  el 
pago  del  sínolo  asignado  por  el  reí  a  los  jesuitas:  reclamacio- 
nes incesantes  de  éstos  hasta  que  se  les  mandó  pagar  la  asig- 
nación real.- IX.  Los  jesuitas  se  establecen  en  el  distrito  de 
Talca  mediante  la  donación  que  se  les  hace  de  una  casa  i  de 
dos  haciendas. — X.  Los  jesuitas  dan  misiones  en  Valparaíso: 
la  pobreza  de  sus  habitantes  retarda  el  establecimiento  de  los 
jesuitas  en  ese  puerto.— XI.  Encuentran  al  fin  benefactores  i 
fundan  casa.— XII.  Los  encomenderos  del  valle  de  Quillota 
piden  a  los  jesuitas  que  establezcan  allí  una  residencia,  i  al 
efecto  les  dan  3,000  pesos,  pero  los  jesuitas  no  se  establecen 
por  falta  de  fundadores. — XIII.  Aparecen  al  fin  los  benefacto. 
res:  el  gobierno  les  da  un  solar  para  su  convento. — XIV.  Pri- 
mera misión  de  los  jesuitas  en  La  Serena:  milagros  efectuados 
por  ella:  eficacia  de  las  reliquias  de  San  Ignacio  para  los  casos 
de  parto.— XV.  Establecen  una  casa  de  residencia:  caridad  de 
los  jesuitas  durante  una  epidemia  de  viruela:  abandonan  esa 


78  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

ciudad  porque  había  quedado  muí  pobre  después  de  la  epide- 
mia.— XVI.  Espléndida  donación  de  Recalde:  los  jesuítas  se 
establecen  definitivamente  en  La  Serena:  milagro  singular  que 
les  produjo  un  espacioso  sitio  para  edificar  su  convento. — 
XVII.  Los  jesuítas  se  establecen  en  Mendoza:  grandes  dona- 
ciones de  los  capitanes  Lope  de  la  Peña,  José  de  Morales  i  Jo- 
sé de  Villegas.— XVIII.  Los  jesuítas  descubren  que  el  apóstol 
Santo  Tomas  habia  estado  en  América  i  que  había  predicado 
el  evanjelío  a  los  indios  de  Mendoza. — XIX.  Establecimiento 
de  los  jesuítas  en  San  Juan:  donación  del  capitán  Gabriel  de 
Malla,  de  don  Francisco  Marigoto  i  del  clérigo  Rodrigo  de 
Quiroga.— XX.  Los  jesuítas  se  establecen  en  San  Luis:  dona- 
ción hecha  por  don  Andrés  de  Toro. 


El  primer  lugar  adonde  dirijíeron  sus  miradas  los  pa- 
dres jesuítas  después  de  haberse  establecido  en  Santiago, 
fué  la  ciudad  de  Concepción,  cuartel  o  asiento  del  ejército 
que  sostenía  la  guerra  en  la  frontera  araucana.  Después 
de  50  años  de  lucha,  que  costaba  a  los  colonos  los  mayo- 
res sacrificios,  los  conquistadores,  que  habían  visto  des- 
truir por  los  indios  rebelados  sus  poblaciones  del  otro  lado 
del'Biobio  i  que  encontraban  cada  dia  mayores  dificul- 
tades para  pacificar  aquel  territorio,  se  sentían  casi  desa- 
lentados. 

En  un  principio,  los  conquistadores  habían  creído  que  la 
relijion  vendría  en  su  ausilio.  Esperaron  que  los  padres  i 
los  clérigos  que  acompañan  sus  ejércitos  catequizarían  a 
los  indios,  i  que  desde  que  éstos  fuesen  cristianos,  seria 
mui  fácil  mantenerlos  sumisos  i  obedientes.  Pero  luego 
perdieron  sus  ilusiones.  Los  indios  no  tardaron  en  persua- 
dirse de  que  los  predicadores  que  ocurrían  de  España,  no 
valían  mas  que  los  soldados,  i  lejos  de  dejarse  convertir,  se 
manifestaban  mas  obstinados  que  antes. 

Es  verdad  que  no  faltaban  motivos  para  que  los  indios 
concibieran  tan  mal  concepto  de  los  sacerdotes  que  iban  a 
convertirlos  al  cristianismo.  En  1600,  estando  la  ciudad 


RIQUEZAS   DE    LOS    ANTiaÚOS    JESUÍTAS  79 

de  la  Imperial  sitiada  por  los  araucanos,  un  clérigo  espa 
ñol  llamado  Juan  Barba,  que  estaba  en  la  plaza,  se  huyó 
de  ella  i,  pasándose  al  enemigo,  se  burlaba  *'de  la  mi§a  i 
de  los  sacramentos,  dÍ2e  el  cronista  coetáneo  de  quien  to- 
mamos esta  noticia,  predicando  a  los  indios  contra  nuestra 
fé  i  haciéndoles  entender  que  su  bárbara  vida  era  la  buena 
i  verdadera.  I  aunque  Dios  permitió  que  después  de  algu- 
nos años  los  indios  le  quitasen  la  vida  por  delitos  que  co- 
metió tocante  a  mujeres,  con  todo,  dejó  impuestos  a  los 
indios,  no  solo  en  las  falsedades  que  les  persuadió,  sino  en 
perseguir  i  castigar  a  los  que  decian  o  hacian  cosas  de  ofi- 
cio de  cristianos". 

En  esa  época,  poco  mas  o  menos,  llegaron  los  primeros 
jesuítas  a  Concepción.  Pensaban  correjir  a  los  españoles  i 
convertir  a  los  infieles;  pero  en  este  último  trabajo  fueron 
mui  poco  felices.  Lejos  de  atraerse  a  los  indios,  como  lo  es- 
peraban, despertaron  entre  éstos  una  gran  resistencia. 
Oigamos  a  un  testigo  de  vista  refiriendo  un  suceso  ocurri- 
do, según  parece,  por  los  años  de  1604.  ''Hallándome  en  un 
fuerte  que  tenia  a  mi  cargo  en  los  términos  que  llaman  de 
Millapoa,  a  las  riberas  de  un  grande  rio,  dice  el  maestro  de 
campo  don  Alonso  González  de  Nájera,  habia  de  la  otra 
parte  una  parcialidad  de  indios  llamados  cojuncheses,  te- 
nidos por  nuestros  mas  fieles  amigos;  i  estando  congre- 
gados en  un  pueblecillo  con  sus  caciques,  que  se  habian 
reducido  allí  poco  habia  de  la  pasada  rebelión,  adonde  les 
teníamos  hecho  un  reducto  junto  a  su  pueblo,  para  asegu- 
rarlos de  los  indios  de  guerra,  con  españoles  que  los  guar- 
daban, sucedió  que,  habiendo  venido  a  mi  fuerte  dos  padres 
jesuítas  a  confesara  los  soldados,  me  dijeron  que  holgarían 
de  pasar  el  rio  a  ver  el  nuevo  pueblo  de  los  recien  reduci- 
dos indios  i  confesar  a  los  soldados  del  reducto.  Finalmen- 
te, pasé  con  ellos  en  un  ba»*co,  i  viendo  los  indios  a  los 
relijiosos,  fué  tanto  que  se  alborotaron  i  los  caciques  los 
primeros,  que  dieron  muestra  de  tomar  las  armas  contra 
nosotros;  de  tal  manera  que,  advirtiendo  yo  en  la  causa 
del  alboroto  i  algazara  que  levantaron,  corriendo  todos  de 


^0  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLTOORÁFICüS 


una  parte  a  otra  entre  sus  barrancas  a  tomar  sus  picas, 
como  si  les  hubieran  tocado  arma,  me  di  la  priesa  que  pude 
para  que  los  padres  se  desembarcasen  i  se  entrasen  en  el 
fuertecillo  de  los  españoles,  yendo  yo  la  vuelta  de  los  indios 
a  aquietarlos,  como  lo  hice  con  las  mejores  palabras  que 
pude,  diciéndoles  que  los  reüjiosos  no  iban  sino  a  ver  a  los 
españoles  del  fuerte,  con  lo  cual  se  amansaron  aunque  no 
del  todo,  diciéndome  los  caciques  con  no  poca  soberbia  con 
su  medio  de  hablar  español:  No  es  tiempo  de  pateros,  no 
es  tiempo  de  pateros  (que  así  llaman  ellos  a  nuestros  reli- 
jiosos,  queriendo  decir  padres),  diciendo  mas:  Aun  no  ha- 
bemos  dado  la  paz  i  ya  nos  envian  pateros  para  que  nos 
volvamos  al  monte"  i) 


II. 


Los  jesuítas  pudieron  conocer  aquel  estado  de  cosas;  pe- 
ro hasta  entonces  hablan  sido  tan  afortunados  en  el  nuevo 
mundo  que  no  querian  persuadirse  de  que  no  conseguirían 
la  realización  de  sus  designios. 

Testigos  de  los  sufrimientos  i  de  la  miseria  de  todo  el 
pais,  sabiendo  que  algunas  personas  caracterizadas  e  influ- 
yentes hablan  hablado  de  que  mas  que  proseguir  la  guerra 
convenia  al  rei  abandonar  a  Chile,  creyendo  que  era  una 
ocasión  propicia  para  pedir  al  rei  la  dirección  de  los  nego- 
cios de  Chile,  dando  a  su  poder  un  desarrollo  mucho  ma- 
yor, i  al  efecto,  hicieron  revivir  el  proyecto  que  un  siglo 
antes  habia  concebido  el  padre  frai  Bartolomé  de  las  Casas 
para  conquistar  i  reducir  a  los  indios  por  los  medios  per- 
suasivos de  la  predicación  evanjélica. 

Los  historiadores  de  Chile  se  han  ocupado  muchos  veces 
de  referir  los  trabajos  de  los  jesuítas  para  llevar  a  cabo 
esta  quimérica  empresa;  pero  desgraciadamente,  no  han 


1  )  González  de  Nájera,  Desengaño  i  reparo  de  la  ¿werra  del 
no  de  Chile,  lib.  V.  sec.  II.  ' 


RIQUEZAS   DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  81 

estudiado  la  cuestión  mas  que  por  un  solo  lado,  en  los  do- 
cumentos i  crónicas  que  nos  han  dejado  los  mismos  jesuí- 
tas, i  han  pintado  a  éstos  animados  de  tanto  celo  como 
desinterés.  Ábranse  las  crónicas  jesuíticas  i  los  historiado- 
res que  las  han  seguido  fiel  i  constantemente,  i  se  verá  a  los 
hijos  de  la  Compañía  marchando  heroicamente  a  la  con- 
quista espiritual,  predicando  la  fraternidad,  el  desprendi- 
miento de  los  bienes  de  la  tierra,  haciendo  cesar  la  servi- 
dumbre que  pesaba  sobre  los  infelices  indios,  i  por  fin,  mar- 
chando gozosos  al  martirio,  cuando  era  necesario  sufrirlo, 
para  hacer  triunfar  el  evanjelio.  Léanse  los  pocos  docu- 
mentos de  otro  oríjen  que  nos  quedan,  los  informes  de  los 
soldados  de  la  conquista  i  de  algunos  letrados,  i  se  verá  el 
reverso  de  la  medalla,  esto  es,  a  los  jesuitas  injeriéndose  en 
todos  los  negocios  de  gobierno  para  apropiarse  las  tierras, 
para  reducir  a  los  indios  a  vasallos  suyos,  i  convertir  en 
provecho  propio  los  sacrificios  del  tesoro  real  i  del  bolsillo 
de  los  colonos. 

Para  nosotros,  la  verdad  está  en  el  medio  de  estas  apre- 
ciaciones estremas.  Los  jesuitas  acometieron  una  empresa 
irrealizable  en  la  confianza  de  que  los  indios  de  Chile  eran 
menos  belicosos  de  lo  que  eran  en  realidad,  i  con  el  propó- 
sito de  establecer  aquí  su  dominación  absoluta  e  inde- 
pendiente bajo  el  sistema  de  misiones  que  poco  mas  tarde 
comenzaron  a  plantear  con  mejor  éxito  en  el  Paraguai. 

El  piadoso  monarca  don  Felipe  III  autorizó  ampliamen- 
te a  los  jesuitas  de  Chile  para  llevar  a  cabo  la  conquista 
pacífica  de  la  Araucanía.  A  fin  de  allanar  cualquiera  difi- 
cultad, consintió  en  confiar  nuevamente  el  mando  político 
i  militar  de  este  pais  a  don  Alonso  de  Ribera,  a  quien  pocos 
años  antes  habia  quitado  del  gobierno  de  Chile  i  mandá- 
dolo  a  gobernar  el  Tucuman.  Los  jesuitas  contaban  a  Ri- 
bera en  el  número  dt  sus  amigos;  i  en  efecto,  hasta  enton- 
ces, este  esforzado  capitán  se  habia  mostrado  mui  bien  dis- 
puesto hacia  la  Compañía.  No  pretendemos  seguir  a  los 
jesuitas  de  Chile  en  esta   mal  aventurada  empresa,  en  que 

TOMO    X  6 


82  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

habían  esperado  ser  a  lo  menos  tan  felices  cerca  de  los  in- 
dios de  Arauco  como  lo  habían  sido  en  medio  de  los  dero- 
tos  pobladores  de  la  colonia  española. 


III. 


El  13  de  mayo  de  1612  llegaron  a  Concepción  los  jesuí- 
tas encargados  de  dirijir  la  conquista  pacífica,  bajo  las  ór- 
denes del  padre  Luis  de  Valdivia,  que  hacia  de  jefe  de  la  em- 
presa. Aunque  iban  bien  provistos  de  dinero  que  les  había 
mandado  entregar  el  reí  de  España,  los  padres  se  hospeda- 
ron en  la  casa  o  palacio  del  gobernador  Ribera,  lo  que  los 
autorizaba  para  publicar  su  pobreza.  Como  debía  espe- 
rarse,  luego  comenzaron  a  aparecer  los  fundadores  i  bene- 
factores de  la  Compañía,  P^l  canónigo  don  Juan  García  de 
Al  varado  fué  el  primero  de  todos  ellos:  donó  a  los  jesuítas 
unas  casas  que  poseía  en  la  plaza  de  la  ciudad,  otro  solar 
mas,  i  una  hacienda  situada  a  orillas  d^l  rio  Itata,  deno- 
minada la  Magdalena,  que  media  1,700  cuadras,  i  que 
tenia  una  viña,  una  buena  dotación  de  ganados  vacuno^ 
ovejuno  i  cal)a11ar,  quinientas  cabras  i  muchos  yanaconas 
o  indios  de  servicio. 

Haremos  notar  de  paso  que  los  jesuitas  iban  a  Concep- 
ción a  pedir  la  supresión  de  las  encomiendas  o  servicio  per- 
sonal de  los  índíjenas,  i  que  la  historia  les  ha  tributado 
los  mas  pomposos  elojios  por  este  espíritu  filantrópico  i 
caritativo  de  que  parecían  revestidos.  Mientras  tanto  en 
cada  propiedad  que  iban  adquiriendo  en  los  campos  del 
sur,  conservaban  para  su  uso  los  yanaconas  o  indios  de  ser- 
vicio, como  los  demás  encomenderos  contra  quienes  predi- 
caban, i  del  mismo  modo  que  en  Santiago,  habían  utilizado 
los  esclavos  de  que  se  les  hiciera  donación.  Por  grande  que 
fuera  la  humildad  de  los  colonos  ante  los  jesuitas  que 
se  presentaban  rodeados  de  tanto  prestijio  i  autoridad, 
no  faltaron  algunos  que  hicieran  notar  esta  contradicción. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  ^3 

entre  los  actos  i  las  palabras  de  aquellos  evanjéücos  misio- 
neros. 

Inmediatamente  comenzaron  los  padres  a  arreglar  las 
casas  que  les  habían  dado  para  que  les  sirviese  de  conven- 
to, formando  en  ellas  una  iglesia.  Suscitóse,  sin  embargo, 
una  grave  dificultad:  los  clérigos  i  los  canónigos  se  opusie- 
ron a  la  fundación  de  una  igltsia  al  costado  de  la  catedral, 
sin  duda  porque  temieron  la  competencia  que  les  iba  a  ha- 
cer la  Compañía,  pues  aunque  los  jesuítas  declaraban  que 
ellos  no  negociaban  con  misas  ni  con  entierros,  se  sabia 
demasiado  bien  que  ellos  habrían  de  llevarse  todos  los  le- 
gados i  donaciones  en  grande  que  pudieran  hacer  las  per- 
sonas piadosas,  i  conocían  que  era  esto  último  lo  que  cons- 
tituía el  negocio  mas  lucrativo.  El  gobernador  intervino, 
acalló  todas  las  resistencias  i  mandó  que  no  se  pusiera  os- 
táculo  al  establecimiento  de  la  iglesia  i  del  convento"  "De 
este  colejio,  dice  con  admirable  candor  el  jesuíta  Olivares, 
como  del  caballo  trOjano,  han  salido  i  salen  todos  los  es- 
forzados guerreros  que  han  hecho  gu'^rra  al  infierno  i  le 
han  quitado  infinitas  almas,  aunque  no  sean  mas  que  las 
de  los  párvulos,  que  por  las  misiones  de  los  jesuítas  se  han 
coronado  de  gloria".  En  efecto,  a  esto  solo  quedó  reducida 
al  fin  la  acción  de  los  jesuítas  que  iban  a  conquistar  pacífi- 
camente a  los  araucanos.  Bautizaban  los  niños  que  los  sol- 
dados españoles  sacaban  del  territorio  enemigo  después  de 
cada  correría;  i  aun  con  mucha  frecuencia,  esos  indios  se 
fugaban  del  campo  español,  volvían  al  suelo  de  sus  mayo- 
res, i  capitaneaban  mas  tarde  a  sus  hermanos  en  aquella 
guerra  encarnizada. 


IV. 


El  canónigo  Alvarado  había  merecido  por  su  valiosa 
donación  el  título  de  fundador,  pero  lo  rehusó  para  que  los 
padres  buscaran  otro  individuo  que  quisiera  adquirirlo 
con  su  fortuna,   contentándose  él  con  el  honor  de  benefac- 


84  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

tor.  Otro  clérigo  se  presentó  algunos  años  mas  tarde  a 
solicitar  el  puesto  vacante. 

Era  éste  don  Miguel  de  Quiroz,  hombre  anciano  que 
abrazó  la  carrera  eclesiástica  después  de  haber  servido  lar- 
gos años  en  el  ejército  de  la  frontera.  Se  preparaba  para 
hacer  a  la  Compañía  la  donación  de  todos  sus  bienes  cuan- 
do le  sobrevino  la  enfermedad  que  le  causó  la  muerte.  Hizo 
entonces  su  testamento  en  favor  de  los  jesuitas;  pero,  aun- 
que la  voluntad  de  Quiroz  habia  sido  obtener  el  título  de 
fundador,  sus  propiedades,  que  consistian,  en  una  casa  i 
una  hacienda,  habian  sufrido  tantos  deterioros  por  las 
irrupciones  de  los  indios  i  por  los  terremotos  que,  cuando 
se  tasaron,  su  valor  no  pasó  de  16,000  pesos.  Esta  suma 
no  bastaba  para  obtener  el  título  de  fundador:  los  jesuitas 
le  dieron  solo  el  de  benefactor  mandándole  decir  las  misas 
de  costumbre;  pero  por  gracia  mui  especial,  i  en  pago  de  la 
buena  intención  del  clérigo  Quiroz,  el  padre  jeneral  de  la 
orden  mandó  que  en  el  convento  de  Concepción  se  le  dijera 
una  misa  todas  las  semanas. 

La  prosperidad  de  los  jesuitas  en  el  distrito  de  Concep- 
ción no  habia  dejado  de  suscitarles  algunas  dificultades. 
Muchos  encomenderos  a  quienes  habian  querido  obligar  a 
deshacerse  de  sus  indios  de  trabajo  para  ejecutar,  decian, 
su  sistema  de  guerra  defensiva;  algunos  capitanes  cuyos 
planes  militares  habian  contrariado,  i  hasta  muchos  sa- 
cerdotes que  miraban  de  reojo  el  ascendiente  de  los  jesuitas, 
hacian  a  éstos  una  oposición  mas  o  menos  violenta,  mas 
o  menos  disimulada.  Pero,  "al  paso  que  los  hombres  se 
volvian  contra  los  jesuitas,  dice  el  padre  Olivares,   Dios 

miraba  i  favorecia  a  su  Compañía Dispuso  i  movió  los 

ánimos  bien  intencionados  para  que  los  ayudasen  con  sus 
limosnas  para  poder  edificar  su  colejio  i  aumentar  sus  ha- 
ciendas". 

Esta  protección  divina  se  manifestó  por  medio  de  dona- 
ciones tan  variadas  como  numerosas.  El  capitán  Diego 
Trujillo  donó  una  hacienda  cerca  del  Tomé  i  la  mitad  de 
una  casa  que  poseia  en  Concepción.  El  deán  de  la  Catedral 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS     JESUÍTAS  85 

de  esa  diócesis,  donjuán  López  de  Fonseca,  donó  otra  ha- 
cienda con  una  regular  dotación  de  ganado  cabrío.  El 
maestre  de  campo  don  Alonso  de  Puga  obsequió  una  suma 
considerable  de  dinero.  El  presidente  de  Chile  don  Fran- 
cisco Lazo  de  la  Vega  dio  al  colejio  de  Concepción  la  ha" 
cienda  de  Longaví  que,  ensanchada  un  poco  mas  tarde  con 
2,000  cuadras  de  terreno  que  donó  el  marques  de  Baides, 
sucesor  de  aquél  en  el  gobierno  de  la  colonia,  constituyó  la 
mas  dilatada  hacienda  de  todo  el  territorio. 

Otro  gobernador  de  Chile,  don  Juan  Henríquez,  no  te- 
niendo haciendas  que  dar  a  los  jesuitas,  les  cedió  una  calle 
de  Concepción  para  que  la  cerraran  con  su  iglesia,  les  faci- 
litó peones  que  él  pagaba,  les  dio  la  madera  necesaria  i  seis 
esclavos,  que  pasaron  a  aumentar  el  número  de  los  servido- 
res de  la  Compañía.  En  premio  de  este  servicio,  cuando 
Henríquez  murió  en  España  el  año  de  1689,  fué  enterrado 
en  las  bóvedas  del  convento  principal  que  tenian  los  jesui- 
tas en  Madrid. 


Desde  que  los  padres  se  convencieron  de  la  inutilidad  de 
sus  esfuerzos  para  ocupar  pacíficamente  el  territorio  arau- 
cano, contrajeron  toda  su  actividad  al  cultivo  i  mejora  de 
sus  haciendas,  que  daban  un  beneficio  mas  provechoso  que 
la  predicación  entre  los  indios  salvajes.  La  denominada 
Magdalena  llegó  a  ser  la  mejor  estancia  de  toda  aquella  re- 
jion.  El  padre  Diego  Rosales,  autor  de  una  estensa  historia 
de  Chile,  habia  comprado  con  las  limosnas  que  recojia  para 
la  Compañía  una  estancia  inmediata  llamada  liuenque- 
hue,  que  tenia  una  viña  mui  buena  i  una  espaciosa  bodega. 
Los  jesuitas,  los  enemigos  declarados  del  servicio  personal 
de  los  indíjenas,  tenian  allí  mas  de  150  yanaconas  o  indios 
de  trabajo,  muchos  esclavos,  una  gran  viña,  lagar,  bodega. 
bastante  ganado,  todos  los  aperos  necesarios,  i  ademas 
tina  curtiembre  bien  montada. 


86  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

El  14?  de  febrero  de  1655,  los  indíjenas,  desesperados  con 
el  mal  tratamiento  que  recibían  de  los  encomenderos,  se 
sublevaron  repentinamente  en  todos  los  establecimientos  i 
estancias  situados  entre  los  rios  Biobío  i  Maule,  asesina- 
ron a  los  españoles  en  unos  puntos,  robaron  el  ganado, 
destruyeron  las  casas  i  causaron  por  todas  partes  el  terror 
i  el  espanto.  Los  indios  de  servicio  se  habian  puesto  de 
acuerdo  con  los  indios  de  guerra  del  otro  lado  de  la  fronte- 
ra, i  todos  a  una  habian  tomado  parte  en  aquella  formi- 
dable rebelión.  Los  jesuitas  no  fueron  los  mejor  parados  en 
esta  emerjencia.  Sus  haciendas  fueron  saqueadas  por  sus 
propios  yanaconas,  entre  los  cuales  figuraba  uno  que,  aun- 
que habia  recibido  de  los  padres  el  agua  del  bautismo  i  junto 
con  ella,  el  nombre  del  santo  fundador  de  la  Compañía,  se 
hizo  capitán  de  los  rebeldes.  El  indio  Ignacio  encastilló  su 
jente  en  una  selva,  i  en  seguida  se  fué  a  Arauco  a  buscar 
ausiliares  entre  los  indios  de  guerra. 

Los  jesuitas,  convencidos  de 'a  ineficacia  de  la  predica- 
ción en  aquellos  momentos,  imploraron  el  ausilio  de  las 
armas  del  rei;  i  en  efecto,  salió  de  Concepción  un  cuerpo  de 
tropas  mandado  por  el  sarjento  mayor  Jerónimo  de  Moli- 
na, a  quien  acompañaban  algunos  padres.  Los  indios  rebe- 
lados, notando  que  no  habian  sido  socorridos  oportuna- 
mente por  sus  hermanos  de  ultra  Biobío,  comenzaron  a 
rendirse  sometiéndose  de  nuevo  al  trabajo  forzado  de  las 
encomiendas.  Los  jesuitas,  que  conocían  bien  lo  que  valian 
los  indios  de  servicio,  pidieron  que  no  se  matase  a  los  ren- 
didos i  lograron  así  repoblar  sus  haciendas  de  ganado  hu- 
mano, aunque  machos  indios  i  esclavos  consiguieron  asilar- 
se en  el  otro  lado  de  la  frontera;  pero  el  indio  Ignacio  fué 
ahorcado  en  Concepción.  Los  historiadores  jesuitas  que 
han  referido  estos  sucesos,  atribuyen  la  pacificación  a  un 
milngro  efectuado  por  el  cielo  mediante  la  interposición  de 
los  padres  que  acompañaban  al  mayor  Molina.  "Estando 
ajusticiando  al  indio  Ignacio,  dice  el  jesuíta  Olivares,  mos- 
tró la  divina  justicia  que  se  agradaba  de  aquel  castigo,  por 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  87 

«que  se  vio  en  el  cielo  una  espada  de  fuego   que  vio  i  admiró 
toda  la  ciudad  que  estaba  presente". 

No  parece,  sin  embargo,  que  esta  confianza  de  los  padres 
jesuítas  en  la  protección  del  cielo  fuera  mui  profunda  i  muí 
sincera.  Así  fué  que.  apenas  sofocada  la  insurrección,  se 
prepararon  para  defender  sus  propiedades  contra  las  irrup- 
ciones de  los  indios,  sin  reparar  en  gastos.  No  siendo  posi- 
ble amurallar  todas  sus  haciendas,  rodearon  las  casas  i  bo- 
degas de  la  Magdalena,  con  palizadas  formidables,  defen- 
didas por  dos  torreones  i  resguardadas  por  un  cuerpo  de 
tropa  armada  de  arcabuces,  que  ellos  mismos  pagaban 
i  sostenían.  Aquellas  fortificaciones  resistieron  mas  de 
una  vez  los  ataques  de  los  indios,  de  manera  que,  si  ellos 
consiguieron  robar  algún  ganado  a  los  padres,  éstos  de- 
fendieron militarmente  sus  casas,  sus  bodegas  i  sus  cose- 
chas contra  los  indios  qne  no  hablan  querido  oir  su  pre- 
dicación. ^^^ 

En  la  espaciosa  hacienda  de  Longaví,  que  era  donde  los 
padres   mantenían   sus  mayores   masas  de    ganado,   cons- 
truyeron también  fortificaciones  de   la   misma  naturaleza. 
Los  jesuítas  quedaron  así  encerrados  dentro  de  esos    fuer- 
tes, sin  poder  comunicarse  con  sus   otras   haciendas  o  con 
su    convento  de   Concc[)cion,  sino   venciendo    las   mayores 
■dificultades.    Los   indios   pobladores   de   aquellos   campos 
veian  en  los  padres,    lo  mismo  que  en  los  demás   encon>en— 
■deros,  a  los  enemigos  infatigables  de  su  reposo  i  de  su  tran- 
quilidad, a  los  hombres  que  los  obligaban  a  trabajar  como 
bestias  para  enriquecerse  con  su  trabajo;  i  por  eso,  los  hos- 
lizaban  en  sus  propiedades,  i  aun  en   sus  personas,  cuando 
podian  hacerlo  con  ventaja. 


2)-  A  pesar  de  todas  estas  precauciones,  los  iesuitas,  amenaza- 
dos en  sus  propias  fortificacionts  con  la  rebelión  de  los  indios  de 
1724-,  prefirieron  prender  fuego  a  las  casas,  bodegas  i  a  la  iglesia 
antes  que  verlas  caer  en  manos  del  enemigo.  Después  de  haberlo 
quemado  todo,  se  retiraron  a  Concepción,  i  eu  1728  comenzaron 
ji  reconstruir  sus  h  ibitaciones  i  casas  de  labranza. 


88  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BTBLIOGRÁFICOS 


VI. 


En  tanto,  los  jesuítas  de  aquella  provincia  no  habian 
descuidado  otros  negocios  que  podian  hacerse  dentro  de 
las  ciudades.  Las  casas  que  poseian  en  Concepción  estaban 
rodeadas  de  cuartos  de  alquiler  que  servian  para  tiendas,  i 
tanto  aquéllas  como  éstos  producían  un  buen  arriendo. 
Los  jesuítas  retribuían  al  pueblo  las  sumas  que  recibían, 
por  medio  de  la  predicación,  de  los  ejercicios,  de  las  proce- 
siones i  demás  fiestas  relijíosas,  i  de  la  conversión  de  algu- 
nos indios,  que,  estando  alejados  de  su  familia  i  reducidos 
a  vivir  en  Concepción  como  prisioneros  o  como  trabajado- 
res, se  dejaban  bautizar  fácilmente. 

Ademas,  los  padres  daban  a  los  pobres  en  la  puerta  de 
su  convento  las  sobras  de  su  comida.  Esta  obra  de  la  mas 
elevada  caridad  ¿quién  lo  creyera?  fué  para  los  padres  un 
ramo  de  entradas.  El  piadoso  gobernador  don  Juan  Hen- 
ríquez,  que  asistió  personalmente  a  este  reparto  de  comida, 
quiso  que  en  adelante  corriera  por  su  cuenta,  i  entregaba  a 
los  padres  el  dinero  necesario  a  fin  de  que  no  faltase  aquel 
sustento  para  los  pobres.  Por  eso  dice  un  cronista  d  ^  la  or- 
den que  "esta  limosna  no  empobrecía  al  convento,  antes 
por  esta  i  otras  que  empleaban  en  las  necesidades  del  pue- 
blo, Dios  (esto  es,  las  personas  acaudaladas,  cuyo  corazón 
movía  Dios)  le  daba  para  sí  i  para  otros". 

Los  jesuítas  deseaban  también  establecer  misiones  anua- 
les que  recorrieran  los  campos  inmediatos  a  Concepción 
donde  no  hubiera  guerras.  Aunque  disponían  de  rentas  muí 
considerables,  les  había  arredrado  el  gasto  que  esa  misión 
debía  ocasionar,  i  prefirieron  esperar  que  Dios  moviese  el 
corazón  de  alguna  persona  piadosa  que  quisiera  dotar 
aquella  misión  ambulante.  No  se  hizo  esperar  mucho  tiem- 
po la  realización  de  sus  deseos.  En  1719,  el  obispo  de  Con- 
cepción don  Juan  Nícolarde  les  dio  2,000  pesos  en  dinero 
para  que  con  sus    réditos  costeasen  su  viaje  los  misione- 


RIQUEZAS    Dtí    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  89 

ros.  La  primera  espedicfbn  de  aquellos  desinteresados 
predicadores  terminó  en  marzo  de  1720.  Los  jesuítas  es- 
pedicionarios  traían  apuntados  en  un  prolijo  rejistro  el  re- 
sultado de  su  primera  campaña.  Habían  dado  5,576  co- 
muniones: las  confesiones  pasaron  de  6,000,  i  mas  de  500 
de  ellas  eran  confesiones  jenerales.  El  cielo  había  repartido 
su  gracia  sobre  los  que  habían  oido  la  palabra  divina;  en 
cambio,  habia  sido  inexorable  con  los  que  se  habían  negado 
a  confesarse.  Dios  habia  ahogado  en  el  Bíobío  a  un  hombre 
que  se  habia  resistido  a  la  confesión.  Una  mujer  que  en 
años  atrás  se  había  sacado  de  la  boca  la  sagrada  forma, 
vivía  presa  del  demonio  i  de  las  enfermedades;  pero  los  mi- 
sioneros le  aplicaron  el  conveniente  remedio  i  sanó  de 
ambos  males.  El  buen  obispo  Nícolarde  debió  quedar  en- 
cantado al  saber  los  prodijios  que  se  habia  hecho  con  sus 
2,000  pesos,  porque  la  misión  ambulante  se  estableció  de 
fijo,  i  cada  año,  por  la  estación  de  verano,  salían  los  pa- 
dres a  operar  milagros  análogos. 


VIL 


El  lector  de  estos  apuntes  se  equivocarla  si  creyese  que 
aquel  convento  i  aquellas  haciendas  fueron  las  únicas  pro- 
piedades que  tuvieron  los  padres  jesuítas  en  el  distrito  de 
Concepción.  A  unas  doce  leguas  al  oriente  de  la  ciudad  de 
este  nombre,  establecieron  otra  casa  de  residencia  que  llegó 
a  tener  una  grande  importancia.  Vamos  a  referir  sumaría- 
mente  la  historia  de  ella. 

Para  llevar  a  cabo  su  plan  de  conquista  pacífica,  el  pa- 
dre Luis  de  Valdivia  dividió  a  sus  operarios  en  dos  cuerpos 
que  debían  obrar  casi  simultáneamente.  Uno  de  ellos  en- 
tró al  territorio  enemigo  por  la  rejíon  mas  vecina  a  la  cos- 
ta, mientras  el  otro  se  estableció  en  el  fuerte  que  tenían  los 
españoles    en   Buena— Esperanza,    punto    medianero  entre 


90  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Talcamávida  i  Yumbel  '^).  Fomiaban  este  ííltimo  cuerpo 
dos  jesuítas,  los  padres  Vicente  Modelell  i  Antonio  Apa- 
ricio, aquél  hombre,  esperimentado  que  hacia  de  jefe,  i  el 
segundo  mucho  mas  joven.  En  esta  rejion  se  habian  esta- 
blecido algunos  estancieros  españoles  que  vivian  resguar- 
dados de  las  incursiones  de  los  indios  de  guerra  por  las 
aguas  del  caudaloso  Biobío  i  por  una  serie  de  fortines  que 
habian  construido  los  conquistadores.  Desde  ese  punto  co- 
menzó sus  trabajos  el  padre  Modelell  predicando  a  los  in- 
dios de  paz  i  entablando  negociaciones  con  los  indios  de 
guerra  del  otro  lado  del  Biobío.  Estaba  ocupado  en  esto 
cuando  llegó  a  Buena— Esperanza  la  noticia  de  que  los  in- 
dios rebeldes  habian  dado  muerte  a  tres  jesuítas  que  aca- 
baban de  penetrar  en  sus  tierras  por  el  lado  de  Arauco.  La 
empresa  de  la  conquista  pacífica  pareció  desde  entonces 
mucho  mas  difícil  i  peligrosa  de  lo  que  se  habian  imajinado 
los  padres. 

Los  cronistas  de  la  Compañía  refieren  que  el  celo  de  los 
misioneros  de  Buena— Esperanza  no  se  enfrió  con  este  con- 
tratiempo, i  (jue  los  padres  Modelell  i  Aparicio  ardian  en 
deseos  de  penetrar  en  el  territorio  enemigo  para  merecer  la 
corona  del  martirio.  Sea  de  esto  lo  que  se  quiera,  lo  cierto 
es  que  pudo  mas  la  prudencia  que  el  ardor,  i  que  los  dos 
padres  se  quedfiron  al  abrigo  del  fuerte  español.  En  vez 
de  embarcarse  en  una  empresa  sembrada  de  peligros  i  al 
parecer  tan  insensata  como  temeraria,  determinaron  esta- 
blecer allí  una  iglesia  i  un  convento,  "para  que  los  misio- 
neros de  la  Compañía  tuvieran  donde  acojerse  en  casa  pro- 
pia", como  dice  uno  de  los  cronistas  de  la  orden.  "Tod^í 
era  pequeño  i  humilde,  agrega:  que  siempre  los  principios 
son  dificultosos  i  se  empieza  por  poco".  Sin  embargo,  con 
los  donativos  i  el  trabajo  de  los  vecinos,  ios  padres  se  pro- 


¿i)  El  fuerte  de  Buena-Esperanza  fué  el  oríjen  del  pueblo  de  Rere, 
que  recibió  el  nombre  de  San  Luis  Gonzaga,  del  gobernador  don 
Antonio  Guill  i  Gonzaga,  que  trasformó  en  villa  el  fortín  que  allí 
habia. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  *Jl 

vejeron  de  madera  i  de  otros  materiales  para  ensanchar 
sus  habitaciones  i  mejorar  la  iglesia.  Verdad  es  que  en  es- 
tos lugares  los  jesuítas  fueron  los  intermediarios  para  la 
realización  de  los  milagros  mas  singulares  que  operaron 
en  Chile.  Seria  largo  referir  aquí  todos  los  prodijios  que 
consignan  las  crónicas  de  la  Compañía,  las  curaciones  de 
endemoniados,  las  conversiones  portentosas  de  infieles  o 
pecadores  envejecidos,  la  corrección  de  los  soldados  mas 
empecatados.  Podríamos  llenar  muchas  pajinas  con  estas 
historias  sin  agotar  una  materia  tan  vasta  i  sin  trasladar 
mas  que  una  parte  de  las  noticias  que  nos  han  trasmitido 
las  crónicas.  Por  eso  fué  que  los  padres  de  esta  residencia, 
que  durante  algunos  años,  se  habían  sostenido  con  el  síno- 
do asignado  por  el  rei  i  que  les  pagaban  puntualmente  las 
cajas  reales,  comenzaron  mas  tarde  a  recibir  de  los  espa- 
ñoles encomenderos  algunas  donaciones  que  incrementa- 
ron rápidamente  su  fortuna. 

Un  encomendero  llamado  Ventura  Beltran  les  dejó  una 
buena  viña  con  su  correspondiente  bodega.  El  deán  don 
Juan  de  Fonseca  les  donó  unos  terrenos.  El  sarjento  mayor 
Francisco  Rodríguez  de  ívcdesma,  estando  para  morir,  pi- 
dió el  ser  admitido  en  la  Compañía  a  la  hora  de  la  muerte, 
para  gozar  de  las  gracias  que  el  cielo  concede  a  esta  orden 
i  en  pago  de  este  servicio,  dejó  a  los  padres  una  estancia 
bien  provista  de  ganados  con  un  molino  i  una  buena  dota- 
ción de  indios  de  trabajo  i  algunas  alhajas  o  piezas  de  pla- 
ta labrada.  La  misión  de  Buena-Esperanza,  elevada  al  ran- 
go de  colejio  en  1652,  tuvo  desde  entonces  como  subsistir 
con  toda  holgura;  pero  a  pesar  de  esto,  siguió  cobrando 
del  real  tesoro  el  sínodo  asignado. 

El  alzamiento  jeneral  de  los  indios  de  1655  obligó  a  los 
jesuítas  de  Buena  Esperanza  a  abandonar  su  residencia, 
como  a  casi  todos  los  estancieros  de  aquellas  provincias. 
Los  indíjenas,  embravecidos  por  la  desesperación  de  verse 
sometidos  al  penoso  trabajo  que  les  imponía  el  sistema  de 
encomiendas,  se  hablan  rebelado  contra  sus  opresores,  co- 
rñetian  p-  r  todas   partes  las  mayores  depredaciones  i,  en  el 


92  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


primer  momento,  obligaron  a  todos  los  españoles  a  buscar 
su  salvación  en  la  fuga  mas  desordenada  i  lastimosa  has- 
ta llegar  a  Concepción.  En  esta  desastrosa  evasión,  los  je- 
suitas fueron  casi  siempre  los  mejor  parados,  porque  su  ca- 
rácter sacerdotal  hacia  que  los  soldados  de  los  fuertes  les 
guardaran  el  mejor  lugar  entre  los  pelotones  de  fujitivos, 
mientras  las  mujeres  i  los  niños  eran  abandonados  sin  pie- 
dad a  la  saña  i  a  la  lujuria  de  los  indios  sublevados. 


VIH 


Aquel  estado  de  desorganización  completa,  agravado  con 
una  espantosa  epidemia  de  viruelas  que  diezmó  a  los  indios 
i  que  hizo  grandes  estragos  entre  los  españoles,  duró  mas 
de  un  año.  El  virrei  del  Perú,  conde  Alba  de  Liste,  atribu- 
yendo con  razón  estos  males  a  la  mala  administración  del 
gobernador  Acuña  i  Cabrera,  a  quien  el  pueblo  de  Concep- 
ción habia  depuesto  del  mando  por  el  mismo  motivo,  con- 
fió el  gobierno  de  Chile  al  almirante  don  Pedro  Porter  Ca- 
sanate.  No  es  este  el  lugar  de  referir  los  esfuerzos  del  nuevo 
gobernador  para  castigar  a  los  indios  reincides  i  para  esta- 
blecer la  tranquilidad.  Los  jesuítas  recobraron  sus  tierras 
i,  si  no  el  todo,  la  mayor  parte  a  lo  menos  de  sus  indios  de 
servicio,  a  muchos  de  los  cuales  habian  trasportado  a  las 
inmediaciones  del  rio  Maule  para  no  perderlos  en  la  revuel- 
ta. Porter  Casanate,  cu^^os  trabajos  habian  sido  embara- 
zados principalmente  por  la  miserable  pobreza  del  erario 
real,  convencido  de  que  las  misiones  jesuíticas  no  producían 
ningún  resultado  ni  para  la  conversión  de  los  indios  ni  pa- 
ra mantenerlos  en  paz;  creyendo  ademas  que  los  jesuítas 
tenían  de  sobra  con  sus  propias  riquezas  para  sostener  sus 
conventos  i  sus  iglesias,  quiso  aliviar  al  tesoro  de  una  de 
sus  mas  pesadas  cargas  para  poder  atender  de  cualquier 
m  odo  a  las  mas  premiosas  necesidades  de  la  administración 
i    por   providencia  de  16  de  febrero  de  1657,  dictada  con- 


I 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  93 

acuerdo  de  los  altos  empleados  de  la  colonia,  suspendió  el 
sínodo  que  se  pagaba  a  las  misiones,  dando  cuenta  al  reí 
de  lo  hecho  para  obtener  la  aprobación  de  su  medida. 

Pero  Porter  Casanate,  que  era  un  hombre  de  un  notable 
saber,  que  se  había  ilustrado  con  importantes  empresas  i 
con  algunas  memorias  i  libros  de  verdadero  mérito,  i  que  a 
sus  conocimientos  teóricos  unia  el  conocimiento  délos  hom- 
hres,  como  lo  habia  probado  sofocando  la  insurrección  de 
los  indios  chilenos,  no  conocía  a  los  jesuítas  cuando  creyó 
que  éstos  se  resignarían  a  no  recibir  el  sínodo  que  les  man- 
daba pagar  el  rei,  aunque  este  sacrificio,  indispensable  en 
aquella  situación,  iba  a  ser  de  grande  utilidad  para  la  cau- 
sa real.  Porter  Casanate  sufrió  un  error  de  que  habría  te- 
nido que  arrepentirse  mas  tarde  si  la  muerte  no  le  hubiera 
sorprendido  antes  que  llegara  a  Chile  la  resolución  del  reí. 

Desde  luego,  los  padres  jesuítas  de  Chile  reclamaron  de 
aquella  resolución,  dándose  por  tan  pobres  que  no  podían 
sostener  las  misiones  sino  con  el  real  ausíÜo;  i  como  Por- 
ter Casanate  no  hiciera  caso  de  esas  representaciones,  los 
padres  se  dirijieron  al  monarca.  BI  p  ¿dre  Jacinto  Pérez, 
procurador  jeneral  de  los  jesuítas  de  América,  hizo  en  la 
corte  premiosas  representaciones.  k.\  principio  no  se  dio  im- 
portancia a  estos  reclamos;  pero  el  procurador  repitió  sus 
apremios  con  tanta  insistencia,  que  el  piadoso  monarca 
don  Felipe  lY  no  vaciló  en  desaprobar  la  conducta  de  uno 
de  sus  mejores  servidores,  i  mandó  por  su  real  cédula  de  9 
de  febrero  de  1663,  no  solo  qu^  se  continuara  pagando  a 
los  jesuítas  el  sínodo  asignado,  sino  que  se  les  cubrieran 
todas  las  cantidades  que  habían  dejado  de  percibir  desde 
1657.  Escusado  parece  decir  que  los  padres  no  se  dieron 
por  satisfechos  hasta  que  no  hubieron  recibido  el  último 
real. 

El  alzamiento  de  1655  habia  concluido  también  con 
otras  misiones  que  tenían  los  jesuítas  en  la  alta  frontera,  i 
«en  algunas  de  ellas  los  padres  tuvieron  que  sufrir  los  efec- 
tos de  la  cruel  saña  de  los  indios  rebelados.  Pero  en  ellas 
no  habia  mas  que  una  iglesia  i  una  modesta  casa  para  ha- 


94  ESTUDIOS    HISTÓÜIGO-BIBLIOGRÁFJCOS 


bitacion  de  los  misioneros,  porque  éstos  no  habian  alcan- 
zado aun  a  formar  haciendas,  molinos,  viñas,  crianza  de 
ganado,  bodegas,  etc.  Después  de  restablecida  la  paz,  esas 
misiones,  que  eran  mui  poco  productivas,  quedaron  aban- 
donadas, i  los  pobladores  de  los  campos  vecinos  privados 
de  la  predicación  evanjélica,  i  sometidos  a  esperar  que  por 
los  meses  de  verano  pasara  por  allí  una  de  esas  misiones 
viajeras  que  solían  visitarlos.  El  celo  fervoroso  de  los  pa- 
dres jesui  tas  preferia  ejercitarse  en  los  alrededores  desús 
conventos  i  de  sus  haciendas,  allí  donde,  al  paso  que  se  aten- 
dían los  intereses  espirituales,  no  se  descuidabcín  ta.npoco 
los  negocios  temporales,  que  cada  dia  se  hacían  mas  pro- 
vechosos i  aumentaban  las  inmensas  riquezas  de   la  orden. 


IX. 


La  historia  del  establecimiento  de  los  jesuítas  en  el  te- 
rritorio que  hoi  forma  la  provincia  de  Talca  es  tan  intere- 
sante como  instructiva,  i  no  debemos  dejar  de  recordarla 
en  estos  apuntes. 

El  año  de  1692,  el  gobernador  de  Chile  don  Tomas  Marin 
de  Poveda,  mandó  fundar  una  po))lacion  en  un  lugar  si- 
tuado un  poco  al  oriente  de  donde  existe  hoi  la  ciudad  de 
Talca.  Como  este  pueblo  no  prosperara,  otro  presidente 
de  Chile,  don  José  de  Manso,  dispuso  la  repoblación  de  la 
ciudad  en  1742.  Estimularon  esta  resolución  gubernativa 
los  relíjiosos  agustinos,  que  poseyendo  allí  un  terreno,  hi- 
cieron cesión  de  una  porción  mui  considerable  de  él  para 
que  se  fundase  el  pueblo  de  San  Agustín  de  Talca.  Los  pa- 
dres jesuítas  inmensamente  mas  ricos  que  los  agustinos,  i 
dueños  entonces  de  las  mas  valiosas  haciendas  del  país,  de 
cantidades  enormes  de  ganados  i  de  muchas  casas  i  esta- 
blecimientos industriales  que  le  producían  una  gran  renta, 
quisieron  también  contribuir  por  su  parte  a  la  fundación 
de  la  nueva  ciudad. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  95 

Pero  los  jesuítas  no  contribuyeron  con  sus  donativos,  o 
mas  bien  dicho,  lejos  de  dar  algo  para  la  fundación,  apro- 
vecharon esta  ocasión  para  pedir  dos  haciendas.  Se  habia 
establecido  en  Santiago  una  junta  denominada  de  pobla- 
ciones, que  tenia  a  su  cargo  el  velar  por  la  fundación  i 
progresos  de  las  nuevas  ciudades.  La  de  Talca  estaba 
representada  por  uno  de  los  oidores'  de  la  real  audiencia^ 
apellidado  Recabárren.  A  él  se  dirijieron  los  padres  ofre- 
ciendo fundar  allí  una  residencia  que  debía  ser  el  asilo  de 
los  enemigos  mas  formidables  del  demonio;  pero  en  cambio, 
exijian  un  solar  dentro  del  pueblo  i  los  campos  de  labranzas 
necesarios  para  el  sostenimiento  de  esa  residencia. 

Con  fecha  de  10  de  junio  de  1748,  la  junta  de  poblacio- 
nes accedió  a  esta  petición;  i  los  jesuitas  tuvieron,  ademas 
deis  Diaren  que  levantaron  su  convento,  dos  hermosas 
propiedades.  Una  de  ellas  llamada  Duao,  o  el  Fuerte,  por 
una  antigua  fí^rtificacion  que  allí  construyeron  los  espa- 
ñoles a  mediados  del  siglo  XVJIpara  intimidar  a  los  indios 
rebelados  del  otro  lado  del  Maule,  estaba  situada  a  orillas 
de  este  rio,  i  media  250  cuadras  de  buen  terreno.  La  otra 
hacienda,  col(3cada  en  la  costa  de  la  misma  provincia,  era 
mucho  mas  considerable,  puesto  que  media  mas  de  cuatro 
leguas  cuadradas.  Esta  hacienda,  cerrada  al  sureste  por  el 
rio  Maule,  llegaba  por  el  norte  hasta  la  aldea  actual  del 
Junquillar,  i  poseia  hermosos  bosques  de  maderas  de  cons- 
trucción. Allí  establecieron  los  padres  una  crianza  de  gana- 
dos, que  llegó  a  contar  muchos  miles  de  vacas,  i  un  astille- 
ro sobre  el  Maule  f^n  que  construian  pequeñas  embarcacio- 
nes que  iban  a  comprarles  los  bodegueros  de  Valparaíso  i 
de  los  otros  puertos. 

Para  que  se  comprenda  mejor  la  importancia  de  esta 
propiedad,  agregaremos  que  la  actual  hacienda  de  Quivol- 
go  no  es  mas  que  la  tercera  parte  de  la  que  con  el  mismo 
nombre  poseyeron  los  jesuitas  en  la  embocadura  del  Maule. 


96  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁGICOS 


X. 


La  ciudad  de  Valparaíso,  tan  importante  por  su  comer- 
cio i  sus  riquezas  desde  la  emancipación  política  de  Chile, 
era  bajo  el  réjimen  colonial  una  miserable  aldea,  formada 
por  algunas  bodegas  i  por  unas  casas  donde  vivían  los  ofi- 
ciales i  soldados  de  su  guarnición  í  los  negociantes  que  se 
ocupaban  en  cargar  i  descargar  las  pocas  naves  que  llega- 
ban a  su  puerto.  Esos  moradores,  casi  todos  de  escíisa  for- 
tuna, habían  deseado  siemjire  que  los  padres  jesuítas  esta- 
blecieran allí  una  casa  de  residencia  para  oír  de  su  boca 
la  palabra  divina  i  gozar  de  los  beneficios  espirituales  que 
esos  sacerdotes  prodigaban  en  todas  las  partes  en  que  se 
establecían;  pero  no  lograron  ver  realizados  sus  deseos  por- 
que, como  dice  el  jesuíta  Olivares,  "nunca  hubo  entre  sus 
moradores  quien  pudiese  dar  para  una  moderada  fundación , 
aunque  sus  vecinos  la  deseaban  para  tener  quien  los  doctrí- 
nase; mas,  no  había  quien  pudiese  ofrecer  cantidad  consi- 
derable para  que  los  padres  se  mantuviesen". 

Es  verdad  que  los  jesuítas  fueron  enormemente  ricos  a 
los  pocos  años  que  se  establecieron  en  Chile,  i  que  sí  ha- 
cían misiones  en  algunos  puntos  donde  no  tenían  propie- 
dades, el  rei  se  las  pagaba  bastante  bien;  pero  creyeron, 
como  queda  dicho,  que  los  vecinos  de  Valparaíso  eran  in- 
dignos de  oír  su  predicación  por  el  solo  hecho  de  ser  po- 
bres i  de  no  tener  cómo  sostener  a  los  misioneros  dándoles 
casas  i  haciendas,  como  les  habían  dado  en  otras  par- 
tes 4). 

El  año  de  1657,  llegaron   por  primera  vez  a  Valparaíso 
dos  jesuítas  a  dar  una  misión,  costeada  por  los  encomende- 


4)«  No  será  demás  advertir  que  los  relijiosos  agustinos,  los 
franciscanos  i  los  mercenarios,  con  muchos  menos  recursos  que 
los  jesuítas,  i  sin  esperar  tener  fundadores  i  benefaetoVes,  funda- 
ron iglesias  i  conventos  en  Valparaíso  antes  que  estos  últimos. 


RIQUEZAS    DE   LOS    ANTIGUOS   JESUÍTAS  97 

ros  o  hacendados  del  valle  de  Quillota.  Aunque  uno  de  esos 
padres  llamado  Nicolás  de  Lillo,  era  '*el  oráculo  con  quien 
se  consultaban  los  casos  mas  dificultosos",  i  aunque  de  or- 
dinario estos  consultores  habían  proporcionado  a  la  Com- 
pañía los  fundadores  i  benefactores  que  le  habian  produci- 
do donaciones  de  haciendas  i  de  casas,  los  padres  no  consi- 
guieron por  entonces  nada  en  la  pobre  ciudad  de  Valparaí- 
so. No  hubo  entre  sus  habitantes  uno  bastante  rico  o 
bastante  piadoso  para  ser  fundador  de  una  casíi  de  resi- 
dencia de  los  jesuitas;  i  aquellos  quedaron  condenados  a  no 
contar  con  estos  vigorosos  enemigos  del  demonio  sino  cuan- 
do la  misión  fundada  con  el  dinero  de  los  hacendados  de 
Quillota  podia  llegar  hasta  el  vecino  puerto. 


XI. 


Pocos  años  mas  tarde  llegó  a  Chile  como  visitador  de 
la  Compañía,  comisionado  desde  Roma,  el  padre  Manuel 
Sancho  Granado^  que  pronto  fué  nombrado  provincial  de 
todos  los  jesuitas  de  este  pais.  Este  comprendió  desde  lue- 
go las  ventajas  que  podian  resultar  de  la  fundación  de  una 
casa  o  convento  en  Yalparaiso,  cuya  población  se  habia 
incrementado  desde  principios  del  siglo  XVIII.  Para  con- 
seguir este  objeto,  despachó  en  1724  a  los  padres  Antonio 
María  Faneli  i  Antonio  Salva  para  que  diesen  una  misión 
en  esa  ciudad,  i  para  que  "juntamente  reconociesen  si  ha- 
bia forma  de  hacer  allí  una  casa  de  residenciade  la  Compa- 
ñía de  Jesús",  o  lo  que  es  lo  mismo,  si  habia  quienes  quisie- 
ran obtener  los  títulos  de  fundadores  i  benefactores,  entre- 
gando sus  caudales  a  los  padres. 

La  previsión  del  padre  provincial  no  salió  burlada.  Sus 
dos  emisarios  se  hospedaron  en  la  casa  del  cura,  que  lo  era 
entonces  don  Francisco  Aldunate,  que  los  trató  con  la 
mayor  benevolencia  i  jenerosidad,  en  los  cuatro  meses  que 
vivieron  i  comieron  con  él.  Pero  luego  los  padres  tuvieron 

TOMO  X  7 


98  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

casa  propia,  porque  compraron  una  bajo  las  mejores  con- 
diciones del  mundo:  toda  ella  a  censo,  a  favor  del  mismo 
cura  de  Valparaíso,  que  tenia  por  ello  la  obligación  de  can- 
tar todos  los  sábados  una  misa  a  la  vírjen.  El  bondadoso 
cura  Aldunate  hizo  cesión  del  censo  a  los  jesuitas,  i  sin  em- 
bargo, siguió  cantando  su  misa  todos  los  sábados.  Los 
padres,  que  eran  mui  hábiles  compradores,  hicieron  pocas 
veces  una  compra  tan  ventajosa  como  ésta. 

Los  jesuitas  comenzaron  pronto  a  construir  su  conven- 
to. No  hubo  ningún  vecino  que  contribuyera  a  este  trabajo 
con  una  gruesa  suma  para  merecer  el  título  de  fundador; 
pero  sí  hubo  muchas  personas,  entre  las  que  se  distinguie- 
ron dos  vecinos,  don  Miguel  de  los  Rios  i  su  sobrino  don 
Miguel  Gómez  de  los  Rios,  que  hicieron  limosnas  con  que 
los  padres  pudieron  terminar  la  obra  de  su  casa  i  comprar 
ademas  unas  bodegas,  parte  a  censo  i  parte  al  contado, 
cuyo  alquiler  daba  para  su  sostenimiento. 

El  terrible  terremoto  de  8  de  julio  de  1730  destruyó  esas 
bodegas,  i  los  padres,  que  aun  conservaban  algunos  fon- 
dos recojidos  de  limosnas,  pero  que  no  bastaban  para  su 
reconstrucción,  estuvieron  a  punto  de  abandonar  la  resi- 
dencia de  Valparaíso.  Dios,  sin  embargo,  quería  otra  cosa; 
i,  como  dice  un  cronista  de  la  Compañía,  dispuso  que  el 
padre  Pedro  de  Ayala,  superior  de  esa  casa  en  1733,  encon- 
trara corazones  piadosos  que  hicieran  nuevos  donativos 
con  los  cuales  pudo  comprar  la  hacienda  de  Limache  en 
solo  5,500  pesos,  incluyendo  en  esta  suma  un  censo  de 
1,800  pesos  que  los  padres  redimieron. 

El  favor  de  Dios  fué  mas  considerable  todavía,  puesto 
que  los  padres  pudieron  poblar  su  hacienda  con  730  cabe- 
zas de  ganado  vacuno,  1,500  ovejas,  300  cabras  i  la  con- 
veniente dotación  de  caballos. 

Debe  hacerse  notar  aquí  que  este  resultado  se  consiguió 
mediante  muchos  donativos,  pero  todos  ellos  pequeños. 
Los  mas  considerables  fueron,  aparte  del  que  hizo  el  cura 
Aldunate,  de  que  ya  dimos  cuenta,  uno  de  2,000  pesos 
de  don  Juan  Antonio  Longa,   que  los  ;jesuitas  cobraron  a 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  99 

SUS  herederos  después  de  un  pleito;  otro  por  igual  suroa 
de  don  Miguel  de  los  Rios,  sin  contar  con  otras  limosnas 
que  dieron  él  i  su  sobrino;  uno  de  1,000  pesos  de  doña  Es- 
peranza Urbina,  i  otro  menor  de  don  Nicolás  Barrio- 
nuevo. 

Andando  el  tiempo,  los  jesuitas  hallaron  en  Valparaiso 
muchos  otros  benefactores,  i  recibieron  por  este  medio  al- 
gunas valiosas  propiedades  en  aquellos  alrededores;  pero 
nos  faltan  los  documentos  para  designar  con  precisión  la 
manera  i  forma  como  hicieron  esas  adquisiciones. 


XII. 


Los  padres  jesuitas  tuvieron  también  su  casa  de  resi- 
dencia en  el  vecino  valle  de  Quillota,  en  que  poseyeron  va- 
liosas propiedades.  Desde  principios  del  siglo  XVII,  cuan- 
do todavía  no  habia  en  él  pueblo  alguno,  los  vecinos  en- 
comenderos de  este  valle,  que  eran  cristianos  fervorosos, 
solicitaron  el  establecimiento  de  una  casa  de  jesuitas,  por- 
que, como  dice  un  cronista,  "habian  reconocido  los  frutos 
que  en  sus  trabajos  recojian  los  padres  de  la  Compañía  de 
Jesús".  Para  conseguir  este  fin,  los  vecinos  i  encomende- 
ros del  valle  se  ofrecieron  a  juntar  la  cantidad  suficiente 
para  la  mantención  de  los  jesuitas.  El  padre  Juan  Romero, 
rector  del  colejio  máximo  de  Santiago,  no  pudo  desaten- 
der esta  súplica,  i  en  1628  envió  dos  padres  suficiente- 
mente autorizados  para  arreglar  este  asunto.  Los  vecinos 
habian  reunido  la  cantidad  de  3,000  pesos,  que  entregaron 
a  los  jesuitas. 

Los  dos  padres  compraron  con  esta  suma  una  finca  con 
viña  i  molino,  i  acomodaron  allí  su  primera  residencia. 
Pero  esa  propiedad  era  poco  productiva;  de  manera  que 
sus  entradas  no  bastaban  para  sostener  la  casa  recien  fun- 
dada. Los  jesuitas  hicieron  presente  esto  mismo  a  los  ve- 
cinos encomenderos,  esperando  que  éstos  recojieran  otras 


100  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

cantidades  para  llenar  el  déficit.  Los  encomenderos,  por  su 
parte,  creían  haber  hecho  todo  lo  que  podia  exijírseles  con 
la  entrega  de  los  3,000  pesos;  i,  como  sabian  que  los  jesuí- 
tas de  Santiago  recibían  cada  día  nuevas  donaciones  i 
nuevas  herencias,  esperaron  que  ellos  contribuyeran  por 
su  parte  para  la  fundación  de  un  convento  en  Quillota. 
Sus  esperanzas  no  se  realizaron.  Cuando  los  padres  vieron 
que  no  había  en  aquel  valle  quién  se  dejara  mover  por 
Dios  para  pedir  el  título  de  fundador,  o  siquiera  de  bene- 
factor, abandonaron  su  residencia  i  se  volvieron  a  Santia- 
go, dejando  a  los  piadosos  habitantes  de  ese  lugar  en  la 
mayor  desolación. 

Hemos  dicho  que  los  jesuítas  abandonaron  su  casa  de 
residencia;  pero  esto  no  es  precisamente  exacto.  Arrenda- 
ron la  finca  que  habían  comprado  con  el  dinero  de  los  ve- 
cinos de  Quillota;  i,  como  encontraran  algunas  dificulta- 
des en  el  cobro  de  los  arriendos,  volvieron  a  venderla  en 
los  mismos  3,000  pesos  en  que  la  habían  comprado.  El 
dinero,  sin  embargo,  no  volvió  al  poder  de  los  vecinos  que 
lo  habían  entregado,  sino  que  lo  guardó  el  colejio  máximo 
de  Santiago. 

Descae  entonces,  los  habitantes  del  valle  de  Quillota,  aun- 
que privados  de  sus  3,0C0  pesos,  solo  oyeron  la  palabra 
divina  que  predicaban  los  jesuítas,  cuando  éstos  iban  a  dar 
alguna  misión. 


XIII. 


En  este  estado  quedaron  las  cosas  hasta  principios  del 
siglo  XYII,  época  en  que  Dios,  como  dicen  los  cronistas  de 
la  Compañía,  movió  el  ánimo  de  un  clérigo  de  Santiago  lla- 
mado don  Gonzalo  Covarrúbias,  el  cual  dio  a  los  padres, 
para  que  fundasen  un  convento  en  Quillota,  una  chacra  que 
tenia  en  este  valle.  Constaba  esta  posesión  de  una  viña  de 
6,000  plantas,  bodegas,  casas  i  aperos  de  labranza  i  cator- 
ce cuadras  de  tierras.  Aunque  el  clérigo  Covarrúbias  se  in- 


RIQUEZAS  DB  LOS  ANTIGUOS   JESUÍTAS  101 

corporó  pocos  años  mas  tarde  a  la  Compañía,  los  jesuítas 
no  se  apresuraron  a  fundar  el  convento,  esperando  que  cier- 
to caballero,  cuyo  nombre  no  se  menciona,  pagase  a  la 
Compañía  una  valiosa  manda  que  habia  hecho,  i  cuyo  va- 
lor no  se  podía  recojer.  Los  padres  alegaban  que  tenían  ne- 
cesidad de  este  dinero  para  dar  principio  a  su  trabajo;  pero 
parece  que  el  tal  caballero  no  pagó  nunca  la  manda  ofre- 
cida. Al  fin,  en  1713,  siendo  provincial  de  la  Compañía  el 
padre  Antonio  Covarrúbias,  hermano  del  clérigo  que  hizo 
la  donación,  se  dispuso  que  fueran  a  Quillota  el  padre  Pe- 
dro de  Ovalle  i  otro  jesuíta  mas,  para  dar  principio  a  la 
fundación. 

Dios  dio  a  entender,  dicen  los  cronistas  de  la  Compañía, 
que  se  complacía  de  esta  obra,  porque  luego  movió  el  áni- 
mo de  otro  caballero  llamado  don  Pedro  León  para  que  hi- 
ciese donación  de  otra  chacra  con  una  gran  viña  i  algunos 
esclavos,  i  que  tenia  sobre  la  del  clérigo  Covarrúbias  la  ven- 
taja de  estar  mucho  mejor  situada. 

Allí  se  establecieron  provisoriamente  los  padres  jesuítas, 
a  pesar  de  las  dificultades  que  oponía  la  real  audiencia  de 
Santiago,  o  a  lo  menos,  la  mitad  de  sus  miembros,  justa- 
mente alarmada  del  desarrollo  desmedido  que  tomaban  las 
riquezas  i  propiedades  de  la  Compañía  de  Jesús  en  Chile. 

Gobernaba  entonces  este  país  don  Juan  Andrés  de  Ustá- 
riz,  gran  negociante  que  comprendía  el  gobierno  como  un 
puro  negocio;  i,  juzgando  sin  duda  que  no  era  posible  cor- 
tar el  vuelo  a  los  negocios  de  los  jesuítas,  resolvió  la  cues- 
tión en  su  favor,  i  decidió  en  nombre  del  reí  que  éstos  fun- 
dasen casa  e  iglesia,  hasta  que  el  consejo  de  Indias  resol- 
viera sobre  la  fundación  de  un  colejio. 

Poco  tiempo  después,  en  1716,  gobernando  este  país  el 
presidente  interino  don  José  de  Santiago  Concha,  fué  fun- 
dada la  actual  ciudad  de  Quillota  con  el  nombre  de  San 
Martin  de  la  Concha.  Los  padres  jesuítas  pidieron  un  solar 
dentro  del  pueblo  para  fundar  su  convento,  i  se  les  dio  una 
cuadra  de  tierra  en  la  misma  plaza,  donde  se  establecieron 
definitivamente. 


102  ESTUDIOS    HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Nuevas  donaciones  de  los  vecinos  pusieron  a  los  jesuítas 
en  estado  de  aumentar  considerablemente  sus  propiedades 
en  aquel  distrito.  El  padre  Ovalle  compró  la  valiovSa  hacien- 
da de  Ocoa  i  algunos  esclavos  para  dar  incremento  a  las 
industrias  que  allí  se  esplotaban,  la  principal  de  las  cuales 
era  la  venta  de  cocos  i  la  fabricación  de  la  miel  de  palma. 
No  hemos  hallado  constancia  de  la  manera  cómo  se  efectuó 
esta  compra;  pero  creemos  que  debió  ser  mui  ventajosa 
para  la  Compañía,  puesto  que  el  cronista  Olivares  la  cali- 
fica de  buena  ocasión. 

Formada  de  esta  manera  la  residencia  de  Quillota,  fué 
constituida  en  colejio  en  1726;  i  a  la  sombra  de  este  esta- 
blecimiento, la  Compañía  pudo  adquirir  nuevas  propieda- 
des en  aquel  rico  valle,  o  ensanchar  considerablemente  las 
que  va  poseia. 


XIV. 


Como  hemos  dicho  al  comenzar  estos  apuntes,  el  primer 
pueblo  de  Chile  que  pisaron  los  jesuitas  fué  el  de  La  Serena. 
Allí  hicieron  su  primer  milagro  ahuyentando  a  los  demo- 
nios de  una  casa  de  que  éstos  se  habían  apoderado,  i  ope- 
rando ademas  por  medio  de  la  predicación  i  de  las  confesio- 
nes tantos  otros  prodijios  que,  como  dice  el  cronista  de  la 
Compañía,  nunca  se  pudo  apagar  en  el  corazón  de  los  ha- 
bitantes de  aquel  pueblo  el  deseo  de  tener  jesuitas  en  su  tie- 
rra para  que  los  consolasen.  Los  padres  no  distaban  de 
acceder  a  estos  fervientes  votos  de  aquellos  piadosos  colo- 
nos; pero  la  ciudad  de  La  Serena  era  por  entonces  tan  su- 
mamente pobre  que  no  se  halló  entre  sus  vecinos  un  funda- 
dor que  diese  el  dinero  necesario  para  que  se  estableciese  un 
convento  o  casa  de  residencia  de  los  jesuitas. 

Los  vecinos  de  La  Serena,  sin  embargo,  no  cesaban  de  pe- 
dir a  los  padres  que  enviasen  a  lo  menos  algunos  misione- 
ros, si  no  era  posible  establecer  allí  una  residencia  estable. 
Accediendo  a  estos  deseos,  el  padre  provincial  de  la  Compa- 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  103 

nía,  Gaspar  Sobrino,  taandó  a  aquella  ciudad  por  los  años 
de  1629  a  dos  jesuitas,  uno  de  los  cuales  era  el  rector  del 
colejio  de  Santiago,  el  padre  Vicente  Modolell,  que  algunos 
años  antes  habia  fundado  la  residencia  de  BuenaEsperan- 
za  en  el  sur  de  Chile.  Llevaban  el  encargo  de  dar  una  misión 
en  el  valle  de  Coquimbo  i  de  observar  el  terreno  para  ver 
si  era  posible  fundar  una  casa  de  residencia. 

Prodijiosos  fueron  los  resultados  de  esta  misión.  El  pa- 
dre Sobrino,  que  los  ha  consignado  en  la  carta  anual  de 
1630,  o  relación  de  los  progresos  de  la  Compañía,  dirijida 
a  sus  superiores  de  Roma,  ha  referido  allí  los  milagros  ope- 
rados por  los  misioneros.  Copiamos,  como  ejemplo,  uno 
solo  de  ellos. 

"Llamaron,  dice  el  padre  Sobrino,  a  un  padre  para  que 
confesase  a  una  española  que,  puesta  en  artículo  de  muerte 
por  un  hijo  que  tenia  en  el  vientre  ya  muerto  de  tres  dias, 
pedia  misericordia.  En  tan  gran  peligro  llegó  el  padre,  i  ha- 
biéndola confesado,  sacó  una  reliquia  de  nuestro  padre  San 
Ignacio,  que  tenia  en  su  relicario,  i  al  punto  que  la  enferma 
se  puso  al  cuello  la  reliquia,  desembarazó  de  la  criatura 
muerta  i  quedó  sin  lesión  alguna.  Otro  tanto  le  sucedió  al 
mismo  padre  con  una  india  que  pedia  la  reliquia  del  santo; 
mas  (sin  duda  por  no  ser  persona  de  calidad)  enviósele  una 
imájen  del  mismo  santo,  i  con  ella  consiguió  otro  tal  bene 
íicio  i  merced." 

El  padre  jesuita  Alonso  de  Ovalle,  que  ha  referido  en  su 
voluminosa  historia  este  e  infinitos  otros  milagros,  conclu- 
ye los  de  la  misión  de  la  Serena  con  estas  palabras:  *'Si  yo 
quisiera  añadir  aquí  las  maravillas  que  ha  obrado  i  obra 
cada  dia  nuestro  señor  por  la  intercesión  de  nuestro  padre 
San  Ignacio  en  toda  aquella  tierra,  particularmente  en  pe- 
ligros de  partos,  no  bastaria  todo  este  libro.  En  hallándose 
alguna  señora  en  cualquier  peligro  de  éstos,  se  acoje  al  co- 
mún refujio  de  las  que  lo  padecen,  i  suele  acontecer  que  al 
entrar  la  santa  reliquia  por  la  puerta,  echa  la  criatura  o 
las  pares,  i  sale  del  peligro  en  que  estaba"  5). 

5)  P.  Ovalle,  Histórica  relación  del  reino  de  Chile,  páj.  366 


104  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

El  padre  Sobrino  dice  también  en  la  referida  carta  que  el 
cabildo  i  los  vecinos  de  La  Serena  pidieron  empeñosamente 
a  los  jesuitas  que  fundaran  allí  una  casa  o  convento,  ofre- 
ciendo, al  efecto,  una  casa,  una  estancia  i  6,000  pesos  en 
plata;  pero  no  encuentro  esta  noticia  confirmada  en  otras 
fuentes,  i  consta  ademas  que  los  padres  se  volvieron  sin  ha- 
ber hecho  nada  para  la  fundación,  i  dejando  a  esos  habi- 
tantes sumidos  en  el  mayor  dolor,  recordando  sin  duda  que 
su  pobreza  era  la  verdadera  causa  de  que  los  jesuitas  no  se 
establecieran  de  fijo  para  consolarlos  en  sus  tribulaciones. 


XV 


A  pesar  de  este  contratiempo,  los  vecinos  de  La  Serena 
renovaron  sus  instancias  para  que  se  les  mandaran  nuevos 
misioneros.  El  padre  viceprovincial  Juan  de  Albis,  acce- 
dió a  estos  deseos;  i  en  1633  hizo  salir  otra  misión  com- 
puesta de  dos  padres,  uno  de  los  cuales  llamado  Juan  Ri- 
veros,  habia  estado  en  aquella  ciudad  con  el  padre  Modolell 
i  tenia  mui  buenas  relaciones.  Llevaban  éstos  el  encargo 
de  * 'tantear  cómo  se  podria  disponer  la  fundación  que  tan- 
to deseaban  aquellos  vecinos".  Los  misioneros  se  hospe- 
daron en  la  casa  del  cura  de  La  Serena  don  Rodrigo  de  No- 
via i  Araya,  i  dieron  principio  a  la  predicación,  operando 
los  milagros  i  beneficios  de  costumbre.  Al  mismo  tiempo 
se  hacian  algunos  arreglos  i  juntas  de  cabildo  para  tratar 
de  retener  a  los  padres  en  la  ciudad. 

Faltaban  uno  o  varios  capitalistas  que  pudieran  hacer 
una  fundación;  pero  todos  los  vecinos  se  comprometieron 
por  escritura  a  dar  un  tanto  cada  uno,  según  su  forma, 
para  el  sustento  de  los  padres,  ofreciendo  unos  pagar  en 
tierra  i  otros  en  dinero.  Los  padres  no  pudieron  negarse  a 
tanta  exijencia:  recojieron  el  dinero  que  se  les  ofrecia  i  com- 
praron un  solar  en  que  edificaron  una  casa  i  una  iglesia 
provisorias. 


RIQUEZAS     DE   LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  105 

Los  relijiosos  agustinos,  cuyo  templo  quedó  calle  de  por 
medio  con  el  de  los  jesuítas,  no  perdonaron  esfuerzos  para 
servirlos  i  para  obtener  de  los  vecinos  ausilios  i  erogaciones 
en  favor  de  la  Compañía. 

El  año  de  1654  se  hizo  sentir  en  todo  Chile  una  horrible 
epidemia  de  viruelas,  que  repitió  sus  estragos  el  año  si- 
guiente. La  ciudad  de  La  Serena  sufrió  las  terribles  conse 
cuencias  de  este  azote:  la  jente  pobre,  i  en  particular  los 
indios  i  los  negros,  morian  por  centenares  en  la  ciudad  i  en 
los  campos.  Los  jesuitas,  al  decir  de  los  cronistas  de  la 
Compañía,  desplegaron  en  esta  ocasión  un  gran  celo  para 
prestar  a  los  apestados  los  socorros  espirituales  i  los  cor- 
porales. Confesaban  a  los  enfermos,  los  consolaban  en  sus 
tribulaciones  i  les  repartían  algún  alimento;  pero,  como 
esta  jenerosidad  podría  hacer  creer  que  los  padres  habian 
olvidado  sus  principios  de  economía,  los  cronistas  de  la 
orden  se  apresuran  a  decir  que  para  ello  exijieron  de  los  ri- 
cos o  personas  acomodadas,  erogaciones  en  dinero,  que 
reducidas  a  pan  i  a  otros  alimentos,  eran  distribuidas  por 
ios  padres.  Uno  de  los  cronistas  agrega  que  esta  obra  de 
caridad  produjo  una  grande  edificación  en  toda  La  Serena. 

En  efecto,  los  piadosos  vecinos  de  esta  ciudad  estaban 
mui  contentos  de  tener  en  su  recinto  algunos  padres  jesui- 
tas: "mas,  fuéles  a  éstos  necesario,  dice  el  padre  Olivares, 
retirarse  a  la  ciudad  de  Santiago,  porque  con  la  peste  se 
menoscabaron  mucho  los  caudales;  la  falta  de  jente  de 
servicio,  que  se  llevó  el  contajio,  arruinó  muchas  hacien- 
das; i  no  se  pudo  proseguir  la  fundación  de  la  residencia, 
por  cuya  causa  los  superiores  suspendieron  el  intento  de 
fundar  hasta  mejor  ocasión". 

Los  empobrecidos  vecinos  de  La  Serena,  después  de  sufrir 
tantos  otros  males,  pasaron  por  el  dolor  de  ver  que  los  pa- 
dres los  abandonaban  por  estar  ellos  en  la  miseria,  i  que  se 
volvían  a  Santiago  i  a  otros  puntos  donde  había  personas 
mas  acaudaladas  que  podian  convertirse  en  fundadores  i 
benefactores  de  la  Compañía. 


106  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


XYI 


Así  se  acabaron  por  entonces  las  misiones  jesuíticas  en 
el  distrito  de  Coquimbo;  pero  Dios,  que  con  su  divina  pro- 
videncia iba  disponiendo  la  fundación  de  su  colejio,  inspiro 
a  un  rico  caballero  llamado  don  Antonio  Recalde  Arran- 
dolaza,  para  que  se  ofreciese  a  ser  su  fundador.  Era  Re- 
calde chileno  de  nacimiento;  pero  habia  desempeñado  en 
Lima  el  cargo  de  contador  mayor  del  juzgado  de  bienes 
de  difuntos.  Habiendo  sufrido  grandes  desengaños  en  aque- 
lla ciudad,  renunció  ese  destino  i  se  estableció  en  San- 
tiago. 

Según  el  jesuita  Olivares,  Recalde  tenia  frecuente  trato 
con  Dios,  a  quien  preguntó  en  una  de  sus  conferencias, 
en  qué  obra  pia  podría  emplear  sus  cuantiosos  bienes.  Dios 
le  aconsejó  entonces  que  fundase  con  ellos  un  colejio  o  con- 
vento de  jesuitas  en  la  ciudad  de  La  Serena.  ''Comunica- 
do esto  con  los  padres,  agrega  Olivares,  todos  aprobaron 
sus  buenos  deseos  i  aplaudieron  su  determinación  como  ve- 
nida del  cielo". 

No  tenemos  constancia  de  la  suma  a  que  montó  la  dona- 
ción de  Recalde;  pero  en  otra  parte  de  la  obra  del  padre 
Olivares  hallamos  estas  palabras:  "ningún  colejio  de  la  Com- 
pañía de  Jesús  de  Chile  ni  de  otra  parte,  tuvo  tanto  de 
principal  para  su  creación";  lo  que  hace  creer  que  a  lo  me- 
nos esta  donación  fuese  de  50,000  pesos.  Los  padres,  sin 
embargo,  parecian  manifestar  que  aquella  suma  no  bas- 
taba para  la  fundación,  i  por  eso,  en  vez  de  comenzar  lue- 
go la  obra,  enviaron  a  dos  misioneros,  uno  de  los  cuales 
fué  el  padre  Zúñiga,  el  hijo  del  marques  de  Baides,  de  que 
ya  hemos  hablado  en  estos  apuntes.  Dieron  éstos  la  mi- 
sión, i  en  seguida  pidieron  al  vecindario  una  limosna  pa- 
ra la  obra  que  proyectaban.  El  resultado  de  este  espedien- 
te fué  tan  feHz  que  en  un  solo  dia  se  juntaron  4,000  pe- 
sos de  donativos. 


RIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JESUÍTAS  107 

Probablemente,  los  padres  no  se  dieron  por  satisfechos 
con  este  producto  de  la  colecta,  porque  luego  se  volvieron 
a  Santiago,  dejando  a  los  vecinos  de  La  Serena  sumidos  en 
el  dolor,  lamentando  la  miseria  de  su  suerte  que  no  les 
permitia,  aun  después  de  haber  hecho  todos  los  sacrificios 
posibles,  contar  con  un  convento  de  jesuitas. 

Así  quedaron  las  cosas  durante  algún  tiempo.  En  di- 
ciembre de  1672,  convencidos  sin  duda  los  padres  de  que 
no  se  podia  sacar  mas  dinero  de  la  ciudad  de  La  Serena, 
enviaron  de  Santiago  a  tres  misioneros  con  encargo  de 
fundar  residencia.  Estos  predicaron  con  gran  fervor  hasta 
fines  de  la  cuaresma  inmediata  en  la  ciudad  i  en  los  campos 
vecinos;  después  de  lo  cual  una  señora  viuda,  cuyo  nom- 
bre no  mencionan  las  crónicas,  hizo  donación  a  los  misio- 
neros de  un  espacioso  i  cómodo  solar. 

Allí  habrian  fundado  su  convento  los  padres  misioneros, 
a  pesar  de  la  oposición  de  otra  orden  de  relijiosos;  pero 
ocurrió  entonces  uno  de  esos  milagros  tan  frecuentes  en  la 
historia  de  los  jesuitas,  que  modificó  su  determinación. 

Vamos  a  referirlo  con  las  propias  palabras  con  que  se 
halla  contado  en  las  crónicas  de  la  Compañía. 

'^Vivian  dos  señoras  hermanas  en  un  sitio,  i  por  acercar- 
se mas  a  la  plaza,  lo  habian  desamparado  pensando  ven- 
derlo. Una  noche,  en  lo  mas  profundo  del  sueño,  vio  una  de 
ellas  que  los  padres  de  la  Compañía  iban  a  fundar  allí,  que 
los  criados  conducian  sus  trastos  a  aquel  paraje,  i  que  pre- 
guntados por  qué  los  llevaban,  respondían  que  eran  de  los 
padres  de  la  Compañía,  que  se  iban  a  vivir  a  aquel  sitio. 
Despertó  la  señora  despavorida  i  no  viendo  nada  de  lo  que 
habia  visto  en  sueño,  contó  a  su  hermana  lo  que  habia  so- 
ñado, i  riéndose  ambas  como  de  cosa  disparatada,  siendo 
aviso  de  nuestro  Señor,  quien  disponia  que  hiciesen  allí  su 
casa  los  padres.  A  la  mañana  siguiente,  cuando  salieron  a 
la  puerta  de  su  casa,  vieron  a  los  padres  en  lo  alto  de  un 
cerrito  que  está  allí  junto,  donde  hai  una  ermita  de  Santa 
Lucía,  que  habiéndoseles  ofrecido  aquella  noche  como  un 
sitio  a   propósito  i  de  muchas  conveniencias,    estaban  mi- 


108  ESTUDIOS    HISTÓRrCO-BIBLIOGRÁFíCOS 

rándolo  todo  con  cuidado  i  discurriendo  acerca  de  la  fábri- 
ca. Luego  que  la  señora  los  vio  en  el  cerro,  quedó  asustada 
acordándose  del  sueño,  i  llamando  a  su  hermana,  le  dijo: 
— '*¿Ves  allí  a  los  padres  que  sin  duda  estarán  discurriendo 
en  lo  mismo  que  yo  soñé?"  I  resolvióse  a  que  no  liabia  de 
vender  el  sitio,  tanto  que  se  negó  a  los  padres  i  a  las  per- 
sonas que  le  fueron  a  tratar  del  intento.  Mas,  como  era 
elección  de  Dios,  él  mismo  la  movió  para  que  fuese  a  ver  a 
los  padres  i  les  dijese  que  no  podia  resistir  a  los  impulsos 
divinos  que  la  movian  i  le  decia  que  les  diese  aquel 
sitio". 

Los  padres  no  podian  negarse  a  aceptar  esta  donación, 
porque,  aunque  aquella  mujer  era  mui  pobre.  Dios  le  man- 
daba claramente  a  ellos  tomar  posesión  de  aquel  solar.  En 
cambio  de  éste,  los  jesuitas  dieron  durante  su  vida  a  esa 
piadosa  mujer  uno  de  los  muchos  sitios  que  les  habla  do- 
nado en  Valparaiso  el  jeneroso  i  acaudalado  contador  Re 
calde. 

Obtenido  este  sitio  de  una  manera  tan  milagrosa,  los  je- 
suitas comenzaron  la  construcción  de  su  convento  el  18  de 
abril  de  1673,  en  medio  de  una  gran  fiesta  a  que  concu- 
rrieron el  cabildo,  los  clérigos  que  habia  en  aquella  ciudad 
i  todos  los  padres  de  las  comunidades  relijiosas.  La  obra 
quedó  concluida  tres  años  después. 

Aquel  convento  contenia  una  estensa  huerta  con  olivos 
i  árboles  frutales,  poseia  una  buena  iglesia  cuya  puerta 
daba  a  la  calle  principal  que  va  a  la  plaza,  tenia  una  her- 
mosa plazuela,  en  donde  los  caballeros  de  la  ciudad  hacian 
en  ciertas  fiestas  sus  juegos  de  cañas,  i  estaba  colocada  en 
tan  ventajosa  situación  que  desde  él  se  descubria  toda  la 
bahía  i  los  buques  que  llegaban  a  ella.  Este  convento  i  esta 
iglesia  sufrieron  mucho  en  el  ataque  dado  a  la  ciudad  en 
diciembre  de  1680  por  las  fuerzas  inglesas  que  mandaba  el 
capitán  Bartolomé  Sharp,  cuyo  recuerdo  conserva  hasta 
ahora  la  tradición  popular;  porque,  como  ajentes  del  de- 
monio, según  decian  los  padres,  los  ingleses  quisieron  sa- 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS   JESUÍTAS 


109 


quear,  incendiar  i  destruir  las  residencias  del  mas  formida- 
ble enemigo  que  éste  tenia  en  La  Serena 

Una  vez  evacuada  la  ciudad,  los  jesuítas  pudieron  repa« 
rar  su  casa  i  remediar  las  pérdidas,  no  solo  con  las  limos- 
nas i  donativos  que  recojieron,  sino  con  el  producto  de  las 
propiedades  que  poseian  en  aquel  distrito. 

En  efecto,  con  el  dinero  donado  por  Recalde,  los  jesuitas 
compraron  una  chacra  de  tierras  mui  fértiles  i  con  un  olivar 
en  las  inmediaciones  de  la  ciudad;  una  hacienda,  con  mui 
buenos  pastos  para  crianza,  a  ocho  leguas  hacia  el  norte;  i 
otra  hacienda  mejor  que  la  anterior  en  el  valle  de  Elqui. 
Los  productos  de  estas  tres  propiedades  bastaban  para  el 
sostenimiento  del  colejio  de  La  Serena,  i  aun  dejaban  cada 
año  un  sobrante  considerable  que  pasaba  a  incrementar  el 
tesoro  colosal  de  los  jesuitas. 


XYIL 


El  territorio  de  Cuyo,  que  forma  ahora  tres  provincias 
de  la  República  Arjentina,  las  de  Mendoza,  San  Juan  i  San 
Luis,  estuvo  bajo  la  dominación  española  largos  años  de- 
pendiente del  gobierno  de  Chile.  La  provincia  de  la  Com- 
pañía de  Jesús  en  este  pais,  comprendió  también  aquel 
territorio,  de  manera  que  las  misipnes  i  casas  de  jesuitas 
establecidas  allí,  dependían  del  provincial  establecido  en 
Santiago  de  Chile.  Esto  nos  induce  a  consignar  aquí  algu- 
nas noticias  acerca  de  las  riquezas  que  allí  poseyeron  los 
padres  jesuitas. 

A  los  mui  pocos  años  de  haber  llegado  a  Chile,  los  pa- 
dres pensaron  en  establecerse  en  Mendoza,  con  el  propósi- 
to sin  duda  de  acercarse  a  la  ciudad  de  Córdoba  de  Tucu- 
man,  que  era  entonces  el  centro  o  capital  de  todos  los 
jesuitas  de  esta  parte  de  América. 

El  padre  provincial  Diego  de  Torres,  en  un  viaje  que 
hizo  al  través  de  la  pampa  para  venir  a  Chile,  observó  en 


lio  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Mendoza  las  ventajas  espirituales  i  temporales  que  resul- 
tarían a  la  Compañía  del  establecimiento  de  una  casa  de 
residencia,  i  mandó  que  desde  Córdoba  salieran  dos  padres, 
Juan  Pastor  i  Alejandro  Paya,  i  desde  Chile  hizo  salir  un 
hermano  coadjutor,  llamado  Pabian  Martínez,  para  que 
dirijiesen  la  construcción  de  la  casa  i  de  la  iglesia. 

Los  padres  se  encontraron  reunidos  en  Mendoza  a  fines 
de  1618  i  dieron  principio  al  trabajo  contando  para  ello 
con  una  valiosa  donación.  El  capitán  Lope  de  la  Peña, 
hombre  celoso  por  la  gloria  de  Dios,  como  lo  llaman  los 
jesuitas,  ofreció  jenerosamente  una  casa  con  una  viña  i 
ademas  una  chacra,  que  los  padres  recibieron  a  título  de 
fundación.  Luego  llegaron  otros  jesuitas  a  aquella  casa,  i 
comenzaron  las  predicaciones,  la  conversión  de  fieles,  la 
corrección  de  los  pecadores  i  los  milagros  repetidos  i  por- 
tentosos que  por  todas  partes  señalaban  el  tránsito  de  los 
padres  en  el  nuevo  mundo. 

Estos  prodijios  fueron  causa  de  que  no  faltasen  nunca  los 
ausilios  temporales.  El  capitán  José  de  Morales,  oyendo  el 
fruto  que  se  sacaba  de  aquellas  misiones  i  dispuesto  a  gas- 
tar por  los  jesuitas  hasta  el  último  real  de  su  fortuna,  los 
socorrió  por  espacio  de  30  años  de  cuanto  fué  necesario 
para  su  subsistencia.  Pero  todavía  lo  excedió  en  esto,  otro 
capitán  llamado  don  José  de  Villegas,  que  cedió  a  los 
padres  una  hermosa  estancia  situada  al  sur  de  Mendoza, 
en  el  valle  de  Uco,  capaz  de  mantener  10,000  vacas.  En 
ella  pusieron  los  padres  una  gran  crianza  de  ganado  va- 
cuno; i  ensanchando  la  viña,  establecieron  un  gran  negocio, 
porque  mandaban  sus  vinos  a  Buenos  Aires,  donde  se  ven- 
dían con  mui  buena  cuenta  por  no  haberlos  allí,  obteniendo 
en  retorno  las  mercaderías  europeas  que  hacían  falta  en  el 
comercio  de  Mendoza. 


I 

I 


RIQUEZAS    DE   LOS    ANTIGUOS  JESUÍTAS  111 


XYIII. 


En  esta  hacienda  hallaron  los  padres  ciertas  muestras 
i  documentos  que  probaban  que  el  apóstol  Santo  Tomas, 
1500  años  antes  de  la  venida  de  los  españoles,  habia  reco- 
rrido una  gran  parte  de  la  América,  predicando  el  cris- 
tianismo a  los  indios,  que  no  habian  querido  oirlo,  i  en 
seguida  a  los  animales,  que  se  habian  mostrado  mucho 
mas  dóciles  i  atentos  a  la  predicación.  Son  tan  curiosos 
€stos  hechos  i  son  tan  pocos  los  que  los  conocen,  que  nos 
vamos  a  permitir  hacer  una  breve  digresión  sobre  el  par- 
ticular. 

Los  indíjenas  del  Brasil  conservaban  la  tradición  de  un 
hombre  blanco  i  barbón  que  en  años  atrás  habia  visitado 
aquel  territorio,  i  enseñado  a  sus  pobladores  el  cultivo  de 
ciertas  plantas  útiles  i  otras  nociones  igualmente  impor- 
tantes. Este  personaje  misterioso,  cuya  historia  tiene  mu- 
chas afinidades  con  otras  tradiciones  conservadas  por  los 
indios  de  Méjico,  de  Nueva  Granada  i  el  Perú,  era  llamado 
Sumé  por  los  brasileros. 

Al  principio  nadie  hizo  caso  de  estos  recuerdos  vagos  i 
confusos;  pero  cuando  llegaron  los  jesuitas  al  Brasil,  pu- 
sieron en  juego  toda  su  sagacidad  filosófica  i  teolójica  para 
descubrir  la  verdad.  Sumé,  dijeron  ellos,  es  lo  mismo  que 
Tomé  (Tamos  en  portugués);  i  como  Jesús  mandó  a  sus 
apóstoles  que  predicaran  el  evanjelio  en  todo  el  mundo, 
el  Sumé  o  Tomé  de  la  tradición  brasilera  no  puede  ser  otro 
que  el  apóstol  Santo  Tomas. 

Continuando  estas  curiosas  investigaciones,  i  contando 
un  poco  con  la  fé  candorosa  de  los  siglos  XYI  i  XVII,  los 
jesuitas  llegaron  a  descubrir  que  los  indíjenas  de  América 
se  habian  resistido  a  escuchar  la  palabra  del  apóstol,  el 
cual  no  habia  tenido  mas  sectarios  que  los  animales  de  las 
selvas;  i  lo  que  es  mas  prodijioso,  encontraron  en  muchas 


112  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS 

rocas,  en  Bahía,  en  Cabo  Frío  i  en  San  Vicente,  estampadas 
las  huellas  del  santo  apóstol. 

Dos  jesuítas  portugueses,  el  padre  Manuel  de  Nobrega, 
que  visitó  el  Brasil  a  mediados  del  siglo  XVI,  i  el  padre 
Simón  de  Vasconcellos,  que  vivió  en  él  en  la  segunda  mitad 
del  siglo  siguiente  i  que  escribió  la  crónica  de  los  jesuítas 
en  ese  pais,  anunciaron  al  mundo  este  portentoso  descubri- 
miento histórico.  Desde  entonces,  todos  o  casi  todos  los 
historiadores  jesuítas  hablaron  de  este  viaje  de  Santo 
Tomas. 

Pero  los  jesuítas  de  Chile  no  podian  conformarse  con 
que  el  santo  apóstol  hubiera  esplorado  solo  las  costas  del 
Brasil;  i  si  no  era  posible  hacerlo  pasar  las  cumbres  neva- 
das de  los  Andes,  querían  al  menos  que  hubiese  llegado 
hasta  Mendoza. 

Su  buen  deseo  les  permitió  descubrir  mui  luego  la  ver- 
dad. En  su  hacienda  de  Uco  hallaron  una  roca  en  que  esta- 
taban  estampadas  las  huellas  de  Santo  Tomas,  i  las  de  los 
animales  que  acudieron  a  oir  su  predicación,  cuando  los 
hombres  se  negaban  a  escucharlo.  El  apóstol  ademas  ha- 
bla escrito  con  el  dedo  en  la  roca  viva  a  donde  subia  a 
predicar,  muchos  fragmentos  del  evanjelio  i  el  dulce  nom- 
bre de  Jesús. 

La  escritura  de  Santo  Tomas  era  de  tal  modo  ininteliji- 
ble  que  cuando  el  padre  Diego  de  Rosales  hizo  sacar  una 
copia  fidelísima  de  aquella  inscripción  (en  1663),  i  la  envió 
a  Europa  para  que  fuera  interpretada  por  los  mas  grandes 
eruditos,  nadie  entendió  una  palabra,  ni  siquiera  se  pudo 
conocer  si  aquellos  signos  eran  o  nó  letras;  pero  los  padres 
de  Mendoza  comprendieron  que  allí  estaba  escrito  el  evan- 
jelio; i  en  sus  predicaciones  hacian  llorar  a  lágrima  viva  a 
los  infelices  indios  cada  vez  que  les  reprochaban  la  obstina- 
ción de  sus  mayores,  que  se  negaron  a  oir  la  palabra  del 
apóstol,  dejándolos  a  ellos  sumidos  en  la  ignorancia  de 
lafé. 


RIQUEZAS  DB  i^s  Axnoros  jesuítas  113 


XIX. 

Desde  esa  residencia  de  Mendoza,  los  padres  jesuitas  co- 
menzaron a  misionar  e?i  los  lugares  inmediatos,  i  particu- 
larmente en  aquellos  en  que  pudieron  establecerse  mas  tar- 
de. Visitaron  con  este  motivo  la  ciudad  de  San  Juan,  don- 
de fueron  recibidos  con  el  mayor  contento  por  los  piadosos 
vecinos.  Fué  inútil  que  «éstos  rogaran  a  los  padres  para 
conseguir  que  se  estableciesen  allí:  los  colonos  de  un  pueblo 
tan  apartado  i  pobre  no  podían  ofrecer  una  valiosa  funda- 
ción capaz  de  determinar  a  los  misioneros  a  fijar  su  resi- 
dencia. 

Por  fin,  en  1655,  habiendo  ido  los  jesuitas  a  misionar  en 
ese  lugar,  el  correjidor  del  distrito,  el  cabildo  i  todos  los 
vecinos  se  resolvieron  a  no  dejarlos  salir.  Reuniéronse,  al 
efecto,  levantaron  una  suscripción  jeneral,  i  escribieron  al 
padre  provincial  de  la  Compañía  pidiéndole  que  enviase 
padres  para  fundar  una  residencia,  i  ofreciéndose  a  subve- 
nir a  todos  los  gastos.  El  provincial  mandó  a  dos  jesuitas, 
uno  de  los  cuales  era  el  padre  Cristóbal  Diosdado,  hombre 
activo  i  conocedor  de  aquel  vecindario.  Se  les  dio  un  esten- 
so solar  en  la  misma  plaza  del  pueblo,  como  también  el  di- 
nero para  edificar  el  convento. 

El  capitán  Gabriel  de  Malla,  excediéniose  a  todos  sus 
compatriotas,  hizo  donación  de  una  hacienda  i  de  una  vi- 
ña, con  lo  cual  creia  asegurar  la  subsistencia  de  los  je- 
suitas. 

Pero  los  padres  quedan  algo  masque  esto.  Es  cierto  que 
la  predicación  les  habia  permitido  adelantar  mucho  los  in- 
tereses espirituales  de  la  provincia,  i  que  no  faltaban  las 
confesiones  jenerales,  la  corrección  de  los  pecadores,  ni  los 
prodijios  de  otra  naturaleza;  pero  los  intereses  temporales 
de  los  padres  adelantaban  tan  poco,  que  se  resolvieron  a 
abandonar  la  ciudad  para  salir  a  misionar  por  otra  parte. 
Los  vecinos  de  San  Juan,  por  su  lado,   creian  haber  hecho 

TDMO   X  8 


114  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

todo  lo  que  podía  exijírseles,  i  dejaron  partir  a  los  padres- 
sin  ofrecerles  nuevas  donaciones.  Fué  aquella  una  ingrati- 
tud imperdonable,  que  los  padres  castigaron  conveniente- 
mente retirándose  de  la  ciudad  dispuestos  a  no  volver  mas 
a  ella. 

Su  resentimiento  no  fué  de  larga  duración,  porque  el 
jeneroso  corazón  de  los  padres  estaba  dispuesto  a  perdo- 
narlo todo.  En  efecto,  luego  supieron  que  un  caballera 
vizcaino  avecindado  en  San  Juan  i  llamado  don  Francisco 
Marigota,  hacia  donación  a  losjesuitas  de  una  valiosa 
hacienda  que  poseia  a  orillas  del  rio  que  baña  la  ciudad, 
i  junto  a  la  laguna  Guanacache.  Como  esa  hacienda  era 
la  mejor  de  toda  la  provincia,  los  padres  se  resolvieron 
a  volver  a  San  Juan,  a  ocupar  la  casa  que  habian  abando- 
nado. 

El  mismo  Marigota,  que  no  tenia  hijos  ni  deudos  en 
América,  compró  poco  después  para  los  padres  un  estenso 
solar  que  estaba  vecino  al  que  ya  ocupaban,  de  manera 
que  poseyeron  entonces  una  manzana  entera  en  el  centro 
de  la  población. 

Poco  después,  una  señora  de  Mendoza,  cuyo  nombre  no 
hallamos  mencionado,  les  obsequió  una  viña  en  San  Juan  i 
algunos  esclavos,  que  fueron  destinados  al  cultivo  de  sus 
haciendas. 

Por  último,  un  clérigo  llamado  Rodrigo  de  Quiroga,  que 
antes  habia  sido  padre  de  la  Compañía,  i  que  salió  de  ella 
no  sabemos  por  qué  causa,  quiso  que  se  le  permitiera  vol- 
ver a  ella  a  la  hora  de  la  muerte;  i  para  conseguir  este  fa- 
vor, hizo  donación  de  sus  bienes,  entre  los  cuales  figuraban 
una  viña  i  alguna  plata  labrada,  i  consiguió  que  una  her- 
mana suya,  llamada  Agustina  Quiroga,  hiciera  a  los  padres 
igual  donación. 

Desde  entonces,  los  negocios  temporales  de  la  Compañía 
de  Jesús  en  San  Juan,  marcharon  perfectamente.  Sus  ha- 
ciendas fueron  llenándose  de  ganados:  ios  productos  que 
de  ellas  recojian  los  jesuitas  se  vendian  regularmente,  i  el 
tesoro  de  los  padres  siguió  incrementándose,  de  tal  modo,. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  115 

que  éstos  no  volvieron  a  hablar  mas  de  abandonar  aquella 
tierra  que  les  proporcionaba  almas  que  ganar  para  el  cielo, 
i  ausilios  pecuniarios  para  sobrellevar  con  algún  consuelo 
las  miserias  de  esta  vida. 


XX. 


En  el  distrito  de  San  Luis  tuvieron  los  jesuítas  una  casa 
de  residencia  i  una  Vjuena  propiedad  rural. 

De  Mendoza  salían  de  vez  en  cuando  algunos  misioneros 
que  llevaban  el  encargo,  no  solo  de  convertir  a  los  infieles 
pecadores,  sino  de  adquirir  una  casa  en  la  ciudad  cuando 
Dios  abriese  camino  para  ello,  como  dice  uno  de  los  cronis- 
tas de  la  Compañía. 

Habiendo  vuelto  los  padres  en  1735,  lograron  comprar 
en  remate  una  casa  edificada,  con  un  solar  de  una  cuadra 
cuadrada.  Las  piadosas  erogaciones  de  los  vecinos  dieron 
para  pagarla,  pues  que  solo  costó  400  pesos.  A  pesar  de 
que  los  vecinos  dieron  jenerosamente  algún  ganado  para 
el  sustento  de  los  padres,  la  fundación  no  se  pudo  llevar  a 
cabo  porque  faltaba  un  fundador,  esto  es,  un  hombre  bas- 
tante rico  que  pudiese  dar  una  hacienda.  Pero  no  tardó 
mucho  en  presentarse  uno:  Dios  movió  a  un  caballero  de 
Santiago,  llamado  don  Andrés  de  Toro,  a  que  diese  a  los  pa- 
dres en  1728  una  estensa  propiedad  que  tenia  en  el  distrito 
de  San  Luis.  Don  Andrés  de  Toro  mereció  el  título  de  fun- 
dador; pero  luego  vinieron  los  benefactores  a  poblar  de  ga- 
nados la  hacienda  de  los  padres. 

El  mas  jeneroso  de  todos  ellos  fué  el  cura  don  José  Sar- 
miento, que  les  hizo  cesión  de  las  entradas  de  diezmos  du- 
rante diez  años.  Ese  distrito,  sin  embargo,  era  tan  pobre 
que,  aunque  los  jesuítas  predicaron  muchas  veces  que  Dios 
paga  doscientos  i  hasta  setecientos  por  uno  al  que  se  des- 
poja de  sus  bienes  para  dárselos  a  él,  o  a  ellos,  que  es  lo 
mismo,  los  habitantes  de  San  Luis  no  pudieron  hacer  mas 


116  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

considerables  donativos.  Su  pobreza  les  impedia  hacer  el 
buen  negocio  de  prestar  a  los  jesuítas  a  tan  buen  interés 
como  estos  ofrecian  pagar en  la  otra  vida! 

Hemos  pasado  ya  en  revista  la  historia  de  muchas  de 
las  adquisiciones  de  tierras,  casas,  quintas,  chacras  i  ha- 
ciendas, que  los  jesuitas  hicieron  en  la  capitanía  jeneral  de 
Chile.  Todas  nuestras  dilijencias,  sin  embargo,  no  han  bas- 
tado para  descubrir  noticias  acerca  de  algunas  otras  pro- 
piedades que  poseyó  la  Compañía,  de  tal  suerte  que  no  po- 
demos preciarnos  de  haber  trazado  un  cuadro  completo, 
sino  solo  lijeros  apuntes  que  tal  vez  hayan  de  servir  a  algún 
historiador  mas  afortunado  que  nosotros  para  completar 
la  investigación. 

Pero,  para  dar  cima  a  este  breve  ensayo  histórico  sobre 
las  riquezas  de  los  antiguos  jesuitas  de  Chile,  nos  es  forzo- 
so consignar  a  continuación  noticias  de  otro  orden  acerca 
de  la  manera  de  administrar  los  caudales  i  de  esplotar 
otras  industrias,  que  incrementaron  considerablemente  sus 
tesoros. 


SECCIÓN  IIL 

DIVERSAS    INDUSTRIAS    DE    LOS   JESUÍTAS 

I.  Riqueza  territorial  de  los  jesuítas;  imposibilidad  de  estimar  su 
valor  total.  — Plan  jeneral  de  administración  de  los  negocios  de 
los  jesuitas.  -III.  Cultivo  de  sus  haciendas;  esclavos  que  tenian 
en  ellas. —IV.  Otras  industriad  de  los  jesuitas:  calera,  molinos, 
panaderías,  boticas,  carnicerías,  curtiembres,  astilleros,  ollería. 
— V.  Los  hermanos  trabai'adores:  arriendos  de  tiendas  i  de  bo- 
degas  VI.  Comercio. — VIL  Industria  de  los  jesuitas  para  exi- 
mir sus  mercaderías  del  pago  de  derechos. — VIII.  La  enseñanza 
i  la  caridad  consideradas  como  negocio. — IX.  Utilidades  pecu- 
niarias que  producían  las  misiones. — X.  Las  fiestas  relijiosas 
no  imponían  a  los  jesuitas. — XI.  Las  mandas  i  los  milagros. — 
XII.    Conclusión. 


La  estadística  mas  completa  que  conozcamos  acerca  de 
la  ri(jueza  territorial  de  los  antiguos  jesuítas  de  Chile  es  un 
apunte,  en  forma  de  inventario,  que  existe  manuscrito  en 
la  Biblioteca  Nacional  de  Santiago,  i  del  que  solo  se  ha 
publicado  un  estracto  o  resumen  i) 

Siguiendo  la  clasificación  que  los  mismos  jesuitas  hacían 
de  sus  haciendas   en   mayores,    medianas  e  ínfimas,  en  ese 

1).  Este  resumen  ha  sido  dado  a  luz  por  don  Benjamín  Vicuña 
Mackenna  en  su  Historia  de  Santiago,  tomo  II,  páj.  155. 


118  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

apunte,  que  no  es  completo,  aparecen  veinte  propiedades 
rurales.  Las  haciendas  mayores,  en  número  de  once,  eran: 
la  Compañía,  Bucalemu,  la  Punta,  San  Pedro,  la  Calera, 
Chacabuco,  las  Tablas,  Longaví  (que  por  sí  sola  media 
cerca  de  80,000  cuadras  cuadradas),  Perales,  la  Ñipa  i 
Cucha-Cucha.  Las  medianas  eran  ocho:  Elqui,  Quile,  Ocoa, 
Cato,  las  Palmas,  Viña  del  Mar,  Limadle  i  Peñuelas.  Las 
ínfimas  eran  la  Ollería  i  Pudagüel. 

En  este  inventario,  sin  embargo,  faltan  todas  las  pro- 
piedades que  los  jesuitas  poseían  en  la  provincia  de  Cuyo. 
No  están  tampoco  anotadas  las  tierras  que  les  habian  sido 
concedidas  o  donadas  en  Chiloé  i  Valdivia;  una  chacra  de 
40  cuadras  con  casas  i  bodegas  en  las  cercanías  de  San 
Fernando;  la  estensa  hacienda  de  Colchagua,  en  este  mis- 
mo distrito,  tasada  en  26,696  pesos  cuatro  i  medio  reales 
en  1768,  después  de  la  espulsion  de  los  jesuitas,  i  que  es 
ahora  una  de  las  haciendas  mas  valiosas  de  Chile;  cuatro 
propiedades  rurales  enel  distrito  de  Copiapó,  denominadas 
Maiten,  Jarilla,  Totoral  i  Molino  de  Punsitas,  i  todas  las 
casas  i  quintas  situadas  dentro  del  recinto  de  las  pobla- 
ciones. 

En  el  curso  de  estos  apuntes  hemos  señalado  algunas  de 
estas  propiedades  urbanas;  pero  no  nos  ha  sido  posible 
anotarlas  todas.  A  mediados  del  siglo  XVIII,  bajo  los 
gobiernos  de  Manso  i  Ortiz  de  Rosas,  se  fundaron  muchas 
ciudades  en  todo  Chile.  Los  jesuitas  pidieron  casi  siempre 
local  para  construir  un  convento  de  su  orden,  i  como  debia 
esperarse,  se*  les  daba  una  cuadra  cuadrada  en  el  punto 
mas  central  del  pueblo. 

He  tenido  a  la  vista  un  decreto  gubernativo  de  8  de  no- 
viembre de  1746  por  el  cual  se  concede  a  los  jesuitas  una 
cuadra  de  terreno  con  agua  corriente,  en  el  punto  de  Meli- 
pilla  que  ellos  dijeran,  recayendo  la  elección  de  los  padres 
en  la  manzana  situada  al  norte  de  la  plaza. 

Pero,  para  apreciar  debidamente  d  valor  de  la  riqueza 
territorial  de  los  jesuitas  de  Chile,  es  menester  tomar  en 
cuenta  que  esas  haciendas  eran,  no  solo  por  su  estension, 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGTOS    JESUÍTAS  119 

sino  por  la  calidad  de  sus  terrenos,  las  mejores  de  todo  el 
país.  Hasta  principios  de  nuestro  siglo,  se  recibía  como 
prueba  a  priorí  de  l.i  excelencia  de  una  propiedad  rural,  el 
que  hubiera  pertenecido  a  los  jesuitas. 

Advertiremos  aquí  que,  aun  limitando  nuestra  investí - 
:gacion  a  las  haciendas  que  se  encuentran  mencionadas  en 
el  inventario  de  que  acabamos  de  hablar,  seria  casi  imposi- 
ble hacer  una  apreciación  aproximada  del  valor  que  hoi  re- 
presenta aquella  enorme  riqueza  territorial,  desde  que  casi 
todas  ellas  han  sido  divididas  i  subdivididas  mas  tarde,  de 
tal  suerte  que  aun  de  algunas  de  las  clasificadas  como  me- 
dianas han  salido  cuatro  o  seis  haciendas. 

Tampoco  es  posible  calcular  con  algún  acierto  el  valor 
-que  esas  propiedades  tenían  a  la  época  de  la  espulsion  de 
los  jesuitas,  ni  aun  tomando  en  cuenta  el  precio  que  se  ob- 
tuvo de  la  venta  de  muchas  de  ellas.  El  reí  mandó  vender 
solo  algunas  de  esas  propiedades,  i  reservó  otras,  sobre 
todo  las  casas  que  los  jesuitas  poseían  en  las  ciudades,  i 
aun  ciertas  quintas  situadas  en  los  estramuros,  para  ceder- 
las a  los  establecimientos  de  beneficencia  o  de  educación^ 
Por  otra  parte,  la  circunstancia  de  ponerse  en  venta  tan- 
tas propiedades  rurales  a  un  mismo  tiempo,  i  sobre  todo, 
en  un  país  tan  sumamente  pobre,  i  por  lo  tanto,  tan  falto 
de  compradores, fué  causa  de  que  las  ventas  se  hicieran  por 
un  precio  menor  del  que  realmente  tenían  esas  haciendas  -) 

No  pretendemos,  pues,  estimar  el  monto  total  del  valor 
de  la  riqueza  territorial  de  los  jesuítas  de  Chile,  para  lo 
cual  nos  faltan  datos.  Hemos  querido  solo  reunir  algunas 
noticias  sobre  un  punto  muí  importante  de  la  historia  co- 
lonial. 


2)  En  diversas  ocasiones  se  han  publicadonotícias  bastantes  in- 
completas del  resultado  que  produjo  la  venta  de  las  propiedades 
de  los  jesuitas  después  de  la  espulsion.  Véase  sobre  este  punto  el 
tomo  IV,  páj.  189  i  sigs.  de  la  Historia  política  de  Chile,  por  don 
Claudio  Gay,  í  el  tomo  II,  páj.  156  de  la  Historia  de  Santiago  por 
«don  Benjamín  Vicuña  Máckenna. 


120  ESTÜDTOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


II. 


En  el  curso  de  estos  apuntes  hemos  visto  que  la  fuente 
principal  de  que  los  jesuitas  de  Chile  sacaron  sus  inmensas 
riquezas  fueron  las  donaciones  en  dinero  i  en  tierras.  Pero 
el  capital  recojido  de  esta  manera  fué  notablemente  incre- 
mentado por  medio  del  trabajo  industrial  emprendido  en 
una  escala  mui  vasta.  Este  trabajo,  sostenido  con  una  re- 
gularidad invariable,  en  que  tomaban  parte  todos  o  casi 
todos  los  miembros  de  la  numerosa  asociación,  i  ampara- 
dos, no  solo  por  el  respeto  que  las  creencias  deja  época  ase- 
guraban a  los  jesuitas,  sino  por  todo  jénero  de  privilcjios, 
les  produjo  siempre  utilidades  maravillosas. 

Los  jesuitas  no  fundaban  nunca  una  casa  de  residencia 
en  un  lugar  sino  cuando  los  particulares  o  la  autoridad  les 
habian  dado  tierras  i  dinero  para  establecerse  i  para  sub- 
venir a  las  necesidades  de  los  padres  que  vivian  en  ella.  No 
importaba  que  una  casa  tuviera  riquezas  sobradas  para 
ausiliar  a  otra:  era  ]:)reciso  que  la  que  se  fundaba  tuviera 
los  recursos  necesarios  para  subsistir  por  sí  misma.  Cada 
casa  tenia,  pues,  sus  propiedades  independientes  i  sus  nego- 
cios ])articulares,  que  administraba  por  sí  solc..  Llegaba  a 
tal  punto  esta  separación  de  los  negocios  temporales  entre 
los  jesuitas,  que  una  casa  no  entregaba  sus  productos  a 
otra,  salvo  mui  raras  escepciones,  sino  a  título  de  venta  i 
llevando  una  cuenta  escrupulosa. 

Este  sistema  tenia  ventajas  incontestables.  No  solo  se 
llevaba  de  este  modo  la  mas  prolija  contabilidad  en  medio 
de  las  mas  complicadas  especulaciones,  sino  que  una  casa 
de  residencia  que  poseia  pocas  propiedades  estaba  autori- 
zada para  hablar  de  su  pobreza  i  para  reclamar  con  este 
título  nuevos  socorros  i  donativos.  De  esta  manera  tam- 
bién, cuando  una  casa  de  residencia  hacia  malos  negocios, 
era  ella  sola  la  que  perdia  i  la  responsable  por  los  créditos^ 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  121 

que  quedaban  en  su  contra,  porque  las  otras  no  estaban 
obligadas  a  cosa  alguna. 

Este  sistema  no  ofreció  inconvenientes  en  Chile;  pero, 
como  se  sabe,  aceleró  la  espulsion  de  los  jesuitas  de  Francia 
cuando  se  vio  que  las  casas  de  Europa  no  querían  pagar 
las  deudas  contraidas  en  la  Martinica  por  el  padre  La  Va- 
lette,  director  de  las  grandes  negociaciones  que  los  jesuitas 
tenian  en  las  A:Uíllas. 


III. 


En  las  inmensas  haciendas  que  los  jesuitas  poseian  en 
Chile,  habian  establecido  todos  los  negocios  que  podían  ha- 
cerse, visto  el  estado  de  la  industria  agrícola  de  este  pais. 

Algunas  de  ellas  estaban  casi  enteramente  destinadas  a 
la  crianza  de  ganados,  i  éstas  vendian  sus  vacas  a  las  otras 
haciendas  destinadas  a  engordas.  En  estas  últimas  se  ha- 
cian  las  grandes  matanzas,  las  mas  importantes  con  mucho 
de  todas  las  de  Chile,  i  cuyos  productos  se  esportaban  en 
su  mavor  parte  i  ca^i  en  su  totalidad  para  el  Perú.  En  este 
mercado,  como  veremos  mas  adelante,  los  jesuitas  no  te- 
nian que  temer  ninguna  competencia. 

Las  siembras  que  se  hacian  en  esas  haciendas  eran  tam- 
bién considerables.  Sus  productos  eran  destinados  a  la  es- 
portacion,si  bien  los  jesuitas  beneficiaban  una  parte  de  sus 
trigos  en  los  molinos  que  poseian  de  su  propiedad.  Daban 
ademas  grande  importancia  al  cultivo  de  las  viñas  i  a  la 
fabricación  de  licores  para  el  consumo  dentro  del  pais  i 
para  la  esportacion. 

Pero  no  se  crea  que  en  estos  cultivos,  los  jesuitas  intro- 
dujeron en  Chile  grandes  innovaciones  i  mejoras.  Todo  su 
empeño  iba  dirijido  a  producir  al  menor  costo  posible,  uti- 
lizando al  efecto  a  sus  esclavos  i  a  sus  indios  de  servicio, 
otrojénero  de  esclavitud  menos  rechazante  en  apariencias, 
pero  no  mas  benigna  que  la  de  los  negros.  Se  recuerdan,  sin 


122  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

embargo,  ciertas  reglas  industriales  introducidas  o  inven- 
tadas por  ellos,  que  en  realidad  no  importan  un  verdadero 
progreso  agrícola.  Así,  por  ejemplo,  rodeaban  sus  viñas  de 
higueras,  cuyo  segundo  fruto,  el  higo,  casi  no  tenia  valor 
alguno,  i  servia  para  atraer  a  las  aves,  a  fin  de  que  éstas 
no  hicieran  mal  a  la  uva. 

El  número  de  esclavos  que  tenian  los  jesuitas  en  sus  ha- 
ciendas era  también  mui  considerable.  En  medio  del  desor- 
den con  que  se  hicieron  los  inventarios  de  sus  haciendas 
después  de  la  espulsion,  cuando  se  ocultaban  algunos  de  los 
padres  ^),  i  sus  sirvientes  tomaban  la  fuga,  se  recojieron  en 
el  distrito  de  Santiago  160  esclavos  pertenecientes  a  la 
Compañía,  distribuidos  en  esta  forma:  8  en  el  colejio  máxi- 
mo, 14  en  la  chacarilla  del  convictorio  de  San  Francisco 
Javier,  23  en  el  Noviciado,  15  en  Chacabuco,  52  traidos  de 
Coquimbo,  32  en  Bucalemu,  7  en  la  Calera  i  9  en  Rancagua 
o  hacienda  de  la  Compnñía.  Los  jesuitas  habían  adquirido 
sus  esclavos  por  donativos  o  legados;  pero  los  habian  au- 
mentado considerablemente  mediante  el  fruto  natural  del 
matrimonio  de  esos  infelices. 


IV. 


Pero  los  jesuitas  tenian  muchas  otras  industrias  que  es- 
plotaban  con  un  celo  particular,  i  en  las  cuales  casi  nadie 
podia  competir  con  ellos. 


3)  Nada  es  mas  inexacto  que  el  hecho  que  alguna  vez  se  ha  ase- 
verado, de  que  todos  los  jesuitas  residentes  en  Chile  i  que  se  halla"- 
ban  repartidos  en  los  campos,  se  presentaron  espontáneamente  a 
las  autoridades  después  de  saber  el  decreto  de  espulsion  para  ser 
enviados  a  Europa.  Para  probar  lo  contrario  nos  bastará  citar  un 
decreto  del  presidente  Guill  i  Gonzaga,  dado  en  25  de  mayo  de 
1768,  en  que  dice  que  "constando  por  relación  de  los  comisiona- 
dos que  en  el  convento  de  la  Merced  de  esta  ciudad  se  ha  ocultado 
el  padre  Ramón  Luna,  i  en  la  recolección  franciscana  los  padres 
Pedro  Vargas  i  Félix  Gotera",  ordena  que  se  presenten  sin  tardan- 
za en  el  colejio  máximo. 


RIQUEZAS       DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  123 

Pertenece  a  este  número  la  de  estraccion  i  venta  de  la 
«cal,  para  lo  que  tenían  un  grande  establecimiento  en  la  ha- 
cienda de  la  Calera,  a  pocas  leguas  de  Santiago;  vendian 
este  artículo  en  casi  todas  las  ciudades  de  Chile;  i  aun, 
cuando  se  ordenó  la  construcción  de  las  fortificaciones  de 
Valdivia,  ellos  hicieron  contrata  con  los  gobernadores  para 
trasportar  allí  la  cal  que  se  necesitaba  para  esta  obra. 

En  algunas  ciudades,  como  sucedía  en  Santiago,  los  je- 
suítas tenían  molino  para  la  elaboración  de  la  harina;  i 
anexos  a  estos  establecimientos,  habían  fundado  panade- 
rías que  surtían  de  este  artículo  a  las  poblaciones.  Era  so- 
bre todas  famosa  la  panadería  que  tenian  en  la  capital,  no 
solo  por  ser  la  mas  considerable  de  la  ciudad,  sino  por  la 
grande  estension  que  en  ella  habían  dado  a  este  negocio. 

Los  jesuítas,  ademas,  tenian  boticas  para  el  espendio  de 
los  medicamentos;  i,  según  creemos,  eran  los  únicos  especu- 
ladores que  habia  en  este  comercio,  de  modo  que  podían 
fijar  a  sus  artículos  el  precio  que  quisieran  sin  temor  de  la 
competencia.  Eran  también  muí  provechosas  las  carnice- 
rías o  tendales  que  tenian  en  la  ciudad  para  vender  la  carne 
de  las  matanzas  que  hacian  en  sus  haciendas. 

Como  sí  todo  esto  no  bastase  a  la  actividad  incansable 
de  los  jesuítas,  habian  planteado  otras  industrias  en  una 
vasta  escala.  Las  curtiembres  que  tenían  en  sus  haciendas, 
•de  las  cuales  la  mas  notable  estaba  establecida  en  la  Mag- 
dalena, en  la  provincia  de  Concepción,  eran  una  rica  fuen- 
te de  entradas.  En  ellas  elaboraban  sobre  todo  los  cueros 
•de  cabros,  que  con  el  nombre  de  cordobanes,  tenian  un 
grande  espendio  para  el  Perú. 

En  otra  hacienda,  en  Quívolgo,  habían  establecido  un 
astillero  sobre  el  rio  Maule,  en  que  fabricaban  embarca- 
•cíones  menores,  contando  para  ello  con  las  abundantes 
maderas  de  los  bosques  que  allí  existen. 

En  los  alrededores  de  Santiago,  en  la  chacra  denominada 
•de  la  Ollería,  tenian  una  gran  fábrica  de  ollas,  lebrillos, 
platos,  etc.,  de  barro  cocido,  de  la  misma  calidad  que  los 
objetos  que  trabajaban  los  indios  de  Talagante,  a  los  cua- 


124  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

les  los  jesuítas  hacían  una  competencia  ruinosa  para  esos 
infelices.  A  fin  de  que  se  comprenda  la  importancia  de  esa 
fábrica  de  los  jesuítas,  conviene  advertir  que  hasta  la  se- 
gunda mitad  del  siglo  XVIII  la  loza  era  casi  desconocida 
en  Chile,  i  que  el  barro  cocido  era  el  material  de  que  estaba 
formada  la  vajilla  de  todas  las  familias  que  no  podían  te- 
nerla de  plata  labrada,  i  que  aun  éstas  usaban  los  objetos 
de  barro  para  la  servidumbre  i  el  interior  de  las  casas. 


Y. 


Todas  estas  industrias  estaban  dirijidaspor  algunos  pa- 
dres jesuítas,  pero  mas  comunmente  por  los  hermanos 
coadjutores,  que,  gozando  en  la  orden  de  las  consideracio- 
nes i  prerrogativas  de  los  padres,  no  tenían  como  éstos  las 
ocupaciones  de  la  predicación  i  del  confesonario.  Algunos 
de  estos  hermanos  coadjutores  fueron  también  arquitectos 
muí  esperímentados  en  la  construcción  de  los  templos  i 
conventos. 

Mas  adelante,  por  los  años  de  1748,  un  jesuíta  alemán^ 
el  padre  Carlos  de  Haimausen  ^  ),  miembro  de  la  alta  aris- 
tocracia jermánica,  trajo  a  Chile  otra  clase  de  hermanos 
trabajadores,  artistas  i  artesanos  alemanes,  cuyas  obras^ 
muí  superiores  a  las  que  se  trabajaban  en  Chile,  sirvieron 
para  adornar  los  templos  i  conventos  de  los  jesuítas,  o 
eran  utilizadas  en  el  comercio,  produciendo  grandes  prove- 
chos a  los  padres.  Eran  éstos  los  escultores  de  santos,  los 
fabricantes  de  relojes,  los  cinceladores  de  los  cálices  i  otras 
piezas  de  oro  o  plata,  los  pintores  de  cuadros,  los  ebanis- 
tas de  lujosos  miuebles,  etc. 


4),  Algunos  lian  diclio  Inliausen,  al  escribir  este  nombre;  pero  he 
visto  la  firma  orijinal  de  este  padre  al  pie  de  una  solicitud  firmada  en 
febrero  de  1738,  en  que  pide  al  gobierno  exención  de  derechos  para 
una  gran  cantidad  de  fierro  que  traia  de  Buenos  Aires. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS  JESUÍTAS  125 

Haremos  notar  aquí  que  la  introducción  de  estos  traba- 
jadores fué  la  obra  de  uno  de  esos  artificios  en  cuya  inven- 
ción eran  tan  diestros  los  padres  jesuitas.  En  Chile,  como 
en  todas  las  colonias  españolas,  la  le¡  probibia  que  pu- 
dieran entrar  i  residir  estranjeros,  cualesquiera  que  fuesen 
su  relijion,  sus  ocupaciones  i  su  nacionalidad.  Para  elu- 
dir esta  lei,  los  jesuitas  trajeron  á  Chile  muchos  trabaja- 
dores estranjeros  a  quienes  presentaban  ante  las  autorida- 
des i  ante  el  púbHco  con  el  nombre  de  hermanos  trabaja- 
dores. 

Otro  ramo  de  entrada  que  tenian  los  jesuitas  era  el  pro- 
ducto de  los  arriendos  de  las  tiendas,  alm.acenes  i  bodegas 
que  construian  en  la  parte  esterior  de  sus  casas  de  resi- 
dencia, como  sucedia  en  Santiago,  en  Valparaiso,  en  Con- 
cepción i  en  todos  los  lugares  en  que  era  posible  este  negocio. 
Pero  al  mismo  tiempo  que  hacian  arriendos,  i  como  ellos 
necesitasen  también  tiendas  i  bodegas  para  guardar  i  es- 
pender sus  propias  mercaderías,  encontraban  siempre  co- 
razones piadosos  que,  dejándose  tocar  por  los  llamados  de 
Dios,  como  ellos  decían,  les  ofreciesen  gratuitamente  sus 
casas  o  parte  de  ellas  para  este  objeto. 

De  este  modo,  los  jesuitas,  que  eran  inflexibles  para  co- 
brar el  alquiler  de  las  propiedades  que  daban  en  arriendo, 
estaban  eximidos  de  pagar  algo  por  las  bodegas  o  tiendas 
que  ocupaban. 


VI. 


Pero  era  el  comercio  el  campo  mas  vasto  i  productivo 
que  tenian  los  jesuitas.  No  hablamos  del  comercio  de  me- 
nudeo hecho  en  las  tiendas  i  hasta  en  los  tendales  del  mer- 
cado, donde  vendian  la  carne  de  sus  matanzas  o  el  aguar- 
diente de  sus  bodegas,  sino  de  las  grandes  especulaciones 
ramificadas  en  el  estranjero  i  en  las  otras  colonias  espa- 
ñolas. 

Entre  éstas  era  el  Perú  el  centro  de  sus  mayores  negó- 


126  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS 

cios.  La  Compañía  tenia  en  Lima  un  padre  con  el  titula 
de  procurador,  el  cual  no  se  ocupaba,  como  podría  creerse, 
en  asuntos  espirituales  o  de  disciplina  conventual,  sino 
de  ájente  comercial  para  la  venta  del  charqui,  de  la  grasa, 
de  los  cueros,  del  trigo,  de  los  licores  i  de  los  demás  artí- 
culos que  le  enviaban  de  Santiago.  Para  vender  esos  ar- 
tículos a  los  comerciantes  por  menor,  el  procurador  i  sus 
subalternos  estaban  obligados,  no  solo  a  tener  almace- 
nes sino,  decia  el  virrei  Amat  en  un  documento  impor- 
tante, a  ''visitar  a  todas  horas  las  tabernas,  velerías  i  las 
mas  impuras  oficinas",  para  cobrar  el  dinero  de  sus  com- 
pradores. 

Esos  mismos  padres  estaban  encargados  de  comprar  las 
mercaderías  europeas  que  necesitaban  para  satisfacer  sus 
propias  necesidades  i  para  surtir  el  comercio  de  Chile.  Co- 
mo se  comprenderá  fácilmente,  la  elección  de  un  procura- 
dor de  esta  especie,  provisto  de  tan  amplios  poderes,  era 
una  cuestión  de  la  mayor  importancia  entre  los  jesuitas» 
Aun  los  mayores  enemigos  de  la  Compañía  han  reconocido- 
a  los  padres  el  talento  indisputable  para  sacar  partido  de 
todos  sus  calogas,  de  modo  que  ninguno  de  ellos  sea  ver- 
daderamente inútil;  pero  cuando  se  trataba  de  designar  a 
este  ájente  comercial,  se  ponia  mas  cuidado  aun  que  para 
la  provisión  de  cualquier  otro  cargo,  i  se  elejia  siempre  al 
mas  activo,  el  mas  sagaz  de  todos,  a  aquel  que  hacia  pre- 
sumir que  dirijia  la  negociación  con  mayor  regularidad  i 
que  la  haría  producir  mayor  provecho.  Para  el  desempeña 
de  sus  funciones,  el  procurador  podia  contar,  no  solo  con 
numerosos  colaboradores,  esto  es,  con  otros  padres  o  her- 
manos que  estaban  a  sus  órdenes,  sino  con  el  apoyo  que 
sabian  conquistarse  entre  las  ientes  piadosas  i  bien  dis- 
puestas. 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  127 


VIL 


Los  negocios  comerciales  de  los  jesuitas  eran  con  mu- 
cho los  mas  estensos  i  los  mas  valiosos  que  se  hicieran  baja 
el  réjimen  colonial  entre  Chile  i  el  Perú,  i  eran  también  los 
que,  por  las  causas  espuestas,  se  ejecutaban  con  mas  regu- 
laridad i  método.  Como  si  todo  esto  no  bastara  para  hacer 
im])osible  toda  competencia  de  parte  de  los  otros  comer- 
ciantes e  industriales  de  Chile,  los  jesuitas  gozaban  de 
otros  favores  i  prerrogativas. 

Se  sabe  que  bajo  el  absurdo  sistema  rentístico  creado  por 
los  reyes  de  España  para  sus  colonias  del  nuevo  mundo, 
existian  aduanas  que  cobraban  derechos  a  los  productos 
de  cada  una  de  ellas,  que  salian  con  destino  a  otras,  i  que 
al  llegar  a  ésta,  debia  también  pagarse  un  nuevo  derecho. 
Estos  impuestos  gravaban  enormemente  a  la  industria 
recargando  el  costo  de  los  frutos  que  se  enviaban  de  una 
colonia  a  otra,  i  limitaban  la  producción.  Pero  la  lei  exi- 
mia de  derechos  a  los  objetos  que  esportaban  o  importa- 
ban las  iglesias  i  los  conventos,  como  destinados  al  cul- 
to o  al  mantenimiento  de  los  relijiosos.  Los  jesuitas  se 
aprovecharon  de  esta  escepcion  para  obtener  el  que  se 
libertasen  de  todo  pago  de  derechos  las  mercaderías  que 
enviaban  al  Perú  i  las  que  introducian  en  Chile,  de  mane- 
ra que  tenian  sobre  todos  los  otros  industriales  i  comer- 
ciantes una  ventaja  que  los  hacia  superiores  a  toda  com- 
petencia. 

Parece  que  el  abuso  de  este  privilejio  tomó  proporcio- 
nes colosales,  i  se  hizo  estensivo  a  todo  jénero  de  artículos. 
No  solo  lo  esplotaron  lor  padres  jesuitas,  sino  los  relijiosos 
de  las  otras  órdenes  i  hasta  las  monjas. 

El  reí  de  España,  Felipe  Y  de  Borbon,  supo  que  los 
eclesiásticos,  aprovechándose  del  permiso  para  introducir 
libre  de  derechos  lo  necesario  para  el  uso  de  los  relijiosos 
i  de  que  no  se  rejistraban  sus  petacas,  cometian  el  abuso^ 


I 


128  ESTUDIOS    HISTÓRICO  BIBLOGRÁFICOS 

de  tratar  i  contratar  ''en  el  mismo  modo  que  lo  ejecutan 
los  seglares,  dice  la  real  cédula  de  7  de  mayo  de  1730,  i 
con  la  autoridad  de  su  estado  que  en  sumo  grado  los  enva- 
lienta  para  cometer  con  toda  libertad  estos  excesos.  I  por 
que  fiados  en  esta  razón,  no  hai  quien  ejecute  con  ellos  di- 
lijencia  alguna  ni  les  rejistre  sus  cargas  i  petacas,  llevando 
en  ellas  todo  lo  que  quieren  suyo  i  ajeno,  valiéndose  los 
introductores  de  esta  sombra  i  amparo  para  esta  i  otras 
cosas  que  indebidamente  practican,  adquiriendo  por  estos 
medios  considerable  caudal  en  gravísimo  i  conocido  per- 
juicio de  mi  real  hacienda;  no  siendo  menos  escandaloso 
que  hasta  del  sagrado  de  los  conventos  se  valen  para  lo- 
grar con  mas  libertad  estqs  fraudes  en  las  ilícitas  intro- 
ducciones, pues  dentro  de  ellos  mismos  ocultan  i  guardan 
todos  los  jéneros  de  ilícito  comercio  que  tienen  i  los  que 
los  introductores  llevan  para  tenerlos  allí  con  mas  segu- 
ridad, sin  que  los  monasterios  de  relijiosas  se  reserven  de 
este  desorden;  en  tanto  grado  que  así  en  ellos  como  en  los 
de  relijiosos  se  venden  los  jéneros  con  irregulares  e  inaudi- 
tos procedimientos". 

Por  la  cédula  citada,  ordenó  el  rei  que  en  lo  sucesivo  se 
rejistraran  escrupulosamente  las  petacas  de  los  relijiosos 
que  llegasen  a  cualquier  punto  de  sus  dominios  de  América 
i  se  decomisasen  las  mercaderías  que  introdujeran  frau- 
dulentamente. El  permiso  o  exención  de  derechos  con- 
cedido por  la  lei,  quedaba  reducido  a  las  mercaderías  que 
introdujesen  los  relijiosos  para  el  culto  o  para  las  necesi- 
dades de  sus  conventos,  conforme  a  una  factura  aprobada 
por  el  superior  de  la  orden.  Pero  esta  restricción,  que  po- 
dia  perjudicar  a  los  otros  relijiosos,  no  hizo  el  menor  mal  a 
los  jesuítas.  Ellos  presentaban  oportunamente  la  factura 
respectiva, i  siguieron  esportando  o  introduciendo  sus  mer- 
caderías sin  pago  de  derechos  i  sin  molestia  alguna.  En 
1767,  cuando  al  dia  siguiente  de  la  espulsion  se  hizo  el  in- 
ventario de  los  bienes  que  los  jesuítas  tenian  en  cada  con- 
vento, se  hallaron  casi  en  todas  partes  cantidades  de  jéne- 


RÍQUBZAS    Dtí    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  129 

ros  de  lana  i  de  algodón  i  muchos  otros  artículos  de  comer- 
cio que  tenian  para  la  habilitación  de  sus  tiendas. 

VIII. 

Este  mismo  espíritu  mercantil  dirijia  otras  operaciones 
de  los  padres  jesuitas,  en  que  a  primera  vista  no  se  creia 
hallar  otro  sentimiento  que  el  amor  a  las  ciencias,  la  cari- 
dad cristiana  o  una  devoción  sincera  i  acendrada. 

Así,  por  ejemplo,  a  nadie  se  le  ocurrida  pensar  que  la 
enseñanza  fuera  un  negocio  en  Chile  a  mediados  del  siglo 
XVIII;  i  sin  embargo,  estudiando  esta  cuestión  con  pro- 
lijidad, se  ve  que  dejaba  buenas  utilidades  a  la  Compañía. 
Se  sabe  que  los  jesuitas  no  fundaron  un  establecimiento 
de  estudios  sino  cuando  por  via  de  donaciones  obtuvieron 
terrenos  para  ello,  otras  propiedades  para  subvenir  a  los 
gastos  i  para  la  imposición  de  ascensos,  capellanías  i  becas 
de  familia.  Ademas  de  esto,  los  alumnos  estaban  obliga- 
dos a  pagar  su  educación,  unos  en  dinero  i  otros  en  espe- 
cies, según  los  haberes  de  los  padres; i  estas  entradas,  como 
se  puede  ver  en  los  libros  en  que  se  llevaba  la  contabilidad, 
dejaban  un  provecho  no  despreciable.  Desde  el  1°  de  no- 
viembre de  1765  hasta  el  26  de  agosto  de  1767,  dia  en  que 
los  jesuitas  fueron  espulsados,  el  convictorio  o  colejio  de 
San  Francisco  Javier  en  Santiago,  habia  tenido  una  entra- 
da de  12,768  pesos,  i  sus  gastos  hablan  ascendido  en  ese 
mismo  tiempo  a  10,668  pesos;  lo  que  daba,  pues,  una  ga- 
nancia líquida  de  2,100. 

Es  fácil  ver  que  el  sosten  de  ese  establecimiento  no  era 
un  mal  negocio  para  los  jesuitas,  i  que,  si  bien  es  verdad 
que  en  la  enseñanza  ellos  buscaban  principalmente  los 
bienes  espirituales,  como  ganar  almas  para  el  cielo  i  con- 
quistarse la  influencia  sobre  las  familias  mas  considerables 
de  la  colonia,  no  se  olvidaban  tampoco  de  los  bienes  tem- 
porales. 

El  mismo  fin  se  buscaba  en  el  ejercicio  de  la  caridad. 
Practicábanla  los  padres   con  gran  celo,  pero  también  con 

TOMO   X  \) 


130  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


mucho  arte  para  que  no  les  costara  el  menor  sacrificio  de 
dinero.  Sin  buscar  otros  ejemplos,  nos  bastará  recordar 
dos  hechos  que  hemos  consignado  antes  de  ahora  en  estos 
apuntes. 

En  Concepción  repartían  a  los  pobres  en  la  puerta  del 
convento  las  sobras  de  su  mesa;  pero  para  esto  se  hicieron 
dar  ausilios  pecuniarios  por  el  presidente  don  Juan  Henrí- 
qu(z.  En  La  Serena  socorrieron  a  los  apestados  durante 
una  espantosa  epidemia  de  viruelas,  dándoles  algún  ali- 
mento; pero  también  recojieron  los  donativos  pecuniarios 
de  los  vecinos  para  comprar  los  alimentos  que  d'stribuian. 
Nunca  fué  mas  cierto  aquello  de  que  las  limosnas  que  se 
dan  a  los  pobres  son  un  préstamo  que  produce  ciento  por 
uno;  i  en  efecto,  cada  una  de  sus  obras  de  jenerosa  caridad, 
producia  a  los  jesuitas  abundantes  donativos  con  que  se 
indemnizaban  mui  sobradamente  del  desembolso  que  ha- 
blan hecho. 


IX 


Tanto  los  cronistas  de  la  Compañía  como  los  historia- 
dores que  se  han  ocupado  de  ella,  han  referido  mui  larga- 
mente los  trabajos  emprendidos  por  los  jesuitas  para  dar 
misiones.  En  efecto,  no  solo  recorrían  los  campos  vecinos  a 
las  ciudades,  como  sucedía  en  los  alrededores  de  Santiago, 
sino  que  iban  a  predicar  en  el  territorio  limítrofe  de  los 
araucanos,  en  Valdivia  i  sus  cordilleras,  en  Chíloé,  i  aun  en 
las  islas  situadas  mas  al  sur  de  este  archipiélago.  En  la  elec- 
ción de  los  misioneros  procedían  con  la  misma  prudencia 
con  que  dirijian  sus  otros  negocios.  No  confiaban  esta  ta- 
rea a  los  padres  de  quienes  podían  sacar  un  provecho  mas 
positivo  que  convertir  infieles;  lejos  de  eso,  aquellos  que  no 
podían  servir  por  cualquier  otro  camino  para  dar  lustre  o 
para  procurar  recursos  ala  Compañía  eran  designados  pa- 
ra misioneros,  i  en  caso  necesario,  para  mártires,  lo  que  no 
dejaba  de  dar  esplendor  a  la  orden. 


RIQUEZAS   DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  131 

Pero  estas  misiones,  mui  productivas  para  el  cielo,  se- 
gún los  cronistas  jesuitas,  puesto  que  se  contaban  por  mi- 
llares las  conversiones  operadas  por  cada  una  de  ellas,  eran 
igualmente  provechosas  para  los  padres.  Las  misiones,  en 
efecto,  eran  pagadas  unas  por  el  rei,  cuyo  tesoro,  exhausto 
para  otras  necesidades,  encontraba  ciertos  recursos  para 
cubrir  el  sínodo  a  los  misioneros,  i  otras  por  los  obispos  o 
por  los  piadosos  colonos  que  establecian  gruesas  capella- 
nías con  este  objeto  o  que  daban  jenerosamente  el  dinero 
para  cada  misión. 

Este  requisito  era  indispensable  para  que  los  padres  sa- 
lieran a  misionar.  Por  eso  fué  que,  cuando  el  presidente 
Porter  Casanate,  apremiado  por  la  pobreza  de  las  arcas 
reales,  i  teniendo  que  atender  a  todos  los  ramos  del  servi- 
cio, quitó  a  los  padres  el  sínodo  que  se  les  pagaba  para 
sostener  sus  misiones  en  los  campos  vecinos  a  la  frr)ntera, 
éstos  retiraron  sus  misioneros,  i  no  volvieron  a  enviarlos 
hasta  que  el  rei  mandó  que  se  les  cubriern  en  adelante  aque- 
lla asignación  i  las  cantidades  que  habian  dejado  de  per- 
cibir. 

X. 

Dentro  de  las  ciudades,  los  jesuitas  hacian  grandes  fun- 
ciones relijiosas,  frecuentes  procesiones,  i  suntuosas  celebra- 
ciones por  la  canonización  de  algún  santo  o  por  alguna  fes- 
tividad de  la  iglesia. 

El  padre  (3 valle,  que  ha  descrito  largamente  muchas  de 
estas  fiestas,  agrega  con  su  candor  habitual  lo  que  sigue: 
**No  puedo  dejar  de  referir  aquí  una  cosa  en  que  resplande- 
ce grandemente  la  piedad  i  la  liberalidad  de  algunas  per- 
sonas de  Santiago  para  con  la  Compañía,  i  es  que  con  ser 
tan  grande  el  gasto  de  estas  fiestas,  no  costea  en  ellas  nada 
nuestra  iglesia,  porque  toda  la  costa  la  hacen  de  fuera  to- 
dos los  años  varias  personas,  que  por  su  devoción  i  piedad 
la  han  tomado  a  su  cargo.  Las  congregaciones  i  cofradías 
costean  sus  fiestas.  Las  del  jubileo    délas    cuarenta    horas 


132  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

las  tienen  repartidas  entre  sí  algunos  mercaderes  principa- 
les i  otras  personas  pias  i  devotas  que  dan  de  limosna  toda 
la  cera,  olores  e  lo  demás  necesario  para  ellas.  La  fiesta  de 
nuestro  padre  San  Ignacio  la  costea  una  señora  mui  prin- 
cipal i  noble,  devota  de  nuestro  santo.  Otra  de  no  inferio- 
res prendas,  la  de  San  Francisco  Javier.  Un  caballero  de  lo 
mas  noble  de  la  tierra,  la  del  beato  padre  Francisco  de  Bor- 
ja.  1  la  del  beato  Luis  Gonzaga,  un  ministro  del  rei,  caba- 
llero de  grande  piedad.  A  todas  ellas  acuden  estas  personas 
pias  i  devotas  a  competencia,  procurando  cada  cual  con 
santa  emulación  aventajarse  en  el  gasto  de  cera,  olores, 
música,  aparato  i  adorno  del  altar,  con  invenciones  de  fue- 
gos, clarines,  cajas  i  trompetas  que  la  regocijan.  Esto  es  lo 
ordinario  i  anual;  que  en  fiestas  estraordinarias,  como  son 
las  canonizaciones  de  santos,  es  mui  de  admirar  la  liberali- 
dad con  que  esta  ciudad  se  esmera  en  celebrarlas,  como  se 
vio  en  la  de  nuestros  santos  San  Ignacio  i  San  Francisco 
Javier,  a  las  cuales,  fuera  de  los  olores  i  cera, (que  ésta  fué 
tanta  que  con  solo  la  que  dio  un  caballero  hubo  para  el 
grande  gasto  de  la  fiesta  i  sobró  para  el  gasto  de  todo  un 
año),  se  agregaron  ocho  banquetes". 

En  todas  estas  funciones  se  hacia  un  gran  consumo  de 
cera  pagada  por  los  fieles  a  un  precio  subido  (doce  reales, 
1  peso  50  cent,  la  libra);  pero  debe  advertirse  que  eran  los 
jesuítas  los  que  vendían  este  artículo  a  las  personas  piado- 
sas que  iban  a  quemar  sus  velas  al  templo. 


XI. 


No  era  uno  de  los  menores  ramos  de  entradas  déla  Com- 
pañía el  que  le  proporcionaban  las  mandas  o  peticiones  de 
milagros,  que  casi  siempre  se  pagaban  espléndidamente. 
Hemos  dicho  ya  que  cada  una  de  las  pajinas  de  las  cróni- 
cas de  los  jesuítas  de  Chile  están  sembradas  délos  prodijios 
mas  estupendos.  Es  preciso  leer  las  cartas  anuales  que  el 
provincial  dirijia  a  Roma  a  su  superior,  las  historias  de  los 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS  133 

padres  Ovalle,  Lozano  i  Olivares;  para  conocer  la  protec- 
ción que  el  cielo  dispensaba  a  la  orden. 

Poseían  los  padres  un  inmenso  relicario  en  que  habia 
remedios  maravillosos  para  todas  las  enfermedades:  tenían 
talismanes  para  facilitar  el  parto  de  las  mujeres  embaraza- 
das, para  sanar  las  úlceras  que  no  podían  curar  los  médi- 
cos i  para  arrojar  al  demonio  de  una  casa  o  del  cuerpo  de 
un  infeliz  del  cual  se  hubiera  apoderado  este  enemigo  de  los 
hombres.  Eran  poseedores  de  secretos  maravillosos  para 
distinguir  a  los  que  estaban  en  pecado  mortal,  o  a  los  que, 
creyéndose  de  buena  fé  cristianos  verdaderos,  no  habían 
recibido  el  agua  del  bautismo  o  habían  sido  mal  bautiza- 
dos. Conocían  el  arte  de  penetrar  las  conciencias  intran- 
quilas i  de  tranquilizar  las  timoratas.  En  una  palabra,  í  a 
ehtar  a  lo  que  refieren  sus  propios  cronistas,  los  jesuítas 
gozaban  de  la  protección  divina,  i  podían  hacer  un  mila- 
gro cada  día  i  casi  cada  hora. 

Como  desgraciadamente  en  nuestro  tiempo  no  son  tan 
frecuentes  los  míkigros,  casi  se  está  dispuesto  a  dudar  de 
los  que  hicieron  los  jesuítas;  se  dudaría  en  efecto,  sí  no  es- 
tuvieran referidos  por  escritores  tíin  graves  i  autorizados 
como  los  que  acabamos  de  citar. 

Como  era  natural,  todos  los  enfermos,  todos  los  afliji— 
dos  o  desgraciados,  tenían  que  ocurrir  a  los  padres  en  bus- 
ca de  UQ  remedio  o  de  un  consuelo.  De  aquí  veníanlas  man- 
das, es  decir,  los  ofrecimientos  de  dinero  por  cada  milagro; 
i  como  en  esos  tiempos  de  acendrada  piedad  los  prodijios 
ocurrían  siempre,  totales  a  veces,  parciales  en  otras,  pero 
siempre  milagros,  era  preciso  pagarlos,  i  en  ocasiones  a 
muí  altos  precios.  Hubo,  sin  embargo,  algunas  personas 
que  despucs  de  haber  recibido  el  beneficio,  se  negaron  a  pa- 
gar la  manda  bajo  pretesto  de  que  habían  sanado  por  los 
medios  naturales;  pero  los  padres  no  se  dejaban  burlar  i 
casi  siempre  se  hicieron  pagar  lo  que  se  les  debia.  La  exe- 
cración pública,  por  otra  parte,  caía  sobre  esos  ingratos  í 
los  condenaba  sin  apelación. 


13  i  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


XIL 


Cuando  se  conocen  las  fuentes  de  entradas  de  que  dispo- 
nían los  jesuítas  í  cuando  se  sabe  de  qué  manera  adminis- 
traban sus  bienes,  se  comprende  fácilmente  cómo  en  menos 
de  dos  siglos  pudieron  reunir  riquezas  que  casi  parecen  fa- 
bulosas. 

A  la  época  de  la  espulsion,  en  1767,  su  fortuna  era  supe- 
rior a  lo  menos  en  el  doble  a  la  de  todas  las  órdenes  relijio- 
sas  reunidas,  aun  comprendiendo  en  estas  los  morasterios 
de  monjas.  Esa  fortuna,  que  no  ha  sido  nunca  debidamente 
íivaluada,  podia  representar  un  valor  aproximativo  de  2 
a  3  millones  de  pesos  -"^i  pero  puede  calcularse  cuál  habria 
sido  su  incremento  con  el  trascurso  del  tiempo  cuando  se 
piense  que  las  rentas  enormes  de  la  Compañía  eran  capita- 
lizadas i  convertidas  en  nuevas  propiedades  territoriales. 
De  esta  manera,  i  aun  sin  contar  con  nuevas  donaciones  ni 
nuevas  herencias,  que  nuiíca  habrían  faltado  a  los  jesuítas, 
i  casi  sin  tomar  en  cuenta  el  aumento  natural  del  valor  de 
los  bienes  territoriales,  se  puede  creer  que  sin  la  pragmá- 
tica de  Carlos  III,  la  Compañía  habria  poseido  en  1810,  íÚ 
asomar  la  revolución  chilena,  un  caudal  de  20  millones  de 
pesos  '''). 

¿Cuáles  habrían  sido  los  embarazos  de  los  padrcít  de  H 
patria  si  a  todas  las  dificultades  que  tuvieron  que  vencer  se 
hubieran  agregado  el  prestijio,  el  poder  i  la  riqueza  de  los 
jesuítas,  que  indudablemente  se  habrían  pronunciado  en 
contra  de  todo  cambio  de  gobierno,  i  sobre  t(Klo,en  contra 
de  la  independencia  i  de  la  república? 


5  Debe  tenerse  en  cuenta  que  Chile  era  1 1  mas  pobre  de  las 
colonias  de  España.  En  otras  partes  las  riquezas  de  los  jesuítas 
eran  inmensamente  superiores.  .A.sí,  las  que  poseían  en  el  Perú 
fueron  avaluadas  en  16  millones  de  pesos  i  en  mas  de  30  las  de 
Nueva  España. 

:•:)  Debe  entenderse  que  esta  avciluacion  es  en  pesos  oro  de  48d., 


RIQUEZAS    DE    LOS    ANTIGUOS    JESUÍTAS 


135 


i  que  el  señor  Barros  Arana  hacia  su  cálculo  atribuyendo  a  la  pro- 
piedad rural  un  valor  inmensamente  inferior  al  que  en  realidad  al- 
canzó mui  luego.  Véase  como  corroboración  i  complemento  de 
€stas  noticias,  His.  Jen.  de  Chile  (Santiago,  1886)  t.  VI.,  §  2  i  3, 
pájs.  248  i  siguientes — Nota  del  Compilador. 


DOCUMENTO 

PARA    LA 

HISTORIA  DE  CHILE  DEL  SIGLO  XVIII 


A^i^i]]srx>iCE;  I 


IMPORTANTE   DOCUMENTO  SOBRE   LA.    ES  PULSIÓN 
DE   LOS  jesuítas  EN   1767    * 

El  documento  que  publicamos  en  seguida  es  una  relación 
circunstanciada  del  arresto,  prisión,  embarco  i  viaje  de  los 
jesuitas  espulsados  de  Chile  en  1767,  en  virtud  de  la  fa- 
mosa príigmática  de  Carlos  III.  Fué  escrita  en  Oettingen  , 
€n  Baviera,  el  23  de  enero  de  1770,  por  uno  de  los  jesuítas 
espulsados  de  Chile,  el  padre  Pedro  Weingartner,  i  dirijida 
al  padre  José  Erhard,  provincial  de  la  Compañía  en  la  pro- 
vincia de  Jermania. 

El  padr?  Weingartner  era  bávaro  de  nacimiento.  Recibió 
las  órdenes  en  su  patria,  pasó  a  Chile  como  misionero  i  re- 
sidió en  este  pais  durante  largos  años,  así  como  muchos 
otros  jesuitas  alemanes  que  se  encontraban  en  él  a  la  época 
de  la  espulsion.  De  algunos  de  ellos  habla  en  la  carta  que 
publicamos  hoi;  pero  ha  dejado  de  mencionara  muchos 
otros  de  quienes  habríamos  querido  encontrar  allí  algunas 
noticias  biográficas.  Como  él  mismo  lo  dice,  después  de  su 
vuelta  a  Europa, el  padre  Weingartner  se  estableció  en  Ale- 
mania. Formó  parte   de  la   provincia  de  Jermania  i  en   se- 

*  Publicado  en  los  Anales  ele  la  Universidad  de  Chile  (San- 
tiago, 1869),  pájs.  107-130.— Nota  del  Compilador. 


140  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGKÁFICOS 

guida  de  la  de  Baviera,  cuando  se  formó  ésta  i^l*^  de  no- 
viembre  de  1770).  Vivía  todavía  cuando  la  orden  de  los 
jesuítas  fué  suprimida  por  el  papa  Clemente  XIV  (1773). 

Esta  carta  fué  escrita  en  latin  i  se  conserva  en  el  archiva 
de  un  convento  de  jesuítas  de  Alaría-Laach,  en  la  Prusía 
del  Rhín.  Un  escritor  de  la  misma  Compañía,  el  padre  Anu- 
gusto  Cara3^on,  la  ha  dado  a  luz  traducida  al  francés  en 
una  obra  titulada  Charles  III  et  ¡esjesuites  de  ses  états  d* 
Europe  et  d'Amérique  en  1767  (1  vol.  en  8*^,  París,  1868), 
que  es  una  simple  compilación  de  documentos  importantes 
para  la  historia  de  la  espulsion  de  los  jesuítas  de  los  domi- 
nios del  reí  de  España.  No  podemos  garantizar  la  fidelidad 
de  la  traducción  francesa,  puesto  que  no  hemos  visto  el  orí- 
jinal  latino;  pero  el  testo  que  publicamos  reproduce  fiel- 
mente en  castellano  la  versión  francesa. 

No  creemos  que  esta  carta  contenga  todas  las  noticias 
necesarias  para  dar  a  conocer  el  acto  de  la  espulsion  de  los 
jesuítas  de  Chile.  Indudablemente  faltan  en  ella  pormenores 
de  importancia  que  han  sido  omitidos  por  el  autor,  o  tai- 
vez  suprimidos  por  el  traductor;  pero  basta  leer  este  docu- 
mento para  comprender  el  grande  interés  que  tiene  para  el 
historiíidor  que  sé  ocupe  de  este  notable  suceso.  Por  esta 
nos  ha  parecido  que  su  publicación  será  recibida  con  agra- 
do por  todos  los  que  se  ocupan  en  el  estudio  de  la  historia 
patria. 

Hé  aquí  el  documento. 

"Mi  reverendo  padre  provincial: 

Me  propongo  escribir  en  pocas  palabras  la  historia  de 
nuestra  espulsion  del  reino  de  Chile  en  América:  si  falto  a 
las  reglas  de  una  lengua  que  no  he  usado  desde  hace  veinte 
años,  espero  que  se  me  perdone,  porque,  lo  confieso,  la  he 
olvidado  considerablemente. 

El  año  1767  fué  para  nosotros  fatal  i  desastroso.  El  7 
de  agosto,  día  de  la  octava  de  nuestro  desventurado  Pa- 
dre, llegó  del  Paraguaí  a  Santiago,  capital  de  Chile,  un  ca- 


ESPL'LSION    DE    LOS   JESUÍTAS  141 

rreo  estraordinario  enviado  por  el  gobernador  de  Buenos 
Aires,  a  pesar  del  invierno  i  de  las  nieves  que  cubren  en  esta 
€poca  las  montañas  situadas  entre  estos  dos  reinos.  El  go- 
bernador de  Chile  i),  hombre  mui  afecto  a  la  Compañía, 
ocultó  con  cuidado  su  llegada  i  nadie  supo  la  misión  que  se 
le  habia  encargado.  Sin  embargo,  el  gobernador  hace  ce- 
rrar todos  los  pasos  de  la  cordillera  i  coloca  en  ellos  centi- 
nelas armados,  al  mismo  tiempo  que  levanta  nuevas  tro- 
pas i  prohibe  a  dos  naves  españolas  que  se  encuentran  en 
•el  puerto  darse  a  la  vela  sin  su  permiso.  El  pueblo  no  sabia 
qué  pensar  de  todos  estos  movimientos:  los  unos  decian 
que  iba  a  estallar  una  guerra  con  Inglaterra;  los  otros  que 
eran  preparativos  para  castigar  con  las  armas  a  los  indios 
que  pocos  d'as  antes  hablan  saqueado  a  los  jesuitas  i  los 
hablan  arrojado  de  las  misiones  recien  fundadas  por  el  re- 
verendo padre  provincial  Baltasar  Hueber.  Por  orden  del 
gobernador  se  hacia  una  novena  rezada  en  la  iglesia  de 
Santo  Domingo  por  el  feliz  éxito  de  su  empresa,  i  se  prome- 
tió al  pueblo  instruirle  de  todo  el  asunto  el  25  de  agosto. 
Todas  las  tropas  diseminadas  en  los  campos  hablan  reci- 
bido orden  de  reunirse  en  Santiago  para  ese  dia.  El  go- 
bernador envió  al  mismo  tiempo  oficios  cerrados  a  sus 
subalternos  con  orden  de  no  abrirlos  sino  en  el  dia  i  ante 
los  testigos  que  se  le  designaban. 

El  24?  de  agosto,  dia  de  San  Bartolomé,  en  la  tarde,  co- 
menzó a  esparcirse  por  la  ciudad  el  rumor  de  que  todo  ese 
aparato  de  guerra  se  dirijia  contra  los  padres  de  la  Com- 
pañía de  Jesús;  a  las  tres,  supe  la  noticia  por  medio  de  otro 
padre  de  un  modo  bastante  seguro.  Las  relijiosas  carmeli- 
tas se  pusieron  al  momento  en  oración,  no  perdonando 
desvelos  ni  penitencias.  El  25,  Jos  soldados  estaban  en  el 
puesto  que  se  les  habia  asignado:  toda  la  ciudad  esperaba; 
sin  embargo,  el  gol)ernador  no  se  presentó.  Como  el  cielo 
«staba  cargado  de  nubes  i  amenazaba  lluvia,  envió  las  tro 


1)   Don  Antonio  de  Guill  i  Gonzaga. 


142  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

pas  a  comer,  i  lo  postergó  todo  para  el  día  siguiente.  Pero 
de  hora  en  hora  el  rumor  de  la  víspera  tomaba  mas  consis- 
tencia: se  decia  abiertamente  que  esos  preparativos  se  diri- 
¡ian  contra  nosotros.  Se  vio  a  un  soldado  recorrer  las  ca- 
lles con  lágrimas  en  los  ojos,  repitiendo  que  era  deudor  a 
los  jesuítas  de  todo  lo  que  había  de  bueno,  i  que  prefería 
hacerse  matar  antes  que  poner  la  mano  sobre  uno  solo  de 
ellos.  Este  mismo  día,  varías  personas  estrañas  fueron  a 
ofrecernos  a  muchos  padres  i  a  mí  un  asilo  en  sus  casas  si 
éramos  espulsados  de  líis  nuestras. 

En  fin,  llegó  el  día  fatal.  El  25  de  agosto  de  1767  a  las 
tres  de  la  mañana,  un  oficial  del  reí  seguido  de  una  nume- 
rosa escolta  se  presentaba  al  colejio,  í  estando  reunidos 
todos  los  padres,  les  lee  un  decreto  real  i  toma  posesión  de 
la  casa.  A  la  misma  hora  de  la  noche,  otro  oficial  entraba 
de  la  misma  manera  en  nuestra  casa  de  San  Pablo  o  de 
tercera  prueba;  otro,  al  colejio  de  nobles;  un  cuarto  en  fin 
al  noviciado:  i  todos  los  padres  i  hermanos  de  esas  casas 
recibían  la  orden  de  dirijirse  inmediatamente  al  colejio 
grande.  Se  encerró  a  los  novicios  en  la  capilla  privada,  i 
cuando  vino  el  día,  se  los  condujo  a  una  casa  particular 
que  fué  custodiada  con  soldados.  Ahí  tuvieron  que  sufrir 
las  instancias  de  sus  madres,  de  sus  parientes  i  de  sus  ami- 
gos, que  les  suplicaban  abandonasen  la  Compañía  i  vol- 
viesen a  sus  familins.  Pero  esos  nobles  jóvenes,  fortificados 
de  lo  alto,  resistieron  con  jeneroso  coraje  a  todas  las  solici- 
taciones i  a  todas  las  promesas.  En  fin,  después  de  catorce 
días  de  lucha,  fueron  conducidos  al  colejio  grande  i  reuni- 
dos a  los  otros  jesuítas.  Largo  sería  referir  todas  las  prue- 
bas a  que  estuvieron  sometidos  en  Chile,  en  Lima,  durante 
el  viaje,  en  España,  i  cómo  llegaron  a  Italia.  En  una  carta 
especial  dirijida  al  padre  Francisco  Javier Rufin,  vice  rector 
en  Laudsberg,  he  hablado  ya  de  su  estraordinaria  cons- 
tancia en  ^u  vocación  i  de  los  grandes  ejemplos  de  virtud 
que  han  daJo;  he  referido  cuántos  peligros  han  tenido  que 
correr,  dificultades  que  vencer,  contratiempos  que  dominar. 


r 


ESPULSION    DE    LOS    JESUÍTAS  143 


padecimientos  que  sufrir.   No  debo  volver  sobre  esa  mate- 
ria, que  se  ha  tratado  ya  por  estenso. 

En  todo  el  reino,  a  la  misma  hora  de  la  noche,  todas 
nuestras  casas  fueron  ocupadas  de  la  misma  manera,  i  to- 
dos los  jesuitas  arrestados.  Desde  algunos  años  atrás,  vi- 
via  yo  con  algunos  hermanos  coadjutores  en  una  casa  de 
campo  mui  cerca  de  Santiago,  donde  me  ocupaba  de  los 
negros,  de  los  indios  i  de  los  habitantes  de  la  vecindad;  era 
yo  como  su  cura.  No  fui  olvidado:  un  oficial  con  escribanos 
i  soldados  se  nos  apareció  a  la  misma  hora  de  la  noche, 
nos  leyó  la  real  cédula,  tomó  posesión  de  la  casa  i  de  todos 
sus  haberes,  i  nos  intimó  dirijirnos  al  colejio  grande  antes 
de  la  salida  del  sol.  En  el  camino  i  a  las  puertas  del  colejio, 
encontramos  hombresi mujeres  que  lloraban  por  nosotros. 
El  interior  de  la  casa  ofrecia  un  aspecto  lamentable:  dos 
piquetes  de  soldados  colocados  a  cada  lado,  guardaban  la 
puerta  de  la  calle:  en  todas  partes  había  centinelas  arma- 
dos: delante  de  la  pieza  del  reverendo  padre  rector,  de  la 
del  padre  procurador,  del  hermano  enfermero,  delante  de 
la  biblioteca  i  en  la  puerta  de  los  patios.  La  pieza  del  reve- 
rendo padre  provincialestaba, sobretodo,  bien  custodiada: 
el  jefe  de  la  milicia  habia  establecido  en  ella  su  cuartel  jene- 
ral.  Vimos  allí  reunidos  a  los  padres  i  hermanos  traídos 
de  todos  nuestros  colejios  de  la  ciudad,  en  número  de  ciento 
veinte  mas  o  menos.  A  las  once  comimos  en  nuestro  refec- 
torio en  presencia  del  jefe  de  la  milicia.  Los  soldados  fue- 
ron a  la  segunda  mesa  con  aquellos  de  los  nuestros  que  no 
habian  tomado  parte  en  la  primera.  Se  confiscó  en  benefi- 
cio de  la  caja  real  el  tesoro  de  la  iglesia,  de  una  riqueza  no- 
table, con  todos  los  bienes  del  colejio  i  de  nuestras  casas  de 
campo.  El  decreto  de  destierro  que  se  nos  leyó  aquella  no- 
che, destinaba  una  parte  de  esos  bienes  para  proveer  a 
nuestras  necesidades  hasta  Itaha:  el  mismo  decreto  prome- 
tía también  a  los  jesuitas  nacidos  en  los  estados  de  Su  Ma- 
jestad una  pensión  conveniente  durante  su  vida.  Algunos 
dias  después,  apareció  una  pragmática  del  rei,  que  prohi- 


144  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


bia  bajo  penas  muí  graves  tomar  nuestra  defensa,  hablar 
o  escribir  en  nuestro  favor,  i  aun  comunicar  con  nosotros  i 
darnos  dinero  o  letras  de  cambio.  Tal  era  en  sustancia  la 
parte  dispositiva  de  esa  funesta  pragmática:  en  cuanto  a 
las  razones  que  la  hablan  inspirado,  el  rei  declaraba  que 
las  dejaba  encerradas  en  su  real  corazón. 

Pero  ¿qué  pensaba  el  obispo,  qué  pensaba  el  pueblo  de 
Santiago?  Desde  la  mañana,  Su  Ilustrísima  convocó  su  cle- 
ro i  sus  canónigos,   i  quiso  hablarles  de  la  medida  de  que 
éramos  objeto;  pero  cuando  habia  pronunciado   algunas 
palabras,  se  puso  a  llorar  con  todos  los  asistentes.   El  ca- 
bildo eclesiástico  intentó  reunirse  también;  pero  esta  segun- 
da asamblea  se  separó,  como  la  primera,  en  medio  de  lágri- 
mas. El  pueblo  estabci  confundido  i  como  aterrado;  las  igle- 
sias i  tiendas  permanecían  cerradas;  todos  los  negocios  es- 
taban interrumpidos.  Las  mujeres,  ricas  o  pobres,  llenaban 
con  sus  lamentos  i  sollozos  las  casas  i  los  lugares  públicos. 
Aun  hombres  del  mas  alto  rango,   eclesiásticos  o  seglares, 
no  se  avergonzaban  de  llorar  ante  todo  el  mundo.   El  pe- 
queño número  de  nuestros  enemigos  reconocidos  como  ta- 
les en  la  ciudad,  no  se  atrevía  a  salir  a  la  calle  por  no  espo- 
nerse al  furor  de  la  multitud,  i  se  quedaron  encerrados  con 
mucha  prudencia  en  sus  casas.   Se  permitió   al  principio  a 
algunas  personas  distinguidas  visitarnos  en  el  interior  del 
colejio;  pero  luego  no  se  les  concedió  entrar  sino  a  la  puer- 
ta, i  solo  en  presencia  de  las  guardias,  podian  comunicarse 
con  nosotros.  El  obispo  i  el  gobernador  de  Chile,  vivamente 
alectos  ambos  a  la  Compañía,   nos  visitaron  también:    el 
tiempo  de  nuestra  residencia  i  reclusión  en  el  colejio  fué  bas- 
tante considerable,  porque  no  estaban  aprestados  los  bu- 
ques que  debiau  conducirnos.  Debo  decir  también  que  nos 
trataron  con  toda  clase  de  consideraciones  los  oficiales  rea- 
les i  los  habitantes  de  la  ciudad.  Todos  los  dias  podíamos 
celebrar  el  santo  sacrificio  en  nuestra  iglesia  cerrada;  i  con 
un  consuelo  especial  de  nuestra  alma,  recitábamos  losevan- 
jelios  i  las  epístolas  del  común  de  los  apóstoles  i  del  común 


BSPULSION    DE    LOS    JESUÍTAS  145 

de  los  mártires, en  que  encontrábamos  muchas  aplicaciones 
a  nuestro  estado  presente. 

Lo  que  se  hizo  en  Santiago  se  repitió  en  todo  el  reino: 
por  todos  los  caminos  se  encontraban  jesuitas  conducidos 
por  soldados  al  puerto  de  Valparaíso,  en  medio  de  la  cons- 
ternación i  de  las  lágrimas  de  los  habitantes  de  los  campos 
t  de  sus  curas.  El  reverendo  padre  Baltasar  Hueber,  nues- 
tro provincial,  fué  capturado  con  varios  otros  en  el  colejio 
-de  Concepción,  donde  tomaba  algún  reposo  después  de  su 
visita  de  las  misiones,  i  conducido  a  Valpar^iiso;  en  ese  mo- 
mento, el  padre  Juan  Antonio  Araoz  estaba  en  camino  para 
dirijirse  al  colejio  de  Coquimbo,  adonde  lo  enviaba  la  obe- 
diencia. De  repente,  dos  campesinos  corren  hacia  él  apresu- 
radamente con  los  ojos  llenos  de  lágrimas  i  arrojándose  a 
sus  pies,  le  conjuran  a  que  huya  cuanto  antes  porque  han 
visto,  agregan,  a  todos  los  padres  del  colejio  de  Coquimbo 
llevados  con  guardias  a  Santiag^o,  para  ser  puestos  en  la 
picota.  Desorientado  por  una  noticia  tan  estraña,  el  padre 
Araoz  se  oculta  en  un  bosque  vecino;  i  desde  su  escondite, 
no  tarda  en  efecto  en  ver  pasar  a  los  padres  de  Coquimbo 
€n  medfo  de  un  fuerte  destacamento  de  soldados.  Pero  bien 
pronto,  mejor  informado  i  persuadido  de  que  los  padres 
eran  conducidos,  no  a  Santiago,  de  donde  él  venia,  sino  al 
puerto,  i  que  no  estaban  condenados  a  la  picota  sino  al 
destierro,  volvió  a  buscarlos  i  se  juntó  con  ellos  en  el  puer- 
to. En  todas  partes,  en  Santiago,  como  en  las  otras  ciuda- 
des del  reino,  el  pueblo  se  esforzaba  con  lágrimas,  ayunos, 
súplicas,  procesiones  i  toda  clase  de  penitencias,  en  apaci- 
guar la  cólera  del  cielo,  porque  atribuia  a  sus  pecados  nues- 
tra partida  i  temblaba  de  que  éste  fuera  para  él  el  oríjen  de 
todos  los  males.  Las  relijiosas,  de  que  hai  seis  monasterios 
en  Santiago,  excedieron  a  los  demás  en  sentimiento:  largo 
seria  referir  todos  los  medios  que  emplearon.  Las  carmeli- 
tas, que  habian  sido  dirijidas  siempre  por  nuestros  padres, 
se  consumieron,  por  decirlo  así,  en  ayunos  i  penitencias.  No 
esceptuaron  ni  el  dia  de  su  Madre  santa  Teresa,  que  pasa- 

TOMO    X  10 


146  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

ron  ayunando,  como  todos  los  otros.  Colocaron,  es  verdad,, 
sobre  el  altar  la  imájen  de  la  santa,  pero  la  cubrieron  con 
un  velo  negro;  no  quisieron  en  ese  dia  ni  misa  solemne,  ni 
música,  ni  sermón.  Mas  aun:  cediendo  al  exceso  de  su  deso- 
lación, llegaron  hasta  amenazar  a  su  Madre  con  no  cele- 
brar mas  su  fiesta,  si  no  les  volvia,  a  sus  padres  espiritua- 
les. Los  fieles  i  el  obispo  vinieron  a  su  iglesia  para  orar  con 
ellas;  pero  viendo  ese  espectáculo  de  tristeza  i  desolación, 
solo  supieron  confundir  sus  lágrimas  con  las  de  esas  santas 
vírjenes.  Al  caer  la  noche,  nos  enviaron  al  colejio  la  imájen 
de  santa  Teresa,  i  la  hicieron  colocar  en  nuestra  capilla  pri- 
vada, donde  tuvimos  durante  ocho  dias  facilidad  para  hon- 
rarla a  nuestro  gusto. 

Entre  tanto,  se  nos  anunció  que  íbamos  a  ser  conducidos 
al  puerto,  i  de  noche,  para  evitar  todo  movimiento  en  el 
pueblo:  porque  ya  varias  veces  en  Santiago  i  en  otras  ciu- 
dades del  reino,  la  multitud  habia  manifestado  deseos  de 
ajitarse  en  nuestro  favor;  i  para  contenerla,  habia  sido  pre- 
ciso prometerle  que  nuestros  asuntos  se  terminarian  bien 
pronto  con  el  rei,  i  que  no  tardaríamos  en  volver  al  señó- 
de  ella.  Creyó  en  estas  seguridades  i  se  mantu\ro  en  paz. 

Así,  pues,  el  23  de  octubre  a  las  dos  de  la  mañana,  sali- 
mos a  pié  del  colejio.  Se  habia  prohibido  a  todos  los  habi- 
tantes abrir  la  puerta  de  sus  casas:  las  calles  estaban  guar- 
dadas por  una  doble  fila  de  soldados,  en  medio  de  la  cual 
tuvimos  que  pasar  llevando  nuestras  maletas.  Cien  solda- 
dos nos  esperaban  fuera  de  la  ciudad  con  igual  número  de 
caballos:  se  nos  hizo  montar  en  ellos,  i  nos  pusimos  en  ca- 
mino con  nuestros  guardianes:  éramos  ciento;  los  viejos, 
inválidos  i  enfermos  habian  sido  dejados  en  el  convento  de 
San  Francisco. 

Cuando  aclaró,  toda  la  ciudad  de  Santiago  resonaba  con 
lamentaciones  i  jemidos;  lloraba  la  pérdida  de  los  que  ve- 
neraba i  amaba  como  a  sus  padres.  Durante  el  viaje,  fui- 
mos bien  tratados,  como  ya  lo  habíamos  sido  en  el  colejio. 
Después  de  ocho  dias  de  camino,  llegamos  a  Valparaiso- 


ESPULSION     DE    LOS    JESUÍTAS  147 

Encontramos  en  esta  ciudad  al  reverendo  padre  provincial 
con  un  gran  número  de  padres  que  habian  sido  traidos  de 
todos  los  puntos  del  reino.  La  provincia  de  Chile  contaba 
entonces  trescientos  sesenta  miembros,  entre  los  cuales  ha- 
bia  once  novicios  i  cuarenta  estudiantes,  mas  o  menos.  Nos 
vimos  reunidos  cerca  de  trescientos,  parte  en  nuestra  resi- 
dencia, parte  en  una  sala  privada:  en  ambos  lugares  una 
fuerte  guardia  nos  vijilaba.  En  la  residencia,  podíamos  ce- 
lebrar todos  los  dias  el  santo  sacrificio  con  la  iglesia  cerra- 
da; los  que  se  encontraban  en  la  casa  particular,  fueron  pri- 
vados de  este  consuelo.  De  alimento  i  vestidos,  nada  tenía- 
mos que  desear;  pero  estábam  )S  mui  estrechos  en  la  habi- 
tación. En  una  misma  pieza  nos  hallábamos  reunidos  a 
veces  cuatro,  seis,  ocho  i  aun  diez.  Los  padres  misioneros 
que  trabajaban  en  las  islas  de  Chiloé  no  vinieron  a  Valparai- 
so;  se  les  condujo  por  mar  directamente  a  Lima.  Se  obligó 
a  los  padres  procuradores,  en  virtud  del  decreto,  a  perma- 
necer dos  meses  en  las  residencias  i  en  los  colejios,  para  ren- 
dir cuenta  exacta  de  su  administración.  Los  viejos  achaco- 
sos i  los  enfermos  fueron  colocados,  como  lo  hemos  dicho 
ya,  en  el  convento  de  San  Francisco  con  una  pensión  con- 
veniente a  espensas  del  tesoro  real.  Los  estudiantes  dieron 
sus  exámenes  ordinarios  defilosofía  i  deteolojía  en  elniesde 
enero,  porque  en  Chile  el  año  escolar  principiad  primer  do- 
mingo de  cuaresma  i  termina  en  el  mes  de  enero.  Estos  jó- 
venes, que  eran  cuarenta,  mas  o  menos,  habian  nacido  los 
unos  en  España,  de  donde  habian  venido  a  Chile  en  compa- 
ñía de  los  procuradores  jenerales;  los  otros,  mas  numero- 
sos, en  Chile  mismo,  de  familias  españolas,  nobles  en  su 
mayor  parte.  Todos  dieron  pruebas  del  mayor  coraje:  ni 
uno  solo  retrocedió  ante  la  persecución,  i  tuvieron  a  honor 
el  llevar  su  cruz  con  paciencia  i  el  marchar  en  pos  de  N.  S. 
Jesucristo.  En  Santiago  i  en  Valparaíso,  donde  estuvimos 
largo  tiempo  retenidos,  asistieron  como  de  costumbre  a  sus 
clases  i  a  sus  ejercicios  de  piedad  i  no  cesaron  nunca,  ni  en 
medio  de  los  soldados,  de  mostrarse  perfectos  observantes 
de  la  regla. 


148  ESTUDIOS    HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS 

Mientras  aguardábamos  en  el  puerto  de  Valparaíso,  el 
padre  Juan  Evanjelista  Hoffniann  fué  arrebatado  por  una 
fiebre  maligna.  Este  padre  habia  nacido  en  Suabia,  i  solo 
tenia  cuarenta  años;  no  se  nos  permitió  enterrarlo  en  nues- 
tra residencia;  fué  el  cura  de  la  ciudad  quien  le  tributó  los 
últimos  honores  en  su  iglesia  parroquial,  en  presencia  de 
los  padres  de  San  Agustín:  la  ceremonia  vse  hizo  con  mucha 
magnificencia.  El  padre  Hoffmann  se  habia  distinguido  en 
las  misiones  durante  muchos  años:  era  uno  de  aquellos  a 
quienes  los  indios  nuevamente  reducidos  habian  despojado 
i  arrojado  de  su  territorio.  Toda  esta  provincia  de  Chile 
que,  en  cuanto  pudo  juzgar,  se  hizo  notar  siempre  por  su 
espíritu  fervoroso  i  por  su  amor  a  la  disciplina  relijiosa,  no 
contó  en  esas  circunstancias  desgraciadas  sino  seis  de  sus 
hijos  indignos  de  ella,  tres  padres  i  tres  hermanos  coadjuto- 
res, que  abandonaron  la  cruz  de  nuestro  Señor,  se  oculta- 
ron i  no  volvieron  a  aparecer. 

No  puedo  callar  aquí  lo  que  sucedió  al  padre  Januario 
Peralta,  nacido  en  América.  Este  padre,  inmediatamente 
antes  de  la  ejecución  del  decreto  real,  habia  obtenido  su  se- 
paración de  la  Compañía.  Sin  embargo,  estaba  todavía  en 
nuestra  casa  cuando  la  invadieron  los  soldados:  fué  deteni- 
do con  los  demás.  Aunque  protestó  i  mostró  sus  cartas  de 
separación  en  Santiago  i  en  Lima,  no  se  leyó.  Ni  el  gober- 
nador de  Chile,  ni  el  virrei  de  Lima  se  atrevieron  a  sus- 
traerlo por  sí  mismo  al  destierro:  fué  embarcado  con  noso- 
tros i  participó  de  todos  nuestros  sufrimientos.  Solo  en  Es- 
paña se  aceptó  su  dimisión,  i  obtuvo  volver  a  su  patria; 
pero  no  se  le  dio  ningún  viático  para  el  viaje,  i  al  volver  al 
siglo,  cayó  en  la  miseria  mas  profunda. 

Volvamos  a  nosotros.  El  dia  de  San  Andrés,  un  buque 
de  guerra,  el  Peruano,  que  venia  del  Perú,  ancló  en  el  puer- 
to de  Valparaiso;  traia  a  bordo  sesenta  cañones,  cincuenta 
soldados,  i  ciento  ochenta  jesuítas  de  la  provincia  del  Perú. 
Se  detuvo  un  mes  para  hacer  sus  provisiones.  Tres  jesuitas 
enfermos  bajaron  a  tierra  i  se  trasportaron  a  nuestra  resi- 
dencia; a  los  otros  se  les  prohibió  espresamente  poner  el 


ESPULSION    DB    LOS    JESUÍTAS  149 

pié  fuera  del  buque.  Sin  embargo,  tuvimos  con  ellos  alguna 
comunicación  por  cartas  i  mensajeros.  Les  hicimos  pasar 
carne,  ropa  blanca  i  frutas,  porque  la  estación  de  frutas  en 
Chile  es  en  diciembre  i  enero.  La  ciudad  de  Santiago  les  en- 
vió también  limosnas  abundantes,  particularmente  una 
gran  cantidad  de  ropa  blanca.  El  virrei  de  Lima  había  dado 
orden  de  agregar  doscientos  veinte  jesuitas  de  la  provincia 
de  Chile  a  los  ciento  ochenta  que  se  encontraban  ya  a  bor- 
do del  Peruano,  para  completar  cuatrocientos;  pero  el  ca- 
pitán del  buque  i  el  gobernador  de  Chile  no  ejecutaron  esta 
orden  por  bárbara,  i  solo  se  embarcaron  veinte  jesuitas. 
Entre  ellos  estaba  el  padre  Gabriel  Schraid.  El  20  de  enero 
de  1768,  levaron  ancla  i  se  dieron  a  la  vela  para  España. 

En  cuanto  a  nosotros,  continuamos  residiendo  en  Val- 
paraiso,  i  nos  halagábamos  siempre  con  la  esperanza  de 
que  el  reí  nos  haria  gracia  i  nos  permitiria  quedar  en  nues- 
tro primer  estado.  Orábamos  con  fervor:  las  novenas  no 
cesaban;  nos  dirijiamos  ya  a  la  Vírjen  Santísima,  ya  a  San 
Francisco  Javier,  ya  a  nuestro  Padre  bienaventurado,  o  a 
otros  santos.  Nuestros  votos  no  fueron  atendidos.  Como 
no  habia  ningún  buque  español  en  el  puerto,  se  nos  embar- 
có a  principios  de  la  cuaresma  en  tres  buques  chilenos  i  nos 
dirijimos  a  Lima.  Fuimos  mui  bien  tratados  durante  el 
viaje,  siempre  a  espensas  del  estado  de  Chile.  La  pragmá- 
tica real  nos  habia  prohibido  el  ejercicio  del  sagrado  mi- 
nisterio; pero  se  juzgó  que  no  tenia  afjlicacion  a  bordo,  i 
ejercimos  nuestras  funciones  apostólicas  acostumbradas. 
Se  instruyeron  i  se  catequizaron  los  marineros;  casi  todos 
se  confesaron  i  recibieron  la  santa  comunión. 

Después  de  quince  dias  de  navegación,  llegamos  al  puer 
to  de  Lima.  Un  piquete  de  soldados  enviados  por  el  virrei 
nos  aguardaba  allí:  habiéndose  pasado  lista,  se  pusieron 
de  centinelas  en  la  playa  para  impedir  nuestra  fuga.  Tres 
dias  después,  mui  de  mañana,  a  las  dos,  se  nos  hizo  desem. 
barcar  i  se  nos  encerró  en  la  ciudadela  del  puerto,  donde 
estuvimos  retenidos  hasta  la  llegada  de  ciento  cincuenta 
esuitas  que  venian  de   Lima  para  embarcarse  en  la  Santa 


150  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Bárbara  i  dirijirse  a  España.  Entre  ellos  se  encontraba  el 
padre  José  Rapp,  que  había  ido  hasta  Lima  en  el  primer 
buque  chileno. 

Lima  está  situada  a  dos  leguas,  mas  o  menos,  del  puer- 
tO:  que  se  llama  el  Callao:  los  prisioneros  atravesaron  esta 
distancia  durante  la  noche  en  ochenta  carruajes  que  los 
principales  habitantes  de  la  ciudad  habian  suministrado 
por  requerimiento,  i  se  embarcaron  en  la  Santa  Bárbara 
antes  de  salir  el  sol.  De  vuelta,  esos  ochenta  carruajes  nos 
tomaron  en  la  cindadela  i  nos  condujeron  a  Lima  en  núme- 
ro de  ciento  treinta,  en  medio  de  una  doble  fila  de  guardias 
a  caballo:  así  hicimos  nuestra  entrada  el  12  de  marzo,  dia 
de  San  Gregorio  el  Grande,  en  presencia  de  una  inmensa 
multitud  que  habia  concurrido  para  vernos.  A  las  nueve, 
entrábamos  en  nuestra  casa  profesa,  siempre  vijilados  es- 
trictamente. 

El  virrei  ->  enemigo  jurado  de  nuestra  Compañía,  habia 
usado  de  la  mayor  dureza  con  los  padres  de  Lima.  Nos  re- 
cibió, sin  embargo,  bastante  bien,  por  consideración,  sin 
duda,  a  nuestro  provincial,  el  padre  Baltasar  Hueber,  a 
quien  estimaba  mucho  i  a  quien  habia  elejido  para  confe- 
sor cuando  era  gobernador  de  Chile.  Nuestra  residencia  en 
Lima  duró  dos  meses,  mas  o  menos,  durante  los  cuales  los* 
estudiantes  continuaron  sus  clases:  todos  los  dias  decía- 
mos misa  en  nuestra  capilla  privada,  provista  de  nueve 
altares.  No  quedaba  ya  en  Lima  sino  un  pequeño  número 
de  padres  de  esta  provmcia. 

La  ciudad  de  Lima  es  la  capital  del  reino:  es  bella,  opu- 
lenta i  de  una  estension  bastante  grande;  está  situada  a 
12°  grados  de  latitud  en  la  zona  tórrida,  lo  que  hace  que 
los  calores  sean  considerables;  pero  el  amor  del  oro  i  de  la 
plata  no  deja  de  atraer  una  población  numerosa,  i  muchas 
familias  españolas,  aun  nobles,  han  fijado  allí  su  residen- 
cia. Se  pueden  pasear  sobre  las  casas  i  sobre  las  iglesias,  i 
se  pasean  por  ahí  en  efecto,  en  ciertas  horas  del  dia;  porque 


2)  ,  Don  Manuel  de  Amat  i  [nnient. 


ESPULSION  DE  LOS  JESUÍTAS  151 

esos  edificios  no  tienen  tejado,  pues  seria  inútil  por  falta 
de  lluvia  er  aquella  rejion.  Solo  durante  el  invierno  cae  un 
rocío  abundante,  que  humedece  el  suelo  i  hace  reverdecer 
los  prados.  Para  el  cultivo,  se  conduce  por  canales  a  los 
campos  el  agua  de  los  rios.  Marzo  i  abril  son  los  meses  de 
otoño  i  de  ias  neblinas;  pero  el  calor  no  es  por  eso  menos 
fuerte.  Tres  o  cuatro  veces  por  dia  nos  cubríamos  de  sudor, 
después  de  comer,  de  cenar,  i  cuando  bebíamos  agua  fria  o 
caliente. 

El  virrei  nos  había  asignado  a  cada  uno  un  florín  por 
dia.  Esta  suma  nos  alcanzaba  con  gran  dificultad,  porque 
en  Lima  todo  es  muí  caro,  siendo  el  Perú  mucho  menos  fér- 
til que  Chile. 

Las  fiebres  llamadas  tercianas  i  cuartanas  nos  visitaron 
también.  Estas  enfermedades,  mui  comunes  aquí,  no  son 
ni  conocidas  en  Chile.  Mas  de  treinta  de  los  nuestros  fue- 
ron atacados  a  la  vez:  así,  deseábamos  abandonar  esta 
ciudad  i  darnos  a  la  vela  lo  mas  pronto  posible.  No  debo 
olvidarme  de  señalar  la  simpatía  que  encontramos  en  el 
pueblo  de  Lima:  a  porfía  se  esforzaban  todos  en  servirnos. 
Las  relijiosas  se  distingueron  entre  todos.  No  hubo  dia  que 
no  enviasen  a  informarse  de  lo  que  nos  faltaba,  sobre  todo, 
a  los  enfermes.  Hablan  sabido  ellas  la  buena  acojida  he- 
cha por  la  población  de  Chile  a  los  padres  de  Lima  que  ha- 
bían llegado  a  Valparaíso  en  el  Peruano,  i  este  ejemplo 
estimulaba  su  jenerosidad. 

Yía  fin,  llegó  el  momento  de  partir:  fué  después  de  las 
fiestas  de  pascua.  Todos,  aun  los  enfermos,  nos  embarca- 
mos con  algunos  días  de  intervalo  en  tres  buques  españ(jles 
bastante  grandes.  El  3  de  mayo,  dia  de  la  Santa  Cruz,  su- 
bía _vo  al  Santa  Rosario  en  compañía  del  reverendo  padre 
Provincial,  de  los  estudiantes  i  de  los  otros  padres,  ciento 
veinte  jesuítas  por  todos,  habiéndonos  ido  de  Lima  al  puer- 
to en  sesenta  carruajes.  Una  escolta  numerosa  nos  seguía 
para  impedir  nuestra  fuga.  Antes  de  amanecer,  estábamos 
en  el  Callao  i  tomábamos  inmediatamente  pasaje  en  el  Ro- 
sario.  El  Rosario  es  un  hermoso  buque  de  cincuenta  caño- 


152  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

nes  i  de  ciento  cincuenta  hombres  de  tripulación.  Veinte 
pasajeros  seglares  se  habian  establecido  ya  en  él.  Las  pro- 
visiones eran  considerables:  treinta  vacas,  cien  carneros^ 
cincuenta  puercos,  bizcochos,  carne  salada  i  gran  cantidad 
de  toneles  de  agua  dulce,  nada  se  había  descuidado  de  lo 
que  pudiera  ser  necesario  en  una  navegación  tan  larga. 
Permanecimos  aun  tres  dias  en  el  puerto.  En  fin,  el  7  de 
mayo  a  medio  dia,  levamos  ancla  para  abandonarnos  a 
las  olas  confiados  en  Dios. 

Nuestra  escolta  volvió  a  tomar  el  camino  de  Lima,  a 
escepcion  del  jefe  de  milicias,  que  se  embarcó  con  nosotros 
para  cuidar  de  nuestras  personas  durante  el  viaje.  El  vien- 
to era  favorable,  i  nuestro  buque  surcaba  rápidamente  ha- 
cia el  sur,  A  fines  del  mes  de  mayo,  pasaba  a  la  altura  de 
Chile.  No  vimos  tierra;  pero  no  dejamos  de  saludarlo  a  lo 
lejos,  i  de  enviarle  con  nuestras  lágrimas  nuestro  último 
adi^^s. 

Según  mi  opinión,  i  me  fundo  en  veinte  años  de  residen- 
cia en  este  reino,  Chile  ocupa  con  justo  título  el  primer  lu- 
gar entre  los  paises  de  América  por  la  suavidad  de  su  cli- 
ma, la  maravillosa  fertilidad  de  su  territorio  i  el  feliz 
natural  de  sus  habitantes.  Se  estiende  hacia  el  sur  del  tró- 
pico de  Capricornio,  en  una  lonjitud  de  cuatrocientas  le- 
guas, i  su  anchura  solo  es  sesenta  leguas.  Por  un  lado  lo 
baña  el  océano  Pacífico,  por  otro  lo  defiende  una  cadena 
de  elevadas  montañas  que  lo  separan  del  Paraguai.  Lo  rie- 
ga una  multitud  de  rios  que  se  precipitan  de  la  cima  de  las 
montañas  con  dirección  al  mar.  La  proximidad  del  océano 
i  de  las  montañas,  la  abundacia  de  las  corrientes  de  agua, 
suavizan  de  tal  modo  la  temperatura  que  no  se  sienten  ja- 
mas los  calores  del  verano  ni  los  rigores  del  invierno.  Las 
borrascas  i  las  tempestades  son  desconocidas;  tampoco  se 
conocen  las  enfermedades  llamadas  fiebres  tercianas  i  cuar- 
tanas; i  aun,  si  las  personas  atacadas  de  esas  enfermeda- 
des en  el  Perú  se  van  a  Chile,  sanan  pronto  sin  necesidad 
de  medicina.  La  cebada,  el  trigo,  la  vid,  las  legumbres  de 
todas  clase,  crecen  en  abundancia;  las  frutas  no  son  infe- 


k 


ESPULSION  DE  LOS  JESUÍTAS  153 

riores  a  las  de  Italia;  se  encuentran  muchos  peces  i  una 
;  multitud  de  aves  domésticas  i  salvajes;  los  campos  están 
r  cubiertos  de  rebaños,  de  caballos,   de  muías,  de  vacas,  de 
cabras,  de  carneros;  en  fin,  se  esplotan  ricas  minas  de  oro  i 
de  plata.  A  fines  de  diciembre  i  principios  de  enero,  se  hace 
la  cosecha;  en  la  misma  época,  se  mata  el  ganado  gordo   i 
se  seca  la  carne  al  sol.  Esta  carne,  durante  todo  el  año,  es 
=  el  alimento  de  los  esclavos  i  de  los  pobres,  i  la  grasa  que  se 
le  saca  sirve  en  los  dias   de   a\^unos  por  falta  de   manteca 
para  preparar  la  comida.  Frutas  excelentes  de   toda  espe- 
cie maduran  durante  la  cuaresma;  las  vendimias  principian 
desde  los  primeros  dias  de  mayo. 

Razas  diversas  habitan  este  pais:  primero  los  indios,  de 
tez  morena,  carácter  duro  i  belicoso;  después   los  españo- 
r  les,  que  se  han  fijado  principalmente  en  la  ciudad  i  en  las 
casas  de  campo:  son  blancos  i  de  gran  belleza  en  las  faccio- 
nes; su  espíritu  es  penetrante,  su  alma  noble   e  inclinada  a 
la  liberalidad;  en  seguida  los  mestizos,  de  color  bronceado, 
intelijeiites  e  industriosos;  forman  la  clase  pobre  i   son  mui 
'  numerosos;  en  fin.  los  negros,  ligados  al  servicio  de  los  es- 
'    pañoles  en  calidad  de  esclavos,  i  que   se   han   multiplicado 
de  tal  modo  en    América   que  el   rei,   desde  mucho   tiempo 
atrás,  lia  prohibido  por  un  decreto  llevar  otros  de   África. 
Al  momento  de  nacer,  son  de  color  gris;  pero  con  la  edad, 
se   ponen   enteramente  negros.   Tienen   poca  intelijencia   i 
gran  dulzura  de  carácter.    Casi  todos   mueren  predestina- 
dos, llenos  de  la  espet  anza  de  ir  al  cielo  a  gozar  de  todo  los 
bienes  en  recompensa  de   los   trabajos  i  miserias  que   han 
sufrido  en  la  tierra:  he  tenido  ocasión  de  verlo  en  muchos, 
porque  yo  estaba  encargado  de  asistirlos  en  sus  últimos 
momentos. 
IB       ^^^^  ^*^^  obispos  en  Chile:  el  uno  reside  en  Concepción  i  el 
otro  en  Santiago.   Concepción  estaba  edificada  a  la  orilla 
del  mar;  habiéndola  derribado  en   1751   imo  de  esos  tiem- 
blores   tan  frecuentes  en  el   pais,  fué  reconstruida  en  otro 
lugar  a  cuatro  leguas   del  primero.   Muchos  españoles  se 
an  establecido  en  ella  para  comerciar. 


154  KSTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Santiago  es  la  capital  del  reino:  está  situada  bajo  el  gra- 
do 33  de  latitud  sur,  i  no  es  inferior  a  Lima,  metrópoli  de 
las  posesiones  españoles  en  esta  parte  de  América.  Tiene  " 
un  obispo  i  diez  canónigos,  es  la  residencia  del  gobernador 
del  reino  i  del  presidente  de  la  audiencia  o  cancillería  real, 
tribunal  formado  de  siete  personas  mui  hábiles  en  el  dere- 
cho i  cuya  función  es  decidir  las  cuestiones  de  su  competen- 
cia. El  gobernador  mismo  no  puede  tomar  ninguna  medida 
de  alguna  importancia  sin  su  asentimiento  i  aprobación. 
Santiago  posee  también  una  universidad  real  recien  fun- 
dada i  en  la  cual  se  confieren  los  grados.  Nuestra  Compa- 
fiía  tenia  allí  tres  colejios,  ademas  del  de  nobles,  i  dos  casas 
de  ejercicios,  la  una  para  hombres  i  la  otra  para  mujeres. 
Los  padres  franciscanos  tienen  tres  conventos  mui  nume- 
rosos; los  relijiosos  de  la  Merced  dos;  los  dominicos  uno; 
los  agustinos  uno;  i  los  hermanos  de  la  misericordia 
uno,  con  un  hospital.  Los  monasterios  son  seis,  todos  mui 
numerosos,  i  en  el  tiempo  de  nuestra  partida,  se  princi- 
piaba a  trabajar  un  sétimo.  Es  preciso  agregar  a  esto  una 
casa  de  corrección  donde  la  justicia  encierra  a  las  mujeres 
de  mala  vida. 

La  provincia  de  Chile  se  distinguió  siempre  por  su  regu- 
laridad relijiosa,  como  la  del  Paraguai,  i  se  componia  de 
trescientos  sestnta  miembros,  que  se  ocupaban  día  i  noclie 
con  un  celo  infatigable  en  los  diferentes  trabajos  de  nues- 
tra Co.mpañía,  en  los  colejios  i  residencias,  en  los  campos  i 
en  las  misiones,  en  medio  délos  indios  i  de  los  infieles.  Nada 
diré  de  los  ministerios  ordinarios  por  no  estender  demasia- 
do esta  relación,  i  me  limitaré  a  señalar  algunos  de  los  mas 
notables. 

Todos  los  años  se  hacían  en  Santiago  dos  misiones:  la 
una  en  nuestra  iglesia,  en  la  cuaresma,  por  nueve  dias;  la 
otra  en  octubre,  en  la  iglesia  de  los  hermanos  de  la  Miseri- 
cordia, que  duraba  también  nueve  dias  completos.  Cada 
año  en  la  primavera,  en  el  verano  i  en  el  otoño,  doce  misio- 
neros apostólicos,  de  dos  en  dos,  recorrían  todo  el  reino;  i 
en  los  distritos  asignados  a  cada   sección,  pasaban  de  una 


ESPULSION     DE    LOS    JESUÍTAS  155 

parroquia  a  otra  predicando  la  penitencia,  catequizando  i 
administrando  los  sacramentos.  Las  misiones  entre  los  in- 
dios i  los  infieles  se  estendian  desde  la  ciudad  de  Concep- 
ción hasta  mas  allá  del  territorio  de  Valdivia;  allí  conclu- 
yeron su  vida  los  padres  Francisco  Khuen,  Javier  Wolf- 
^ásen,  Juan  Feril,  Ignacio  Steidl  i  otros  apóstoles  celosos. 

En  el  archipiélago  de  Chiloé,  situado  en  grado  cuarenta, 
trabajaban  sin  descanso  diez  o  doce  misioneros  que  en  su 
canoas  pasaban  de  una  isla  a  otra  para  ausiliar  a  esos  po- 
bres indios.  Allí  trabajó  mas  de  cuarenta  años  el  padre 
Antonio  Frild,  que  se  vio  en  la  necesidad  de  retirarse  octo- 
jenario  i  ciego.  Allí  trabajaron  mas  de  veinte  años  los  pa- 
dres Melchor  Strasses  i  Javier  Kisling,  detenidos  todavía 
en  España,  i  varios  otros.  Todos  los  años  en  Santiago,  du- 
rante ocho  días,  se  daban  los  santos  ejercicios  de  nuestro 
bienaventurado  Padre,  tres  veces  a  las  mujeres  i  seis  a  los 
hombres,  i  así  se  trabajaba  en  la  salvación  de  trescientos 
hombres  i  de  trescientas  mujeres.  Ademas  todos  los  años 
se  daba  retiro  dos  veces  en  la  casa  de  las  mujeres  estravia- 
das,  una  vez  cada  año  en  el  colejio  de  los  nobles,  una  vez 
por  año  en  los  diferentes  monasterios  de  relijiosas,  i  a  ve- 
ces también  en  el  monasterio  de  los  hermanos  de  la  Mise- 
ricordia, i  cada  vez  durante  ocho  dias. 

A  menudo  se  daba  también  retiro  de  ocho  dias  a  los 
hombres  i  a  las  mujeres,  pero  separadamente,  en  nuestros 
colejios  menores  i  en  nuestras  residencias,  i  aun  a  veces  en 
nuestras  casas  de  campo.  Cuando  se  nos  arrestó  se  hacian 
los  preparativos  de  un  retiro  de  ocho  dias  para  las  esclavas 
en  nuestra  casa  de  campo,  i  ya  se  las  habia  dado  a  los  es- 
clavos. 

Hombres  devotos  no  faltaban  para  cumplir  tales  minis 
terios:  la  provincia  de  Chile  tuvo  siempre  un  buen  número 
de  hombres  notables  por  sus  talentos  i  por  la  santidad  de 
su  vida.  Entre  ellos  debe  mencionarse  el  padre  Carlos  Haym- 
hausen,  hombre  de  un  celo  estraordinario,  rector  del  co- 
lejio, confesor  del  obispo  i  del  gobernador,  era  infatigable 
ípara  desempeñar  todas  las  obligaciones  propias  déla  Com- 


156  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BTBLIOORÁFICOS 

pañía.  Reconstruyó  casi  por  entero  i  proveyó  de  ornamen- 
tos preciosos  la  magnífica  iglesia  del  colejio  grande.  Edifico 
desde  los  cimientos  la  casa  de  segunda  prueba  i  las  dos  ca- 
sas destinada  a  los  retirados  i  también  la  iglesia.  Lo  aflijió 
la  gota  varios  años,  i  pocos  dias  antes  de  su  muerte,  se  le 
encontró  revestido  de  dos  cilicios.  Llorado  por  los  seglares 
i  por  los  nuestros,  lleno  de  luces  i  de  méritos,  se  durmi6 
santamente  en  el  Señor  el  7  de  abril  de  1767  a  los  setenta  i 
cinco  años  de  edad.  Fué  instructor  de  los  padres  del  tercer 
año  de  prueba  i  durante  diez  años  rector  del  colejio:  muri6 
ejerciendo  este  cargo. 

Pero,  ¡por  qué  detenernos  en  Chile,  mientras  nuestro 
bajel  voga  rápido  i  nos  conduce  al  destierro!  Ya  Chile  ha 
desaparecido;  ya  navegamos  por  el  grado  cuarenta,  cerca 
de  las  islas  de  Chiloé:  ya  se  hace  sentir  el  invierno;  ya  el 
mar  cuyas  olas  surcamos  no  es  el  Pacífico,  sino  un  mar 
tempestuoso  i  luego  vendrá  el  estrecho  de  Magallanes. 

Creyendo  poder  interpretar  favorablemente  las  prescrip- 
ciones formuladas  en  la  pragmática  sobre  el  ejercicio  de 
nuestro  ministerio,  lo  desempeñamos  sin  obstáculo  en  nues- 
tro buque.  Todos  los  dias  se  decian  dos  misas;  hacíamos- 
exhortaciones  frecuentes  i  casi  diariamente  nos  administrá- 
bamos el  sacramento  de  la  penitencia;  oimos  también  las 
confesiones  jenerales  de  mas  de  sesenta  pasajeros. 

El  duodécimo  dia  de  nuestra  navegación,  estábamos  ha- 
cia el  grado  sesenta  del  lado  del  polo  sur,  mucho  mas  allá 
de  los  límites  de  Amí''rica  i  aun  de  la  tierra  del  Fuego.  Ya 
habíamos  doblado  el  Cabo  hacia  el  África,  cuando  de  re- 
pente, en  medio  de  la  noche,  se  levanta  una  tempestad  fu- 
riosa que  maltrató  tan  violentamente  la  nave  que  estuvo 
a  punto  de  zozobrar.  Se  repliegan  las  velas;  seis  hombres 
sostienen  la  rueda  del  timón;  pero  la  furia  de  las  olas  hace 
saltaren  pedazos  la  caña  i  la  rueda,  construidas  de  madera 
mui  resistente,  i  derriba  lleno  de  contusiones  a  uno  de  los 
marineros,  que  cae  sin  conocimiento.  El  viento  hace  crujir 
horriblemente  el  buque;  las  marejadas  penetran  por  las 
aberturas  hasta  nuestros  camarotes;  íbamos  a  perecer.  Sin 


ESPULSION    DE   LOS    JESUÍTAS  157 

embargo,  el  buque  es  arrastrado  por  una  fuerza  terrible; 
durante  todo  el  día  13  de  junio,  día  de  san  Antonio  de  Pa- 
dua,  lucha  contra  las  olas;  i  aunque  sin  velas,  pero  impul- 
sado por  el  furor  de  los  vientos,  anda  sesenta  leguas  en 
veinte  i  cuatro  horas. 

Los  dias  siguientes  sopló  una  brisa  mas  favorable;  pero 
el  frió,  la  nieve  i  el  hielo  nos  hicieron  sufrir  demasiado,  i  los 
marineros  no  podían  hacer  el  servicio  sino  con  estrema  di- 
ficultad i  grandes  peligros.  Uno  de  ellos  cayó  un  dia  de  la 
punta  del  palo  mayor  i  se  mató  del  golpe:  se  le  sepultó  en 
el  mar. 

El  21  de  junio,  dia  de  San  Luis  Gonzaga,  habíamos  diriji- 
do  nuestro  camino  hacia  Europa,  i  avanzábamos  con  viento 
favorable,  cuando  un  muchacho  de  catorce  años  que  servia 
en  la  cocina,  cae  al  agua:  al  momento  se  larga  un  bote  al 
mar  con  seis  marineros  para  tomar  a  ese  niño  arrastrado 
i  sacudido  por  las  olas;  pero  antes  de  poder  alcanzarlo,  se 
precipitan  sobre  su  cabeza  aves  de  rapiña,  lo  despedazan  i 
le  arrancan  los  ojos.  Perdió  entonces  el  pobre  muchacho 
la  fuerza  para  nadar,  i  desapareció  miserablemente  en  el 
abismo. 

En  toda  nuestra  navegación,  lo  que  es  raro,  solo  una 
vez  divisamos  tierra;  pero  casi  siempre  vimos  peces  vola- 
dores hasta  la  altura  del  Paraguai.  En  estos  parajes  mu- 
rió el  padre  Lorenzo  Romo,  español,  de  sesenta  años,  hom- 
bre notable  por  su  ciencia  i  la  santidad  de  su  vida;  se  arrojó 
su  cuerpo  al  mar,  después  de  las  ceremonias  de  costumbre. 
Fué  el  único  de  nosotros  que  falleció  en  el  buque  i,  sin  em- 
bargo, hubo  varios  enfermos. 

Se  nos  daban  raciones  suficientes  de  bizcochos,  carne  se: 
ea  i  agua  dulce.  Pero  el  alojamiento,  aunque  sano,  era  es- 
tremadamente  estrecho:  porque  éramos  ciento  veinte  jesuí- 
tas, hacinados  con  nuestras  camas  en  un  solo  camarote, 
desde  la  popa  hasta  el  medio  del  buque. 

Entre  América  i  África,  tuvimos  constantemente  vientos 
favorables;  i  mediante  Dios,  pasamos  con  felicidad  la  línea 
el  23  de  julio  sin  sufrir  demasiado  por  el  calor. 


158  ESTUDIOS    HISTORICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Cuandv:)  pasamos  el  Ecuador,  se  hicieron  preparativos- 
de  defensa  contra  ios  moros  i  los  ingleses,  para  el  caso  en 
que  estos  últimos  hubiesen  declarado  la  guerra.  Se  dispu- 
sieron los  cañones,  se  pusieron  centinelas,  se  asignó  a  cada 
uno  su  puesto,  i  se  hizo  ejercicio  con  mas  frecuencia  en  el 
buque.  También  quisieron  confiarnos  armas;  pero  nos  es- 
cusamos por  nuestra  inesperiencia  en  el  arte  de  la  guerra. 

En  aquellos  dias  murieron  dos  pasajeros,  a  lo  que  siguió 
bien  pronto  un  tercero,  ahogado  por  una  asma.  Uno  de  los 
dos  primeros  era  un  noble  de  las  islas  Canarias,  que  no  pu- 
do alcanzar  el  suelo  natal,  de  que  estaba  tan  próximo. 

Una  mañana  notamos  una  vela  en  el  horizonte.  Todo  el 
mundo  se  asustó;  pero  luego  se  reconoció  que  era  un  buque 
mas  pequeño  que  el  nuestro,  i  sin  artillería.  Por  un  caño- 
nazo, se  le  ordenó  detenerse:  obedeció  i  nos  aguardó:  era 
un  buque  ingles  que  iba  a  pescar  en  Terra  Nova;  nos 
dio  noticias  felices  sobre  la  paz,  i  se  le  dejó  proseguir  su 
camino.  Poco  tiempo  después,  encontramos  un  segundo 
buque  ingles  que  confirmó  el  dicho  del  primero.  En  segui- 
da, vimos  un  buque  francés  que  nos  vendió  dos  toneles  de 
vino  de  Nántes.  Dejamos  las  islas  Cíinarias  a  nuestra  de- 
recha, sin  verlas;  hallamos  varios  buques;  i  hacia  fines  del 
mes  de  agosto,  distinguíamos  las  islas  Azores,  sometidas 
al  rei  de  Portugal.  No  vimos  durante  todo  el  viaje  otras 
tierras  o  islas,  porque  el  temor  de  naufragar  nos  separaba 
mucho  de  ellos.  Marchando  una  mañana  hacia  Portugal  i 
mucho  antes  de  salir  el  sol,  descubrimos  muí  cerca  de  noso- 
tros un  buque  que  por  largo  tiempo  nos  seguia  i  observa- 
ba; pero  cuando  nos  oyó  tocar  las  oraciones,  se  alejó  e  hizo 
cesar  nuestros  temores.  Pensamos  que  nos  habia  tomado^ 
por  piratas  moros  i  que  aguardaba  la  claridad  para  ata- 
carnos, pero  que  al  toque  de  las  oraciones,  nos  habia  reco- 
nocido por  cristianos  i  españoles. 

En  esos  dias  perdimos  también  un  marinero,  que  fué  se- 
pultado en  las  olas  no  lejos  del  puerto.  Así,  durante  el  via- 
je perdimos  un  jesuita  i  seis  seglares. 

Durante  nuestra  navegación  en  esos  lugares,   distinguí- 


ESPULSION    DE    LOS    JESUÍTAS  159 

mos  un  buque  de  guerra  español.  Después  de  haber  respon- 
didos a  nuestros  saludos,  nos  aguardó;  era  un  buque  encar- 
gado de  guardar  las  costas.  El  capitán,  sabiendo  que  habia 
a  nuestro  bordo jesuitas  de  América,  envió  cuatro  carneros 
gordos  con  doce  pollos,  para  los  padres  prisioneros;  i  pa- 
ra protejernos  contra  los  moros,  nos  acompañó  toda  la 
noche  i  el  dia  siguiente. 

Ese  mismo  dia  a  las  once,  saludamos  con  una  gran  des- 
carga de  artillería  a  nuestra  señora  de  la  Regla,  honrada 
en  la  costa  vecina,  en  la  iglesia  de  los  padres  agustinos,  i 
le  dimos  gracias  por  nuestro  feliz  viaje:  en  fin,  el  6  de  se- 
tiembre a  las  dos,  entramos  en  el  puerto  de  Gádiz. 

Cuando  hubimos  echado  el  ancla,  vimos  venir  hacia  no- 
sotros una  multitud  de  falúas  montadas  por  funcionarios 
de  todas  clases.  Vinieron  también  dos  nobles  chilenos  para 
ver  a  sus  hermanos:  uno  de  ellos  era  todavía  estudiante,  i 
el  otro,  sacerdote  recien  ordenado,  i  los  pusieron  al  co- 
rriente del  estado  de  nuestros  negocios  en  España. 

Al  dia  siguiente,  7  de  diciembre  de  1768,  después  de  cua- 
tro meses  de  viaje,  desembarcamos  en  el  puerto  de  Santa 
María.  Todos  fueron  conducidos  a  una  casa  grande  i  cus- 
todiados por  soldados,  escepto  los  alemanes,  que  fuimos 
conducidos  al  hospicio  de  Indias,  donde  encontramos  co- 
mo doscientos  jesuitas  de  todas  las  provincias  de  América, 
colocados  bajo  buena  guardia:  mas  de  ciento  eran  de  la 
provincia  del  Paraguai;  los  otros  estaban  detenidos  en  los 
conventos  de  San  Francisco  Santiago,  de  San  Agustin,  de 
San  Francisco  de  Paula  i  de  San  Juan  de  Dios,  etc.,  no  bajo 
la  guardia  de  soldado,  sino  solamente  bajo  la  vijilancia  del 
superior.  Podían  decir  públicamente  misa  en  la  iglesia;  pe- 
ro les  estaba  prohibido  cualquier  otro  ministerio,  así  como 
toda  relación  con  las  personas  de  fuera.  Reunidos  en  el 
puerto  de  Santa  María  como  setenta  jesuitas  venidos  de 
las  diferentes  provincias  de  América,  pasamos  allí  todo 
el  invierno.  ¡Piensen  otros  cuan  incómodos  serian  nues- 
tros alojamientos,  hacinados  como  estábamos  unos  sobre 
otros! 


160  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Los  vestidos  que  se  nos  daban  eran  convenientes;  el  ali- 
mento, por  orden  espresa  del  rei,  debia  ser  bueno,  mejor 
aun  que  el  que  se  nos  servia  en  nuestros  colejios,  pero  siem- 
pre escaso. 

Se  nos  leyó  de  nuevo  el  decreto  de  destierro  i  la  pragná- 
tica  que  nos  prohibia  el  ejercicio  de  todo  ministerio,  así 
como  toda  comunicación  con  los  estranjeros;  i  para  no  de- 
jar duda  ninguna  sobre  las  órdenes  del  rei,  se  pronunció 
pena  de  muerte  para  los  hermanos  i  de  prisión  perpetua 
para  los  sacerdotes  que  intentaran  evadirse,  ocultarse  o 
volver  a  España,  después  de  haber  sido  deportados. 

En  cuanto  a  nosotros,  encerrados  en  nuestro  hospicio 
en  número  de  doscientos  cincuenta,  mas  o  menos,  vivimos 
como  relijiosos.  El  reverendo  padre  Polo,  vice  provincial 
de  Quito,  era  nuestro  superior  común.  En  la  capilla  priva- 
da del  hospicio,  habia  doce  altares  disponibles;  decíamos 
misa  todos  los  dias  según  orden  prefijado,  principiando  a 
las  tres  de  la  mañana;  leíamos  durante  la  comida  i  el  retiro 
anual;  nos  reuníamos  todos  los  dias  en  la  capilla  para  re. 
zar  el  rosario;  hicimos  varias  novenas  a  la  santa  Vírjen  i  a 
diferentes  santos  con  gran  solemnidad,  etc. 

Todos  los  relijiosos  que  habitaron  esa  casa  nos  dieron 
los  mejores  ejemplos  de  todas  las  virtudes  relijiosas,  i  en 
particular  de  una  constancia  invencible.  Especialmente  nos 
habia  admirado  la  vida  edificante  de  los  padres  del  Para- 
guai;  no  cesábamos  de  considerarlos  como  hombres  apos- 
tólicos, bravos  veteranos;  avezados  a  los  sufrimientos  i  a 
las  fatigas;  i  que,  después  de  haber  esperimentado  trabajos 
mas  grandes,  parecian  hallar  una  especie  de  reposo  en  el 
destierro  i  la  cautividad. 

Varios  de  los  nuestros  pasaron  a  mejor  vida,  i  fueron 
enterrados  con  honor  en  las  bóvedas  de  nuestra  capilla,  pe- 
rs  en  presencia  de  un  notario  real  que  debia  testificar  la 
muerte  del  difunto.  Entre  otros,  señalaré  al  reverendo  pa- 
dre Márquez,  vice-provincial  de  Méjico,  hombre  a  quien 
durante  largos  años  el  vigor  de  su  espíritu  i  la  santidad  de 
su  vida  habian  hecho  célebre  en  Méjico.  Cuando  hubo  muer- 


ESPULSION    DE   LOS     J£»SUITAS  161 

to,  se  dobló  el  piquete  de  soldados  para  impedir  al  pueblo 
que  penetrara  cerca  del  venerable  difunto.  Sin  embargo,  se 
trajeron  de  la  ciudad  muchos  rosarios  para  tocar  con  ellos 
el  cuerpo  o  los  vestidos  del  muerto,  que  parecía  digno  de 
veneración  aun  después  de  su  muerte;  sus  ojos  entreabier- 
tos i  como  animados,  su  rostro  radiante,  su  boca  risueña, 
sus  manos  flexibles  habian  hecho  creerlo  todavía  vivo.  No 
fué  sepultado  en  la  bóveda  común,  sino  en  otra  separada  i 
próxima  del  altar,  en  presencia  de  los  oficiales  i  del  notario 
que  qnisieron  ver  i  honrar  el  cadáver  del  difunto. 

En  la  otra  casa  de  que  hemos  hablado  mas  arriba,  habi- 
taba el  reverendo  padre  provincial  de  Chile  con  varios  de 
los  suyos:  se  ocupaba  en  mantener,  en  cuanto  era  posible, 
la  vida  i  disciplina  relijiosas.  Nuestros  estudiantes  se  entre- 
garon de  nuevo  a  sus  estudios,  i  rindieron  su  examen  anual 
-en  el  mes  de  enero,  a  escepcion  de  dos  que  perdieron  el  va- 
lor i  no  se  atrevieron.  Hubo  también  dos  sacerdotes  jóve- 
nes chilenos  que  abandonaron  la  Compañía.  Los  otros  de- 
sertores eran  casi  todos  de  la  provincia  de  Andalucía  (o 
Bética),  de  las  de  Méjico  i  del  Perú.  Estas  son  las  tres  pro- 
vincias que,  menos  vigorosas  para  mantener  el  espíritu  del 
instituto,  se  encontraron  así  tnmus  habcntes.  En  efecto, 
varios  miembros  de  estas  provincias,  menos  acostumbra- 
dos que  los  otros  a  las  ocupaciones  penosas,  a  las  pruebas 
diversas,  i  demasiado  afectos  al  suelo  natal,  perdieron  su 
vocación,  i  con  ella,  todo  aprecio  i  consideración,  Estos 
desertores  no  evitaron,  sin  embargo,  la  deportación  a  Ita- 
lia, para  ir  a  implorar  allí  la  dispensa  de  sus  votos;  eran 
mas  dignos  de  compasión  que  los  otros,  porque  la  estima- 
ción no  los  acompañaba. 

Después  de  haber  notado  la  pusilanimidad  de  los  deser 
tores,  diré  una  palabra  de  la  invencible  constancia  de  los 
novicios  Un  decreto  real  les  permitia  abandonar  la  compa- 
ñía para  volver  a  sus  familias  o  seguir  a  sus  hf rmanos  en 
■el  destierro,  pero  privados  de  pensión:  elijieron  este  último 
partido:  i  venciendo  ti  amor  de  la  patria, cerrando  los oidos 
a  las  insinuaciones  de  sus  madres,  parientes  i  amigos,  pre- 

TOMO   X  ll 


162  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

firieron  ir  al  destierro  i  sufrir  todas  las  penalidades  ánte& 
que  perder  su  vocación.  La  mayor  parte  concluyó  su  novi- 
ciado en  el  camino,  e  hizo  los  primeros  votos  después  de  los 
dos  años  de  prueba. 

Los  que  llegaron  a  España  sin  haber  concluido  su  novi- 
ciado, fueron  sometidos  a  mas  duras  pruebas  que  los  ante- 
riores en  lo  relativo  a  su  vocación.  Llegados  al  puerto  de- 
Santa María,  se  les  separó  inmediatamente  de  los  otros,  i 
se  les  envió  solos  a  otra  ciudad  llamada  Jerez,  i  allí  se  les 
colocó  en  diversos  cqnventos,  con  orden  a  los  relijiosos  de- 
inducirlos  eficazmente  i  sin  descanso  a  abandonar  la  Com- 
pañía. Se  emplearon  en  esto  varios  meses  con  constancia; 
pero  en  vano,  porque  la  gracia  de  Dios  fué  mas  fuerte  para 
salvarlos  que  todos  los  esfuerzos  de  los  hombres  para  per- 
derlos. En  fin,  el  juez  seglar  mismo,  por  orden  del  consejo,, 
recurrió  a  la  intimidación,  a  las  amenazas,  i  con  tan  buen 
éxito,  que  doce  sucumbieron.  Entonces  se  les  vistió  con  tra- 
je seglar  i  se  les  puso  en  libertad,  dándoseles  facultad  para 
volver  a  sus  país  i  subsidios  para  el  viaje. 

Sin  embargo,  el  mayor  número  de  esos  novicios,  o  sea, 
veinte  i  cuatro,  que  pertenecian  a  las  diferentes  provincias, 
despreciaron  todas  las  promesas  i  amenazas,  i  respondieron 
que  estaban  dispuestos  a  todo,  menos  a  abandonar  la  Com- 
pañía, a  la  que  Oíos  los  habia  llamado.  Se  arrojó  a  éstos  de 
la  ciudad  en  traje  seglar  i  con  orden  de  salir,  en  el  espacio 
de  cuatro  meses  i  l)ajf>  pena  de  muerte,  de  los  dominios  de 
Su  Majestad  Católica.  Llegaron  a  pié  hasta  el  puerto  de 
Santa  María;  i  ahí,  vista  la  prohibición  de  reunirse  a  noso- 
tros, arrendaron  una  casa,  donde  se  esforzaron  en  conti- 
nuar su  noviciado,  como  antes,  siguiendo  siempre  la  direc- 
ción del  de  mas  edad. 

Bien  pronto  elijieron  a  algunos  de  entje  ellos,  i  los  envia- 
ron a  Cádiz  a  pedir  limosna:  en  pocos  dias,  por  la  gracia  de 
Dios,  recojieron  mas  de  diez  mil  florines,  lo  que  les  permitió 
pagar  su  arrendamiento  i  su  comida,  comprar  trajes  ecle- 
siásticos, i  aun  fletar  un  bucjue  para  dirijirse  a  Italia;  i  esto 
se  hizo  con   gr¿mde  admiración  de  todos  los  hombres  de 


BSPULSION    DE    LOS    JESUÍTAS  163 


bien,  que  aplaudían  la  valiente  perseverancia  de  nuestros- 
jóvenes  americanos. 

Llegados  los  novicios  a  Italia  bajo  estos  felices  auspicios 
se  les  recibió  con  gran  bondad  por  nuestro  reverendo  padre 
jeneral,  i  se  les  agregó  a  sus  provincias  respectivas  de 
América. 

En  cuanto  a  nosotros,  tuvimos  necesidad  de  permanecer 
en  nuestra  prisión  hasta  al  mes  de  febrero,  sin  saber  lo  que 
se  nos  baria:  los  noticias  que  se  nos  daban  eran  contradic- 
torias, ya  buenas,  ya  malas. 

Estábamos  aun  en  la  incertidumbre  respecto  de  nuestras- 
provincias  de  Alemania:  ya  se  decia  que  estaban  completa- 
mente tranquilas,  ya  que  corrían  los  mayores  peligros.  Ha- 
cia fines  de  enero,  nos  arrebataron  de  repente  a  cinco  par 
dres  alemanes,  que,  durante  largos  años,  habían  cultivado 
con  mucho  trabajo  el  archipiélago  de  Chiloé:  eran  los  pa- 
dres Melchor  Strasser,  bávaro;  Javier  Kisling,  de  P^ustette; 
Ignacio  Fritz  i  Nepomuceno  Erlacher,  de  Bohemia;  i  Miguel 
Mayr,  del  Rliin:  se  les  hizo  encerrar  en  el  convento  de  San- 
tiago para  vijilarlos  mas  estrechamente:  todavía  se  encuen- 
tran ahí.  El  gobernador  del  puerto  de  Santa  María,  que 
nos  era  muí  favorable,  los  visitó;  i  como  le  supHcaran  ellos 
que  examinase  su  causa  luego,  les  contestó  que  aun  no  sa- 
bia de  qué  se  les  acusaba,  i  que  solo  había  recibido  de  la 
corte  la  orden  de  custodiarlos,  como  lo  hemos  dicho.  En  fin, 
a  principios  de  cuaresma,  se  nos  permitió  dirijimos  a  Italia 
a  todos  los  que  habíamos  venido  de  Chile,  con  escepcion  de 
los  cinco  padres  que  he  nombrado.  Nos  reunimos  en  un  solo 
buque  sueco:  éramos  doscientos  cuarenta. 

Partimos  sin  escolta  de  soldados,  pero  con  el  comisario 
real,  i  pasamos  con  felicidad  el  estrecho  de  Jibraltar.  Con- 
templamos largo  tiempo  las  montañas  i  las  costas  de  Es- 
paña, i  mas  todavía  la  costa  opuesta,  sobre  todo,  la  ciudad 
de  Ceuta,  principal  baluarte  de  España  por  el  lado  de  Áfri- 
ca: encontramos  en  nuestro  viaje  diversos  buques.  Después 
de  haber  dejado  atrás  las  Baleares,  entre  Francia,  Cerdeña 
i    Córcega,   sufrimos  una  tempestad  horrible  que  nos  mal- 


164  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

trató  como  la  que  nos  había  sobrevenido  el  día  de  San  An- 
tonio de  Padua,  al  abandonar  a  América,  con  la  diferencia 
de  que  esta  última  nos  atormentó  dia  i  noche  por  una  se- 
mana de  modo  que  era  imposible  tenerse  de  pié.  Nuestro 
buque  no  era  de  los  mas  grandes;  pero  era  mui  sólido  i  mui 
bueno.  En  fin,  cesó  el  peligro,  no  encontrando  corsarios,  de 
quienes  nos  preservó  quizas  la  tempestad. 

Por  último,  gracias  a  la  protección  de  Dios,  después  de 
veinticuatro  dias  de  navegación,  entrábamos  con  felicidad 
el  15  de  marzo  de  1769  en  Spezzia,  puerto  de  la  república 
de  Jénova. 

Nuestros  suecos  eran  de  una  nación  mucho  mas  pacífica, 
mas  tranquila  i  mas  laboriosa  que  la  de  los  españoles,  pero 
mas  digna  de  compasión,  sumida  como  yace  en  la  herejía. 
En  el  viaje  no  pudimos  celebrar  todos  los  dias  el  santo  sa- 
crificio sino  solo  los  domingos  i  diias  festivos.  El  alimento 
era  suficiente,  pero  el  alojamiento  demasiado  estrecho,  ha- 
cinados como  estábamos,  en  niimero  de  dovscientos  cuaren- 
ta en  un  espacie  mui  pequeño;  pero  el  Señor  nos  libró,  al 
fin,  de  todas  estas  miserias  i  nos  hizo  llegar  al  puerto  sanos 
i  salvos. 

El  puerto  de  Spezzia  es  excelente  i  defendido  de  todas 
partes  contra  los  vientos.  Está  situado  entre  Jénova  i  Lior- 
na, pero  es  poco  frecuentado  por  los  buques  mercantes. 

En  la  ciudad,  que  es  de  mediana  estension,  fuimos  bien 
recibidos  en  nombre  de  la  república  de  Jénova,  el  goberna- 
dor mismo  nos  asignó  alojamiento  para  todos,  i  prohibió 
severamente  que  se  nos  vendiese  demasiado  caro  lo  que  ne- 
cesitáramos. Como  se  nos  prohibió  pasar  a  Jénova,  nos  fué 
preciso  costear  en  pequeños  botes  hasta  la  embocadura  del 
Arno.  Remontamos  el  curso  del  rio,  dejando  a  nuestra  de- 
recha a  Liorna  i  el  jueves  santo]^llegamos  a  Pisa. 

La  Compañía  no  tiene  colejio  en  Pisa.  Sin  embargo,  nos 
recibió  mui  bien  el  padre  Jerónimo  Durazzo,  hermano  del 
dux  de  Jénova,  qu  •  predicaba  la  cuaresma  en  la  catedral; 
se  encargó  de  todos  nuestros  negocios  i  los  arregló  perfec- 
tamente.  El  viernes  santo  lo  oimos  predicar,    lo  que    fué 


I 


I 


ESPULSION    DE    LOS    JESUÍTAS  165 

para  nosotros  un  gran  consuelo,  pues  era  éste  el  primer  je- 
suíta que  oíamos  predicar  públicamente  después  de  diez  i 
ocho  meses  de  cautiverio. 

Pisa  es  una  ciudad  magnífica  i  digna  de  ser  comparada 
a  Florencia;  tiene  una  universidad,  donde  los  mismos  flo- 
rentinos deben  venir  a  recibir  los  grados.  Después  de  haber 
admirado  la  magnífica  catedral  de  Pisa,  su  famoso  campa- 
nile,  su  camposanto  i  sus  otras  maravillas,  continuamos 
remontando  el  Arno,  que  atraviesa  esta  ciudad. 

Otros  padres  nos  sucedieron  en  Pisa,  a  donde  llegaban 
por  grupos,  como  lo  habia  arreglado  el  reverendo  padre 
provincial  que  llegó  con  el  último. 

Después  de  tres  dias  de  navegación  por  el  Arno,  llegamos 
a  Florencia,  donde  nos  recibió  el  padre  procurador.  Como 
el  colejio  estaba  completamente  ocupado,  nos  acomodó  en 
un  lugar  conveniente  i  arregló  ademas  todos  nuestros  ne- 
gocios. Diariamente  celebramos  el  santo  sacrificio  en  la 
iglesia  del  colejio.  Nos  dirijimos  al  palacio  del  gran  duque 
para  ver  a  dos  de  nuestros  padres,  confesores  en  la  corte. 
Visitamos  con  una  profunda  veneración  las  reliquias  de 
santa  María  Magdalena  de  Pazzi,  cuyo  cuerpo  se  ha  pre- 
servado de  toda  corrupción.  Admiramos  la  célebre  catedral 
i  su  campanile  i  las  riquezas  artísticas  del  palacio.  El  lugar 
en  que  se  celebró  el  concilio  de  Florencia,  está  ahora  ocu* 
pado  por  un  monasterio  de  relijiosas. 

Pero  lo  que  deseábamos  ver  mas  que  tantas  bellas  cosas 
era  una  carta  de  nuestro  reverendísimo  padre  jeneral: 
aguardamos  inútilmente  sus  disposiciones  en  Spezzia,  en 
Pisa  i  aun  en  Florencia.  Salimos,  pues,  de  esta  ciudad  para 
atravesar  los  Apeninos,  sin  saber  lo  que  llegada  a  ser  de 
nosotros,  alemanes. 

Pasamos  en  carruaje  los  Apeninos,  cubiertos  todavía  de 
nieve  i  llegamos  felizmente  a  Bolonia,  donde  debíamos  en- 
contrar, en  fin,  las  órdenes  tan  deseadas  de  Su  Paternidad, 
i  (jue  el  padre  Jacobo  Andies,  procurador  jeneral  de  la  asis- 
tencia de  España,  nos  trasmitió. 

El  reverendo  padre  jeneral  habia  dispuesto  que  todos  los 


166  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

desterrados  no  alemanes  volviesen  a  Iniola  i  que  los  alema- 
nes se  dirijiesen  a  las  provincias  de  donde  habian  salido 
para  ir  a  las  misiones  de  los  indios. 

Se  nos  notificaron  esas  órdenes  i  resolvimos  ponernos  en 
camino  sin  demora. 

La  ciudad  pontificial  de  Bolonia  nos  pareció  mui  buena, 
mui  hermosa  i  mui  antigua:  está  llena  de  jesuitas  españo- 
les, portugueses,  americanos,  etc..  Pero  el  tiempo  nos  apu- 
raba. 

Yo  fui  encargado  de  conducir  el  primer  grupo  de  mis  her- 
manos, i  tomamos  pasaje  en  una  embarcación  fletada  por 
el  procurador  jeneral  para  dirijirnos  por  el  canal  de  Bolo- 
nia a  Ferrara. 

Ferrara,  como  Bolonia,  es  ciudad  de  los  Estados  Ponti- 
ficios, no  es  inferior  a  Munich, i  su  catedral,  que  visité,  pue- 
de compararse  con  las  de  Florencia  i  Pisa.  Nos  alojamos 
ep'Una  buena  habitación  que  nos  habia  preparado  el  padre 
procurador  de  Ferrara,  a  cuyo  cuidado  estábamos  confia- 
dos. Al  dia  siguiente  de  nuestra  llegada  celebré  la  santa 
misa  en  la  hermosa  iglesia  de  nuestro  colejio,  i  tuve  el  con- 
suelo de  saludar  al  reverendo  padre  rector  i  de  abrazar  co- 
mo a  veinte  novicios  de  la  provincia  de  Aragón,  reunidos 
allí  con  su  padre  rector  i  su  maestro  i  que  vivian  con  mu- 
cha pobreza.  Nos  visitaron  en  nuestra  habitación  los  otros 
jesuitas  españoles  i  americanos  de  que  estaba  llena  toda  la 
ciudad. 

Veinticuatro  horas  después  de  nuestra  llegada  a  Ferra- 
ra, partíamos  por  el  canal  que  de  ahí  nos  conducia  al  Po 
En  este  lugar  nos  trasbordamos  a  una  embarcación  mas 
fuerte  que  la  del  canal,  i  esto  era  necesario,  porque  el  Po 
cuando  está  cerca  de  su  desembocadura  parece  un  mar  pe- 
queño. Lo  remontamos  así  hasta  la  embocadura  del  Min- 
cio:  existe  allí  una  capilla  pequeña  en  el  lugar  en  que,  se- 
gún la  tradición,  el  papa  San  León  vino  al  encuentro  de 
Atila  i  lo  persuadió  a  volver  sobre  sus  pasos. 

Conducidos  por  el  Mincio  a  la  ciudad  de  Mantua,  deja- 
mos a  nuestra  izquierda  la  casa  consagrada  al  recuerdo  de 


ESPULSION    DE   LOS    JESUÍTAS  167 

"Virjilio  i  entramos  en  nuestro  colejio,  donde  nos  recibieron 
i  trataron  muí  bien,  descansamos  allí  un  dia  entero.  Nin- 
gún destinado,  escepto  los  alemanes,  había  llegado  todavía 
a  Mantua.  Visitamos  el  colejio,  cuya  iglesia,  como  todo  lo 
demás,  es  verdaderamente  magnífica.  Desde  nuestras  ven- 
tanas distinguíamos  el  palacio  Gonzaga,  donde,  según  la 
tradición,  San  Luis  cedió  sus  derechos  de  primojenitura  en 
favor  de  su  hermano  Rodolfo. 

Continuamos  nuestro  camino,  no  ya  en  embarcaciones, 
sino  en  tres  carruajes  que  puso  a  nuestra  disposición  el  pa- 
dre procurador.  Aunque  se  nos  trató  perfectamente,  el  pa- 
dre rector  no  quiso  aceptarnos  ninguna  compensación: 
cosa  nueva,  porque  desde  el  dia  en  que  habíamos  pisado  la 
tierra  italiana,  habíamos  tenido  que  pagar  siempre  i  mu- 
cho, con  el  viático  que  nos  dio  en  el  puerto  de  Santa  María 
-el  gobierno  español  para  nuestro  viaje  por  tierra  en  Italia. 
El  hermano  José  Arnhard  teníala  bolsa  i  era  nuestro  cajero 
■común. 

En  fin,  llegamos  a  Trento,  a  Inspruck  i  a  Landsberg;  en 
estos  tres  colejios  pudimos  hablar  alemán  a  nuestro  placer. 
Se  nos  acojió  i  trató  con  tanta  caridad,  que  desde  entonces 
pudimos  olvidar  los  malos  dias  que  habíamos  pasado. 

Los  otros  padres  de  las  provincias  de  Chile,  nacidos  en 
España  o  en  Chile  mismo,  se  encuentran  en  Italia,  en  Imo- 
la,  en  número  de  doscientos  seis  i  repartidos  en  diez  i  siete 
casas;  sin  embargo,  los  estudios  de  filosofía,  de  teolojía  i  el 
tercer  año  de  prueba  marchan  en  vigor.  El  rei  de  España 
ha  ordenado  que  nuestras  provincias  cambien  de  nombre: 
hé  ahí  por  qué  han  tomando  el  nombre  de  algún  santo.  Así, 
la  provincia  de  Chile  se  llama  hoi  de  San  Casiano,  según 
me  escribió  el  R.  P.  Baltasar  Hueber,  cuando  se  encontraba 
de  provincial  en  Imola. 

Nuestros  viejos  i  enfermos  que  hemos  dejado  en  Chile  en 
el  convento  de  San  Francisco,  fueron  espulsados  después  por 
orden  del  virrei  de  Lima  i  obligados  a  desterrarse.  Han  lle- 
gado a  España  en  número  de  veintiséis,  habiendo  perdido 
«n  el  camino  a  doce  de  sus  compañeros,  entre  otros,  al  her- 


168  KSTÜDTOS   HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS 


mano  Pedro  Vogl,  de  Wetterhause,  en  Suabia,  mas  de  sep- 
tuajenario.  Algunos  que  no  han  podido  concluir  el  camino^ 
han  quedado  atrás  durante  el  largo  viaje  por  Lima,  Pana- 
má, Puerto  Bello,  Cartajena  i  Habana.  Esos  veintiséis  des- 
terrados que  llegaron  i  varios  otros,  permanecen  cautivos^ 
en  España:  desde  la  cuaresma  del  último  año  (1769),  a  nin- 
gún jesuita  se  ha  deportado  a  Italia. 

No  cesaré  de  dar  gracias  a  Vuestra  Reverencia  i  de  rogar 
a  Dios  por  vos,  que  os  habéis  servido  adoptarnos  a  noso- 
tros, huérfanos,  con  tanta  caridad  i  nos  habéis  colocado  en 
el  númetro  de  vuestros  hijos  con  una  ternura  paternal.  Que 
el  Dios  misericordioso  bendiga,  aumente  i  defienda  toda 
esta  provincia  i  a  Vuestra  Reverencia,  a  quien  me  encomien- 
do encarecidamente  en  nuestro  Señor. 

De  Vuestra  Reverencia,  mui  humilde  servidor  en  Jesu- 
cristo. 

Pedro  Weingartneh, 

Secretario  Jeneral. 

Alt-OEttingen,  23  de  enero  de  1770. 


^^^'^'W^^'^^'^^F^W^W^^^W 


APÉNDICE  II 
Relación  de  gobierno  que  dejó  el  señor  marques  de 

AVILES,  presidente    DE  CHILE,  A    SU  SUCESOR    EL   SEÑOR 
DON   JOAQUÍN   DEL   PINO  (1796-1797)  '^ 

Cuando  entré  a  este  mando  no  hallé  establecida  la  eos- 
tum1)re  mandada  observar  por  S.  M.  a  los  virreyes  de  dar  a 
su  sucesor  una  relación  que  llaman  de  gobierno,  por  cuanto 
le  impone  el  manejo  de  los  varios  ramos  de  que  con?ta,  de 
algunos  casos  arduos  o  dificultosos  acaecidos  durante  el  su- 
yo con  las  resoluciones  que  por  sí  tomaron  o  que  fueron  di- 
manadas de  la  soberana  autoridad,  i  del  estado  actual  del 
reino  que  mandaron;  pero  deseoso  yo  de  informar  a  V.  S.  de 
lo  que  mis  cortas  luces  han  podido  adquirir  de  conocimien- 
tos en  los  dos  años  que  lo  he  gobernado  i   omitiendo  el  pri- 

*.  Publicada  en  los  Anales  de  la  Universidad  (Santiago,  1875) 
pajinas  445  477.  Esta  relación,  que  es  un  documento  ^importante 
por  la  abundancia  i  la  prolijidad  de  sus  noticias,  fué  seguramente 
escrita  por  el  doctor  don  Miguel  José  de  Lastarria,  hombre  inteli- 
jente  i  estudioso,  que  desempeñando  la  secretaría  del  virreinato  de 
Buenos  Aires,  escribió  algunas  memorias  notables  acerca  de  lajeo- 
grafía  i  de  la  administración  de  ese  virreinato,  así  como  de  sus 
cuestiones  de  límites  con  las  posesiones  portuguesas.  K^sta  Rela- 
ción figura  en  el  Museo  Mitre,  Documentos  de  su  archivo  colonia/^ 
Buenos  Aires,  Arm.  B,  cajón  27,  pieza  2. 

Nota  del  compilador. 


170  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

mer  punto,  en  que  notoriamente  está  V.  S.  tan  impuesto 
teórica  i  prácticamente,  i  el  segundo  por  haber  tenido  la 
felicidad  de  que  en  mi  tiempo  no  hayan  ocurrido  disputas 
de  jurisdicción  ni  otros  casos  estraordinarios  que  pudiesen 
perturbar  la  paz,  porqiie  la  justificación  i  prudencia  de  los 
ministros  de  esta  Real  Audiencia  no  han  dado  lugar  a  ellas, 
i  el  prelado  de  esta  diócesis  con  su  acreditada  virtud  i  mo- 
deración no  ha  orijinado  la  menor  competencia,  ni  tampo- 
co con  el  de  la  Concepción,  habiendo  procurado  también 
yo  por  mi  parte  no  invadir  las  privativas  facultades  de  los 
tribunales  ni  prelados  eclesiásticos;  me  limitaré  a  dar  una 
sucinta  idea  de  lo  que  concibo  conveniente  sobre  las  prin- 
cipales materias  en  que  puede  V.  S.  ejercitar  su  celo  i  ta- 
lento. 

Sin  embargo  de  la  estension  de  este  reino,  no  correspon- 
de a  ella  su  población  i  aun  ésta  en  su  mavor  parte  es  dis- 
persa en  pocas  villas,  que  las  mas  lo  son  solo  en  el  nombre,  a 
pesar  de  muchas  reales  órdenes  espedidas,  muchos  años 
hace,  para  su  fomento.  El  señor  conde  de  Superunda,  sien- 
do gobernador  de  este  reino,  intentó  reducir  a  poblaciones 
regulares,  las  jentes  repartidas  por  los  campos,  domici- 
liadas en  sus  respectivas  haciendas,  pero  solo  consiguió 
formar  la  parroquia,  i  que  se  tomasen  algunos  solares,  de 
los  cuales  en  muí  pocos  se  construyeron  casas  que  habita- 
sen sus  dueños. 

Entre  sus  sucesores  intentaron  lo  mismo  los  séniores  con- 
de de  Poblaciones  i  marques  de  Osorno;  pero  no  fueron 
mas  felices  en  su  empresa  que  sus  predecesores.  Las  causas 
que  a  mi  ver  se  han  opuesto  al  verificativo  de  esta  empre- 
sa han  sido:  lo  primero,  el  carácter  jenial  de  querer  vivir  en 
su  hacienda  o  estancia,  adquirido  i  fortalecido  con  la  cos- 
tumbre heredada  de  sus  mayores  desde  los  primeros  tiem- 
pos de  la  conquista;  lo  segundo,  porque  los  primeros  po- 
bladores de  este  reino  en  la  repartición  de  las  tierras  so 
lo  tuvieron  consideración  a  su  corto  número  actual  i  no 
de  los  muchos  que  según  su  estension  deberian  habitarlo  al 
en  lo  sucesivo,  i  así  se  ven  unos  repartimientos  tan  excesi- 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES        .  171 

"VOS  que  no  pueden  cultivarlos  bien  sus  poseedores,  i  los 
tienen  destinados  para  pasto  de  ganados,  quedando  por 
consiguiente  poquísimas  tierras  que  poder  distribuir  a  los 
nuevos  vecinos  que  se  estableciesen  en  las  villas  que  se  man- 
daron fundar,  convendría  su  existencia  para  hacer  fructifi- 
car este  reino,  según  sus  proporciones,  i  para  el  fácil  i  arre- 
glado gobierno  de  él. 

Un  vizcaino  llamado  don  Santos  Oñaderra  intentó  en 
tiempo  de  mi  antecesor  fundar  con  denominación  de  la 
Nueva  Bilbao  una  villa  en  la  embocadura  de  rio  Maule,  en 
-el  cual  suponian  había  un  pequeño  puerto  i  proporciones 
para  fabricar  algunos  barcos  con  qué  estraer  los  frutos 
que  produce  aquel  partido,  al  que  le  sería  de  mucha  vent'a- 
ja  por  poder  producir  muchos  trigos  de  que  hoi  solo  siem- 
bra corta  porción,  porque  teniendo  en  el  día  que  conducir- 
los por  tierra  hasta  Valparaíso,  no  se  costean,  i  si  tuviesen 
allí  puerto,  podrían  con  ventaja  remitirlos  a  Lima.  Se 
han  hecho  varios  conocimientos  de  aquel  puerto  i  lo  que 
hasta  ahora  resulta  es  que  cuando  mas  podría  servir  en 
poquísimos  tiempos  del  año  para  buques  pequeños,  i  siem- 
pre con  el  grave  azar  de  la  barra  que  tiene  el  río  en  su  bo- 
ca; por  lo  que  miro  este  proyecto  inveríficable;  pero  la  efica- 
cia de  Oñaderra  discurro  no  desistirá  de  su  pensamiento,  i 
aunque  él  ha  pedido  que  se  le  destinen  ciertas  tierras  de 
una  i  otra  parte  del  río,  se  ha  suspendido  la  concesión  por- 
que varios  vizcaínos  que  al  principio  anhelaron  fijarse  allí, 
desengañados  de  que  el  puerto  es  incómodo  i  solo  útil  para 
pequeños  barcos  i  para  pocos  tiempos  del  año,  se  han  ido 
ausentando  progresivamente.  Las  ti  erras  que  están  a  la 
-otra  orilla  del  rio  no  se  han  adjudicado  a  nuevos  pobla- 
dores, porque  no  es  probable  que,  sí  antes  de  establecerse  i 
hacer  casa  en  la  proyectada  villa  se  les  adjudican,  lo  ejecu- 
ten después;  sino  que  por  el  contrarío  labren  alguna  habi- 
tación en  su  finca  i  después  permanezcan  en  ella  como  les 
es  mas  cómodo. 

Sin  embargo,  de  todo  lo  espuesto,  una  casualidad  facilitó 
:a  mi  último   antecesor,  el  señor  marques  de  Osorno,  modo 


172  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


de  acreditar  su  celo  en  este  jénero,  con  la  reedificación  de  la 
ciudad  de  Osorno.  Para  castigar  a  algunos  indios  jentiles 
de  los  contornos  de  la  ciudad  de  Valdivia,  que  habian  ata- 
cado i  destruido  unas  misiones  que  estaban  a  cargo  de  los 
padres  franciscanos,  salió  el  capitán  de  aquella  guarnición 
don  Tomas  Figueroacon  una  partida  de  tropa  enscguimien* 
to  de  los  agresores,  a  quienes  después  de  derrotados,  preci. 
só  que  le  manifestasen  el  paraje  dónde  existían  las  ruinas 
de  dicha  antigua  ciudad,  que  por  estar  cubierto  de  male- 
zas, se  ignoraba  dónde  liabia  estado  situada:  verificáronlo 
inmediatamente  i  conociendo  S.  E.  que  su  situación  entre 
Valdivia  i  Chiloé  hacia  mui  interesante  su  repoblación,  re- 
solvió desde  luego  reedificarla  i  poblarla,  a  cuyo  fin  dedicó 
sus  mayores  conatos  formando  primeramente  en  la  orilla 
del  rio  de  las  Canoas  un  pequeño  fuerte,  mui  próximo  a  los^ 
vestijios  que  habian  quedado  de  ella;  i  congregando  pobla- 
dores de  los  antiguos  vecinos  de  este  reino  i  de  las  islas  de 
Chiloé,  dio  principio  a  la  em])resa  que  aprol)ó  S.  M.  Hoi 
se  halla  con  alguna  ])orcion  de  tierras  desmontadas,  en  las 
que  se  han  cojido  ya  algunas  cosechas,  auiujue  no  suficien- 
tes para  que  deje  de  asistirse  a  algunos  colonos  con  víveres, 
como  se  practicó  desde  los  principios,  por  las  vias  de  Val- 
divia i  de  Concepción,  i  tienen  hoi  bastante  ganado  que  se 
distribuyó  a  sus  pobladores. 

Su  actual  gobernador,  donjuán  Mackenna,  parece  bas- 
tante activo,  i  me  prometo  esperanzas  de  que  hará  pros- 
perar aquella  colonia,  pues  va  constru\'ó  dos  molinos,  hizo 
desmontes  para  el  camino  de  Chiloé,  i  no  cesa  en  benefi- 
cio de  aquella  colonia,  i  si  continúa,  como  me  lo  persua- 
do, se  hará  acreedor  a  su  tiempo  de  recomendar  su  mé- 
rito. 

Cuando  se  ha\^a  logrado  su  sólido  establecimiento,  con- 
vendrá formar  progresivamente  otras  pequeñas  poblacio- 
nes hacia  el  sur  para  asegurar  la  comunicación  con  las  islas 
de  Chiloé  desde  Valdivia  (de  que  solo  dista  Osorno  20  le- 
guas), para  la  recíproca  correspondencia  i  ausilio  en  tiempo 
de  guerra,  i  así  mismo  para  que  puedan  surtirse  de  granos 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  173 


i  ganados,  pues  aunque  de  estos  últimos  hai  ya  algunos  en 
Valdivia,  son  casi  ningunos  los  frutos  que  hasta  ahora  se 
cultivan.  I  si  se  establecen  en  distancia  casas  para  correos, 
dándoseles  lo  mismo  que  a  los  demás  pobladores,  a  los  que 
las  admitan,  como  me  lo  ha  propuesto  Mackenna,  será  un 
buen  principio  para  verificarlo. 

Con  fecha  3  de  junio  i  8  de  agosto  del  año  de  96,  me 
recomendó  el  rei  como  mui  importante  la  repoblación 
de  Osorno,  i  que  llevase  adelante  esta  empresa  comen- 
zada por  mi  antecesor,  a  cuyo  fin  se  le  mandaba  me  co- 
municase las  instrucciones  i  noticias  correspondientes;  i 
aunque  así  por  esta  razón  como  por  ser  su  situación  local 
€n  el  distrito  de  este  gobierno,  debería  depender  absoluta- 
mente de  mí  cuanto  pertenece  a  dicha  ciudad,  sin  embargo, 
se  ha  reservado  en  lo  jeneral  la  dirección  de  sus  providen- 
cias desde  el  Perú,  cuyo  virreinato  actualmente  ejerce,  ha* 
hiendo  quitado  i  puesto  sin  anuencia  ni  noticia  mia  dos  go- 
bernadores, i  aunque  \^o  debiera  en  virtud  de  las  citadas 
reales  órdenes  haberme  reputado  por  jefe  absoluto  de  aque- 
lla población,  por  no  tener  jenio  ambicioso  i  considerar  ma- 
yores conocimientos  en  el  señor  virrei,  que  ha  reconocido 
personalmente  aquel  terreno  i  por  ser  obra  suya,  me  he 
hecho  desentendido  en  la  superioridad  de  mando  que  sobre 
aquella  colonia  conserva  i  me  contenté  con  enviarle  copia 
de  aquella  real  orden  aquietándome  con  la  contestación 
ambigua  que  me  hizo. 

El  gobierno  de  este  reino  consta  de  dos  provincias  a  car" 
go  de  sus  respectivos  intendentes  i  un  subdelegado  en  cada 
parte  que  suelen  residir  en  lo  que  se  llama  villa,  i  para  dis- 
tribuir sus  órdenes  i  administrar  justicia,  nombran  unos 
jueces  de  menores  distritos  que  llaman  diputados  o  tenien- 
tes de  campaña,  i  residen  en  alguna  hacienda.  Como  este 
juez  subsidiario  es  subalterno  del  subdelegado,  no  quieren 
admitir  este  cargo  los  hacendados  de  distinción  o  de  como- 
didades, i  en  este  caso  es  preciso  que  esta  comisión  recaiga 
en  algunos  infelices  i  algunas  veces  en  mayordomos  de  ha- 
ciendas.  Por  esta  mera  descripción   se  evidencia  las  torpe- 


174  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS 

zas  en  que  incurrirán  por  ignorancia  o  malicia  unos  hom- 
bres sin  cultura  ni  comodidades  que  los  pongan  en  algún 
modo  a  cubierto  del  cohecho  o  de  la  dependencia  de  los  ri- 
cos, i  cuan  espuesta  está  a  perecer  la  justicia  de  los  pobres^ 
siendo  lo  mas  sensible  que  esle  mal  es  irremediable. 

CAMINOS 

Tres  principales  caminos  deben  considerarse  en  este  rei- 
no. El  de  Valparaíso,  que  dirije  a  su  puerto,  por  donde  se 
hace  casi  todo  el  comercio  con  el  Perú,  introduciendo  los 
efectos  de  aquel  reino  i  estrayendo  de  éste  el  trigo  i  sebo, 
que  son  sus  principales  productos. 

Conocida  la  necesidad  de  facilitar  éste,  dispuso  mi  ante- 
cesor el  señor  Osorno,  ponerlo  no  solo  fácil  i  cómodo,  sino 
también  carretero,  para  cu3^o  costo  se  impuso  en  Valparai- 
so  la.  contribución  de  medio  real  por  cada  carga  de  las  que 
entran  en  aquella  población,  cuyo  producto  no  ha  sido  su- 
ficiente para  cubrir  los  gastos  emprendidos;  i  aunque  ya 
está  transitable  a  los  carruajes,  creo  conveniente  enmendar 
la  dirección  de  la  cuesta  de  Prado  dándole  otra  mas  recta, 
porque  siendo  aquella  de  mucho  rodeo,  solo  por  la  preci 
sion  la  transitan  los  carruajes,  siguiendo  el  antiguo  de  He- 
rradura los  que  viajan  a  caballo  i  los  arrieros,  por  lo  que 
es  también  interesante  facilitarles  esta  ruta  que  es  la  mas 
usuíd.  El  error  que  en  esto  parece  se  padeció,  lo  advertirá 
V.  S.  mejor  que  \^o  a  la  pritnera  vis:  a;  pero  en  caso  de  que 
opine  siga  como  está  en  el  día,  será  necesario  aumentar  al- 
gún retorno  en  la  parte  de  acá  de  la  cuesta  referida,  por- 
que en  alguna  parte  esta  algo  pendiente. 

Aunque,  como  ya  dicho,  está  ya  espedito  el  camino,  ne- 
cesita de  algunos  pequeños  reparos  (ademas  de  lo  referido) 
i  también  conceptúo  necesario  i  justo  que  se  facilite  en 
iguales  términos  el  que  condiice  desde  Valparaiso  a  Quiilo- 
ta,  villa  de  donde  recibe  su  subsistencia,  i  el  que  dirije  t* 
Aconcagua,  principal  partido  de  donde  se  remiten  los  tri- 
gos, que  como  se  ha  espresado,   forma  el  mas  esencial  co- 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  175 

mercio  activo  de  este  reino,  i  porque  algunos  pasajeros  i 
efectos  que  de  Buenos  Aires  van  directamente  a  Valparaiso, 
transitan  por  él;  i  siendo  ambos  partidos  los  que  por  esta 
razón  mas  han  contribuido  al  fondo  del  camino  de  esta  ca- 
pital, son  acreedores  de  justicia  a  que  se  les  componga  el  su- 
yo particular,  luego  que.se  satisfaga  el  empréstito  que  otros 
ramos  han  hecho  para  el  principal  de  esta  ciudad. 

CAMINO  DE  LA  CORDILLERA 

Puede  reputarse  este  camino  por  el  segundo  con  respecto 
al  comercio,  porque  de  Buenos  Aires  se  conduce  por  él  la 
yerba  del  Paraguai  i  algunos  efectos  europeos  que  vienen 
por  aquella  via,  i  porque  de  aquí  se  les  retorna  azúcares  i 
alguna  otra  producción  del  Perú,  que  se  recibe  por  Valpa- 
raiso.  Este  camino  fué^  en  lo  antiguo  sumamente  áspero  i 
peligroso  por  algunas  laderas  arriesgadas,  i  es  intransita- 
ble en  tiempo  de  invierno  por  la  nieve.  Para  obviar  este 
inconveniente  último  i  que  los  correos  pudiesen  pasarlo  a  pié 
sin  perecer  en  los  temporales  de  nieve  que  pudiesen  ocurrir 
a  su  tránsito,  se  construveron  en  lo  mas  peligroso  de  ella 
unos  albergues  que  llaman  vulgarmente  casuchas,  i  son 
una  especie  de  torrecitas  cuadradas,  elevadas  en  términos 
que  la  nieve  no  pueda  cegar  sus  puertas,  a  que  se  sube  por 
una  escala  esterior,  siendo  capaces  de  albergar  un  corto 
número  de  personas.  En  tiempo  del  señor  marques  de  Osor- 
no,  se  facilitó  el  camino,  ensanchando  los  pasos  peligrosos, 
pero  siempre  es  necesario  recomponerlos  anualmente,  por- 
que las  aguas  del  invierno  i  la  nieve  que  derretida  en 
verano  forman  arroyos,  lo  descomponen  i  desmoronan. 

Para  la  conservación  i  reparos  de  este  camino  estaba 
destinado  el  pontazgo  del  rio  de  Aconcagua,  que  suele  pro- 
ducir 3,000  pesos,  de  los  que  solo  goza  un  tercio,  i  los  dos 
restantes  se  distribu\^en  por  mitad  a  las  villas  de  Santa 
Rosa  i  a  la  de  los  Andes,  resultando  por  esta  causa  suma- 
mente diminuto  este  fondo,  que  se  halla  en  el  dia  bastante- 
mente empeñado;  pero  siempre  debe  atenderse  a  este  camino 


176  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

con  mucho  esmero  porque  es  sumamente  frecuentado. 
Otro  camino  hai  usado  solo  por  contrabandistas,  que  lia. 
man  de  la  Dehesa,  que  ahorra  mucho  rodeo  i  tiene  las  co- 
modidades de  no  haber  rio  caudaloso,  donde,  si  cae  alguna 
carga,  se  pierda  (como  ha  sucedido  en  el  que  comunmente 
se  transita)  i  algún  pasto  en  sus  quebradas;  pero  es  nece- 
sario facilitarlo,  reconocido  bien  el  terreno,  i  no  se  cree  de 
excesivo  costo,  aunque  no  faltó  interesado  que  opusiese 
obstáculos,  cuando  en  otro  gobierno  se  pensó  facilitar.  El 
que  llaman  del  Portillo,  aunque  se  transita  solo  por  cuatro 
meses  del  año,  es  espuesto,  así  porqne  está  mas  tiempo 
cerrado  por  la  nieve,  como  porque  siendo  dos  cordilleras  es 
peligroso  que  en  el  intermedio  de  ellas  les  coja  una  nevada 
queles  impida  pasar  adelante  o  volver  atrás. 

CAMINO  DE  LA  CONCEPCIÓN 

Este  camino  no  solamente  dirije  a  aquella  capital  de  su 
obispado,  sino  también  a  la  frontera  con  jentiles,  con  los 
cuales  siempre  que  se  conserve  armonía,  se  tiene  la  corres- 
pondencia por  tierra  con  Valdivia  i  aun  con  Chiloé.  Este 
no  se  ha  tocado  aun,  ni  yo  lo  resolví  dar  algún  principio, 
conceptuando  que  empezar  nuevas  obras  sin  concluir  las 
principiadas  por  mi  antecesor,  seria  ocasionar  que  las  unas 
entorpeciesen  a  las  otras.  El  principal  embarazo  que  ha- 
llan los  pasajeros  en  este  tránsito  es  el  de  los  muchos  i 
caudalosos  rios  que  tienen  que  atravesar.  Pensar  en  puen- 
tes de  piedra,  cuya  construcción  ascenderá  a  un  costo  in- 
creíble, para  lo  que  no  hai  fondos  ni  arbitrios,  seria  in- 
tentar cosas  inverificables  perdiendo  el  tiempo  en  proyectos 
imajinarios. 

Por  esta  consideración  solo  me  dediqué  a  estudiar  la  fá- 
brica de  algunos  puentes  de  sogas  que  facilitan  su  paso  en 
cualquiera  tiempo,  sin  detenerse  en  que  dejen  o  no  utilidad 
para  propio  de  las  villas  inmediatas,  pues  cuanflo  no  se 
puede  combinar  ambas  circunstancias,  debe  atenderse  al 
principal  objeto  de  librar  de  la  muerte  a  muchos  infelices  a 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  177 

quienes  la  necesidad  o  la  barbarie  obliga  a  querer  vadear- 
los en  tiempo  de  avenidas.  Este  interesante  asunto  no  está 
del  todo  verificado,  porque  faltan  algunos,  i  aun  los  man- 
dados hacer,  suelen  los  obligados  descuidarse  en  su  conser- 
vación; por  lo  que  lo  creo  asunto  mui  propio  del  piadoso 
celo  de  V.  S. 

PUERTOS  I  sus  FORTIFICACIONES 

En  la  vasta  estension  de  estas  costas  hai  varios;  pero 
los  principales  son,  empezando  por  el  norte,  el  de  Coquim- 
bo poco  distante  de  la  población  de  este  nombre,  i  aunque 
no  grande,  es  seguro,  i  por  consiguiente,  merece  atención 
-en  tiempo  de  guerra.  Gobernando  mis  antecesores,  se  cons- 
truyeron dos  baterías  provisionales,  i  en  la  actualidad  ten- 
go destinado  a  ella  al  injeniero  don  Agustin  Caballero,  con 
el  fin  de  reparar  las  obras  necesarias  i  abrir  un  foso  por  la 
parte  del  mar  que  sirva  como  una  especie  de  trinchera  que 
proporcione  alguna  defensa  por  aquella  parte  i  al  mismo 
tiempo  facilite  el  desagüe  de  aquellas  tierras,  que  aunque 
no  de  mucha  anchura,  tienen  cinco  leguas  de  lonjitud  para- 
lela al  mar,  que  hoi  están  hechas  un  pantano,  cu  vos  mefí- 
ticos efluvios  no  pueden  dejar  de  ser  nocivos  a  la  salud  de 
aquel  vecindario.  El  plano  de  esta  escavacion  i  el  de  los 
ramales  verticales  a  ella  para  facilitar  su  desagüe,  los  ha- 
llará V.  S.  en  la  secretaría,  i  supongo  estará  la  obra  ade- 
lantada, porque  la  aprobé  i  mandé  ejecutar  en  el  mes  de 
abril. 

VALPARAÍSO 

Siguiendo  para  el  sur  se  encuentra  este  puerto  que  es  el 
principal  de  comercio  del  reino;  para  su  defensa  tiene  cua- 
tro castillos,  dos  al  frente  de  su  boca,  que  son  el  de  San 
José  i  el  de  la  Concepción,  de  construcción  bien  irregular,  i 
con  los  defectos  que  a  primera  vista  se  ofrecen.  En  la  boca 
del  puerto  están  los  dos  restantes;  uno  moderadamente 
modificado  por  mi  antecesor  con  el  nombre  de  fuerte  del 

TOMO   X  12 


178  ESTUDIOS    HISTÓRÍCO-BIBLIOGRÁFICOS 

Barón,  i  otro  en  la  parte  opuesta  que  llaman  de  San  Anto- 
nio, qut  en  realidad  es  una  mera  batería,  que  por  estrecha 
i  situada  al  pié  de  un  monte  de  piedra,  se  hace  sumamente 
incómoda  para  sus  defensores,  si  fuere  atacada  de  enemi- 
gos. Con  deseo  de  evitar  en  tal  caso  la  destrucción  de  la 
guarnición  por  las  chispas  que  saltarian  de  las  peñas  de  su^ 
espalda  i  proporcionar  al  mismo  tiempo  algún  mayor  res- 
guardo i  seguridad  a  los  navios  surtos  en  el  puerto  i  ade- 
lantar esta  batería  a  ñn  de  que  cruzara  mejor  sus  fuegos 
con  la  del  Barón,  deseaba  yo  hacer  un  muelle,  que  estriban- 
do en  lo  que  hoi  ocupa  la  batería  de  San  Antonio,  se  pro- 
longase hacia  la  boca  del  puerto  i  que  por  su  parte  interior 
facihtase  a  los  botes  comodidad  para  desem.barco  i  descar- 
ga de  efectos,  que  en  tiempo  norte  es  casi  imposible  verifi- 
carlo en  otra  parte,  como  lo  esperimentó  yo,  que  por  reinar 
el  espresado  viento,  fué  necesario  arrimar  el  bote  al  res- 
guardo de  aquellas  peñas  i  aun  así  lo  h  gré  con  algún  ries- 
go. Manifestado  mi  pensamiento  al  teniente  coronel  de  in- 
jenieros  don  Francisco  García  Carrasco,  que  tengo  allí  des- 
tinado, le  encargué  el  proyecto.  Remitióme  el  plano,  pero 
no  proyectado  donde  yo  queria,  sino  en  otro  paraje,  en- 
frente de  la  plaza  de  la  ciudad,  sob^'e  unas  peñas  que  lla- 
man de  doña  Esperanza,  donde  según  mi  concepto,  después 
de  un  graide  costo  solo  serviria  para  el  desembarco  i  no 
para  resguardar  de  los  vientos  a  los  buques  anclados  en 
el  puerto;  lo  que  pensaba  vo  lograr  en  el  paraje  indicado 
por  la  noticia  que  me  dieron  de  que,  cuando  estuvo  allí  la 
escuadra,  sondeado  aquel  pedazo  de  mar,  se  halló  fondo 
proporcionado  para  una  o  dos  embarcaciones,  del  pais, 
que  en  el  estado  actual  no  se  atreven  a  invernar  en  otro 
punto. 

Las  espl añadas  que  tenían  todas  las  baterías  eran  de 
madera,  podridos  unos  tablones  i  torcidos  otros,  por  lo 
que  tomé  la  resolución  de  mandarlas  hacer  de  piedra, 
aunque  no  todas  por  ahora  por  no  entrar  en  demasiados 
gastos,  a  cuyo  fin,  i  por  no  hallarse  en  sus  inmediaciones 
alguna  de  solidez  correspondiente,  contraté  con  un  vecino^ 


i 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  179 

de  Aconcagua  condujese  al  puerto  las  losas,  i  su  contrata 
existe  en  estas  casas  reales. 

DE  LA  CONCEPCIÓN. 

Esta  es  una  bahía  capaz  de  contener  las  mayores  escua- 
dras: su  boca  está  cerrada  por  una  grande  isla  que  llaman 
la  Quinquina;  hoi  solo  tienen  una  batería  cerca  de  donde 
estuvo  la  antigua  ciudad;  i  en  el  fondeadero  donde  se  hace 
el  comercio  en  frente  del  pucblecillo  de  Talcahuano,  dos 
de  que  no  puedo  informar  puntualmente  a  V.  S.  por  no  ha- 
berlos podido  visitar;  pero  una  bahí  i  tan  grande  no  con- 
ceptúo fácil  fortalecerla  en  todos  los  parajes  en  que  puede 
verificarse  desembarco.  Aunque  el  pais  contiguo  no  pro- 
porciona mucho  comercio  activo,  no  deja  de  hacer  alguno 
de  trigo  i  vino,  i  con  alguna  introducción  de  efectos  suelen 
entrar  cada  año  dos  o  tres  embarcaciones;  i  estando  situa- 
do al  estremo  austral  del  reino,  es  mui  interesante  su  con' 
servacion,  a  que  debe  atenderse  con  la  dedicación  po. 
si  ble. 

PUERTO  PE  SAN    VICENTE 

Sepárase  este  puerto  del  de  la  Concepción  por  un  istmo 
de  solo  media  legua  escasa.  Es  mui  buena,  pero  despobla- 
do en  sus  contornos:  tiene  una  batería,  no  es  capaz  de  im- 
pedir el  desembarco  en  otros  parajes  de  su  circunferencia 
en  que  podrá  ejecutarse. 

ISLAS    DE  JUAN   FERNANDEZ 

Estas  son  dos:  una  distinguida  con  el  apelativo  de  Mas 
Afuera,  que  está  desploblada,  i  la  principal  que  se  conoce 
con  el  nombre  jenérico  de  Juan  Fernández  o  isla  de  Tierra. 
Esta  viene  a  ser  un  padrastro  de  este  reino,  pues  solo  sirve 
para  incomodarle  por  los  gastos  que  le  orijina,  por  el  cui- 
dado de  su  provisión  de  víveres,  que  se  remiten  solo  una 
vez  al  año  en  embarcación  que  viene  destinada  de  Lima, 
cuya  venida,  si  alguna  vez  se  atrasa,  como  ya  ha  sucedido, 


180  KSTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

pone  en  consternación  a  este  gobierno  por  el  recelo  funda- 
do de  que  escasee  la  subsistencia  de  aquella  guarnición,  la 
que  siempre  padece,  porque  ha  de  alimentarse  de  carnes 
salpresas  que  llaman  charqui,  que  nunca  puede  remitirse 
del  año  presente  por  la  estación  en  que  llega  el  buque  que 
le  ha  de  conducir,  i  siendo  añejo  el  que  se  ha  de  remitir,  es- 
tá mas  sujeto  a  la  corrupción  i  la  carcoma  que  lo  inutiliza 
o  deteriora.  Su  puerto  es  malísimo,  tanto  que  el  navio  que 
trasporta  el  situado  procura  descargar  con  la  mayor  ace- 
leración i  hacerse  a  la  vela  inmediatamente:  por  esta  razón 
i  por  lo  demás  que  diré,  no  va  algún  otro  de  comercio.  Es- 
ta isla  es  estéril,  aunque  tiene  agua  i  leña,  teniendo  solo 
una  llanura  en  que  está  situada  su  corta  población;  sin 
embargo,  mantiene  algún  ganado. 

Esta  isla,  que  solo  debiera  conservarse  para  impedir  que 
algún  corsario  enemigo  hiciese  en  ella  aguada  i  leña,  no  ha 
faltado  quien  la  ha  reputado  de  suma  importancia,  tanto 
que  se  han  construido  ocho  baterías,  i  creo  que  si  a  su  ac- 
tual gobernador  se  le  deja  libertad,  lo  aumentará  a  lo  in- 
finiLo,  no  pudiendo  yo  dejar  de  estrañar  que  se  haya  pues- 
to tanto  conato  en  fortificar  un  peñasco  a  100  leguas  de 
la  costa,  teniendo  indefensa  la  vasta  estension  de  este  con- 
tinente, i  que  aunque  nosotros  poseamos  aquella  isla,  no 
se  impedirá  por  eso  que  los  corsarios  enemigos  puedan  in- 
terceptar el  comercio  de  este  reino  con  el  del  Perú,  ni  que 
bordeen  en  aquellas  alturas  apresando  los  buques  que  ven- 
gan del  Callao  i  la  reconocen  para  tomar  el  puerto  de  Val- 
paraiso. 

Sus  gobernadores  son  los  comerciantes  monopolistas  de 
aquellcí  guarnición  i  presidiarios;  mal  inevitable  i  de  que  es 
preciso  desentenderse  por  necesidad,  i  es  el  otro  motivo 
indicado  antes,  que  impide  que  los  particulares  lleven  de  su 
costa  efectos  i  comestibles. 

VALDIVIA 

Esta  población  con  título  de  ciudad  i  fortaleza,  no  tiene 
otra  en   la  actualidad  que   algunos  castillos  en  la  boca  de 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  181 


SU  rio,  que  corre  desde  ella  hasta  el  mar  por  espacio  de  siete 
leguas.  Sus  moradores  se  reducen  a  su  guarnición  i  a  algu- 
nos presidarios:  éstos  no  solo  se  emplean  para  la  defensa, 
sino  también  para  la  agricultura  de  alguna  chacarilla  i 
obras  de  fortificación. 

Hace  muchos  años  que  se  trata  de  fortalecerla,  sin  ha- 
berse conseguido  hasta  ahora  a  pesar  de  infinito  dinero 
que  se  ha  librado,  siendo  una  de  las  causas  de  este  perjui- 
cio i  acaso  el  que  la  cal  i  otros  materiales  se  han  de  remitir 
desde  \  alparaiso,  i  no  habiendo  para  el  intento  mas  em- 
barcación que  la  del  situado,  que  le  deja  poco  buque  en 
que  conducir  aquéllos,  resulta  de  todo  que  cuando  se  hace 
nueva  remesa,  suelen  haberse  perdido  ya  o  inutilizado  los 
materiales  que  se  enviaron  en  el  año  anterior.  Hoi  hai  en 
aquella  plaza  un  injeniero  que  dirije  sus  obras. 

Por  el  actual  virrei  del  Perú,  de  donde  se  envía  el  situa- 
do, se  ha  pensado  que  para  su  fomento  de  agricultura  cese 
la  remisión  de  víveres,  disminuyéndola  progresivamente,  i 
comenzó  en  este  año  remitiendo  en  dinero  el  equivalente  a 
su  tercera  parte,  i  en  virtud  de  su  aviso  lo  comuniqué  a  es- 
te comercio  a  fin  de  que  pueda  hacer  remesas  de  su  cuenta» 
previniendo  al  mismo  tiempo  a  éstos  i  a  los  vecinos  de 
aquella  plaza  que  anualmente  se  irá  cercenando  la  canti- 
dad de  víveres  para  que  en  esta  intelijencia  proporcionen 
los  unos  lo  que  hayan  de  enviar  i   los   otros   aumenten   la 


agricultura. 


Por  real  orden  de  18  de  febrero  de  1796,  i  en  virtud  de 
una  junta  de  jenerales  formada  en  España,  se  determinó 
las  fortificaciones  con  que  deberia  defenderse  este  reino,  a 
lo  fjue  no  se  ha  dado  principio  por  falta  de  caudales  para 
ello;  i  aun  cuando  éstos  fueran  abundantes,  lo  hubiera 
suspendido  pcír  cuanto  en  real  orden  de  10  de  octubre  de 
1796  me  previene  S.  M.  que  ha  destinado  al  brigadier  e 
injeniero  director  don  José  Díaz  Pedregal  a  quien  ha  con- 
fiado su  dirección.  Por  la  misma  escasez  del  erario  no  se 
han  dotado  las  plazas  de  las  guarniciones  que  en  la  misma 
se  detallan. 


182  ESTUDIOS    IIISTÓRICO-BIBLIÜGRÁGICOS 


FRONTERA 

La  situación  particular  de  este  reino,  bañado  del  mar 
por  toda  su  parte  occidental  que  es  la  mas  larga,  le  deja 
por  tierra  una  dilatada  frontera  de  jentiles,  que  por  la 
parte  oriental  abraza  casi  una  tercera  parte  de  la  cordille- 
ra de  los  Andes  hacia  el  sur;  pero  la  de  la  parte  austral  es 
la  de  mayor  cuidado  por  confinar  con  las  muchas  na- 
ciones de  infieles,  i  aunque  en  la  ma^^or  parte  los  divide 
de  nosotros  el  caudaloso  rio  Biobío  i  otros  que  entran  en 
él,  han  sido  siempre  para  ellos,  sus  ataques.  Aun  después 
de  varias  paces  celebradas  con  ellos,  han  solido  hacer  al- 
gunas escursiones,  i  tanto  para  defendernos  de  ellos  como 
para  contenerlos,  inspirándoles  algún  respeto,  se  constru- 
yeron muchos  fuertes;  pero  como  éstos  no  se  hicieron  de 
materia  sólida,  la  mayor  parte,  i  por  el  trascurso  del  tiem- 
po están  ruinosos,  exijen  anualmente  muchos  reparos  que 
gravan  notablemente  el  Erario;  i  como  las  obras  hechas 
por  partes,  especialmente  si  son  pequeñas,  jamas  hacen 
buena  unión  con  las  antiguas,  es  un  continuo  gasto  sin 
verdadera  utilidad,  i  quedamos  siempre  con  una  imperfec 
ta  defensa.  Yo  no  he  podido  pasar  a  conocerlas  porque  a 
poco  tiempo  de  mi  llegada  se  declaró  la  guerra  a  los  ingle- 
ses; pero  tengo  formado  concepto  que  lo  que  verdadermen- 
te  interesa  al  Estado  es  reedificarlas  con  formalidad  i  soli- 
dez a  fin  de  que  en  muchos  años  no  se  orijinen  gastos,  dan- 
do principio,  o  por  los  situados  en  puertos  mas  interesantes 
o  por  los  mas  destruidos;  i  considerando  que  el  del  Naci- 
miento tiene  mas  necesidad,  libré  con  dictamen  de  la  Junta 
de  real  Hacienda  la  cantidad  que  se  conceptuó  necesaria 
para  construir  dos  de  sus  cuatro  fuertes,  según  calculó  el 
injeniero  don  Eduardo  Gómez  xAgüero,  destinado  a  aquella 
frontera;  i  V.  S.  con  su  mayor  pericia  i  talento  seguirá  en 
esta  parte  el  método  que  .conceptué  mejor. 

El  medio  mas  conducente  a  conservar  la  paz  con  los  in- 
dios es  celar  mucho  que  nuestros  fronterizos  no  les  hagan 


I 


KBLACION    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  183 

algún  perjuicio,  i  que  en  este  caso  se  castigue  severamente 
al  agresor,  pues  de  lo  contrario,  puede  resultar  algún  dis- 
gusto en  ellos,  orijinado  únicamente  tal  cual  vez  que  le  ha- 
yan robado  los  nuestros.  También  se  ha  tenido  por  mui 
conveniente  prohibir  se  les  introduzca  aguardiente  u  otros 
licores  a  que  son  propensos,  porque  en  su  embriaguez  re- 
sultan excesos  que  perturban  la  paz  i  que  durante  ella  lian 
hecho  algunas  ventas  de  que  vueltos  en  su  juicio  reclaman; 
i  para  evitar  esto  último  se  ha  mandado  que  los  coman- 
dantes no  las  permitan  sin  su  presencia,  la  del  capitán  de 
amigos  i  algún  otro  lenguaraz.  Hoi  están  mas  sumisos 
que  en  los  tiempos  antiguos,  i  con  los  dos  fuertes  de  Antu- 
co  i  Villocura,  que  construyó  mi  antecesor,  quedan  defen- 
didos dos  pasos  de  la  cordillera  por  donde  fácilmente  po- 
dian  hacer  incursiones  en  nuestras  tierras.  También  ha 
contribuido  mucho  a  la  conservación  de  la  paz  el  haberse 
poblado  mucho  el  paraje  de  la  frontera  denominado  la  Isla 
de  la  Laja,  contenido  entre  la  confluencia  de  dos  rios.  Para 
cualquiera  asunto  con  los  indios  tiene  V.  S.  en  la  plaza  de 
Anjeles  a  don  Pedro  Nolasco  del  Rio,  comandante  de  aque- 
llos dragones,  que  tiene  un  particular  conocimiento  del 
manejo  de  aquellos  bárbaros,  adquirido  en  la  larga  serie 
de  sus  servicios  en  ella,  i  cuyo  dictamen  debe  oirse  como 
decisivo  en  esta  materia. 

GUARNICIÓN    DEL   REINO 

En  esta  capital  ha  i  una  compañía  de  dragones  monta- 
dos que  creó  el  excelentísimo  señor  don  Manuel  de  Amat, 
admitiéndose  únicamente  en  ella  a  los  descendientes  de  los 
antiguos  conquistadores  i  otras  familias  ilustres  que  ha- 
bian  decaido  de  sus  primitivas  comodidades;  pero  como  el 
sueldo  de  25  pesos  que  señaló  a  cada  plaza  ha  sido  preciso 
irlo  rebajando,  ya  no  se  halla  en  aquel  antiguo  esplendor; 
pero  siempre  se  escojen  de  las  jentes  mas  limpias  de  la  ciu- 
dad o  sus  partidos.  Esta  consta  de  50  plazas,  i  aunque  para 
su  manejo  se    considera    compañía    suelta,   se  tuvo    pre- 


1S:4  ESTUDIO    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

senté  para  que  solo  fuesen  8  las  del  cuerpo  de  dragones  de 
la  frontera  que  debía  constar  de  tres  escuadrones. 

En  dicha  frontera,  ademas  del  espresado  cuerpo,  hai  un 
batalllon  de  infantería  que  debe  tener  su  establecimienta 
en  la  Concepción,  sumamente  diminuto  por  la  guarnición 
que  provee  a  todos  aquellos  fuertes  i  tener  en  la  actualidad 
destacadas  en  Valdivia  3  compañías  de  refuerzo,  i  un  des" 
tacamento  en  la  isla  de  Juan  Fernández.  En  dicha  capital 
hai  una  compañía  de  artilleros  que  consta  de  50  plazas,  de 
la  que  se  destacan  algunos  para  los  espresados  fuertes  pa- 
ra sus  baterías  i  para  Valdivia. 

La  dotación  de  Valdivia  es  de  4  compañías  de  infante- 
ría, 17  artilleros  i  6  condestables,  i  sus  gobernadores  han 
representado  siempre  ser  diminuta,  especialmente  de  arti- 
lleros. 

VALPARAÍSO 

Valparaíso  solo  ha  tenido  hasta  el  presente  por  iinica 
guarnición  una  compañía  de  60  artilleros,  que  aun  cuan- 
do hubiese  la  suficiente  artillería  para  los  fuertes,  no  serian, 
bastantes  para  el  nuevo  servicio  de  los  cañones. 

JUAN    FERNÁNDEZ 

Juan  Fernández  no  ha  tenido  mas  que  un  destacamento 
de  50  hombres,  sacados  (como  se  ha  dicho)  del  batallón  de 
la  Concepción. 

Aunque  en  la  que  antes  citadas  junta  de  jenerales  que 
trataron  de  la  fortificación  de  este  reino,  se  detallaron 
fuerzas  de  las  guarniciones  de  los  indicados  puertos,  no  se 
ha  podido  realizar  la  real  orden  que  así  lo  mandaba,  por- 
que este  Erario  apenas  sufre  las  cargas  ordinarias  i  aun 
queda  con  algún  pequeño  de  los  estraordinarios  gastos  de 
la  guerra  con  los  indios  de  la  guerra  en  el  año  de  70. 

Este  cortísimo  número  de  tropas  con  tantas  atenciones 
a  que  dedicarla,  i  la  imposibilidad   de  mantener  otras,  es 


I 


REL/^CION   DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  185 

tuna  grande  congoja  para  el  gobierno  de  este  reino  por  ser 
tan  vasta  la  estension  de  su  costa,  con  varios  puertos  i 
surjideros  en  que  no  es  posible  tener  una  regular  defensa. 

Con  motivo  de  la  presente  guerra  se  mantuviéronlas 
tres  compañías  de  la  Concepción  en  Valdivia  i  aumenté  su 
guarnición  con  el  residuo  de  una  del  mismo  cuerpo  que  se 
habia  destinado  a  Valparaiso  por  mi  antecesor  cuando  la 
guerra  con  los  franceses,  i  añadí  400  milicianos  de  esta 
ciudad  para  su  mayor  defensa,  al  mando  del  teniente  co- 
ronel de  ejército  don  Blas  González,  sarjento  mayor  de  un 
rejimiento  de  milicias. 

f^ara  suplir  la  falta  de  la  infantería  que  saqué  de  Valpa- 
raiso, envié  40  milicianos  pardos  de  esta  ciudad,  a  fin  de 
que  a^mden  a  los  artilleros  de  su  dotación  para  guarnecer 
aquellos  castillos;  i  últimamente  20  dragones  de  esta  capi- 
tal, a  cuya  compañía  habia  aumentado  provisionalmente 
30  hombres  desmontados. 

COQUIMBO 

A  Coquimbo,  que  posee  su  puerto  a  excesiva  distan  ;ia  i 
pocos  recursos  por  no  haber  poblaciones  inmediíitas,  i  ne- 
cesita alguna  tropa,  solo  pude  destinarle  23  dragones  al 
cargo  de  un  sarjento  de  asamblea,  i  dos  artilleros,  ponien- 
do a  sueldo  una  compañía  de  milicias  de  infantería  de  su 
mismo  vecindarioi  comisioné  en  el  mando  militar  de  aquella 
ciudad  i  distrito  a  don  Tomas  Shee,  teniente  coronel  de  in- 
fantería i  oficial  de  acreditada  conducta,  destinando  a  su 
orden  para  que  le  ayude  al  teniente  de  asamblea  don  Mi- 
guel López,  dos  sarjentos  i  un  cabo.  Falto  de  oficiales  ve- 
teranos de  qué  poder  echar  mano  en  la  urjencia  i  con  la  va- 
cante de  siete  tenencias  de  asamblea  (que  ignoro  por  qué 
razón  mis  antecesores  omitieron  proponerlos  a  la  corte), 
me  vi  precisado  a  habilitar  de  oficiales  a  los  dos  tenientes 
de  dragones  de  la  frontera,  don  Carlos  Spáno  i  don  Manuel 
Vial  (a  quienes  habia  suspendido  dar  posesión  de  sus  em- 
pleos por  haberse  casado   sin   licencia  a  su   tránsito  por 


186  ESTUDIOS    HISTÓKICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Mendoza),  destinando  al  primero  para  ayudante  de  los  mi- 
licianos que  fueron  a  Valdivia  i  al  segundo  con  el  mando 
de  loá  pardos  destacados  en  Valparaíso,  i  propuse  a  Su 
Majestad  las  siete  tenencias  vacantes. 

Considerando  que  en  cualquiera  incursión  que  pudiesen 
hacer  los  enemigos  en  estas  costas,  aunque  solo  fuere  un 
corsario,  era  indispensable  un  oficial  de  despejo  que  juntase 
las  milicias  inmediatas  i  dirijiese  las  primeras  operaciones 
militares,  mientras  que  con  su  aviso  tomase  yo  otras  pro- 
videncias, destiné  con  este  objeto  para  el  partido  de  la  Li- 
gua al  teniente  de  asamblea  don  Rafael  Franco,  un  cabo  i 
un  sarjento  de  su  cuerpo.  Para  la  costa  de  San  Antonio,  al 
teniente  retirado  del  ejército  de  España  don  José  Joaquín 
Toro,  un  sarjento  i  un  cabo. 

PvStas  fueron  las  únicas  providencias  preventivas  de  de- 
fensa que  me  permitieron  tomar  el  estado  del  erario  i  las 
circunstancias  del  pais,  que  sufrirla  irreparables  perjui- 
cios si,  separando  de  sus  pueblos  a  los  milicianos,  los  con- 
gregase en  algún  puerto,  i  porque  siendo  muchos  los  pa- 
rajes en  que  podian  hacer  desembarcos  los  enemigos,  si 
esto  no  lo  verificasen  en  las  proximidades  de  donde  hubiese 
yo  tenido  las  tropas,  le  hallarían  mas  indefenso  por  haber 
sacado  yo  de  ellos  los  pocos  moradores  que  tuviesen  allí 
su  domicilio,  i  desde  luego  causarla  los  daños  irreparables 
de  la  falta  de  cultura  de  los  campos,  malogro  de  las  cose- 
chas i  abandono  de  las  familias  por  pretender  evitar  el  robo 
de  alguna  casería  o  saqueo  de  algún  pueblecillo  próximo  a 
la  costa,  cuyo  daño,  aunque  se  verificase,  no  equivaldría  al 
infinitamente  mayor  que  con  mis  providencias  se  habría 
causado  al  todo  de  las  provincias,  siendo  menos  disculpa- 
ble mi  procedimiento  por  no  tener  noticia  fundada  ni  de 
que  se  hubiese  dispuesto  espedicion  contra  este  reino. 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  l87 


MUNICIONES 

En  esta  capital  hai  un  almacén  o  sala  de  armas  don- 
de se  custodian  las  pocas  que  tiene  este  reino  para,  su  de- 
fensa. 

En  la  Concepción  existe  otro,  de  que  se  provee  la  fronte- 
ra, ademas  de  algunas  pocas  armas  que  se  han  distribuido 
para  uso  de  las  milicias  i  los  de  Valdivia  i  Valparaíso;  i  ve- 
rificándose la  paz,  deberán  solicitarse  dos  o  tres  mil  fusiles 
que  vengan  de  España. 

El  almacén  de  pólvora  de  esta  capital  ha  existido  al  fren- 
te del  convento  de  los  recoletos  dominicos  en  una  especie  de 
plaza  que  forma  con  las  últimas  casas  del  barrio  que  lla- 
man de  la  Chimba,  paraje  sumamente  peligroso  i  que  en 
-caso  de  algún  desgraciado  accidente,  causaria  el  mayor  es- 
trago en  aquel  vecindario.  Siguióse  espediente  por  mi  an- 
tecesor para  mudarlo  en  situación  menos  arriesgada:  seña- 
lóse el  lugar;  pero  por  varias  contradicciones  i  recursos,  es- 
taba suspensa  la  construcción  del  nuevo  almacén  proyec- 
tado. Fué  uno  de  mis  primeros  cuidados  la  conclusión  de 
-este  asunto;  pude  conseguirlo  i  se  halla  ya  finalizado  el  edi- 
ficio, i  creo  tendré  trasladada  a  él  la  pólvora  antes  de  la 
'llegada  de  V.S.  porque  solo  espero  que  se  acabe  de  enjugar 
perfectamente  lo  edificado. 

PÓLVORA 

Este  ingrediente,  tan  indispensable  para  la  guerra,  ha 
sido  por  desgracia  el  mas  olvidado.  Hasta  ahora  se  ha  fa- 
bricado aquí  a  mano  sin  haber  artificio  de  agua  con  qué 
dar  mov^imiento  a  los  mazos  que  muelen  el  misto,  de  que 
resulta  sumamente  costoso  su  laboreo.  El  paraje  donde  és- 
ta se  labra  parece  ideado  para  volar  una  parte  esencial  de 
la  ciudad,  pues  pegado  a  los  últimos  edificios  de  la  calle 
de  San  Diego,  no  puede  dejar  de  causar  estragos  notabilí- 
simos en  caso  de  algún  incendio,   como  se  esperimentó  no 


188  ESTUDIOS    HISTÓRI  'O-BIBLIOGRÁFICOS 

hace  muchos  años.  A  todo  lo  dicho  se  añade  que  la  pólvora 
por  falta  de  máquinas  i  aperos  necesarios,  por  poca  inteli- 
jencia  en  quien  la  maneja,  i  por  falta  de  un  oficial  de  artille- 
ría que  intervengaen  el  reconocimiento  de  la  buena  calidad 
de  los  simples,  i  en  la  precisa  dosis  de  cada  uno  i  verdadero 
método  de  laborearla,  resulta  que  en  lugar  de  lograrla  bue- 
na, solo  tenemos  una  masa  de  carbón  i  azufre  de  tan  poca 
potencia,  que  hasta  los  mismo  mineros,  que  no  la  necesitan 
tan  activa  como  la  que  se  destina  para  las  armas,  decla- 
man sobre  su  mala  calidad  i  subido  precio,  siendo  esto  cau- 
sa de  que  algunos  la  hacen  furtivamente  de  contrabando. 

Esta  fábrica  ha  estado  a  cargo  del  director  de  tabacos, 
quien  en  difuso  espediente  que  se  ha  seguido  ha  resistido 
siempre  desprenderse  de  su  manejo,  escusándose  con  la  real 
orden  aprobatoria  que  lo  autoriza,  a  pesar  de  las  instan- 
cias con  que  el  tribunal  de  minería  se  ha  ofrecido  a  tomar- 
la de  su  cuenta  i  darla  a  costo,  i  costas  para  su  gremio,  i 
así  mismo  al  rei  la  que  necesita  para  la  guerra.  Este  espe- 
diente no  sé  si  quedará  finalizado  antes  que  cese  yo  en  este 
mando;  pero  interesa  much(j  al  Estado,  a  este  pueblo  en 
particular,  al  honor  de  las  armas  del  rei  i  al  crédito  del  que 
manda  este  reino,  que  se  haga  una  fábrica  en  paraje  pro- 
porcionado, libre  en  lo  posible  de  perjudicar  a  esta  pobla' 
cion  en  caso  desgraciado,  i  con  un  interventor  oficial  de 
artillería  para  que  se  haga  de  buena  calidad,  bien  se  verifi- 
que esto  al  principio  por  cuenta  del  tribunal  de  minería,  o 
sea  por  la  de  S.  M.;  i  si  V.  S.  reconoce  el  espediente  i  pide 
otras  noticias,  hallará  en  aquél  algunas  contradicciones,  i 
que  con  pretesto  de  evitar  fraudes,  se  han  comprado  exce- 
sivas cantidades  de  salitre  a  precios  subidos,  con  bastante 
perjuicio  del  Erario  porque  este  simple,  como  sabe  V.  S.,  se 
desmejora  con  el  tiempo,  i  hai  un  acopio  de  él  para  muchí- 
simos años.  Habiendo  ocurrido  la  casualidad  de  que  el  te- 
niente coronel  de  artillería  don  Diego  Godoi  viniese  a  esta 
ciudad  a  convalecer,  le  mandé  hacer  varios  esperimentos, 
de  que  resultó  ser  inútil  la  pólvora  por  mal  purificados  los 
simples  que  la  componen  i  que   la  que  se  llama  fábrica  ca- 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES 


189 


rece  de  algunas  cosas  indispensables  para  su  laboreo  (pres- 
cindiendo del  costo  i  tardo  manejo  de  los  morteros  que 
muelen  a  fuerza  de  brazos),  i  que  la  dirección  de  ella  está 
reducida  a  que  fabricante  e  interventor  es  un  mismo  suje- 
to, i  que  lo  que  se  llama  pólvora  no  es  capaz  de  otra  cosa 
que  de  hacer  ruido,  sin  ofensa  de  los  amigos,  por  su  corto 
alcance. 

MATERIAS  ESPIRITUALES  I  PIADOSAS 


Considerando  la  piedad  del  rei  que  la  dispersión  de  los 
habitantes  de  estas  campañas,  i  la  excesiva  distancia  de 
sus  iglesias  parroquiales  dificulta  en  gran  manera  la  ins" 
truccion  cristiana  que  necesitan,  resolvióse  por  su  real  cé- 
dula de  7  de  setiembre  de  1782,  que  se  edifiquen  capillas  en 
las  distancias  que  se  juzguen  proporcionadas,  para  suplir 
la  excesiva  de  la  parroquia  principal,  i  que  destinado  a 
ellas  un  teniente  de  cura,  puedan  aquellos  feligreses  lograr 
la  instrucción  cristiana  i  fácil  administración  de  sacramen- 
tos. Aunque  esta  providencia  es  tan  piadosa  como  necesa- 
ria, calculado  el  número  de  las  que  se  necesitan  en  el  obis- 
pado de  la  Concepción,  resultó  ser  el  de  20,  se  reputó  el 
costo  de  cada  una  en  2,300  pesos,  cuya  suma  total,  46,000 
pesos,  no  puede  sufrirla  de  una  vez  el  Erario,  por  lo  que  se 
arbitró  el  medio  de  construir  algunas  cada  año,  i  para  el 
presente  se  mandó  dar  principio  con  las  de  Larque  i  Galli- 
pavo en  la  doctrina  de  Chillan  i  lagos  de  la  Rinconada  i 
Canteras  de  la  de  los  Anjeles,  i  otras  dos  en  el  paraje  que 
«lijan  al  señor  obispo  de  aquella  diócesis  i  el  señor  inten- 
dente de  aquella  provincia;  i  me  parece  conveniente  que  en 
lo  sucesivo  se  edifiquen  cuatro  cada  año  mas  o  menos  se- 
gún lo  permitan  los  fondos,  i  con  la  constancia  de  esta 
práctica  se  logrará  con  el  tiempo  el  santo  fin  del  pasto  es- 
piritual de  esta  pobre  jente,  i  talvez  que,  edificando  sus  ca- 
sas próximas  a  la  iglesia  los  que  tengan  sus  tierras  en  sus 
contornos,  se  dé  principio  a  algunas  aldeas  que  lleguen  a 
ser  villas. 


190  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BTBLTOCRÁFICOS 

En  el  distrito  de  Copiapó  i  a  distancia  de  100  leguas  se 
halla  un  portezuelo  llamado  el  Paposo,  habitado  de  148 
personas  dedicadas  únicamente  a  la  pesca:  pero  con  una 
vida  tan  brutal  que  apenas  por  el  nombre  conocen  que  hai 
Dios,  sin  cura  ni  juez  civil,  pues  perteneciendo  a  la  parro- 
quia de  Copiapó,  solo  una  vez  al  año  para  el  cumplimiento 
pascual  ha  ido  un  relijioso  comisionado  por  el  cura,  quien 
apenas  se  ha  detenido  doce  o  quince  días,  huyendo  de  la 
pobreza  e  incomodidad  de  aquel  inculto  i  estéril  terreno, 
perdiéndose  en  el  resto  del  año  la  casi  ninguna  instrucción 
que  pudieron  adquirir  en  tan  poco  tiempo. 

Desde  el  tiempo  de  mi  antecesor  se  siguió  espediente  pa- 
ra reducir  a  civilidad  a  estos  miserables  i  facilitarles  pas- 
tor para  sus  almas.  Tratado  por  mí  este  asunto  en  junta 
de  real  hacienda  en  28  de  julio  de  97,  se  señalaron  500  pe- 
sos para  la  fábrica  de  la  capilla,  i  para  la  subsistencia  del 
sacerdote,  teniente  del  cura  propietario,  las  mínimas  oven- 
ciones  que  voluntariamente  cedió  éste,  i  una  arroba  de 
congrio  que  daba  cada  pescador  al  cuaresmero,  i  100  pe- 
sos anuales.  Esta  dotación  tan  exigua  no  era  capaz  de 
proporcionar  sacerdote  que  quisiera  hacerse  cargo  de  esta 
doctrina,  en  la  cual  ni  hai  habitaciones,  ni  proporciones 
de  comestibles,  que  deben  llevarse  de  Copiapó,  por  un  ca- 
mino escabroso  i  de  mucho  peligro,  i  por  consiguiente, 
resulta  muí  costoso  su  trasporte,  i  que  aquellos  miserables 
se  vean  reducidos  a  mantenerse  únicamente  del  pescado;, 
pero  Dios,  que  tanto  ama  a  sus  criaturas,  ajitó  el  estraor- 
dinario  celo  de  don  Rafael  Andreu  Guerrero,  presbítero 
que  estando  aquí  establecido,  i  que  aunque  sin  opulencia 
vivia  con  descanso,  por  solo  atender  a  la  salvación  de  es- 
tos abandonados  cristianos,  se  ofreció  espontáneamente  a 
esta  empresa,  costeándose  hasta  aquel  paraje  sin  que  por 
la  real  hacienda  se  le  contribu\^ese  con  alguna  cantidad. 
Llegado  a  aquil  destino  me  remitió  la  relación  que  he  he- 
cho agregar  a  los  autos,  en  que  describe  la  deplorable  si- 
tuación de  aquellos  habitantes  i  el  miserable  estado  a  que 
él  mismo  se  ve  reducido,  pues  ni  aun  qué  comer  encuentra. 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  191 

por  SU  dinero,  i  propone  que  se  facilite  la  construcción  de 
la  capilla  i  alguna  habitación  para  él,  i  ofrece  persuadirlos 
con  este  principio  a  que  formen  una  ranchería  en  que,  reu- 
nidos en  los  cuatro  meses  del  año  en  que  no  pescan,  tenga 
mejor  proporción  de  instruirlos  en  los  rudimentos  de  la  fe 
i  cristianas  costumbres,  concluyendo  con  que,  si  no  se  le 
socorria  para  su  subsistencia,  se  veria  precisado  a  aban- 
donar tan  santa  empresa.  Dio  cuenta  también  de  su  situa- 
ción al  I.  S.  Obispo,  quien  con  su  acreditado  celo  le  exhortó 
a  la  perseverancia,  ofreciéndole  los  socorros  necesarios 
para  su  subsistencia.  Yo  por  mi  parte  hice  calcular  el  costo 
de  una  capilla  de  madera  (porque  no  hai  allí  proporción 
para  hacerla  de  otra  materia),  i  según  me  espuso  el  arqui- 
tecto, se  necesitará  para  esto  mas  de  1,000  pesos  sin  entrar 
en  el  cómputo  lo  que  costará  el  altar;  i  siendo  solo  500  pe- 
sos los  librados,  cantidad  insuficiente  para  la  empresa,  ar- 
bitré encargar  a  Valdivia  las  maderas,  evitando  por  este 
medio  el  excesivo  costo  que  tendrian  en  esta  ciudad;  pero 
éstas  no  podrán  traerse  hasta  que  regrese  la  embarcac'on 
que  conduzca  el  situado  de  aqrella  plaza,  i  como  esta  obra 
la  considero  de  la  mayor  importancia,  por  lo  que  interesa 
la  salvación  de  aquellas  almas,  recomiendo  a  VS.  particu- 
larísimamente  este  asunto,  i  a  este  singular  eclesiástico,  a 
quien  Dios  ha  dotado  de  un  celo  verdaderamente  apos- 
tólico. 

Por  si  acaso  antes  de  entregar  a  VS.  el  mando  no  se  hu- 
biese podido  verificar  la  remesa  de  los  materiales  de  la  ca- 
pilla, debo  dejar  prevenido  que  el  paraje  a  donde  se  ha  de 
dirijir  el  barco  que  las  lleve  ha  de  ser  en  el  que  llaman 
Punta  Grande,  que  se  halla  en  24°  23'  conocida  en  la  carta 
de  estos  navegantes  por  el  Farallón,  el  cual  no  le  hai,  se- 
gún se  ha  observado  por  iin  piloto  ingles  que  venia  en  un 
falucho  fabricado  en  Coquimbo,  i  que  se  perdió  en  dicha 
costa.  Esta  operación  puede  hacerla  sin  molestia  cualquier 
barco  de  los  que  navegan  a  intermedios,  en  el  supuesto  de 
que  no  se  le  demorará  para  la  descarga  por  ser  jente  de 
mar  toda  la  del  Paposo. 


102  ESTUDIO    HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS 

Por  lo  que  pertenece  a  lo  temporal,  i  en  consideración  a 
que  aquellos  moradores  son  unos  meros  pescadores  torpes 
i  sin  instrucción,  i  que  necesitan  de  un  juez  racional  que 
atienda  a  su  civilización  i  que  contenga  su  desarreglado 
modo  de  vivir,  nombré  al  mismo  eclesiástico  por  juez  de 
aquel  vecindario  i  del  de  la  Ballena;  i  como  para  que  pue- 
dan formar  alguna  ranchería  regular  i  tener  algunas  tie- 
rras comunes  en  qué  apacentar  las  cabalgaduras  en  que 
conducen  el  pescado  salado  i  sus  escasísimos  muebles 
cuando  se  trasficren  a  otros  parajes  de  la  costa  en  tiempo 
de  la  pesca,  le  encargué  hiciese  mensura  del  terreno  que 
poseen  allí  los  Zuletas,  que  solo  debe  ser  de  1,500  cuadras, 
según  consta  de  la  donación  que  hizo  el  señor  Henríquez, 
gobernador  de  este  reino,  cuyo  documento  se  halla  en  los 
autos,  porque  es  de  creer  exceda  de  este  número  las  que 
poseen,  por  cuanto  en  aquellos  tiempos  se  hacian  aquellas 
mercedes  sin  exactitud  de  medidas,  i  la  esperiencia  ha  acre- 
ditado que,  cuando  en  los  tiempos  posteriores  ha  sido  pre- 
ciso hacer  mensuras,  se  han  hallado  con  mucho  exceso  a 
las  concedidas;  i  si  aquí  resultase  sobrantes,  se  podrán 
aplicar  a  estos  pobladores,  i  cuando  no,  comprar  por  justa 
tasación  lasque  se  tengan  por  convenientes,  en  el  supuesto 
de  que  en  aquel  paraje  cuando  mas  podrán  valer  4  reales 
cada  una. 

HOSPITALES 

En  este  reino  solo  hai  de  estas  casas  de  piedad  en  Con- 
cepción, en  Valparaíso  i  Coquimbo,  a  cargo  ríe  los  padres 
de  San  Juan  de  Dios,  i  uno  principiado  en  la  ciudad  de  Tal- 
ca a  estímulos  de  su  actual  subdelegado  don  Vicente  de  la 
Cruz;  pero  todos  ellos  son  o  mui  pequeiios  o  faltos  de  dota- 
ción i  de  buen  estable.  En  esta  ciudad  hai  dos,  uno  para 
mujeres  con  la  denominación  de  San  Borja,  establecido  mo- 
dernamente i  puesto  a  cargo  de  seculares,  i  otro  para  hom- 
bres que  administran  los  relijiosos  de  San  Juan  de  Dios. 

Este  último  ha  estado  en  el  mayor  desorden,  así  en  lo 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE   AVILES  193 

material  como  en  lo  formal, habiéndose  seguido  desde  tiem- 
pos antiguos  varios  espedientes  para  su  arreglo  i  buena 
administración  de  rentas,  sobre  cuyos  dos  puntos  he  esta- 
do entendiendo  por  haber  encontrado  casi  totalmente 
arruinados  el  hospital  iconvento  i  con  unas  cuentas  tan  en- 
redadas que  fué  preciso  cortar  el  asunto  que  tanto  dio  que 
hacer  a  mi  antecesor,  i  empezar  de  nuevo,  dejando  ajuicio 
de  Dios  las  muchas  cosas  que  se  advierten  i  la  mala  admi- 
nistración que  han  tenido  sus  rentas. 

Para  lo  material  empecé  su  reedificación  poniendo  la  pri- 
mera piedra  el  dia  11  de  febrero  de  1797.   Su  primer  fondo 
fué  la  caridad  del  prior  del  consulado  don  José  Ramírez  i  de 
don  Manuel  Tagle,  que  ambos  ofrecieron  costear  una  sala 
cada  uno,  i  para  poder  continuar  el  resto,  se  hizo  una  sus- 
cricion  de  vecinos  e  individuos  de  los  gremios;   pero  esto 
producia  poquísimo  i  no  tuvo  duración,  por  loque  fué  preci- 
so apelar  a  otro  arbitrio  que  fué  establecer  una  lotería  o 
suertes  en  que  semanalmente  se  distribuyen  entre  los  juga- 
dores en  premios  de  125  pesos  las  tres  cuartas  partes  de  lo 
que  se  recoje,  i  de  la  restante,  deducidos  los  gastos,  se  divi- 
de en  otras  cuatro  partes,  aplicando  la  una  para  manuten- 
ción de  los  espósitos,  i  las  otras  tres  se  invierten  en  la  fá- 
brica referida,  cuya  dirección  tomó  a  su  cargo  i  sigue  con  el 
mas  caritativo  empeño  i  dedicación,  el  referido  don  Manuel 
Tagle,  que  tiene  particular  talento  para  esta  especie  de  co- 
misiones i  lo  sirve  por  pura  caridad;  i  espero  de  las  benéfi- 
cas intenciones  de  V.  S.  protejerá  la  continuación  de  esta 
obra,  para  lo  cual  no  es  necesario  mas  que  dejar  seguir  el 
método  establecido  i  que  continúe  en  su  dirección  el  mismo 
comisionado;  i  aunque  el  plano   del  convento  quedará  he- 
cho, talvez  la  superior  pericia  de  V.  S.  hallará  que  enmen- 
dar, pero  aun  es  tiempo  de  poder  correjir  el  error  que  pue- 
da haberse  cometido. 

Para  poder  reedificar  el  hospital,  fué  preciso  sacar  los 
enfermos,  que  coloqué  en  el  de  mujeres  de  San  Borja,  sepa- 
rando una  de  sus  salas,  manteniendo  sus  enfermos  del  pro- 
ducto de  las  suertes,  confiando  su   dirección  a  don  Roque 

TOMO    X  lo 


194  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Huici,  sujeto  activo  que  desempeña  el  encargo  con  la  ma- 
yor candad  i  esmero. 

Para  cuando  se  restituyan  los  enfermos  al  hospital,  es 
necesario  formar  una  hermandad  de  seculares  que  no  solo 
cuiden  de  que  estén  bien  asistidos  los  enfermos,  sino  que 
también  administren  las  rentas,  pues  de  lo  contrario  se  vol- 
verá al  desorden  pasado  sin  que  los  relijiosos  en  particular, 
ni  los  enfermos,  tengan  el  debido  alimento  i  asistencia. 

Tengo  calculado  con  la  mayor  individualidad  el  costo  i 
especie  de  manjares  que  diariamente  deben  suministrarse  a 
cada  relijíoso:  el  tabaco,  papel,  hábitos,  i  demás  ropa  inte- 
rior, el  importe  total  del  consumo  de  todos  los  relijiosos 
asignándosele  mayor  congrua  al  padre  prior  por  conside- 
ración a  algunos  gastos  estraordinarios  que  deben  ofrecér- 
sele por  su  ministerio,  cuya  suma  total  de  cada  año  debe 
entregarse  al  prelado  o  destinársele  fincas  de  producto 
igual,  a  fin  de  que  por  el  método  que  establecen  sus  consti- 
tuciones, lo  administren  i  distribuyan;  i  quedando  el  resto 
de  renta  a  disposición  de  la  hermandad,  cuidará  ésta  así 
del  alimento  i  asistencia  de  los  enfermos,  como  de  satisfa- 
cer las  deudas  atrasadas  de  que  está  recargado  el  hospital. 
Si  lograre  dejar  entablado  este  método,  daré  cuenta  a  S. 
M.  con  un  estracto  relacionado  de  los  autos,  así  para  la 
real  confirmación,  como  para  que  igualmente  se  apruebe  la 
adjudicación  de  las  tres  cuartas  partes  líquidas  del  produc- 
to de  la  lotería.  Si  3^0  no  tuviese  tiempo  de  verificar  este 
útil  entable,  convendrá  que  V.  S.  lo  ejecute,  pues  de  lo  con- 
trario, en  poco  tiempo  volverá  al  desorden,  no  será  hospi- 
tal sino  en  el  nombre,  i  será  inútil  el  edificio  labrado. 

En  la  ciudad  de  Concepción  tienen  otro  los  referidos  re- 
lijiosos, i  la  tropa  el  su^-o  separado,  que  está  en  buen  pie, 
según  estoi  informado,  de  cuya  dirección  i  manejo  está  he- 
cho cargo  el  brigadier  don  Pedro  Quijada,  comandante  de 
aquel  batallón,  sujeto  de  notoria  probidad. 

Tiene  también  un  hospital,  en  el  que  antiguamente  ser- 
vian  como  enfermeros  tres  relijiosos  i  un  capellán  de  San 
Juan  de  Dios,  a  los  que  asistía  por  la  real  hacienda  con  300 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  195 

p«sos  a  éste  i  100  a  cada  uno  de  los  enfermeros;  500  al  mé- 
dico cirujano  i  1,300  para  dietas,  etc.;  pero  habiendo  éstos 
insensiblemente  tomado  denominación  de  convento,  nom- 
brándose a  uno  de  ellos  como  prior  sin  facultad  real,  ni 
aun  permiso  de  este  gobierno,  i  por  otros  desórdenes  que 
observó  el  E.  S.  marques  de  Osorno  cuando  estuvo  en  aque- 
lla plaza,  los  quitó  de  allí,  i  queda  hoi  manejado  por  los 
oficiales  de  la  guarnición  bajo  la  autoridad  de  su  gober- 
nador. 

El  de  Talca  está  mui  en  los  principios  aun  en  lo  mate- 
rial del  edificio  i  necesita  para  su  conclusión,  arreglo  i  ren- 
tas para  su  subsistencia,  que  VS.  lo  proteja  con  su  auto- 
ridad. 

Los  relijiosos  de  San  Juan  de  Dios  tienen  a  su  cargo  el  de 
Valparaiso,  que  está  algo  informe  i  es  necesario  perfeccio- 
narlo; i  como  hicieron  cambio  de  edificio  con  los  padres  do- 
minicos (que  sin  real  facultad  se  habian  introducido  allí), 
se  ha  orijinado  pleito  entre  ellos,  de  que  se  está  siguiendo 
espediente. 

Del  actual  estado  del  de  Coquimbo  no  tengo  positivas 
noticias  para  poder  dar  a  V.  S.  las  necesarias. 

Estas  casas  de  caridad  están,  en  mi  concepto,  mas  arre- 
gladas cuando  se  manejan  por  seculares  que  no  cuando  es- 
tán a  cargo  de  relijiosos  hospitalarios,  ya  porque  todas 
sus  rentas  pueden  invertirse  en  beneficio  de  los  enfermos, 
porque  no  hai  que  deducir  de  ellas  los  gastos  del  orden,  los 
de  sus  visitadores  i  otras  contribuciones  que  dan  a  sus  pre- 
lados principales  para  su  subsistencia,  i  ya  por  los  muchos 
embarazos  que  se  presentan  para  que  entreguen  sus  cuen- 
tas i  los  varios  litijios  que  se  introducen  cuando  se  las  quie- 
ren examinar  como  corresponde. 

CASA  DE  RECOJIDAS. 

Para  corrección  de  mujeres  prostituidas  se  estableció, 
por  el  rei  don  Felipe  V,  una  casa  de  recojidas,  dotándola 
en  3,000  pesos  sobre  el  ramo  de  balanza,  aprobando  el  re- 


196  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

glamento  que  hizo  el  I.  S.  donjuán  Sarricolea,  prelado  de 
esta  diócesis;  i  aunque  allí  se  prescribe  santamente  que  las 
que  destinen  a  esta  casa  los  jueces  civiles  no  pueden  salir  de 
ella  hasta  que  conste  al  prelado  su  verdadera  corrección  i 
enmienda  (escepto  alguna  que  por  causa  matrimonial  se 
deposite  allí),  no  está  en  uso  esta  práctica  que  no  han  re- 
clamado los  ilustrísimos  obispos  de  esta  ciudad  i  los  jueces 
la  destinan  por  el  tiempo  de  su  arbitrio,  que  íqo  siendo  re- 
gularmente el  suficiente  para  mudar  de  vida,  se  logra  poco 
fruto. 

Se  habia  cerrado  esta  casa  con  motivo  de  haberse  pen- 
sado erijir  un  hospicio,  para  el  que  no  habia  principio  al- 
guno de  renta,  i  pensaban  aplicarle  la  de  esta  casa  i  la  de 
los  espósitos;  pero  como  no  se  verificaba  el  proyecto,  no 
tuve  por  conveniente  que  cesase  la  corrección  de  estas  des- 
graciadas creaturas,  i  en  el  dia  corre  su  dirección  a  cargo 
de  don  Ignacio  Landa,  que  no  solo  lo  sirve  gratuitamente 
sino  que  con  el  mayor  esmero  propende  a  darles  ocupación 
en  hilados,  con  lo  que,  dejando  de  estar  ociosas,  ayudan  en 
alguna  manera  a  su  manutención.  Esta  casa,  por  su  desti- 
no i  por  el  fruto  que  se  logra  en  ella,  merece  que  V.  S.  pro- 
penda con  su  autoridad  a  su  conservación  i  buen  arreglo. 

CASA   DE   ESPÓSITOS. 

Los  niños  espósitos,  cuya  conservación  i  buena  crianza 
interesan  tanto  al  Estado,  tienen  una  casa  bastante  capaz 
que  la  labró  i  cedió  al  rei  el  marques  de  Montepío,  con  con- 
dición que  se  atendiese  a  su  familia,  i  lo  aprobó  S.  M.  por 
cédula  de  29  de  enero  de  1761,  i  al  actual  marques,  hijo  del 
donante,  le  concedió  grado  i  sueldo  de  teniente  coronel;  pe- 
ro solo  tiene  de  renta  1,000  pesos  i  una  panadería,  produc- 
tos cortísimos  para  el  mucho  número  de  niños  que  la  inhu- 
manidad de  sus  padres  abandona.  Con  este  conocimiento 
i  no  hallando  otros  arbitrios  para  aumentarles  su  tan  di- 
minuta renta,  apliqué  (como  dije,  hablando  del  hospital  de 
San  Juan  de  Dios)  la  cuarta  parte  del  producto  líquido  de 


RELACIÓN  DEL  GOBIERNO  DE  AVILES  197 

las  suertes  semanales,  con  lo  que  se  han  ido  mejorando  los 
edificios.  Se  abrió  un  pozo  porque  no  tenia  agua  limpia  i 
se  ha  formado  un  lavadero  a  cubierto  con  doce  pilones  de 
piedra,  por  lo  interesante  que  es  la  limpieza  en  estas  casas, 
i  he  dispuesto  se  construyan  en  una  parte  de  su  recinto  dos 
casitas,  cuyos  alquileres  aumenten  su  corta  renta. 

Su  dirección  la  encontré  a  cargo  de  don  José  Bravo,  co- 
merciante de  esta  ciudad,  sujeto  de  acreditada  probidad  i 
que  maneja  así  las  rentas,  como  la  crianza  de  los  espósitos, 
con  el  mayor  esmero,  por  puro    efecto  de  caridad.  Antes 
fué  administrador  de  esta  casa  un    eclesiástico  con  título 
de  capellán,  a  quien  se  le  había  señalado   300  pesos  anua- 
les, los  que  juntos  con  otros  gastos  estraordinarios,  absor- 
bían casi  el  total  de  la  asignación  de    la  casa,  resultando 
casi  cortísimo  residuo,  i  por  consecuencia  precisa,  que  fue- 
sen poquísimos  los  párvulos  que  se  admitiesen.  Hoi  hai  un 
relijioso  que  dice  las  misas  en  los  dias  festivos,  el  cual  ha 
pretendido  varias  veces  que  le  diese  yo  nombramiento  de 
capellán,  a  lo  que  no  he  condescendido,   porque  éste  es  un 
principio  para  quererse  hacer  perpetuo  sin  la  debida  depen- 
dencia del   administrador,   i    aspirar    sucesivamente  a  la 
asignación  de  los  300  pesos;  i  lo  que  en  mi  concepto  convie- 
ne es  que  no  haya  tal  capellán  nombrado  sino  que  sea  del 
cargo  del  administrador  buscar  quien  diga  las  misas  en  los 
dias  festivos  i  quien  cuide  de  confesar  i  administrar  el  sa- 
cramento de  la  eucaristía  a  los  dependientes  de  esta  casa, 
lo  que  no  se  verifica  cuando  estos  capellanes  se  creen  perpe- 
tuados en  el  beneficio,  i  que  por  esta  circunstancia  no  deben 
tener  sujeción  alguna  al  administrador  de  la  casa. 

HOSPICIO. 

Tratóse  por  el  espresado  señor  marques  de  Osorno  esta- 
blecer esta  útil  casa,  para  la  que  no  habia  fondo  alguno,  i 
por  esta  causa  se  habia  pensado  reunir  en  una  (como  ten- 
go referido)  los  espósitos,  las  recojidas,  i  los  pobres,  para 
que  con  la  poca  renta  que  tienen  aquellas  dos,  se  pudiese 


198  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


dar  principio,  i  se  pensaba  solicitar  de  S.  M.  consignase  el 
colejio  de  San  Pablo  que  fué  de  los  jesuitas  i  hoi  sirve  de 
cuartel  para  la  asamblea  i  vagos  destinados  a  obras  pú- 
blicas con  el  nombre  de  presidio. 

Esta  empresa  no  ha  tenido  jiro  en  el  tiempo  de  mi  man- 
do, así  porque  otras  atenciones  no  me  han  permitido  ajitar 
este  espediente,  como  por  las  muchas  dificultades  que  se 
presentan  para  su  verificativo;  pero  es  verosímil  que  el  rei 
conceda  la  espresada  casa  que  no  tiene  destino  ni  quién  la 
compre. 

En  mi  concepto,  el  reunir  las  tres  casas  en  una,  princi- 
palmente cuando  están  existentes  las  dos,  i  con  un  regular 
manejo,  seria  perjudicial,  porque  siendo  su  administración 
i  el  gobierno  económico  de  cada  una  mui  diversos,  se  recar- 
garia  mucho  al  administrador,  que  talvez  en  ninguna  de 
sus  partes  podria  desempeñar  la  comisión.  El  edificio  tam- 
poco es  de  tanta  estension  que  sufra  las  tres  divisiones  in- 
dependientes que  exije  la  diversidad  de  clase  que  deberia 
comprender  cada  uno;  i  aun  cuando  no  hubiese  este  emba- 
razo, considero  insuperable  el  de  los  costos  para  labrar  los 
tres  edificios  que  eran  indispensables,  i  mucho  mas  cuando 
ni  aun  hai  fondo  para  mantener  uno  pobre;  sin  embargo, 
el  recojer  a  los  mendigos  i  facilitar  trabajo  honesto  a  los 
ociosos,  lo  considero  un  objeto  mui  digno  de  la  atención  de 
VS.,  quien  con  la  madurez  que  le  es  propia,  i  con  su  claro 
talento,  podrá  con  el  tiempo  verificar  o  dar  principio  a  tan 
loable  empresa. 

SOCIEDAD   PATRIÓTICA. 

La  excesiva  mendicidad  que  observé  particularmente  en 
esta  capital  me  hizo  nacer  el  presentimiento  de  establecer 
una  sociedad  a  imitación  de  las  que  con  tanta  utilidad  del 
público  se  han  erijido  en  España,  pudiese  proporcionar 
ocupación  honesta  i  útil  a  los  que  por  falta  de  fomento  vi- 
ven en  indijencia;  i  para  minorarla  interinamente  en  parte, 
se  repartieron  varios  fondos  a  mujeres  pobres  para  que  hi- 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  199 

lasen  lino,  i  como  las  erogaciones  que  podian  hacer  algu- 
nos vecinos  caritativos  no  podian  dar  abasto  a  los  costos 
necesarios  de  la  empresa,  propuse  una  suscricion  para  di- 
cho fomento  poniendo  acciones  de  a  25  pesos  cada  una, 
encargándose  de  recojer  sus  firmas  el  coronel  de  milicias 
don  Domingo  Díaz  Muñoz  i  se  nombró  por  tesorero  a  don 
Ignacio  Landa,  que  en  la  actualidad  dirije  la  distribución 
de  los  linos,  compra  de  los  hilados  i  tejidos  de  los  lienzos. 
Con  este  motivo  se  sembró  algún  lino  que  antes  no  se  cose- 
chaba. 

Esto  está  informe,  no  se  ha  hecho  aun  reglamento  algu- 
no para  su  manejo,  ni  se  han  nombrado  socios  de  número, 
ni  directores,  quedando  reservado  a  VS.el  perfeccionar  este 
embrión  de  patriotismo,  para  cuya  obra  hallará  VS.  mui 
propenso  al  rejidor  de  esta  ciudad  i  actualmente  síndico  del 
consulado  don  Manuel  Salas,  que  con  el  mayor  conato 
propende  a  este  beneficio  público.  Como  uno  de  los  insti- 
tutos de  la  junta  de  gobierno  del  consulado  es  el  fomento 
del  comercio  i  cuanto  parezca  conducente  al  mayor  aumen- 
to i  eátension  de  los  ramos  de  cultivo  i  tráfico,  consideran- 
do útilísimo  para  la  perfección  de  las  artes  el  conocimiento 
del  dibujo,  se  propuso  por  su  síndico  el  referido  Salas  el 
establecimiento  de  una  escuela  de  esta  noble  arte;  i  habién- 
dose proporcionado  un  profesor  hábil  que  transitaba  por 
esta  ciudad,  se  pudo  conseguir  que  abriese  escuela  gratuita 
por  un  corto  estipendio  que  se  le  da,  esperando  de  tenerle 
mayor  cuando  las  rentas  del  consulado  tomen  incremento. 
Esta  sigue,  i  será  digno  objeto  de  la  protección  de  YS. 

POLICÍA    DE   LA   CIUDAD. 

Este  ramo,  tan  interesante  como  difícil  de  verificar  per- 
fectamente i  que  es  de  tanta  estehsion,  empleó  mucha  parte 
del  celo  del  Excmo.  señor  marqués  deOsorno,  quien  intentó 
hermosear  i  dar  comodidad  a  las  calles  de  esta  ciudad,  for- 
mando enlosados  inmediatos  a  las  casas;  i  no  teniendo  la 
ciudad  suficientes  fondos  para  ello,  usó  de  medios  urbanos. 


200  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

enviando  recados  atentos  a  los  vecincs  de  comodidad  para 
que  cada  uno  enlosase  el  frente  de  su  casa,  proponiéndose 
al  principio  verificarlo  en  todas  las  calles  que  salen  de  la 
plaza  hasta  dos  cuadras  de  ella.  A.lgo  consiguió  i  hubiera 
logrado  mas,  si  el  espíritu  de  discordia  que  entonces  reina- 
ba con  bastante  perjuicio  de  este  público,  no  hubiese  entor- 
pecido tan  loable  pensamiento.  Mui  poco  he  adelantado  yo 
en  esta  materia  por  falta  de  facultades  en  unos  vecinos  i 
por  resistencia  de  otros. 

En  estos  últimos  tiempos  se  presentaron  don  Julián  Díaz 
i  don  Francisco  Sánchez,  haciendo  la  propuesta  de  tomar 
por  su  cuenta  la  rentas  de  la  ciudad,  con  obligación  de  pa- 
gar todos  los  salarios  i  demás  gastos  anuales,  i  alimentar 
a  los  presos  de  la  cárcel,  ofreciendo  de  ventaja  hacer  de  su 
cuenta  450  varas  de  enlosado  i  60  puentes  en  las  acequias 
que  atraviesan  las  calles,  cubriéndolas  de  buenas  losas  en 
cada  uno  de  los  diez  años  de  su  asiento,  de  los  cuales  se  han 
ido  ya  haciendo  varios.  Con  este  proyecto  se  logrará  her- 
mosear i  mejorar  mucho  el  piso  de  las  calles,  cuyo  beneficio 
se  esperimenta  ya  en  las  enlosadas. 

Como  deben  cumplir  la  parte  anual  de  su  contrata  en  el 
paraje  que  se  le  señale,  he  resuelto  que  se  ejecute  en  los 
frentes  de  las  casas  i  monasterios  pobres,  dejando  los  de 
aquellas  cuyos  dueños  tienen  comodidades,  para  que  lo  ha- 
gan esto  de  su  cuenta. 

Los  empedrados  de  las  calles  se  han  costeado  hasta  aho- 
ra de  los  fondos  de  la  ciudad,  cuidando  de  esta  obra  un 
comisionado  que  denominan  sobrecargo,  i  tiene  a  su  dispo- 
sición varios  reos  de  delitos  leves  que  existen  como  presi- 
darios alojados  en  el  cuartel  de  San  Pablo,  i  son  los  opera- 
rios que  se  emplean  en  esto. 

Calculando  el  costo  de  salarios  del  sobrecargo,  sobres- 
tantes, alquileres  de  casa,  alimento  de  los  presos  i  lentitud 
con  que  trabajan,  se  convence  que  no  corresponde  el  gasto 
a  la  utilidad;  i  habiéndose  presentado  don  José  Antonio 
Lazo  de  la  Vega  con  el  proyecto  de  empedrar  cada  año 
seis  cuadras,  construir  rampas  de  los  puentes  de  losa  de 


RELACIÓN    DEL    GOBIERNO    DE   AVILES  201 

las  calles,  con  estension  de  10  varas  para  cada  lado,  lim- 
piar las  acequias  dos  veces  al  año,  i  las  ordinarias  basuras 
una  vez  al  mes,  hacer  las  composturas  de  la  fuente  de  la 
plaza,  franqueándole  para  esto  cuando  se  necesite  ocho  pre- 
sos, todo  por  la  cantidad  de  2,125  pesos  anuales,  esten- 
diendo su  contrata  por  término  de  seis  años;  i  ascendiendo 
el  importe  del  presidio  de  San  Pablo  a  2,854  pesos  regula- 
dos por  un  quinquenio  resulta  que  se  ahorran  729  pesos 
que  se  adelantan  a  beneficio  público  con  las  ventajas  de  la 
limpieza  i  ademas  de  que  no  cuida  el  presidio. 

TAJAMAR. 

El  curso  semicírculo  que  hace  el  rio  Mapocho  por  la 
configuración  del  cerro  de  San  Cristóbal  que  faldea,  tiene 
siempre  espuesta  a  esta  ciudad  a  inundaciones,  de  las  cua- 
les últimamente  en  el  año  de  1783  sufrió  una  que  la  puso 
en  grande  consternación,  porque  rompiendo  el  agua  por  la 
parte  superior,  donde  terminan  las  últimas  casas  de  lo  que 
llaman  A.lameda,  se  introdujo  por  la  calle  principal  de  la 
Cañada,  i  superando  algunos  pretiles  antiguos  que  lo  con- 
tenian  hasta  el  puente,  causó  bastantes  estragos  por  una 
i  otra  parte.  El  celo  activo  del  señor  marques  de  Osorno 
procuró  poner  reparo  a  semejante  daño  para  lo  sucesivo  i 
mandó  construir  un  murallon  de  cal  i  ladrillo  que  bordease 
el  cauce  del  rio  por  la  parte  de  la  ciudad;  i  como  el  ramo 
de  balanza  no  era  suficiente  para  tanto  costo,  impuso  el 
gravamen  de  ocho  reales  por  cada  tercio  de  yerba  del  Pa- 
raguai  que  entrase  por  la  cordillera  i  por  cada  fardo  de 
azúcar  que  venia  por  Valparaiso.  Repugnólo  el  comercio  i 
logró  del  rei,  a  quien  recurrió,  que  mandase  cesar  esta  ga- 
bela; pero  en  el  intermedio  de  la  resolución  se  acopiaron 
mas  de  59,000  pesos,  con  lo  cual  dio  principio  a  la  obra 
desde  donde  hoi  existe  una  pirámide,  dirijiéndola  agua 
abajo;  i  aunque  por  falta  de  aquel  considerable  ingreso,  no 
hai  en  el  dia  otro  caudal  que  el  impuesto  que  llaman  de  ta- 
amares,  i  consiste  en  un  cuartillo  en  fanega  de  trigo,  con 


202  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

el  que  se  ha  continuado  en  mi  tiempo  como  tres  cuadras  o 
algo  mas,  hasta  cubrir  algunas  bocas  calles  principales  de 
las  que  terminan  en  la  Alameda.  Como  mas  arriba  de  la 
pirámide  da  golpe  directo  el  rio,  i  en  la  avenida  referida 
perjudicó  a  aquellas  haciendas  inmediatas,  i  si  en  lo  sucesi- 
vo acaeciese  otra  podría  inundarse  por  allí  la  ciudad  sin 
que  lo  impidiese  el  reparo  construido,  dispuse  se  hiciese  otro 
pedazo  de  tajamar,  de  distancia  como  de  tres  cuadras,  por 
considerar  mayor  allí  la  urjencia  que  en  la  parte  inferior  en 
que  existen  aun  residuos  de  los  antiguos,  cuyos  cimientos 
están  empezados. 

Prescindiendo  de  si  estos  reparos  pudieran  haberse  he- 
cho mejor  con  murallas  menos  gruesas,  que  reforzadas  con 
un  buen  terraplén  resistiesen  el  peso  i  empuje  del  agua,  i  de 
si  convendría  mas  profundizar  el  cauce  del  rio  por  su  cen- 
tro, arrimando  a  la  parte  de  la  ciudad  la  piedra,  cascajo  i 
arena  que  se  estrajese,  como  la  obra  estaba  ya  tan  adelan- 
tada me  fué  preciso  sin  otro  examen  seguir  lo  comenzado, 
cediendo  al  mayor  talento  de  mi  antecesor,  i  porque  es  evi- 
dente que  el  variar  cada  gobernador  de  ideas  en  las  cosas 
principales  por  el  que  le  precedió  en  el  mando,  es  una  de  las 
causas  de  que  no  prospere  un  Estado. 

ESTORSIONES    A    LOS    MILICIANOS 

Sin  embargo  de  haber  sido  este  reino  desde  su  conquista 
teatro  de  guerra  por  dos  siglos,  i  que  su  conservación  se 
ha  debido  al  brazo  militar,  se  halla  este  ramo  mui  abati- 
do, i  sin  aquella  estimación  que  logra  en  todo  pais  culto,  i 
en  particular  la  segunda  clase  que  lo  compone,  conocida 
por  el  nombre  de  milicias  provinciales,  que  jime  oprimida 
de  varias  estorsiones. 

Los  subdelegados,  a  quienes  se  acostumbra  dar  títulos 
de  tenientes  del  capitán  jeneral,  únicamente  con  el  fin  de 
que  puedan  administrar  justicia  en  los  que  por  serlo  go- 
zan fuero  militar,  se  han  arrogado  el  mando  de  las  armas, 
i  ejercen  en  ello  un  cruel  despotismo.  Primeramente  les  obli- 


RELACIÓN    DEL    GOBINRNO    DE    AVILES 


gabán  a  mantener  guardia  perenne  en  la  cárcel  de  la  villa, 
alternando  este  servicio  por  término  de  8  dias,  sin  darles 
prest,  ni  alimento  alguno,  con  abandono  de  sus  pobres  fa- 
milias, por  lo  que  se  veian  precisados  a  malvender  sus  fru- 
tos el  que  los  tenia,  o  sus  infelices  muebles  i  animales.  No 
pudiendo  tolerar  esta  inhumanidad,  dirijí  circulares  a  los 
subdelegados  mandándoles  cesar  esta  tiránica  práctica.  Al- 
gunos representaron  que  sin  este  ausilio  no  tendrian  segu- 
ridad los  reos  en  la  prisión,  por  ser  las  cárceles  fácil  de  es- 
calar o  de  forzar  sus  puertas,  por  ser  de  ninguna  resisten- 
cia, i  suponiendo  que  esta  pensión  les  correspondia  mui  de 
tarde  en  tarde.  Me  he  mantenido  firme  en  no  condesender, 
fundado  lo  primero  en  que  el  rei  prohibe  en  la  ordenanza  de 
Cuba  que  pueda  emplearse  a  miliciano  alguno  en  el  pueblo 
de  su  residencia  arriba  de  dos  horas  sin  pagarle,  i  que  mu- 
cho menos  podrá  obligársele  a  esta  pensión  distante  de  su 
domicilio  i  por  muchos  dias,  i  que  por  un  caso  continjente 
de  un  reo  de  gravedad  que  pueda  custodiarse  en  la  cárcel, 
no  ha  de  molestarse  todo  el  año  a  muchos  honrados  va- 
sallos, que  en  buena  justicia  menos  perjuicios  resulta  de  la 
impunidad  de  un  delincuente  que  pueda  hacer  fuga,  que  de 
la  destrucción  cierta  de  seis  u  ocho  hombres  de  bien.  En  el 
caso  supuesto  de  la  fuga  de  un  reo,  se  sigue  otro  mayor 
daño  en  la  ruina  i  abandono  de  los  seis  u  ocho  milicianos 
que  lo  custodiaban,  pues  temerosos  de  que  se  les  haga  car- 
go de  fujitivos,  dejan  desamparadas  sus  casas,  i  andan  pró- 
fugos i  la  necesidad  les  obliga  a  robar,  i  al  último  paran 
en  un  presidio.  La  verdadera  causa  de  estas  guardias  es 
querer  ostentar  los  subdelegados  en  autoridad,  i  talvez 
abusar  de  la  fuerza  en  casos  no  necesarios. 

También  suelen  emplear  a  estos  pobres  en  llevar  órdenes 
por  todo  su  partido  i  conducir  reos  a  la  capital,  sin  abono 
de  prest  ni  alimento  en  el  tiempo  en  que  los  tienen  ocu- 
pados. 

Con  pretesto  de  revistas  anuales  han  convocado  los  Te- 
jimientos por  cuatro  o  seis  dias  a  la  capital,  a  los  que  aña- 
didos los  que  emplean  de  ida  i  vuelta  a  sus  casas,   se  des- 


204  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

truyen  estos  miserables  malvendiendo  el  poncho  o  las  es- 
puelas i  talvez  el  caballo  para  subsistir  en  estos  dias,  i 
todo  el  fin  oculto  es  que  consuman  los  comestibles  i  licores 
que  talvez  estén  por  cuenta  del  subdelegado,  de  los  cuales 
algunos  abusivamente  solia  imponerle  multas  de  cuatro  pe- 
sos al  que  no  concurría.  He  procurado  cortar  este  de- 
sorden i  prohibir  a  los  subdelegados  se  introduzcan  en  los 
asuntos  económicos  de  los  cuerpos  i  se  limiten  solo  a  la  ad- 
ministración de  justicia,  que  es  el  fin  para  que  se  les  delega 
la  autoridad  del  capitán  jeneral,  dejando  a  los  jefes  natu- 
rales de  ellos  la  revista  anual  para  los  tiempos  de  menos 
molestia  para  los  soldados,  congregándolos  por  escuadro- 
nes en  parajes  en  que  tengan  poco  que  caminar  para  veri- 
ficarlo. 

PRORRATAS 

Con  motivo  de  haber  transitado  desde  esta  ciudad  a  la 
frontera  en  el  año  70,  acompañando  al  señor  don  Francis- 
co Morales,  presidente  interino  de  este  reino,  observé  la  ti- 
ránica práctica  que  llaman  prorrata,  i  consiste  en  tomar 
cuantos  caballos  se  necesiten  para  tropas  que  transitan, 
soldados  que  conducen  pliegos,  reos  que  se  llevan  a  Valpa- 
raíso i  familia  de  los  presidentes  cuando  viajan,  etc.,  sin 
pagar  algún  alquiler  a  sus  dueños,  cuj^a  carga  recae,  como 
es  regular,  en  los  mas  infelices,  con  notable  perjuicio  suyo, 
así  porque  se  les  pierden  algunos,  como  porque  es  su  único 
caudal.  Luego  que  llegué  a  este  mando,  tuve  mui  presente 
este  perjuicio  de  los  pobres  para  procurar  remediarlo  en  el 
modo  posible. 

Di  principio  mandando  que,  cuando  se  enviasen  reos  a 
Valparaíso  con  el  fin  de  embarcarlos  para  Valdivia,  se  pa- 
gasen por  la  ciudad  los  bagajes  empleados  en  su  conduc- 
ción, i  así  mismo  a  los  milicianos  destinados  a  su  custodia, 
porque  también  iban  sin  dárseles  prest  ni  alimento.  Prac- 
tiqué varias  dilijencias  por  si  podia  entablar  el  proyecto 
que  habia  principiado  el  Excelentísimo  señor  don  Agustín 


RELACIÓN   DEL    GOBIERNO    DE    AVILES  205 

de  Jáuregui,  gobernador  de  este  reino,  que  consistía  en  ha- 
ber juntado  porción  de  caballos  que  repartió  en  varias  es- 
tancias con  el  fin  de  que  se  empleasen  en  estos  destinos  sin 
perjuicio  de  los  vecinos.  Busqué  papeles,  escribí  mucho  pa- 
ra indagar  el  paradero  de  los  caballos  que  entonces  se  ha- 
bian  acopiado,  i  después  de  mucho  tiempo  la  resulta  fué 
que  se  habian  perdido  i  que  no  habia  quién  quisiese  hacerse 
cargo  de  tener  otros  en  depósito  en  distancias  proporcio- 
nadas para  este  uso,  i  también  que  en  algunos  parajes  en 
que  convendría  tenerlos,  no  habia  proporción  de  pasto 
para  su  alimento. 

En  el  intermedio  de  estas  delijencias  presentó  don  Anto- 
nio Hermida  el  proyecto  de  mantener  a  su  costa  cien  caba- 
llos para  evitar  a  esta  ciudad  las  prorratas  de  conducción 
de  presidarios  i  espresos  hasta  Valparaíso,  Aconcagua  i 
Rancagua,  con  condición  de  que  se  le  arrendase  por  diez 
años  la  Dehesa  de  la  ciudad  i  el  asiento  de  la  nieve,  debien- 
do tener  en  la  capital  doce  caballos  dispuestos  para  los  es- 
presos  repentinos.  Hízose  efectivamente  el  remate,  i  a  poco 
tiempo  empezáronlas  disputas  sobre  si  se  comprendia  en  él 
la  habilitación  de  caballos  para  las  tropas  que  salen  de  es- 
ta ciudad  para  las  expresadas  distancias,  sin  embargo  de 
que  en  su  propuesta  se  ofrece  a  librar  a  esta  capital  del  gra- 
vamen de  las  prorratas,  voz  jenérica  comprensiva  de  lo  que 
en  España  llamamos  bagajes,  cuya  cuestión  se  ha  suspen- 
dido con  haber  mandado  yo  que,  si  se  creia  fuera  de  esta 
obligación,  lo  representase  por  escrito,  i  talvez  temeroso 
de  que  si  sustanciado  el  espediente  se  resolviese  contra  su 
pretensión,  no  le  quedaria  lugar  de  intentar  la  escepcion, 
cuando  yo  me  haya  ausentado  habrá  dejado  de  ajitarlo. 
Conviene,  pues,  que  esté  V.  S.  advertido  por  si  luego  que  to- 
me este  mando,  rehusa  contribuir  con  caballos  para  las 
tropas  que  transitan  por  esta  ciudad,  porque  es  de  suma 
importancia  libertar  a  este  vecindario  de  tal  vejación. 

No  parece  tuvieron  presente  mis  antecesores  que  los  ba- 
gajes que  se  emplean  en  la  tropa  i  conducción  de  sus  equi- 
pajes deben  satisfacerse  al  paisano  que  los  presta,  i  que  no 


206  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

pudiendo  la  infantería  caminar  a  pié  las  grandes  distancias 
de  los  tránsitos  regulares  de  estos  paises,  es  preciso  que  lo 
verifiquen  a  caballo,  i  que  no  teniendo  el  soldado  con  qué 
sufrir  este  gasto,  ha  de  costearlo  el  erario,  i  así  lo  tiene  dis- 
puesto S.  M.  en  su  real  orden  de  28  de  setiembre  de  1772; 
en  cuya  virtud  he  mandado  que  a  los  destacamentos  i  sol- 
dados sueltos  que  se  envian  de  unas  partes  a  otras  esceden- 
tes  de  las  distancias  a  que  se  obliga  Hermida,  se  les  entre- 
gue el  importe  de  las  cabalgaduras  que  necesitan  a  razón 
de  un  cuarto  por  legua  i  por  lo  propio  se  ejecute  en  la  Con- 
cepción i  demás  parajes  del  reino;  i  si  Y.  S.  lo  juzga  justo 
como  yo  lo  he  pensado,  podrá  continuar  esta  práctica  equi- 
tativa i  piadosa,  i  que  también  se  acostumbra  en  el  Perú. 
He  espuesto  los  asuntos  que  me  han  parecido  mas  esen- 
ciales e  interesantes  al  bien  de  este  reino,  con  el  único  fin  de 
que,  impuesto  en  ellos  desde  su  ingreso  al  mando,  pueda 
V.  S.  desde  luego  destinar  su  celo  a  la  corrección  de  abusos 
i  beneficio  del  público;  no  lisonjeándome  de  haber  manifes- 
tado todo  lo  que  necesita  remedio,  sino  lo  mas  urjente,  i 
esperanzado  que  el  sabio  i  prudente  gobierno  de  V.  S.  hará 
florecer  un  pais  que,  ausiliado  de  la  superioridad,  prestará 
proporciones  para  el  logro. 

Santiago  de  Chile,  31  de  julio  de  1798. 

El  Marques  de  Aviles. 


UN  BANDO  DE  BUEN  GOBIERNO 

PARA     LA     CIUDAD     DE     CONCEPCIÓN  EN  1798  * 


En  1798  rejia  la  provincia  de  Concepción,  con  el  título 
de  gobernador  intendente,  el  coronel  don  Luis  de  Álava. 
Soldado  adusto  i  testarudo,  español  de  nacimiento  i  de  ca- 
rácter, creia  firnemente  como  casi  la  totalidad  de  los  man- 
datarios de  las  colonias  hispano-americanas,  que  su  poder 
debia  ejercerse  no  solo  en  todos  los  ramos  de  la  administra- 
ción pública,  sino  en  la  mayor  parte  de  los  actos  puramente 
industriales  o  sociales  de  los  pueblos  que  gobernaban.  Era 
aquella  época  en  que  el  presidente  de  Chile  don  Ambrosio 
O'Higgins,  a  pretesto  de  impedir  el  desarrollo  del  lujo,  re- 
glamentaba el  tiempo  que  debia  durar  el  luto  por  la  muerte 
de  un  pariente  cercano,  las  condiciones  del  ataúd  en  que 
éste  habia  de  ser  sepultado,  i  el  número  develas^^que  debian 
encenderse  en  cada  entierro. 

El  29  de  junio  del  año  que  dejamos  mencionado,  el  inten- 
dente Álava  hacia  pregonar  en  Concepción  un  bando  de 
buen  gobierno.   Este  nombre  se  daba  en  los  tiempos  colo- 


*  Publicado  en  la  Rexista  Chilena  {Santiago,  1876),  t.  lY,  pájs. 
42-57. 

Nota  del  compilador. 


208  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

niales  a  un  reglamento  jeneral  de  policía,  en  que  estaban 
establecidas  todas  las  providencias  conducentes  a  mante- 
ner el  orden  i  la  seguridad  en  las  poblaciones  i  en  los  cam- 
pos, a  facilitar  la  acción  de  la  justicia,  i  a  afianzar  la  mo- 
ralidad de  los  gobernados.  Un  bando  de  buen  gobierno 
contenia  disposiciones  de  un  orden  lejislativo,  como  muchas 
de  las  que  hoi  encierra  la  lei  del  réjimen  interior,  imponia 
penas  para  las  faltas,  i  entraba  en  reglamentar  actos  que 
indudablemente  deben  quedar  fuera  de  toda  intervención 
gubernativa.  El  bando  del  gobernador  intendente  de  Con- 
cepción, a  que  nos  referimos,  mandaba  que  los  almacenes, 
tiendas  i  despachos  se  cerrasen  cada  dia  al  toque  de  ora- 
ciones, i  que  en  el  mismo  momento  cesara  todo  tráfico  en 
las  calles.  El  deseo  de  mantener  la  pureza  de  las  costumbres 
era  la  razón  alegada  para  dictar  esta  disposición. 

Por  ese  tiempo,  la  ciudad  de  Santiago  estaba  rejida  se- 
gún un  bando  de  buen  gobierno  dictado  por  el  presidente 
don  Ambrosio  O'Higgins  en  19  de  agosto  de  1788,  i  apro- 
bado por  el  rei  en  cédula  de  8  de  agosto  del  año  siguiente. 
Allí  se  disponía  que  las  tiendas  de  comercio  pudiesen  per- 
manecer abiertas  hasta  las  nueve  de  la  noche  en  invierno  i 
hasta  las  diez  en  verano.  El  bando  del  intendente  Álava  es- 
taba, pues,  en  contradicción  con  los  reglamentos  que  rejian 
a  la  capital  de  la  colonia. 

Los  principales  comerciantes  de  Concepción  se  creyeron 
mui  perjudicados  con  aquella  medida.  Cumplieron  puntual- 
mente el  decreto  gubernativo;  pero  se  dispusieron  desde 
luego  a  hacer  todas  las  jestiones  necesarias  para  obtener 
su  revocación.  Habia  en  esa  ciudad  un  funcionario  que  con 
el  título  de  juez  de  comercio  administraba  justicia  en  los 
asuntos  comerciales  asociado  a  dos  colegas  propuestos  por 
los  mismos  litigantes,  i  representaba  al  tribunal  del  consu- 
lado de  Santiago  en  todo  lo  que  tenia  relación  con  protejer 
i  fomentar  los  intereses  del  comercio  en  aquella  provincia. 
A  él  se  dirijieron  los  negociantes  de  Concepción  por  medio 
de  la  siguiente  solicitud: 

"Señor  juez  de  comercio.  El  gremio  de  mercaderes  parece 


UN  BANDO  DE  BÜBN  GOBIERNO  209 


ante  U.  en  la  mejor  forma  de  derecho  i  dice:  Que  desde  el  29 
del  próximo  pasado  junio,  que  se  publicó  el  bando  de  buen 
gobierno  prescribiendo  entre  otros  artículos  dirijidos  a  la 
pública  tranquilidad,  aseo  de  calles  i  aumento  de  la  pobla- 
ción, que  cesara  al  toque  de  las  oraciones  todo  tráfico  i  se 
cerraran  las  tiendas  para  precaver  las  perniciosas  resultas 
de  la  comunicación  de  ambos  sexos  en  las  oscuridades  de  la 
noche,  hemos  sufrido  con  resignación  constante  el  perjuicio 
de  no  vender  aun  lo  suficiente  a  sufragar  el  alquiler  de  los 
cuartos  sin  movernos  a  representarlos,  deseosos  de  que 
nuestro  silencio  i  ciega  obediencia  acreditaran  cuan  respe- 
tables son  las  superiores  providencias,  i  prometiéndonos 
de  algún  modo  que  olvidarían  al  cabo  las  jentes  del  lugar 
su  inveterada  costumbre  i  depondrían,  a  impulso  de  la  ne- 
cesidad, aquel  natural  pudor  que  las  ha-  retraído  siempre 
de  salir  a  comprar  de  día  los  jéneros  o  efectos  que  han 
menester. 

"Pero  habiéndonos  desengañado  la  esperiencia  i  minis- 
trado pruebas  nada  equívocas  de  que  la  variación  en  lo  su- 
cesivo debe  reputarse  tan  lejos  de  lo  accesible  como  inme- 
diata a  lo  dificultoso,  no  podemos  desentendernos  por  mas 
tiempo  de  los  particulares  daños  que  cada  día  nos  recrecen 
i  se  derivan  al  común.  En  cuyo  remedio  ocurrimos  a  la  me- 
diación de  U.  lisonjeándonos  alcanzar  de  la  recta  justificación 
del  señor  gobernador  intendente  la  suspensión  de  dicho 
precepto,  luego  que  se  informe  de  nuestra  deplorable  situa- 
ción, i  que  no  conviene  a  los  piadosos  fines  que  se  ha  pro- 
puesto. 

"No  hai,  a  la  verdad,  obra  mas  difícil  que  la  de  reducir  a 
un  pueblo  a  abandonar  el  sistema  en  que  ha  nacido;  i  así, 
disuadir  principalmente  aquí  al  bello  sexo  de  la  persuasión 
que  es  indecoroso  a  una  señora  andarlas  calles  i  presentar- 
se a  la  luz  clara  al  frente  de  un  mostrador,  toca  la  raya  de 
lo  imposible.  I  si  las  hacemos  justicia,  no  podemos  negar- 
las absolutamente  la  razón,  pues  habrá  muchas,  sin  distin- 
ción de  clase  o  condición,  que  no  tendrán  correspondiente 
decencia,  especialmente  con  su  traje  diario,  para    ofrecerse 

TOMO    X  14 


210  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

a  la  espectacion  pública;  i  otras  de  la  mayor  jerarquía  que 
se  ruborizan  de  ir  en  busca  de  una  vara  de  cinta  i  cuatro 
alfileres,  cuando  aquéllas  i  éstas,  con  las  sombras  de  la  no- 
che i  a  pretesto  de  pasearse,  compraban  antes  a  su  satis- 
facción, i  se  ponían  a  cubierto  de  las  censuras  i  murmura- 
ciones a  que  nadie  se  espondrá.  Que  este  tráfico  pueda  al- 
guna vez  franquear  ocasión  a  las  libertades  i  desenvolturas 
a  uno  que  otro  joven  desprendido  de  obligaciones,  que  mui 
raro  se  rastreará  entre  los  que  jiramos  en  el  comercio,  no 
induce  bastante  motivo  para  que  se  prohiba,  porque  es  un 
mal  que  le  sobreviene  accidentalmente;  i  no  hai  cosa  tan 
santa  de  que  no  llegue  a  abusar  la  malicia  humana.  A  lo 
que  se  agrega  que,  mirado  con  detenida  i  circunspecta  re- 
flexión, deben  temerse  peores  consecuencias  de  que  se  man- 
tengan cerradas  las  tiendas,  como  se  manifestará  en  breve. 
Ya  hemos  insinuado  la  repugnancia  que  tienen  las  mujeres 
de  salir  a  comprar  lo  que  necesitan  para  su  uso  i  labores;  i 
de  ella  se  sigue  que  urjidas,  se  interesen  con  nosotros  o  a 
que  les  remitamos  el  jénero  que  desean  ver  a  sus  casas,  o  a 
c^ue  las  aguardemos  de  noche,  i  vendamos  privadamente. 
I  como  la  ambición  de  espender  lo  mas  que  se  proporcione, 
aun  prescindiendo  de  otros  honrados  respectos,  nos  seduz- 
ca i  haga  ceder  a  una  de  estas  súplicas,  si  se  verifica  la  pri- 
mera, no  faltan  repetidos  ejemplares  de  que  se  saquen  a  las 
piezas  retazos  considerables,  cuya  pérdida  no  es  menos 
cierta  que  inaveriguable  el  robo;  i  la  segunda  ¿qué  mejor 
lance  puede  apcítecer  la  juventud  hbertina?  ¿I  qué  pernicio- 
sas resultas  no  se  orijinan  contra  las  buenas  costumbres? 

''Ni  son  menores  las  que  les  sujiere  la  oscuridad  de  la  no- 
che de  que  se  valdrán,  libres  del  espionaje  del  vecino;  i  sin 
que  los  transeúntes,  destituidos  del  auxilio  de  las  inmedia- 
tas luces,  lo  columbren,  meterán  dentro  de  la  tienda  a  las 
cohinas  o  amasias,  i  así  se  prostituirán  desenfrenadamen- 
te a  sus  voluptuosos  sensuales  apetitos. 

''Demasiado  obvio  i  sabido  es  también  aquel  axioma  vul- 
gar que  gradúa  i  caracteriza  a  la  ociosidad  de  madre  e  in- 
ductora  de  los  vicios;   i  bajo  de  un  tan    irrefragable  princi- 


UN  BANDO  DE  BUEN  GOBIERNO  211 

pío,  no  nos  hallamos  esceptoslos  mejor  inclinados.  Antes  sí 
nos  vemos  desgraciadamente  espuestos  a  incidir  o  que  de- 
jenere  en  ella,  lo  que,  privándosenos  de  nuestro  ejercicio  i 
única  ocupación,  empiece  por  lijero  pasatiempo  i  modera- 
do entretenimiento;  de  suerte  que  desde  ahora  podemos  ve- 
rosimilmente  asegurar  que  no  pocos  de  estos  juegos  de  car- 
teo pasarán  a  envite  recio  en  solicitud  del  desquite;  i  que 
algunos  galanteos  platónicos  se  volverán  formales,  i  lo 
mismo  se  ha  de  discurrir  de  los  demás.  No  paran  en  eso  so- 
lo las  funestas  ilaciones  que  se  dejan  observar  eslabona- 
das al  mencionado  antecedente,  sino  que  investigando  la 
muchedumbre  de  ladrones  urbanos-  que  en  estos  últimos 
dias  han  repetido  a  prima  noche  insultos  contra  el  vecin- 
dario prevalidos  de  la  lobreguez  de  las  calles  e  intentando 
incendiar  puertas  i  quebrantar  cerraduras.  La  presencia  de 
los  dueños  de  tienda  regularía  sus  furtivas  operaciones  i 
entonces  no  trinaría  otra  voz  que  la  triste  i  melancólica  de 
robos  que  consternará  a  la  ciudad  i  abatirá  el  ánimo  de 
sus  habitantes  i  moradores. 

''También  es  digno  de  la  mayor  atención  el  gravísimo 
detrimento  de  los  reales  derechos,  i  se  nota  palpablemente 
en  solo  los  bodegones,  pues  cuantos  toman  licencia  de  la 
administración  para  el  menudeo  de  licores,  i  pagaban  17 
pesos  i  medio  anuales  por  moderada  composición,  los  han 
devuelto  luego  que  se  publicó  el  bando,  viendo  la  total  de- 
candencia de  las  ventas,  i  no  habrá  quien  solicite  en  ade- 
lante dicho  permiso,  estando  sin  embargo  obligado  el  reí  a 
satisfacer  el  ramo  de  propios  los  cíen  pesos  que  cada  año 
exhibe  en  virtud  del  compromiso  o  transacción  celebrada 
con  la  ciudad  por  razón  de  esta  entrada,  que  le  disputaba 
en  aquel  tiempo. 

''Repondráse  acaso  a  las  consideraciones  i  reparos  refe- 
ridos que  los  mas  paises  no  estilan  el  comercio  nocturno;  i 
seria  objeción  casi  irresistible  el  ocurrir  iguales  circunstan- 
cias en  el  nuestro  para  que  cupiera  el  parangón  que  a  lo 
sumo  habrá  de  formarse  con  la  capital  del  reino  (a  cuya 
cultura  i  policía  debemos    sujetarnos),    donde    habiéndose 


212  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

tratado  de  cortar  dicho  tráfico,  preponderaron  en  la  exac- 
ta i  fiel  balanza  de  aquel  superior  gobierno  los  inconvenien- 
tes que  quedan  esprimidos  i  otros  que  se  ocultan  a  nuestra 
cortedad;  i  no  subsistió  la  prohibición  sin  embargo  de  ha- 
ber copioso  número  de  carruajes,  diferentes  calles  ilumina- 
das, diversiones  púbHcas,  sujetos  empleados  en  la  guardia 
i  custodia  de  las  tiendas  i  demás  notorias  proporciones  a 
que  pueden  asilarse  el  recato  del  bello  sexo,  los  andantes  i 
vecinos  i  la  ociosidad  i  descuido  de  los  mercaderes. 

"Por  tanto,  a  U.  pedimos  i  suplicamos  se  sirva  dirijir  el 
correspondiente  recurso  al  señor  gobernador  intendente, 
apoyando  nuestra  solicitud,  para  que  en  vista  de  las  re- 
flexiones espuestas  se  digne  suspender  la  orden  de  que  se 
cierren  las  tiendas  a  las  oraciones,  permitiéndonos  vender 
hasta  las  horas  acostumbradas,  que  es  justicia.  Juramos 
no  proceder  de  malicia  i  en  lo  necesario,  etc.— José  de  Urru- 
tía  i  Mendiburu. — Pablo  de  Hurtado. — Tomas  Delñn. — José 
Ibieta, —  Vicente  de  la  Jara. — Francisco  Javier  Manzano.  - 
José  Antonio  Antunes. — Manuel  de  Unsueta. — Francisco 
Mantega.—José  Belimelis. — José  Barrera. — Diego  Silva. — 
Juan  de  Dios  Mora.— Santiago  Ferrer. — Francisco  de  Beli- 
melis.— José  María  Landaeta.^^ 

Desempeñaba  el  cargo  de  juez  de  comercio  de  Concepción, 
unacreditadomercader  llamado  don  Francisco  de  Ulloa.  Al 
recibir  éste  la  solicitud  de  los  comerciantes  de  esa  ciudad, 
la  elevó  al  gobernador  intendente  con  la  nota  que  sigue: 

"Paso  a  manos  de  V.  S.  la  presentación  de  este  comer- 
cio, dirijida  a  mí,  como  encargado  de  su  protección  i  fo- 
mento en  el  art.  1.°  de  la  real  cédula  de  la  erección  del  con- 
sulado de  este  reino,  para  que  en  vista  de  los  perjuicios  i 
atrasos  que  en  ella  espone  el  comercio,  se  sirva  la  justifica- 
ción de  V.  S.  por  su  superior  providencia,  acceder  a  su  sú- 
plica que  parece  razonable,  sin  perjuicio  de  la  justicia. 

"Dios  guarde  a  V.  S.  muchos  años.— Concepción,  setiem- 
bre 4  de  1798.— Nicolás  de  Ulloa.Señor  gobernador  inten- 
dente don  Luis  de  Álava". 


UN  BANDO  DB  BUBN  GOBIERNO  213 

El  autor  del  bando  que  tenia  ajitado  al  comercio  de  Con- 
cepción no  era  hombre  para  ceder  fácilmente  de  sus  deter- 
minaciones. Dos  dias  después  de  recibida  aquella  solicitud, 
puso  al  pié  la  providencia  que  va  a  leerse  en  seguida: 

'•Concepción,  setiembre  6  de  1798 Contéstese  al  juez 

de  comercio  que  las  razones  que  alegan  algunos  de  los  indi- 
viduos de  su  gremio,  ya  se  tuvieron  presentes  i  contrapesa- 
ron con  las  que  me  obligaron  a  mandar  con  maduro  acuer- 
do, entre  otras  cosas,  en  mi  bando  de  buen  gobierno  que 
citan,  que  pasadas  las  oraciones  se  cierren  las  tiendas  de 
mercaderías;  i  así  que  diga  a  los  suscritores  de  dicho  pedi- 
mento que,  cumpliendo  por  ahora  con  lo  mandado,  esperen 
la  resolución  de  S.  M.  a  quien  se  dará  cuenta  con  dicho  ban- 
do para  su  aprobación,  o  que  usen  de  su  derecho  donde  i 
como  vieren  que  les  convenga.— Álava. — Licenciado  Go- 
dor\ 

Aquella  providencia  era  en  realidad  una  burla  hecha  al 
comercio  de  la  ciudad  de  Concepción.  La  idea  de  esperar  la 
resolución  del  rei,  que  no  podia  tardar  menos  de  dos  o  tres 
años,  en  aquellos  momentos  en  que  los  mercaderes  se  la- 
mentaban de  los  grandes  perjuicios  que  estaban  esperimen- 
tando,  debió  enfurecer  a  los  solicitantes.  En  el  momento  es- 
tendieron una  nueva  solicitud  en  que  pedian  al  juez  de  co- 
mercio que  reclamase  del  gobernador  intendente  que  les  de- 
volviese su  anterior  petición  junto  con  la  providencia  dada 
por  la  primera  autoridad  de  la  provincia.  Para  probar  que 
todo  el  comercio  de  la  ciudad  los  apoyaba  en  esta  jestion, 
hicieron  que  la  segunda  solicitud  fuese  firmada  por  otros 
diez  negociantes,  cuyo  jiro  debia  ser  mas  reducido  que  el  de 
los  que  hicieron  la  primera  petición.  Sus  nombres  eran  Bo- 
nifacio de  Victoriano,  Luis  Aspungo,  Juan  Amado,  Anjel 
Scanavino,  Yictorio  Soto,  José  Amigo,  Antonio  de  Sierra, 
Francisco  Peñateli,  Juan  Socasas  i  Juan  de  Dios  Cuevas. 
Algunos  de  ellos,  como  lo  hacen  suponer  sus  apellidos,  de- 
bian  ser  estranjeros. 

El  intendente  Álava  puso  dificultades  a  esta  segunda  pe- 


214  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BiBLIOGRÁFICOS 

ticion,  a  pretesto  de  que  la  primera  debia  quedar  archiva- 
da en  la  secretaría  de  la  gobernación;  pero  después  de  otra 
solicitud,  los  comerciantes  que  reclamaban  obtuvieron  co- 
pia legalizada  del  espediente  en  cuestión,  i  por  el  órgano 
del  juez  de  comercio  don  Nicolás  de  Ulloa,  se  presentaron  a 
principios  de  octubre,  al  real  tribunal  del  consulado  de  San- 
tiago. 

Como  se  sabe,correspondia  a  éste  no  solo  la  administra" 
cion  de  justicia  en  materias  mercantiles  sino  también  "la 
protección  i  fomento  del  comercio  en  todos  sus  ramos",  se- 
gún los  términos  de  la  lei.  Al  recibir  la  solicitud  de  los  co- 
merciantes de  Concepción,  pidió  informe  sobre  el  particular 
a  su  síndico  o  fiscal,  que  lo  era  en  aquella  época  el  ilustre 
patriota  don  Manuel  Salas.  El  parecer  de  este  funcionario 
fué  francamente  favorable  a  los  reclamantes;  pero  opinó  al 
mismo  tiempo  porque  se  debian  oir  las  razones  que  el  go 
bernador  intendente  habia  tenido  para  dictar  la  providen- 
cia impugnada.  En  esta  virtud,  el  consulado  dirijió  al  capi- 
tán jeneral  i  presidente  de  Chile,  marques  de  Aviles,  la  nota 
que  va  a  leerse: 

'*Excmo.  señor. — Incluyo  a  Y.  E.  el  adjunto  espediente 
promovido  por  el  comercio  de  Concepción  en  solicitud  de 
que  se  revoque  la  providencia  del  señor  gobernador  inten- 
dente de  aquella  provincia  de  que  a  las  oraciones  cese  el 
tráfico  i  se  cierren  las  tiendas,  con  el  objeto  de  que  informa- 
do V.  E.  de  las  razones  del  bando,  que  anuncia  i  no  espresa 
el  señor  gobernador,  i  de  los  que  alega  el  comercio,  se  sirva 
determinar,  oyendo  antes  al  consulado,  lo  que  a  V.  E.  pa- 
rezca mas  conveniente  en  el  asunto.  Dios  guarde  a  Y.  E. 
muchos  años.—Santiago  de  Chile,  18  de  octubre  de  1798.— 
Excmo.  señor. — José  Pérez  García. —  Francisco  Javier  de 
Zuazagoitía. — Celedonio  de  Villota.—José  de  Cos  Iriberriy 
secretario. — Excmo.  señor  marques  de  Aviles". 

Antes  de  pasar  adelante,  advertiremos  aquí  que  don  José 
Pérez  García  que  firma  esta  nota  como  prior  que  era  del 


UN  BANDO  DE  BUEN  GOBIERNO  215 

consulado  de  Santiago  en  ese  año,  es  el  mismo  que  escribió 
una  estensa  e  importante  historia  de  Chile. 

El  presidente  de  Chile,  marques  de  Aviles,  tan  luego  como 
recibió  esta  nota,  pidió  informe  al  intendente  de  Concepción 
para  resolver  sobre  el  reclamo  promovido  por  los  comer- 
ciantes de  esa  ciudad.  Vamos  a  ver  la  curiosa  pieza  en  que 
el  coronel  Álava  intenta  justificar  su  conducta. 

''Excmo.  señor En  cumplimiento  del  decreto  de  V.  E.  de 

19  de  octubre  íiltimo,  i  su  consiguiente  oficio  del  22  del 
mismo,  en  que  se  sirve  pedirme  informe  sobre  el  recurso  en- 
tablado por  e'  consulado  de  esa  ciudad,  a  instancia  del  di- 
putado de  comercio  de  ésta  por  influjo  i  representación  de 
algunos  de  sus  comerciantes  a  fin  de  que  se  derogue  el  capí- 
tulo de  bando  de  buen  gobierno  que  mandé  publicar  en  esta 
ciudad  el  30  de  junio  del  año  próximo  pasado  de  98,  por  el 
cual  ordené  que  las  tiendas  de  mercancía  se  cerrasen  al  to- 
que de  las  oraciones,  i  los  mesones  i  pulperías  media  hora 
después.  Lo  que  puedo  i  debo  esponer  a  V.  E.  es  que  todas 
las  razones  que  han  alegado  por  fundamento  de  su  preten- 
sión, a  escepcion  de  la  costumbre,  son  falsas  i  figuradas, 
cuando  por  el  contrario  las  que  me  obligaron  a  prohibir  el 
tráfico  i  comercio  nocturno  son  ciertas  i  efectivas.  Esta  es 
una  ciudad  compuesta  en  su  mayor  parte  de  mujeres  des- 
cendientes de  soldados  europeos,  que  por  tener  el  color 
blanco  i  sin  embargo  de  su  estremada  pobreza  i  ningún  des- 
tino útil,  se  desdeñan  de  alquilarse  a  servir  en  clase  de  cria- 
das, ese  ejercicio  que  creen  corresponder  solo  a  las  indias» 
cholas  i  demás  castas.  Este  modo  de  pensar  de  aquellas 
jentes  i  su  propia  miseria  les  ponia  en  la  necesidad  de  bus- 
car su  vida  por  medio  de  ilícitos  comercios  a  las  sombras 
de  la  noche  sin  que  bastasen  a  embarazar  este  desorden  i 
los  pecados  públicos  consiguientes,  las  mas  activas  diHjen- 
cias  i  continuadas  rondas,  porque  estas  mujeres  se  escuda- 
ban siempre  con  el  pretesto  de  buscar  en  las  tiendas  una 
madeja  de  hilo  u  otra  semejante  friolera,  de  modo  que  a 
mas  de  infinitos  i  repetidos  denuncios  que  tuve  de  estos  ex- 
cesos, a  que  no  se  escusaban  concurrir  los  mismos  comer- 


216  ESTUDIOS    HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS 

ciantes  haciéndolas  pasar  a  sus  trastiendas,  hubo  ocasión 
que  en  la  calle  pública  se  encontraron  personas  de  ambos 
sexos  en  el  mismo  acto;  i  convenido  con  sujetos  prácticos 
del  lugar,  de  prudencia,  literatura  i  probidad,  acerca  del  re- 
medio mas  eficaz  para  cortar  tan  grave  desorden,  no  se  en- 
contró otro  que  el  de  prohibir  el  comercio  nocturno,  con 
que  también  se  escusaba  la  mala  fé  del  comercio,  pues  de 
dia  se  rejistra  con  facilidad  el  color  i  defectos  del  jénero  que 
de  noche  no  pueden  verse. 

"La  costumbre  que  alegan  bien  sabe  V.  E.  que  no  es  bas- 
tante motivo  para  que  se  deje  de  poner  remedio  en  aquel 
desorden,  principalmente  cuando  tenemos,  por  el  contra- 
rio, que  en  las  ciudades  mas  cultas  de  la  Europa,  a  quienes 
debemos  imitar,  por  solo  escusar  fraudes  en  el  comercio,  se 
acostumbra  cesar  éste  al  toque  de  las  oraciones.  Si  en  esa 
ciudad  no  se  observa,  es  porque  no  hai  iguales  motivos  de 
necesidad  que  en  ésta.  En  esa  está  la  población  continua- 
da, abunda  el  jentío  i  apenas  habrá  instante  en  que  falten 
jentes  que  transiten  una  calle,  i  por  consiguiente,  sin  que  se 
pueda  rejistrar  cuanto  pasa  en  ella,  i  sin  embargo,  conti- 
nuamente esperimentan  esos  comerciantes  muchos  robos;  i 
a  cuantos  les  estaría  mejor  que  todos  cerrasen  sus  tiendes 
a  las  oraciones,  como  creo  que  se  hace  en  Lima.  Por  el  con- 
trario, en  esta  ciudad  apenas  se  hallaria  una  cuadra  pobla- 
da i  en  que  no  haya  solar  vacío  donde  se  puedan  las  jentes 
abrigar  para  proceder  a  sus  maldades  con  seguridad  de  no 
ser  descubiertas. 

"Hoi  a  cualquiera  mujer  de  baja  esfera  que  se  encuentre 
de  noche  se  le  averigua  su  destino,  i  como  no  pueden  ya 
dar  la  disculpa  que  antes,  les  contiene  el  temor  dentro  de 
sus  casas,  i  de  contado  ya  no  se  advierten  los  escándalos 
públicos  que  antes.  Que  los  mercaderes  dejen  de  vender  por- 
que las  señoras  se  desdeñan  de  salir  a  las  tiendas  de  dia,  es 
falso,  i  solo  han  dejado  de  visitar  tiendas  las  que  no  por 
comprar,  sino  por  fines  torcidos,  las  frecuentaban  de  noche. 
Lo  cierto  es  que  quien  necesite  el  jénero  no  se  ha  de  quedar 
sin  comprarlo  porque  no  se  le  vende  de  noche.  Aquí  las  jen- 


UN    BANDO    DB    BUBN    GOBIERNO  217 

tes  estaban  acostumbradas  a  que  la  plaza  de  abasto  estu- 
viese abierta  hasta  las  nueve  de  la  noche,  i  a  esta  hora  no 
faltaban  quienes  ocurriesen  a  comprnr.  Mandóse  cerrar  al 
toque  délas  oraciones  por  escusarlos  desórdenes  a  ello  con- 
siguientes, i  hoi  sin  violencia  i  sin  que  alguno  se  quede  sin 
vender  sus  frutos,  ocurren  todos  a  proveerse  de  lo  necesa- 
rio de  día.  JLo  mismo  debe  suceder,  i  aun  sucede  ya  respecto 
de  los  mercaderes.  Si  éstos  venden  menos  ahora  (lo  que  no 
creo),  o  es  porque  se  hallan  desurtidos  o  por  lo  mucho  que 
han  subido  los  precios  de  los  efectos  con  ocasión  de  la  gue- 
rra, como  es  notorio.  Si  fuera  fácil  averiguar  cuánto  ven- 
dia  cada  uno  antes  del  bando  i  cuánto  vende  ahora,  se  ve- 
ria  entonces  la  falsedad  de  su  alegato,  i  que  acaso  mas  di- 
nero hacen  hoi  de  sus  comercios  que  antes.  Esta  inferencia 
se  corrobora  i  comprueba  la  lijereza  con  que  procuraron 
apoyar  su  recurso  en  hechos  falsos,  con  el  estado  que  acom- 
paño i  he  pedido  al  administrador  de  reales  derechos.  Por 
él  verá  V.  E.  que  mas  ha  rendido  al  rei  el  derecho  de  pulpe- 
rías en  los  seis  meses  corridos  después  de  la  publicación  del 
bando,  que  en  los  seis  antecedentes  del  año  inmediato  pa- 
sado de  98,  i  por  consiguiente,  que,  sin  embargo,  de  que  al 
tiempo  i  para  fundar  su  recurso,  los  comerciantes  hicieron 
que  algunos  de  sus  dependientes  devolvieran  las  licencias 
que  tenian,  no  ha  sentido  perjuicio  el  erario  por  dicho  ban- 
do como  lo  han  alegado.  Desde  aquel  tiempo  no  se  ha  ro- 
bado tienda  alguna  hasta  ahora;  i  el  hecho  de  haberse  en- 
contrado fuego  a  una  puerta  que  traen  a  consideración, 
sucedió  entre  11  i  12  de  la  noche,  a  cuya  hora  siempre  han 
estado  solas  las  tiendas,  i  por  consiguiente,  tampoco  puede 
servirles  este  hecho  por  fundamento  de  su  intención.  Sobre 
todo,  Excelentísimo  señor,  yo  he  creído  deber  mandar  pro- 
hibir dicho  comercio  nocturno  para  descanso  de  mi  concien- 
cia i  desempeño  de  la  confianza  que  de  mí  ha  hecho  el  rei,  a 
quien  he  dado  cuenta  de  todo.  V.  E.  resolverá  lo  que  estime 
justo. 

"Nuestro  Señor  guarde  a  Y.  E.  muchos  años.  -Concep- 
ción, 7  de  enero  de   1799.— Excelentísimo  señor.— Luis  de 


218  ESTUDIOS    HISTORICO-BIBLIOGRÁFIOOS 

Álava. — Excelentísimo  señor  marques  de  Aviles,  capitán  je- 
neral  de  este  reino." 

En  esta  nota  no  es  difícil  descubrir  que  el  gobernador  in- 
tendente de  Concepción  no  tenia  mucha  confianza  del  re- 
sultado de  la  jesti^n  promovida  contra  él  por  los  comer- 
ciantes de  aquella  ciudad.  Habia  demorado  dos  meses  en 
evacuar  su  informe;  i  sea  de  propósito  deliberado  o  por  sim- 
ple olvido,  como  lo  dijo  mas  tarde,  al  remitir  su  comunica- 
ción habia  dejado  en  su  oficina  el  espediente  que  contenia 
las  copias  de  las  representaciones  de  los  comerciantes.  Fué 
necesario  pedirla  de  nuevo;  i  solo  el  28  de  enero  de  1799 
pudieron  pasarse  los  antecedentes  al  tribunal  del  consulado 
para  oir  su  parecer.  En  esos  mismos  dias  ocurría  un  cam- 
bio en  el  personal  del  gobierno  que  produjo,  a  causa  de  las 
fiestas  con  que  era  recibido  el  nuevo  presidente,  cierta  para- 
lización en  la  marcha  de  los  negocios  administrativos.  El 
mariscal  de  campo  don  Joaquín  del  Pino  habia  llegado  a 
reemplazar  al  marques  de  Aviles,  que  habia  sido  promovi- 
do al  puesto  de  virrei  de  Buenos  Aires. 

Al  fin,  pasadas  aquellas  fiestas,  el  tribunal  del  consulado 
dio  el  informe  que  sigue: 

"Muí  ilustre  señor  presidente  ^:  La  junta  de  gobierno  de 
este  real  consulado  ha  examinado  con  toda  detención  el  es- 
pediente i  contrapesado  las  razones  que  en  su  representa- 
ción alega  el  comercio  de  Concepción  con  las  que  espone  en 
su  informe  el  señor  gobernador  intendente.  Lo  que  puede 
esponer  a  V.  S.,  en  cumplimiento  del  supremo  decreto  de  28 


1  Haremos  notar  aquí  una  circunstancia  relativa  al  trata- 
miento que  bajo  la  colonia  se  daba  a  los  presidentes  i  capitanes 
jenerales.  Hemos  visto  que  al  marques  de  Aviles  se  le  decía  Excmo. 
i  V.  E.,  mientras  que  a  Pino  se  le  decia  solo  Muí  ilustre  señor  i 
V.  S.  Provenia  esto  de  que  el  primero  era  teniente  jeneral  de  ejér- 
cito, i  el  segundo  solo  mariscal  de  campo,  grado  inferior,  según  la 
jerarquía  militar  española.  Mas  adelante,  cuando  Pino  estuvo 
nombrado  virrei  de  Buenos  Aires,  se  le  comenzó  a  dar  el  trata- 
miento de  Excmo.  señor. 


UN  BANDO  DE  BUEN  GOBIERNO  219 

de  enero  último,  es  que  el  documento  que  acompaña  el  se- 
ñor gobernador  del  producto  de  las  pulperías  prueba  sola- 
mente que  hai  en  Concepción,  después  de  la  provincia  con- 
tra la  cual  representad  comercio,  el  mismo  número  de  ellas 
que  habia  anteriormente,  i  de  ningún  modo  que  su  espen- 
dio  sea  el  mismo.  Pero  aun  suponiendo  que  lo  fuera,  esto 
no  convence  de  que  no  sea  cierto  que  los  mercaderes  no  tie- 
nen el  mismo  despacho  en  sus  tiendas.  En  las  pulperías  se 
suministran  artículos  que  pueden  llamarse  todos  de  prime- 
ra necesidad,  cuando  de  los  que  se  venden  en  las  tiendas 
solo  algunos  pueden  considerarse  como  tales;  i  no  es  de 
presumir  que  a  no  haber  esperimentadoel  daño  de  la  dismi- 
nución en  el  despacho  de  sus  efectos,  representarán  después 
de  cuatro  meses  los  individuos  de  mas  suposición  por  su 
crédito  i  probidad  que  tiene  el  comercio  de  Concepción  con- 
tra el  artículo  del  bando. 

"Conviene  el  consulado  en  que  seria  mui  conducente  que 
las  jentes  se  acostumbrasen  a  comprar  i  vender  de  dia,  aun- 
que no  tiene  por  absolutamente  cierto  de  que  así  se  prac- 
tique jeneralmente  en  Europa,  en  muchas  de  cuyas  ciuda- 
des solo  se  cierran  las  tiendas  al  toque  de  queda,  que  siem- 
pre es  bien  entrada  la  noche.  Conviene  la  junta  en  esto; 
pero  semejante  variación  le  parece  que  debe  dejarse  a  la 
discreción  de  las  jentes  i  al  tiempo,  mucho  mas  cuando  el 
señor  gobernador  tiene  en  sus  manos  otros  medios  de  evi- 
tar los  escándalos  públicos  que  se  propuso  en  su  providen- 
cia, cual  es  el  de  multiplicar  las  patrullas  en  la  proporción 
que  ofrece  la  guarnición  de  aquella  cuidad  i  sus  milicias  i  el 
del  severo  castigo  de  los  delincuentes.  Fuera  de  que,  en  con- 
cepto de  la  junta,  con  la  providencia  del  bando  se  atajaran 
algunos  de  estos  hechos  escandalosos;  pero,  quedando  sin 
ocupación  una  gran  parte  de  la  noche  la  multitud  de  jóve- 
nes mercaderes,  comprometerán  en  el  juego  i  en  las  amis- 
tades privadas  la  fidelidad  conyugal,  sus  intereses  i  los  de 
sus  habitadores;  en  una  palabra,  prevé  que  se  sustituirá  la 
ociosidad  i  disipación  al  anhelo  de  hacer  fortuna  que  los 
mantiene  ocupados. 


220  ESTUDIOS    HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS 

**Por  estas  razones  cree  justa  la  junta  la  revocación  de  la 
providencia  contra  la  que  reclama  el  comercio  de  Concep- 
ción, sin  que  sea  obstáculo  para  revocarla  el  que  el  señor 
gobernador  intendente  haya  dado  cuenta  a  S.  M.,  pues  por 
real  orden  de  24  de  mayo  de  1789,  se  les  prohibe  a  los  jefes 
su¡3alternos  dar  por  sí  cuenta  a  S.  M.  i  solo  se  les  permite 
acudir  en  derechura  por  la  vía  reservada  con*  aquellas  ins- 
tancias o  quejas  fundadas  contra  sus  jefes  que  por  necesi- 
dad exijan  este  lícito  i  estraordinario  recurso.— Santiago, 
13  de  febrero  de  1799.— José  Pérez  García.— Francisco 
Javier  de  Zuazagoitía. —  Celedonio  de  Villota.—José  de 
Cos  Iriherri,  secretario." 

El  informe  del  tribunal  del  consulado  no  trataba  mas 
que  una  faz  de  la  cuestión,  el  interés  de  los  mercaderes  de 
Concepción.  Necesitábase  oir  el  parecer  del  fiscal  de  la  real 
audiencia,  encargado  de  dictaminar  sobre  la  legalidad  de 
la  providencia  objetada.  Vamos  a  ver  cómo  opinó  éste: 

"Muí  ilustre  señor  presidente.  El  ájente  que  hace  de  fiscal 
en  lo  civil,  dice:  Que  las  razones  espuestas  por  la  junta  del 
consulado  de  este  reino,  sonde  mayor  fuerza  que  aquellas  en 
que  parece  haberse  fundado  la  providencia  reclamada  por 
los  comerciantes  de  Concepción.  Es  mui  laudable  el  celo  del 
señor  gobernador  intendente;  pero  es  difícil  llegue  a  conse- 
guir la  cesación  del  comercio  impuro  con  la  del  tráfico  i 
rentas  públicas  de  mercaderes.  Aquél  tiene  un  oríjen  mui  an- 
tiguo, nacido  con  el  primer  hombre,  i  él  ha  de  hacerse  siem- 
pre, i  aun  mas  proporcionadamente  i  con  peores  resultas  en 
lo  mas  escueto,  lóbrego  i  oculto  de  los  propios  hogares.  El 
asunto  es  del  orden  de  aquellos  que  exijen  mayor  pulso  i 
prudencia.  V.  S.  está  dotado  de  estos  dones;  i  no  siendo 
difíciles  los  medios  que  eviten  el  escándalo,  podrá  resolver 
de  un  modo  que  éste  no  siga  adelante  i  el  comercio  no  sea 
perjudicado.— Santiago,  26  de  febrero  de  1799.— Doctor- 
Sánchez.^* 

La  lectura  de  estos  antecedentes  hará  presumir  que  el 
intendente  de  Concepción  iba  a  recibir  del  gobierno  supe- 


UN  BANDO  DE  BUMN  GOBIEUNO  221 

rior  de  la  colonia  uno  de  esos  desaires  que  arruinan  el  pres- 
tijio  de  un  funcionario.  Sin  embargo,  el  presidente  de  Chile 
vaciló  cerca  de  dos  meses  para  dar  una  resolución.  Veia 
sin  duda  comprometido  el  principio  de  autoridad,  que  es- 
taba encargado  de  sostener,  i  que  los  gobernantes  españo- 
les mantenian  de  ordinario  sin  reparo  ni  consideración. 
Probablemente  la  circunstancia  de  estar  el  bando  del  coro- 
nel Álava  en  abierta  contradicción  con  el  que  había  dictado 
el  presidente  O'Higgins  en  1788,  i  el  haber  sido  éste  apro- 
bado por  el  rei,  decidieron  a  don  Joaquín  del  Pino  a  dar  la 
sentencia  que  sigue: 

''Santiago,  19  de  abril  de  1799.— Visto:  Con  lo  que  ha 
informado  el  tribunal  del  consulado  i  ha  espuesto  el  minis- 
terio fiscal,  i  por  lo  que  de  todo  resulta,  prevéngase  por  la 
secretaría  al  señor  intendente  de  Concepción  que  suspen- 
diendo la  ejecución  del  capítulo  del  bando  de  buen  gobierno 
que  publicó  el  30  de  junio  de  98,  i  en  que  mandó  que  las 
tiendas  de  mercancía  se  cerrasen  al  toque  de  oraciones,  i 
media  hora  después  los  mesones  i  pulperías,  mantenga  al 
comercio  i  a  la  ciudad  en  la  pQ¿;esion  en  que  ha  estado  de 
hacer  el  tráfico  en  la  parte  de  la  noche  que  se  acostumbra 
en  esta  capital  i  en  todas  las  ciudades  de  América;  i  que 
para  ello  no  embarace  a  los  comerciantes  de  que  tengan 
abiertas  sus  tiendas,  pulperías  i  bodegones  hasta  las  nue- 
ve en  invierno  i  hasta  las  diez  en  verano,  con  arreglo  a  lo 
prevenido  en  los  capítulos  3°  i  15  del  que  publicó  el  Excmo. 
señor  marques  de  Osorno  de  19  de  agosto  de  88,  aprobado 
por  S.  M.  en  real  cédula  de  8  de  julio  de  89;  i  que  esto  lo 
ejecute  sin  embargo  de  que  haya  dado  cuenta  al  rei,  como 
dijo  en  su  informe  de  7  de  enero  inmediato,  lo  que  solo  pu- 
do hacer  por  medio  de  esta  capitanía  jeneral,  según  lo  dis- 
puesto en  real  orden  de  24  de  majo  de  1789,  i  que  para 
embarazar  los  abusos  i  desórdenes  que  ha  querido  preca 
ver  con  esta  resolución,  tome  las  demás  providencias  que 
sean  análogas  a  este  objeto,  i  que  dicten  las  circunstancias 
locales  del  pais,  estrechando  a  los  mercaderes,  pulperos  i 
bodegoneros  a  que  ademas  de  las  luces  interiores,  pongan 


222  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

faroles  a  la  calle  i  conserven  hasta  las  horas  indicadas   en 
las  noches  que  no  sean  de  luna. — Pino. — Doctor  Rózase 

Esta  resolución  ponia  término  a  aquel  ruidoso  litijio. 
Los  comerciantes  de  Concepción  liabian  encontrado  justi- 
cia en  el  gobierno  central  de  la  colonia.  Pero  el  testarudo 
intendente,  sin  querer  darse  por  vencido,  no  dio  cumpli- 
miento a  la  orden  superior,  i  aun  pidió  su  revocación  por 
el  oficio  que  va  a  leerse. 

''Señor  capitán  jeneral.— Enterado  déla  resolución  de 
V.  S.  de  20  de  abril  último  que  me  comunica  en  oficio  de  la 
misma  fecha,  al  recurso  de  los  mercaderes  de  esta  ciudad 
han  hecho  a  ese  superior  gobierno  para  que  no  se  impida 
en  ella  el  tráfico  nocturno  que  estaba  en  costumbre,  i  que 
habia  prohibido  en  uno  de  los  capítulos  del  bando  de  buen 
gobierno,  publicado  en  30  de  junio  del  año  pasado  de  98, 
creo  deber,  hacer  presente  a  V.  S.  en  circunstancia  de  estar 
recientemente  llegado  al  mando  de  este  reino,  lo  siguiente: 

"Que  hace  diez  meses  se  hallaba  establecido  este  orden 
con  puntualidad,  tranquilidad  del  pueblo  i  aplauso  de  los 
sujetos  mas  caracterizados  i  juiciosos  de  la  ciudad  que 
advierten  la  notable  reforma  que  hai  en  los  escándalos  i 
desórdenes  desde  que  se  tomó  esta  providencia.  Que  la 
costumbre  de  cerrarse  las  tiendas  de  noche  no  es  descono- 
cida en  América,  pues  en  la  ciudad  de  Lima,  capital  de  es- 
tos reinos,  se  observa  puntualmente.  Así  mismo,  pongo  en 
la  consideración  de  V.  S.  que  siendo  la  providencia  de  que 
se  trata  innegablemente  útil  a  la  reformación  de  los  escán- 
dalos, conducente  al  buen  orden  de  la  ciudad,  i  sin  perjui- 
cio del  comercio  como  queda  comprobado  en  el  espediente; 
i  hallándose  el  pueblo  acostumbrado  ya  a  ello,  resulta  de 
su  revocación  un  desaire  considerable  a  la  autoridadde  este 
gobierno. 

"Por  todas  estas  razones,  suplico  a  V.  S.  se  digne  sus- 
pender la  ejecución  de  la  citada  resolución  hasta  que  S.  M, 
resuelva  lo  que  estimare  conveniente,  cuja  real  determina- 
ción no  puede  dilatar  mucho. 


UN  BANDO  DE  BUEN  GOBIERNO  223 

"He  dirijido  al  ministerio  de  gracia  i  justicia  la  razón  de 
os  bandos,  providencias  i  adelantamientos  de  esta  pro- 
vincia en  consecuencia  de  real  orden  de  6  de  mayo  de  1792 
que  manda  que  así  se  ejecute  por  los  virreyes,  capitanes  je- 
nerales  i  gobernadores  de  estos  reinos,  desde  cuyo  tiempo 
anualmente  lo  practicó  en  derechura  mi  antecesor,  sin  que 
por  la  via  reservada  se  haya  estranado  esta  conducta,  ni 
se  oponga  a  la  real  cédula  de  24  de  mayo  de  89,  que  sobre 
ser  anterior  a  la  citada,  solo  trata  de  las  solicitudes  i  re- 
cursosque  se  hagan  a  su  S.  M.  por  individuos  no  militares. 

— Nuestro  Señor  guarde  a  Y.  M.   muchos   años Concep 

cion,   mayo   6  de   1799. — Luis  de  Álava.  —  Señor  capitán 
jeneral  de  este  reino  don  Joaquin  del  Pino." 

Esta  jestion  fué  causa  de  qne  se  demorase  por  cerca  de 
cuatro  meses  mas  el  cumplimiento  de  la  orden  del  gobierno 
central  de  Santiago.  El  presidente  Pino  entró  en  nuevas 
vacilaciones,  temeroso  de  desprestijiar  la  autoridad  de  un 
funcionario  tan  importante  como  lo  era  en  esa  época  el 
intendente  de  Concepción.  Al  fin,  el  13  de  agosto  puso  al 
pié  de  la  solicitud  del  coronel  Álava,  las  palabras  siguien- 
tes: "Lo  proveido  en  19  de  abril",  lo  que  equivalía  a  man- 
dar que  se  llevase  a  efecto  la  revocatoria  de  los  artículos 
impugnados  del  bando  de  buen  gobierno  del  intendente  de 
Concepción.  El  presidente  Pino  acordó  ademas  enviar  to- 
dos los  antecedentes  al  rei  de  España  i  darle  cuenta  de  lo 
ocurrido  para  obtener  la  aprobación  de  su  conducta.  Pa- 
rece que  nunca  llegó  la  resolución  del  rei. 

El  comercio  de  Concepción  ganó  al  fin  este  ruidoso  liti- 
jio.  Las  tiendas  i  despachos  volvieron  a  abrirse  durante 
las  primeras  horas  de  la  noche,  como  se  hacia  en  Santia- 
go. Pero  la  autoridad  moral  del  gobernador  intendente 
sufrió,  como  debe  suponerse,  un  grande  menoscabo.  Ape- 
nas habia  pasado  un  año,  el  administrador  de  aduana  de 
Concepción,  licenciando  don  Juan  Agustin  Fernández,  en- 
tablaba en  noviembre  de  1800  una  tremenda  acusación 
contra  el  gobernador  intendente,  acusándolo  del  delito  de 


224  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOQRÁFICOS 

peculado,  de  defraudaciones  a  la  real  hacienda,  i  de  hacer 
negocios  de  toda  clase  con. perjuicio  del  tesoro  público.  Es- 
ta causa  fué  cortada  en  1803  por  providencia  gubernati- 
va que  mandaba  que  el  acusador  rindiera  fianza  de  resul- 
tas, a  lo  que  éste  se  negó  por  creerse  escusado  a  virtud  de 
su  destino;  pero  el  desprestijio  de  Álava  siguió  en  aumen- 
to. En  1808,  al  saberse  allí  la  muerte  del  presidente  Mu- 
ñoz de  Guzman,  él,  simple  coronel,  pretendió  por  un  mo- 
mento el  gobierno  de  Chile,  cuando  habia  en  el  pais  otro 
militar  de  mas  alta  graduación  a  quien  por  ministerio  de 
la  lei  correspondía  el  mando  en  caso  de  vacante.  El  recha- 
zo que  entonces  sufrió  en  sus  aspiraciones,  fué  causa  de 
que  circularan  pasquines  burlescos  en  contra  del  gober- 
nador intendente,  i  de  que  éste  perdiera  casi  por  completo 
la  consideración  de  que  gozaba. 

La  tradición  ha  conservado  el  recuerdo  de  los  últimos 
dias  del  gobierno  del  intendente  Álava.  Aunque  fuerte  i  vi- 
goroso todavía,  pues  solo  contaba  cincuenta  i  siete  años 
en  1810,  su  exaltación  era  tal  cada  vez  que  se  hablaba  de 
los  patriotas  chilenos,  que  por  entonces  querían  darse  un 
gobierno  propio,  que  su  entusiamo  por  la  causa  del  rei  to- 
maba el  carácter  de  demencia.  Por  fin,  al  terminar  el  me- 
morable mes  de  setiembre  de  ese  año,  llegó  a  Concepción  la 
noticia  de  haberse  instalado  en  Santiago  una  junta  guber- 
nativa. Los  patriotas  de  aquella  ciudad,  dispuestos  a  se- 
gundar el  movimiento,  i  contando  con  el  apoyo  de  la  tro- 
pa, persiguieron  al  gobernador  intendente  con  dicterios  i 
con  pasquines  que  lo  enfurecian  a  cada  momento.  Álava 
no  pensó  mas  que  en  abandonar  aquella  provincia,  que  no 
podia  gobernar.  El  9  de  octubre  se  trasladó  a  Talcahuano,. 
i  allí  se  embarcó  en  el  bergantín  Europa  que  zarpaba  con 
destino  al  Callao.  Para  que  no  se  opusiera  obstáculo  a  su 
partida,  habia  depositado  diez  mil  pesos  en  las  cajas  reales 
de  Concepción,  i  a  fin  de  responder  a  las  resultas  del  juicio 
de  residencia  qne  se  seguía  a  los  gobernadores  después  de 
haber  dejado  el   puesto  que  ocupaban.    No  hemos  podido 


UN    BANDO    DE    BUEN    GOBIERNO  225 

descubrir  otras    noticias    sobre  los    últimos  dias    de    su 
vida.  2 


2.  Talvez  tengan  interés  para  algunos  de  los  lectores  de  este  ar- 
tículo las  noticias  siguientes  que  hemos  podido  reunir  acercada 
don  Luis  de  Álava. 

Hermano  menor  del  famoso  marino  español  del  mismo  apellido, 
que  tanto  se  ilustró  en  el  combate  de  Trafalgar,  nació  en  Victoria 
en  1753,  i  entró  muí  joven  a  servir  en  el  cuerpo  de  artillería.  Ha- 
llóse en  la  campaña  contra  Jibraltar  en  1781  a  1783.  En  1788, 
siendo  ya  teniente  coronel,  fué  nombrado  gobernador  de  Valpa- 
raiso,  destino  deque  se  hizo  cargo  en  marzo' de  1789,  i  que 
desempeñó  hasta  1796  en  que  fué  promovido  al  puesto  de  go- 
bernador intendente  de  Concepción,  con  el  grado  de  coronel  de 
-artillería. 


TOMO   X  15 


EL  ENTIERRO  DE  LOS  MUERTOS 

EN  LA  ÉPOCA  COLONIAL.  "^ 


Los  conquistadores  españoles  introdujeron  en  sus  colo- 
nias de  América  la  práctica  de  enterrar  los  cadáveres  en  las 
iglesias  cuando  los  deudos  del  difunto  podian  pagar  esta 
distinción,  o  en  un  patio  inmediato  al  templo  cuando  el 
muerto  pertenecia  a  las  clases  desheredadas  de  la  fortuna. 

Se  sabe  que  esta  era  la  costumbre  española  de  esa  época, 
costumbre  perniciosa  para  la  salubridad  pública,  introdu- 
cida en  la  mayor  parte  de  los  pueblos  europeos  algunos  si- 
glos después  del  cristianismo.  El  rei  don  Alfonso  el  sabio 
esplica  el  oríjen  i  el  fundamento  de  ella  en  la  lei  2^',  tít. 
XIII,  P.  1^  de  su  famoso  código.  *'Cerca  de  las  eglesias, 
dice,  tovieron  por  bien  los  Santos  Padres  que  fuesen  las  se- 
polturas  de  los  cristianos,  et  esto  por  cuatro  razones:  la 
primera,  porque  así  como  la  creencia  de  los  cristianos  es 
mas  allegada  a  Dios  que  la  de  las  otras  jentes,  que  asilas 
sepolturas  de  ellos  fuesen  acercadas  a  las  eglesias:  la  segun- 
da es  porque  aquellos  que  vienen  a  las  eglesias,  quando  ve- 


*  Publicado  en  la  J^evista   Chilena  (Santiago,  1876)  t,  III,  pájí 
224  245.— Nota  DEL  COMPILADOR. 


228  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS 


€n  las  fuesas  (huesas)  de  sus  parientes  o  de  sus  amigos,  se 
acuerdan  de  rogar  a  Dios  por  ellos:  la  tercera  porque  los 
acomiendan  a  aquellos  santos  a  cuyo  nombre  et  a  cuya 
honra  son  fundadas  las  eglesias,  que  rueguen  a  Dios  seña- 
ladamente por  los  que  yacen  en  sus  cementerios:  la  cuarta, 
porque  los  diablos  no  han  poder  de  se  allegar  tanto  a  los 
cuerpos  de  los  muertos  que  son  soterrados  en  los  cemente- 
rios, como  a  los  que  yacen  de  fuera:  et  por  esta  razón  son 
llamados  los  cementerios  amparamiento  de  los  muertos. 
Empero,  antiguamente  los  Emperadores  et  los  Reyes  de  los 
cristianos  ficieron  establecimientos  et  leyes,  et  mandaron 
que  fuesen  fechas  iglesias  et  cementerios  de  fuera  de  las  cib- 
dades  et  de  las  villas  en  que  soterrasen  los  muertos  porque 
el  olor  dellos  non  corrompiese  el  aire,  nin  matase  a  los  vi- 
vos." 

El  rei  sabio  pasa  en  seguida  a  fijar  las  condiciones  que 
debía  tener  el  campo  délos  muertos,  las  autoridades  a  quie- 
nes correspondía  vijilarlo,  las  personas  que  tenían  o  no  te- 
nían derecho  al  entierro  í  la  manera  cómo  debía  procederse 
en  los  funerales.  La  leí  11  del  mismo  título  i  partida  enu- 
mera las  personas  que  como  escepcion  a  la  regla  jeneral  po- 
dían ser  enterradas  en  los  templos. 

''Enterrar  non  deben,  dice,  a  otro  ninguno  dentro  en  la 
iglesia  sínon  a  estas  personas  ciertas  que  son  nombradas 
«n  esta  leí,  así  como  los  Reyes  et  las  Reinas  et  sus  fijos,  et 
los  obispos  et  los  abades,  et  los  priores,  et  los  maestres,  et 
los  comendadores  que  son  perlados  de  las  órdenes  et  de  las 
eglesias  conventuales,  et  los  ricos  homes,  et  los  otros  hom- 
bres honrados  que  ficiesen  eglesias  de  nuevo  o  monasterios, 
et  e-ícogesen  en  ellas  sus  sepolturas;et  todo  otro  home  quier 
sea  clérigo  o  lego  qu^lo  mereciese  por  santidad  de  buena 
vida  et  de  buenas  obras." 

La  vaguedad  de  esta  disposición  debia  ser  causa  de  nu" 
merosos  abusos  i  habiade  orijínar  al  fin  su  desobedecimien- 
to casi  completo.  Así  sucedió  que  el  siglo  XV,  a  la  época  del 
descubrimiento  de  América,  era  sepultado  en  el  recinto  de 
las  iglesias  españr)las  todo  hombre  que  habiendo  muerto 
como  cristiano  dejaba  los  bienes  necesarios  para  pagar  su 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  229^ 


sepultura.  En  el  nuevo  mundo,  como  ya  hemos  dicho,  se 
siguió  esta  misma  práctica  desde  los  primeros  días  de  la 
conquista. 

El  gobierno  de  la  metrópoli  tuvo  que  ocuparse  desde  lue- 
go en  tomar  algunas  providencias  reglamentarias  de  los  en- 
tierros. Habiendo  suscitado  algunos  curas  ciertas  dudas  o 
mas  bien,  habiendo  puesto  dificultades  a  que  sus  feligreses 
designaran  lugar  para  su  entierro  fuera  de  la  iglesia  parro- 
quial, el  emperador  Carlos  Y  dictó  en  18  de  julio  de  1539  la 
cédula  siguiente: 

^'Encargamos  a  los  arzobispos  i  obispos  de  nuestras  In- 
dias que  en  sus  diócesis  provean  i  den  orden  como  los  veci- 
nos i  naturales  de  ellas  se  puedan  enterrar  i  entierren  libre- 
mente en  las  iglesias  o  monnsterios  que  quieren  i  por  bien 
tuvieren,  estando  benditos  el  monasterio  o  iglesias  i  no  se 
les  ponga  impedimento." 

Las  dificultades  que  zanjaba  esta  real  célula  eran  oriji- 
nadas  por  el  cobro  de  los  derechos  parroquiales.  Los  curas 
pretendían  que  el  cadáver  que  se  sepultase  fuera  de  la  parro- 
quia debía  los  mismos  derechos  que  si  fuese  enterrado  en 
ella;  pero  ni  Carlos  V  en  esta  cédula,  ni  Felipe  II  en  otra 
que  dictó  en  13  de  noviembre  de  1577,  resolvieron  defini- 
tivamente esta  cuestión.  El  último  de  estos  soberanos  en- 
cargó solo  a  los  prelados  que  cada  uno  en  su  diócesis  pro- 
veyese cómo  los  conventos  i  herederos  de  los  difuntos  que 
se  enterraren  en  ellos,  no  recibieran  agravio  en  los  dere- 
chos que  les  correspondian  por  dar  sepultura,  ni  consintie- 
sen que  los  párrocos  se  excedieran  de  lo  que  justamente 
pudieran  cobrar. 

Todavía  dictaron  ambos  monarcas  otras  disposiciones  re- 
ferentes a  entierros.  En  18  de  octubre  de  1581,  Felipe  II  de- 
claró que  el  deán  i  cabildo  de  las  catedrales,  que,  según  pare- 
ce, concurrían  a  todos  los  entierros  i  cobraban  por  tanto  los 
derechoscorrespondientes,no  debian  asistir  sino  cuando  fue- 
ran espresamente  llamados.  Por  otra  cédula  de  11  de  junio 
de  1594,  repetida  en  leyes  posteriores,  Felipe  II  mandó  que 
los  curas  sepultaran  gratuitamente  a  los  indios.  En  1554, 
Carlos  Y  habia  dispuesto  que  en  los  lugares  que  estuviesen 


2{50  ESTUDIOS  HISTÓRICOS-BIBLTOGRÁFICOS 

lejos  de  las  iglesias,  los  pobladores  fuesen  sepultados  en  un 
campo  bendecido,  para  evitar  así  el  gasto  que  orijinaba  el 
trasporte  de  los  cadáveres. 

Estas  disposiciones,  i  otras  de  mucho  menor  importan- 
cia, rijieron  por  largo  tiempo  en  materia  de  entierros.  En 
Chile,  como  en  las  otras  colonias  americanas,  las  iglesias 
eran  el  lugar  de  sepultura  de  todas  las  personas  regular- 
mente acomodadas.  Pero  las  leyes  civiles  i  canónicas  lo  ha- 
blan reglamentado  todo  para  evitar  los  gastos  inmodera- 
dos i  los  entierros  ostentosos.  Son  interesantes  algunas  de 
las  disposiciones  dictadas  a  este  respecto.  L'i  constitución 
•6^,  título  X,  lib.  3*^  del  concilio  mejicano  de  1583,  que  se 
respetaba  casi  puntualmente  en  toda  la  América,  dispone 
lo  que  sigue:  "Para  guardar  el  decoro  del  santo  templo 
donde  se  celebran  los  divinos  oficios,  remover  cuanto  pueda 
servir  de  obstáculo  a  los  asistentes  en  orden  a  la  atención 
con  que  les  deben  oir,  i  por  otras  justas  causas,  según  lo 
prescrito  en  la  constitución  del  papa  Pió  Y  de  feliz  memo- 
ria; ordena  este  concilio  i  mand'i,  que  no  se  ponga  sobre 
el  sepulcro  de  ninguna  persona,  de  cualquier  estado  que  sea, 
el  cenotafio  sino  en  los  dias  de  la  deposición,  exequias  i 
aniversario:  no  se  erijan  en  las  iglesias  sepulturas  de  piedra 
o  madera  que  sobresalgan  del  pavimento:  de  lo  contrario 
castigará  el  obispo  a  proporción  de  la  culpa  a  los  seglares 
que  tal  hicieren;  i  el  ministro  eclesiástico  que  lo  consintiere 
pagará  de  multa  diez  pesos  de  minas  para  la  fábrica  de 
aquella  iglesia,  i  para  la  cera  que  arde  delante  del  Santísi- 
mo Sacramento.  Tíimpoco  se  entapicen  las  capillas  i  pare- 
des del  templo  con  colgaduras  de  luto  a  no  ser  por  persona 
real.  No  ardan  en  los  sepulcros  mas  que  doce  hachas  en  los 
funerales,  exequias  i  aniversarios;  i  si  hubiere  mas,  destí- 
nense para  alumbrar  al  Santísimo  Sacramento  de  la  Euca- 
ristía". 

Por  su  parte  el  rei  había  reglamentado  también  los  fune- 
rales para  evitar  los  excesos  del  lujo.  Vamos  a  estractar  la 
parte  dispositiva  de  una  cédula  dictada  por  Carlos  II  en 
22  de  marzo  de  1693:  -"I.  Que  por  muerte  de  personas  rea- 
les los  hombres  puedan  traer  capas  largas,  i  las  mujeres 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  231 

monjiles  de  bayeta  en  tiempo  de  invierno,  o  de  lanilla,  i 
mantos  delgados  que  no  sean  de  seda:  ambos  sexos  hasta 
el  dia  de  las  honras,  i  después  se  pondrán  el  alivio  de  luto 
correspondiente;  pero  a  ninguno  de  sus  familias  se  le  permi- 
tirá de  ninguna  especie. — 11.  Que  los  lutos  que  se  pusiesen 
por  padre,  madre,   hermano,  abuelo,  suegro,  marido,  o  he- 
redero, sin  que  pueda  trascender  a  ningunos  criados  del  di- 
funto, ni  de  sus  parientes,  aunque  sean  de  escalera  arriba, 
sean  solamente  capas  largas,  calzones  i  ropillas  de  bayeta, 
o  paño,  i  sombrero  sin  aforro.— I  [I.  Que  los  ataúdes  de  los 
difuntos  no  sean  sino  de  bayeta,  paño,  u  olandilla  negra, 
con  clavos  i  galón  negro  o  morado;  i  que  los  de  los  niños 
de  quienes  la  iglesia  celebra  misa  de  ánjeles,    se   permiten 
sean  de  color,  pero  solamente  de  tafetán.  lY.  Que  no  se  vis- 
tan de  luto  las  paredes  de  las  iglesias,  ni  los  bancos  de  ellas 
sino  solamente  el   pavimento  que  ocupa  el   féretro,  i  las 
hachas  de  los  lados;  las  cuales  no  pueden  ser  mas  de  doce  en 
todo,  con  cuatro  velas  sobre  la  tumba.  V.  Que  en  los  casos 
de  duelo  se  puede  enlutar  solamente  el  suelo  del  aposento 
en  que  los  viudos  reciben  las  visitas  del  pésame,  i  poner  cor- 
tinas negras;  pero  no  se  han  de  poder  colgar  de  bayeta  las 
paredes.— VI.  Que  porcualquiera  deudos,  aunque  sean  de  la 
primera  nobleza,  no  se  han  de  poder  traer  coches  de  luto, 
ni  menos  hacerlos  fabricar  para  este  objeto;  i  a  las  viudas 
se  les  permitirá  andar  en  silla  negra,  pero  no  en   coche  ne- 
gro; i  también  que  las  libreas  que  dieren  a  los  criados  de  es- 
calera abajo  sean  de  paño  negro,  calzón,  ropilla  i  capa  cor- 
ta. -VII.  Que  este  luto  i  no  otro  alguno  se  pueda  traer  por 
el  tiempo  de  seis  meses,  i  no  mas,  por  el  de  cualquiera  difun- 
to i  persona,  aunque  sea  de  la  primera  nobleza.— VIII.  Que 
en  las  honras  de  personas  reales  solamente  se  han  de  poner 
los  hombres  fakkis  caidas  hasta  los  pies. — IX.  Que  así  se 
guarde  i  cumpla  por  todos,  i  se  publique  por  bando."  Por 
cédulas  de  30  de  noviembre  de  1715  i  de  1*^  de  marzo  de 
1794  Felipe  V  i  Carlos  IV  mandaron  de  nuevo  que  se  obede- 
ciesen puntualmente  aquellas  prescripciones. 

Veamos  ahora  cómo  se  practicaban  en  nuestro  pais  la 


232  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


sepultación  de  los  cadáveres  i  los  funerales  de  las  personas 
acomodadas. 

A.  las  pocas  horas  de  ocurrida  la  muerte  de  un  individuo 
de  esta  clase,  el  cadáver  era  amortajado  con  el  hábito  reli- 
jioso  de  la  orden  de  sus  particulares  afecciones.  Los  legos  de 
los  conventos  eran  de  ordinario  los  encargados  de  esta  ope- 
ración, i  recibian  por  ello  una  propina  o  limosna,  fuera  del 
precio  que  se  les  pagaba  por  el  valor  del  hábito  que  servia 
para  amortajar  al  difunto.  El  cadáver  era  colocado  en  se- 
guida en  un  ataúd  de  madera  pintada  de  negro,  o  forrado 
de  jénero  de  lana  o  algodón  i  adornado  de  cintas  o  de  ga- 
lones, según  los  casos. 

La  noticia  de  la  muerte  de  un  individuo  circulaba  en  to- 
da la  ciudad  con  una  rapidez  sorprendente.  Como  si  no  bas- 
tase el  rumor  público  que  corria  de  boca  en  boca  en  una 
ciudad  de  escasa  población  i  en  que  ocurrían  tan  pocas  no- 
vedades, las  cofradías  o  hermandades,  en  alguna  de  las 
cuales  estaba  alistado  invariablemente  el  difunto,  se  encar- 
gaba de  dar  el  aviso  a  los  otros  hermanos.  Un  sacristán  re- 
corria  las  calles  haciendo  sonar  una  campanilla  que  llama- 
ba la  atención  de  todo  el  vecindario.  Ese  mensajero  de  la 
triste  nueva  daba  a  todo  el  que  se  lo  preguntaba,  el  nom- 
bre del  muerto,  junto  con  la  hora  i  el  lugar  del  entierro,  i 
pedia  a  sus  cofrades  que  rogasen  a  Dios  por  el  alma  del  que 
acababa  de  espirar.  De  esta  suerte  la  ciudad  entera  queda- 
ba al  corriente  del  triste  acaecimiento  a  las  pocas  horas  de 
ocurrido. 

No  debemos  omitir  aquí  una  costumbre  de  nuestros  ma- 
yores, que  revela  la  intimidad  en  que  vivian  las  familias  en 
la  época  colonial.  Suponíase  que  a  causa  de  la  perturba- 
ción producida  por  una  desgracia  de  esta  naturaleza,  en  la 
casa  mortuoria  no  podia  hacerse  de  comer.  Resultaba  de 
aquí  que  ese  dia  i  los  que  se  le  seguian  inmediatamente,  los 
deudos,  los  amigos  i  los  monasterios  de  monjas  enviaban 
regalos  de  viandas  que  servían  para  cubrir  la  mesa  abun- 
dantemente. Esta  costumbre  singular  se  conservó  casi  has- 
ta mediados  del  siglo  XIX. 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  233 

El  cadáver  no  pcrminecia  largo  tiempo  en  la  casa  mor- 
tuoria. La  parroquia  respectiva  o  el  convento  o  monaste- 
rio en  cuja  iglesia  delíia  hacerse  el  entierro,  proporcionaba 
el  féretro  o  andas  en  que  era  trasportado  a  su  última  mo- 
rada. Este  mueble,  llamado,  ignoramos  por  qué  motivo, 
bayo  por  el  común  de  las  jentes,  era  una  especie  de  mesa 
de  madera  en  cuya  parte  superior  habia  una  caja  descu- 
bierta en  que  se  colocaba  el  ataúd.  Una  tela  negra  cubria 
todo  este  aparato  i  le  daba  un  aspecto  fúnebre.  Allí  se  ve- 
laba el  cadáver  durante  algunas  horas  en  la  casa  misma 
del  difunto,  o  en  las  salas  que  al  efecto  tenian  preparadas 
las  cofradías  o  las  comunidades  relijiosas.  El  sínodo  del 
obispo  Cnrrasco,  de  16S8,  por  la  constitución  VII  del  cap. 
VII,  i  el  del  obispo  Aldai,  de  1763,  por  su  constitución  VIII 
del  título  XVIII,  prohibieron  bajo  multa  el  depósito  de  los 
cadáveres  en  las  salas  de  las  cofradías  o  en  los  conventos 
de  regulares  sin  haber  obtenido  una  licencia  escrita  del  pá- 
rroco respectivo.  Según  estas  disposiciones,  la  velación  de 
los  difuntos  debia  hacerse  en  la  casa  mortuoria. 

El  trasporte  de  los  cadáveres  era  hecho  de  una  manera 
mui  ostentosa.  Los  dobles  de  la  campana  de  la  parroquia 
o  de  la  iglesia  en  que  debia  hacerse  la  sepultación,  convo- 
caban a  los  clérigos  al  lugar  del  entierro.  El  cura  se  reves- 
tía allí  con  capa  de  coro  i  los  clérigos  con  sobrepelliz;  i  a 
la  hora  fijada,  sallan  en  procesión  hacia  la  casa  mortuoria, 
con  vela  en  mano  i  con  la  cruz  parroquial,  entonando  sal- 
mos i  las  otras  preces  del  caso.  Esta  ceremonia  podia  ha- 
cerse a  cualquiera  hora  del  dia;  pero  la  constitución  IV  del 
mismo  título  del  sínodo  de  1763,  dispuso  que  solo  con  per- 
miso del  obispo  se  hiciera  la  traslación  después  del  ano- 
checer. 

En  la  casa  mortuoria  estaban  reunidos  los  deudos  i  ami- 
gos del  difunto,  i  de  ordinario  los  esclavos  i  sirvientes  del 
difunto,  vestidos  como  sus  amos,  de  rigoroso  luto.  Cantá- 
banse allí  algunos  salmos,  i  en  seguida  se  sacaba  el  cadá- 
ver con  acompañamiento  de  todos  los  presentes.  El  féretro 
era  llevado   a  brazos  por  cuatro  hombres  que  estaban  al 


234  ESTUDIOS    HJSTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

servicio  de  la  iglesia  o  de  la  parroquia;  i  que  iban  vestido  de 
libretas  de  luco.  La  comitiva,  precedida  por  la  cruz  parro- 
quial, se  distribuia  en  dos  filas  por  ambas  veredas  de  las 
calles  que  era  preciso  recorrer,  dando  los  lugares  preferen- 
tes a  los  sacerdotes  que  marchaban  cantando  las  oracio- 
nes de  los  difuntos.  La  fúnebre  procesión  llegaba  así  a  la 
iglesia,  donde  la  esperaba  la  comunidad  relijiosa.  El  cadá- 
ver era  colocado  en  el  centro  de  la  iglesia,  i  permanecía  allí 
todo  el  tiempo  que  se  empleaba  en  los  funerales  o  en  las 
misas  que  se  decian  por  el  alma  del  difunto.  En  ciertas  oca- 
siones, se  predicaba  también  una  oración  fúnebre;  pero  el 
obispo  Aldai,  dando  cumplimiento  a  una  disposición  del 
concilio  iimense  de  1613,  mandó  en  la  constitución  XIV 
del  título  IX  del  sínodo  de  Santiago  de  1753,  que  no  pu- 
dieran predicarse  esos  sermones  sino  después  de  haber  sido 
revisados  por  la  autoridad  episcopal.  Mientras  duraba  to- 
da esta  ceremonia,  las  campanas  de  la  iglesia  hacian  oir 
los  dobles  de  difuntos. 

La  fosa  para  el  entierro  habia  sido'  abierta  de  antema- 
no. Removíase  el  piso  del  templo  en  una  cstension  de  dos 
o  tres  varas,  estraíase  la  tierra  necesaria  para  dar  cabida 
al  ataúd;  i  cuando  éste  habia  sido  sepultado,  se  acomo- 
daban, las  losas  o  los  ladrillos  cuidadosamente  para  hacer 
desaparecer  toda  señal  del  sitio  en  que  se  habia  hecho  el 
entierro.  Solo  sobre  las  sepulturas  de  los  obispos,  de  los 
presidentes  o  de  uno  que  otro  majistrado  era  permitido 
poner  una  lápida  con  una  inscripción  conmemorativa.  Aun 
en  estos  casos,  la  lápida  no  debia  sobresalir  del  piso  co- 
mún del  templo. 

Esta  práctica  ofrecía  dos  graves  inconvenientes.  La  fre- 
cuente remoción  del  pis  3  de  la  iglesia  hacia  que  éste  estu- 
viese frecuentemente  ahoyado  en  muchos  puntos.  Sucedía 
también  de  ordinario,  que  al  abrir  una  fosa,  h)S  seputure- 
ros  hallaban  ataúdes  u  osamentas  que  era  preciso  desalojar. 
En  efecto,  con  el  intervalo  de  algunos  años  se  ejecutaba 
una  operación  llamada  monda,  que  consistía  en  recojer  los 
huesos  dispersos   para   darles  colocación   en   un   sitio  de- 


BL    ENTIERRO    DH    LOS    MUERTOS  235 

terminado  que  se  llamaba  osario.  Casi  parece  escusado  ad- 
vertir que  en  las  iglesias  no  se  conocían  sepulturas  de  fa- 
milia. 

Pero  el  inconveniente  mas  grave  que  resultaba  de  esta 
práctica  era  el  convertir  en  lugares  de  infección  el  recinto 
de  los  templos,  donde  se  reunia  tanta  jente  ca'la  dia.  El 
aire  que  se  respiraba  en  ellos  cuando  permanecían  cerrados 
por  algunas  horas,  era  tan  mal  sano  i  tan  intolerable,  que 
era  indispensable  abrir  las  iglesias  antes  de  amanecer  para 
ventilarlas  antes  que  concurriesen  los  fieles;  i  aun  así  eran 
frecuentes  las  enfermedades  contraidas  por  haber  respirado 
las  exhalaciones  que  se  desprendían  del  suelo.  La  sepulta- 
ción en  los  templos,  condenada  ahora  por  todo  el  mundo, 
no  lo  era  entonces  sino  por  uno  que  otro  hombre  adelan- 
tado a  las  preocupaciones  de  su  época. 

Esta  clase  de  entierros  era  mui  costosa,  sobre  todo  si  se 
toma  en  cuenta  la  pobreza  jeneral  de  aquella  época;  pero 
nunca  alcanzó  a  los  gastos  considerables  con  que  el  lujo 
moderno  hace  la  sepultación  de  los  cadáveres.  Los  dere- 
chos parroquiales  eran  mayores  o  menores,  según  se  usara 
la  cruz  alta  o  baja  de  la  parroquia.  Los  sacerdotes  que 
acompañaban  íÚ  cura  en  la  fúnebre  procesión  eran  gratifi- 
cados con  una  propina  mas  o  menos  considerable,  según  la 
fortuna  del  finado.  La  apertura  déla  fosa  i  el  derecho  de 
entierro  en  ella  costaba  diversos  precios  según  fuera  el  sitio 
de  la  iglesia  en  que  se  hacía.  Son  curiosos  a  este  respecto 
los  datos  que  encuentro  consignados  en  un  antig'^j  apun- 
te que  tengo  a  la  mano  i  que  voí  a  estractar  abreviada- 
mente. 

Para  el  caso  de  entierros,  las  iglesias  estaban  divididas 
en  cuatro  partes  o  porciones.  En  la  primera,  que  estaba 
inmediata  al  presbiterio,  se  pagaban  en  la  catedral  cincuen- 
ta pesos  por  la  rotura  del  suelo,  i  doce  en  las  otras  igle- 
sias. En  la  segunda  sección,  la  catedral  cobraba  veinticin- 
co pesos,  i  ocho  las  demás  iglesias.  En  la  tercera,  la  cate- 
dral cobraba  diez  pesos,  i  seis  las  demás.  En  el  último  cuer- 
;po,  situado  cerca  de  la  puerta  de  entrada,  el  derecho  era 


286  ESTUDIOS    HíSTÓRICO-EIRLIOGRÁFICOS 

de  seis  pesos  en  la  catedral  i  de  cuatro  en  las  otras  iglesias. 
A  estos  gastos  habia  que  agregar  el  pago  de  la  cera  que  se 
consumia,  que  solia  rescatarse  por  la  cantidad  de  seis  pe- 
sos, de  los  dobles  de  las  campanas  i  muchos  otras  gastos 
que  era  indispensable  hacer. 

La  lei,  como  ya  hemos  visto,  queria  que  los  entierros  i 
los  funerales  se  hicier¿in  con  la  mayor  modestia  posible.  La 
cédula  de  Carlos  II  que  ya  hemos  citado,  habia  reglamen- 
tado con  este  objeto  los  funerales  i  el  uso  del  luto.  Pero 
con  el  trascurso  del  tiempu  se  fueron  olvidando  estas  pres- 
cripciones, i  se  introdujo  una  ostentación  estraordinaria 
en  esas  ceremonias.  Las  familias  ricas  hacían  tapizar  de- 
negro las  salas  de  la  casa  mortuoria  i  las  paredes  de  la 
iglesia^  usaban  de  riguroso  luto  i  vestían  del  mismo  modo 
a  sus  sirvientes  i  allegados,  convocaban  al  entierro  a  todas 
las  comunidades 'iclijíosas,  hacían  acompañar  el  cadáver 
con  muchas  miisicas  i  cantores,  i  gastaban  profusamente 
en  el  alumbrado.  El  presidente  de  Chile,  don  Ambrosio 
O'Híggins,  irritado  contra  este  lujo  indiscreto,  dictó  en  23 
de  setiembre  de  1793  un  bando  que  es  sin  duda  uno  de  los 
documentos  mas  curiosos  i  característicos  de  la  época  del 
coloniaje.  Como  este  documento  no  ha  sido  publicado  nun- 
ca, nos  permitiremos  insertarlo  íntegro.  Helo  aquí: 

"Don  Ambrosio  O'Híggins  Vallcnar,  Mariscal  de  Cam- 
po de  los  reales  ejércitos  de  su  majestad,  presidente,  gober- 
nador i  capitán  jeneral  de  este  reino  de  Chile,  etc. — Por 
cuanto  ^-arias  personas  celosas  i  desinteresadas  me  han 
instruido  que  de  tiempo  a  esta  parte,  olvidada  en  esta  ca- 
pital la  saludable  moderación  de  lutos  i  pompas  fúnebres 
que  prescribían  las  leyes  i  cédulas  de  su  majestad,  se  han 
cometido  últimamente  excesos  reparables  en  algunos  de 
los  últimos  entierros  i  honras  hechas  en  varias  iglesias, 
haciéndose  acompañamientos,  músicas  i  túmulos  suntuo- 
sos, dispensas  tan  grandes  como  inútiles  i  vituperables  con 
daño  de  los  sucesores  lejítimos  i  sentimiento  de  las  perso- 
nas juiciosas  i  verdadera  i  sólida  piedad,  que  penetrados 
de  este  desorden  me  han  representado  al  mismo  tiempo  la 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  237 

necesidad  de  hacer  renacer  los  antiguos  reglamentos  i  aña- 
dir las  providencias  convenientes  a  reprimir  i  cortar  los 
arbitrios  que  la  vanidad  o  la  ternura  mal  entendida  han 
inventado  para  frustrar  el  cumplimiento  de  las  leyes  i  eva- 
dir las  penas  en  que  por  su  infracción  incurrian.  I  a  fin  de 
evitar  la  continuación  de  este  daño,  ordeno  i  mando: 

''Primeramente  que  todo  cadáver  antes  de  sacarse  de  la 
casa  no  tenga  en  ella  mas  de  seis  hachas  i  cuatro  velas; 
que  así  deberá  permanecer  en  la  casa  o  iglesia  por  el  tiem- 
po de  veinticuatro  horas  sin  que  por  motivo  alguno  se  le 
sepulte  antes. 

"Que  con  las  mismas  seis  hachas  i  cuatro  velas  se  lleve 
el  cuerpo  a  la  iglesia  i  no  mas  en  caso  alguno;  que  no  se 
ponga  absolutamente  en  la  casa  del  duelo  cortina  ni  tapiz 
negro,  ni  mas  señal  de  luto  que  el  estrado  i  una  cortina  ne- 
gra de  bayeta  en  el  cuarto  de  la  viuda,  i  uno  i  otro  se  qui- 
te pasado  el  dia  de  las  honras;  que  no  se  altere  cosa  algu- 
na en  el  resto  de  la  casa,  quitando  o^cubriendo  adornos 
i  colgaduras  para  evitar  los  perjuicios  que  resultan  de  esas 
demostraciones  inútiles,  exajeradas  i  ajenas  de  la  resigna- 
ción cristiana. 

"Que  no  se  forme  duelo  ni  concurso  en  la  misma  habita- 
•cion  donde  se  coloque  el  cadáver  por  lo  nocivo  que  es  a  la 
salud  de  los  que  asisten  i  doloroso  a  los  parientes,  sin  que 
-sea  esto  sufrajio  a  los  difuntos. 

"Que  los  ataúdes  no  se  forren  en  telas  de  seda,  sino  en 
bayeta  u  olandilla  negra  precisamente  sin  otro  adorno  que 
una  cinta  del  mismo  color  o  morada,  clavada  con  tachue- 
las de  fierro  i  no  de  otro  metal;  que  no  se  pongan  en  las 
calles  ni  lugares  por  donde  pase  el  entierro  posas  ^,  luces 
ni  paramentos,  debiendo  estar  el  cadáver  en  el  féretro  so- 
bre el  suelo  o  una  tarima  sin   cubierta;  i  en  caso  de  ser  el 


1  Dábase  este  nombre  a  cierta  clase  particular  de  dobles  de  las 
<;arapanas  por  los  difuntos;  i  también  a  los  descansos  que  la  co- 
mitiva fúnebre  solia  hacer  en  ciertos  sitios  de  su  camino  para  can- 
tar el  responso. 


288  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

cadáver  de  algún  niño,  sobre  una  mesa  o  a  lo  menos  con 
cuatro  luces. 

"Que  en  el  dia  del  entierro  ni  el  de  las  honras  se  vistan 
de  luto  los  bancos  i  paredes  de  las  iglesias,  no  haya  otro 
paño  negro  que  el  que  puede  cubrir  el  pavimento  que  ocupe 
el  féretro  o  andas  en  que  esté  el  cuerpo:  que  ningún  criado 
de  cualquier  clase  vista  luto  por  sus  amos  difuntos,  i  que 
los  que  asistan  al  entierro  llevando  las  velas  que  han  de 
acompañar  el  cuerpo  hasta  la  iglesia  lleven  solo  sus  libreas- 
o  trajes  ordinarios. 

"Que  los  lutos  por  muerte  de  persona  que  esté  en  el  pri- 
mer grado  de  consanguinidad  solo  dure  por  seis  meses. 

"Que  en  los  entierros  de  aquellos  que  aun  no  han  salido 
de  la  infancia  i  por  quienes  la  iglesia  celebra  misa  de  ánje- 
les,  solo  se  pongan  en  la  casa,  mientras  está  el  cuerpo  en 
ella,  i  en  la  iglesia  hasta  que  se  sepulte,  cuatro  hachas  i 
cuatro  velas,  i  solo  se  forren  sus  ataúdes  de  tafetán  i  na 
de  otra  tela:  que  el  vestido  de  estos  párvulos  no  pueda 
ser  jamas  sino  de  la  tela  de  tafetán,  sin  galón,  encaje,  bor- 
dado o  cinta. 

"Que  no  se  mantengan  luces  encendidas  sobre  los  sepul- 
cros por  mas  tiempo  que  el  que  precisamente  demoren  el 
entierro  i  las  honras. 

"Que  no  haya  mas  música  en  una  i  otra  función  que  la 
propia  de  la  iglesia  en  que  se  hagan,  i  que  ésta  sea  de  canto 
llano  i  órgano  bajo,  so  la  pena  de  quince  dias  de  prisión  al 
músico  secular  que  concurriere. 

"Que  para  que  no  se  frustren  estas  benéficas  disposicio- 
nes sobre  el  niimero  de  luces  a  pretesto  de  encenderlas  en 
los  nichos  i  santos  i  demias  altares  en  que  precisamente  se 
celebre  misas  por  las  almas  de  los  difuntos  en  el  dia  de  sus 
entierros,  no  hayan  ni  se  pongan  mas  quedos  encada  altar 
en  que  se  diga  misa,  i  que  concluido  el  santo  sacrificio  se 
apaguen  como  se  hace  de  ordinario. 

"Que  solo  la  comunidad  relijiosa  en  cuya  iglesia  se  ha- 
yan de  hacer  los  funerales  vayan  a  la  casa  a  traer  el  cuer- 
po á  la  iglesia  i  hacer  allí  sus  responsos  i    predicaciones  de 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  239 

difuntos,  pues  los  demás  no  necesitan  para  hacer  sufrajio» 
salir  de  sus  claustros  i  distraerse  de    sus    santas  ocu pació 
nes. 

Últimamente  que  todos  los  artículos  anteriores  se  guar* 
den  i  observen  inviolablemente,  pena  de  mil  pesos  aplica- 
dos a  beneficio  de  los  hospitales  i  de  los  que  denunciaren 
la  mas  pequeña  contravención  a  su  tenor,  sin  perjuicio  de 
su  cuidado  particular  que  encargo  sobre  todo  a  todos  los 
jueces,  justicias  i  ministros  de  ellos  para  que  cuiden  de  su 
ejecución.—  Don  Ambrosio  Higgins  Vallenar.— Pe c/ro /o— 
sé  de  ligarte. 

"Doi  fe  la  necesaria  en  derecho  como  el  bando  contenido 
en  las  dos  fojas  anteriores  fué  publicado  en  los  lugares  pú- 
blicos i  acostumbrados  de  esta  capital  al  son  de  caja  i  con 
dos  pregoneros  en  altas  e  intelljibles  voces;  i  para  que  cons- 
te lo  pongo  por  dilijencia  en  Santiago  de  Chile  a  veinte  i 
tres  de  noviembre  de  mil  setecientos  noventa  i  tres.— Fran- 
cisco Águila,  escribano  i  receptor." 

Las  disposiciones  de  este  bando,  que,  como  se  ve,  regla- 
mentaban los  actos  de  la  vida  doméstica  i  privada  de  las 
familias,  e  impedia  a  pretesto  de  evitar  el  lujo,  la  libre  ma- 
nifestación del  sentimiento  que  causaba  la  muerte  de  un 
deudo  querido,  siguieron  rijiendo  en  Chile  hasta  después  de 
la  independencia  en  materia  de  entierros  i  de  duelos  de  las 
personas  ricas.  La  sepultación  de  los  pobres  se  hacia  de 
una  manera  distinta,  como  pasamos  a  referirlo  en  segui- 
da. 

En  los  primeros  dias  de  la  conquista,  i  tan  luego  como 
existió  en  Santiago  un  hospital  bajo  la  advocación  de  san 
Juan  de  Dios,  los  pobres  de  la  ciudad  i  de  las  inmediacio- 
nes eran  sepultados  gratuitamente  en  la  iglesia  de  ese  esta- 
blecimiento. Esta  misma  costumbre  se  observaba  en  casi 
todos  los  hospitales  de  América.  Ya  podrán  suponerse  los 
inconvenientes  que  esta  práctica  ofrecia  convirtiendo  las 
casas  de  sanidad  en  verdaderos  focos  de  infección.  Pero  su- 
cedia,  ademas,  que  aun  se  mandaba  enterrar  en  aquella  lo- 
calidad a  personas  acomodadas  cuando  sus  parientes  o  here- 


240  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

deros  querían  ahorrar  el  derecho  de  sepultura.  Las  quejas 
de  los  curas  contra  esas  prácticas  llegaron  ala  corte;  i  Feli- 
pe lY  por  cédula  de  4  de  setiembre  de  1652  dispuso  que  en 
las  iglesias  de  los  hospitales  no  se  pudieran  enterrar  mas 
que  los  cadáveres  de  los  enfermos  que  muriesen  en  ellos,  a 
menos  que  se  pagase  previamente  al  párroco  los  derechos 
respectivos.  Esta  misma  disposición  fué  repetida  por  la 
constitución  lY,  cap.  8*^  del  sínodo  del  obispo  Carrasco,  i 
por  la  constitución  Y  del  tít.  18  del  sínodo  del  obispo  Al- 
dai. 

Estas  disposiciones  dejaban  sin  un  higar  de  sepultura  a 
los  cadáveres  de  los  pobres,  a  quienes  amparaba,  por  otra 
parte,  la  lei  mandando  en  repetidas  ocasiones  que  fuesen 
sepultados  gratuitamente.  La  caridad  pública  vino  a  lle- 
nar este  vacío.  Establecióse  en  Santiago  una  cofradía  de 
caridad  bajo  la  advocación  de  San  Antonio  de  Padua,  i 
con  las  erogaciones  de  los  hermanos,  a  quienes  se  les  seña- 
laron en  recompensa  algunas  gracias  espirituales,  se  com- 
pró un  terreno  a  cuadra  i  media  de  la  plaza  principal,  en  la 
antigua  calle  de  la  Nevería*,  se  construyó  allí  una  modesta 
capilla,  i  se  estableció  un  Campo  Santo  o  enterratorio  en 
un  patio  inmediato. 

Ese  fué  por  cerca  de  dos  siglos  el  lugar  de  sepultura  de 
los  indios  i  de  los  pobres.  La  lei  eximia  del  pago  de  todo 
derecho  por  sepultura;  i  el  concilio  limense  de  1582,  cele- 
brado bajo  la  presidencia  de  Santo  Toribio  de  Mogrovejo, 
repitiendo  otra  disposición  consignada  en  el  concilio  segun- 
do celebrado  en  esa  ciudad,  habria  confirmado  por  la  cons- 
titución XXXYIII  del  tít.  II,  la  prohibición  hecha  a  los 
curas  de  cobrar  emolumento  alguno  a  esos  infelices. 

A  pesar  de  todo,  en  Chile,  como  en  las  otras  colonias  es- 
pañolas, hubo  siempre  párrocos  infl.^xibles  para  cobrar  de- 
rechos que  la  lei  prohibía  percibir.  Esplotando  la  creduli- 
dad i  la  ignorancia  de  esas  jentes,  obligaban  a  los  herede- 
ros del  difunto  a  gastar  casi  cuanto  tenía  para  costear  un 
entierro  suntuoso.  Es  preciso  leer  en  el  inf)rme  secreto  de 
•  don  Jorje  Juan  i  de  don  Antonio  de  Ulloa    lo  que  se    refiere 

*  Hoi  Veintiuno  de  Majo. 


EL    ENTIERRO    DE   LOS   MUERT(  S  241 

sobre  este  particular  para  formarse  idea  de  los  abusos  a 
que  hablan  dado  lugar  en  el  virreinato  del  Perú  los  entie- 
rros de  los  indios.  En  Chile  se  repitieron  también  estas  in- 
fracciones de  la  lei.  Por  eso  el  sínodo  del  obispo  Carrasco, 
en  la  constitución  XV  del  capítulo  IV  consigna  el  mandato 
siguiente:  "Por  haber  entendido  que  muchos  curas  contra- 
vienen a  lo  mandado  por  el  concilio  limense  i  sinodal  de  es- 
te obispado,  i  por  las  cédulas  reales  acerca  de  los  entierros 
de  los  indios,  i  no  bastando  las  prohibiciones  dichas  para 
que  no  se  dejen  arrastrar  por  la  codicia  con  jente  tan  pobre 
i  miserable,  mandamos  a  todos  los  curas  debajo  de  precep- 
to sub  pecato  tnortali,  observen  lo  mandado  por  dicho  con- 
cilio i  sinodal  i  cédulas  reales  puntualmente;  i  así  no  lleva. 
rán  derechos  algunos  por  la  sepultura,  ni  por  sus  entierros 
ni  por  los  ataúdes  o  andas  en  que  ponen  los  cuerpos  di- 
funtos, ni  por  el  doble  de  las  campanas;  ni  les  obligarán  a 
que  se  hagan  posas,  i  harán  los  dichos  entierros  con  la  cruz 
alta,  de  balde  i  sin  dejar  de  llevarla."  Queriendo  unir  el 
ejemplo  al  precepto,  el  obispo  Carrasco  asistia  frecuente- 
mente con  sus  canónigos  a  los  entierros  gratuitos  de  los  po- 
bres, que  tenian  lugar  en  el  Campo  Santo  de  la  caridad, 
por  lo  cual  da  las  gracias  al  sínodo  de  1688  en  la  constitu- 
ción IV  del  capítulo  VIL  El  sínodo  del  obispo  Aldai  repite 
la  misma  prescripción;  pero  debemos  recordar  que  tanto 
allí  como  en  el  sínodo  anterior  se  advierte  que  esta  exención 
de  derechos  se  refiere  particularmente  a  los  indios  pobres 
de  los  campos,  porque  cuando  la  familia  del  difunto  poseia 
algunos  bienes,  debia  pagar  un  peso  por  el  derecho  de  en- 
tierro. 

En  la  segunda  mitad  del  siglo  XVIII  se  estableció  ade- 
mas otro  Campo  Santo  en  Santiago.  La  sepultación  de  los 
muertos  en  la  iglesia  de  san  Juan  de  Dios,  aun  limitándola 
a  los  cadáveres  de  los  enfermos  que  morianen  ese  estableci- 
miento, la  habían  convertido  en  depósito  de  huesos  huma- 
nos en  donde  no  era  posible  continuar  los  entierros.  Com- 
próse con  este  motivo  un  lote  de  terreno  al  sur  de  la  ciudad; 
i  después  de  bendecirlo,  se  le   convirtió    er>    cementerio  del 

TOMO   X  16 


242  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

hospital.  Parece  que  allí  también  podían  ser  enterrados  los 
pobres  que  morian  en  ese  barrio  de  la  ciudad.  Este  cemen- 
terio estaba  situado  en  la  calle  actual  de  San  Francisco, 
poco  mas  al  sur  del  canal  de  San  Miguel. 

No  era  raro  que  algunos  militares  que  no  tenían  familia 
en  el  lugar  de  su  ressidencia,  fuesen  a  medicinarse  a  los  hos- 
pitales i  que  muriesen  en  ellos.  Suscitóse  con  este  motivo 
en  varios  lugares  de  América  una  cuestión  con  respecto  al 
lugar  de  su  entierro,  que  como  todas  las  dudas  que  nacían 
de  un  punto  cualquiera  de  administración,  fué  sometido  al 
fallo  del  rei.  Carlos  IV,  por  cédula  de  17  de  febrero  de  1800 
declaró  que  los  militares  que  fallecieren  en  los  hospitales, 
fueran  sepultados  conforme  a  su  última  voluntad  o  por 
disposición  arbitraria  de  sus  albaceas. 

Estas  prácticas,  como  hemos  dicho,  se  conservaron  en 
nuestro  pais  hasta  después  de  habernos  emancipado  de  la 
metrópoli.  A  fines  del  siglo  XVIII  una  calamidad  ocurri- 
da en  España  vino  a  llamar  la  atención  de  las  autoridades 
i  a  hacer  pensar  seriamente  en  la  necesidad  de  construir  ce- 
menterios fuera  el  recinto  de  las  ciudades.  En  1781  se  desa- 
rrolló en  la  villa  de  Pasajes,  provincia  de  Guipúzcoa,  una 
espantosa  epidemia  semejante  a  otras  que  en  años  anterio- 
res habian  asolado  diversos  pueblos  de  la  Península.  Algu- 
nos hombres  ilustrados  esplicaron  la  causa  de  estas  desgra- 
cias atribuyéndola  a  la  perniciosa  costumbre  de  enterrar 
los  cadáveres  en  las  iglesias,  convirtiendo  a  éstas  en  verda- 
deros focos  de  infección.  Carlos  III  que  reinaba  entonces,  i 
sus  ministros  i  consejeros,  que  eran  por  fortuna  bastante 
adelantados  a  las  preocupaciones  de  su  siglo  i  de  su  pais,  se 
sintieron  dispuestos  a  buscar  el  verdadero  remedio  al  mal 
que  se  les  denunciaba.  Pero  la  opinión  vulgar  oponía  las 
mas  formidables  dificultades  a  la  construcción  de  cemente- 
rios. Creíase  jeneralmente  que  la  sepultación  de  los  cadá- 
veres en  otro  lugar  que  no  fuera  la  iglesia  o  un  patio  inme- 
diato a  ella,  era  una  profanación  inaceptable.  Por  otra 
parte,  las  familias  acomodadas,  las  personas  que  tenían  tí- 
tulos de  nobíeza  o  que  ocupaban  una  elevada   posición  so- 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  -  243 

cial,  no  podían  resignarse  a  que  sus  restos  mortales  fueran 
enterrados  al  aire  libre  i  a  poca  distancia  de   los    plebeyos. 
Fué  necesario  que  el  rei  comenzara  su  obra   por  combatir 
estas  preocupaciones  para  ilustrar  la  opinión   a  este  res- 
pecto. Al  efecto,  pidió  informe  a  los  arzobispos  i  obispos  i  a 
diversas  corporaciones,  e  hizo  publicar  los  dictámenes  fa- 
vorables al  establecimiento    de   cementerios.    Don    Benito 
Bails,  matemático  catalán  que  gozaba  de  gran  reputación 
en  toda  España,  publicó  una  memoria,  o   colección  de  do- 
cumentos con  el  título  ''Pruebas  de  ser  contrario  a  la  prác- 
tica de  todas  las  naciones  i  ala  disciplina  eclesiástica,  i  per- 
judicial a  la  salud  de  los  vivos,  enterrar  los  difuntos  en  las 
iglesias  i  poblados".  La  real  Academia  de  la  Historia,  des- 
pués de  oir  el  parecer  de  uno  de  los  pensadores  mas    distin- 
guidos de  su  siglo,  don  Gaspar  Melchor    de  Jovellanos,  dio 
un  informe  en  que  después  de  discutir  la    cuestión    bajo  su 
aspecto  histórico,  civil  i  relijioso,  sostenia  que  la  práctica 
de  sepultar  los  cadáveres  en  las  iglesias,    era    contraria  no 
solo  a  la  salubridad  pública  sino  a  las  doctrinas  relijiosas. 
No  bastó  todo  esto  para  desarmar  las  preocupaciones.  En 
1783,  el  rei  hizo  construir  a  sus  espensas  un  cementerio  en 
el  sitio  real  de  San  Ildefonso,  i  en  3  de  abril  de  1787  espidió 
la  real  cédula  que  sigue:  ''fie  tenido  a  bien  resolver  i  man- 
dar, dice  en  ella,  que  se  observen   las  disposiciones  canóni- 
cas, de  que  soi  protector,   para  el  restablecimiento  de  la 
disciplina  de  la  iglesia  en  el  uso  i  construcción  de  cemente- 
rios, según  lo  mandado  en  el  ritual  romano,  i  en  la  lei  11, 
tít.  XIII,  Part.  1^,  cuj^a  regla  i  escepciones  quiero  se  sigan 
ahora,  con  la  prevención  de  que  las  personas  de  virtud  o 
santidad,  cuyos  cadáveres  podrán  enterrarse  en  las  igle- 
sias, según  la  misma  lei,   hayan  de  ser  aquellos   por  cuya 
muerte  deban  lo  ordinarios  eclesiásticos  formar    procesos 
de  virtudes  i  milagros,  o  depositar  sus  cadáveres  conforme 
a  las  decisiones  eclesiásticas,  i  que  los  que  podrán  sepultar- 
se por  haber  escojido  sepulturas,  hayan  de  ser  únicamente 
los  que  ya  las  tengan  propias  al  tiempo  de  espedirse  esta  cé- 
dula." A  pesar  de  esta  terminante  prescripción  i  de  otras 


244  ESTUDIOS  HISTÓRTCO-BIBLIOGRÁFICOS 

que  se  le  siguieron,  se  puede  decir  que  solo  en  1805  se  ini- 
ciaron en  España  los  trabajos  de  construcción  de  cemen- 
terios. 

Sin  duda  alguna,  las  mismas  razones  que  habia  en  la 
península  para  plantear  esta  reforma  existian  para  llevar- 
la a  cabo  en  las  apartadas  colonias  de  América.  Sin  embar- 
go, solo  el  27  de  marzo  de  1789  Carlos  VI  espidió  una  real 
cédula  por  la  cual  mandaba  que  los  diocCvSanos  i  vice-pa- 
tronos  de  Indias  informasen  a  la  mayor  brevedad  sobre  el 
establecimiento  de  cementerios  en  estos  paises.  El  presiden- 
te de  Chile,  que  lo  era  a  la  sazón  don  Ambrosio  O'Higgins, 
desplegó  con  este  motivo  una  grande  actividad  para  reco- 
jer  todas  las  noticias  que  se  le  pedian,i  para  hacer  levantar 
planos  i  presupuestos  para  la  construcción  de  capillas  i  de 
cercados  en  los  afueras  de  las  ciudades,  para  dar  sepultura 
a  los  cadáveres.  O'Higgins  esperimentó   entonces  las  mis- 
mas dificultades  que  con   ese  motivo  se   hicieron   sentir  en 
España  i  en  toda  la  América.   Las  poblaciones  ignorantes 
oponian  por  todas   partes   una   resistencia  encarnizada  a 
esta  innovación.  El  vulgo  creia  que  el  entierro  de  los  cadá- 
veres fuera  de  las  iglesias  perjudicaba  esencialmente  al   al- 
ma de  los  difuntos.  A  los  obstáculos  opuestos  por  la  igno- 
rancia  i   la  superstición  se   agregaron   otros  que  no  pudo 
vencer  la  decidida   voluntad  del   presidente   O'Higgins.  El 
tesoro  públjco  no' poseia  los  recursos  indispensables  para 
ejecutar  los  nuevos  trabajos.  Así  se  comprenderá  que  ese 
mandatario  dictase  el  bando  de  1793,  que  hemos  copiado 
mas  atrás,  para   reglamentar  los  entierros  que  se  hacian 
en  las  iglesias,  i  que  nada  hablase  allí  de  los    proyectados 
cementerios,  que  parecia  imposible  ejecutar. 

Lo  que  pasó  en  Chile  ocurrió  igualmente  en  la  otras  pro- 
vincias americanas.  Las  repetidas  leyes  dictadas  por  el  rei 
con  el  mismo  objeto,  quedaron  sin  cumplimiento  por  en- 
tonces. El  virrei  del  Perú,  don  José  Fernando  de  Abascal, 
venciendo  todo  jénero  de  obstáculos,  abrió  en  31  de  mayo 
de  1808  el  cementerio  jeneral  de  Lima,  i  contaba  este  acto 
como  uno  de  los  mas  gloriosos  de  su  gobierno. 


BL    ENTIERRO    DE    LOS   MUERTOS  245 

Llegó  por  fin  para  nuestro  país  la  revolución  de  la  inde- 
pendencia sin  que  se  hubiera  dado  un  solo   paso  efectivo  i 
eficaz  por  la  realización  de  esta   importante  reforma.   En 
1810,  los  templos  eran  todavía  en  Chile  el  lugar  de  sepul- 
tura de  todos  los  que  dejaban   bienes  con  qué  pagar  esta 
clase  de  entierro.   Sin  embargo,  en  esa  época  los  hombres 
mas  adelantados  por  su  instrucción  i  por  su  intelijencia,  se 
preocupaban  con  la  idea  de  crear  cementerios  fuera  de  las 
ciudades.  He  visto  un  papel  escrito  por  don  Bernardo  O'Hi- 
ggins  en  1811,  en  que  habia  apuntado  las  indicaciones  o 
proyectos  que  como  diputado  por  el  partido  de  los  Anjeles, 
debia  presentar  al  primer  congreso  nacional.   Allí  indicaba 
la  necesidad  de  crear  cementerios  fuera  de  las  ciudades,  co- 
mo una  medida  indispensable  para   la  salubridad  pública. 
■Se  sabe  que  O'Higgins,  que  habia  pasado  algunos  años   de 
su  juventud  en  Inglaterra,  trajo  de    este  pais  muchas  ideas 
de  mejoras  locales  que  mas  tarde  pudo   plantear  en  Chile. 
Tratóse  este  asunto  en  el  congreso  de   1811,  i  se   formo 
sobre  él  un  grueso  espediente  en  que  se  reunieron  las  reales 
cédulas  que  habia  dictado  el  gobierno  de  la  metrópoli  i  los 
informes  dados  por  diversos  funcionarios  i  corporaciones. 
El  del  cabildo  de  Santiago,  muí  favorable  a  la  reforma  ini- 
ciada,  vino  a  poner  término   a  las  dudas  i  vacilaciones.  Al 
fin,  el  congreso  dictó  una  leí  sobre  el  particular,  que,  según 
creemos,  no  ha  sido  publicada  nunca,  i  que  por  esto  mismo 
vamos  a  insertarla  íntegra.  Hela  aquí: 

^'Santiago  i  octubre  18  de  1811. 

''Visto  éste  tan  injustamente  retardado  como  importan- 
te espediente,  se  declara  que  desde  luego  deben  cumplirse 
las  reiteradas  providencias  que  destierren  la  indecente  i  no- 
civa costumbre  de  sepultar  los  cadáveres  en  las  iglesias. 
Que  a  este  efecto  se  trate  de  construir  un  cementerio  público 
i  común  en  la  parte  que  designa  el  a^^untamiento,  conci- 
liando  la  comodidad  de  los  concurrentes  con  la  situación 
del  edificio;  de  modo  que  colocado  éste  a  sotavento  de  la 


246  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

ciudad  alejen  de  ésta  los  vientos  dominantes  la  infección 
que  no  puede  evitarse  por  medio  de  las  precauciones  cono- 
cidas. Para  designar  la  ubicación,  para  activar  la  obra, 
para  procurar  arbitrios  de  realizarla,  se  encargarán  tres 
personas  de  celo  i  carácter,  uno  elejido  por  el  congreso,  i 
será  su  actual  presidente  Excmo.  señor  don  Joaquin  La- 
rrain;  la  otra  por  la  autoridad  ejecutiva  i  el  procurador 
eneral  por  el  cabildo,  a  quien  se  comunicará  esta  resolución. 
Como  la  falta  de  fondos  ha  sido  la  causa  o  pretesto  para 
la  inejecución  de  una  obra  porque  reclama  el  respeto  debi- 
do al  santuario,  la  salud  pública  i  el  ejemplo  de  los  paises 
cultos,  para  ocurrir  a  este  defecto,  a  mas  de  la  dilijencias 
de  los  comisionados,  contribuirá  una  suscripción  que  em- 
pezará por  los  individuos  del  cuerpo  i  cuya  circulación  se 
encarga  a  la  piedad  i  patriotismo  del  coronel  don  Pedro 
Prado,  don  Joaquin  Sotomajor,  capitán  don  Lúeas  Arria- 
rán, don  Antonio  Sol  Martoriel,  reverendo  padre  ex-pro- 
vincial,  doctor  Fr.  Francisco  Javier  Guzman,  R.  P.  Fr.  Lo- 
renzo Videla  i  conjuez  don  Francisco  Pérez;  quienes  excita- 
rán a  la  voluntaria  contribución,  no  solo  haciendo  presente 
los  bienes  que  de  ello  han  de  resultar  al  común,  sino  fran- 
queando las  distinciones  que  aseguran  a  sus  personas  o  sus 
familias  los  que  por  alguna  erogación  se  hacen  acreedores 
a  perpetuar  la  consideración  debida,  i  que  las  cenizas  de 
sus  pariente  reunidas  en  un  lugar  exciten  la  memoria  de  su 
piedad,  jeneralmente  se  estimula  a  todo  ciudadano  a  pro- 
poner cuanto  le  ocurra  conducente  a  tan  santo  fin,  que  se- 
rá un  objeto  del  interesante  conato  del  gobierno  hasta  verlo 
practicado  en  la  capital,  i  a  su  ejemplo  en  todo  el  reino, 
circulándose  a  todas  sus  partes  esta  resolución  que  preci- 
samente empezará  a  verificarse  en  esta  ciudad  el  primero 
de  mayo  del  año  próximo.— Joaquin  Larrain^  presidente. — 
Manuel  Antonio  Kecábárren^  vicepresidente.— Mazzne/  Sa- 
las, diputado  secretario". 

El  siguiente  dia,  19  de  octubre  de  1811,  tuvo  lugar  en 
el  seno  del  congreso  la  renovación  quincenal  de  su  directo- 
rio. El  nuevo  presidente  fué  el  Dr.  don  Juan  Pablo  Frétes, 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  247 

natural  de  Buenos  Aires,  pero  canónigo  de  la  catedral  de 
Santiago,  i  uno  de  los  mas  ardorosos  promotores  de  la  re- 
volución. El  mismo  dia  que  tomó  la  presidencia  del  con- 
greso, hizo  circular  un  manifiesto  escrito,  según  parece,  por 
don  Manuel  Salas,  en  que,  esplicando  el  decreto  anterior, 
demostraba  que  la  práctica  de  sepultar  los  cadáveres  en  el 
recinto  de  los  templos, nacida  déla  ignorancia  de  la  supers' 
ticion,  era  contraría  no  solo  a  la  hijiene  i  a  la  salubridad 
de  las  ciudades,  sino  también  condenada  por  la  primitiva 
iglesia.  Este  manifiesto,  sin  embargo,  fué  impotente  para 
combatir  la  preocupación  reinante  en  todos  los  pueblos  de 
oríjen  español. 

A  pesar  de  los  términos  en  que  estaba  concebida  esta  re- 
solución i  del  término  perentorio  que  allí  se  fijaba  para  la 
apertura  del  cementerio  de  Santiago,  pasaron  todavía  al- 
gunos años  antes  que  se  llevara  a  efecto  la  reforma  inicia- 
da. Fué  inútil  que  Camilo  Henríquez  insistiera  en  ese  pensa- 
miento en  un  artículo  que  publicó  en  el  número  4  de  la 
Aurora  de  Chile;  para  señalar  los  perjuicios  que  ocasionaba 
a  la  salud  pública  la  sepultación  en  las  iglesias.  Los  tras- 
tornos consiguientes  a  la  revolución,  la  necesidad  de  aten- 
der preferentemente  los  negocios  de  la  guerra,  i  hasta  el 
interés  que  tanto  el  gobierno  revolucionario  como  el  go- 
bierno realista  tenian  de  no  enajenarse  la  voluntad  del  pue- 
blo, consumando  una  innovación  que  el  vulgo  condenaba 
tenazmente,  fueron  causa  de  que  se  aplazase  hasta  tiempos 
mas  tranquilos.  En  1819,  el  director  supremo  don  Bernar- 
do O'Higgins,  cuya  voluntad  enérjica  no  retrocedía  ante 
las  dificultades  que  podian  hallar  las  medidas  de  esta  na- 
turaleza, volvió  a  ocuparse  en  la  cuestión  de  cementerios, 
i  esta  vez  para  resolverla  definitivamente. 

Se  sabe  que  por  entonces  la  república  estaba  gobernada 
por  la  constitución  provisoria  de  1818,  según  la  cual  el  po- 
der lejislativo  residía  en  un  senado  compuesto  de  cinco  vo- 
cales que  nombraba  el  director  supremo.  Por  indicación  de 
éste,  aquella  corporación  dictó  la  lei  que  copiamos  en  se- 
guida: "En  la  ciudad  de  Santiago  de  Chile  a  veinteiseis  dias 


248  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

del  mes  de  agosto  de  mil  ochocientos  diez  i  nueve  años,  ha- 
llándose el  Excmo.  Senado  en  su  sala  de  acuerdo,  i  en  sesio- 
nes estraordinarias,  se  volvió  a  discutirla  ardua  e  interesan- 
te empresa  sobre  formación  de  cementerios,  que  ya  se  habia 
tocado  en  otras  sesiones;  i  resolvió  S.  E.  que,  siendo  indu- 
dable la  utilidad  de  este  establecimiento  mandado  ejecutar 
por  el  soberano  congreso  de  Chile  en  presencia  de  los  ante- 
cedentes que  fundamentaron  la  decisión,  a  la  que  precedió 
el  conocimiento  de  la  cédula  de  15  de  mayo  de  mil  ocho- 
cientos cuatro,  por  la  que  se  mandó  la  construcción  de 
cementerios  en  América,  debia  procederse  a  la  mui  pronta 
ejecución  de  una  obra  que,  si  se  encamina  a  consultar  la 
salud  pública,  tiene  por  objeto  el  mayor  decoro  i  decencia 
de  los  templos.  No  parece  justo  que  la  casa  de  oración  en 
que  los  fieles  tributan  al  Ser  Supremo  la  adoración  i  culto 
que  le  es  tan  debido,  i  en  la  que  dirijiendo  sus  votos  a  la 
deidad,  se  emplean  en  sus  alabanzas  i  en  asistir  a  los  sa- 
grados sacrificios  presenciando  los  actos  mas  respetables 
de  nuestra  relijion  santa,  venga  a  ser  el  depósito  de  los  ca- 
dáveres i  de  la  corrupción.  La  costumbre  de  sepultar  en  los 
templos,  que  ha  parecido  piadosa,  i  que  en  realidad  es  la 
mas  degradante  al  catolicismo,  debe  cortarse  cuando  im- 
periosamente lo  exije  el  honor  de  la  relijion,  i  lo  pide  la 
necesidad  de  mirar  por  la  salud  pública.  Ya  se  han  tocado 
mui  de  cerca  los  funestos  resultados  en  la  sepultación  de  las 
iglesias  que  a  las  veces  no  se  frecuenten  por  muchos  católi- 
cos, o  por  temer  el  castigo  de  una  enfermedad  epidémica, 
o  por  no  ser  tolerable  el  terrible  fetor  que  se  difunde  por 
todo  el  templo.  Estos  antecedentes  precisan  a  S.  E.  a  de- 
cretar el  establecimiento  de  cementerios,  ordenando  que 
para  su  formación  se  nombre  por  el  Excmo.  señor  supremo 
Director  una  comisión  que  haya  de  tratar  de  lo  material 
i  formal  de  una  obra  tan  proficua  i  ventajosa  al  pais,  de- 
clarando que  ésta  deba  entenderse  con  el  Excmo.  Senado 
para  acordar  los  arbitrios  de  que  deba  echarse  mano  para 
la  consecución  del  fin  propuesto,  i  su  conservación,  pre- 
sentándole los  mejores  planos  demostrativos  de  la  forma 


EL   ENTIERRO   DE    LOS    MUERTOS  249 

de  la  obra  i  orden  que  debe  guardarse eu ella;  i  para  el  cum- 
plimiento de  esta  disposición  i  la  comunicación  de  los  res- 
pectivos diocesanos,  mandó  S.  E.  se  remitiera  copia  de  este 
acuerdo  al  Excmo.  señor  supremo  Director,  firmando  los 
señores  con  el  infrascrito  secretario.— Pére^. — Alcaide. — Ro- 
zas.— Cienfaegos. — Fontesilía.—Villarreal,  secretario." 

En  virtud  de  esta  lei,  el  Director  O'Higgins  nombró  una 
comisión  compuesta  del  presbítero  doctor  don  Alejo  Eiza- 
guirre,  don  Manuel  Salas,  don  Juan  José  Goicolea  i  don 
Manuel  Joaquín  de  Valdivieso,  con  encargo  de  hacer  todos 
los  trabajos  necesarios  para  la  próxima  apertura  del  ce- 
menterio de  Santiago. 

Una  circunstancia  inesperada  vino  en  esos  momentos  a 
estimular  a  los  gobernantes  de  Chile  a  realizar  esa  obra. 
Según  las  leyes  vijentes,  en  los  enterratorios  que  hasta  en- 
tonces existian  no  podian  ser  sepultados  mas  que  los  cató- 
licos, que,  como  se  sabe,  eran  los  únicos  individuos  que 
podian  residir  en  las  colonias  del  reí  de  España.  Pero,  desde 
los  primeros  dias  de  la  independencia  hablan  llegado  a 
Chile  algunos  comerciantes  o  militares  estranjeros  que  el 
gobierno  habia  recibido  con  gran  favor.  No  habiendo  en  el 
pais  un  lugar  destinado  a  la  sepultura  de  los  protestantes, 
los  cadáveres  de  éstos  eran  enterrados  en  los  campos,  i 
ordinariamente  en  los  cerros  vecinos  a  las  poblaciones.  Re- 
feríase entonces  que  algunos  comerciantes  ingleses  hablan 
preferido  sepultar  los  cadáveres  de  sus  hijos  dentro  del 
recinto  de  sus  propias  casas  para  no  esponerlos  a  la  profa- 
nación de  un  entierro  en  campo  abierto.  Sabíase,  en  efecto, 
que  en  Valparaíso  habia  sido  desenterrado  el  cadáver  de 
un  protestante,  i  arrojado  a  la  playa  con  inhumana  bar- 
barie. En  1819,  el  progreso  jeneral  de  las  ideas  de  toleran- 
cia relijiosa,  i  mas  que  todo,  el  carácter  progresista  e  ilus- 
trado del  director  supremo,  infundieron  confianza  a  los 
residentes  estranjeros,  i  los  alentaron  a  hacer  una  solicitud 
para  reclamar  el  derecho  de  cementerio.  Con  fecha  30  de 
noviembre  de  1819,  cuarenta  i  ocho  estranjeros  protestan- 
tes, en  su  mayor  parte  ingleses,  se  dirijieron   al  gobierno 


250  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

representando  el  derecho  que  tenían  al  respecto  de  sus 
creencias,  i  pidiendo  que  se  les  concediese  permiso  para 
comprar  en  las  inmediaciones  de  Santiago  i  de  Yalparaiso, 
un  terreno  a  propósito  para  enterrar  a  los  muertos  se- 
gún sus  ritos  relijiosos.  El  director  supremo  no  vaciló  en 
acceder  a  esta  solicitud;  i  con  fecha  de  14  de  diciembre  de 
ese  mismo  año  espidió  el  decreto  que  sigue:  ''Es  mui  justo 
que  los  estranjeros  residentes  en  Chile  hagan  las  funciones 
funerales  de  sus  difuntos  según  los  ritos  de  sus  creencias. 
Estos  actos  en  nada  contrarian  los  de  nuestra  relijion  ca- 
tólica. Ellos  se  han  conducido  hasta  el  día  con  la  mejor  po- 
lítica, sin  mezclarse  directa  ni  indirectamente  en  materias 
de  creencia.  En  su  virtud,  se  concede  a  los  suplicantes  la 
licencia  que  piden  para  comprar  en  esta  ciudad  i  en  la  de 
Valparaíso  un  terreno  a  propósito  destinado  a  hacer  en  él 
sus  ritos  fúnebres.— Insértese  lo  actual  en  la  Gaceta  minis- 
terial.—O'Higgins. —&Aeverr/a." 

Favorecidos  por  esta  autorización,  los  protestantes  es- 
blecidos  en  Valparaíso,  compraron  en  ima  de  las  colinas 
vecinas  al  puerto,  una  porción  de  terreno  para  sepultación 
de  los  cadáveres  de  sus  correlijionarios.  Construyeron  allí 
un  cementerio  modesto,  pero  aseado  i  bien  ventilado  que 
comenzó  desde  luego  a  prestar  sus  servicios.  Ese  ce  mente- 
rio  era  un  padrón  de  vergüenza  para  los  católicos  residen- 
tes en  Valparaíso  que  seguían  respetando  la  absurda  i  per- 
niciosa costumbre  de  sepultar  los  cadáveres  dentro  de  las 
iglesias.  El  director  O'Híggins,  irritado  con  aquella  prueba 
de  ignorancia  i  de  superstición,  mandó  con  fecha  6  de 
setiembre  de  1821  que  el  cabildo  de  esa  ciudad  comprase 
un  sitio  para  construir  un  cementerio  digno  de  un  pueblo 
culto. 

Mientras  tanto,  la  comisión  nombrada  por  O'Híggins 
para  fundar  el  cementerio  en  Santiago,  tenia  que  luchar 
con  las  dificultades  de  todo  jéneroque  les  oponían  las  preo- 
cupaciones i  la  superstición.  A  fines  de  1821  estaba  adqui- 
rido el  terreno,  cercado  de  paredes  i  dispuesto  todo  para 
servir  a  la  sepultación  de  los  cadáveres;  pero  el  mayor  nú- 


BL   ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  251 

mero  de  los  hombres  de  fortuna  i  de  posición  se  resistían 
aun  a  aceptar  esta  reforma.  Decían  í  repetían  en  todas  par- 
tes que  sí  aquel  local  podía  ser  útil  para  los  pobres,  ellos 
respetarían  las  prácticas  tradicionales,  pidiendo  í  obte- 
niendo al  efecto  permiso  para  enterrar  a  sus  deudos  en  las 
iglesias,  aunque  les  fuese  forzoso  pagar  derechos  mucho 
mayores.  En  ese  momento  dictó  O'Higgins  un  decreto  que 
revela  cuan  firme  era  la  resolución  que  tenía  de  estírpar 
para  siempre  aquella  perniciosa  costumbre.  Helo  aquí: 

"Deseando  que  en  tiempo  alguno  se  haga  ilusorio  el  be- 
néfico establecimiento  del  Panteón  jeneral,  cuya  apertura 
será  ya  muí  en  breve,  í  que  en  todas  las  corporaciones  í 
gremios  de  la  república  se  logre  este  objeto  diríjido  al  ma- 
yor culto  i  decoro  de  la  Deidad,  sin  perderse  de  vista  la  sa- 
lud i  la  conservación  de  la  humanidad;  se  declara  que  per- 
sona alguna,  sea  de  la  calidad,  carácter  o  representación 
que  fuese,  podrá  eximirse  de  sepultarse  en  el  Panteón.  En 
consecuencia,  los  que  lo  solicitaren  incurrirán  en  la  multa 
de  quinientos  pesos  aplicados  para  los  fondos  del  mismo 
Panteón;  cuya  pena  se  ejecutará  por  el  juez  o  autoridad 
ante  quien  se  pidiera  la  gracia,  el  cual  no  podrá  dictar  otra 
providencia  que  la  de  ejecución  de  la  multa  espresada.  In- 
sértese en  la  Gaceta  ministerial.  Palacio  directoríal  de  San- 
tiago de  Chile,  noviembre  22  de  mil  ochocientos  veintiuno. 
—O'Higgins.— Echeverría.'' 

Esta  disposición  se  cumplió  con  toda  exactitud.  El  ce- 
menterio de  Santiago  se  inauguró  definitivamente  el  10  de 
Diciembre  1821;  i  desde  el  primer  dia  recibió  los  cadáveres 
de  todas  las  personas  que  morian  en  la  ciudad.  Nadie  se 
atrevió  a  pedir  exención  de  la  lei  jeneral,  porque  todo  el 
mundo  comprendía  perfectamente  que  no  solo  no  obtendría 
lo  que  se  solicitaba,  sino  que  el  solo  hecho  de  dirijir  una  pe- 
tición en  este  sentido  seria  castigado  con  una  fuerte  multa. 
Pero  la  ignorancia  i  la  superstición  no  se  dieron  por  venci- 
dos. La  creación  del  cementerio  acarreó  a  O'Higgins  mas 
enemigos  que  las  medidas  mas  represivas  de  su  gobierno.  En 
las  tertulias  i  en  los  corríllos  se  hablaba  contra  esta  insti- 


252  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

tucion  con  un  obstinado  encarnizamiento.  Inventáronse 
mil  patrañas  para  desprestijiarla  i  para  anularla.  Díjose 
que  el  importe  de  un  entierro  se  habia  doblado  o  cuadru- 
plicado después  de  la  creación  del  cementerio.  Contábase 
que  este  establecimiento  era  invadido  frecuentemente,  de 
dia  i  de  noche,  por  perros  hambrientos  que  desenterraban 
los  cadáveres  para  hartarse  de  carne  humana.  Estos  i  mu- 
chos otros  rumores  análogos  que  se  liacian  circular  arti- 
ficiosamente, carecian  de  todo  fundamento;  pero  el  primer 
protector  del  cementerio,  el  célebre  patriota  don  Francis- 
co Antonio  Pérez  García,  se  vio  forzado  a  publicar  en 
20  de  marzo  de  1822  un  estenso  manifiesto  para  desmen- 
tir esas  imputaciones.  A  pesar  de  esto,  sin  la  actitud  re- 
suelta i  decidida  del  director  O'Higgins,  el  cementerio  de 
Santiago  habria  tenido  que  desaparecer  a  los  pocos  meses 
de  abierto. 

Antes  de  dos  años,  la  opinión  comenzó  a  modificarse.  El 
público  pudo  ver  que  las  iglesias  no  eran  ya  el  foco  de  pes- 
tilencia i  de  contajio  que  comprometia  la  salud  de  los  que 
las  frecuentaban.  El  gobierno  del  jeneral  Freiré  pudo  ade- 
lantar la  ejecución  completa  de  la  reforma  iniciada  por 
O'Higgins,  sin  hallar  las  resistencias  que  éste  habia  tenido 
que  vencer.  El  21  de  julio  de  1823  el  director  Freiré  i  su 
ministro  de  gobierno  don  Mariano  Egaña,  dictaban  un 
decreto  según  el  cual,  desde  el  primero  de  noviembre  si- 
guiente, no  podría  sepultarse  cadáver  alguno  en  los  tem- 
plos o  en  otro  lugar  cualquiera  dentro  de  las  poblacio- 
nes. 'Xos  párrocos,  prelados,  ecónomos,  o  encargados 
del  templo  o  lugar  en  que,  contra  la  prevención  del  artícu- 
lo anterior,  se  sepultaren  cadáveres,  dice  ese  decreto,  son 
responsables  i  serán  suspensos  de  sus  destinos."  Mandá- 
base igualmente  ahí  que  en  toda  la  ciudad  o  villa  se  funda^ 
ra  un  cementerio  fuera  del  recinto  de  la  población;  i  en 
efecto,  pocos  meses  después  comenzó  a  plantearse  esta  re- 
forma en  casi  todos  los  pueblos  de  la  república. 

Las  disposiciones  dictadas  por  esos  primeros  gobiernos 
han  sido  modificadas  o  reglamentadas  en  sus  detalles  por 


EL    ENTIERRO    DE    LOS    MUERTOS  253 

decretos  posteriores;  pero  la  esencia  de  ellas  se  conserva  i 
se  respeta  todavía  puntualmente.  Solo  dos  escepciones  se 
han  hecho  al  decreto  supremo  del  director  O'Higgins,  i  esos 
tienen  su  oríjen  en  dos  mandatos  emanados  del  rei  de  Es- 
paña. Por  real  orden  del  6  de  octubre  de  1806,  Carlos  IV 
habia  dispuesto  que  a  pesar  del  establecimiento  de  cemen- 
terios, los  obispos  faesen  enterrados  en  las  iglesias.  Por 
otra  cédula  de  19  de  abril  de  1818,  Fernando  VII  mandó 
que  todos  los  cadáveres  de  las  relijiosas  profesas  de  los 
conventos,  recibieran  sepultura  eclesiástica  dentro  de  su 
misma  clausura.  Así,  pues,  estas  dos  escepciones  tienen  su 
oríjen  en  dos  leyes  españolas. 

Al  reunir  en  este  artículo  las  disposiciones  legales  que  en 
Chile  reglamentaron  durante  cerca  de  tres  siglos  la  sepul- 
tación de  los  cadáveres,  i  al  agrupar  algunas  noticias  acer- 
ca de  las  viejas  costumbres  sobre  entierros  i  funerales,  no 
hemos  pretentido  haber  agotado  la  materia,  sino  solo  dar 
a  conocer  algunos  hechos  curiosos  i  facilitar  el  trabajo  de 
los  futuros  historiadores  de  nuestras  instituciones  sociales. 
Al  hacer  esto  creemos  también  haber  salvado  del  olvido  i 
quizá  de  su  completa  destrucción,  ciertos  documentos  que 
habíamos  podido  descubrir  en  nuestras  investigaciones  his- 
tóricas. 


HISTORIADORES  DE  CHILE 


VIII. 

EL  JESUÍTA  MIGUEL  DE  OLIVARES  I  SU  OBRA 

HISTORIA    DE    LA    COMPAÑÍA    DE  JESÚS    EN    ChILE     * 

Los  escritos  del  padre  jesuíta  Miguel  de  Olivares  me- 
recian  de  justicia  un  lugar  en  la  Colección  de  historiadores 
de  Chile.  Desús  manos  salieron  dos  obras  diferentes,  la  cró- 
nica de  la  Compañía  de  Jesús  en  Chile,  que  ahora  damos  a 
luz,  i  una  historia  civil  de  estepais,  de  la  cual  no  conocemos 
mas  que  la  primera  parte  que  en  1864  publicamos  en  el 
tomo  lY  de  esta  misma  colección.  Dos  historiadores  poste- 
teriores,  los  ex-jesuitas  Molina  i  Vidaurre,  prodigan  los 
mayores  elojios  a  los  escritos  del  padre  Olivares,  conside- 
rándolos fuente  copiosa  de  noticias  históricas  estudiadas 
con  criterio  i  espuestas  con  buen  método. 

Sin  embargo,  ni  ellos  que  fueron  sus  contemporáneos,  ni 
ningún  otro  escritor  que  conozcamos,  nos  han    dado  noti- 


*  Se  publicó  como  Introducción  al  7°  tomo  déla  Colección  de 
Historiadores  de  Chile  i  se  insertó  en  Sud  América  (Santiago, 
1874),  t.  II.  pjs.  801  817.  Aparte  de  esta  introducción  biográfica, 
la  crónica  del  padre  Olivares  fué  en  su  testo,  como  dijimos  en  la 
Advertencia  preliminar,  completada  por  el  señor  Barros  Arana, 
con  numerosas  notas  críticas  e  históricas. 

Nota  del  compilador. 

TOMO   X  17 


258  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOQRÁPICOS 

r ■ 

cía  alguna  de  la  vida  del  padre  Olivares.  Los  jesuitas  Bac- 
ker,  autores  del  mas  copioso  catálogo  de  escritores  de  la 
Compañía  qne  exista  hastaahora,  no  lo  mencionan  siquiera, 
sin  duda  porque  las  obras  del  escritor  chileno  les  eran  des- 
conocidas a  causa  de  que  permanecian  inéditas  cuando  ellos 
compusieron  i  publicaron  su  Bibliothéqae  des  écrivaians  de 
la  Compagnie  dejésus^  .  Pata  reunir  aquí  unos  cuantos 
datos  biográficos  de  Olivares,  estamos  reducidos  a  tomar- 
los en  una  sola  fuente,  sus  propios  escritos,  en  donde  se  ha- 
llan repartidas  ciertas  indicaciones  concernientes  a  su  vida. 

El  padre  Miguel  de  Olivares  era  natural  de  Chile,  como 
él  mismo  dice  en  la  portada  de  uno  de  sus  libros.  Nació  en 
Chillan,  según  se  desprende  de  un  pasaje  de  su  propia  his- 
toria en  que  llama  su  patria  a  esa  ciudad  -  .  Para  señalar 
la  fecha  de  su  nacimiento  estamos  reducidos  a  hacer  con- 
jeturas basándonos  en  las  indicaciones  que  se  hallan  en 
sus  escritos,  i  según  los  cuales  el  padre  Olivares  ofrece  uno 
de  los  mas  raros  ejemplos  de  lonjevidad.  Según  se  ve  por 
los  hechos  que  espondremos  mas  adelante,  ha  debido  nacer 
antes  del  año  de  1675. 

Parece  que  los  padres  de  Olivares  eran  españoles  de  na- 
cimiento, i  que  esta  circunstancia  ha  dado  oríjen  a  que  un 
historiador  que  pudo  conocerlo  personalmente,  don  [osé 
Pérez  Garcí/i,lo  haya  considerado  español.  Es  de  presumir- 
se que  él    mismo  pasara   a  España   en  su  niñez,  i  que   allí 


1.  Conozco  solo  la  primera  edición  de  esta  obra  publicada  en 
Lieja  en  7  gruesos  volumeneí^  en  4°,  entre  los  años  de  1853  i  1861. 
Posteriormente,  los  mismos  autores  emprendieron  la  publicación 
de  una  segunda  edición,  de  que  se  han  dado  a  luz  dos  volúmenes 
en  folio.  La  muerte  del  padre  Agustín  de  Backer,  el  mas  ardoroso 
de  los  dos  autores  de  esta  vasta  compilación  bibliográfica,  ocurri- 
da el  1°  de  diciembre  de  1873,  no  impedirá  que  se  termine  esta 
edición.  —  Nota  del  autor. 

Efectivamente  esa  edición  se  terminó  en  Bruselas  (1893)  por  el 
padre  Soramervogel,  de  la  misma  orden. — Nota  del  Compilador. 

2  Olivares,  Historia  civil  del  reino  de  Chile,  páj.  255.  Me  limi- 
taré a  citar  las  pajinas  de  los  escritos  de  Olivares,  refiriéndome  a 
la  única  edición  que  se  ha  hecho  de  ellos  en  la  presente  colección. 


MIGUEL   DH   OLIVARES  259 

entrase  en  la  Compañía  de  Jesús,  porque  en  un  pasaje  de 
su  historia  dice  que  puede  ser  testigo  de  que  el  gobernador 
de  Chile  donjuán  Henríquez  está  sepultado  en  una  capilla 
del  colejio  imperial  de  los  jesuitas  de  Madrid  ^  ;  i  los  ante- 
cedentes biográficos  que  hemos  recojido  nos  h?ícen  creer 
que  su  viaje  a  la  metrópoli  tuvo  lugar  antes  de  1700. 

Sea  de  ello  lo  que  se  quiera,  el  hecho  cierto  es  que  en 
1700  Olivares  era  ya  sacerdote  i  misionero;  i  que  ese  año 
corrió  las  misiones  que  sallan  cada  año  del  colejio  de  Bu- 
calemu  para  predicar  i  confesar  en  el  vasto  territorio  com- 
prendido entre  los  rios  Maipo,  por  el  norte,  i  Maule,  por  el 
sur  4  .  El  año  de  1701,  el  padre  Olivares,  siempre  en  carác- 
ter de  misionero,  recorrió  el  territorio  de  Quillota,  Polpai- 
co,  Tiltil,  Limache,  Purutun,  la  Ligua,  Catapilco,  Longo- 
toma  i  Puchuncaví.  Al  salir  de  esta  misión,  después  de 
pascua,  corrió  la  de  Valparaíso,  donde  afluia  mucha  jente 
no  solo  de  los  habitantes  de  este  puerto,  sino  de  los  co- 
merciantes que  acudian  allí  por  sus  negocios  ^  . 

Estas  ocupaciones  de  misionero  obligaban  al  padre  Oli- 
vares a  recorrer  el  territorio  chileno;  i  su  residencia  en  las 
casas  que  mantenían  los  jesuitas  iba  a  permitirle  estudiar 
los  archivos  de  cada  una  de  ellas,  recr.jiendo  así  apuntes 
para  sus  futuros  trabajos  históricos.  Destinado  por  sus  su- 
periores a  la  lejana  misión  de  Naliuelhuapi,  Olivares  hizo  el 
penoso  viaje  al  través  de  las  cordilleras  que  están  enfrente 
de  Chiloé.  Al  indicar  este  hecho  referente  a  su  vida,  el  his- 
toriador chileno  se  ha  limitado  a  decir  que  hizo  una  vez 
esta  travesía  pasando  cerca  del  volcan  Anón,  donde  "se  tie- 
ne observado  que  cuando  pasaba  alguno  por  aquellacordi- 
llera  a  vista  del  cerro,  despedía  de  sí  tal  frag(3r  como  un 
trueno  mui  recio.  Yo  pasé  una  vez,  agrega,  i  confieso  que 
tronó  dos  veces."  ^    Parece  que  el  padre  Olivares  residió  en 

3   Olivares,  Historia  de  los  jesuitas  de  Chile,  páj.  157. 

4.  id.  id.        páj.  248. 

5.  id.  id.        pájs.   457  i  461. 

6.  id.  Historia  de  los  jesuitas  de  Chile,  páj;  508.  Los  es- 
ploradores  posteriores  le  han  dado  el  nombre  de  Tronador.  Parece 


260  ESTUDIOS    HlSTÓRICO-BIBLTOGEfÁFICOS 

Nahuelhtiapi  por  los  años  de  1706  i  1707;  pero  se  sabe  de 
cierto  que  allí  conoció  a  los  padres  Felipe  van  der  Meren, 
cuyo  apellido  flamenco  fué  traducido  al  castellano, llamán- 
dolo de  la  Laguna,  i  Juan  José  Guillelmo,  de  quienes  supo 
las  importantes  noticias  que  acerca  de  esa  rejion  i  de  los 
trabajos  de  los  misioneros,  ha  consignado  en  su  libro  ^.  En 
ese  lugar  concibió  también  la  idea  de  escribir  la  vida  del 
padre  Nicolás  Mascardi,  como  lo  promete  en  dos  lugares 
de  su  libro,  pero  que  al  fin  no  esciibió;  o  si  lo  hizo,  su  obra 
no  ha  llegado  hasta  nosotros  ^.  Tratando  allí  de  probar 
que  el  padre  Felipe  murió  envenenado  por  un  cacique  indí- 
jena  en  cuya  casa  se  le  habia  dado  hospitalidad,  refiere  que 
a  otro  padre  que  pasó  por  ahí  i  se  hospedó  en  la  misma  ca- 
sa, le  dieron  los  indios  una  bifbida  que  lo  tuvo  alas  puertas 
de  la  muerte.  Es  probable  que  Olivares  hable  aquí  de  sí 
mismo,  i  que  por  modestia  no  ha^^a  querido  nombrar- 
se 9. 

Estinguida  poco  mas  tarde  la  misión  de  Nahuelhuapi,  el 
padre  Olivares  quedó  en  Chiloé.  Él  mismo  dice  que  estuvo 
en  Calbuco,  donde  los  padres  tenian  una  casa  en  que  vivia 
el  cura  i^,  i  en  la  ciudad  de  Castro;  pero  en  vez  de  indicar  la 
fecha,  se  limita  a  indicar  ^^  que  cuando  él  vivió  en  esas  is- 
las no  habia  aun  convento  de  San  Francisco.  Solo  por  infe- 
rencias puede  decirse  que  Olivares  estuvo  allí  entre  lósanos 


que  los  ruidos  a  los  cuales  daba  el  padre  Olivares  una  causa  miste- 
riosa, son  producidos  simplemente  por  el  desprendimiento  de  nieves 
de  las  cimas  de  ese  cerro  o  de  otros  vecinos. 

7.  Olivares,  Historia  de  los  jesuítas,  páj.  503. 

8.  Véanse  sobre  este  punto,  las  notas   que  hemos  puesto  en  la 
páj.  391  de  este  libro. 

9.  Olivares,  Historia  de  ios  jesuítas,  páj.  521. 

10.  Olivares,        id  ,    id.,     páj.  391. 

11.  Id.  id.,  páj.  364.  Esta  afirmación  de  Olivares  está  en 
contradicción  con  la  Descripción  Iiístorí¿iI  de  Chiloé,  en  cuyo  trat. 
II,  cap.  I,  su  autor,  el  franciscano  Fr.  Pedro  de  González  Agüero, 
se  empeña  en  probar  con  algunas  autoridades,  que  los  relijiosos 
de  su  orden  fueron  los  primeros  que  tuvieron  convento  en  Chiloé. 
Véanse  las  pajinas  146  i  147  de  este  último  libro. 


MiaUHL    DB   OLIVARES  261 


de  1712  i  1720.  Ocupóse  después  en  otras  misiones,  en  las 
que  tenían  los  jesuítas  en  la  frontera  sur  del  territorio 
araucano,  i  particularmente  en  las  de  Boroa  i  Tolten  el  ba- 
jo, de  las  cuales  refiere  algunos  incidentes  de  escaso  o  de  nin- 
gún ínteres  para  su  biografía  ^2^  gl  mas  importante  de  ellos 
es  el  haber  sosegado  en  la  misión  de  Boroa  un  alboroto  de 
indios  que  buscaban  al  capitán  de  amigos  con  dañadas  in- 
tenciones, pero  que  Olivares,  según  refiere,  salvó  llevándolo 
a  vivir  a  la  casa  de  los  misioneros  i  apaciguando  a  los  in- 
díos^'*^.  En  otra  ocasión,  añade  en  seguida,  pudo  evitar 
otro  alboroto  por  haberle  dado  aviso  anticipado  uno  de 
los  caciques.  Fué  en  esta  época  sin  duda  cuando  visitó  las 
ruinas  de  Yillarrica,  el  hermoso  lago  de  donde  nace  el  rio 
Tolten,  i  todos  los  campos  inmediatos,  a  cuja  descripción 
ha  destinado  una  de  las  pajinas  mas  noticiosas  de  su  histo- 
ria civil  1*. 

El  padre  Olivares  no  tenía  residencia  fija  en  ninguno  de 
estos  lugares,  o  mas  bien  dicho,  permanecía  en  cada  uno 
de  ellos  cierto  período  dé  tiempo,  mientras  desempeñaba  el 
cargo  de  misionero  que  le  confiaban  ^us  superiores.  En 
1722  se  hallaba  en  Santiago,  donde  oyó  el  rumor  del  alza- 
miento que  preparaban  los  indios  araucanos  i  que  en  efecto 
tuvo  lugar  el  año  siguiente  ^^.  Habiendo  podido  imponer- 
se de  lo  que  escribieron  los  padres  jesuítas  a  su  superior, 
que  residía  en  Santiago,  acerca  de  lo  ocurrido  en  cada  mi- 
sión. Olivares  ha  llegado  a  referir  ese  alzamiento  con  cir- 
cunstancias i  pormenores  que  no  se  encuentran  en  otras 
relaciones  ^^. 

No  es  imposible  que  poco  mas  tarde  estuviera  en  las  pro- 
vincias de  Cuyo.  Nos  inclinamos  a  creerlo  por  la  noticiosa 
descripción  que  hacía  en  1763  de  Mendoza  i  sus  campos  ^^  i 

12.  Olivares,  Historia  de  los  jesuitas,  pájs.  477  i  479. 

13.  Id.  id.,  páj.  495. 

14.  Historia  civil,  páj.  137. 

15.  Historia  de  los  jesuitas,  páj.  534. 

•  16.       Id.  id.,        cap.  XVII,  §  f  X  i  IX. 

17.        Id.  id.         páj.  132. 


262  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

del  distrito  de  San  Juan  ^^  i  por  un  pasaje  en  que  dice  que 
le  constan  los  trabajos  porque  pasaron  dos  padres  jesuítas 
que  habia  en  San  Juan  durante  una  epidemia  de  viruelas 
que  hubo  allí  en  setiembre,  octubre  i  noviembre  de  1729  i^. 
Consta,  sí,  de  una  manera  segura,  que  en  1730  estaba  en 
Concepción,  i  que  allí  fué  testigo  del  espantoso  terremoto 
que  destruyó  esta  ciudad  el  2  de  julio  de  ese  año  ^o. 

En  estos  viajes  i  trabajos,  el  padre  Olivares  habia  reco- 
rrido la  mayor  parte  de  Chile;  i  como  ya  lo  hemos  dicho» 
aprovechó  la  circunstancia  de  visitar  las  diversas  casas  de 
residencia  de  los  jesuítas  para  estudiar  los  archivos  de  la 
Compañía  i  recojer  en  ellos  copiosas  notas  para  escribir  su 
historia.  En  1736,  hallándose  en  Santiago,  emprendió  la 
redacción  de  su  obra,  a  que  consagró  según  se  deja  ver  en 
ella  dos  años  completos.  Poco  habituado  todavía  a  este 
jénero  de  trabajo,  el  padre  Olivares  escribia  con  embarazo 
i  sin  el  pensamiento  de  dar  a  luz  sus  escritos.  Oueria  solo 
reunir  noticias  importantes  o  curiosas  que  parecian  desti- 
nadas a  perderse,  para  que  pudieran  aprovecharlas  los  his- 
toriadores futuros. "Ignoraba  entonces  que  otro  jesuíta  mu- 
cho mas  esperimentado  como  escritor,  el  padre  Pedro  Loza- 
no, componía  en  esa  misma  época  una  historia  de  la  provin- 
cia de  Tucuman  i  Paraguai  de  la  Compañía  de  Jesús,  en  que 
hacia  entrar  la  crónica  de  los  jesuítas  de  Chile,  mientras 
estuvieron  sometidos  al  mismo  provincial  que  los  que  resi- 
dían al  otro  lado  de  los  Andes  ^i.  Sin  esta  circunstancia, 
Olivares  no  habría  talvez  acometido  su  empresa,  i  no  ten- 

18.  Historia  de  los  jesuítas,  páj.  447, 

19.  Id.  id.  id.        páj.  449. 

20.  Olivares,  Historia  civil,  páj.  10  i  33. 

21.  1.a  obra  del  padre  Lozano  titulada  Historia  de  la  Compás 
nía  de  [esas  de  la  provincia  del  Paraguai  faé  impresa  en  Madrid  en 
1754  i  1755,  en  dos  volúmenes  en  folio.  Solo  alcanza  hasta  1614; 
pero  en  esa  parte  es  mucho  mas  noticiosa  que  la  crónica  de  Oliva- 
res. Mas  adelante  diremos  algunas  palabras  sobre  esta  obra  im- 
portante al  hacer  un  líjero  análisis  déla  historia  del  jesuíta  chi* 
leño. 


MIGUEL    DE    OLIVARES  263 

dríamos  hoi  la  Breve  noticia  de  la  provincia  de  la  Compa- 
ñía de  ¡esas  de  Chile  que  ahora  damos  a  luz. 

Terminado  este  trabajo,  el  padre  Olivares  volvió  a  sus 
tareas  de  misionero,  comenzando,  según  parece,  por  la  pro- 
.  vincia  de  Cuyo,  donde  se  hallaba  por  los  años  de  1740  o 
1741  22.  Poco  tiempo  mas  tarde  regresó  a  Chile,  i  desde  el 
año  de  1744  hasta  el  año  de  1758  sirvió  en  las  misiones  de 
la  Araucanía,  llegando  a  conocer  perfectamente  el  idioma 
de  los  indíjenas  ^3.  Bn  este  período  de  14  años,  el  padre  mi- 
sionero recorrió  en  diversas  ocasiones  casi  todo  el  pais  ocu 
pado  por  esos  indómitos  salvajes.  Visitó  varias  veces  los 
terrenos  vecinos  a  la  arruinada  ciudad  de  la  Imperial  ^^; 
trasmontó  en  muchas  ocasiones  la  famosa  cuesta  de  Villa- 
gran  25j  sirvió  algunos  años  en  la  misión  de  Tucapel  vie- 
jo 26j  i  pudo  estudiar  i  conocer  las  costumbres  de  los  indí- 
jenas, sus  poesías  i  sus  discursos  en  las  juntas  solemnes  a 
que  eran  convocados  27.  En  esta  época  también  residió  una 
temporada  en  la  plaza  de  Valdivia  i  sus  alrededores,  en 
donde  se  hallaba  en  1755,  según  lo  dice  él  mismo  al  referir 
que  en  escaño  dio  sepultura  a  cuatro  indios  inhumanamen- 
te sacrificados.  Ahí  mismo  vio  los  famosos  lavaderos  de 
oro  de  cuya  riqueza  da  una  noticia  indudablemente  exaje- 
rada  2«. 

Hemos  dicho  que  el  padre  Olivares  no  pensaba  dar  pu- 
blicidad a  su  historia  de  los  jesuítas  en  Chile.  Sin  embargo, 
su  manuscrito  fué  conocido  por  algunos  otros  jesuitas;  i  és- 
tos lo  estimularon  a  queemprendieraun  trabajo  mas  vasto 
todavía.  Parece  que  en  esta  determinación  influyó  el  padre 
Ijj^nacio  García,  muí  famoso  entonces  i  después  por  su  asce- 
tismo i  por  los  milagros  singulares  que  le   atribuyeron  sus 


22, 

Historia 

civil,  páj.  73. 

23. 

Id. 

id.     páj.  8. 

24. 

Id. 

id.    pájs.  127Í128. 

25. 

Id. 

id.     páj.  160. 

26. 

Id. 

id.     páj.  76. 

27. 

Id. 

id,     pájs.  41,  42,  43  i  44. 

28. 

Id. 

id.    páj.  46. 

264  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

contemporáneos;  i  aunque  sus  superiores  indujeron  al  padre 
Olivares  a  escribir  una  historia  completa  de  Chile.  En  1758, 
hallándose  en  Chillan  dio  principio  a  su  trabajo,  o  a  lo  me- 
nos entonces  escribía  el  capítulo  III  del  libro  I  29;  pero  con- 
tinuó su  obra  en  Santiago  3^,  i  por  último,  teniéndola  ya 
mui  adelantada,  la  hacia  copiar  en  Concepción  el  año  1767, 
cuando  llegó  a  Chile  la  pragmática  de  Carlos  III,  que  dis* 
ponia  el  estrañamiento  de  todos  sus  dominios  de  los  indi- 
viduos de  la  Compañía  de  Jesús. 

El  padre  Olivares  contaba  entonces  mas  de  noventa 
i  dos  años.  Sin  embargo,  fué  embarcado  como  los  demás 
jesuítas,  i  remitido  al  Perú,  de  donde  debia  salir  para  Es- 
paña. Durante  la  residencia  de  dos  meses  (de  12  de  marzo 
a  3  de  mayo  de  1768)  que  los  jesuítas  tuvieron  que  hacer 
en  Lima,  Olivares  fué  despojado  de  sus  manuscritos  por 
orden  del  virrei  don  Manuel  de  Amat  i  Juníent.  El  asesor 
de  éste,  don  José  Perfecto  Salas,  que  había  vivido  largos 
años  en  Chile,  í  que  profesaba  particular  cariño  a  este  país, 
recojió  la  segunda  parte  de  la  Historia  militar^  civil  i  sa- 
grada de  lo  acaecido  en  la  conquista  i  paciñcacion  del 
reino  de  Chile.  Se  sabe  que  los  jesuitas  espulsos  de  Chile, 
salieron  del  Callao  el  7  de  mayo,  i  desembarcaron  en  Cádiz 
el  7  de  diciembre  de  1768,  para  ser  trasportados  poco 
tiempo  después  a  Italia.  Olivares  fué  a  establecerse,  como 
muchos  de  sus  compañeros,  en  la  ciudad  de  Imola,  en  los 
estados  pontificios. 

Sus  antecedentes  de  misionero  entre  los  indios  de  Chile 
durante  tantos  años,  su  edad  avanzada,  el  prestijio  de  sus 
trabajos  históricos,  i  quizas  las  prendas  de  su  carácter, 
eran  causa  de  que  los  otros  espatriados  de  este  país  ro- 
dearan al  padre  Olivares  con  su  respeto.  Algunos  de  ellos 
quisieron  consagrar  el  ocio  forzado  que  les  imponía  el  des- 
tierro a  dar  a  conocer  en  Europa  la  historia  natural  i  civil 


29.  Historia  Civil    páj.  20. 

30.  Id.  id.      páj.  80.  En  1761  escribía  Olivares  el  capí- 
tulo XV  del  libro  II.  Véase  páj.  138. 


MIGUEL    DE    OLIVARES  265 


de  su  patria,  pero  les  faltaban  los  datos  para  tal  empresa. 
De  los  manuscritos  de  Olivares  solo  poseían  la  primera 
parte  de  la  historia  civil,  que  comprendía  desde  la  conquis- 
ta hasta  1665;  i  a  ella  acudieron  como  a  una  fuente  segura 
de  informaciones;  pero,  por  mas  dilijencias  que  hicieron, 
no  alcanzaron  a  procurarse  una  copia  de  la  segunda  parte, 
que  había  quedado  en  el  Perú. 

Es  preciso  leer  las  líneas  en  que  esos  historiadores 
lamentan  no  tener  a  la  mano  el  manuscrito  de  Olivares 
para  que  se  vea  cuan  grande  es  la  estimación  que  de  él 
hacían.  El  abate  don  Juan  Ignacio  Molina,  que  publicaba 
su  Historia  natural  civil  de  Chile  en  los  años  de  1782  i 
1787,  se  espresa  en  los  términos  siguientes: 

*'E1  primer  tomo  manuscrito  de  la  Historia  de  Chile  del 
señor  abate  Olivares,  que  tengo  en  mi  poder,  i  otras  rela- 
ciones impresas,  me  proveían  los  materiales  necesarios 
para  conducir  mí  obra  hasta  el  año  de  1655.  El  segundo 
tomo  del  dicho  autor,  que  debía  suministrarme  el  resto 
hasta  nuestros  tiempos,  se  hallaba  en  el  Perú,  pero  me  li- 
sonjeaba poderlo  tener  dentro  del  mismo  año.  Esta  espe- 
ranza quedó  enteramente  desvanecida.  El  volumen  tan 
deseado  aun  no  ha  venido  a  mis  manos;  de  suerte  que  me 
he  visto  obligado  a  procurar  por  otra  parte  las  noticias 
que  pensaba  sacar  de  él,  las  cuales  por  este  motivo  no 
deben  ser  de  tanta  importancia"  ^i.  En  otra  parte,  ha- 
blando de  esta  misma  obra,  dice:  *'Se  puede  llamar  perfecta 
en  este  jénero  la  historia  del  abate  Olivares  según  la  crítica 
i  exactitud  con  que  ha  sabido  presentar  los  hechos  mas 
importantes  de  la  guerra  casi  continua  entre  los  españoles 
i  los  araucanos"  "^2.  El  abate  don  Felipe  Gómez  de  Vi- 
daurre,  que  en  1789  terminaba  la  revisión  de  una  historia 
natural  i  civil  de  Chile,  que  hasta  ahora  permanece  inédita 
es  menos  entusiasta  que  Molina  al  hacer  el  elojio  de  la 
obra  de  Olivares,  pero  no  vacila  en  considerarla  la  mejor 


31.  Molina,  Historia  Civil  de  Chih^  prólogo. 

32.  Molina,  Historia  natural  de  Chihy  prólogo. 


2Q6  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGKÁFiCOS 

que  se  haya  escrito  sobre  la  historia  de  nuestro  pais  •'^^. 
Estas  alabanzas  decidieron  al  fin  a  Olivares  a  hacer  al- 
gunas dihjencias  para  obtener  su  manuscrito  perdido. 
Desde  los  últimos  años  del  reinado  de  Carlos  ILI,  se  hacia 
sentir  en  la  corte  española  una  reacción  en  favor  de  los  je- 
suitas,  o  a  lo  menos  se  habia  calmado  la  irritación  que 
contra  ellos  existia  poco  antes.  El  ex-jesuita  Yidaurre  no 
habia  vacilado  en  ded'car  el  manuscrito  de  su  historia  a 
don  Antonio  Porlier,  ministro  de  gracia  i  justicia  del  sobe- 
rano que  decretó  la  espulsion  de  su  orden.  Bl  abate  Oliva- 
res fué  mas  lejos  todavía:  en  178S,  cuando  ya  debia  estar 
a  las  puertas  de  la  muerte,  hizo  llegar  a  manos  del  rei,  por 
medio  de  su  embajador  en  Roma,  el  manuscrito  de  la  pri- 
mera parte  de  su  Historia  civil,  acompañando  este  obse- 
quio con  una  solicitud  con  que  espresaba  que  la  segunda 
parte  de  su  obra,  interceptada  por  el  virrei  del  Perú,  se  en- 
contraba, según  sus  informes,  en  poder  de  don  José  Per- 
fecto Salas.  Olivares  terminaba  su  memorial  declarando 
que  estaba  dispuesto  a  dedicar  lo  que  le  quedaba  de  vi- 
da i  de  vista  acabar  la  segunda  parte  que  estaba  mui  ade- 
lantada, i  a  retocar  todo  lo  que  tenia  escrito.  Tales  eran 
sus  deseos;  pero  como  deseos  de  un  hombre  que  contaba  en 
esa  época  mas  de  ciento  tres  años,  no  se  vieron  realiza- 
dos. El  ministro  Porlier  dio  orden  terminante  al  presidente 
de  Chile  para  que  hiciera  buscar  los  manuscritos  de  Oliva- 
res i  los  1  emitiese  a  España  con  toda  puntualidad.  El  pre- 
sidente don  Ambrosio  O'Higgins   los  halló  en  efecto  en  este 


33,  "La  historia  de  CViile  de  don  Miguel  de  Olivares,  dice  Yi- 
daurre, mas  que  todas  hubiera  contribuido  a  dar  a  conocer  este 
país;  pero  se  halla  hoi  comprendida  en  la  catástrofe  de  los  jesuítas. 
En  ella  el  autor  hace  ver,  aunque  mui  lijeramente,  la  situación  i 
división  natural  del  reino,  muchas  bellas  producciones,  aunque 
sin  especificar  sus  usos,  i  a  lo  que  pueden  aplicarst- :  el  carácter  de 
sus  primeros  habitantes,  aunque  no  tan  bien  entendido,  fuera  de 
otros  no  menos  notables  defectos  que  ciertamente  anublan  su 
gloria.  Pero  ella  es  en  fin  la  que  hace  mas  conocer  así  el  reino  como 
los  habitantes  de  él."  Historia  jeogrñfíca,  natitral  i  civil  del  reino 
Je  Chile,  m.  s.,  prólogo. 


MIGUEL    DE    OLIVARES  267 


pais,  los  hizo  ordenar  i  completar  por  don  José  Pérez  Gar- 
cía, autor,  como  se  sabe,  de  una  estensa  historia  de  Chile,  i 
ios  remetió  a  la  metrópoli  en  agosto  de  1790  ^*.  Es  muí 
probable  que  Olivares  hubiese  muerto  ya  cuando  esos  pa- 
peles llegaron  a  Madrid.  En  ninguna  parte  hemos  podi- 
do hallar  una  indicación  cualquiera  que  nos  señale  la  época 
de  su  fallecimiento. 

De  las  dos  obras  que  escribió  el  padre  Olivares,  fué  la  se- 
gunda,  la  Historia  militar,  civil  i  sagrada  del  reino  de  Chi' 
le  la  que  mas  recomendaciones  mereció  de  sus  contempo- 
ráneos. Era  una  crónica  que  comprendia  todos  los  sucesos 
ocurridos  en  este  pais  desde  los  primeros  años  de  la  con- 
quista hasta  el  año  de  1766.  De  ella  solo  conocemos  la  pri- 
mera parte,  que  fué  la  que  el  autor  mandó  de  Italia  a  Car- 
los III  en  1788.  Una  copia  de  ella  poseia  en  Sevilla  el  señor 
don  José  María  de  /Vlava  i  Urbina,  distinguido  bibliógrafo 
español  que  en  1852  se  dignó  obsequiarla  al  gobierno  chi- 
leno; i  ella  ha  servido  para  salvar  del  olvido  esa  obra  del 
historiador  chileno  35,  \^^  segunda  parte  que,  según  presu- 
mo, debia  comer  zar  con  los  sucesos  de  1655,  i  que  fué  remi- 
tida a  España  en  1790  por  el  presidente  de  Chile  don  Am- 
brosio O'Higgins,  parece  definitivamente  perdida.  Creo  que 
la  última  sección  de  esta  segunda  parte  constaba  solo  de 
apuntes  mas  o  menos  inconexos:  i  t^e  sabe  de  positivo  que 
un  fragmento  considerable, compuesto  de  cuatro  capítulos, 
se  estravió  en  Chile  antes  de  ser  remitido  a  la  metrópoli  ^^ . 


«^i.  Don  Miguel  Luis  Araunátcgui  ha  publicado  tres  interesantes 
documentos  sobre  este  punto  de  la  vida  del  padre  Olivares  en  Los 
precursores  de  la  independencia  de  Chile,  tomo  I,  cap.  VI,  §  XYII. 

35.  Desgraciadamente,  la  copia  obsequiada  por  el  señor  Álava 
estaba  incompleta,  i  la  edición  que  se  hizo  en  el  tomo  IV  de  la  Co- 
lección de  historiadores  chilenos  ha  tenido  que  ajustarse  a  ese  ma- 
nuscrito único.  Para  probarlo,  bastará  recordar  que  en  el  libro  I 
se  pasa  del  capítulo  IX  al  XIII;  i  esta  no  es  la  única  falta  de  esta 
especie.  Creo  también  que  esta  parte  debia  terminar  en  1654  i  no 
en  1639,  como  se  ve  en  la  copia  a  que  nos  referimos. 

•^^.  Nota  del  ()residente  O'Higgins  al  ministro  español  don  Anto- 
nio Porlier  del5  de  airosto  de  1790. 


268  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

De  todas  modos,  la  parte  que  ha  llegado  hasta  nosotros 
de  la  obra  del  padre  Olivares  basta  para  suministrarnos 
un  juicio  cabal  de  su  mérito  i  para  comprender  que  los  elo- 
jios  que  le  prodigaron  Molina  i  Yidaurre  son  sumamente 
exajerados.  Olivares  escribía  su  historia  civil  sin  conocer 
los  documentos  guardados  en  los  archivos,  o  teniendo  a  la 
vista  solo  uno  que  otro  que  habia  caído  en  sus  manos.  Co- 
nocia  las  obras  de  Antonio  de  Herrera,  del  padre  O  valle,  de 
Brcilla,  de  Jofré,  de  Águila,  de  Tesillo  i  de  Rascuñan,  los  via- 
jes de  Frézier  i  de  doa  Jorje  Juan  i  don  Antonio  de  Ulloa,  la 
crónica  latina  de  los  jesuítas  del  Paraguai  del  Padre  Techo, 
los  dos  últimos  libros  de  la  historia  del  Padre  Rosales,  una 
descripción  del  obispado  de  Santiago  por  don  José  Fernán- 
dez de  Campinoi  la  historia  manuscrita  de  Córdoba  Figue- 
roa,  que  le  ha  servido  de  guia  principal,  de  ordinario  única, 
i  a  la  cual  estracta  casi  fielmente  en  muchas  ocasiones. 
Cuando  se  conocen  todos  estos  libros  se  comprende  que  con 
ellos  no  solo  no  se  podía  hacer  una  historia  perfecta,  como 
decía  Molina,  de  la  que  escribió  el  padre  Olivares,  pero  ni 
si  quiera  un  libro  medianamente  exento  de  graves  errores  í 
de  notables  vacíos. 

Pero,  al  mismo  tiempo  es  justo  decir  que  la  Historia  civil 
de  Olivares  tiene  un  mérito  propio  en  las  descripciones  de 
los  lugares  que  él  mismo  habia  visto,  en  las  noticias  refe- 
rentes a  las  costumbres  de  los  indíjenas  que  habia  observa- 
do personalmente  i  en  los  datos  curiosos  que  recojió  sobre 
la  historia  de  las  órdenes  relijiosas,  muchos  de  los  cuales  se 
buscarían  en  vano  en  otros  libros.  En  todos  estos  puntos, 
Olivares  puede  ser  considerado  historiador  orijinal.  No  se 
puede  tampoco  leer  su  obra  sin  reconocer  en  ella  cierta  in- 
dependencia de  juicio  al  pronunciar  su  fallo  sobre  cuestio- 
nes en  que  los  jesuítas  estaban  interesados  en  presentar  los 
hechos  bajo  otra  luz.  Nos  bastará  citar  su  opinión  sobre  el 
sistema  con  que  el  padre  Luis  de  Valdivia  pretendió  some- 
ter a  los  araucanos  por  medio  de  una  guerra  puramente  de- 
fensiva i  de  misiones  relijiosas,  de  que  tanto  se  ha  hablado 
como  del  mas  alto  timbre  de  la  Compañía  de  Jesús  en  Chi- 


MIGUEL   DE    OLIVARES  269 


le.  "De  este  modo,  dice,  terminó  la  guerra  defensiva  después 
de  trece  años  de  duración,  en  que,  hablando  con  injenuidad, 
no  se  habia  esperimentado  provecho,  porque  se  habían  cau- 
sado gastos  de  siete  millones  en  pagamentos  de  soldados 
que  no  hacían  cosa  i  en  construcciones  de  fuertes  i  atalajas 
que  eran  mui  corta  defensa  de  vidas  i  haciendas  37, 

La  otra  obra  del  padre  Olivares,  la  historia  de  los  jesuí- 
tas de  Chile,  aunque  no  ha  merecido  los  elojios  de  la  histo- 
ria civil,  es  inmensamente  superior  como  conjunto  de  noti- 
cias i  mas  aun  como  cuadro  de  las  costumbres,  de  las  ideas 
i  de  las  preocupaciones  de  la  edad  colonial.  Comenzaremos 
por  advertir  que  escrita  en  1736,  cuando  el  S.utor  no  habia 
hecho  un  prolijo  estudio  de  la  historia  de  Chiie,  adolece  de 
muchos  i  aveces  graves  errores  en  lo  que  concierne  a  los  su- 
cesos políticos.  Mas  aun,  que  no  habiendo  podido  conocer 
mas  que  los  documentos  que  los  colejios  i  casas  de  jesuítas 
guardaban  en  sus  archivos,  ha  desconocido  muchos  hechos 
que  los  provinciales  de  la  Compañía  consignaban  en  sus 
cartas  anaas,  o  relaciones  periódicas  en  que  referían  a  sus 
superiores  de  Roma  o  de  España  ios  progresos  de  la  orden, 
los  trabajos  de  sus  operarios,  los  hechos  políticos  relacio- 
nados con  ellos,  i  en  fin  todo  aquello  que  podia  interesar  a 
los  jefes  de  una  institución  que  querían  estar  al  corriente  de 
todo  lo  que  sucedia  en  cualquier  lugar  de  la  tierra  donde 
hubiera  algunos  jesuítas.  Parece  que  en  Chile  no  vSe  conser- 
vaban las  copias  de  todos  los  documentos  de  esta  clase,  i 
aun  que  algunos  superiores  de  este  país  no  habían  cumplido 
fielmente  con  las  prescripciones  de  su  instituto.  Olivares  no 
tuvo  a  la  vista  algunas  de  esas  relaciones,  i  de  ahí  nace  sin 
duda  la  omisión  de  muchos  hechos  importantes  i  la  confu- 
sión de  otros. 

Decimos  esto  porque  hemos  cotejado  escrupulosanrenta 
su  relación  con  la  que  nos  ha  legado  el  padre  Pedro  Lozano 
en  su  Historiú.  de  ¡a  provincia  del  Paraguai  de  la  Compa- 
ñía de  Jesús.  Los  jesuítas  habían  reunido  un  copioso  archi- 


37.   Historia  civil,  páj.  359. 


270  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


vo  en  el  colejio  de  Santa  Catalina,  en  las  cercanías  de  Cór- 
doba, con  los  documentos  recojidos  en  el  í^tú  i  aun  en  Es- 
paña, i  con  un  gran  número  de  narraciones  históricas  im- 
presas e  inéditas.  Poseian,  entre  otras,  una  estensa  historia 
manuscrita,  formada  por  dos  tomos  en  folio,  que  compuso 
entre  1640  i  1650,  el  padre  provincial  Jt^an  Pastor,  testigo 
de  muchos  de  los  hechos  que  narra.  Lozano,  en  su  carácter 
de  cronista  de  la  Compañía,  pudo  disponer  de  esos  docu- 
mentos, i  se  halló  así  en  mejor  situación  que  Olivares  para 
escribir  la  historia  de  los  jesuitas  de  esta  parte  de  la  Amé- 
rica, que  sin  embargo  no  llevó  mas  que  hasta  el  año  de 
1614,  es  decirr mientras  las  provincias  jesuíticas  de  Córdo- 
ba i  de  Chile  formaban  una  sola.  De  este  modo  ha  podido 
reunir  un  cúmulo  inmenso  de  noticias,  i  dar  a  su  historia 
una  estension  tal  que  si  la  hubiera  continuado  hasta  la 
época  en  que  la  escribió,  habria  necesitado  componer  diez 
o  doce  volúmenes  en  folio  en  vez  de  los  dos  únicos  que  pu- 
blicó. Olivares,  que  carecía  de  esos  elementos,  ha  tenido  cjue 
pasar  mas  de  hjero  sobre  muchos  hechos,  i  ha  confundido 
otros,  de  tal  manera  que  su  historia  necesitaba  algu- 
nas notas  esplicativas  o  complementarias  que  hemos  teni- 
do que  poner  al  p¡é  de  muchas  de  sus  pajinas. 

Sin  embargo,  el  padre  Olivares  ha  sabido  sacar  provecho 
de  los  documentos  que  tenia  a  la  vista;  pero  recojiéndolos 
aisladamente  en  el  archivo  de  cada  casa,  ha  dividido  su 
asunto  en  secciones  o  capítulos  que  corresponden  a  cada 
una  de  las  casas  o  colejios  que  tuvieron  los  jesuitas  de  este 
pais.  Esos  capítulos,  independientes  entre  sí,  habrian  po- 
dido colocarse  en  cualquier  orden  sin  que  la  historia  gana- 
ra o  perdiera,  i  sin  conseguirse  dar  al  conjunto  la  unidad 
de  que  carece,  i  que  solo  habria  pod'do  conseguirse  reha- 
ciendo por  completo  toda  la  obra  para  esponer  los  hechos 
en  un  orden  en  que  se  desenvolvieran  ordenada  i  cronolóji- 
camente. 

Este  plan,  o  mas  bien  esta  falta  de  plan,  puede  hacerem- 
barazosoel  estudio  de  la  historia  del  padre  Olivares,  porque 
obliga  al  lector  a  volver  en  cada  capítulo  sobre  hechos  i  so- 


MIGUBTi    DE    OLIVARES  271 


bre  tiempos  que  creia  haber  dejado  atrás.  Pero  el  que  quie- 
ra examinarla  con  paciencia  encontrará  en  ella  un  conjunto 
de  noticias  útilísimas  no  solo  para  conocer  la  historia  de 
los  jesuitas  en  Chile,  sino  para  completar  el  conocimiento 
de  la  historia  política  i  civil.  Desde  luego  debemos  declarar 
que  su  libro  es  una  crónica  casi  completa  de  cuanto  hicie- 
ron los  jesuitas  en  Chile,  de  las  casas  que  fundaron,  de  las 
misiones  que  dieron,  de  los  trabajos  en  que  ejercitaron  su 
notable  actividad  hasta  el  año  de  1736.  El  padre  Olivares, 
por  otra  parte,  mas  injenuo  i  sincero  que  otros  historiado- 
res de  su  orden,  ha  cuidado  de  suministrarnos  noticias  que 
no  se  hallan  de  ordinario  en  los  escritos  de  los  jesuitas  o 
que  son  en  ellos  mucho  menos  completas  i  mucho  menos 
claras  que  las  que  él  nos  da.  Citaremos  algunos  hechos  en 
apoyo  de  nuestro  aserto. 

La  historia  de  la  fortuna  inmensa  que  los  jesuitas  acu- 
mularon en  nuestro  pais,  está  bosquejada  con  bastante  luz 
en  la  obra  de  Olivares.  Señala  éste  casi  todas  las  donacio- 
nes  que  se  hacian  a  la  Compañía,  en  tierras,  en  casas,  en 
dinero,  en  ganado  i  en  esclavos;  porque  el  padre  Olivares 
revela  que  a  pesar  de  que  los  jesuitas  se  proclamaban  ad- 
versarios del  sistema  de  encomiendas,  que  reducía  a  los  in- 
díjenas  al  servicio  personal,  ellos  tuvieron  siempre  yanaco- 
nas o  indios  de  servicio,  como  también  tuvieron  esclavos 
negros  para  el  cultivo  de  sus  tierras,  o  para  las  faenas  in- 
dustriales o  para  los  menesteres  domésticos.  Conviene  ad- 
vertir que  Olivares  da  estas  noticias  con  todo  candor,  sin 
creer  que  su  libro  pueda  dar  oríjen  a  las  acusaciones  de  co- 
dicia que  entonces  comenzaban  a  hacerse  los  jesuitas,  i  que 
mas  tarde  se  han  fulminadocon  grande  enerjía.  Siempre  que 
recuerda  algunas  de  las  donaciones  que  recibíala  Compañía, 
tiene  cuidado  de  advertir  que  Dios  habia  tocado  el  corazón 
del  donante,  el  cual  iba  a  encontrar  en  el  cielo  el  premio  de 
su  desprendimiento. 

Se  sabe  cuanto  se  ha  escrito  en  loor  de  las  misiones  de 
jesuitas  entre  los  indios  bárbaros  de  Chile.  Se  ha  dicho  que 
convertian  al  ::nstianismo  i  reducían  a  la  civilización  a  los 


272  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

salvajes  mas  feroces;  i  que  si  los  gobernadores  hubiesen 
coadyuvado  a  la  ejecución  del  plan  del  padre  Luis  de  Val- 
divia, si  no  lo  hubiesen  embarazado  i  si  no  le  hubiesen 
puesto  término,  los  jesuitas  habrían  asegurado  la  conquis- 
ta i  la  pacificación  de  todo  el  territorio.  El  padre  Olivares, 
aunque  admirador  entusiasta  de  los  misioneros  jesuitas, 
entre  los  cuales  habia  servido  él  mismo,  aunque  los  defien- 
de ardorosamente  en  cada  una  de  sus  pajinas,  da  mucho 
menos  importancia  a  sus  servicios.  Ya  hemos  visto  que  en 
su  historia  civil  declara  que  el  plan  del  padre  Valdivia  no 
surtió  el  efecto  deseado:  en  su  crónica  de  los  jesuitas  se  ma- 
nifiesta inclinado  en  contra  de  ese  plan,  i  ea  favor  del  siste- 
ma de  los  militares  que  consistía  en  acometer  i  castigar  a 
los  indios  cada  vez  que  ejecutaran  alguna  agresión. 

Acerca  de  las  conversiones  de  indíjenas  practicadas  por 
los  misioneros,  el  padre  Olivares  es  mas  esplícito  todavía. 
Según  él,  el  fruto  de  las  misiones  se  reducía  al  bautismo  de 
uno  que  otro  adulto  que  se  convertía  a  la  hora  de  la  muer- 
te, i  de  los  párvulos  a  quienes  dejaban  bautizar  sus  padres, 
i  los  cuales  se  iban  al  cielo  si  tenían  la  dicha  de  morir  antes 
de  la  pubertad,  esto  es,  antes  de  haber  ad(|uírído  los  hábi- 
tos i  vicios  de  sus  padres. ^^  Olivares,  ademas,  tiene  cuidado 
de  advertir  que  cuando  los  indios  eran  pobres  i  no  podían 
alimentar  muchas  mujeres,  o  cuando  vivían  en  una  rejion 
en  que  no  podían  trabajar  bebidas  ni  embriagarse,  esos 
salvajes  eran  mucho  mas  tranquilos  i  dóciles,  i  se  hacían 
cristianos  fácilmente,  ^9  lo  que  no  sucedía  en  otras  provin. 
cías  a  pesar  del  celo  que,  según  el  historiador,  ponían  en 
ello  los  jesuitas.  Por  ultimo.  Olivares  declara  francamente, 
que  si  en  Chíloé  se  lograron  ''los  aprecíables  trabajos  de 


38  "Se  ha  dicho  que  el  fruto  que  se  cojía  sin  exajeracion  (en  las 
misiones),  dice  Olivares  en  la  pajina  477  de  este  libro,  solo  era  de 
algunos  párvulos  que  morían  con  el  agua  del  bautismo,  i  de  tal 
cual  adulto  que  a  la  hora  de  la  muerte  se  convertía".  Este  mismo 
concepto  está  repetido  en  otras  partes  de  su  obra.  Véanse,  entre 
otras,  las  pajinas  268,  327,  358,  359,  477,  492,  494. 

39.  Véanse  las  pájin;\s  361  i  376. 


MIGUEL    DE    OLIVARES  -  273 


los  misioneros",  fué  debido  a  que  los  indios  no  podian  man- 
tener por  su  pobreza  mas  que  una  iñujer,  a  que  carecian  de 
chicha  i  de  vino,  a  que  eran  por  naturaleza  dóciles  i  humil- 
des, i  principalmente  por  estar  sujetos  a  los  soldados  espa- 
ñoles cuando  llegaron  allí  los  padres  jesuitas  a  predicarles 
la  relijion  ^o.  No  se  pueden  reducir  a  mas  molestas  propor- 
ciones los  triunfos  alcanzados  por  los  misioneros  en  la  con- 
versión de  los  indíjenas  de  Chile. 

No  es  menos  injenuo  el  padre  Olivares  al  dar  a  conocer 
los  frutos  que  se  sacaban  del  seminario  para  indíjenas 
mandado  fundar  por  el  rei  en  la  ciudad  de  Chillan,  i  esta- 
blecido allí  en  1700  bajo  la  dirección  de  los  padres  de  la 
Compañía.  Los  indios  que  se  quedaban  toda  su  vida  en- 
tre los  españoles,  vivian  en  paz  como  cristianos  i  como 
hombres  civilizados;  pero  los  que  volvian  a  sus  tierras, 
lejos  de  propender  a  la  conversión  i  a  la  civilización  de  sus 
parientes,  tomaron  todos  los  vicios  de  éstos  i  volvieron  a 
la  vida  salvaje  como  si  nunca  hubieran  recibido  las  leccio- 
nes de  los  padres  jesuitas  ^^. 

Pero  si  estas  injenuas  declaraciones  alejan  al  padre  Oli- 
vares del  espíritu  jeneral  de  los  escritores  de  su  orden,  en 
todas  sus  pajinas  se  muestra  su  mas  firme  i  decidido  defen- 
sor, empeñándose  en  probar  la  superioridad  de  los  jesuitas 
sobre  los  individuos  de  las  otras  relijiones.  Llega  a  este 
resultado  a  veces  por  medios  indirectos,  poniendo  en  boca 
de  los  indios  pequeños  discursos  en  que  se  establece  esa  su- 
perioridad 42;  i  en  otras  ocasiones  sosteniendo  firmemente 
i  en  su  propio  nombre  la  influencia  de  las  misiones  hechas 
por  relijiosos  estraños  a  la  Compañía  ^^^  £1  espíritu  de  cuer- 
po del  padre  Olivares  se  trasluce  igualmente  cuando  defien- 
de los  intereses  de  la  Compañía  como  la  necesidad  que  ha- 
bia  de  que  el  rei  siguiera  abonándole  un  sínodo  para  el  sos- 


40  Véase  la  pajina  363. 

41  Id.  id.     486. 

42  Id.  id.     67,  71  i  113. 

43  Id.  entre  otras  la  pajina  478. 

TOMO   X  18 


274  •ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 


tenimietito  délas  misiones**.  Allí  mismo  el  historiador  deja 
ver  que  aquella  institución  era  ya  desde  el  siglo  XYII  objeto 
de  muchas  acusaciones  *^. 

Una  de  las  singularidades  del  libro  del  padre  Olivares, 
que  habrá  de  sorprender  a  los  que  no  estén  habituados  a 
la  lectura  de  esta  clase  de  obras,  es  el  gran  número  de  mi- 
lagros portentosos  que  contiene.  Es  preciso  advertir  que 
en  este  punto,  este  historiador  no  hace  escepcion  entre  los 
escritores  de  su  orden,  sino  que  por  el  contrario,  sigue  la 
regla  jeneral.  Olivares  cuenta  esos  milagros  del  mismo  modo 
que  los  han  contado  las  cartas  anuas  delosjesuitas,  los  his- 
toriadores Ovalle,  Rosales  i  Lozano,  i  hasta  el  padre  Charle- 
voix,que  publicaba  sus  libros  en  Paris  en  pleno  siglo  XVIII. 
Los  milagros  abundan  también  en  los  otros  antiguos  cro- 
nistas de  América;  pero  hai  que  hacer  notar  una  diferen- 
cia entre  los  que  ellos  refieren  i  los  que  consigna  Olivares. 
La  jeneralidad  de  los  cronistas  cuenta  largamente  los  pro- 
dijios  operados  por  el  cielo  en  favor  de  la  conquista  de  es- 
tos paises,  para  probar  con  ellos  que  Dios  protejia  abierta- 
mente la  causa  del  rei  de  España.  Olivares  no  refiere  esos 
milagros  que  podrian  llamarse  políticos,  como  si  no  creye- 
ra en  la  protección  divina  en  favor  del  monarca  i  de  los 
conquistadores.  Cuenta  sí  los  milagros  operados  por  los 
jesuitas  i  para  los  jesuítas,  a  quienes  pinta  como  los  hijos 
predilectos  de  Dios  i  los  mas  formidables  enemigos  del  de- 
monio. Entre  otros  muchos  casos  que  podrian  citarse  en 
apoyo  de  esta  aseveración,  vamos  a  recordar  uno  solo.  En 
la  misión  de  Buena  Esperanza  habia  una  india  atacada  de 
una  rara  enfermedad,  a  la  cual  describe  como  poseída  por 
el  demonio.  El  padre  jesuíta  Nicolás  Mascardi  quiso  arran- 
carle el  demonio  poniendo  en  juego  las  ceremonias  de  esti- 
lo. Entre  otras  acercó  a  la  india  una  hostia  consagrada: 
el  demonio  se  mantuvo  rebelde  sin  querer  abandonar  el 
cuerpo  de  que  se  habia  apoderado;  pero  el  padre  le  aplicó 


44  Véase   la  pajina  479. 

45  Id.  las  pajinas  497  i  siguientes. 


MIGUEL  DE  OLIVARES  275 


entonces  una  reliquia  de  San  Ignacio,  i  el  enemigo  del  jéne- 
ro  humano,  vencido  por  este  poderoso  talismán,  se  esca- 
pó en  forma  de  perro  por  un  oido  de  la  enferma  dejando* 
la  deshinchada  i  tranquila  ^^.  En  otras  partes,  Olivares 
hace  intervenir  la  protección  divina  en  favor  de  los  in- 
tereses temporales,  las  estancias  i  ganados  de  la  Compa- 
ñia  *^. 

Los  milagros  ocupan  una  buena  parte  del  grueso  volu- 
men que  forma  la  historia  de  los  jesuitas  del  padre  Oliva- 
res. Como  los  milagros  no  son  de  nuestro  tiempo,  algunos 
de  los  lectores  de  esta  obra  creerán  talvez  que  habría  con- 
venido suprimirlos,  i  dejarla  solo  reducida  a  la  relación  de 
los  hechos  que  puedan  interesar  a  la  posteridad.  Sin  duda 
que  si  hubiéramos  hecho  esto,  el  libro  que  hoi  damos  a  luz 
habría  sido  inmensamente  mas  corto  i  su  lectura  hal>ria 
sido  talvez  menos  fatigosa.  Pero  lo  hemos  querido  hacerlo 
así,  porque  creemos  que  la  relación  de  tantos  prodijios  tie- 
ne una  grande  importancia  histórica.  Esos  milagros,  por 
estraños  i  absurdos  que  nos  parezcan,  fueron  una  de  las 
bases  fundamentales  de  la  enseñanza  que  se  daba  a  nues- 
tros mayores,  cuyas  cabezas  recojian  desde  la  niñez  las  su- 
persticiosas patrañas  que  se  les  comunicaban,  i  que  man- 
tenían i  afianzaban  el  predominio  absoluto  de  la  teocra- 
cia. El  historiador  debe  hacerse  cargo  de  estos  antecedentes 
para  conocer  i  apreciar  las  causas  que  produjeron  el  estado 
moral  de  la  sociedad  de  la  colonia. 

Si  el  padre  Olivares  merece  un  puesto  distinguido  entre 
los  historiadores  chilenos,  como  escritor  ocupa  un  lugar 
mas  modesto.  Su  narración  corre  a  veces  fácilmente;  pero 
otras  se  embaraza  i  emplea  frases  interminables,  enredadas 
i  confusas.  A  nuestro  juicio,  proviene  esta  diferencia  de  los 
materiales  que  el  historiador  tenia  en  sus  manos  cuando 
escribia.  Si  tenia  delante  una  relación  o  carta  en  que  los 
hechos  estuvieran  referidos  regularmente,  al  trascribir  esos 


46  Véase  la  pajina  127. 

47  Id.  entre  otras  la  pajina  255. 


276  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

hechos  su  estilo  se  amoldaba  a  ese  modelo,  i  era  regular  i 
hasta  animado.  Pero  cuando  esos  documentos  le  faltaban, 
cuando  él  quiere  discutir  alguna  cuestión,  como  sucede  en 
el  parágrafo  VI  del  capítulo  XVII,  parece  abandonado  a 
sus  propias  fuerzas,  i  su  estilo  se  hace  casi  insoportable.  El 
lector  que  busca  en  estas  pajinas  la  enseñanza  histórica  i 
no  los  primores  literarios,  disculpará  esta  imperfección  i  ce- 
lebrará que  se  haya  salvado  del  olvido  la  Historia  de  la 
provincia  de  la  Compañía  de  Jesús  de  Chile. 


IX 

DON  JOSÉ  PÉREZ  GARCÍA  * 

El  que  ahora  treinta  o  cuarenta  años  hubiese  querido  ha- 
cer un  estudio  jeneral  de  nuestra  historia,  o  formarse  una 
idea  mas  o  menos  exacta  de  su  conjunto,  no  habría  podido 
dispensarse  de  consultar  una  obra  que  hasta  hoi  permane- 
ce inédita  i  escrita  en  dos  enormes  volúmenes  en  folio,  con 
el  título  de  Historia  jeneral,  militar^  civil  i  sagrada  del  rei- 
no de  Chile  por  el  teniente  coronel  don  José  Pérez  García. 
Hasta  la  época  de  la  publicación  de  la  historia  que  lleva  el 
nombre  de  don  Claudio  Gay,  aquella  obra  era  el  conjunto 
mas  estenso  i  completo  de  noticias  históricas  i  jeográficas 
que  existieran  sobre  Chile  desde  los  tiempos  mas  antiguos 
hasta  1808.  Solo  podría  competir  con  ella,  bajo  este  aspec- 
to, la  historia  inédita  del  coronel  don  Vicente  Carvallo  i 
Goyeneche,  cuyo  manuscrito  orijinal  estaba  en  poder  de  un 
erudito  coleccionista  de  Buenos  Aires,  i  que  por  esto  mismo 
solo  de  nombre  era  conocida  entre  nosotros. 


*  Publicado  en  la  Revista  Chilena  (Santiago,  1875)  t.  I,  pájs. 
369-380,  i  en  gran  parte  reproducido  por  Medina,  Historia  de 
la  literatura  colonial  de  Chile.  (Santiago,  1878),  t.  II,  pájs.  476 
a  489. 

Nota  del  compilador. 


278  BSTUDIO   HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS 

La  reputación  de  la  historia  inédita  de  Pérez  García  era 
verdaderamente  colosal  antes  de  1840.  Los  herederos  de 
éste  guardaban  con  un  relijioso  respeto  el  manuscrito  oriji- 
nal;  pero  les  pocos  hombres  que,  como  don  Mariano  Ega- 
ña,  querían  hacer  el  estudio  de  nuestro  pasado,  habian  he- 
cho sacar  copias  que  conservaban  como  un  verdadero  tesoro 
histórico.  Otro  curioso  coleccionista,  cuyo  nombre  no  nos 
es  conocido,  tuvo  la  idea  de  copiar  el  manuscrito  introdu- 
ciendo en  su  redacción  alguna  correcciones  que,  si  han  me- 
jorado algo  el  estilo,  han  perjudicado  a  su  fondo.  Aun  se 
sacaron  copias  para  enviar  al  estranjero;  i  la  biblioteca 
pública  de  Buenos  Aires,  conserva  una  de  ellas,  revestida 
con  la  firma  del  historiador. 

Ya  veremos  que  el  aprecio  que  se  hacia  de  este  manus- 
crito no  era  en  modo  alguno  injustificado.  Pero,  para  pro- 
ceder con  método,  vamos  a  comenzar  nuestro  estudio  dan- 
do a  conocer  la  vida  del  autor. 

Don  José  Pérez  García  era  orijinario  de  España.  Nació 
en  1721  en  la  pintoresca  villa  de  Colindres,  situada  a  pocas 
leguas  al  oriente  de  Santander,  i  en  el  antiguo  señorío  de 
Vizcaya.  Eran  sus  padres  don  Francisco  Pérez  Pinera  i 
doña  Antonia  García  Manrueza,  ^'caballeros  nobles,  hijos— 
dalgos,  de  sangre  i  naturaleza,  de  casa  infanzona  i  solarie- 
ga, pendón  i  caldera,"  como  dice  su  ejecutoria  de  nobleza. 
Entre  sus  mayores,  contaba  esa  familia  algunos  hombres 
mas  o  menos  distinguidos.  El  tercer  abuelo  de  don  José,  don 
Pedro  Pérez  Quintana,  fué  caballero  de  la  orden  de  Cala- 
trava  i  jeneral  de  la  real  armada  bajo  el  reinado  de  Felipe 
III. 

No  parece  que  don  José  Pérez  García  hiciera  estudios 
literarios.  Adquirió  los  pocos  conocimientos  que  en  esa 
época  constituian  la  preparación  intelectual  de  los  que  que- 
rían dedicarse  al  comercio,  i  a  la  edad  de  veinte  años  pasó 
a  América  al  lado  de  un  hermano  mayor,  don  Santiago, 
que  hizo  mas  tarde  una  fortuna  colosal  en  el  Alto  Perú,  i 
que  mantenia  una  casa  de  comercio  en  Buenos  Aires,  que 
era  el  puerto  por  donde  importaban  las  mercaderías  euro- 


DON   JOSÉ    PÉREZ      GARCÍA  279 

peas  i  esportaban  los  productos  americanos  los  comer- 
ciantes de  Charcas  i  Potosí.  Don  José  Pérez  García  perma- 
neció en  aquella  ciudad  cerca  de  diez  años,  ocupado  en  los 
trabajos  mercantiles.  Allí  estuvo  también  alistado  en  los 
cuerpos  de  tropas  que  guarnecian  la  ciudad,  primero  como 
cadete  de  dragones,  cargo  que  sirvió  mas  de  dos  años,  i 
luego  como  alférez  de  milicias  de  la  compañía  de  foraste- 
ros, a  que  perteneció  otros  cinco.  Ks  probable  que  contan- 
do con  la  protección  de  su  hermano  mayor  adquiriera  en 
Buenos  Aires  la  base  de  la  fortuna  que  poco  mas  tarde  in- 
crementó considerablemente  en  Chile. 

¿En  qué  año  pasó  Pérez  García  a  este  pais?  No  encuentro 
esta  noticia  en  ninguno  de  los  documentos  que  acerca  de 
su  vida  he  podido  consultar;  pero  del  estudio  detenido  de 
su  historia  infiero  que  fué  en  1752,  o  a  lo  mas  en  los  pri- 
meros meses  del  año  siguiente.  Tiene  este  cronista  la  buena 
práctica  de  citar  al  pié  de  sus  pajinas  la  fuente  de  dónde 
ha  tomado  sus  noticias,  refiriéndose  con  frecuencia  a  las 
conversaciones  con  los  personajes  que  intervinieron  en  los 
hechos  o  los  presenciaron,  i  apelando  también  a  sus  pro- 
pios recuerdos  para  manifestar  que  escribe  como  testigo 
de  vista.  Desde  los  sucesos  de  1753  comienza  a  apoyarse 
en  su  testimonio  personal,  poniendo  en  sus  notas  las  pala- 
bras: **lo  hemos  visto."  El  primer  suceso  que  certifica  de 
esta  manera  es  el  establecimiento  del  estanco  de  tabaco  en 
el  reino  de  Chile,  i  la  prohibición  de  cultivar  esta  planta 
en  su  territorio.  En  otra  parte  de  su  historia  dice  que  vino 
a  Chile  por  el  cabo  de  Hornos,  pero  no  espresa  la  fecha  de 
su  viaje.  ** Viniendo  en  la  Guipúzcoa,  dice,  vi  estrellarse  en 
sus  peñas  sus  encrespadas  aguas,  que  con  el  sol  que  salió  a 
mostrarnos  el  riesgo,  parecian  un  cardumen  de  estrellas 
que  formaban  un  mar  de  plata." 

Establecido  en  Santiago,  don  José  Pérez  García  vivió 
ocupado  principalmente  en  sus  especulaciones  mercantiles. 
Dotado  de  una  intelijencia  clara,  de  un  injenio  alegre  i  fes- 
tivo, de  una  notable  probidad,  se  labró  en  el  comercio  i  en 
la  sociedad  una  de  esas  reputaciones  que  atraen  a  los  hom- 


280  ESTUDIO    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

bres  el  respeto  i  la  estimación  de  los  que  los  conocen.  A 
los  diez  años  de  hallarse  en  Chile,  el  10  de  marzo  de  1763, 
contrajo  matrimonio  con  doña  María  del  Rosario  Salas  i 
Ramírez,  señora  principal  de  Santiago,  e  hija  de  un  rico 
comerciante  español,  natural  también  de  la  villa  de  Colin- 
dres  1  .  Este  enlace,  que  fué  causa  de  que  estableciera  definiti- 
vamente su  hogar  en  Chile,  lo  relacionaba  por  los  vínculos 
de  familia  con  algunas  de  las  casas  mas  aristocráticas  de 
Santiago. 

Pérez  García  llegó  a  ser  todo  aquello  a  que  podia  aspi- 
rar en  esa  época  un  honrado  i  noble  vecino  de  esta  ciudad. 
Fué  tesorero  i  director  de  algunas  cofradías  relijiosas,  car- 
gos a  los  cuales  se  daba  entonces  una  importancia  que 
han  perdido  en  nuestro  tiempo,  capitán  de  una  compañía 
del  batallón  de  número  de  las  milicias  de  infantería  (por 
nombramiento  del  19  de  diciembre  de  1768);  capitán  del 
rejimiento  de  infantería  del  rei  (por  nombramiento  de  19 
de  setiembre  de  1777);  diputado  de  comercio,  o  lo  que  es 
lo  mismo,  jefe  del  tribunal  especial  en  asuntos  mercantiles, 
en  dos  ocasiones  diferentes,  en  1781  i  en  1793,  i  por  último, 
miembro  del  cabildo  de  Santiago.  Sus  relaciones  i  sus  ami- 
gos se  contaban  entre  los  hombres  mas  altamente  colocados 
en  la  colonia.  En  las  notas  de  su  libro  alude  con  frecuen- 
cia a  sus  conversaciones  con  el  presidente  de  Chile  don  Am- 

1.  El  suegro  de  Pérez  García  se  llamaba  don  Manuel  Jerónimo  de 
Salas:  i  su  suegra,  que  era  chilena  relacionada  con  las  mas  altas 
familias  de  Santiago,  fué  doña  Ana  Josefa  Ramírez.  Hijos  de  éstos 
fueron,  entre  otros,  doña  Rosa,  casada  con  el  maestre  de  campo 
don  José  Cruzatt,  que  fué  alcalde  ordinario  de  Santiago  en  1757; 
doña  Antonia,  casada  con  don  Martin  José  de  Larrain,  natural 
de  Aranaz,  villa  de  Navarra,  alcalde  ordinario  de  Santiago  en 
1759,  i  padre  de  una  numerosa  familia  que  se  ilustró  en  la  revo- 
lución; i  doña  Josefa,  casada  con  el  comisario  don  Salvador  de 
Trucíos,  natural  de  Vizcaya. 

Don  José  Pérez  García  tuvo  varios  hijos,  de  los  cuales  los  mas 
distinguidos  fueron  don  Francisco  Antonio,  gran  patriota  de 
1810,  i  don  Santiago,  padre  del  señor  don  José  Joaquin  Pérez,  ex- 
presidente de  la  república. 


DON    JOSÉ    PÉREZ    GARCÍA  281 

brosio  O'Higgins,  con  el  correjidor  de  Santiago  don  Luis 
de  Zañartu,  i  con  otras  personas  distinguidas  por  su  fortu- 
na o  por  el  destino  que  desempeñaban.  Agregúese  a  esto 
que  Pérez  García  logró  formarse  en  el  comercio  un  capital 
considerable  que  aseguraba  su  independencia  i  el  prestijio 
de  su  posición.  Cuando  creyéndose  demasiado  viejo  para 
atender  los  negocios  comerciales,  quiso  balancear  su  fortu- 
na i  retirarse  a  su  casa,  se  encontró  dueño  de  poco  mas  de 
cincuenta  mil  pesos,  riqueza  mui  considerable  a  fines  del  si- 
glo XYIII.  Poseia  entre  otros  bienes,  una  gran  casa  en 
el  centro  de  Santiago  2  ,  i  la  estensa  i  valiosa  hacienda  de 
Chena,  que  llegaba  entonces  hasta  cerca  de  los  suburbios 
de  la  capital,  comprendiendo  algunos  miles  de  cuadras,  i 
que  ahora  (1875),  representa  un  valor  de  mas  de  un  millón 
de  pesos. 

Hallándose  resuelto  a  no  salir  de  este  pais  de  sus  afec- 
ciones i  de  ordinario  de  su  familia,  recibió  el  nombramiento 
puramente  honorífico  de  alcalde  ordinario  de  su  pueblo  na- 
tal. Pérez  García  guardó  este  nombramiento  como  un  títu- 
lo de  honor;  pero  no  pensó  en  volver  a  España.  Mas  ade- 
lante, en  1789  solicitó  del  rei  otra  distinción.  En  un  estenso 
memorial,  hacia  valer  sus  servicios  como  oficial  de  milicias, 
manifestando  que  habia  desempeñado  todas  las  comisio- 
nes que  se  le  confiaron,  representaba  su  calidad  de  caballe- 
ro hijodalgo,  i  pedia  se  le  confiriera  «el  título  de  teniente 
coronel  del  ejército  a  que  se  creia  merecedor.  En  la  vida  co- 
lonial, los  grados  de  esta  clase,  no  se  concedian  siempre 
como  un  premio  de  servicios  efectivos,  sino  como  un  tim- 
bre de  honor  que  daba  gran  prestijio  al  que  lo  recibia.  Pé- 
rez García  buscaba  en  él  la  satisfacción  de  un  sentimiento 
de  vanidad  natural  entre  sus  contemporáneos,  así  como  él 


2.  Situada  en  la  actual  calle  de  la  Bandera,  cuadra  i  media  al 
sur  del  palacio  de  los  tribunales,  que  don  José  Pérez  García  habi- 
tó hasta  su  muerte.  Hasta  hace  veinte  años  se  conservaba  en  el 
mismo  estado  que  tenia  en  tiempo  de  este  historiador.  Tiene  ac- 
tualmente (1875)  el  número  26. 


282  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOCRÁFICOS 

i  los  mas  encumbrados  vecinos  de  Santiago  pedian  el  título 
de  cadete  en  los  cuerpos  de  milicias  para  cada  uno  de  sus 
hijos,  cuando  éstos  acababan  de  nacer.  El  nombramiento 
de  capitán  o  de  coronel  les  daba  derecho  para  vestir  casaca 
militar,  para  asistir  a  todas  las  fiestas  públicas  i  para  re- 
cibir los  honores  correspondientes  a  ese  rango. 

Pérez  García,  sin  embargo,  no  obtuvo  de  la  corte  el  nom- 
bramiento que  solicitaba.  Recibió  solo  el  de  teniente  coro- 
nel de  milicias,  que  le  autorizó  para  usar  el  resto  de  sus 
días  la  casaca  militar,  pero  que  lo  colocaba  en  un  rango  in- 
ferior a  aquel  a  que  habia  aspirado.  Talvez,  no  pudo  darse 
nunca  cuenta  de  la  causa  que  habia  impedido  que  su  solici- 
tud tuviera  mejor  resultado.  Nosotros  hemos  podido  des- 
cubrirla entre  el  polvo  de  los  archivos,  i  vamos  a  revelarla. 
El  presidente  de  Chile  don  Ambrosio  O'Higgins,  enemigo 
decidido  de  que  los  títulos  militares  fueran  solo  un  objeto 
de  vanidad  i  no  la  recompensa  de  servicios  efectivos,  dirijió 
a  la  corte  la  siguiente  nota  reservada: 

''Excmo.  señor:  Encamino  a  U.  E.,  un  memorial  de  don 
José  Pérez  García,  capitán  del  rejimiento  de  infantería  de 
mihcias  del  Rei,  de  esta  capital,  en  que  representa  tener 
contraidos  mas  de  41  años  de  servicios  en  varios  destinos 
i  otros  méritos,  solicitando  por  su  edad  i  dolencias  retiro 
con  algunas  preeminencias  que  especifica,  a  que  su  coronel 
le  reputa  acreedor;  L supuesto  que  en  mi  informe  de  24  de 
setiembre  de  1789  número  156  al  Excmo.  señor  don  Anto- 
nio Valdes  le  acredité  para  teniente  coronel  de  milicias, 
contemplo  que  será  suficiente  concederle  retiro  de  este  gra- 
do, i  escusar  el  de  ejército  que  pide.  Nuestro  Señor  guarde  la 
importante  vida  de  U.E.  muchos  años. — Santiago  de  Chile, 
24  de  octubre  de  1791.— Excmo.  señor,— Ambrosio  O'Hig- 
gins Vallenar. — Excmo.  señor  Conde  de  Campo  Alanje." 

Hemos  dicho  mas  atrás  que  don  José  Pérez  García  no 
habia  hecho  en  su  juventud  los  estudios  que  preparan  al 
hombre  para  el  cultivo  de  las  letras.  Sin  embargo,  contra 
lo  que  podia  esperarse  de  su  educación  i  de  las  ocupaciones 
de  toda  su  vida,  poseia  un  amor  apasionado  a  la  lectura,  i 


DON  JOSé  PÉREZ  GARCÍA  283 


lo  que  es  mas  curioso,  a  la  lectura  de  los  libros  de  historia 
americana.  Afanábase  por  recojer  i  estudiar  cuanto  papel 
impreso  o  manuscrito  tuviera  alguna  atinjencia  con  la  his- 
toria i  la  jeografía  de  Chile;  i  mediante  muchas  dilijencias  i 
probablemente  no  pocos  gastos,  llegó  a  formar  una  copio- 
sa colección  de  libros  i  documentos  que  estudió  con  toda 
prolijidad.  Examinó  ademas  los  archivos  públicos  a  que 
pudo  tener  acceso,  i  sobre  todo  el  del  cabildo  de  Santiago, 
que  nunca  habian  sido  estudiados  con  un  propósito  histó- 
rico. Al  fin  llegó  a  conocer  nuestro  pasado  como  no  lo  ha- 
bia  conocido  nadie  antes  de  él.  Su  versación  en  los  libros 
i  documentos,  i  el  caudal  de  noticias  que  en  ellos  habia  re- 
cojido,  le  granjearon  a  fines  del  siglo  XVIII  reputación 
de  un  erudito  profundo  a  quien  todos  consultaban  para  re- 
cojer informaciones  referentes  a  cualquier  hecho  relaciona- 
do con  nuestra  historia. 

En  1789,  el  presidente  de  Chile  don  Ambrosio  O'Higgins 
recibió  orden  del  rei  de  España  para  buscar  los  manuscritos 
históricos  que  habia  dejado  en  Chile  el  ex-jesuita  Miguel  de 
Olivares.  Como  la  relación  de  éste  llegaba  solo  hasta  el 
año  de  1717,  O'Higgins  creyó  conveniente  completarla  ha- 
ciéndole añadir  una  reseña  de  los  sucesos  posteriores,  i  con- 
fió este  trabajo  a  don  José  Pérez  García.  Esa  reseña  parece 
definitivamente  perdida,  como  lo  parece  igualmente  la  se- 
gunda parte  de  la  historia  de  Olivares,  a  la  cual  debiá  ser- 
vir de  complemento;  pero  sí  consta  que  fué  remitida  a  Es- 
paña en  agosto  de  1790. 

A  pesar  de  estos  estudios  preparatorios,  Pérez  García 
vaciló  mucho  antes  de  emprender  definitivamente  la  obra 
que  le  ha  dado  celebridad.  Como  es  fácil  comprender,  la  so- 
ciedad colonial  no  ofrecia  mucho  estímulo  para  acometer 
trabajos  de  esta  naturaleza.  El  autor  podia  estar  seguro 
de  que  su  manuscrito  quedaria  sepultado  en  la  oscuridad, 
como  tantos  otros  libros  i  papeles  concernientes  a  nuestra 
historia.  No  solo  no  existia  la  imprenta  en  Chile,  sino  que 
era  escusado  pretender  dar  a  luz  fuera  del  pais  una  obra  de 
esa  clase,  porque  las  dificultades  que  presentaba  esta  em- 


284  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

presa  eran  casi  insubsanables.  A  pesar  de  estos  graves  obs- 
táculos, i  teniendo  que  vencer  otro  mucho  mayor  todavía, 
la  edad  de  ochenta  i  tres  años  a  que  habia  llegado,  don 
José  Pérez  García,  acometió  en  1804?  la  obra  de  dar  cohe- 
sión a  sus  apuntes  i  recuerdos,  i  de  escribir  por  fin  una  his- 
toria jeneral  del  reino  de  Chile. 

Seis  años  enteros  de  un  trabajo  incesante  empleó  en  el 
desempeño  de  esta  tarea,  superior  sin  duda  a  la  prepara- 
ción literaria  del  autor,  i  mas  superior  todavía  a  las  fuerzas 
de  un  anciano  octojenario.  En  esos  seis  años  escribió  de  su 
puño  i  letra  setenta  i  cuatro  gruesos  cuadernos  de  papel  de 
hilo,  que  dividió  en  dos  cuerpos,  cada  uno  de  los  cuales  fué 
cosido  i  empastado  en  un  enorme  volumen  de  cerca  de  mil 
pajinas.   Por  fin,  el  21  de  junio  de  1810  pudo   anotar  en  el 
último  pliego  de  su  manuscrito  las  líneas  siguientes:  '^Has- 
ta el  dia  19  de  este  mes  (marzo  del  año  de  1808)  me  he  pro- 
puesto llegar  con  mi  historia  jeneral  del  reino  de  Chile,  de- 
jando al  pulso  de  mejor  pluma  referir  que  por  renuncia  del 
señor  don  Carlos  lY  subió  al  trono  el  señor  don  Fernando 
VII,  coronado  en  Madrid  este  dicho  dia,  mes  i  año,  para  ser 
el  monarca  español  mas  desgraciado.   Santiago  de  Chile, 
dia  del  Santísimo  Corpus  Christi,  21  dejunio  de  1810.— José 
PÉREZ  García."   En  esos  dias  frisaba  en  los  noventa  años. 
En  esa  edad  avanzada,  en  que  la  mayor  parte  de  los 
hombres  que  la  alcanzan  han  perdido  el  uso  de  sus  faculta- 
des intelectuales,  Pérez  García  habia  conservado  la  enerjía 
moral  i  física  para  resistir  durante  seis  años  a  un  trabajo 
abrumador,  i  para  terminar  al  fin  una  obra  que,  dadas  las 
circunstancias  del  autor  i  el  tiempo  en  que  escribió,   puede 
llamarse  monumental.  Su  vida  iba  a  estar  sometida  a  otra 
prueba  no  menos  penosa,  a  que  resistió  algunos  años  mas, 
pero  al  fin  le  costó  la  vida. 

El  mismo  año  en  que  terminó  su  historia  se  inició  la  re- 
volución chilena  contra  la  dominación  secular  de  la  metró- 
poli. El  movimiento  de  1810,  pacífico  en  apariencia,  debia 
ser  el  oríjen  de  turbulentas  convulsiones,  cuya  proximidad 
no  podia  ocultarse  a  la  penetración  de  un  hombre  intelijen- 


DON    JOSÉ    PÉREZ    GARCÍA  285 


te  como  lo  era  Pérez  García.  Los  hijos  de  éste  se  enrolaron 
desde  el  primer  día  en  las  filas  revolucionarias;  i  el  mayor 
de  ellos,  el  doctor  don  Francisco  Antonio  Pérez,  comenzó 
desde  luego  a  figurar  entre  los  patriotas  mas  ardorosos  i 
exaltados.  Don  José,  español  de  nacimiento,  empapado  en 
las  ideas  de  obediencia  ilimitada  i  absoluta  al  rei,  viviendo 
del  recuerdo  de  la  grandeza  i  del  poder  de  España,  creyó 
que  la  revolución  era  no  solo  un  desacato  a  la  autoridad 
real  sino  un  acto  de  locura,  puesto  que  la  América  no  podia 
resistir  a  los  ejércitos  de  la  metrópoli  tan  luego  como  ésta 
se  viera  libre  de  la  invasión  francesa,  que  según  sus  cálcu- 
los, no  podria  durar  largo  tiempo.  Procediendo,  sin  embar- 
go, con  una  prudencia  que  casi  no  debia  esperarse  de  sus 
convicciones,  no  hizo  ningún  esfuerzo  para  influir  sobre  sus 
hijos  a  fin  de  que  abandonaran  la  causa  que  hablan  abra- 
zado. Puede  decirse  que  aunque  realista  de  corazón,  Pérez 
García  se  mantuvo  neutral  en  la  lucha  que  se  iniciaba. 

Volvió,  en  efecto,  lejos  del  movimiento  político,  sin  que- 
rer apoyarlo  con  el  prestijio  de  su  nombre,  pero  también 
sin  pretender  combatirlo  por  ningún  medio.  Pero  cuando 
vio  que  la  revolución  tendia  a  propagar  la  instrucción  en- 
tre los  habitantes  de  Chile,  a  mejorar  su  condición  jenerali- 
zando  entre  el  pueblo  los  conocimientos  útiles,  i  a  preparar 
reformas  basadas  en  el  resultado  que  arrojaban  los  pocos 
estudios  estadísticos  que  entonces  existían,  el  ilustrado  his- 
toriador se  apresuró  a  suministrar  el  concurso  de  sus  luces. 
Por  decreto  de  29  de  enero  de  1812  el  gobierno  revolucio- 
nario invitó  a  todos  los  chilenos  a  concurrir  con  sus  estu- 
dios i  su  esperiencia  a  esta  obra  civilizadora  proponiendo 
medidas  útiles  a  la  prosperidad  pública.  La  Aurora  de  Chi- 
le, que  iba  a  publicarse  en  pocos  dias  mas,  debia  ser  el  ór- 
gano de  propagación  de  esas  ideas.  Don  José  Pérez  García 
olvidó  entonces  sus  reservas,  i  suministró  sus  conocimien- 
tos para  la  discusión  de  las  mas  altas  cuestiones.  El  padre 
Camilo  Henríquez,  redactor  en  jefe  de  ese  periódico,  pudo 
así  escribir  en  el  número  3*^  un  importante  artículo  que  lle- 
va este  título:  Observaciones  sobre  la  población  del  reino 


ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 


de  Chile,  en  que  ha  agrupado  un  gran  número  de  curiosísi- 
mos datos  históricos  i  estadísticos.  Al  terminar  ese  artícu- 
lo, el  ilustre  publicista  tiene  el  cuidado  de  añadir  estas  pa- 
labras: "Todo  esto  consta  por  la  historia  manuscrita  de 
don  José  Pérez  García,  que  es  el  único  que  hasta  ahora  ha 
tenido  la  bondad  de  comunicarnos  sus  papeles  con  celo 
filantrópico". 

Pero  la  revolución  que  debia  hacer  tantas  víctimas  en 
los  campos  de  batalla,  iba  a  arrastrar  también  al  anciano 
historiador.  El  papel  que  en  ella  habian  desempeñado  sus 
hijos  no  debia  pasar  desapercibido  ni  quedar  sin  castigo 
bajo  la  reconquista  española  de  1814.  Don  Francisco  An- 
tonio Pérez,  el  mas  comprometido  de  ellos,  se  sustrajo  por 
algunos  dias  a  las  persecuciones  ocultándose  en  Colina,  en 
la  hacienda  de  sus  primos,  los  Larraines  i  Salas.  Sorprendi- 
do al  fin,  fué  llevado  precipitadamente  a  Valparaiso,  sin 
permitírsele  ver  a  sus  parientes.  Allí  fué  embarcado  en  un 
buque  que  zarpaba  del  puerto.  Se  le  enviaba  al  presidio  de 
Juan  Fernández;  pero  sus  deudos  i  amigos  que  queda- 
ban en  Chile,  ignoraron  por  algún  tiempo  el  lugar  de  su 
confinación. 

Indecibles  fueron  las  amarguras  porque  pasó  el  venerable 
historiador  de  Chile.  Persuadido  de  que  no  volveria  a  ver 
a  su  hijo  idolatrado,  creyendo  que  se  le  habia  llevado  a  al- 
gún lugar  desierto  donde  pereceria  de  hambre  i  de  miseria, 
pasaba  el  dia  llorando  lágrimas  de  profundo  dolor  o  im- 
plorando a  Dios  en  sus  fervorosas  oraciones  por  el  alma  del 
que  creia  ya  difunto.  Sin  embargo,  nada  hacia  presentir  su 
próximo  fin.  Pérez  García,  a  pesar  desús  93  años,  se  levan- 
taba cada  dia,  i  fuera  del  abatimiento  que  se  habia  apode- 
rado de  su  espíritu,  llevaba  la  vida  ordinaria  de  sus  mejo- 
res tiempos.  Una  mañana  fué  acometido  por  una  fatiga  re- 
pentina, i  pocos  momentos  después  espiró  rodeado  de  los 
deudos  i  amigos  que  las  persecuciones  políticas  no  habian 
arrancado  de  su  lado.  Ocurría  esto  a  fines  de  noviembre  de 
1814.  Su  cadáver  fué  sepultado  en  la  iglesia  de  San  Fran- 
cisco, con  toda  la  pompa  que  correspondia  al  lustre  de  su 


DON    JOSÉ    PÉREZ    GARCÍA  287 


familia,  i  a  la  injeote  fortuna  que  habia  sabido  labrarse. 
Sobre  su  tumba,  sin  embargo,  no  se  puso  ninguna  inscrip- 
ción, de  tal  suerte  que  hoi  no  se  conoce  el  sitio  de  su  sepul- 
tura. 

Don  José  Pérez  García  habia  reunido  una  copiosa  colec- 
ción de  obras  impresas  i  manuscritas  concernientes  a  la  his- 
toria de  Chile,  i  muchos  documentos  del  mas  alto  interés 
que  cita  a  cada  paso  en  las  pajinas  de  su  libro.  De  algunos 
de  ellos  no  tenemos  mas  noticias  que  las  que  él  mismo  nos 
ha  dado  en  sus  notas,  como  una  historia  manuscrita  de 
Chile  por  Antonio  García,  la  obra  grande  de  Jerónimo  de 
Quiroga,  de  que  no  conocemos  mas  que  un  compendio  pu- 
blicado por  Valladares  en  el  tomo  XXIII  del  Semanario 
Erudito,  i  la  segunda  parte  de  la  historia  civil  del  padre 
Olivares.  Todos  estos  libros  i  documentos  han  desaparecido. 
La  familia  de  Pérez  García  no  ha  conservado  mas  que  el 
manuscrito  de  la  historia  que  este  mismo  escribió. 

En  esta  corta  reseña  hemos  reunido  todas  las  noticias 
que  hemos  podido  recojer  acerca  de  la  vida  de  don  José  Pérez 
García.  Ellas  servirán  en  cierto  modo  para  comprender  el 
espíritu  de  la  obra  que  compuso,  i  de  que  vamos  a  hablar 
en  las  líneas  siguientes. 

La  Historia  jeneral,  natural,  militar,  civil  i  sagrada  del 
reino  de  Chile  por  don  José  Pérez  García,  es  una  de  las  obras 
mas  serias  que  se  hayan  compuesto  sobre  Chile,  sea  que  se 
considere  su  estensíon  i  el  período  de  tiempo  que  abarca, 
sea  que  se  tome  en  cuenta  el  estudio  prolijo  que  ha  exijido  i 
la  ordinaria  exactitud  de  su  narración.  Hemos  dicho  al  co- 
menzar este  estudio  que  antes  que  vieran  la  luz  pública  los 
trabajos  emprendidos  en  los  últimos  treinta  años, esa  obra 
era  la  fuente  abundante  de  informaciones  históricas  a  que 
tenian  que  ocurrir  todos  los  que  deseaban  estudiar  nuestro 
pasado. 

Se  abre  el  libro  con  una  dedicatoria  a  la  virjen  del  Soco- 
rro, "descubridora,  conquistadora  i  pobladora  del  reino  de 
Chile,"  cuyos  milagros  recuerda  apoyándose  no  solo  en  las 
crónicas  que  los  contaron,  sino  en  los  sermones  que  cada 


288  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

año  se  predicaban  en  el  templo  de  San  Francisco  en  honor 
de  esa  preciada  efijie.  Pasa  en  seguida  a  descutir  el  oríjen  de 
los  americanos,  si  este  continente  fué  poblado  antes  del  di- 
luvio, si  estuvo  en  él  el  apóstol  Santo  Tomas  i  otras  cues- 
tiones análogas  dilucidadas  con  el  ausilio  de  algunas  cro- 
nistas españoles  de  la  escuela  histórico-teolójica,  que  tuvie- 
ron particular  empeño  en  no  omitir  absurdo  alguno  en  sus 
escritos.  Todas  las  primeras  pajinas  de  Pérez  García  no  tie- 
nen, pues,  importancia  ni  interés  alguno.  No  se  le  pueden 
reprochar  los  errores  que  en  ella  ha  amontonado,  copián- 
dolos de  otros  libros;  pero  ellos  sirven  para  formarse  idea 
de  los  estravíos  a  que  la  superstición  de  la  colonia  arras- 
traba aun  a  los  hombres  mas  intelijentes  e  ilustrados. 

Después  de  estos  primeros  capítulos,  tan  inútiles  para  la 
historia,  ha  colocado  Pérez  García  una  prolija  reseña  jeo- 
gráfica  del  territorio  chileno.  Ha  reunido  con  este  motivo 
curiosos  datos  históricos  i  estadísticos,  i  ha  agrupado  un 
grande  acopio  de  noticias  que,  si  no  bastan  para  constituir 
un  cuadro  completo  de  la  jeografía  de  Chile  en  1804,  año 
en  que  fué  escrita  esta  parte  de  su  obra,  puede  servir  de 
punto  de  partida  para  un  buen  trabajo  de  esa  clase. 

Mas  adelante,  destina  Pérez  García  muchas  pajinas  a 
dar  a  conocer  las  costumbres  de  los  araucanos,  su  industria 
i  su  lengua,  su  organización  social  i  civil;  i  de  aquí  pasa  a 
tratar  de  la  historia  natural  de  nuestro  territorio.  En  to- 
das estas  materias  se  limita  a  seguir  mas  o  menos  constan- 
temente los  escritos  del  abate  Molina,  de  modo  que  en  su 
libro  se  encuentra  solo  una  que  otra  indicación  que  no  sea 
jeneralmente  conocida. 

Pero  el  mérito  real  del  manuscrito  de  Pérez  García  reside 
en  la  relación  histórica,  que  constituye  cerca  de  las  tres 
cuartas  partes  de  toda  la  obra.  El  escritor  se  habia  prepa- 
rado con  sólidos  estudios  de  las  crónicas  anteriores,  así  iné- 
ditas como  impresas,  i  de  todos  los  documentos  que  llega- 
ron a  sus  manos;  i  aunque  con  olvido  completo  de  las  for- 
mas literarias,  pudo  hacer  un  libro  que  tiene  un  valor  ver- 
dadero i  que  puede  consultarse  con  provecho  aun  después 


DON    JOSÉ    PÉREZ    GARCÍA  289 


de  haberse  descubierto  tantos  documentos  i  de  haberse  co- 
menzado a  rehacer  con  la  a^^uda  de  éstos  la  historia  de  la 
conquista  i  de  la  colonia.  La  razón  de  la  superioridad  de 
Pérez  García  sobre  las  que  le  precedieron  se  encuentra  en 
que  el  autor  no  ha  aceptado  siempre  como  verdad  incues- 
tionable lo  que  hallaba  escrito  por  otros  autores;  que  ha 
tratado  de  comprobarlo  por  sí  mismo  i  mediante  la  confron- 
tación de  esas  relaciones  con  los  documentos,  i  que  por  fin 
ha  rectificado  en  muchos  puntos  numerosos  errores,  i  ha 
consignado  hechos  bien  averiguados  que  no  rejistraban  las 
otras  crónicas.  Estas  cualidades  son  mas  dignas  de  estima- 
clon  cuando  se  considera  que  la  jeneralidad  de  los  cronistas 
esceptu.'indo,  es  verdad,  a  losque  refirieron  los  hechos  en  que 
^figuraron  como  testigos  i  como  actores  (a  cuyo  número 
pertenecen  Góngora  Marmolejo  i  Marino  de  Lovera,  que 
Pérez  García  no  conoció),  no  hacen  otra  cosa  que  copiarse 
mas  o  menos  fielmente  los  unos  a  los  otros,  reproduciendo 
así  sin  crítica  alguna  los  errores  que  encontraban  escritos. 
Pérez  García  tuvo  bastante  sagacidad  para  descubrir  los 
vicios  de  ese  sistema,  i  se  apartó  de  él  cuanto  se  lo  permi- 
tieron los  medios  de  comprobación  que  tuvo  a  su  alcance  í 
la  limitada  luz  que  podia  darle  su  reducida  preparación 
literaria.  Así  se  le  ve  que  al  paso  que  refuta  terminante- 
mente a  los  otros  cronistas  cada  vez  que  los  encuentra  en 
contradicción  con  los  documentos,  i  sobre  todo  con  las 
actas  del  cabildo  de  Santiago  que  conocía  muí  bien,  les  da 
fácilmente  crédito  en  todo  aquello  que  no  podia  refutarles. 
Lo  lójico  i  natural  habria  sido  mirar  con  desconfianza  i  no 
-aceptar  sin  reservas  las  narraciones  en  que  se  habrían  po- 
dido encontrar  repetidos  errores. 

Importa  taml)ien  decir  aquí  que  el  espíritu  crítico,  si  bien 
ha  permitido  a  Pérez  García  ^splicar  muchos  hechos  i  co- 
rrejir  muchos  errores,  lo  ha  inducido  algunas  veces  a  va- 
rias equivocaciones.  Así,  por  ejemplo,  queriendo  rectificar 
la  cronolojía  histórica  de  los  últimos  años  del  gobierno  de 
don  García  Hurtado  de  Mendoza,  ha  hecho  cierta  confusión 
de  sucesos,  que  sin  embargo   fascinó  al  autor  de  esa  misma 

TOMO   X  19 


290  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

parte  de  líi  historia  civil  que  lleva  el  nombre  de  don  Claudio- 
Gay,  el  cual  ha  exajerado  considerablemente  los  errores  de- 
Pérez  García.  A  pesar  de  éste  i  de  otros  descuidos  de  menor 
importancia,  puede  decirse  que,  por  regla  jeneral,  sus  rectifi- 
caciones son  útiles  i  bien  estudiada?.  Aun  podria  añadirse* 
que  en  el  caso  referido,  el  error  de  Pérez  García  proviene  de 
haber  dado  autoridad  histórica  a  la  continuación  de  la 
Araucana  escrita  por  don  Diego  Santistévan  i  Osorio,  si- 
guiendo en  esto  el  ejemplo  del  abate  don  Juan  Ignacio- 
Molina. 

Otro  defecto  de  la  obra  de  Pérez  García  proviene  de  la 
desigual  estension  con  que  ha  tratado  las  diversas  mate- 
rias de  la  historia.  Prolijo  i  minucioso  en  la  relación  de  los 
hechos  concernientes  a  la  historia  de  la  conquista,  pasa 
mas  de  carrera  en  los  sucesos  posteriores,  como  si  fatigado- 
del  trabajo  que  habia  emprendido,  quisiera  salir  de  él  rá- 
pidamente. Este  defecto  se  esplica  mas  fácilmente  cuando- 
se  considera  que  el  historiador  comenzó  a  ejecutar  la  re- 
dacción definitiva  de  su  obra  a  la  avanzada  edad  de  83- 
años.  Por  lo  demás,  aunque  su  historia  da  preferencia  par- 
t'cular  a  los  sucesos  puramente  militares,  nunca  olvida  de- 
consignar  los  hechos  que  tienen  relación  con  la  historia  ci- 
vil i  administrativa  i  aun  con  las  cuestiones  meramente  so- 
cia'es  i  económicas.  Bajo  este  último  punto  de  vista,  su  li- 
bro consigna  noticias  que  en  vano  se  buscarian  en  los  otros- 
cronistas. 

Pero,  preciso  es  reconocerlo,  Pérez  García  investiga  re- 
gularmente los  hechos,  los  espone  en  orden,  aunque  no  pue- 
de darles  su  verdadero  cclorido,  ni  presentarlos  con  la  luz^ 
necesaria  para  apreciarlos  debidamente.  Su  obra,  mas  que 
una  historia  en  que  se  destacan  las  figuras  de  los  persona- 
jes que  en  ella  intervienen  i  el  ¿ispecto  de  los  tiempos  que 
recorre,  es  un  C(mjunto  metódico  de  indicaciones  i  de  he- 
chos fatigosos  para  la  lectura,  pero  que  el  historiador  pue- 
de aprovechar  porque  le  facilita  una  parte  del  trabajo  de- 
investigación. 

Pérez  García  no  es  tampoco  un  escritor.  Bajo  este  aspee- 


DON    JOSÉ    PÉREZ    GARCÍA  291 


to  queda  muí  atrás  de  casi  todos  los  antiguos  cronistas  de 
Chile.  La  edad  avanzada  en  que  escribió,  la  deficiencia  de 
su  preparación  literaria  anterior,  son  causas  de  que  su  es- 
tilo adolezca  de  las  mas  graves  faltas,  o  mas  propiamente 
de  que  carezca  casi  absolutamente  de  estilo.  Su  frase  es  in- 
correcta, cortada,  muchas  veces  incompleta,  i  en  ocasiones 
se  presta  a  un  sentido  que  sin  duda  no  es  el  que  el  autor  qui- 
so darle.  Aun  su  ortografía  adolecedetodo  jénero  de  faltas 
no  solo  en  la  escritura  de  las  palabras  sino  en  la  puntua- 
ción. El  autor  distribuye  de  ordinario  los  puntos  i  las  co- 
mas sin  razón  ni  medida,  de  manera  que  es  menester  hacer 
abstracción  de  ellos  para  hallar  el  sentido  de  la  cláusula. 
Este  defecto,  mui  común  aun  en  los  escritos  de  algunos  au- 
tores estimables  de  los  siglos  pasados,  choca  menos  que  al 
vulgo  de  los  lectores  a  los  que  tienen  alguna  práctica  en  el 
estudio  de  los  papeles  viejos. 

El  libro  de  Pérez  García  no  podria  ser  publicado  sin  ha- 
cer antes  una  prolija  revisión  para  evitar  estos  defectos 
que  podríamos  llamar  ortográficos.  Pero  aun  sin  entrar 
en  hacer  correcciones  de  estilo  i  de  lenguaje,  la  impresión 
de  la  obra  que  damos  a  conocer,  seria  de  suma  utilidad  pa- 
ra popularizar  un  monumento  histórico,  defectuoso  sin  du- 
da, sobre  todo  bajo  el  punto  de  vista  literario,  pero  de  un 
valor  real  i  sólido  para  el  estudio  de  nuestro  pasado. 


INTRODUCCIÓN 

AL  INFORME  AKUAL  PRESENTADO  AL  REAL  TRIBUNAL  DE 
MINERÍA  EN  1803  POR  EL  DR.  JUAN  EGAÑA^"' 


Desfk  los  primeros  días  de  la  conquista,  Chile  gozó  de  la 
reputación  de  ser  un  depósito  inagotable  de  riquezas  mi- 
nerales. En  el  Perú  se  le  consideraba  "una  tierra  cuajada 
de  oro,"  según  la  pintoresca  espresion  de  uti  antiguo  cro- 
nista. Esta  fama  se  estendió  luego  fuera  del  continente 
americano;  i  en  numerosos  libros  de  jeografía,  impresos  en 
Europa  en  los  siglos  XVI,  XVII  i  XVIII,  la  descripción 
sumaria  i  ordinariamente  errada  que  se  daba  del  territorio 
chileno,  estaba  destinada  a  hablar  mui  exajeradamente  de 
la  grande  abundancia  de  sus  minas  i  de  la  estraordinaria 
riqueza  de  éstas  en  los  mas  variados  i  valiosos  metales. 


*  Publicado  por  el  señor  Barros  Arana  en  1894,  al  imprimirse 
el  Informe  del  Dr.  Egaña  que  se  hallaba  inédito  en  el  archivo  de 
manuscritos  de  don  Luis  Montt. 

El  título  completo  de  este  libro  es  el  siguiente: 

«Informe  Anual  que  presenta  la  Secretaría  de  este  Real  Tribunal 
en  el  cual  con  arreglo  a  las  reales  ordenanzas  i  disposiciones  déla 


294  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLlOGRÁFiCOS 

Esta  fama  lejendaria  del  territorio  chileno,  que  nuestro 
pais  habia  de  merecer  con  justicia  mas  tarde  con  el  progre- 
so de  los  estudios  científicos  i  de  los  trabajos  industriales, 
no  estaba  justificada  entonces  por  los  hechos.  Es  la  verdad 
que  Chile  no  correspondió  cumplidamente  en  aquellas 
épocas  a  la  reputación  que  se  le  habia  dado,  i  que  bajo  el 
aspecto  de  su  riqueza  i  de  su  producción  minera,  figuró  en 
segundo  orden  entre  las  colonias  del  rei  de  España. 

Los  primeros  conquistadores  de  nuestro  suelo  contra- 
jeron s  i  esfuerzo  industrial  a  la  esplotacion  de  los  lava- 
deros de  oro.  Muchos  de  ellos  aspiraban  a  enriquecerse  en 
pocos  años  para  regresar  a  España  en  una  condición  de 
fortuna  que  les  permitiera  vivir  como  grandes  señores.  El 
resultado  de  sus  afanes  correspondió  raras  veces  a  aquellas 
ilusiones,  pero  los  lavaderos  produjeron  beneficios  relati- 
vamente considerables.  Los  pobres  indios  de  las  provin- 
cias ocupadas  por  la  conquista,   eran  sometidos  al  sistema 


Junta  Jeneral  de  Electores  se  da  razón  del  resultado  de  las  visitas 
practicadas  por  los  diputados  jenerales  i  territoriales  de  todo  el 
Reino:  de  los  minerales,  minas  i  trapiches  que  comprende;  sus  nom- 
bres, laboreos,  vetas,  direcciones;  estado  de  los  trabajos,  productos 
metálicos,  leyes  jenerales,  consumos  de  azogues,  clima,  aguas,  pas- 
tos i  demás  proporciones  locales  de  los  asientos.  De  las  providen- 
cias que  se  han  tomado  con  arreglo  a  las  instrucciones  de  visita 
que  para  cada  provincia  se  han  remitido  por  esta  Secretaría.  Las 
obras  interesantes,  necesidades  i  recursos  de  cada  diputación; 
con  los  remedios  i  providencias  que  pueden  darse  en  las  circunstan- 
cias actuales,  según  las  luces  que  suministran  todos  los  espedientes 
de  este  archivo,  i  las  indagaciones  que  se  han  hecho  sobre  el  parti- 
cular. La  situación  jeográfica,  natural  i  política  de  cada  provin- 
cia, sus  producciones  minerales  mas  conocidas  i  los  progresos  de 
ellas.  Negocios  que  debe  emprender  el  Tribunal  para  el  fomento  de 
la  minería;  razón  de  los  que  se  han  emprendido,  con  todo  lo  demás 
que  pueda  dar  una  idea  exacta  de  lo  obrado  en  esteramo  desde 
el  año  de  1789,  época  de  su  establecimiento,  hasta  el  presente,  to- 
do para  el  año  de  1803.» 

Nota  del  Compilador. 


INFORME  PRESENTADO  AL  REAL  TRIBUNAL  DE  MINERÍA  295 


de  repartimientos,  i  obligados  por  sus  señores  a  un  trabajo 
constante,  sin  otro  salario  que  un  miserable  sustento. 
Según  el  lenguaje  corriente  de  los  conquistadores,  poseer 
un  repartimiento  de  indios  que  hacer  trabajar  en  los  lava- 
deros, era  '*tener  que  comer." 

El  oro  sacado  de  esa  manera  en  las  márjenes  de  muchos 
arroyos,  debia  ser  presentado  a  la  fundición  real  para  ser 
convertido  en  pequeñas  barras  marcadas  con  un  sello,  i 
para  pagar  el  impuesto  de  un  veinte  por  ciento  que  con  el 
título  de  "quinto  real"  correspondia  al  soberano.  Faltan 
los  documentos  para  apreciar  con  exactitud  las  cantidades 
de  oro  que  de  esa  manera  se  estrajeron  del  suelo  de  Chile;  i 
aun  cuando  se  conservaran  las  cuentas  de  la  fundición  real, 
ellas  no  podrían  dar  una  idea  cabal  de  los  beneficios  de  esa 
industria,  desde  que  seguramente  una  buena  parte  del  oro 
sacado  de  los  lavaderos  era  sustraida  a  toda  intervención 
de  la  fundición  real.  Hai,  sin  embargo,  dos  hechos  que,  sin 
dar  una  idea  exacta  de  esa  producción,  manifiestan  que 
debió  ser  considerable.  De  Chile  se  sacaron  en  muchas  oca- 
siones cantidades  de  oro  en  polvo  o  en  barra  para  enviarlas 
a  España.  Hasta  los  primeros  años  del  siglo  XVII  no  cir- 
culó en  nuestro  pais  moneda  alguna,  o  solo  se  conocieron 
como  objetos  de  curiosidad  las  que  se  acuñaban  en  el  Perú 
o  en  España.  Los  cambios  se  hacían  en  Chile  con  oro  en 
polvo  o  con  las  pequeñas  barras  selladas  en  la  fundición 
real.  Esta  situación  subsistió  hasta  que  se  dispuso  que  el 
tesoro  del  Perú  enviase  cada  año  a  Chile,  con  el  nombre  de 
*'real  situado",  una  suma  anual  destinada  al  sostenimiento 
de  un  ejército  permanente  para  someter  a  los  indios  indo- 
mables de  Arauco;  i  aunque  la  mayor  parte  del  situado 
venia  en  especies,  lo  que  dio  oríjen  a  los  mas  escandalosos 
peculados,  venia  igualmente  algún  dinero  que  creó  al  fin  la 
«circulación  de  moneda. 

Pero  si  la  esplotacion  de  los  lavaderos  de  oro  fué  la 
ocupación  preferente  de  los  primeros  conquistadores  de 
Chile,  no  les  era  dado  a  éstos  desentenderse  de  los  trabajos 


296  ESTUDIOS    HISTÓmCO-BIBLIOGRÁFICOS 

agrícolas,  que  con  el  cultivo  de  la  tierra  i  la  crianza  de 
animales,  les  procuraba  alimentos,  ganado  i  caballos  para 
la  guerra.  La  feracidad  de  nuestro  suelo  correspondió 
abundantemente  a  ese  esfuerzo,  i  cuarenta  años  después  de 
haberse  iniciado  la  conquista,  suministraba  todos  los 
artículos  de  ese  orden  necesarios  para  su  consumo,  i  es- 
portaba al  Perú  cantidades  relativamente  considerables  de 
vino,  de  trigo,  de  sebo,  de  cecina,  etc.,  etc.  La  agricultura, 
aunque  mui  rudimentaria  todavía,  comenzaba  a  ser  la  in- 
dustria de  la  gran  mayoría  de  los  chilenos. 

La  minería,  sin  embargo,  siguió  tomando  desarrollo  con 
el  aumento  de  población.  Desde  principios  del  siglo  XVII  se 
explotaron  minas  de  cobre  que  daban  un  provechoso  resul- 
tado. Las  de  plata,  trabajadas  con  constancia,  pero  sin  el 
conveniente  discernimiento,  i  sin  contar  para  el  beneficio  de 
los  metales  mas  que  con  procedimientos  imperfectos  i  ruti- 
narios, llegaron  a  constituir  una  de  las  mejores  fuentes  de 
la  producción  nacional. 

No  es  este  el  lugar  de  bosquejar  ni  aun  en  sus  rasgos  mas 
jenerales,  la  historia  de  la  industria  minera  en  nuestro  pais. 
Ese  seria  el  tema  de  un  escrito  especial  que  no  podria  redu- 
cirse a  mui  estrechas  pajinas.  Dos  viajeros  estranjeros,  el 
francés  Frézier  i  el  iugles  Helms,  en  libros  escritos  del  siglo 
XVIII,  consignaron  sobre  este  particular  noticias  dignas 
de  atención,  i  en  otras  relaciones  de  viajes  llevados  a  cabo 
en  el  siglo  XIX  se  hallan  valiosas  indicaciones.  Algunos  de 
nuestros  antiguos  cronistas,  el  abate  don  Juan  Ignacio 
Molina  i  don  Vicente  Carvallo  i  Goyeneche,  sobre  todo, 
consignaron  indicaciones  utilizables.  Pero  existen  ademas 
num.erosos  documentos  reunidos  o  dispersos  que  suminis- 
tran un  regular  material  para  constituir  la  historia  de  la 
minería  en  Chile.  Nosotros  mismos,  preparando  un  trabajo 
histórico  jeneral  sobre  nuestro  pais,  hallamos  en  el  estudio 
de  esos  documentos  datos  suficientes  para  dar  a  conocer 
sumariamente,  pero  con  noticias  bastante  seguras,  el  es- 
tado de  esa  industria  i  de  su  producción  al  terminarse  el 
período  colonial. 


INFORME  PRESENTADO  AL  REAL  TRIBUNAL  DE  MINERÍA  297 

La  minería  tenia  que  luchar  con  dificultades  enormes 
aparte  de  la  falta  de  conocimientos  científicos  i  de  la  pobre- 
za jeneral  del  pais.  No  liabia  caminos  para  la  fácil  estraccion 
de  los  productos  de  las  minas.  La  lejislacion  colonial  pro- 
hibía todo  comercio  con  los  estranjeros,  lo  que  embaraza- 
ba i  casi  impedia  la  esportacion  de  esos  productos.  La 
imperfecta  policía  esponia  a  los  que  se  consagraban  a  esta 
industria  a  los  fraudes  i  robos  cometidos  por  sus  propios 
trabajadores.  La  administración  de  justicial,  sumamente 
lenta  en  sus  procedimientos,  carecía  de  leyes  claras  i  preci- 
sas para  solucionar  los  litijios  a  que  daban  oríjen  los  ne- 
gocios de  minas. 

Esta  última  necesidad  fué  remediada  por  una  real  reso- 
lución. En  1787  dispuso  el  rei  que  las  ordenanzas  de  minas 
de  Nueva  España  tuvieran  valor  legal  en  Chile.  En  conse- 
cuencia, se  estableció  sólidamente  el  tribunal  o  junta  de 
minería,  i  se  crearon  delegados  de  éstas  en  todos  los  distri- 
tos mineros.  Este  tribunal  debia  no  solo  juzgar  todos  los 
litijios  át  minas,  sino  propender  al  desarrollo  de  esta  in- 
dustria. 

Tuvo  el  tribunal  de  minería  la  fortuna  de  contar  a  los 
pocos  años  de  existencia  con  la  cooperación  de  un  funcio- 
nario intelijente,  ilustrado  i  laborioso,  que  debia  serle  mui 
útil.  Fué  éste  el  doctor  don  Juan  Egaña,  asesor  o  consejero 
letrado  del  tribunal,  que,  para  corresponder  al  objeto  que 
se  tuvo  en  vista  en  la  creación  de  ese  cuerpo,  preparó  en 
1803  el  importante  informe  que  hoi  se  publica  por  primera 
vez,  i  que  constituye  la  estadística  mas  prolija  i  completa 
de  la  industria  minera  de  Chile  al  cerrarse  la  edad  colo- 
nial. 

En  esa  misma  época  el  rei  habia  creado  el  tribunal  del 
consulado  o  de  comercio,  que  comenzó  a  funcionar  en  1795 
i  que  también  tuvo  el  encargo  de  propender  al  desarrollo 
de  esta  industria.  Es  conocida  la  influencia  que  tuvo  en  los 
progresos  de  la  colonia  este  tribunal,  que  llevó  su  acción 
bienhechora  mas  allá  de  los  límites  que  parecía  fijarle  su 


298  ESTUDIOS    IIISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


propio  título.  El  asesor  del  consulado,  don  Manuel  de  Sa- 
las, que  en  sus  viajes  i  en  el  estudio  habia  adquirido  los 
conocimientos  económicos  que  comenzaban  a  abrirse  cami- 
no en  Europa,  i  que  en  Chile  habia  observado  todos  los  in- 
convenientes i  defectos  del  sistema  gubernativo  existente, 
escribió  una  serie  de  memorias  que  llevan  su  firma,  i  prepa- 
ró otras  que  firmaron  diversas  personas,  en  las  cuales,  con 
una  gran  amplitud  de  vista,  no  solo  señaló  los  males  sino 
que  propúsolos  remedios  que  la  revolución  de  la  independen- 
cia habia  de  hacer  prácticos.  Los  informes  de  Salas  tuvieron 
gran  resonancia  entre  los  hombres  mas  ilustrados  de  este 
pais;  i  don  Juan  Egaña,  encargado  de  un  trabajo  análogo 
sobre  la  industria  minera,  quiso  desempeñarlo  con  el  mis- 
mo interés  i  con  el  mismo  celo. 

En  la  memoria  que  hoi  se  publica  se  hallarán  algunas 
consideraciones  jenerales  de  carácter  científico  que  demues- 
tran lo  que  un  hombre  estudioso  e  intelijente  podia  saber 
en  Chile  en  aquellos  años  sobre  materias  que  en  Europa 
comenzaban  a  ser  estudiadas  con  nueva  luz.  Se  hallarán 
también  algunas  observaciones  de  carácter  jurídico  i  ad- 
ministrativo que  no  carecen  de  ínteres.  Pero  se  encontrará 
sobre  todo  una  estadística,  tan  completa  como  era  posible, 
del  estado  de  la  industria  minera,  de  sus  medios  de  es- 
plotacion  i  de  su  producción  en  la  víspera  de  la  indepen- 
dencia. 

Llaman  también  la  atención  en  este  informe  la  elevación 
de  miras  i  la  gran  independencia  de  carácter  de  que  da 
muestra  en  cada  pajina  el  autor,  denunciando  con  firmeza 
los  abusos,  fraudes  i  otros  males,  i  proponiendo  de  la  mis- 
ma manera  los  remedios  i  las  reformas  que  su  criterio  sano, 
práctico  i  profundamente  patriótico  conceptuaba  conve- 
nientes. Sus  opiniones  científicas,  i  sobre  todo  la  manera 
de  espresarlas,  imbuidas  en  la  ciencia  i  en  el  espíritu  de  la 
época,  pueden  a  veces  parecer  estrañas  al  lector;  pero  al 
mismo  tiempo  se  esperimenta  un  sentimiento  de  considera- 
ción i  aun  de  afecto,   el  encontrarse  continuamente  con  el 


INFORME  PRESENTADO  AL  REAL  TRIBUNAL  DE  MINERÍA  299 

funcionario  público  activo  i  honrado,  preocupado  esclusi- 
vamente  del  bien  de  su  pais. 

Bajo  estos  puntos  de  vista,  el  informe  del  doctor  Egaña 
€S  un  documento  precioso  para  la  historia  de  la  industria 
i  de  la  administración  chilenas;  i  esto  es  lo  que  ha  decidido 
jsu  publicación. 


LA  ACCIÓN  DEL  CLERO 

Bn  lá  revolución 

DE  Li  INDEPENDENCIA  AMERICANA 


XT 

LA  AOOION  DEL  CLERO 
en  la  revolución  de  la  independencia  americana  * 

PRIMERA  PARTE 

Seria  un  libro  tan  curioso  como  instructivo  aquel  que 
hiciese  la  historia  clara  i  comprensiva  de  las  dificultades  de 
un  orden  moral  que  tuvieron  que  vencer  los  revolucionarios 
hispano-americanos  de  1810  para  alcanzar  la  independen- 
cia. Los  historiadores  se  han  contraído  especialmente  a 
referirnos  los  esfuerzos  materiales,  por  decirlo  así,  los  tra- 
bajos sin  cuento  para  levantar  e  instruir  las  tropas  i  para 
llevarlas  al  combate,  i  los  sacrificios  que  aquellos  se  impu- 
sieron para  proveerse  de  recursos;  pero  han  olvidado,  o  a 
lo  menos  no  han  dado  toda  su  importancia  a  los  obstácu- 
los de  otro  orden  que  les  fué  indispensable  vencer. 

I  sin  embargo,  son  estos  últimos  los  que  mas  embaraza- 
ron su  camino.  Los  padres  de  la  independencia  americana 
encontraron  en  la  situación  social  de  las  colonias  enemigos 


*   Publicado  en  la  Revista   Chilena  (Santiago,  1S75)  t.  I,    paji- 
nas 49-73  i  241  271. 

Nota  del  compilador. 


3C4  ESTUDIOS    HISTÓRlCO-IilBLIOaRÁFICOS 

mas  formidables  que  los  ejércitos  españoles.  La  ignorancia 
de  las  masas  era  causa  de  que  los  principios  fundamentales 
de  la  revolución  no  fuesen  populares.  Los  hábitos  invete- 
rados de  obediencia  pacífica  i  resignada,  basados  en  el  pres- 
tijio  secular  de  la  autoridad  del  rei.influian  poderosamente 
par¿i  que  muchos  espíritus  se  pronunciasen  contra  toda  in- 
novación. 

El  fanatismo  relijioso  de  las  poblaciones,  sostenido  i  ali- 
mentado por  un  clero  numeroso  que  creia  vinculado  su 
prestijio  i  su  influencia  al  mantenimiento  del  réjimen  colo- 
nial, puso  mas  obstáculo  al  triunfo  de  la  revolución  que 
todo  el  poder  de  Fernando  VIL 

Las  colonias  hispanoamericanas  contaban  en  1810  siete 
arzobispados,  treinta  i  cinco  obispados,  mas  de  seiscientos 
conventos  de  regulares  i  un  número  de  clérigos  i  frailes  que 
puede  avaluarse  aproximativamente  en  cuarenta  o  cincuen- 
ta mil  individuos  ^  .  Por  considerable  que  parezca  este  nú- 
mero, no  era  él  lo  que  constituía  propiamente  la  fuerza  del 
clero.  Las  inmensas  riquezas  de  que  disponia,  por  una  par- 
te, i  la  facultad  deque  se  les  creia  revestidos  para  dispensar 
gracias  de  un  orden  sobrenatural  como  representantes  de 
Dios  en  la  tierra,  hablan  granjeado  a  los  eclesiásticos  un 
poder  moral  de  que  casi  no  llegamos  a  formarnos  una  idea 
aproximativa  en  nuestro  tiempo.  Su  apoyo  a  la  causa  de 
la  independencia  habria  faciUtado  estraordinariamente  el 


1.  El  virreinato  de  la  Nueva  España  tenia  el  arzobispado  de 
Méjico  i  los  obispados  de  Puebla,  Mechocan,  Oajaca,  Yucatán, 
Guadalajara,  Durango,  Nuevo  León  i  Sonora,  con  280  conventos; 
la  capitanía  jeneral  de  Guatemala,  el  arzobispado  de  Guatemala  i 
los  obispados  de  Comayagua,  Chiapas  i  Nicaragua  con  34  con- 
ventos; el  virreinato  del  Perú,  el  arzobispado  de  Lima  i  los  obispa- 
dos de  Arequipa,  Trujilio,  Cuzco,  Huamanga  i  Mainas  con  115 
conventos;  la  capitanía  jeneral  de  Chile,  los  obispados  de  Santiago 
i  Concepción  con  45  conventos;  el  virreinato  de  Buenos  Aires,  el 
arzobispado  de  Charcas  i  los  obispados  de  la  Paz,  Santa  Cruz  de 
la  Sierra,  Buenos  Aires,  Córdoba,  Paraguai  i  Salta  con  64  conven- 
tos; el  virreinato  de  Nueva  Granada,  el  arzobispado  de  Santa  Fé 
de  Bogotá  i  los  abispados  de  Quito,  Cuenta,   Popayan,  Cartaje— 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    305 

triunfo  de  ésta,  aí3Í  como  su  hostilidad  fué  causa  de  obs- 
táculos i  embarazos  que  en  muchas  ocasiones  parecieron  in- 
vencibles. 

En  las  pájina«  que  siguen  vamos  a  apuntar  algunos  he- 
chos de  este  orden,  es  decir  de  las  dificultades  que  los  revo- 
lucionarios americanos  tuvieron  que  vencer  fuera  de  los 
campos  de  batalla  para  conseguir  la  deseada  independen- 
cia. No  pretendemos  escribir  la  historia  de  estas  resisten- 
cias, para  lo  cual  son  insuficientes  los  documentos  que  he- 
mos recojidornos  limitamos  solo  a  agrupar  ciertas  noticias 
que  conviene  conocer  en  su  conjunto  para  estimar  esta  faz 
de  nuestra  revolución. 


El  virreinato  de  la  Nueva  España  era  la  mas  rica,  la  mas 
poblada  i  la  mas  culta  de  las  colonias  hispano-americanas. 
En  ella  era  también  donde  el  clero  contaba  con  mayor  nú- 
mero de  miembros  i  con  riquezas  mas  considerables.  **La 
riqueza  del  clero  mejicano,  dice  un  juicioso  historiador  2  no 
consistia  tanto  en  las  fincas  que  poseia,  aunque  estas  eran 
muchas,  especialmente  las  urbanas  en  las  ciudades  princi- 
pales como  Méjico,  Puebla  i  otras,  sino  en  los  capitales  im- 
puestos a  censo  redimible  sobre  las  de  particulares;  i  el  trá- 
fico de  dinero  por  la  imposición  i  redención  de  estos  cauda- 


Tia,  Santa  Marta,  Antioquía  i  Panamá  con  66  conventos;  la  capi- 
tanía jeneral  de  Caracas,  el  arzobispado  de  Caracas  i  los  obispa- 
dos Maracaibo  i  Guayana  con  12  conventos.  En  las  Antillas  exis- 
tian  ademas  el  arzobispado  de  Santiago  de  Cuba  i  los  obispados 
de  la  Habana  i  Puerto  Rico. 

Se  ha  estimado  en  14,000  el  numero  de  los  eclesiásticos  que  ha- 
bía en  la  Nueva  España;  en  cerca  de  5,000  el  de  los  que  residían 
en  el  virreinato  del  Perú  i  en  mas  de  3,000  el  de  los  que  habia  en 
el  virreinato  de  Nueva  Granada.  Los  que  habia  en  las  otras  pro- 
vincias, Guatemala,  Venezuela,  virreinato  de  Buenos  Aires,  Chile, 
Cuba  i  Puerto  Rico  no  pedían  bajar  de  18  a  20,000. 

2.  Alaman,  Historia  de  Méjico  desde  1808,  lib.  I,  cap.  II,  paji- 
nas 66,  67  i  68. 

20 


TOMO    X 


306  ESTUDIOS  HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 

les,  hacia  que  cada  juzgado  de  capellanías,  cada  cofradía, 
fuese  una  especie  de  banco.  La  totalidad  de  las  propiedades 
del  clero  tanto  secular  como  regular,  así  en  fincas  como  en 
esta  clase  de  créditos,  no  bajada  ciertamente  de  la  mitad 
del  valor  total  de  los  bienes  raices  del  pais.  Ademas  de  es- 
tas rentas,  tenia  el  clero  secular  los  diezmos  que  en  todos 
los  obispados  de  la  Nueva  España  montaban  a  cosa  de  un 
millón  i  ochocientos  mil  pesos  anuales,  aunque  de  esta  su- 
ma percibía  el  gobierno  una  parte."  Después  de  estudios 
bastante  prolijos,  se  ha  calculado  en  45  millones  de  pesos 
la  renta  anual  de  la  iglesia  mejicana  antes  de  1810. 

Estos  capitales  se  administraban  de  una  manera  que  me- 
rece recordarse,  porque  en  cierto  modo  esplica  el  poder  del 
clero  mejicano.  Prestaba  éste  los  fondos  disponibles,  i  los 
que  pertenecian  a  las  cofradías,  a  los  propietarios  territo- 
riales bajo  la  garantía  de  una  hipoteca  i  a  un  interés  com- 
parativamente moderado.  De  este  modo,  el  clero  habia  lle- 
gado naturalmente  i  por  la  fuerza  de  las  cosas,  a  tener  la 
jestion  de  una  especie  de  banco  hipotecario,  cu^^os  acreedo- 
res estaban  sometidos  al  influjo  poderoso  e  irresistible  de 
los  prestamistas. 

La  enorme  renta  que  producían  estos  capitales  estaba  dis- 
tribuida mui  desigualmente  entre  los  14,000  eclesiásticos 
que  contaba  el  virreinato.  El  arzobispo  de  Méjico  tenia. 
130,000  pesos  de  entrada  anual;  110,000  el  de  Puebla; 
100,000  el  de  Valladolid;  90,000  el  de  Guadalajara;  35,000 
el  de  Durango;  30,000  el  de  Monterei  (Nuevo  León);  20,000 
el  de  Yucatán;  18,000  el  de  Oajaca,  i  solo  6,000  el  de  Sono- 
ra ^,  La  renta  de  muchos  canónigos  era  mui  considerable. 
Habia  curatos  que  producian  ocho  o  diez  mil  pesos  al  año, 
mientras  otros  no  alcanzaban  a  redituar  mas  de  ciento  o 
ciento  veinte  pesos.  Este  contrasteen  la  posición  pecuniaria 
de  los  eclesiásticos,  la  opulencia  en  que  vivian  los  unos  i  la 
miseria  en  que  estaban  sumidos  los  otros,  era  causa  de  riva- 


3.  Huraboldt,  Ensayo  político  sobre  la  Nueva  España,  lib.,  11, 
cap.  VIL 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     307 

lidades  i  de  odios  entre  el  alto  i  el  bajo  clero.  Se  compren- 
de fácilmente  que  llegado  el  momento  de  la  revolución,  los 
desheredados  de  la  fortuna,  o  a  lo  ménosuna  parte  de  ellos, 
habia  de  ponerse  de  parte  de  un  movimiento  que  parecia 
destinado  a  reparar  esas  injusticias,  i  que  los  favorecidos 
por  aquel  estado  de  cosas  habrian  de  declararse  sus  soste- 
nedores. Esto  fué,  en  efecto,  lo  que  sucedió. 

El  movimiento  estalló  el  16  de  setiembre  de  1810  en  el 
pequeño  pueblo  de  Dolores,  encabezado  por  el  cura  del  lu- 
gar, don  Miguel  Hidalgo.  Aunque  éste  no  era  del  número 
de  los  menesterosos,  puesto  que  su  curato  le  producia  una 
buena  renta,  i  que  era  arrastrado  a  la  revolución  por  senti- 
mientos de  un  orden  mas  elevado,  luego  fueron  a  agrupar- 
se al  rededor  de  él  otros  individuos  del  bajo  clero  que  se  hi- 
cieron mas  o  menos  célebres  en  el  curso  de  la  revolución. 

Aquel  movimiento  revolucionario  no  pretendia  atacar 
en  nada  la  relijion  del  pueblo  mejicano.  Lejos  de  eso,  Hidal- 
go comenzó  por  declarar  que  era  católico,  apostólico  i  ro- 
mano, que  acataba  i  defendía  estas  creencias,  i  que  por  eso 
tomaba  por  pai;rona  de  su  ejército  a  la  vírjen  de  Guadalu- 
pe, mui  venerada  en  toda  la  Nueva  España.  Pero  al  saberse 
en  la  capital  la  primera  noticia  de  la  revolución,  el  virrei  don 
Francisco  Javier  Venégas,  no  vaciló  en  invocar  el  nombre 
de  la  relijion  para  combatir  a  los  insurjentes.  "Entre  otras 
providencias  que  tomó,  dice  un  español  que  en  esos  mismos 
dias  escribía  un  bosquejo  histórico  de  los  sucesos  que  pre- 
senciaba *  ,  fué  excitar  al  arzobispo  de  esta  capital,  al  tri- 
bunal de  la  inquisición  i  a  los  obispos  de  Yalladolid  i  de 
Puebla  a  que  fulminasen  escomuniones  contra  los  autores 
de  la  insurrección  i  sus  secuaces,  lo  que  contribuyó  no  poco 
a  imponer  silencio  a  los  revoltosos  de  Méjico  i  otros  puntos 
todavía  libres  del  contajfo."  El  historiador  de  la  revolución 
mejicana,  doctor  don  Servando  Teresa  Mier,  que  ha  con- 
signado estas  noticias,  agrega:  "También  obligó  el  virrei  a 


4.  Este  bosquejo  histórico  o  diario  de  los  primeros  tiempos  de  la 
revolución  de  Méjico,  fué  publicado  ea  El  Español  de  Londres. 


308  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

todos  los  cuerpos  a  escribir  proclamas  i  manifiestos,  i  soli- 
citó a  varios  particulares  a  componer  diversos  escritos  con- 
tra la  insurrección,  a  declamar  en  los  pulpitos,  confesiona- 
rios, etc.,  etc.  5  ."  Se  quería  poner  en  movimiento  contra 
la  insurrección  todo  el  poder  de  la  iglesia. 

No  se  hicieron  esperar  los  resultados  de  este  plan  de  gue- 
rra. Por  todas  partes  "se  procuraba  inspirar  a  la  tropa 
realista  horror  por  hombres  a.  quienes  se  pintaba  como 
escomulgados,  traidores  a  Dios  i  a  su  rei,  i  enemigos  de  la 
iglesia,  dice  otro  historiador  mejicano  ^.  Esta  era  siempre 
la  orden  del  dia.  Sacerdotes  destinado  a  este  objeto,  predi- 
caban a  la  tropa,  i  la  exhortaban  a  esterminar  a  sus  her- 
manos. Se  hizo  conducir  a  Méjico  la  imájen  de  la  vírjen  de 
los  Remedios,  patrona  de  los  españoles,  cuyo  santuario  es- 
tá a  tres  leguas  de  la  capital,  i  que  es  uno  de  los  monumen- 
tos de  la  superstición  de  los  peninsulares.  Fué  revestida  de 
las  insignias  militares;  se  la  invocó  como  intercesora  entre 
los  realistas  i  la  Divinidad,  poniéndose  como  en  una  lucha 
las  dos  imájenes  de  la  madre  de  Dios,  a  saber:  la  de  Guada- 
lupe, implorada  por  los  insurjentes  i  la  de  los  Remedios  por 
los  partidarios  del  gobierno  español.  ¿No  es  esto  semejante 
a  los  combates  de  los  dioses  en  la  guerra  de  Troya,  descri- 
tos por  Homero?  Los  nombres  son  los  únicos  que  han  va- 
riado". 

Al  llamamiento  del  virrei  respondieron  inmediatamente 
los  obispos. 

Fué  el  mas  ardoroso  el  doctor  de  Manuel  Abad  i  Quei- 
po,  obispo  electo  de  Mechoacan,  español  notable  por  su 
intelijencia  i  su  ilustración,  cuyos  escritos  sobre  jeograíía, 
estadística  i  administración  son  justamente  estimados. 
Desde  su  diócesis  de  Valladolid,  lanzó  el  24  de  setiembre  de 


5.  Historia  de  la  revolución  de  Nueva  España,  publicada  en  Lon- 
dres en  1815  por  el  doctor  Mier;  bajo  el  seudónimo  de  José  Gue-- 
rra;  tomo  I,pájs.  306  i  307.  El  doctor  Mier  era  un  sacerdote  de  mu- 
cha instrucción  i  un  hábil  escritor. 

6.  Don  Lorenzo  de  Zavala,  Ensayo  histórico  de  las  revoluciones 
de  Méjico,  tomo  I,  páj.  61. 


BL    CLERO    BN    LA    REVOLUCIÓN    DE   LA    INDEPENDENCIA  309 

1810  el  rayo  mas  terrible  que  podía  fulminar,  una  solemne 
escomunion  contra  todos  los  revolucionarios.  Vamos  a  co- 
piar íntegra  esta  pieza  como  modelo  de  tantas  otras  que 
salieron  en  breve  de  manos  de  los  mas  implacables  enemi- 
gos de  nuestra  revolución.  Hela  aquí: 

**E1  cura  de  Dolores  don  Miguel  Hidalgo  (que  habia  me- 
recido hasta  aquí  mi  confianza  i  amistad)  asociado  de  los 
capitanes  del  rejimiento  de  la  reina  don  Ignacio  Allende, 
don  Juan  Aldama  i  don  José  Mariano  Abasólo,  sedu- 
ciendo una  porción  de  labradores  inocentes,  les  hizo  to- 
mar las  armas;  i  cayendo  con  ellos  sobre  el  pueblo  de  Do- 
lores el  16  del  corriente  al  amanecer,  sorprendió  i  arrestó 
los  vecinos  europeos,  saqueó  i  robó  sus  bienes;  i  pasando 
después  a  las  siete  de  la  noche  a  la  villa  de  San  Miguel  el 
grande,  ejecutó  lo  mismo,  apoderándose  en  una  i  otra  par- 
te de  la  autoridad  i  del  gobierno.  El  viernes  21  ocupó  del 
mismo  modo  a  Celaya,  i  según  noticias,  parece  que  se  ha 
estendido  ya  a  Salamanca  e  Irapuato.  Lleva  consigo  los 
europeos  arrestados,  i  entre  ellos  al  sacristán  de  Dolores, 
al  cura  de  Chamacuero  i  a  varios  relijiosos  carmelitas  de 
Celaya,  amenazando  a  los  pueblos  que  los  ha  de  degollar 
si  le  oponen  alguna  resistencia.  E  insultando  a  la  relijion, 
a  nuestro  soberano  Fernando  YH,  i  a  nuestra  señora,  que 
es  un  sacrilejio  gravísimo,  pintó  en  su  estandarte  la  imájen 
de  nuestra  augusta  patrona,  nuestra  señora  de  Guadalu- 
pe, i  le  puso  la  inscripción  siguiente:  Viva  la  relijion.  Viva 
nuestra  Madre  Santísima  de  Guadalupe.  Viva  Fernando 
VIL  Viva  la  América.  I  muera  el  mal  gobierno. 

''Usando  pues  de  la  autoridad  que  ejerzo  como  obispo 
electo  i  gobernador  de  esta  mitra,  declaro  que  el  cura  de 
Dolores  i  sus  secuaces  los  tres  dichos  capitanes  son  sacrile- 
gos, perjuros,  i  que  han  incurrido  en  la  escomunion  mayor 
del  canon  Si  quis  suadente  diaboio^  por  haber  aprisionado 
i  mantenido  arrestado  al  dicho  sacristán,  cura  i  relijiosos. 
Los  declaro  escomulgados  vitando,  prohibiendo  que  nin- 
guno les  dé  socorro,  ausilio  i  favor  bajo  la  pena  de  escomu- 
nion mayor  latee  sententiaSy  en  que  desde  ahora  para  en- 


310  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

entonces  declaro  incursosalos  contraventores,  como  igual- 
mente a  la  porción  del  pueblo  que  trae  seducido  con  títulos 
de  soldados  i  compañeros  de  armas,  si  no  le  desamparan  i 
se  restituyen  a  sus  hogares  dentro  del  tercero  dia  siguiente 
inmediato  al  que  tuvieren  noticia  de  este  edicto,  i  a  todos 
los  que  voluntariamente  se  alistaren  bajo  sus  banderas,  o 
que  de  cualquier  modo  le  dieren  favor  i  ausilio.  ítem  decla- 
ro que  el  dicho  cura  Hidalgo  i  sus  secuaces  son  seductores 
del  pueblo  i  calumniadores  de  los  europeos". 

Antes  de  continuar  la  narración  de  los  hechos  de  que  nos 
venimos  ocupando,  debemos  hacer  aquí  una  breve  obser- 
vación. Al  leer  el  edicto  que  acabamos  de  trascribir  se  cree- 
ría que  la  escomunion  decretada  por  el  obispo  Abad  i  Quei- 
po  no  era  inspirada  únicamente  por  un  sentimiento  ajeno 
a  la  relijion,  como  el  de  servir  a  los  intereses  políticos  de 
la  metrópoli,  sino  por  el  propósito  de  castigar  a  un  sacer- 
dote que  toma  las  armas,  que  manda  tropas,  i  que  apresa 
i  maltrata  a  otros  sacerdotes.  Los  hechos  vinieron  en  bre- 
ve que  la  escomunion  no  tenia  este  segundo  objeto,  i  que 
era  una  arma  esclusivamente  política.  Cuando  los  obispos 
i  otros  clérigos  empuñaron  las  armas  en  sus  manos  para 
combatir  la  insurrección,  a  nadie  se  le  ocurrió  fulminar 
contra  ellos  una  escomunion;  i  aun  lejos  de  eso,  el  espíritu 
marcial  de  estos  guerreros  de  corona  i  de  sotana  fué  mui 
aplaudido  por  el  mismo  clero  que  escomulgaba  a  los  insur- 
jentes.  Cuando  las  tropas  realistas  fusilaban  en  varios  pun- 
tos del  territorio  a  los  eclesiásticos  que  habian  abrazado 
la  causa  de  la  insurrección,  los  obispos,  o  a  lo  menos  el  ma- 
yor número  de  ellos,  no  hicieron  nada  por  impedir  esas 
sangrientas  ejecuciones.  En  vez  de  pronunciarlos  anatemas 
de  la  iglesia  o  de  interponer  su  influjo  para  evitar  los  ho- 
rrores de  esas  ejecuciones,  algunos  délos  obispos  mejicanos 
las  aprobaron  i  aplaudieron.  Como  lo  enseña  la  historia,  i 
como  vamos  a  demostrarlo  en  las  pajinas  siguientes,  las 
escomuniones  pronunciadas  contra  los  insurjentes  de  Mé- 
jico, i  las  que  se  formularon  con  igual  objeto  en  los  otros 
pueblos  americanos,  no  tenian  por  móvil  un  principio  reli- 


EL  CLERO  BN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA   311 

jioso  sino  un  ínteres  político,  el  de  afianzar  la  dominación 
española  en  nuestro  continente.  Las  armas  de  la  iglesia  es- 
taban, pues,  al  servicio  de  la  causa  del  despotismo  i  de  la 
opresión. 

Abad  i  Queipo  no  era,  como  se  ve,  mas  que  obispo  electo; 
pero,  según  las  leyes  i  las  prácticas  españolas,  estos  funcio- 
narios por  el  solo  nombramiento  real,  usaban  distintivos 
episcopales  i  entraban  a  gobernar  las  diócesis.  ''Los  obispos 
electos,  dice  Alaman,  no  usaban  la  vestidura  morada  propia 
de  aquella  dignidad,  pero  llevaban  el  sombrero  grande  de  ca- 
nal forrado  en  verde  lo  interior  de  la  ala,  icón  unos  cordones 
de  seda  verde  alrededor  de  la  copa, con  borla  que  colgaban 
hasta  fuera"  7.  Sin  embargo,  en  el  caso  presente,  podia  sus- 
citarse una  dificultad.  Abab  i  Queipo  no  liabia  sido  desig- 
nado obispo  por  el  rei  sino  por  la  rejencia  que  gobernaba 
en  España  durante  el  cautiverio  de  Fernando  YII;  i  los  ca- 
nonistas mejicanos  discutían  sien  ese  gobierno  residía  o  no 
el  derecho  de  patronato.  El  mismo  Abad  i  Queipo  tuvo  du- 
das acerca  de  la  estension  de  sus  poderes;  i  para  dar  toda 
la  validez  al  auto  que  acababa  de  lanzar,  se  dirijíó  el  mis- 
mo día  24  de  setiembre  alvirrei  Yenégas.  ''Anoche  supimos, 
dice  su  nota,  que  el  cura  de  Dolores  i  sus  secuaces  han  ocu- 
pado a  Celaya,  Salamanca  e  Irapuato.  I  viendo  la  facilidad 
con  que  seduce  los  pueblos,  me  ha  parecido  conveniente 
escomulgarlo  en  los  términos  que  se  contiene  en  el  edicto 
que  formé  esta  mañana,  i  acompaño  a  V.  E.  para  que,  si  es 
de  su  agrado,  se  circule  en  la  Gaceta  de  Méjico. ^^ 

Era  éste  el  periódico  oficial  del  virreinato.  El  supremo 
mandatario  no  solo  aprobó  la  escomunion,  sino  que  hizo 
salir  un  número  estraordinario  de  dicho  papel  el  28  de  se- 
tiembre, en  que  se  publicó  la  escomunion  lanzada  por  el 
obispo  de  Mechoacan,  seguijla  de  estas  palabras:  "S.  E. 
recibió  con  la  mayor  complacencia  esta  justa  resolución, 
tan  propia  de  la  sabiduría  i  celo  de  tan  digno  i  benemérito 


7.  Alaman,  Historia  de  Méjico  desde  1808^  lib.  I,  cap.  II,  paji- 
na 37. 


312  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

prelado,  i  se  ha  servido  corresponderle  con  las  espresiones 
correspondientes  a  una  demostración  tan  brillante  del  celo, 
virtud,  fidelidad  i  patriotismo  que  lo  caracterizan." 

No  quiso  quedarse  atrás  en  estas  medidas  el  arzobispo 
de  Méjico  don  Francisco  Javier  de  Lizana  i  Beaumont.  Co- 
mo jefe  de  la  iglesia  de  la  Nueva  España,  publicó  el  11  de 
octubre  del  mismo  año  (1810)  un  edicto  en  que  declaraba 
que  la  escomunion  dictada  por  el  obispo  electo  de  Mechoa- 
can  estaba  hecha  por  superior  lejítimo,  con  entero  arreglo 
a  derecho,  i  que  los  fieles  estaban  obligados  en  conciencia 
i  bajo  pena  de  pecado  mortal  i  de  quedar  escomulgados,  a 
la  observacia  de  lo  que  mandaba  aquel  prelado,  cuja  es- 
comunion hacia  es  tensiva  al  terrirorio  de  su  propia  dióce- 
sis ^.  Pocos  dias  después,  el  18  de  octubre,  el  arzobispo  di- 
rijia  a  todos  los  curas  de  su  jurisdicción  una  nueva  pasto- 
ral en  que  los  excitaba  a  impugnar  la  revolución,  i  les 
mandaba  que  la  leyesen  a  sus  feligreses  i  la  fijasen  en  todas 
las  iglesias  ^.  La  santa  inquisición  de  Méjico  no  quiso  ser 
menos;  i  en  un  largo  edicto  en  que  citaba  al  jefe  rebelde  a 
dar  cuenta  de  su  conducta  ante  el  terrible  tribunal  en  el 
plazo  de  treinta  dias,  imponía  escomunion  mayor,  quinien- 
tos pesos  de  multa  i  todas  las  penas  canónicas  prescritas 
contra  los  herejes  a  todas  las  personas,  sin  escepcion,  que 
aprobasen  el  movimiento  revolucionario,  recibiesen  procla- 
mas, mantuviesen  relaciones  de  cualquier  jénero  con  Hidal- 
go, le  prestasen  cualquier  favor  o  no  denunciasen  o  no  ex- 
citasen a  denunciar  a  los  revolucionarios  i^. 

Pero  este  diluvio  de  escomuniones  no  llegaba  al  campa- 
mento de  Hidalgo,  o  a  lo  menos  este  jefe  se  guardaba  bien 
de  darlas  a  conocer  a  sus  soldados,  temeroso  ciertamente 
de  las  funestas  consecuencias  que  podian  producir.  El  ardo- 
roso obispo  Abad  i  Queipo  redobló  sus  esfuerzos,  i  fulminó 


8.  Este  edicto  se  publicó  en  la  Gaceta  de  Méjico  del  19  de  octu- 
bre. Véase  Alaman,  obra  citada,  lib  II,  cap.  I,  páj.  390 

9.  Publicada  en  la  Gaceta  de  23  de  octubre. 

10.  id.  id.  19  de  octubre. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     313 

dos  nuevos  edictos  o  dos  nuevas  escomuniones.  "Los  espa- 
ñoles europeos,  decía  en  el  de  30  de  setiembre,  son  los  úni- 
cos que  los  sediciosos  procuran  por  ahora  ofender;  i  es  tal 
la  prevención  del  pueblo  contra  ellos  que  en  todas  partes  ha 
sido  un  espectador  insensible  de  sus  males.  Pero  sabed  que 
si  proseguís  en  la  insurrección  i  morís  impenitentes  en  este 
estado,  vuestras  almas  serán  destinadas  a  las  penas  eter- 
nas del  infierno  i  vuestros  cuerpos  privados  de  sepultura 
eclesiástica  servirán  de  pasto  a  los  perros  i  a  las  aves". 
Parece  que  desde  entonces  los  realistas  se  creyeron  autori- 
zados por  el  cielo  para  dejar  insepultos  los  cadáveres  de  los 
insurjentes  muertos  en  el  campo  de  batalla.  Por  el  tercer 
edicto,  que  lleva  la  fecha  de  8  de  octubre,  declara  la  insu- 
rrección manifiesta  i  notoriamente  herética,  i  a  todos  sus 
fautores  escomulgados  vitandos,  e  incursos  en  todas  las 
penas  de  los  perjuros,  sacrilegos  i  herejes  ^^. 

Los  otros  obispos  del  virreinato  desplegaron  igual  celo 
para  combatir  la  insurrección,  empleando  cada  uno  de  ellos 
diversos  arbitrios  para  llegar  al  mismo  fin.  El  menos  beli- 
coso de  todos  fué  el  de  Puebla,  don  Manuel  Ignacio  González 
del  Campillo,  el  único  obispo  mejicano  de  nacimiento  en  to- 
do el  virreinato,  pero  realista  decidido  e  inflexible,  aunque 
hombre  bondadoso  i  casi  podría  decirse  conciliador.  Per- 
suadido del  influjo  que  el  clero  podia  ejercer  en  aquellos 
momentos,  reunió  el  27  de  octubre  en  el  coro  de  la  iglesia 
catedral  una  junta  solemne  a  que  concurrieron  el  cabildo 
eclesiástico,  los  curas  de  la  ciudad,  los  que  pudieron  concu- 
rrir de  fuera,  i  todos  los  ordenados  in  sacris.  Allí  les  espu- 
so cuáles  eran  sus  deberes  en  aquellas  circunstancias,  i  les 
exijió  que  prestasen  juramento  de  no  apartarse  jamas 
de  la  obediencia  al  gobierno,  de  sostener  los  derechos  de 
Fernando  VII  i  sus  lejítimos  sucesores  tanto  en  las  funcio- 
nes de  su  ministerio  como  en  las  conversaciones  familiares, 
i  de  dirijir  en  este  sentido  la  opinión  pública,  cuidando   de 


11.  Este  edicto  fué  publicado  en  la  Gaceta  de  Méjico  del  16  de 
octubre. 


314  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFIOOS 

averiguar  si  en  los  lugares  de  su  residencia  había  personas 
que  formasen  la  insurrección  para  dar  cuenta  al  gobierno. 
Todos  los  presentes  se  ofrecieron  a  servir  a  estos  principios 
con  sus  personas,  su  influjo  i  sus  bienes  ^^. 

El  obispo  de  Oajaca,  don  Antonio  Bergosa  i  Jordán,  fué 
mas  belicoso  que  el  de  Puebla.  Antiguo  inquisidor  de  Méji- 
co, i  hombre  de  reducida  capacidad  i  de  escasa  instrucción, 
no  se  limitó  a  publicar  pastorales  para  animar  al  pueblo 
contra  los  insurjentes,  considerándolos  herejes  i  escomul- 
gados, sino  que  levantó  cuerpos  de  tropas  de  artesanos  i 
de  eclesiásticos  i^.  Este  prelado,  dice  el  historiador  Zavala, 
* 'levantó  en  Oajaca  un  rejimiento  compuesto  de  eclesiásti- 
cos, cuyo  coronel  era  el  mismo  obispo,  que  jamas  llegaron 
a  ver  la  cara  al  enemigo,  como  debe  creerse  de  tales  solda- 
dos, i  que  (dos  años  mas  tarde,  en  noviembre  de  1812)  vie- 
ron entrar  tranquilamente  al  jeneral  insurjente  Morélos  en 
la  ciudad,  contentándose  ccn  tocar  las  campanas  i*. 

Del  mismo  espíritu  guerrero  se  sintió  animado  otro  obis- 
po, el  de  Guadalajara,  don  Juan  Cruz  Ruiz  i  Cabanas,  es- 
pañol anciano  i^,  pero  que  por  un  momento  se  creyó  tras- 
portado a  los  tiempos  de  Godofredo  de  Bouillon,  i  no  tre- 
pidó en  empuñar  la  espada  contra  los  pretendidos  herejes. 
"Formó  un  cuerpo  que  se  llamó  de  Cruzada,  con  los  indi- 
viduos del  clero  secular  i  regular  i  otros  que  quisieron 
alistarse,  los  cuales  llevaban  por  distintivo  una  cruz  encar- 
nada al  pecho.  Convocábaseles  al  son  de  la  campana  ma- 
yor de  la  Catedral  a  hacer  el  ejercicio,  i  salían  del  palacio 


12.  Alaman,  obra  citada,  libro  II,  capítulo  I,  pajina  890.  El 
acta  de  esta  asamblea  fué  publicada  en  la  Gaceta  de  Méjico  de 
27  de  octubre. 

13.  Alaman,  obra  citada,  libro  V,  capítulo  II,  tomo  III,  pajina. 
319. 

14.  Zavala,  obra  citada,  tomo  I,  pajina  80. 

15.  Ruiz  i  Cabanas  fué  nombrado  obispo  de  Nicaragua  en  1794. 
Antes  de  salir  déla  península  se  le  trasfirió  su  nombramiento  a 
la  sede  de  Guadalajara  que  era  mas  importante  i  mas  rica,  de  que 
tomó  posesión  en  1795. 


BL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     315 


episcopal,  que  era  el  punto  de  reunión,  a  caballo,  sable  en 
mano,  llevando  un  estandarte  blanco  con  una  cruz  roja,  i 
los  seguian  grupos  de  jente  del  pueblo  gritando:  "viva  la 
fé  católica"  ^^.  Este  rejimiento  de  clérigos  i  frailes  no  sirvió 
sino  de  estorbo.  Al  acercarse  a  Guadalajara  un  grupo  de 
tropas  insurjentes,  el  obispo,  a  pesar  de  que  había  dado  a 
la  lucha  el  carácter  de  guerra  de  relijion,  no  manifestó  mu- 
chos deseos  de  recibir  la  corona  del  martirio,  i  huyendo 
precipitadamente  hacia  lacosta  del  Pacífico  (noviembre  de 
1810),  introdujo  el  desaliento  en  los  suyos  i  facilitó  los 
triunfos  de  la  revolución.  Ni  aun  se  creyó  seguro  en  el  puerto 
de  San  Blas,  que  estaba  regularmente  armado  i  guarneci- 
do; i  embarcándose  de  carrera  para  Acapulco,  introdujo 
también  el  desaliento  en  aquella  plaza  que  luego  se  rindió 
a  los  insurjentes. 

Preciso  es  convenir  en  que  este  exceso  de  prudencia  tenia 
su  razón  de  ser.  Los  anatemas  de  la  iglesia,  bien  habían 
privado  a  la  insurrección  de  muchos  particulares  i  emba- 
razado sus  progresos,  habían  producido  grande  irritación 
contra  los  eclesiásticos  que  así  empleaban  las  armas  espi- 
rituales para  favorecer  los  intereses  meramente  mundanos. 
La  repetición  de  las  escomuniones  había  amedrentado  a 
muchos;  pero  al  mismo  tiempo  comenzaba  a  debilitar  ante 
los  espíritus  mas  cultivados  el  prestíjío  del  poder  eclesiás- 
tico. Los  obispos,  los  clérigos  i  los  frailes  comenzaron  a 
percibir  las  consecuencias  de  su  plan  de  guerra,  i  evitaban 
el  caer  en  manos  de  los  insurjentes,  temorosos  de  haber 
perdido  el  respeto  con  que  antes  se  les  miraba.  En  enero 
de  1811,  estalló  la  revolución  en  Monterrey,  capital  de  la 
provincia  de  Nuevo  León,  encabezada  por  el  mismo  gober- 
nador. Este  movimiento  no  fué  acompañado  de  desórdenes 
ni  de  horrores;  pero  el  obispo  de  esa  diócesis,  don  Primo 
Feliciano  Marín,  que  habia  desplegado  mucho  ardor  con- 
tra los  patriotas,  abandonó  su  catedral  i  huyó  a  la  costa 


16.  Alaman,  obra  citada,  lib.  II,  cap.  IV,    tomo  2°,  páj.  5. 


oi6  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

para  embarcarse  con  rumbo  a  Vera  Cruz,  donde  esperaba 
hallar  su  salvación  ^'^. 

A  pesar  de  los  triunfos  alcanzados,  la  revolución,  exas- 
perada por  las  resistencias  i  ensangrentada  con  horribles 
matanzas,  fué  vencida  por  un  momento  en  1811.  Las  ven- 
ganzas de  los  vencedores  no  se  hicieron  esperar:  el  cadalso 
se  levantó  en  varios  puntos  del  virreinato;  i  los  insurjentes 
prisioneros  pagaron  con  la  vida  el  crimen  de  patriotismo. 
Hidalgo  i  otros  sacerdotes  que  servían  en  las  filas  revolu- 
cionarias fueron  fusilados  sin  piedad.  Uno  de  ellos,  sin  em- 
bargo, el  cura  de  Guanajuato,  doctor  don  Antonio  Laba- 
rrieta,  que  fué  procesado  sin  otra  causa  que  el  haber  sido 
antiguo  amigo  de  Hidalgo,  recibió  el  indulto  a  condición 
de  que  defendiese  abiertamente  los  derechos  del  trono  i  pre- 
dicase acerca  de  ellos  a  sus  feligreses  i^.  El  primer  sermón 
que  tuvo  que  predicar  fué  uno  que  pronunció  en  Guanajua- 
to el  dia  que  se  colocó  en  una  picota  la  cabeza  de  su  amigo 
Hidalgo  1'^.  Otro  cura  de  quien  se  recelaba  que  abrigase 
simpatías  por  la  revolución,  pero  que  aun  no  habia  podido 
hacer  nada  por  esta  causa,  fué  privado  de  su  curato  por  los 
jefes  militares  i  remitido  a  Méjico  a  disposición  del  virrei.  El 
arzobispo,  en  vez  de  salir  a  la  defensa  de  las  inmunidades 
eclesiásticas,  aprobó  todo  lo  hecho  con  ese  pobre  cura  ^o. 
Una  vez,  sin  embargo,  las  autoridades  eclesiásticas  sal- 
varon del  patíbulo  a  varios  eclesiásticos  que  a  no  vestir  el 
traje  sacerdotal  habrían  sido  fusilados.  En  agosto  de  1811 
se  denunció  al  gobierno  el  proyecto  de  algunos  revolucio- 
narios de  la  capital  para  apoderarse  del  virrei  durante  su 
paseo  de  cada  dia  i  llevarlo  al  campamento  de  los  insur- 
jentes, establecido  en  Zitácuaro.  Los  autores  de  este  plan 
fueron  condenados  a  muerte  i  ejecutados;  pero  las  autori- 
dades eclesiásticas,  al  paso  que  hacian  grandes  fiestas  reli- 


17.  Alaman,  obra  citada,  lib.  II,  cap.  VI,  tomo  2°,  páj.  96. 

18.  id.,  id,  lib.  II,  cap.  V,  tomo  2^,  pájs.  67  i  68. 

19.  Id.  id.,  lib.  II,  cap.  VIII,  páj.  202. 

20.  Id.  id.,  lib.  II,  cap.  V,  páj.  69. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     317 

jiosas  para  celebrar  el  descubrimiento  i  el  castigo  del  com- 
plot, interpusieron  toda  clase  de  reclamaciones  para  sus- 
traer de  la  acción  de  lajusticia  secular  a  tres  frailes  agustinos 
que  estaban  complicados  en  él,  i  que  se  salvaron  del  patí- 
bulo 21.  Este  caso  fué  solo  una  escepcion:  de  ordinario,  los 
frailes  i  los  clérigos  que  simpatizaban  con  la  revolución 
fueron  ejecutados  como  los  demás  patriotas. 

El  fusilamiento  de  los  sacerdotes  iba  siempre  precedido 
de  la  vergonzosa  ceremonia  de  la  degradación.  El  condena- 
do, vestido  con  el  traje  sacerdotal,  era  conducido  a  presen- 
cia de  otros  eclesiásticos  que  habian  recibido  del  obispo  la 
facultad  de  degradarlo.  Allí  se  le  quitaba  su  traje  pieza 
por  pieza,  i  se  le  rapaba  la  cabeza  para  hacer  desaparecer 
toda  huella  de  tonsura,  al  mismo  tiempo  que  se  le  leian 
ciertas  oraciones  contrarias  a  las  de  la  ordenación.  Enton- 
ces se  le  entregaba  a  los  ejecutores  para  que  fuera  pasado 
por  las  armas. 

Antes  de  mucho  tiempo,  se  vio  el  ejemplo  de  un  prelado 
mejicano  que  declarase  que  esta  ceremonia  era  innecesaria 
tratándose  de  les  eclesiásticos  que  servian  a  la  revolución. 
En  un  encuentro  que  tuvo  lugar  cerca  de  Villadolid  en  ma- 
yo de  1812,  cayó  prisionero  i  mortalmente  herido  el  clérigo 
patriota  don  fosé  Guadalupe  Salto.  Antes  de  la  rebelión, 
este  sacerdote  habia  sido  mui  respetado  por  su  virtud 
ejemplar,  pero  ni  esta  circunstancia  ni  el  encontrarse  mori- 
bundo, despertaron  la  compasión  de  sus  enemigos.  Llevado 
a  la  ciudad,  se  dispuso  su  ejecución,  pidiéndose  al  obispo 
que  se  sirviera  degradarlo.  Abad  i  Queipo,  el  mismo  que  en 
setiembre  de  1810  escomulgaba  a  Hidalgo  i  sus  secuaces 
por  haber  apresado  a  un  cura  i  a  un  sacristán,  declaró  con 


21.  Casi  todos  los  documentos  relativos  a  esta  conspiración  i 
su  castigo  fueron  publicados  en  la  Ga.ceta  de  Méjico  del  mes  de 
agosto  de  1811.  El  Diario  de  Méjico  de  29  de  agosto  (diadela  eje- 
cución) publicó  una  relación  de  este  suceso,  que  reprodujo  el -Es- 
paño/ de  Londres,  tomo  TV,  páj.  366.  Alaman  lo  ha  referido  todo 
con  su  habitual  prolijidad  en  el  lib.  III,  cap.  IV,  tomo  2°,  pájs. 
367  i  siguientes. 


318  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

este  motivo  que  la  enormidad  de  los  crímenes  del  reo  ha- 
cian  innecesaria  la  degradación,  habiendo  perdido  el  fuero 
i  privilejios  concedidos  por  los  cánones.  El  presbítero  Salto 
fué  llevado  agonizante  al  patíbulo  en  una  camilla,  i  espiró 
de  resultas  de  sus  heridas  momentos  antes  de  la  preparada 
ejecución  22. 

-  Este  hecho  revela  hasta  dónde  llegaba  el  furor  de  que 
estaban  poseídos  los  prelados  de  la  iglesia  mejicana  contra 
los  revolucionarios.  Para  servir  a  la  causa  política  en  que 
estaban  abanderizados,  no  hablan  temido  echar  mano  de 
las  armas  espirituales  de  que  disponía  la  iglesia,  como  las 
censuras  i  escomuniones.  Ahora  los  vamos  a  ver  emplear  en 
contra  de  la  independencia  de  Méjico,  la  facultad  de  prohi- 
bir la  lectura  de  ciertos  libros. 

Los  revolucionarios  publicaban  en  su  campamento  un 
periódico  titulado  Ilustrador  americano.  Servíales  para  de- 
fender los  principios  de  independencia  i  libertad,  para  dar 
noticias  de  sus  triunfos  i  para  hacer  circular  los  decretos 
que  dictaban.  En  él  no  se  atacó  nunca  la  relijion  o  sus  mi- 
nistros: lejos  de  eso,  sus  redactores  hacian  ostentación  de 
ser  católicos  fervorosos.  Ese  periódico  era  leido  con  avidez 
en  todo  el  territorio,  aun  en  los  pueblos  en  que  dominaban 
los  realistas,  cuyo  poder  contribuía  poderosamente  a  des- 
prestijiar.  El  virrei  no  habla  podido  hacer  nada  para  impe- 
dir la  rápida  i  misteriosa  circulación  del  Ilustrador  ameri- 
cano) i  confió  en  que  la  iglesia  viniera  en  su  ayuda.  En  efec- 
to, el  cabildo  eclesiástico  de  Méjico,  que  gobernaba  la 
arquidiócesis  en  sede  vacante  (el  arzobispo  Lizana  i  Beau- 
mont  habia  muerto  en  6  de  marzo  de  1821),  espidió  el  3  de 
junio  de  1812  un  auto  solemne  por  el  cual  ordenaba  "so 
las  penas  establecidas  en  el  derecho  canónico  para  los  fau- 
tores, encubridores  i  lectores  de  libelos  sediciosos",  que  el 
Ilustrador  americano  quedaba  prohibido  i  que  nadie  podia 
leerlo  sin  incurrir  en  el  pecado  mortal.  Entre  losconsideran- 


22-  Alaman,  obra  citada,  lib.   VI,  cap.  Y,  tomo  3^,  pájs.  212 
i  213. 


EL   CLERO    EN    LA     REVOLUCIÓN    DE    LA    INDEPENDENCIA  319 

dos  de  este  auto  figuran  estos  dos  puntos:  "1.*^  Porque  el 
Ilustrador  habla  mal  del  Excmo.  señor  virrei,  cuya  dulzura 
i  clemencia  son  notorias,  i  porque  debe  ser  relijiosamente 
venerado  por  los  hijos  de  esta  iglesia  de  Jesucristo".  I 
2."^  ^'Porque  en  el  Ilustrador  se  trastruecan  i  debilitan  los 
triunfos  de  las  armas  del  rei,  ensalzando  las  de  los  insurjen- 
tes".  23  Este  célebre  auto  tiene  la  gloria  de  haber  abierto  el 
camino  a  las  autoridades  eclesiásticas  de  España,  que  en 
los  años  subsiguientes  condenaban  como  heréticas  todas 
las  publicaciones  desfavorables  a  Fernando  VIL 

Afianzado  con  este  decidido  apoyo  que  le  prestaba  el 
alto  clero,  el  virrei  no  vaciló  ea  dar  un  paso  mas  atrevido. 
El  25  de  junio  del  mismo  año  (1812)  dictó  un  terrible  ban- 
do, que  en  la  historia  mejicana  se  conoce  con  el  significati- 
vo nombre  de  lei  de  sangre.  Por  él  se  declaraban  reos  de 
jurisdicción  militar  i  de  los  consejos  ordinarios  de  guerra  a 
todos  los  que  hubiesen  hecho  o  hiciesen  resistencia  a  las 
tropas  del  rei,  cualesquiera  que  fuesen  su  clase,  su  estado  i 
su  condición.  Imponíase  la  pena  de  muerte  a  todos  los  jefes 
i  oficiales  revolucionarios  de  subteniente  arriba,  i  a  todos 
los  eclesiásticos  seculares  que  hubiesen  tomado  parte  ea  la 
revolución  o  servido  en  ella  con  cualquier  título,  aunque 
solo  fuese  con  el  de  capellanes.  Estos  últimos  debian  ser 
juzgados  i  ejecutados  como  los  legos,  sin  previa  degrada- 
ción. El  virrei  justificaba  estas  providencias,  asegurando 
que  con  ellas  **no  se  corría  rieso^o  alguno  de  castigar  a  ino- 
centes, ni  de  excederse  en  el  castigo,  por  ser  todos  verdade- 
ros bandidos,  anatematizados  por  la  iglesia  (aludiendo  a 
que  los  independientes  habían  sido  escomulgados  muchas 
veces),  i  proscritos  por  el  gobierno,  a  quienes  por  lo  mismo 
podia  quitar  la  vida  cualquiera  impunemente".  ^^ 

Este  bando  produjo  grande  irritación  entre  los  insurjen- 
tes.  Algunos  sacerdotes  alzaron  también  su  voz  contra  los 


23.  José  Guerra,  obra  citada,  lib.  XII,  tomo  2.°,  páj.  97. 

24.  Bando  del  virrei  Venégas,  publicado  en  la  Gaceta  de  Méjico^ 
de30dejuniodel812. 


320  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBI.IOGRÁFICOS 

artículos  que  se  referían  a  los  individuos  de  su  estado  a 
quienes  el  virrei  privaba  por  su  sola  voluntad  de  todos  sus 
fueros  i  privilejios.  El  cabildo  eclesiástico,  como  encargado 
del  gobierno  de  la  arquidiócesis,  celebró  una  sesión  solemne 
para  tratar  si  debia  darse  algún  paso  en  defensa  de  las  in- 
munidades sacerdotales.  Como  en  esa  corporación  domina- 
ban los  españoles  de  nacimiento  por  su  numero  i  su  presti- 
jio,  se  decidió  que  en  aquellas  circunstancias  no  convenia 
tomar  medida  alguna.  Al  saber  esta  resolución,  ciento  diez 
clérigos  mejicanos  prCvSentaron  al  cabildo  eclesiástico  una 
solicitud  en  que  reclamaban  garantías  i  protección  para 
las  inmunidades  de  su  orden;  pero  después  de  inútiles  tra- 
mitaciones, el  bando  del  virrei  quedó  en  completo  vigor.  2'> 
Antes  de  un  mes  se  empezaron  a  cumplir  sus  disposicio- 
nes mas  duras.  En  julio  de  1812  se  hallaban  enDurango  seis 
eclesiásticos  que  el  año  anterior  habian  sido  tomados  pri- 
sioneros de  guerra,  junto  con  Hidalgo,  el  primer  caudillo 
de  la  insurrección  mejicana.  Condenados  a  muerte  como 
revolucionarios,  el  obispo  de  esa  diócesis  don  Francisco 
Gabriel  de  Olivares,  aunque  español  realista,  se  compade- 
ció de  aquellos  infelices  cuyos  delitos  no  los  hacian  merece- 
dores del  último  suplicio.  Creyendo  salvarlos  de  la  muerte, 
se  negó  resueltamente  a  degradarlos.  El  brigadier  don  Ber- 
nardo Bonavia,  intendente  i  comandante  militar  de  la 
provincia,  no  se  dejó  vencer  por  esta  resistencia;  i  con  fecha 
de  15  de  julio  dio  a  uno  de  sus  subalternos  la  orden  siguien- 
te: "Pase  el  escribano  de  gobierno  a  notificar  la  sentencia 
a  los  reos  eclesiásticos  que  se  hallan  bajo  la  custodia  de 
Ud.  A  las  veinticuatro  hora  la  hará  Ud.  poner  en  ejecución, 
haciéndolos  pasar  por  las  armas  por  la  espalda,  sin  que  les 
tiren  a  la  cabeza  i  sin  sus  vestiduras  eclesiásticas  ni  relijio- 
sas  que  se  les  vestirán  después,  i  los  conducirá  Ud.  mismo 
con  toda  su  tropa  al  santuario  de  Guadalupe  donde  los 
entregará  al  cura  para  que  les  dé  sepultura,  avisándome 
su  cumplimiento."  La  sentencia  se  ejecutó  fielmente:  la  fal- 


25.  Alaman,  obra  citada,  lib.  IV,  cap.  V,  tomo  3*?,  páj.  217. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     o21 

i:a  de  degradación  se  subsanó  con  el  hecho  de  haber  respe- 
tado las  sotanas  i  la  corona  de  aquellos  desgraciados  pa- 
triotas 26. 

Pareceria  natural  que  estas  horrorosas  ejecuciones  así 
^omo  el  desprecio  que  los  jefes  españoles  hacian  de  las  pre- 
rrogativas eclesiásticas  hubieran  resfriado  el  obstinado  em- 
peño con  que  los  obispos  mejicanos  combatían  la  indepen- 
dencia de  ese  pais.  No  fué  así,  sin  embargo:  después  del 
terrible  bando  de  3  de  junio  de  1812  i  de  los  fusilamientos 
de  16  de  julio,  los  obispos  i  el  alto  clero  continuaron  hosti- 
lizando la  revolución  por  todos  medios,  fulminando  contra 
sus  autores  las  mas  terribles  escomuniones,  i  poniendo  al 
servicio  del  d<.spotisnio  mas  atrabiliario  i  ominoso  todo  su 
poder  espiritual. 

El  mas  moderado  de  todos  fué  todavía  el  de  Puebla,  don 
Manuel  Ignacio  González  del  Campillo.  Creyendo  que  por 
los  medios  de  la  suavidad  se  podrían  conseguir  mejores 
resultados  que  por  el  terror,  este  prelado  envió  un  emisa- 
rio cerca  de  los  jefes  insurjentes  i  les  dirijió  exhortaciones 
en  que  al  paso  que  se  declaraba  partidario  resuelto  del  reí 
de  España  i  de  sus  representantes,  pedia  a  aquellos  en 
nombre  de  la  relijion  i  de  la  humanidad  que  depusieran  las 
armas  para  evitar  los  horrores  de  una  guerra  tan  san- 
grienta. Los  caudillos  patriotas  contestaron  con  respeto  i 
templanza  al  prelado  de  Puebla,  pero  sostuvieron  enérjica- 
mente  los  derechos  de  la  revolución  negándose  a  desistir  de 
su    intento   ^7.     El  obispo   Campillo   murió   pocos   meses 


26.  Don  Carlos  María  Bustamante,  Cuadro  histórico  de  la. 
revolución  de  Méjico,  tomo  1.°,  fol.  277. — Alaman,  obra  citada, 
Hb.  ir,  cap.  VIII,  tomo  2.^  pajina  207. 

27.  Muniñesto  del  obispo  de  Puebla  para  desengaño  de  los 
incautos,  opúsculo  de  166  pajinas  impreso  en  Méjico  en  agosto 
de  1812,  i  dedicado  al  virrei.  Este  folleto  contiene  la  correspon- 
dencia cambiada  entre  el  obispo  i  los  caudil'os  de  la  insurrección 
Dos  de  estos  documentos  han  sido  reimpresos  por  don  Pablo  de 
Mendivil  en  las  pajinas  394  de  su  Resumen  histórico  de  la  revola- 
.cion  de  Méjico,  Londres,  1828, 

TOMO  X  21 


322  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFJCOS 

mas  tarde  (26  de  febrero  de  1813)  dejando  a  su  patria  su- 
mida en  una  lucha  encarnizada  i  terrible  para  alcanzar  su 
independencia. 

Por  el  contrario,  el  obispo  de  Mechoacan,  don  Manuel  de 
Abad  i  Queipo,  siguió  inflexible  en  su  sistema  de  anatema- 
tizar a  todos  los  insurjentes.  Por  edicto  de  22  de  julio  de 
1814  fulminó  su  cuarta  escomunion  contra  ellos  i  en  espe- 
cial con  su  jeneral  en  jefe  don  José  María  Morélos  28.  En 
el  mismo  año  escomulgó  como  hereje,  por  sus  servicios  a  la 
revolución,  al  doctor  don  José  María  Cos,  eclesiástico  ar- 
doroso i  apasionado.  Este  a  su  vez  contestó  en  un  mani- 
fiesto que  no  reconocia  la  autoridad  del  obispo,  porque  ha- 
bia  sido  electo  no  por  el  rei  sino  por  la  rejencia  española,, 
porque  era  hijo  ilejítimo  i  porque  en  años  atrás  habia  sido 
acusado  ante  la  inquisición.  El  doctor  Cos,  declarando  con 
grande  arrogancia  que  el  obispo  de  Mechoacan  no  tenia^ 
poder  de  escomulgar,  por  estar  él  mismo  escomulgado,^ 
produjo  grande  impresión  en  el  bajo  clero  de  Méjico  i  aca- 
rreó no  poco  desprestijio  a  aquel  prelado  ^9. 

En  Oajaca,  el  obispo  Bergosa  habia  seguido  disciplinan- 
do los  cuerpos  de  artesanos  i  de  clérigos  que  habia  organi- 
zado para  combatir  la  insurrección.  En  premio  de  estos- 
trabajos,  la  rejencia  de  Cádiz  lo  nombró  arzobispo  de  Mé- 
jico, cuja  sede,  como  hemos  dicho,  estaba  vacante  por 
muerte  de  Lizama  i  Beaumont  so.  Sin  embargo,  teniendo 
que  atender  a  los  negocios  de  la  guerra  contra  los  insur» 
jentes,  quedó  en  Oajaca  hasta  noviembre  de  1812.  Solo  al' 
saber  la  aproximación  del  jeneral  Morélos,  fugó  oculta- 
mente de  la  ciudad,  dejándola  sumida  en  el  mayor  desa- 
liento; i  dirijiéndose  a  Tabasco,  se  embarcó  allí  para  Vera- 
cruz  i  pasó  en  seguida  a  Méjico  para  seguir  prestando  sus- 
servicios  a  la  causa  del  rei. 


28.  Alaman,  obra  citada,  lib.    VII,  cap.  I,  tomo  4.*?  pajina 

29.  Don  Carlos   María  Bustamante  ha  publicado  estos   docu- 
mentos en  el  tomo  4.°,  fols.  236  i  siguientes  de  su  obra  citada. 

30.  Zavala,  obra  citada,  tomo  1.°  pajina  80,     i  Alaman  lib.  III, 
cap.  VI,  tomo  2.°  pajina  439. 


EN  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    323 

Con  todo,  el  arzobispo  electo  venia  desencantado  del  fru- 
to de  sus  trabajos  como  guerrero,  i  no  volvió  a  pensar  en 
organizar  rejimientos  de  clérigos  i  de  frailes;  pero  llegó  a 
tiempo  de  dar  protección  i  fomento  al  sistema  de  predica- 
ciones reliji oso- políticas  que  el  virrei  habia  planteado.  Con- 
sistian  éstas  en  sermones  que  se  predicaban  en  los  templos 
contra  la  revolución  i  sus  secuaces  i  en  favor  del  réjimen 
español.  En  Querétaro,  donde  se  fundaron  también  estas 
misiones,  se  estableció  una  especie  de  inquisición:  no  solo  se 
recomendó  desde  el  púlpico  la  delación  de  los  revoluciona- 
rios, sino  que  los  confesores  negaban  la  absolución  a  los  pe- 
nitentes si  no  iban  a  delatar  a  los  que  sabian  o  suponian 
que  eran  afectos  a  la  independencia  ^i. 

Venciendo  las  inmensas  dificultades  que  por  todas  par- 
tes le  oponia  el  poder  del  alto  clero  i  el  fanatismo  grosero  e 
ignorante  de  las  masas,  la  revolución  mejicana  seguía  len- 
tamente su  camino.  Los  revolucionarios,  después  de  conse- 
guir importantes  triunfos  militares  bajo  el  mando  del  jene- 
ral  Morélos,  reunieron  un  congreso  en  el  pueblo  de  Chupan- 
cingo;  i  allí  proclamó  esta  asamblea  solemnemente  el  6  de 
noviembre  de  1813  la  independencia  de  Méjico.  El  espíritu 
relijioso  de  aquellos  patriotas  se  deja  ver  en  esta  misma 
acta.  Allí  declaran  que  ''no  profesan  ni  reconocen  otra  reli- 
jion  que  la  católica,  ni  permitirán  ni  tolerarán  el  uso  públi- 
co ni  secreto  de  otra  alguna;  que  protejerán  con  todo  su 
poder  i  velarán  sobre  la  pureza  de  la  fé  i  de  sus  dogmas  i 
conservación  de  los  cuerpos  regulares".  Para  que  no  quede 
duda  sobre  la  sinceridad  de  estos  sentimientos,  bastará  re- 
cordar que  el  mismo  dia  que  el  congreso  proclamaba  la  in- 
dependencia nacional,  espidió  un  decreto  restableciendo  el 
orden  de  jesuitas  ^2.  Un  año  mas  tarde,  cuando  ese  mismo 
congreso  reunido  en  Apatciiigan  dictaba  la  primera  consti- 
tución mejicana  (22  de  octubre  de  1814),  declaraba  en  su 


31.  Alaman,  lib.  V,  cap.  IV,  tomo  3^,  páj.  394. 

32.  Bustamente,  Cuadro  Histórico,  etc.,  tomo  2°,  páj.  407. 


324  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

primer  artículo  que  "la  relijion  católica  romana  es  la  única 
que  se  debe  profesar  en  el  Estado". 

Todo  esto,  sin  embargo,  no  impidió  que  el  alto  clero  me- 
jicano continuase  usando  de  las  armas  de  la  relijion  para 
combatir  a  los  independientes.  Por  edicto  de  26  de  mayo 
de  1815,  el  cabildo  eclesiástico,  asegurando  falazmente  que 
los  constituyentes  de  Apatcingan  hablan  proclamado  la 
tolerancia  de  cultos,  prohibió  la  constitución  i  los  otros 
papeles  publicados  por  los  patriotas  bajo  la  pena  de  esco- 
munion  mayor,  dejando  sujetos  a  la  misma  pena  a  los  que 
no  delatasen  a  los  que  los  tuviesen,  "por  ser  reos  de  alta 
traición  i  cómplices  de  la  desolación  de  la  iglesia  i  de  fé  pa- 
tria 33. 

Este  sistema  de  guerra  puesto  en  ejercicio  por  el  clero 
mejicano  para  combatir  la  causa  de  la  independencia,  aun- 
que a  la  larga  debia  producir  el  desprestijio  de  las  censuras 
i  de  las  escomuniones,  dio  por  resultado  inmediato  conflic- 
tos i  embarazos  en  el  seno  de  las  familias  i  en  el  plan  de 
operaciones  de  los  insurjentes.  Los  obispos,  los  canónigos, 
i  los  mas  altos  magnates  del  clero  regular  i  secular  hablan 
identificado  a  tal  punto  la  relijion  con  la  causa  del  despo- 
tismo, que  solo  se  consideraba  católico  verdadero  el  que 
era  partidario  ciego  i  exaltado  de  la  monarquía  absoluta. 
El  restablecimiento  de  Feniatido  VI[  en  el  trono  español, 
la  disolución  de  las  cortes,  la  derogación  del  código  consti- 
tucional de  1812 i  de  todas  las  leyes  liberales  que  la  España 
se  habia  dado, el  restablecimiento  del  tremendo  tribunal  de 
la  inquisición,  fueron  sucesos  que  el  clero  celebró  en  Méjico 
en  los  últimos  meses  de  1814  con  las  mas  ostentosas  fun- 
ciones relijiosas  que  jamas  se  hubieran  visto  en  el  vireinato 
La  inquisición,  por  su  parte,  al  entrar  de  nuevo  en  el  uso 
de  las  temible?  funciones  de  que  habia  estado  privada  por 
resolución  de  las  cortes  españolas,  se  inauguró  fulminando 
un  edicto  de  10  de  julio  de  1815,  en  que  declaraba  incursos 


33.  Edicto  publicado  en  la  Gaceta  de  Méjico  de  30  de  mavo  de 
1815. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA      325 

en  escomunion  mayor  no  solo  a  todos  los  que  tuviesen  pa- 
peles impresos  por  los  revolucionarios,  sino  a  los  que  no 
denunciasen  a  quienes  los  habían  leido  o    dádoles  circula- 


ClOtl 


34 


La  restauración  de  Fernando  VII  introdujo  en  la  iglesia 
de  Méjico  innovaciones  que  no  debieron  ser  del  agrado  de 
muchos  de  sus  decididos  i  entusiastas  partidarios.  En  su 
manía  de  declarar  nulos  todos  los  actos  ejecutados  por  el 
gobierno  español  desde  1808  hasta  1814,  el  rei  resolvió 
que  los  nombramientos  de  obispos  hechos  en  su  ausencia  i 
en  virtud  del  patronato,  eran  nulos  por  ser  esta  una  rega- 
lía personal.  En  esta  virtud,  anuló  el  nombramiento  del 
obispo  electo  de  Mechoacan,  ordenando  que  este  prelado  pa- 
sase a  Madrid  a  informarle  acerca  de  los  sucesos  de  Nueva 
España.  Con  la  misma  autoridad  mandó  que  el  arzobispo 
electo  de  Méjico,  don  Antonio  Bergosa,  volviese  a  su  dióce- 
sis de  Oajaca,  i  confirió  la  mitra  arzobispal  al  canónigo  don 
Pedro  Fonte,  hombre  de  mas  intelijencia  e  instrucción  i  que 
tenia  en  la  corte  española  el  apoyo  de  un  pariente  altamen- 
te colocado,  el  famoso  favorito  don  Tadeo  Calomardc. 

En  esta  época  llegó  también  a  Méjico  un  curioso  perso- 
naje que  iba  a  ocupar  uno  de  los  mas  encumbrados  i  lu- 
crativos puestos  en  el  episcopado,  i  que  debia  desempeñar 
en  la  historia  mejicana  un  papel  mui  singular.  Era  éste 
don  Antonio  Joaquin  Pérez,  nombrado  obispo  de  Puebla 
por  don  Fernando  VII  en  1815.  Diputado  a  las  cortes  es- 
pañolas de  Cádiz  como  representante  de  su  ciudad  natal, 
Puebla,  el  clérigo  Pérez  se  habia  mostrado  allí  partidaria 
decidido  del  réjimen  constitucional,  pero  al  mismo  tiempo 
haciendo  alarde  de  ser  enemigo  resuelto  de  la  insurrección 
liis paño-americana.  Sus  opiniones  sobre  estos  dos  puntos 
eran  las  de  la  mayoría  de  aquella  célebre  asamblea.  Así  se 
esplica  que  Pérez  alcanzara  el  alto  honor  de  presidirla  en 
diversos  períodos,  i  de  figurar  entre  los  diputados  que  tu- 
vieron el  encargo  de  formar  el  proyecto  de  la  constitución 


3-i.  Alaman,  libro  VI,  capítulo  V.,  tomo  4*=*,  pajina  178. 


326  ESTUDIOS    HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS 

liberal  de  1812.  Ocupaba  el  puesto  de  presidente  de  las  cor- 
tes a  principios  de  1814,  a  la  época  de  la  restauración  de 
Fernando  VII;  i  olvidando  entonces  su  liberalismo  i  sus 
compromisos,  no  solo  firmó  la  representación  denominada 
de  los  persas,  por  medio  de  la  cual  algunos  diputados  pe- 
dían la  supresión  delréjimen  constitucional,  sino  que  aplau- 
dió ardientemente  el  restablecimiento  del  despotismo.  "Una 
mitra  con  que  le  galardonaron  después,  dice  el  historiador 
Toreno,  dio  fuerza  a  la  sospecha  concebida  de  haber  pro- 
cedido de  connivencia  con  los  destruidores  de  las  cortes,  i 
por  tanto  indigna  i  culpablemente  ^^."  Pérez,  en  efecto, 
•compró  la  mitra  de  Puebla  con  su  complicidad  en  aquel 
golpe  de  absolutismo  •^^. 

Antes  de  salir  de  España,  dirijió  a  sus  diocesanos  una 
larga  pastoral,  destinada  casi  toda  ella  a  despertar  el  amor 
i  el  entusiasmo  por  Fernando  VIL  "En  este  joven  monar- 
ca, dice  el  obispo,  trabajó  la  naturaleza  de  concierto  con 
su  alto  destino,  dándole  una  noble  fisonomía,  en  la  cual 
está  de  asiento  la  majestad,  con  todos  los  atractivos  de 
la  benevolencia  i  de  la  ternura.  Aunque  Fernando  no  fuera 
rei,  hai  en  su  persona  un  no  sé  qué  de  amabilidad  que  dul- 
cemente arrebataba  a  amarlo  sin  término".  Describe  en 
seguida  las  audiencias  en  que  aquel  monarca  egoísta  i  cra- 
puloso oia  las  peticiones  del  militar  estropeado,  de  la  mujer 
del  preso,  de  la  viuda  del  soldado  muerto  en  la  guerra,  de 
cujas  audiencias  todos  se  alejaban  encantados.  Las  muje- 
res, añade  el  obispo,  se  retiran  diciendo:  "¡Hubiera  querido 
abrazarlo  i  besarlol"  En  esa  misma  pastoral  hace  a  sus 
diocesanos  la  recomendación  siguiente:  "Que  el  amor  en- 
trañable que  tenéis  a  Fernando   VII  se  convierta...  no  me 


35.  TovQ:no,  Historia  de  la  revolución  de  España,  XXIV,  tomo 
3^,  pajina  364,  ed.  de  Paris. 

36.  Zavala,  Ensayo  histórico  déla  revolución  de  Méjico,  tomo 
1°,  pájs,  95  i  370.— Como  el  obispo  Pérez  volvió  a  hacerse  liberal 
cuando  vio  triunfante  la  revolución  mejicana,  don  Carlos  Le  Brun 
lo  ha  presentado  con  colores  mui  favorables  en  sus  Retratos  polí- 
ticos de  la  revolución  de  España,  pajina  124. 


EL    CLERO  EN    LA    REVOLUCIÓN    DE    LA    INDEPENDENCIA       327 

ocurre  de  pronto  otra  espresion...  en  racional  delirio:  la 
adeudad  que  la  guardáis,  en  dominante  pasión  de  lealtad; 
i  la  confianza  en  que  vivis  de  su  apacible  i  justificado  go- 
bierno, en  fruición  anticipada  de  los  beneficios  que  os  ha  de 
dispensar  ^7." 

Luego  se  presentó  al  obispo  Pérez  una  nueva  ocasión  de 
hacer  ostentación  de  su  celo  en  favor  del  rei  de  España.  El 
SO  de  enero  de  1816  el  papa  Pió  Vil  dirijió  a  los  obispo  de 
América  una  encíclica  en  que  los  excitaba  ''a  no  perdonar 
esfuerzo  para  desarraigar  i  destruir  completamente  la  ci- 
zaña de  alborotos  i  sediciones  (así  llamaba  Su  Santidad  a 
la  guerra  de  la  independencia  americana)  que  el  hombre 
•enemigo  sembró  en  esos  paises".  Para  dar  a  conocer  a  los 
fieles  ese  documento,  el  obispo  Peres  lanzó  una  nueva  pas- 
toral en  que  haciendo  muchas  reflexiones  contra  la  revo- 
lución de  América  i  contra  el  sistema  constitucional,  volvia 
a  hablar  con  entusiasmo  de  las  virtudes  del  rei  Fernan- 
do ^^.  Los  otros  obispos  mejicanos  aprovecharon  este  mo- 
mento para  fulminar  de  nuevos  los  mas  terribles  anatemas 
contra  los  partidarios  de  la  independencia.  Se  distinguió 
particularmente  el  viejo  obispo  de  Guadalajara  don  Juan 
Ruiz  Cabanas,  en  cuya  pastoral  vertia  "toda  el  espíritu 
del  ultramontanismo  mas  perjudicial  i  de  la  funesta  pre- 
ponderancia que  algunos  ministros  de  la  relijion  pretenden 
■siempre  ejercer  en  perjuicio  de  las  sociedades  políticas  ^9. 

Fácil  es  imajinarse  la  impresión  que  debieron  producir 
estas  pastorales  en  el  ánimo  del  pueblo  mejicano.  Ya  no 
eran  solo  los  obispos  los  que  condenaban  la  revolución  de 
América;  era  también  el  papa  que  lanzaba  sus  anatemas 
desde  Roma.  La  insurrección,  agobiada  por  las  derrotas, 
diezmada  en  los  campos  de  batalla  i  en  los  patíbulos,  seen- 

37.  Pastoral  de  don  Antonio  Joaquín  Pérez,  obispo   de   Puebla 
de  los  Anjeles,  de  30  de  junio  de  1815,  impresa  en  Madrid. 
^  38.  Mendivil,  Resumen  etc.,  lib.  III,  cap.  IX,  páj.  272. 

39.  Mendivil,  obra  citada,  lib.  IV,  cap.  III,  páj.  311.  A  esta 
pastoral  del  obispo  de  Guadalajara  alude  Aiaman  en  su  Historia 
'de  Méjico,  parte  II,  lib.  I,  cap.  I,  tomo  5°,  páj.  39. 


328  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


contró  entonces  a  plinto  de  sucumbir.  Fué  necesario  que 
ocurriese  lá  revolución  constitucional  española  de  1820, 
para  que  renaciera  el  espíritu  de  independencia  bajo  una 
nueva  faz.  "Los  eclesiásticos  fanáticos,  los  ambiciosos  em- 
pleados i  todas  las  personas  que  estaban  bien  halladas  con 
el  goce  de  sus  sueldos,  honores  i  preeminencias,  vieron  con 
el  mas  profundo  disgusto  el  motin  del  coronel  Riego,  i  la 
marcha  que  tomaban  las  cortes  españolas  fulminando  de- 
cretos que  menoscababan  sus  intereses:  hé  aquí  que  por  un 
impulso  de  desesperación  se  determinaron  los  magnates 
i  el  clero  mejicanos  a  trabajar  todos  en  destruir  el  siste- 
ma constitucional,  cortando  relaciones  con  la  antigua  Es- 
paña ^o." 

Un  nuevo  caudillo,  don  Agustín  de  Iturbide,  vino  a  apro- 
vecharse de  esta  situación.  Al  grito  de  independencia  lan- 
zado en  Iguala  en  1821  corrieron  a  agruparse  bajo  sus 
banderas  no  solo  los  hombres  que  quedaban  de  la  revolu- 
ción de  1810,  sino  muchos  magnates  que,  habiendo  comba- 
tido siempre  contra  ella,  acababan  por  plegársele  por  te- 
mor al  estado  de  incertidumbre  de  los  negocios  de  España. 
El  alto  clero  mejicano,  odiando  de  corazón  el  réjimen  cons- 
titucional inaugurado  en  la  metrópoli,  i  creyendo  posible 
la  creación  de  un  imperio  en  Méjico  con  un  príncipe  de  la 
familia  de  Borbon  a  la  cabeza,  no  miró  con  mal  ojo  la  cau- 
sa de  Iguala.  Los  obispos  dejaron  de  escomulgar  a  los  in- 
dependientes; i  en  las  pastorales  de  los  que  les  eran  mas 
hostiles  no  se  descubría  aquel  tono  violento  i  destemplado 
con  que  hablan  acojido  la  idea  de  una  república.  El  de  Du- 
rango,  que  figuraba  entre  los  mas  hostiles  a  la  revolución 
de  Iturbide,  se  limitó  a  recomendar  a  sus  diocesanos  la 
fidelidad  al  rei,  la  obediencia  al  gobierno  i  la  unión  entre 
sí  ^1.  En  cambio,   el   belicoso  obispo  de  Guadalajara,  don 

40.  Don  Juan  Suárez  i  Navarro,  Historia  de  Méjico  i  deljeneraT 
Santa  Ana,  cap.  I,  páj.  4.  Alaman  ha  esplicado  bastante  bien  esta 
situación  en  la  segunda  parte,  lib.  I,  cap.  I  de  la  obra  citada. 

41.  Edicto  del  obispo  de  Durango  de  21  de  marzo  de  1821,  pu- 
blicado en  la  Gaceta  de  Méjico  de  21  de  abriL 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    329 

Juan  Ruiz  i  Cabanas,  el  que  en  1810  organizaba  un  reji- 
niiento  de  clérigos  para  pelear  contra  los  insurjentes,  i  en 
1816  los  escomulgaba  en  sus  pastorales,  abrió  sus  cofres 
bien  surtidos  de  dinero  para  prestar  a  Iturbide  25  mil  pe- 
sos ^^,  1  luego  se  pronunció  por  la  causa  de  la  revolución 
monárquica. 

Pero  el  partidario  mas  entusiasta  que  Iturbide  encontró 
en  el  episcopado  fué  don  Antonio  Joaquin  Pérez,  obispo  de 
Puebla,  que  poco  antes  era  un  peninsular  frenético.  El  cam- 
bio en  las  ideas  políticas  de  este  prelado,  inesplicable  al  pa- 
recer, tiene  sin  embargo  una  razón  mui  sencilla.  El  obispo 
Pérez  consideraba  definitivamente  perdida  en  España  la 
causa  de  la  monarquía  absoluta.  Los  liberales  vencedores 
habian  sometido  a  juicio  a  los  diputados  a  cortes  que  en 
1814,  traicionando  su  mandato,  habian  pedido  la  desapa- 
rición del  réjimen  constitucional;  i  entre  esos  diputados  es- 
taba el  mismo  obispo,  cuya  situación  había  llegado  a  ser 
mui  delicada.  Por  eso,  al  entrar  Iturbide  en  Puebla,  el  2  de 
agosto  de  1821,  Pérez  lo  hospedó  en  el  palacio  episcopal; 
i  tres  dias  después,  al  hacerse  en  la  catedral  la  jura  de  la 
independencia  mejicana,  predicó  un  ampuloso  sermón  en 
que  hablaba  de  la  libertad  con  tanto  ardor  como  antes  ha- 
bía puesto  en  combatirla.  Méjico  era  para  él  "un  pájaro 
que  cojido  desde  pequeño  en  la  liga  se  divierte  al  principio 
con  lo  mismo  que  lo  aprisiona,  hasta  que  siendo  adulto  i 
cobrando  mas  enerjía,  hace  esfuerzo  para  ponerse  en  liber- 
tad; o  a  una  joven  gallarda,  que  habiendo  llegado  al  térmi- 
no prescrito  por  las  leyes  para  salir  de  la  patria  potestad, 
contrariada  por  sus  tutores,  se  emai^cipa  de  ellos,  siendo 
en  uno  i  otro  caso  el  resultado  la  libertad  que  con  justo  tí" 
tulo  se  adquiere".  Una  cita  de  David  le  servia  para  esplicar 
su  amor  a  la  independencia,  de  que  habia  sido  enemigo  tan 
apasionados^. 


4-2.   Alamaii,  parte  II,  lib.  I,  cap.  5°,  páj.  127. 
43.  Ya  antes  de  esta  época,  el  obispo  Pérez  habia  dejado  ver  un 
cambio  en  sus  opiniones  políticas.  En  su  pastoral  de  27  de  junio 


330  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Hasta  entonces,  Iturbide  no  hablaba  mas  que  de  consti- 
tuir en  Méjico  un  imperio  a  cuya  cabeza  se  pondria Fernan- 
do VII,  u  otro  príncipe  de  la  familia  real  española.  Talvez 
hasta  ese  momento  no  abrigaba  la  ambición  de  coronarse 
que  lo  perdió  mas  tarde  i  que  acabó  por  llevarlo  al  patíbu. 
lo.  El  obispo  de  Puebla  fué  quien  despertó  este  sentimiento 
en  el  ánimo  del  vencedor,  haciéndole  así  el  mas  funesto  pre- 
sente que  éste  podia  recibir  ^^.  Desde  entonces,  el  obispo  Pé- 
rez fué  el  mas  íntimo  consejero  de  Iturbide.  Al  acercarse  a 
Méjico,  éste  nombró  una  junta  de  gobierno  compuesta  de 
treinta  i  ocho  individuos;  i  en  ella  dio  un  lugar  al  obispo  de 
Puebla  que  luego  fué  elejido  su  presidente  ^^.  En  este  carác- 
ter, tuvo  la  honra  de  poner  su  firma,  en  segundo  lugar,  i 
solo  después  de  la  de  Iturbide,  en  el  acta  de  la  Independen- 
cia de  Méjico  (28  de  setiembre  de  1821).  Antes  de  mucho 
tiempo,  este  obispo  fué  elejido  miembro  del  consejo  de  re- 
jencia. 

Muchos  otros  individuos  del  alto  clero,  que  hablan  sido 
enemigos  frenéticos  de  la  revolución,  se  plegaban  en  esos 
momentos  a  Iturbide.  No  simpatizaban  verdaderamente 
con  la  causa  de  la  independencia;  pero  considerando  perdi- 
da para  siempre  en  España  la  monarquía  absoluta,  se  con- 
solaban con  poder  quedar  en  Méjico  bajo  un  imperio  que 
creian  estable  i  duradero.  El  doctor  don  Manuel  de  Barce- 
na, gobernador  del  obispado  de  Mechoacan  i  español  de 
nacimiento,  habia  aceptado  un  puesto  en  la  rejencia  del  im- 


de  1820,  tomando  por  tema  estas  palabras  bíblicas:  tempus  est 
tacencH  teinpus  est  loguendí  (hai  tiempos  de  callar  i  tiempos  de 
hablar),  declara  que  ha  llegado  este  último  tiempo,  i  recomienda 
a  sus  diocesanos  el  respeto  a  la  constitución  española  de  1812, 
contra  la  cual  habia  lanzado  su  condenación  episcopal  en  1815. 
La  Biblia  servia  a  este  obispo,  como  ha  servido  a  muchos  otros, 
para  defender  toda  clase  de  opiniones. 

44.  Zavala,   obra  citada,   tomo  I,   páj.  127.  Alaman,   part.  lí, 
lib.  I,  cap.  VIH,  tomo  Y,  páj.  261. 

45.  Gaceta  Imperial  de  Méjico,  número  1°  de  2  de  octubre  de 
1821. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DB  LA  INDEPENDENCIA     831 

-perio.  El  arzobispo  de  Méjico  don  Pedro  Fonte  no  se  había 
-manifestado  menos  partidario  de  la  nueva  situación  políti- 
ca. Recibió  a  Iturbide  en  la  catedral  con  una  suntuosa  fies- 
ta, tratando  de  hacerle  los  honores  que  las  leyes  españolas 
disponían  para  los  patronos  de  la  iglesia.  Juró  solemne- 
mente la  independencia  del  imperio  mejicano;  pero  cuando 
se  le  elijió  miembro  de  la  junta  de  gobierno,  el  arzobispo  re- 
nunció este  puesto,  evitando  comprometerse  mui  directa- 
mente, i  previendo  que  mas  tarde  podría  talvez  convenirle 
volver  a  España  a  servir  al  restablecimiento  de  la  monar- 
quía absoluta.  El  obispo  de  Guadalajara,  don  Juan  Ruiz 
i  Cabanas,  después  de  haber  reconocido  i  jurado  el  nuevo 
orden  de  cosas  ^'^  murió  en  1822  dejando  a  Iturbide  en  la 
cumbre  del  poder  i  de  los  honores.  El  vicario  capitular  de 
Monterrei,  don  José  León  Lobo  i  Guerrero,  reconoció  tam- 
bién las  nuevas  instituciones  ^^  El  obispo  de  Durango, 
marques  de  Castañiza,  prestó  también  el  juramento  pocos 
días  después  ^8. 

El  imperio  mejicano  no  tenia  hasta  entonces  una  existen- 
cia estable.  El  príncipe  español  que  se  esperaba  para  que 
ocupase  el  trono,  no  vino  nunca;  i  la  fuerza  de  las  cosas 
trajo  por  resultado  la  proclamación  de  Iturbide  con  el  títu- 
lo de  emperador,  en  mayo  de  1822.  Se  sabe  cuan  efímera 
-fué  la  vida  de  este  imperio;  antes  de  un  año,  en  marzo  del 
año  siguiente,  el  emperador  abrumado  ante  una  revolución 
a  que  no  podía  resistir,  abdicaba  la  corona.  Tras  de  él  ve- 
nía necesariamente  la  República. 

Por  entonces,  la  iglesia  mejicana  se  hallaba  privada  de 
muchos  de  sus  pastores.  El  imperio  no  había  podido  culti- 
var relaciones  amistosas  con  la  santa  sede,  que  no  quería 
reconocer  la  existencia  independiente  de  los  estados  ameri- 


46.  En  17  de  noviembre  de  1821.   Véase  la  Gaceta  Imperial  de 
Méjico,  núm.  39,  de  15  de  diciembre. 

47.  En  18  de  noviembre  de  1821.  Véase  la  Gaceta  Imperial,  nú- 
.mero  «9,  de  21  de  febrero  de  1822. 

48.  En  7  de  diciembre.  Véase  la  Gaceta  Imperial,  núm.  48,  de  5 
vde  enero  de  1822. 


332  ESTUDIOS    BISTÓRíCO-BiBLIOGRÁFICOS 

canos;  i  la  ruptura  con  España  hacia  imposible  que  la  anti- 
gua metrópoli  llenase  las  numerosas  vacantes  que  la  muer- 
te iba  dejando  en  el  episcopado  mejicano.  A  la  caida  de 
Iturbide,  la  iglesia  de  Méjico  no  tenia  mas  que  tres  obispos, 
los  de  Yucatán,  de  Puebla  i  de  Oajaca;  i  aun  el  primero  no 
podia  desempeñar  las  funciones  de  su  cargo  por  su  edad 
mas  que  octojenaria.  El  arzobispo  de  Méjico,  que  después 
de  haber  jurado  sometimiento  al  imperio  habiasido  su  par- 
tidario decidido,  cuando  lo  sintió  vacilar,  cuando  lo  vio 
próximo  a  caer,  solicitó  permiso  para  pasar  a  Roma;  i  una 
vez  fuera  del  pais,se  trasladó  a  España  a  donde  lo  llevaban 
sus  afecciones  políticas.  En  Madrid,  el  arzobispo  Fonte  pu- 
do asistir  primero  como  testigo  i  luego  como  actor  al  res- 
tablecimiento de  la  monarquía  absoluta  i  a  la  persecución 
encarnizada  de  los  partidarios  de  la  constitución.  Sus  rela- 
ciones de  familia  con  el  ministro  Calomarde  le  valieron  un 
asiento  en  el  consejo  de  estado;  i  desde  allí  no  volvió  a  acor- 
darse de  su  rebaño  de  Méjico  sino  para  fomentar  las  insen- 
satas ilusiones  que  mantenia  Fernando  Vil  de  reconquistar 
a  viva  fuerza  sus  perdidas  posesiones  de  América. 

El  ejemplo  del  prelado  fué  seguido  por  muchos  otros  sa- 
cerdotes mejicanos.  Hemos  dicho  que  al  iniciarse  la  revolu- 
ción de  la  independencia  habia  en  la  Nueva  España  cerca 
de  14,000  eclesiásticos.  En  1826,  este  número  habia  bajado 
a  3,463,  fuera  de  algunos  sacerdotes  imposibilitados  para 
todo  servicio  por  su  edad  i  sus  enfermedades.  El  resto,  es 
decir  cerca  de  10,000,  habia  vuelto  a  España  a  vivir  bajo  el 
amparo  del  rei  Fernando  ^^. 

La  iglesia  mejicana  se  halló,  pues,  en  un  estado  de  acefa- 
lía  casi  completa  desde  1823.  La  mayor  parte  de  sus  dióce- 


49.  Así  se  comprenderá  el  hecho  siguiente.  En  1826  la  España 
tenia  según  los  mejores  cálculos  cerca  de  104  mil  eclesiásticos,  co- 
mo catorce  mil  mas  que  en  1808.  Pvste  aumento  era  debido  a  la 
emigración  de  los  relijiosos  i  clérigos  que,  no  queriendo  vivir  baja 
los  gobiernos  republicanos  de  América,  iban  a  cobiiarse  al  abrigo 
del  despotismo  de  Fernando  VIL  ¿Cuántos  de  ellos  serian  víctimas- 
de  las  matanzas  populares  de  1834? 


EL   CLERO    EN    LA    REVOLUCIÓN    DE    LA    INDEPENDENCIA         333 

sis  estaba  sin  obispo  ^o.  Sus  relaciones  con  la  santa  sede  es- 
taban interrumpidas  desde  la  proclamación  de  la  indepen- 
dencia; i  la  famosa  bula  lanzada  por  León  XII  en  setiembre 
-de  1824,  dejaba  ver  que  seria  mui  difícil  restablecerlas.  El 
gobierno  mejicano  lo  solicitó  sin  embargo;  pero  sólo  en 
1830,  bajo  la  administración  del  jeneral  Bustamante,  fue- 
ron provistos  los  obispados  vacantes.  No  entra  en  el  plan 
de  estos  artículos  el  esplicar  estas  negociaciones;  por  eso 
pasaremos  a  referir  sumariamente  las  dificultades  que  se 
suscitaron  entre  la  revolución  i  los  obispos  en  los  otros 
pueblos  hispano  americanos. 


50.  Seis  años  después,  en  1829,  no  habia  un  solo  obispo  en  todo 
el  territorio  mejicano. 


L^  ACCIÓN  DEL  OLEEO 
en  la  revolución  de  la  independencia  americana 


SEGUNDA  PARTE 

Al  pasar  en  rápida  revista  en  nuestro  artículo  anterior 
la  historia  de  la  revolución  de  Méjico,  hemos  podido  seña- 
lar con  algún  detenimiento  las  dificultades  i  embarazos  que 
el  clero  opuso  en  ese  pais  al  triunfo  de  la  independencia. 
El  gran  número  de  publicaciones  de  que  ha  sido  objeto  la 
historia  mejicana,  i  la  posesión  de  muchos  documentos  im- 
presos en  América  i  en  Europa,  nos  han  permitido  señalar 
los  principales  hechos  de  esa  lucha  trabada  en  contra  de  la 
libertad  del  pueblo  mejicano  en  nombre  de  la  relijion. 

Desgraciamente,  no  poseemos  iguales  datos  respecto  de 
los  otros  pueblos  hispano-americanos,  cuya  historia  no  ha 
sido  estudiada  aun  con  tanta  prolijidad.  Por  otra  parte, 
en  el  resto  de  la  América,  la  guerra  de  la  independencia  no 
tomó  ese  carácter  tan  pronunciado  de  lucha  relijiosa;  por- 
que para  combatir  la  revolución,  los  medios  de  acción  del 
clero  fueron  mas  reducidos  i  su  influencia  se  hizo  sentir  en 
una  escala  mas  limitada,  pero  no  con  menor  resolución. 


336  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

La  capitanía  jeneral  de  Venezuela  contaba,  como  ya  di- 
jimos, solo  tres  diócesis  antes  de  1810.  La  mas  importante 
de  ellas,  el  arzobispado  de  Caracas,  producia  al  prelado 
una  renta  de  40,000  pesos;  la  segunda,  el  obispado  de  Mé- 
rida  de  Maracaibo,  tenia  una  renra  de  cerca  de  20,000  pe- 
sos, i  por  ultimo, el  obispo  de  Guayana  recibia  de  la  corona 
el  sueldo  anual  de  4,000  pesos.  El  clero  secular,  bastante 
numeroso  en  las  grandes  ciudades,  gozaba  de  cuantiosas 
rentas  en  capellanías  i  fundaciones  piadosas;  i  el  clero  regu- 
lar, mucho  mas  reducido  en  su  número,  escepto  en  Guaya- 
na, donde  los  padres  capuchinos  administraban  las  esten- 
sas misiones  de  la  provincia,  contaba  también  con  el  pro- 
ducto de  sus  valiosas  propiedades  territoriales.  Entre  los 
miembros  del  clero  venezolano  figuraban  muchos  indivi- 
duos de  la  mas  alta  clase  social  de  la  colonia;  i  como  en 
este  pais  la  revolución  fué  encabezada  por  la  aristocracia, 
algunos  de  esos  individuos  tomaron  una  parte  principal 
en  aquel  movimiento,  pero  la  mayoría  deellos,  i  sobre  todo 
los  obispos  i  eclesiásticos  europeos  de  nacimiento,  hicieron 
servir  su  influjo  i  su  poder  contra  la  independencia. 

Se  sabe  que  la  revolución  de  Venezuela  comenzó  por  la 
deposición  del  capitán  jeneral  don  Vicente  Emparan  el  19 
de  abril  de  1810,  i  por  la  creación  de  una  junta  nacional  de 
gobierno.  En  el  primer  momento,  el  triunfo  de  la  revolu- 
ción pareció  inevitable,  i  todas  las  autoridades  españolas 
de  la  capitanía  jeneral  reconocieron  resignadamente  el 
cambio  gubernativo  o  fueron  depuestas  por  el  nuevo  go- 
bierno. La  rejencia  española,  sin  embargo,  resolvió  desde 
luego  combatir  la  insurrección  venezolana,  i  en  efecto,  dio 
el  título  de  capitán  jeneral  de  Venezuela,  en  reemplazo  de 
Emparan,  a  quien  los  re7olucionar¡os  habian  hecho  salir 
para  los  Estados  Unidos,  a  don  Fernando  Miyáres,  go- 
bernador hasta  entonces  de  Maracaibo,  con  orden  de  reu- 
nir tropas  i  someter  de  nuevo  la  provincia  al  antiguo  ré- 
jimen. 

Miyares  no  podia  hacer  nada  por  falta  de  elementos  mi- 
litares. La  provincia  que  mandaba,  como  la  vecina  de  Co- 


EL  CLERO  KN  LA  REVOLUCIÓN  DB  LA  INDEPENDENCIA   337 

ro,  quedaba  sometida  a  la  autoridad  de  la  España;  pero  en 
el  resto  del  territorio  la  revolución  se  hallaba  triunfante.  En 
esa  situación  no  quedaba  otro  arbitrio  que  fomentar  mo- 
vimientos contra-revolucionarios  en  las  provincias  some- 
tidas al  gobierno  de  Caracas.  En  Guayana,  donde  la  re- 
volución habia  sido  reconocida,  é  instaládose  una  junta 
gubernativa  patriótica  en  la  ciudad  de  la  Angostura,  se 
habia  hecho  sentir  el  primer  impulso  reaccionario.  A  insti- 
gación de  los  misioneros  capuchinos,  algunos  españoles  que 
formaban  parte  de  aquella  junta,  tramaron  una  conspira- 
ción, restablecieron  el  antiguo  orden  de  cosas,  apresaron  a 
los  principales  patriotas  i  los  remitieron  a  Cuba  i  Puerto 
Rico  para  ser  sometidos  ajuicio  i.  Igual  cosa  se  quiso  ha- 
cer en  breve  en  Caracas  i  en  otros  puntos  en  que  eran  res- 
petadas las  nuevas  autoridades. 

La  junta  de  Caracas  se  creia  perfectamente  afianzada  en 
el  poder,  i  aun  estaba  persuadida  que  no  tenia  nada  que 
temer  de  la  acción  del  clero.  El  31  de  juHo  de  escaño (1810) 
llegó  de  España  don  Narciso  Coll  i  Prat,  arzobispo  de 
aquella  diócesis,  español  de  nacimiento,  que  gozaba  de  la 
reputación  de  mucha  virtud.  Al  encontrarse  allí  con  la  re- 
volución que  habia  estallado  tres  meses  antes,  el  arzobispo, 
sea  porque  no  midiese  todo  el  alcance  del  cambio  guberna- 
tivo o  por  que  creyera  que  no  era  posible  resistir  a  la 
revolución,  se  apresuró  a  reconocer  solemnemente  la  junta 
de  gobierno  i  se  manifestó  dispuesto  a  sostenerla  con  el  in- 
flujo de  su  ministerio.  Dos  meses  mas  tarde,  sin  embargo, 
los  realistas  de  Caracas  tramaban  una  conspiración  contra 
el  nuevo  orden  de  cosas.  El  arzobispo,  uno  de  los  canóni- 
gos de  la  catedral  i  uno  de  los  curas  de  la  ciudad,  no  solo 
estaban  iniciados  en  el  complot,  sino  que  debían  formar 
parte  del  gobierno  provisorio  de  Venezuela  que  los  realistas 
debian  establecer  mientras  llegaba  el  gobernador  Miyares. 


1.  Baralt,  Resumen  de  la  Historia  de  Venezuela  desde  1797 
basta  1830y  tomo  I,  páj.  41.— Restrepo,  Historia  de  la  revolución 
de  Colombia,  part.  II,  cap.  II,  tomo  I,  pájs.  544?  i  545. 

TOMO  X  22 


338  ESTUDIOS  historico-bibliogrAfícos 

Los  conspiradores  habían  sobornado  a  una  parte  conside- 
rable de  la  guarnición;  pero  la  noche  antes  de  dar  el  golpe, 
el  complot  fué  denunciado  por  dos  de  los  oficiales  compro- 
metidos (el  30  de  setiembre);  i  la  junta  pudo  prevenirlo 
oportunamente  i  castigar  a  algunos  de  los  autores,  sin 
llegar  sin  embargo  al  esclarecimiento  cabal  de  la  ver- 
dad. 2 

Mientras  tanto,  el  obispo  de  Mérida  de  Maracaibo,  que 
estaba  establecido  en  un  punto  en  que  dominaban  los  rea- 
listas, no  tenia  que  guardar  reserva  ni  disimulo  para  mani- 
festar su  simpatía  por  la  causa  de  España.  Un  solo  hecho 
revelará  la  actitud  asumida  por  este  prelado.  La  junta  gu- 
bernativa habia  enviado  emisarios  al  estranjero  i  a  las 
provincias  vecinas  a  anunciar  su  instalación.  Uno  de  ellos, 
el  famoso  canónigo  chileno  don  José  Cortes  Madariaga, 
habia  sido  enviado  a  Bogotá,  i  en  su  viaje  tuvo  que  tocar 
en  Aterida.  Oigamos  a  este  mismo  personaje  lo  que  escribia 
acerca  de  su  corta  residencia  en  esta  última  ciudad.  *'Con- 
tinuamos  sin  novedad  en  medio  de  las  imponderables  inco- 
modidades i  riesgos  que  hemos  probado  en  el  camino  i  nos 
restan  que  sufrir,  todo  con  paciencia  i  con  provecho  en 
cuanto  a  la  causa  del  dia;  i  puede  Ud.  creer  que,  a  no  haber 
tomado  yo  a  mi  cargo  la  comisión  que  llevo,  ya  el  demonio 
se  habría  reído  de  la  emancipación  de  Caracas:  jamas  me 
corresponderá  la  provincia  los  esfuerzos  i  fatigas  que  apli- 
co en  su  obsequio.  Ud.  lo  graduará  así,  acercándose  a  Ros- 
cío  e  instruyéndose  de  los  partes,  etc.  Me  he  visto  arresta- 
do i  escomulgado  por  el  mentecato  de  Mílanes  (éste  era  el 
obispo  de  Mérida);  pero  con  presencia  de  ánimo  he  triunfa- 
do de  sus  asechanzas.  A  no  aventurar  el  suceso,  estaría  este 
sátrapa  en  viaje  para  ésa,  montado  en  un  asno:  no  merece 


2.  Don  José  Domingo  Díaz,  Recuerdos  sobre  la  rebelión  de  Cara- 
cas^ Madrid  1829,  pájs.  27  i  siguientes.  Díaz,  que  era  un  médico 
caraqueño  muí  enemigo  de  la  independencia  de  Venezuela,  tuvo 
una  parte  principal  en  esta  conspiración,  i  ha  podido  revelar  cir- 
cunstancias que  no  aparecieron  en  el  proceso. 


EL  CLERO  EN  LA  RBVOLl'CION  DE  LA  INDEPENDENCIA      339 

otra  cosa  con  sa  secretario  Talayera  i  algunas  personas 
mas  de  su  comparsa".  ^  Por  esta  carta  se  verá  el  caso  que 
é\  arrogante  canónigo  i  tribuno  hacia  de  las  escomuniones 
lanzadas  por  los  obispos  para  mantener  en  América  la  do- 
minación secular  de  los  reyes  de  España. 

Estas  hostilidades  puestas  en  planta  por  la  iglesia  vene- 
zolana contra  la  revolución  de  la  independencia,  si  bien  no 
hacian  vacilar  en  sus  convicciones  a  los  jefes  de  ella,  ejer- 
cian  lin  gran  poder  en  las  masas  i  arrastraban  a  muchos 
hombres  del  pueblo  a  enrolarse  en  el  ejército  realista.  En 
Cumaná  estalló  un  movimiento  contra-revolucionario  (5 
de  marzo  de  1811),  dirijido  principalmente  por  los  misione- 
ros capuchinos,  que  estuvo  al  punto  de  triunfar,  pero  que 
al  fin  fué  sofocado  por  las  autoridades  patriotas.  *  Poco 
antes  los  mismos  misioneros  habían  dirijido  con  menos 
éxito  todavía  una  tentativa  de  insurrección  en  Maturin.  5 

Sin  arredrarse  por  estas  dificultades,  la  revolución  mar- 
chaba siempre  adelante.  La  junta  habia  invitado  a  los  pue- 
blos a  elejir  diputados  para  un  congreso  jeneral;  i  éste  se 
habia  reunido  en  Caracas  el  2  de  marzo  de  1811.  Este 
acontecimiento,  no  tenia  por  entonces  la  importancia  que 
le  dio  el  curso  inevitable  de  las  cosas.  El  congreso,  según  el 
juramento  exijido  a  los  diputados  en  el  acto  de  la  apertura, 
tenia  por  objeto  "conservar  i  defender  los  derechos  de  Dios 
i  de  Fernando  Vil,  mantener  pura,  ilesa  e  inviolable  nues- 
tra sagrada  relijion  i  defender  el  misterio  de  la  Concepción 
inmaculada  de  la  vírjen  María,  nuestra  señora".  ^  Este  ju- 
ramento fué  prestado  con  una  rara  solemnidad  en  la  cate- 
dral de  Caracas,  delante  del  arzobispo  CoU  i  Prat  que  pon- 
tificaba con  sus  mas   ostentosos  trajes.  No  podia,  pues,  ca- 


3.  Carta  del  canónigo  Cortes  a  don  Francisco  Berrio,  escrita  en 
la  hacienda  de  Estanques,  jurisdicción  de  Mérida,  el  10  de  febrero 
de  1811. 

4.  Restrepo,  obra  citada,  parte  II,  cap.  III,  tomo  2^  páj.  8. 

5.  Baralt,  obra  citada,  tomo  1°,  páj.  62. 

6.  Véase  la  forma  testual  de  este  juramento  en  Restrepo,  tomo 
II,  páj.  9. 


340  ESTUDIOS    HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS 

ber  duda  acerca  de  los  relijiosos  propósitos  de  aquellos 
lejisladores;  pero  el  arzobispo  después  de  prestar  también  a 
aquella  asamblea  el  juramento  de  obediencia,  la  felicitó  ar- 
dorosamente por  su  instalación,  i  le  pidió  que  protejiese  i 
conservase  en  toda  su  fuerza  la  relijion  católica,  como  la 
base  de  la  moral  pública.  En  la  tarde  de  ese  mismo  dia  se 
reunió  el  congreso,  i  allí  se  acordó  que  una  comisión  de  di- 
putados llevase  al  arzobispo  la  contestación  que  reclama- 
ba. Por  ella  el  congreso  se  comprometia  a  protejer  i  mante- 
ner ilesa  la  relijion  que  profesaban  los  venezolanos. 

Esta  franca  i  sincera  manifestación  no  sirvió  de  nada. 
El  clero  siguió  combatiendo  contra  la  revolución  con  el 
mismo  ardoroso  entusiasmo.  Se  distinguieron  sobre  todo 
los  misioneros  capuchinos,  que  sin  cesar  excitaban  al  pueblo 
a  tomar  las  armas  para  defender  el  réjimen  anterior. 
"Estos  fueron,  dice  el  juicioso  historiador  Restrepo,  los 
enemigos  mas  decididos  de  la  revolución  de  Venezuela,  i  en 
el  curso  de  ella  hicieron  cuantos  esfuerzos  les  fueron  posi- 
bles para  contrariarla,  persuadiendo  a  los  pueblos  que  el 
separarse  de  la  España  i  no  obedecer  a  su  rei  era  un  crimen 
atroz  i  una  herejía  imperdonable"  ^. 

Los  caudillos  revolucionarios,  i  sobre  todo  el  impetuoso 
jeneral  Miranda  que  mandaba  las  tropas  de  Venezuela  i 
dirijia  la  opinión,  creyeron  que  no  habia  otro  remedio  para 
desarmar  esa  constante  hostilidad,  que  declarar  desde 
luego  la  independencia  nacional.  El  congreso  discutió  de- 
tenidamente esta  cuestión;  i  al  fin,  el  5  de  julio  hizo  la  so- 
lemne declaración  que  fué  firmada  por  todos  los  diputados, 
i  reconocida  bajo  juramento  por  todos  los  altos  funciona- 
rios del  Estado.  En  este  juramento  se  respetó  la  forma  que 
se  habia  usado  a  la  época  de  la  instalación  del  congreso; 
es  decir,  se  juraba  reconocer  la  independencia  nacional, 
conservar  pura  e  ilesa  la  relijion  católica  como  la  única  de 
Venezuela  i  defender  el  misterio  de  la  inmaculada  concep- 
ción. El  arzobispo  Coll  i  Prat,  que  a  pesar  de  su  carácter 


7.  Restrepo,  obra  citada,  parte  II,  cap.  III,  tomo  II  páj.  14. 


EL    CLERO    BN    LA    REVOLUCIÓN    DE    LA    INDEPENDENCIA  341 

de  español,  se  manifestaba  ardiente  partidario  de  la  inde 
pendencia,  se  apresuró  a  prestar  el  juramento  exijido,  pro- 
nunciando en  ese  acto  un  breve  discurso  en  que  al  paso 
que  se  felicitaba  por  aquel  suceso,  pedia  protección  para 
la  iglesia  ^.  A  juzgar  por  estas  manifestaciones,  no  podia 
caber  duda  del  civismo  republicano  del  ilustrísimo  arzo- 
bispo de  Caracas. 

Sin    embargo,    continuaron    las    conspiraciones    de   los 
realistas  excitadas  por  el  fanatismo  del  clero.   Enseñaba 
éste  que  la  relijion  habia  sido  ultrajada  por  los  revolucio- 
narios; i  en  nombre  de  Dios  estimulaba  sin  cesar  a  las 
poblaciones  a  rebelarse  contra  las  autoridades  nacionales. 
El  11  de  julio  estalló  en  las  cercanías  de  Caracas  un  levan- 
tamiento que  fué  sofocado  i  reprimido  en  corto  tiempo; 
pero  el  mismo  dia  se  hizo  sentir  un  movimiento  mucho 
mas  formidable  en  la  ciudad  de  Valencia,  que  no  pudo  ser 
vencido  sino  con  pérdida  de  cerca  de  800  hombres  i  después 
de  dos  meses  de  cruda  guerra.   Los  promotores  de  este 
movimiento  fueron  algunos  eclesiásticos,   i  en  especial  frai 
Pedro  Hernández,  provincial  de  la   orden  de  franciscanos. 
En  su  exaltación,  estos  caudillos  se  habían  asociado  con 
dos  famosos  salteadores  de  caminos.  Palomo  i  Colmenares, 
i  habian  llamado  a  las  armas  a  los  negros  esclavos,  ofre- 
ciéndoles la  libertad;  i  estos  ausiliares  cometieron  todo 
jénero  de  excesos  i  fueron  los  mas  obstinados  en  la  resisten- 
cia ^.  Aunque  el  padre  Hernández,  jefe  de  esta  revolución, 
fué  condenado  a  muerte  por  la  justicia  militar,  el  congreso 
lo  indultó  jenerosamente  i^;  lo  que  no  impidió  que  con- 
tinuase siendo  uno  de  los  enemigos  mas  implacables  de  la 
revolución  venezolana. 

Aun  en  medio  de  los  afanes  de  la  guerra,  el  congreso 


8.  Este  discurso,  publicado  entonces  en  la  Gaceta  de  Caracas, 
fué  reproducido  por  El  Español  de  Londres  en  su  número  XX,  de 
30  de  noviembre  de  1811. 

9.  Restrepo,  obra  citada,  parte  II,  cap.  III,  tomo  II,  páj.  27. 
10:  Díaz,  obra  citada,  páj.   36.— Larrazábal,   Vida  de  Bolívar, 

cap.  VI,  tomo  I,  páj.  101. 


342  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

seguía  trabajando  en  Caracas  en  las  reformas  políticas  que 
constituían  el  objeto  de  la  revolución.  Después  de  dictar 
algunas  leyes  sobre  diferentes  materias,  sancionó  el  21  de 
diciembre  de  1811  la  constitución  política  de  la  nueva  re- 
pública. Aquel  código  de  228  artículos  garantizaba  al 
pueblo  venezolano  el  goce  de  todas  las  libertades,  i  la  su- 
presión de  la  inquisición,  del  tormento  i  del  trático  de 
esclavos.  Los  constituyentes  dispusieron  por  el  artículo 
1°  que  la  relijion  católica,  apostólica,  romana  era  la  del 
Estado,  i  la  única  i  esclusiva  de  los  habitantes  de  Vene- 
zuela, declarando  también  que  su  protección,  conservación, 
pureza  e  inviolabilidad  era  uno  de  los  primeros  deberes  de 
la  representación  nacional,  que  no  permitirla  jamas  en 
todo  el  territorio  ningún  otro  culto  público  ni  privado,  ni 
doctrina  contraria  a  la  relijion  de  Jesucristo.  Aquel  código 
no  podia  ser  mas  terminante  a  la  espresion  del  espíritu  re- 
lijioso;  pero  el  artículo  180  contenia  esta  otra  declaración: 
**No  habrá  fuero  alguno  personal".  Bl  fuero  eclesiástico 
quedaba,  pues,  definitivamente  abolido  en  Venezuela. 

El  clero  alzó  el  grito  a  los  cielos  por  esta  reforma.  Mui 
probablemente  se  habria  inquietado  menos  por  una  inno- 
vación de  mas  alcance,  como  la  declaración  de  la  libertad 
relijiosa;  pero  la  supresión  de  la  prerrogativa  de  que  goza- 
ban los  eclesiásticos  de  ser  juzgados  pjr  tribunales  especia- 
les, lo  enfureció  sobremanera.  El  arzobispo  Col!  i  Prat,  lla- 
mándose siempre  partidario  de  la  independencia,  elevó  al 
congreso  las  mas  exijentes  representaciones,  en  que  pedia 
la  inmediata  derogación  de  aquel  artículo.  Los  clérigos  i 
frailes,  mucho  mas  francos  que  su  prelado,  dijeron  que  la 
abolición  del  fuero  eclesiástico  era  una  obra  de  herejes  i  con- 
tinuaron su  propaganda  político-relijiosa  contra  la  revolu- 
ción. En  efecto,  cada  dia  fué  mas  tenaz  la  resistencia  que 
las  nuevas  instituciones  hallaban  en  todas  partes,  como 
fueron  mas  vigorosos  los  esfuerzos  que  hacian  los  realistas 
al  verse  apoyados  por  el  fanatismo  de  las  masas.  Las  me- 
morias contemporáneas  refieren  que  el  arzobispo,  que  se 
habia  retirado  a  Naraulí,  i  que  desde  allí  no  cesaba  de  re- 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    348 

presentar  su  adhesión  al  nuevo  orden  de  cosas,  dirijia  desde 
su  retiro  los  fanáticos  esfuerzos  i  las  intrigas  del  clero  en 
favor  de  España  ii. 

Luego  se  presentó  al  arzobispo  de  Caracas  la  ocasión 
propicia  para  obrar  con  menos  disimulo.  Los  realistas  esta- 
ban organizados  en  los  llanos  del  Orinoco;  i  ausiliados  po- 
derosamente por  los  misioneros,  sostenian  la  guerra  en 
aquella  rejion.  Dueños  también  délas  provincias  situadas 
en  el  estremo  opuesto,  de  Maracaibo  i  de  Coro,  en  donde 
habian  recibido  los  refuerzos  enviados  de  las  Antillas,  pe- 
leaban allí  con  ventaja,  ayudados  por  los  curas  i  otros 
eclesiásticos,  i  bajo  el  mando  de  don  Domingo  Monteverde, 
oficial  realista,  que  adquirió  en  breve  por  sus  crueldades 
una  funesta  celebridad.  Ocurrió  en  esas  circunstancias  el 
espantoso  terremoto  de  26  de  marzo  de  1812  que  arruinó 
en  poco  momentos  a  Caracas  i  otras  ciudades  i  produjo  la 
muerte  de  cerca  de  20,000  personas.  ^^Apénas  había  pasa- 
do el  fenómeno,  refiere  un  historiador,  cuando  el  padre 
prior  de  los  dominicos,  frai  Felipe  Lamota  i  el  padre  don 
Salvador  García  de  Ortigoza,  del  oratorio  de  San  Felipe 
Neri,  levantados  sobre  una  mesa  en  medio  de  la  multitud 
aturdida  i  consternada,  predicaban  ser  el  terremoto  un  ma- 
nifiesto castigo  del  cielo,  azote  de  un  Dios  irritado  contra 
los  novadores  que  habian  desconocido  el  mas  virtuoso  de 
los  monarcas,  Fernando  Vil,  el  unjido  del  Señor.  1  como 
habia  empeño  en  corromper  la  opinión  i  propagar  el  error, 
eidero,  en  jeneral,  partidario  de  la  España,  se  aprovechada 
de  los  mas  pequeños  accidentes  para  formar  pruebas  de  la 
patente  voluntad  de  Dios  manifestada  contra  los  indepen- 
dientes" ^^,  En  otros  lugares  se  repitieron  estas  mismas 
predicaciones  con  caracteres  mas  alarmantes  todavía.  En 


11.  Restrepo,  Historia  de  la  revolución  de  Colombia,  parte  II, 
cap.  IV,  tomo  2°,  páj.  64-. 

12.  Larrazábal,  Fida  de  Bolívar,  cap.  VI,  páj.  109 Puede  tam- 
bién verse  sobre  este  punto  a  Baralt,  obra  citada,  tomo  1^,  páj. 
90,  i  a  Restrepo,  tomo  2°,  páj.  62  i  siguientes. 


844  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Barquisimeto  i  en  Yaritagua,  los  sacerdotes,  aprovechán- 
dose del  terror  que  se  habia  apoderado  de  las  jentes,  hicie- 
ron, después  de  sermones  furibundos  contra  los  patriotas, 
que  el  pueblo  proclamase  de  nuevo  a  Fernando  Vil  ^^. 

En  medio  de  la  turbación  jeneral  que  estos  sucesos  de- 
bian  producir,  Monteverde  avanzaba  sin  encontrar  la  resis- 
tencia formal  que  habría  hallado  en  otros  momentos. 
Acompañábalo  una  falanje  de  frailes  i  de  clérigos  que  por 
todas  partes  proclamaban  la  ruina  de  los  patriotas  como 
tm  castigo  evidente  del  cielo.  Entre  los  mas  ardorosos  figu- 
raban el  provincial  Hernández,  el  mismo  a  quien  pocos  me- 
ses antes  el  congreso  de  Caracas  habia  indultado  de  la  pena 
de  muerte.  Eran  "todos  apóstoles  del  despotismo,  cuyos 
sermones,  agrega  un  historiador,  valieron  a  Monteverde 
mas  que  sus  obuses"  i*. 

Por  un  instante,  el  gobierno  revolucionario  creyó  que  po- 
día conjurar  esta  tormenta.  Recordando  que  el  arzobispo 
Coll  i  Prat  se  habia  manifestado  antes  patriota  decidido,  i 
como  tal  habia  jurado  reconocimiento  a  la  independencia 
nacional,  le  diríjió  una  nota  en  que  le  pedia  que  inmediata- 
mente circulara  órdenes  a  los  curas  de  su  diócesis  "inculcán- 
doles la  estrecha  obligación  en  que  se  hallaban  de  no  aluci- 
nar a  los  pueblos  con  las  absurdas  insinuaciones  de  que  las 
revoluciones  políticas  han  orijinado  el  terremoto  del  veinte 
i  seis  de  marzo,  sino  que  por  el  contrario  empleen  la  fuerza 
de  su  ministerio  sacerdotal  en  animar  e  inspirar  aliento  a 
sus  feligreses  para  que  sostengan  valerosos  la  causa  de  la 
libertad".  El  arzobispo,  como  ya  hemos  dicho,  se  hallaba 
retirado  en  Naraulí.  Dejó  pasar  algún  tiempo  sin  cumplir 
este  encargo,  pero  cuando  vio  que  se  acercaba  el  desenlace 
de  la  guerra,  i  que  éste  debia  ser  favorable  a  los  realistas, 
espidió  una  pastoral  en  un  sentido  contrario  al  que  se  le 
exijia.  El  terremoto  era,  según  él,  un  efecto  de  causas  natu- 
rales; pero  Dios  se  habia  valido  de  él  para  castigar  la  co- 


13.  Restrepo,  tomo  5^,  páj.  66. 
14-.  Larrazábal,  tomo  I,  páj.  114. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    345 

rrupcion  de  costumbres,  la  irrelijion  i  la  impiedad  en  que 
hablan  caído  los  habitantes  de  Venezuela. 

Ya  podrá  comprenderse  la  irritación  que  esta  conducta 
debió  producir  en  el  ánimo  de  los  caudillos  revolucionarios. 
El  jeneral  Miranda,  que  mandaba  las  tropas  de  la  repúbli- 
ca, resolvió  apresar  al  arzobispo  i  hacerlo  salir  del  territo- 
rio venezolano.  Esta  medida,  que  habria  contribuido  a  re- 
primir los  desmanes  del  clero  en  otras  circunstancias,  no 
pudo  llevarse  a  efecto  por  la  oposición  de  algunos  patrio- 
tas que  la  consideraban  inoportuna  ^^. 

La  revolución  venezolana  fué  sofocada  por  entonces. 
Monteverde,  posesionado  del  poder  i  rodeado  de  los  ecle- 
siásticos que  habian  sido  sus  mas  decididos  ausiliares,  ejer- 
ció las  mas  atroces  venganzas  en  los  infelices  patriotas. 
Horroriza  leer  en  la  historia  las  crueldades  inauditas  i  las 
perfidias  sin  nombre  de  que  estos  fueron  objetos.  El  arzo- 
bispo, que  voluntariamente  se  habia  colocado  poco  antes 
en  las  filas  de  los  independientes,  quedó  cerca  del  nuevo  go- 
bernador i,  a  lo  que  parece,  no  hizo  nada  para  reprimir  los 
instintos  feroces  de  ese  mandatario. 

A.ntes  de  un  año,  el  arzobispo  Coll  i  Prat  tuvo  que  cam- 
biar de  conducta. 

Bolívar,  salvado  de  aquella  catástrofe,  habia  buscado 
un  asilo  en  Nueva  Granada;  i  formando  ahí  una  pequeña 
columna  de  tropa,  invade  de  nuevo  el  territorio  venezolano 
i  después  de  una  serie  de  victorias,  cuya  narración  parece 
pertenecer  mas  a  la  epopeya  que  a  la  historia,  llega  a  las 
puí^rtas  de  Caracas.  Hallándose  en  el  pueblo  de  Trujillo, 
dio  a  luz  el  15  de  junio  de  1813  una  célebre  proclama  por 
la  cual  declaraba  la  guerra  a  muerte  para  escarmentar  al 
enemigo  i  poner  término  a  los  horrores  sin  cuento  que  éste 
habia  cometido.  El  arzobispo  temió  que  aquella  declara- 
ción pudiera  comprenderlo  a  él;  i  antes  que  sufrir  la  muerte 
o  siquiera  una  prisión,  prefirió  abjurar  sus  principios  rea- 
listas i  volver  a  alistarse  entre  los  independientes.   Recibió 


15.  Restrepo,  parte  1%  capítulo  IV,  tomo  2*?,  páj.  77. 


346  ESTUDIOS  HISTÓRICOS  BIBLIOGRÁFICOS 


a  Bolívar  en  la  capital  con  un  repique  jeneral  de  campanas, 
tomó  parte  en  los  festejos  con  que  el  pueblo  lo  saludaba  li- 
bertador de  Venezuela,  i  en  medio  de  una  ostentosa  ceremo- 
nia, recibió  en  sus  manos  el  corazón  del  ilustre  patriota  Ji- 
rardot  que  acababa  de  perecer  en  la  guerra,  para  traspor- 
tarlo solemnemente  a  la  catedral,  donde  se  le  dio  colocación. 
Todavía  hizo  algo  mas  aquel  prelado  para  demostrar  su 
amor  a  las  nuevas  instituciones  i  hacer  olvidar  su  conducta 
de  1812. 

Como  los  realistas,  excitados  siempre  por  los  misioneros 
de  Guayana,  sostenian  aún  la  guerra  en  los  llanos  del  Ori- 
noco, el  arzol)ispo  publicó  una  pastoral  el  18  de  setiembre 
de  1813.  Hn  ella  recordaba  al  clero  i  a  los  fieles  de  su  dióce- 
sis que  el  pueblo  venezolano  en  pleno  congreso  habia  decla- 
rado solemnemente  la  independencia  nacional:  i  que  si  esa 
lei  habia  quedado  sin  vigor  durante  la  reconquista  españo- 
la, era  deber  de  todos  acatarla  i  obedecerla  desde  que  la 
patria  habia  sido  reconquistada  por  las  armas  republica- 
nas. "Bl  propio  Dios  que  manda  obedecer  las  leyes  de  los 
reyes  i  emperadores  en  los  estados  monár(|uicos,  agrega  el 
arzobispo,  ese  mismo  manda  obedecer  las  de  las  pt^testades 
sublimes  e  intermedias  que  bajo  diferentes  denominaciones 
presiden  o  pueden  presidir  en  los  estados  republicanos.  Na- 
die puede  resistirlas  i  cada  particular  está  obligado  a  obe- 
decerlas." Bl  arzobispo  terminaba  su  pastoral  recomendan- 
do a  los  soldados  realistas  que  depusieran  las  armas  para 
poner  término  a  una  guerra  que  aflijia  la  relijion  i  que  em- 
papaba en  sangre  el  suelo  americano  ^^. 

Pero  este  nuevo  período  de  patriotismo  del  arzobispo 
Coll  i  Prat  no  debia  durar  sino  mientras  los  independientes 
fuesen  vencedores.  A  mediados  de  1814,  la  revolución  su- 
cumbió de  nuevo.  Bolívar,  en  la  necesidad  de  abandonar  el 
territorio  de  Caracas  para  buscar  en  otra  parte  los  ausilios 


16.  Esta  pastoral,  que  fue  publicada  con  mucha  profusión  en  Ve- 
nezuela en  1813,  ha  sido  reproducida  por  el  jeneral  Páez  en  su  Au- 
tobiografía tomo  2°,  páj.  125. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA   347 

necesarios  con  que  recomenzar  la  guerra,  salió  de  la  capital 
el  6  de  julio  seguido  por  una  larga  columna  de  hombres  i 
mujeres  que  querían  sustraerse  a  la  saña  implacable  de  los 
realistas.  El  arzobispo,  que  habia  quedado  en  la  ciudad,  se 
apresuró  a  abrir  sus  puertas  a  los  jefes  españoles,  interce- 
diendo con  ellos  para  que  no  comitiesen  allí  los  desórdenes 
i  excesos  que  habían  ejecutado  en  otros  pueblos.  Ks  justo 
recordar  esto  hecho  en  honor  de  aquel  prelado  que  cambia- 
ba de  principios  políticos  según  las  circunstancias,  i  que  se- 
gún ellas  tíimbien  ponía  a  Dios  de  parte  de  los  realistas  o 
de  parte  de  los  patriotas. 

Este  fué  también  el  último  acto  de  su  vida  pública.  Aun- 
que después  de  las  derrotas  de  los  independientes  el  arzo- 
bispo habia  vuelto  a  ser  partidario  de  Fernando  YII  i  de 
la  causa  de  It)spaña,  el  jeneral  Morillo,  nombrado  por  el 
reí  pacificador  de  Venezuela  i  de  Nueva  Granada,  no  quiso 
perdonarle  esos  cambios  de  opinión  ni  aun  a  pretesto  de 
que  siendo  realista  verdadero  nó  habia  hecho  mas  que  si- 
mular a  veces  sus  convicciones  para  servir  a  la  causa  espa- 
ñola. El  jefe  pacificador  dio  al  arzobispo  en  1814  la  orden 
salir  para  España,  dejando  así  sin  jefe  a  la  iglesia  venezo- 
lana. Caracas  no  volvió  a  tener  un  prelado  hasta  después 
de  consumada  la  independencia.  Así  se  esplica  que  los  pa- 
triotas de  ese  país  no  se  vieran  envueltos  en  nuevas  dificul- 
tades con  el  poder  eclesiástico  en  el  curso  subsiguiente  de 
la  guerra. 


Los  mismos  sucesos,  con  circunstancias  mas  o  menos 
análogas,  se  repiten  en  el  virreinato  de  Nueva  Granada. 

La  revolución  encontró  también  allí  un  enemigo  decidi- 
do casi  en  cada  obispo;  pero  como  algunas  provincias  es- 
tuvieron sometidas  a  los  realistas  hasta  el  fin  de  la  guerra, 
la  acción  de  los  prelados  no  tuvo  para  qué  ejercerse  con  la 
enerjía  que  manifestaron  en  otras  partes.  Provincias  hubo 
también  que  se  encontraban  sin  obispos  al  iniciarse  la  re- 


B48  ESTUDIOS   HISTÓRTCO-BIBLIOGRÁFJCOS 

Yolucion,  como  sucedía  en  Bogotá  i  en  Popa  van;  i  por  esta 
circunstancia  las  hostilidades  eclesiásticas  fueron  quizá 
menos  tenaces  de  lo  que  podia  esperarse. 

El  primer  acto  de  la  revolución  de  Nueva  Granada  fué 
la  insurrección  de  Quito  i  la  creación  de  una  junta  guber- 
nativa el  10  de  agosto  de  1809.  Los  patriotas,  queriendo 
dar  prestijio  al  nuevo  gobierno,  llamaron  a  la  vice  presi- 
dencia de  la  junta  al  obispo  de  aquella  diócesis,  doctor  don 
José  de  Cuero  i  Caicedo,  prelado  de  una  virtud  sólida  i  de 
mucho  prestijio.  Americano  de  nacimiento  (era  natural  de 
Calí,  en  la  provincia  de  Popayan),  tenia  un  amor  verdadero 
a  su  patria;  pero  aun  parecía  simpatizar  con  la  causa  de  la 
independencia,  no  hizo  por  ella  los  esfuerzos  que  empleaban 
los  obispos  realistas  para  servir  al  mantenimiento  de  la 
opresión.  Llevado  a  la  junta  de  gobierno,  el  obispo  se  man- 
tuvo tan  alejado  como  le  fué  posible  del  movimiento  polí- 
tico. "Negóse  a  asistir  a  la  primera  reunión  i  a  cualesquie- 
ra otra  subsiguiente",  dice  un  testigo  respetable  de  aquellos 
sucesos  1^. 

Conviene  decir  que  su  situación  era  mui  difícil,  porque  al 
dia  siguiente  de  instalado  el  nuevo  gobierno,  el  clero  de 
Quito  se  habia  pronunciado  en  su  mayor  parte  contra 
aquella  innovación.  Circulábanse  versos  manuscritos  en 
que  insultaban  desapiadadamente  a  los  patriotas,  antepo- 
niendo a  cada  estrofa  un  testo  latino  sacado  de  las  escritu- 
ras o  de  los  santos  padres.  En  los  mas  se  invoca  la  relijion, 
como  que  la  creian  espuesta  a  perderse,  arbitrio  ajita- 
dor  que  se  tiene  mui  viejo  i  que  será  repetido  por  siem- 
pre" 81. 

La  sublevación  de  Quito  fué  vencida  prontamente.  Bati- 
das sus  tropas  por  los  soldados  del  virrei  del  Perú,  la  junta 


17.  W.  Bennet  Stevenson,  Ristorical  narrative  oftwenty  years* 
residence  in  South  America,  tomo  III,  páj.  13.  Este  escritor,  a  pe- 
sar de  ser  ingles,  era  en  1809  secretario  del  presidente  español  de 
Quito. 

18.  Cevallos,  Resumen  de  la  historia  del  Ecuador^  tomo  III, 
cap.  I,  páj.  40. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    349 

capituló  i  repuso  en  el  mando  al  gobernador  depuesto  bajo 
la  promesa  de  completo  olvido.  A  pesar  de  esto,  mes  i  me- 
dio después,  el  4  de  diciembre  de  1809,  los  caudillos  revo- 
lucionarios, en  número  de  mas  de  60,  eran  apresados  i  so- 
metidos a  juicio.  Un  escritor  americano,  testigo  de  estos 
sucesos,  refiere  que  el  obispo  Cuero  ''fué  envuelto  en  aque- 
lla persecución"  ^^;  pero  este  hecho  no  aparece  confirmado 
por  otras  autoridades.  Lejos  de  eso,  el  obispo  continuó  go- 
zando su  antiguo  prestijio;  i  cuando  ocurrió  la  sublevación 
popular  del  2  de  agosto  de  1810,  con  el  objeto  de  libertar 
a  los  patriotas  que  permanecian  presos,  i  las  matanzas 
con  que  fué  reprimida,  el  prelado  salió  a  la  calle  a  hacer  va- 
ler el  respeto  que  se  le  tenia  para  calmar  los  ánimos  irrita- 
dos i  evitar  en  lo  posible  aquellas  horrorosas  escenas.  Tres 
dias  después,  el  presidente  de  Quito  celebró  una  junta  de 
los  mas  altos  funcionarios  de  la  ciudad  para  buscar  el  re- 
medio de  aquellos  males.  El  obispo  estaba  a  su  derecha;  i 
desde  allí  señaló  con  heroica  entereza,  que  los  causantes  de 
tan  dolorosos  sucesos  eran  los  que  habian  aconsejado  al 
presidente  que  violase  la  palabra  empeñada  a  los  revolucio- 
narios de  1809  20.  Esta  conducta  del  obispo  Cuero,  tan 
contraria  a  la  de  los  otros  prelados  de  América,  la  mayor 
parte  de  los  cuales  atizaban  con  sus  predicaciones  i  sus 
consejos  el  furor  de  los  gobernantes  españoles,  le  ha  valido 
los  aplausos  de  la  historia.  La  misma  conducta  observó 
mas  tarde  (octubre  de  1810),  cuando  los  revolucionarios 
de  Quito  le  dieron  la  presidencia  de  una  nueva  junta  guber- 
nativa, que  acababan  de  organizar,  como  veremos  mas 
adelante.  Se  ha  dicho  de  él  que  fué^el  único  obispo  america- 
no de  la  época  de  nuestra  revolución  que  no  se  aHstase  re- 
sueltamente en  la  fila  de  los  opresores.  Los  jefes  realistas, 
por  su  parte,  no  supieron  apreciar  esta  conducta:  hubieran 
querido  que  el  obispo  de  Quito  hiciera  lo  mismo  que  enton- 


19.  D.  Agustín  de  Salazar  i  Lozano,  Recuerdos  de  la  revolu- 
ción de  QuitOy  páj.  33. 

20.  Stevenson,  obra  citada,  tomo  III,  páj.  31. 


350  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFÍCOS 


ees  ejecutaba  el  de  Cuenca,  que  como  vamos  a  ver,  se  mos- 
traba enemigo  irreconciliable  de  la  revolución;  i  si  la  edad 
de  aquel  prelado  i  el  prestijio  de  su  rango  lo  salvaron  de 
las  persecuciones,  su  sobrino  don  José  Manuel  Caicedo, 
provisor  de  la  diócesis,  eclesiástico  de  mucho  crédito  que  lo 
habia  ayudado  a  tranquilizar  al  pueblo  el  dia  de  la  suble- 
vación, fué  desterrado  a  Filipinas  en  1813  ^i. 

Las  matanzas  del  2  de  agosto  de  1810  no   pusieron  tér- 
mino a  la  revolución  de  Quito.  l*or  el  contrario,  al  saberse 
allí  que  en  la  capital  del   virreinato  se  habia  formado  una 
junta  gubernativa,   los   quiteños   organizaron  otra   igual 
(22  de  setiembre)  i  formaron  un  cuerpo  de  tr()j)a  encargado 
de  someter  a  su  autoridad  las  provincias  meridionales  del 
virreinato.  Ivn  Cuenca  apareció  entonces  uno  de  esos  obis- 
pos batalladores  que,  como   algunos  de   iMcjico,  se  ocupa- 
ban mas  de  organizar  ejércitos  que  de  pi"e(licar  el  evanjelio. 
Mientras  el  gobernador  de  la  provincia,  coronel  don   Mel- 
chor Aymerich,  daba  sus  órdenes   para  (^ue   se  le   reuniesen 
los  destacamentos  de  milicias,  el  obispo   dcju  Andrés   Quin- 
tian  i  Aponte,  *'uno   de  los  enemigos  mas  fervorosos  de  la 
revolución,"  como  dice  el  historiador  Cevallos  ^^,  se  empe- 
ñaba en  disciplinarlos.  "Con  un   crucifijo   en  una   mano  i 
una  espada  en  la   otra,  dice  el  secretario  del  presidente  de 
Quito,  el  obispo  Quintian   pasaba  en   revista  a  los  indios  i 
los  exhortaba  con  elocuencia   mas  (jue  pastí)ral,  a  armarse 
contra  los  enemigos  de  la  monarquía"  2^.  A  pesar  de  este 
belicoso  entusiasmo  por  una  causa  (jue  él  llamaba  la  causa 
de  Dios,  el  obispo  de  Cuenca  no  aspiraba  en  manera  alguna 


21.  Cevallos,  Resumen  de  la  historia  del  Ecuador,  tomo  III,  cap. 
II,  páj,  74.  Junto  con  el  provisor  fué  desterrado  otro  eclesiástico, 
doctor  don  Miguel  Antonio  Rodríguez,  predicador  mui  elocuente. 
El  principal  delito  que  se  les  acusaba  era  el  haber  aconsejado  la 
templanza  a  las  autoridades  realistas  Bl  destierro  de  ambos  duró 
hasta  1820,  año  en  que  las  cortes  españolas  publicaron  una  am- 
nistía jeneral. 

22.  Obra  citada,  tomo  Uí,  cap.  II,  páj.  90. 

23.  Stevenson,  tomo  III,  cap.  II,  páj,  40. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA     351 


a  conquistar  la  corona  del  martirio.  En  el  momento  que 
supo  que  los  insurjentes  mandados  por  don  Carlos  Montú- 
far  se  hallaban  a  diez  leguas  de  la  ciudad,  agrega  Stvenson, 
Quintian  huyó  precipitadamente  hacia  Guayaquil,  i  aban- 
donó su  rebaño  a  merced  del  mismo  hombre  que  la  víspera 
presentaba  como  un  lobo  hambriento.  Afortunadamente 
para  la  revolución,  dice  Restrepo  al  referir  estos  sucesos,  el 
obispo  murió  de  enfermedad  en  Guayaquil  el  año  siguiente. 
Era,  acaso,  añade,  el  español  mas  decidido  por  la  causa  de 
Fernando  Vil"  24. 

En  Bogotá,  mientras  tanto,  la  revolución  habia  tenido 
que  luchar  con  las  resistencias  que  a  cada  paso  le  suscitaba 
el  poder  eclesiástico.  Allí  no  habia  por  entonces  arzobispo. 
Nombrado  para  este  cargo  desde  1804  el  clérigo  español 
donjuán  Bautista  Sacristán,  se  habia  limitado  este  a  en- 
viar a  Bogotá  sus  bulas,  i  se  habia  quedado  en  Ivs|)aña  de- 
legando sus  atribuciones  en  el  doctor  don  Juan  Bautista 
Pey,  deán  de  la  catedral,  i  en  el  doctor  don  José  Domingo 
Duquesne,  que  habia  desempeñado  el  cargo  de  vicario  ca- 
pitular en  la  sede  vacante.  Solo  en  1810,  cuando  ya  el 
pueblo  neo  granadino  habia  hecho  la  revolución  i  creado 
una  junta  de  gobierno,  llegó  a  Cartajena  el  arzobispo  Sa- 
cristán. 

La  junta  de  Bogotá,  temiendo  con  razón  que  aquel  pre- 
lado fuese  a  producir  perturbaciones  en  el  interior,  le  envió 
un  comisionado  para  pedirle  que  permaneciese  allí  por  al- 
gún tiempo.  El  arzobispo  se  mantuvo  en  Cartajena  mas 
de  un  año;  pero  la  junta  gubernativa  habia  dispuesto  su 
viaje  a  la  capital,  i  al  efecto  le  habia  enviado  seis  mil  pesos 
para  sus  gastos,  cuando  llegó  a  manos  del  gobierno  de 
aquella  ciudad  un  oficio  de  la  secretaría  de  estado  de  la  re- 
jencia  española.  En  ese  oficio,  dirijido  al  arzobispo  de  Bo- 
gotá, se  le  decia  que  la  rejencia  habia  recibido  tres  notas 
suyas  en  que  brillaba  el  espíritu  de  lealtad  que  lo  animaba 


24.  Restrepo,  Hist.  de  la  revol.  de  Colombiaj  parte  I,  cap.  IV, 
tomo  I,  páj.  112. 


352  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

i  SUS  deseos  de  contribuir  al  restablecimiento  del  gobierno 
antiguo  de  su  diócesis;  i  dándole  las  gracias  por  la  resolu- 
ción en  que  estaba  de  no  reconocer  al  gobierno  revoluciona- 
rio, le  encargaba  que  continuase  acreditando  el  justo  con- 
cepto que  se  tenia  de  su  relevante  mérito.  Al  tener  noticia 
deesta  comunicación, el  jeneral  Nariño,que  dirijiael  gobier- 
no en  Bogotá,  reunió  la  representación  nacional;  i  después 
de  una  larga  discusión  se  resolvió  que  no  debia  permitirse 
que  llegara  a  Bogotá  el  prelado  que  venia  de  España  dis- 
puesto a  hostilizarla  revolución.  Su  espulsion  del  territorio 
neogranadino  fué  decretada  por  el  congreso.  En  cumpli- 
miento de  ella,  el  gobierno  de  Cartajena  le  hizo  salir  para 
Cuba,  donde  no  podia  dañar,  a  lo  menos  directamente,  a 
la  revolución  americana  ^5.  Como  veremos  mas  adelante, 
el  obispo  Sacristán  alcanzó  a  volver  a  Nueva  Granada  para 
prestar  su  apoyo  a  la  cruel  represión  que  se  siguió  a  la  re 
conquista  de  1816. 

Pero  si  la  revolución  se  habia  desembarazado  por  enton- 
ces de  un  enemigo  formidable,  i  si  en  esa  misma  época  i  por 
causa  idéntica  abandonaba  su  diócesis  el  obispo  de  Carta- 
jena i  se  marchaba  al  estranjero,  permanecian  dentro  del 
pais  muchos  eclesiásticos  que  no  cesaban  de  poner  obstá- 
culos al  gobierno  nacional.  Los  doctores  Pe^^  i  Duquesne, 
que  administraban  la  arquidióccsis,  eran  a  este  respecto 
los  directores  de  la  reacción;  i  bajo  su  amparo  la  gran  ma- 
yoría del  clero  no  cesaba  de  hostilizar  a  la  causa  de  la  in- 
dependencia. 

Desde  los  primeros  dias  de  la  revolución,  las  cuestiones 
relijiosas  habian  versado  en  Nueva  Granada  sobre  tres 
principios  capitales,  el  patronato,  los  diezmos  i  las  bulas, 
El  gobierno  revolucionario  sostenia  que  el  derecho  de  pa- 


25.  Estos  hechos  han  sido  referidos  por  Restrepo  en  la  obra  ci- 
tada; pero  se  hallan  consignados  con  mayor  acopio  de  pormeno- 
res en  un  librito  mui  noticioso  e  instructivo  que  se  titula  Almana- 
que de  Bogotá  para,  1867  por  J.  M.  Vergara  V.  i  J.  B.  Gaitan.  Es 
un  verdadero  compendio  histórico.  Véase  la  páj.  357. 


EL    CLERO   EX    LA   REVOLUCIÓN   DE    LA    INDEPENDENCIA  353 

tronato  que  en  América  habían  ejercido  los  reyes  de  Espa- 
üa,  correspondía  a  la  autoridad  en  cujas  manos  estaba 
depositada  la  soberanía  nacional;   pero   el  clero  no  quería 
reconocer  esta  prerrogativa  porque,  según  él,  el  patronato 
era  un  privilejio  concedido  por  el  papa  al  reí  en  persona,  i 
que  por  tanto  caducaba  desde  que  el  pueblo  neogranadino 
no  estaba  sometido  al  monarca  español.  A  este  respecto,  el 
clero  de  ese  pais  quería  independizarse  absolutamente  del 
poder  civil  para  no  reconocer  otra  soberanía  que  la  del  pa- 
pa. Por  razones  idénticas,  el  clero  sostenía  que  los  diezmos, 
<;omo  contribución  de  oríjen  divino,  correspondían  a  la  igle- 
sia i  a  ella  se  le  debían' pagar  íntegramente;  porque  si  bien 
el  papa  los  había  concedido  bajo  ciertas  condiciones  a  los 
reyes,  i  sí  éstos  eran  los  que  los  distribuían  para  el  susten- 
to del  culto,  una  vez  segregado  el  pais  de  la  autoridad  real, 
la  contribución  debía  quedar  por  completo  en  manos  de  la 
autoridad  eclesiástica,  sin  injerencia  alguna  del  poder  civil. 
El  tercer  objeto  de  dificultades  era  la  venta  de  bulas,  privi- 
lejio concedido  por  el  papa  a  los   reyes  españoles;  i  que  las 
-autoridades  nacionales  no  querían  usar  hasta  no  celebrar 
un  acuerdo  con  la  sede  pontificia.  "Prevalidos  los  enemigos 
de  la  independencia  de  la  falta  de  bulas,  dice  el  historiador 
Restrepo,   i  especialmente  muchos  eclesiásticos  fanáticos, 
seculares  i  regulares,  figuraban  a  los  ciudadanos  mil  peli- 
gros en  sus  conciencias,  ponían  dificultades  para  absolver- 
los en  la  confesión  i  no  permitían  que  comieran  carnes  en 
los  días  que  la  iglesia  romana  había  señalado  como  de  abs- 
tinencia; en  una  palabra,  querían  persuadir  que  con  la  de- 
claratoria de  la  independencia  absoluta  ya  no  existían  los 
privílejíos  de  las  bulas;  que  faltando  éstas,  las  puertas  del 
<:íelo  se  habían  cerrado  para  los  granadinos"  ^6. 

Deseando  allanar  estas  dificultades,  el  congreso  neogra- 
nadino, compuesto  casi  en  su  totalidad  de  católicos  fer- 
vientes, concibió  el  proyecto  de  establecer  comunicaciones 
-con  el  papa.  En  abril  de  1813  espidió  un  decreto  por  medio 


26.   Restrepo,  parte  I,  cap.  VII,  tomo  1^,  páj.  270. 
TOMO   X  23 


35 i  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

del  cual  invitaba  a  los  gobernadores  del  arzobispado  de 
Bogotá  para  que  convocasen  una  reunión  del  clero  en  que 
se  fijaran  las  bases  bajo  las  cuales  habian  de  dirijirse  las 
preces  a  Roma,  i  las  personas  que  en  este  caso  deberian  to- 
mar la  representación  nacional.  Esta  medida  que  consulta- 
ba los  intereses  de  la  iglesia  neogranadina,  no  contentó  al 
clero.  Los  gobernadores  de  la  arquidiócesis  se  negaron  a 
contestar  la  nota  del  congreso  i  fué  necesario  que  éste  los 
requiriese  ásperamente  para  que  al  cabo  de  seis  meses  espu- 
sieran los  peligros  que  habriaen  suscitar  novedades  de  este 
jénero,  que  ni  los  gobernadores  del  arzobispado  ni  el  cabil- 
do eclesiástico  tenian  facultad  para  convocar  aquella  asam- 
blea, i  que  la  reunión  de  ella  seria  mui  perjudicial  por  cuan- 
to se  obligaría  a  los  sacerdotes  i  particularmente  a  los  cu- 
ras, a  desatender  sus  obligaciones.  El  congreso  insistió  sin 
embargo  en  su  primer  acuerdo;  pero  los  canónigos  Pey  i 
Duquesne,  apoyados  por  la  mayoría  del  cabildo  eclesiásti- 
co, frustraron  este  proyecto.  Así  pues,  al  mismo  tiempo 
que  la  mayoría  del  clero  clamaba  contra  la  independencia,, 
acusándola  de  querer  destruir  la  relijion,  por  una  manifies- 
ta contradicción  de  principios,  oponía  todo  linaje  de  dificul- 
tades a  que  se  diese  fijeza  i  consistencia  a  la  iglesia  bajo  las 
bases  de  un  arreglo  con  la  sede  pontificia.  En  realidad, 
como  lo  observa  el  historiador  Restrepo  después  de  referir 
estos  sucesos,  lo  üníco  que  querían  esos  sacerdotes  era  "sos- 
tener el  despotismo  i  la  denominación  de  la  madre  patria,, 
sosteniendo  que  Dios  nos  había  sujetado  a  los  reyes  de 
España,  i  que  era  un  crimen  irremisible  no  obedecer  a  estas 
príncipes,  según  el  precepto  de  la  sagrada  escritura." 

A  la  sombra  de  esta  situación,  el  clero  no  había  cescido 
un  momento  de  suscitar  embarazos  a  la  revolución.  En  al- 
gunas provincias,  como  sucedía  en  Panamá  i  en  las  meri- 
dionales del  virreinato,  Cuenca,  Loja  i  Guayaquil,  habian 
contribuido  poderosamente  a  que  se  mantuviese  la  depen- 
dencia al  réjimen  español.  En  otras,  como  Santa  Marta,, 
habian  ayudado  a  derrocar  las  autoridades  revoluciona- 
rías i  a  restablecer  las  antiguas   autoridades.  Por  fin,  en^ 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA   355 

aquellos  lugares  donde  la  revolución  se  había  asentado 
mas  sólidamente,  el  clero  trataba  de  minarla  i  de  comba- 
tirla, como  lo  hacian  en  Bogotá  i  como  lo  ejecutaron  en 
Cartajena.  Dos  curas,  don  Jorje  i  don  Pedro  Antonio  Váz- 
quez, encabezaron  allí  una  contra-revolución  a  media- 
dos de  1813;  i  su  ejemplo  fué  seguido  por  otros  sacerdo- 
tes 27. 

No  es  este  el  lugar  de  referir  todos  los  incidentes  de  aque- 
lla lucha.  La  revolución  neogranadina  combatida  dentro 
de  su  propio  suelo  por  enemigos  obstinados  i  principalmen- 
te por  el  clero,  sucumbió  al  fin  en  los  primeros  meses  de 
1816  ante  el  poderoso  ejército  del  jeneral  Morillo.  La  reac- 
ción triunfante  se  señaló  en  todas  partes  por  las  atrocida- 
des mas  injustificables.  El  jefe  vencedor  hizo  fusilar  125 
hombres  mas  o  menos  notables,  haciendo  alarde  de  estas 
ejecuciones  por  haber  "espurgado  el  virreinato  de  doctores 
i  letrados,  que,  según  decia,  siempre  son  los  promotores  de 
rebeliones".  Morillo  habia  dado  a  la  lucha  el  carácter  de 
guerra  relijiosa.  Los  españoles  publicaban  en  sus  papeles  i 
decian  por  todas  partes  que  su  ejército  venia.a  restaurar 
la  relijion  destruyendo  los  principios  heréticos  de  la  inde- 
pendencia. Para  probarlo,  restablecieron  el  tremendo  tri- 
bunal de  la  inquisición,  i  mandaron  quemar  todos  los  libros 
que  se  hallaron,  esceptuando  solo  los  que  estaban  escritos- 
en  español  i  en  latin.  En  esta  obra  de  destructora  ignoran- 
cia i  de  bárbara  crueldad.  Morillo  no  encontró  en  el  clero- 
por  regla  jeneral  mas  que  aplaudidores;  pero  en  su  saña  im- 
placable, no  quiso  dejar  sin  castigo  ni  aun  a  los  eclesiásti- 
cos que  simpatizando  con  la  causa  del  rei  no  habían  hecho 
armas  directa  i  enérjicamente  contra  la  independencia.  Los 
gobernadores  de  la  arquidiócesis  de  Bogotá,  como  muchos 
otros  sacerdotes  conocidamente  adictos  al  rei,  fueron  con- 
finados en  número  de  95  a  la  provincia  de  Venenzuela.  El 
arzobispo  Sacristán,  que  había  llegado  de  Cuba  después  de 


27.   Véase  sobre  esto  a  Restrepo,  parte  I,  cap.  V,  tomo  1.°,  pájs^ 


173  i  siguientes. 


ESTUDIOS    HISTORICO-BIBLIOGRAFICOS 


la  reconquista  española,  se  recibió  del  gobierno  eclesiástico 
el  4  de  diciembre  de  1816,  i  pudo  presenciar  muchos  de  es- 
tos actos  de  cruel  represión.  Un  ataque  de  aploplejía  lo  arre- 
bató de  este  mundo  dos  meses  después;  i  la  arquidiócesis 
volvió  a  quedar  en  sede  vacante. 

El  triunfo  de  los  realistas  no  fué  sin  embargo  definitivo. 
En  1819,  Bolívar  invade  la  Nueva  Granada,  i  después  de  la 
batalla  de  Boyacá  afianza  la  independencia  de  todo  el  vi- 
rreinato. El  gobierno  nacional  se  manifestó  dispuesto  a 
obrar  con  toda  resolución  para  reprimir  las  hostilidades 
del  clero.  Habiendo  llegado  a  Bogotá  las  bulas  de  un  nue- 
vo arzobispo,  don  Isidro  Domínguez,  que  enviaba  el  rei  de 
España,  el  jeneral  Santander,  que  mandaba  en  la  Nueva 
Granada,  declaró  solemnemente  que  aquel  prelado  no  seria 
admitido,  i  dirijió  al  mismo  tiempo  una  protesta  al  papa 
para  justificar  su  conducta. 

Esta  medida  era  indispensable  para  afianzar  la  indepen- 
dencia. Poco  tiempo  antes,  el  rei  de  España  habia  provisto 
la  sede  de  Popayan,  vacante  desde  antes  de  1810,  nom- 
brando obispo  de  ella  a  don  Salvador  Jiménez  de  Padilla, 
eclesiástico  de  buen  nombre,  pero  enemigo  irreconciliable 
de  la  independencia.  Desde  aquella  ciudad,  tanto  él  como 
su  provisor  don  José  María  Grueso,  americano,  natural  de 
Popayan,  habian  fomentado  la  obstinada  guerra  que  los 
realistas  hacian  en  la  provincia  de  Pasto.  El  obispo  no  so- 
lo acudió  con  fuertes  sumas  de  dinero  para  el  sostenimien- 
to de  las  tropas  realista,  sino  que  escomulgó  repetidas  ve- 
ces a  los  patriotas  i  a  todos  lo-s  que  les  prestaron  ayuda  i 
ausilio  de  recursos  i  de  víveres  ^s.  Redoblando  sus  anate- 
mas, decia  en  1821:  "Son  herejes  i  cismáticos  detestables 
los  que  pretenden  la  independencia.  Así,  pues,  los  que  de- 
fienden la  causa  del  rei  combaten  por  la  relijion;  i  si  murie- 
ren, vuelan  en  derechura  al  cielo".  Con  estos  i  otros  sermo- 
nes semejantes  emanados  de  la  boca  de  un  obispo  i  de  un 


28.   Restrepo,  Historia  de  la  revolución  de  Colombia,  parte  III, 
eap.  1,  tomo  3°,  páj.  42. 


EL    CLEÍiO  EN  LA  REVOLUCIÓN    DE  LA  INDEPENDENCIA       357 

clero  fanático,  dice  Restrepo,  los  ignorantes  pastusos  co- 
rrieron, como  siempre,  a  las  armas  para  degollar  insurjen- 
tes,  o  con  la  muerte  conseguir  el  martirio  peleando  por  su 
amo  el  rei"  29,  XJn  clérigo  de  aquella  diócesis,  don  Francisco 
Benavides,  cura  de  Huachi,  adquirió  una  gran  celebridad 
como  guerrero  peleando  contra  los  independientes  ^o. 

La  actitud  belicosa  de  ese  prelado  en  aquella  provincia 
se  mantuvo  mientras  los  realistas  tuvieron  recursos  para 
sostener  la  guerra.  Batidos  éstos  en  mayo  de  1822  por  Bo- 
lívar, i  derrotado  en  ese  mismo  mes  el  presidente  de  Quito 
por  el  jeneral  Sucre,  los  jefes  españoles  tuvieron  que  capitu- 
lar en  uno  i  otro  punto.  El  obispo  Jiménez,  convencido  de  la 
inutilidad  de  sus  esfuerzos  para  prolongar  la  lucha,  comen- 
zó a  predicar  la  paz  a  los  mismos  hombres  a  quienes  habia 
impulsado  a  una  guerra  desastrosa,  i  sobretodo  a  los  cléri- 
gos i  curas,  que  sin  desalentarse  por  las  derrotas  querian 
oponer  una  resistencia  desesperada  a  las  instituciones  repu- 
blicanas. A  pesar  de  esto,  Jiménez  no  podia  resignarse  a  re- 
conocer el  gobierno  independiente;  i  por  eso  se  apresuró  a 
pedir  a  Bolívar  un  pasaporte  para  regresar  a  España,  "en 
donde  solo  apetezco,  decia,  vivir  retirado  en  un  rincón  de 
un  claustro  para  concluir  mis  dias  con  tranquilidad  i  repo- 
so." El  libertador  de  Colombia  se  negó  a  darle  ese  permiso; 
i  en  una  carta,  escrita  con  verdadera  elocuencia,  le  exijió 
que  quedase  a  la  cabeza  de  su  diócesis.  "El  mundo  es  uno, 
decia  Bolívar;  la  relijion  es  otra.  El  heroismo  profano  no  es 

el  heroismo  de  la  virtud  i  de  la  relijion Por  tanto  yo  me 

atrevo  a  pensar  que  V.  S.  L,  lejos  de  llenar  el  curso  de  su 
carrera  relijiosa  en  los  términos  de  su  deber,  se  aparta  no- 
tablemente de  ellos  abandonado  la  iglesia  que  el  cielo  le  ha 
confiado  por  causas  políticas,  i  de  ningún  modo  conexas 


29.  Restrepo,  Historia  de  la  revolución  de  Colombia,  cap.  II' 
páj.  97. 

30.  Cevallos,    obra  citada,  tomo  3.°,  cap.  V,  pájs.  245  i  si- 
guientes. 


358  ESTUDIOS    HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 


-con  la  viña  del  señor"  3i,  Estas  palabras  indujeron  al  obis- 
po a  cambiar  de  determinación:  reconoció  a  las  nuevas  ins- 
tituciones i  se  quedó  gobernando  su  diócesis  sin  oponer 
tnas  resistencias  a  la  república. 

El  obispo  de  Quito  don  Leonardo  Santander,  que  habia 
venido  de  España  a  reemplazar  al  virtuoso  obispo  Cuero, 
no  siguió  este  ejemplo.  Enemigo  irreconciliable  de  la  repú- 
blica i  de  la  independencia,  Santander  había  visto  hundirse 
■q\  poder  español  en  la  batalla  de  Pichincha;  i  negándose  re- 
sueltamente a  reconocer  las  nuevas  instituciones,  se  acojió 
al  convenio  por  medio  del  cual  los  realistas  de  esa  provin- 
cia tuvieron  permiso  para  volver  a  España.  Muchos  ecle- 
siásticos lo  imitaron  en  su  obstinación:  pidieron  sus  pasa- 
portes al  gobierno  republicano  i  salieron  para  siempre  de 
Colombia  ^^. 

A  consecuencia  de  estos  sucesos,  i  habiéndose  ausentado 
del  mismo  modo  otros  obispos,  la  iglesia  de  Colombia  se 
halló  a  principios  de  1823  en  un  estado  de  casi  absoluta 
acefalía.  De  los  once  obispados  que  comprendia  su  vasto 
territorio,  solo  dos,  el  de  Popayan  i  el  de  Mérida  de  Mara- 
caibo,  no  se  hallaban  en  sede  vacante.  El  gobierno  de  la 
república,  católico  verdadero,  i  deseando  mantener  esta  re- 
lijion  como  la  del  estado,  determinó  enviar  una  misión  a 
Roma  para  obtener  del  papa  el  nombramiento  de  los  obis- 
pos i  arzobispos  que  debian  llenar  las  nueve  diócesis  va- 
cantes. 

El  enviado  colombiano,  don  Ignacio  Tejada,  llegó  a  Ro- 
ma en  momentos  mui  desfavorables  para  el  desempeño  de 


31.  Larrazábal,  Vida  de  Bolívar,  cap.  XLIV,  tomo  2*?,  pájs.  138 
i  139. 

32.  Cevallos,  obra  citada,  tomo  4°,  cap.  I,  páj.  10.— Esta  misma 
conducta  observaron  otros  obispos  espaíioles  en  América  cuando 
vieron  irremisiblemente  perdida  la  causa  del  reí.  Nos  bastará  citar 
a  don  tVai  Ramón  Casaus  i  Torres,  arzobispo  de  Guatemala,  que 
abandonó  su  diócesis  cuando  vio  triunfante  la  causa  de  la  repú- 
blica, i  fué  a  asilarse  a  Cuba,  donde  obtuvo  mas  tarde  el  obispado 
de  la  Habana. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA   359 

-SU  misión.  Los  principios  liberales,  triunfantes  un  momento 
■en  Europa  en  1821,  habian  sido  vencidos  completamente 
dos  años  después.  Fernando  YÍI  acababa  de  ser  restaura- 
do en  el  trono  español  como  monarca  absoluto  con  el  ausi- 
lio  de  un  ejército  francés.  En  el  orgullo  insensato  de  su  triun- 
fo, el  rei  de  España  no  pensaba  mas  que  en  ahogar  todo 
jérmen  de  libertad  en  la  península  i  en  reconquistar  con  los 
socorros  de  la  Francia  o  de  la  Rusia  sus  perdidas  posesio- 
nes de  América.  El  papa  León  XII  aplaudia  desde  la  sede 
pontificia  el  triunfo  de  la  reacción  i  apo^^aba  las  pretensio- 
nes del  monarca  español.  El  ministro  colombiano  se  vio 
desairado;  no  solo  no  se  le  reconoció  su  carácter  diplomá- 
tico, sino  que  se  le  hizo  salir  de  los  estados  de  la  Iglesia  a 
requisición  de  los  ajentes  de  Fernando  VIL  Hizo  mas  toda- 
vía el  papa  para  complacer  a  este  rei:  fué  entonces  cuando 
León  XII  lanzó  su  memorable  encíclica  de  24  de  setiembre 
-de  1824  en  que  condenando  la  revolución  hispano  america- 
na,, aconsejaba  a  los  obispos  i  a  los  sacerdotes  del  nuevo 
-mundo  que  se  mantuvieran  fieles  al  monarca  español. 

Tejada  entre  tanto  se  habia  retirado  a  Bolonia.  Desde 
allí  dirijió  al  gobierno  pontificio unaenérjica representación 
en  que  hacia  ver  los  males  sin  cuenco  que  aquella  conducta 
habia  de  producir  a  la  relijion  católica  en  los  pueblos  ame- 
ricanos. En  efecto,  no  era  difícil  descubrir  que  la  obstina- 
ción del  papa  para  no  tratar  con  los  independientes  de 
América  mientras  no  se  sometiesen  de  nuevo  a  la  domina- 
<;ion  española,  debia  ser  la  causa  de  un  cisma  o  de  algo  mui 
semejante,  desde  que  no  era  posible  esperar  que  los  nuevos 
estados  renunciasen  a  su  autonomía  i  su  libertad  por  obe- 
decer a  los  planes  políticos  de  la  corte  romana.  Estas  re- 
presentaciones, sin  embargo,  no  habrian  valido  nada  si  la 
guerra  se  hubiera  prolongado  mas  largo  tiempo  en  Améri- 
ca; pero  a  principios  de  1824  se  publicó  en  Europa  la  no- 
ticia de  la  victoria  de  Ayacucho,  después  de  la  cual  la  inde- 
pendencia americana  quedaba  perfectamente  afianzada. 
Los  estados  estranjeros  comenzaban  a  reconocerla  como 
un  hecho  consumado  e  irresistible.  El  papa  no  pudo  vacilar 


360  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


mas  largo  tiempo;  i  desoyendo  las  representaciones  de 
Fernando  YII,  que  persistia  siempre  en  sus  proyectos  de 
reconquista,  llamó  de  nuevo  a  Roma  al  ministro  Tejada,  i 
confirmó  al  fin  a  los  obispos  i  a  arzobispos  que  proponía 
el  gobierno  colombiano  ^3^  Solo  entonces  cesaron  para 
siempre  las  hostilidades  que  algunos  clérigos  ejercian  aua 
contra  la  independenncia. 


En  las  provincias  que  formaban  el  virreinato  de  Buenos 
Aires  o  de  la  Plata,  la  guerra  entre  el  clero  i  los  partidarios 
de  la  independencia  nacional  fué  menos  encarnizada.  El 
gobierno  patrio  marchó  allí  con  mucha  mas  resolución 
contra  este  jénero  de  obstáculos,  pudo  arrollarlos  enérji- 
mente,  i  se  salvó  de  los  embarazos  que  en  las  otras  colonias 
embarazaron  la  marcha  de  la  revolución.  Vamos  por  esta 
mismo  a  referir  muí  de  lijera  estos  sucesos. 

Al  iniciarse  la  revolución  de  la  independencia  era  obispo 
de  Buenos  Aires  don  Benito  de  Eue  i  Riega,  español  apa- 
sionado i  vehemente,  que  desde  los  primeros  dias  de  aquel 
movimiento,  se  mostró  enemigo  tenaz  de  todo  cambio  de 
gobierno.  Desconfiando  del  virrei  don  Santiago  Liniers, 
cuya  nacionalidad  francesa  hacia  temer  a  los  españoles 
que  no  defendiese  cumplidamente  la  causa  de  la  metrópoli, 
el  obispo  Lúe  fraguó  una  conspiración  que  debia  estallar 
el  1^  de  enero  de  1809.  Ese  dia,  en  efecto,  mientras  el  cabildo 
hacia  la  elección  de  sus  nuevos  miembros,  las  campanas 
tocaron  a  rebato  i  la  jenerala  resonó  por  las  calles.  El 
obispo,  después  de  presentarse  en  la  sala  del  cabildo  a  con- 
fortar a  sus  amigos,  pasó  al  palacio  de  Liniers  a  pedirle  su 
renuncia.   Por  un  momento,  la  revolución  pareció  triunfar; 


33.  Véase  sobre  este  punto  a  Restrepo,  Historia  de  la  /^evolu- 
ción de  Colombia,  parte  III,  cap.  IX,  tomo  3°,  páj.  469  i  cap.  XIII, 
tomo  4°,  páj.  44;  como  igualmente  el  Almanaque  de  Bogotá,  ya 
citado,  páj.  259. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA      361 

pero  al  fin  las  milicias  nacionales  i  el  pueblo  entero  se  pro- 
nunciaron contra  las  pretensiones  de  los  españoles,  i  eí 
movimiento  fué  sofocado  felizmente  ^i. 

El  mismo  empeño  puso  el  obispo  para  impedir  la  forma- 
ción de  una  junta  gubernativa  en  mayo  de  1810.  Enemigo 
declarado  del  proyecto  de  crear  una  autoridad  nacional, 
Lúe  no  dejó  resorte  por  tocar  para  que  quedase  en  su 
puesto  el  virrei  Cisneros,  que  habia  venido  de  España  a 
reemplazar  a  Liniers;  pero  en  esta  ocasión  fué  tan  desgra- 
ciado como  lo  habia  sido  en  1809.  El  pueblo,  representado 
i  dirijido  por  hombres  de  una  gran  resolución,  impuso  su 
voluntad  a  pesar  de  las  resistencias  i  protestas  del  obispo 
35.  La  entereza  i  enerjía  desplegadas  por  los  patriotas 
anularon  por  completo  la  autoridad  de  un  prelado  que 
ponia  la  relijion  al  servicio  de  una  causa  enteramente  mun- 
dana, i  que  triunfando  habria  importado  solo  el  manteni- 
miento del  réjimen  colonial  en  aquellas  provincias. 

Después  de  este  triunfo  de  la  causa  liberal,  no  volvieron 
a  hacerse  sentir  directamente  en  Buenos  Aires  las  influen- 
cias del  clero  para  combatir  la  revolución.  Pero  en  las  pro- 
vincias no  sucedió  otro  tanto.  En  Córdoba,  donde  se  ha- 
liaba  retirado  el  ex-virrei  Liniers,  este,  el  intendente  de  la 
provincia  don  Juan  de  la  Concha,  el  obispo,  doctor  don 
Rodrigo  Antonio  de  Orellana,  i  otros  empleados  españoles, 
no  solo  desconocieron  las  nuevas  autoridades,  sino  que  se 
prepararon  para  combatirlas.  Se  sabe  cuál  fué  el  resultado 
de  aquella  empresa.  Fujitivos  ante  las  fuerzas  mas  consi- 
derables que  contra  ellos  despachaba  el  gobierno  de  Buenos 
Aires,  esos  funcionarios  no  tardaron  en  caer  prisioneros,  i 


34?.  Véanse  sobre  estos  sucesos  la  estensa  introducción  de  la 
Coleceion  de  arengas  del  doctor  Moreno,  páj.  110  i  siguientes,  i  la 
Historia  de  Belgrano  por  don  Bartolomé  Mitre,  cap.  VII,  tomo 
1°,  p«4js.  170  i  siguientes. 

35.  Aunque  estos  sucesos  han  sido  referidos  por  muchos  auto- 
res, la  narración  que  de  ellos  hace  Mitre  en  los  caps.  VIII  i  IX  del 
primer  tomo  de  su  excelente  Hist.  de  Belgrano  es  la  mejor  i  la  mas 
completa  que  existe. 


362  '  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

fueron  pasados  por  las  armas  el  26  de  agosto  de  1810, 
por  disposición  de  la  junta  gubernativa  i  por  orden  inme- 
diata de  uno  de  los  miembros  de  ella,  el  doctor  don  Juan 
José  Castelli.  El  obispo  Orellana  i  su  capellán  don  Pedro 
Jiménez  fueron  sin  embargo  salvados  del  patíbulo;  pero  se 
les  confinó  a  un  lugar  lejano  ^6. 

La  junta  de  Buenos  Aires  quiso  justificar  su  conducta 
por  esos  fusilamientos;  i  con  ese  fin  lanzó  el  9  de  setiembre 
de  1810  una  estensa  e  importante  esposicion  de  sus  princi- 
pios i  de  sus  propósitos.  Aludiendo  allí  al  indulto  pronun- 
ciado en  favor  del  obispo  de  Córdoba,  decia  lo  que  sigue: 
''Prelados  eclesiásticos,  haced  vuestro  ministerio  de  pacifi- 
cación i  no  os  mezcléis  en  las  turbulencias  i  sediciones  de 
los  malvados;  todo  el  respeto  del  santuario  ha  sido  preciso 
para  sustraer  al  de  Córdoba  del  rigor  del  suplicio  de  que 
su  execrable  crimen  le  hizo  acreedor;  pero  nuestras  relijio- 
sas  consideraciones  no  darán  un  segundo  ejemplo  de  piedad 
si  algún  otro  abusase  de  su  ministerio  con  insolencia.  El 
castigo  será  entre  nosotros  un  cousiguiente  necesario  del 
delito,  i  el  carácter  sagrado  del  delincuente  no  hará  mas 
que  aumentar  lo  espectable  del  escarmiento"  37.  Estas 
enérjicas  palabras  pusieron  término  a  las  hostilidades  del 
clero  en  aquellas  provincias.  Los  sacerdotes  que  por  en- 
tonces hablaban  de  sus  deseos  de  recibir  la  corona  del  mar- 
tirio en  defensa  de  su  relijion  i  de  su  rei,  sintieron  que  su 
entusiasmo  se  apagaba  desde  aquel  dia. 

Las  tropas  que  acababan  de  desarmar  a  los  reacciona- 
rios de  Córdoba  siguieron  su  marcha  a  las  provincias  del 


36.  Estos  sucesos  han  sido  prolijamente  referidos  por  don  Ig- 
nacio Núñez  en  sus  Noticias  históricas  de  la  República  Arjentina, 
cap.  XIII,  obra  importante  por  el  caudal  de  noticias  que  contiene. 
Don  Mariano  Torrente  ha  publicado  una  relación  de  los  mismos 
hechos  escrita  por  el  clérigo  Jiménez,  en  la  Historia  de  la  revola- 
<cion  hispano -americana,  tomo  1°  pájs.  69  i  siguientes. 

37.  Este  manifiesto  fué  publicado  en  la  Gaceta  de  Buenos  Aires 
del  11  de  octubre  de  1810,  i  reimpreso  en  el  Español  de  Londres 
núm.  X  de  30  de  enero  de  1811. 


EL     CLERO    EN     LA    REVOLUCIÓN    DE    LA   INDEPENDENCIA       363 

Alto  Perú  para  hacer  reconocer  al  nuevo  gobierno.  Allí, 
después  de  derrotar  las  fuerzas  que  los  mandatarios  espa- 
ñoles pretendieron  oponerles,  Castelli  hizo  fusilar  en  Potosí 
a  los  jefes  enemigos  mas  importantes,  entre  ellos  al  gober- 
nador de  esa  ciudad  i  al  presidente  de  la  provincia.  Ese 
vehemente  caudillo  estaba  resuelto  a  no  detenerse  ante 
ninguna  consideración  para  aterrorizar  a  los  enemigos  de 
la  junta  revolucionaria.  Los  realistas  temblaron  ante 
aquellas  ejecuciones,  i  se  abstuvieron  de  dejar  percibir  sus 
opiniones  mientras  llegaban  del  Perú  las  tropas  que  ha- 
blan de  espulsar  de  allí  a  los  independientes. 

El  alto  clero  de  Charcas  no  se  limitó  a  esto  solo.  El  arzo- 
bispo de  esta  ciudad,  don  Benito  María  Moxó,  era  un  cata- 
Jan  de  talento  i  de  una  vasta  instrucción  ^^,  pero  realista 
exaltado  que  en  los  disturbios  de  1809  habia  dejado  ver  su 
odio  por  toda  innovación.  Su  ardoroso  entusiasmo,  mui 
pronto  para  manifestarse  en  las  mas  cnérjicas  pastorales 
cuando  no  habia  ningún  peligro  que  correr,  se  resfrió  con 
•siderablemente  al  acercarse  el  terrible  ejército  de  Castelli,  i 
acabó  por  inducirlo  a  aplaudir  fervorosamente  la  conducta 
de  este  tribuno.  En  efecto,  cuando  Castelli  penetró  en  Char- 
cas, ensangrentado  aun  con  las  recientes  ejecuciones  de  los 
jefes  españoles  en  Córdoba  i  en  Potosí,  el  arzobispo  Moxó 
se  apresuró  a  hacerle  la  mas  ostentosa  recepción.  En  su 
iglesia  se  celebró  una  solemne  misa  de  gracias  el  6  de  enero 
de  1811,  por  los  triunfos  alcanzados  por  las  armas  revo- 
lucionarias; i  allí,  en  presencia  de  Castelli,  predicó  el  arzo- 


38.  El  arzobispo  Moxó  habia  recidido  algunos  años  en  la  Nue- 
va España,  donde  recojió  una  gran  cantidad  de  objetos  de  anti« 
güedades  americanas.  En  el  Alto  Perú  siguió  coleccionando  obje- 
tos de  esta  clase,  i  escribió  dos  obras,  una  sobre  el  antiguo  Méjico 
i  otra  sobre  el  Perú.  Habiendo  muerto  en  1816  sin  publicar  nin- 
guna de  ellas,  su  sobrino  don  Luis,  barón  de  Juras  Reales,  plajió 
escandalosamente  la  primera  en  un  libro  que  dio  a  luz  en  Barcelo- 
na en  1827,  en  dos  volúmenes  en  4°  con  el  título  de  Entretenimien- 
tos de  un  prisionero.  Los  amigos  del  arzobispo  se  decidieron  en-^ 
tóiices  a  imprimir  su  manuscrito  en  Jénova  con  el  título  de  Cartas 
.mejicanas.  Su  obra  sobre  el  Perú  no  ha  sido  publicada  nunca. 


364  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

bispo  un  sermón  que  respira  la  mas  baja  i  servil  adulación. 
"Los  motivos  que  tenemos  hoi  para  dar  a  Dios  las  mas 
humildes  i  sinceras  gracias,  decia  en  él,  son  ciertamente  mui 
grandes  i  estraordinarios.  Puede  la  imajinacion  represen- 
tarlos; puede  el  corazón  sentirlos;  pero  no  puede  la  débi^' 
elocuencia  humana  espresarlos  como  ellos  se  merecen.  La 
marcha  rápida  de  ese  valiente  ejército  ausiliador  que  desde 
las  orillas  del  majestuoso  rio  de  la  Plata  ha  penetrado  con 
tanta  felicidad  hasta  estas  elevadas  montañas;  los  repeti- 
dos triunfos  que  ha  conseguido  bajo  los  auspicios  de  V.  E.; 
los  laureles  que  ha  cojido  en  el  campo  de  Marte  sin  derra- 
mar la  sangre  de  sus  conciudadanos;  la  jenerosa  humani- 
dad con  que  V.  E.  un  instante  después  de  la  memorable 
victoria  de  Suipacha  ha  mandado  a  sus  intrépidas  tropas 
que  presentasen  el  olivo  como  símbolo  de  paz  i  de  conñan^ 
za...  todos  estos  beneficios  estrechan  hoi  nuestra  alma,  gra- 
vitando sobre  nuestro  corazón  como  un  peso  inmenso"  ^9. 
El  patriota  mas  ardiente  no  habria  celebrado  con  mas 
entusiasmo  los  triunfos  de  la  revolución. 

Sin  embargo,  el  patriotismo  del  azobispo  de  Charcas  no 
duró  sino  el  tiempo  que  esta  provincia  estuvo  ocupada  por 
las  tropas  revolucionarias  de  Buenos  Aires.  Batidas  éstas 
por  Goyeneche  en  junio  de  1811,  se  vieron  obligadas  a  re- 
plegarse al  sur;  i  el  antiguo  réjimen  volvió  a  restablecerse 
en  aquella  provincia.  Desde  entonces,  i  en  todo  el  resto  de 
la  guerra,  Moxó  fué  lo  que  habia  sido  antes,  un  realista 
resuelto  i  decidido,  que  apoyaba  por  todos  medios  la  causa 
de  la  metrópoli.  En  1813,  tuvo  ocasión  de  desplegar  su  ín- 
teres por  esa  causa.  El  ejército  realista,  que  habia  invadido 
las  provincias  arjentinas  hasta  Tucuman,  fué  derrotado 
dos  veces  por  las  fuerzas  patriotas  que  mandaba  el  jeneral 
Belgrano.   En  la  última  de  esas  jornadas,  en  la  de  Salta, 


39.  El  sermón  del  arzobispo  Moxó  fué  publicado  en  la  Gaceta  de 
Buenos  Aires  de  14  de  febrero  de  1811,  i  reimpreso  en  el  Español' 
de  Londres  núm.  XVI,  de  30  de  julio  del  mismo  año.  Es  una  pieza, 
notable  por  su  forma  literaria,  que  revela  un  verdadero  escritor. 


EL  CLERO  EX  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    365 

los  vencidos  debieron  su  salvación  a  la  jenerosidad  del  jefe 
patriota  que  los  dejó  en  libertad  de  volver  a  sus  hogares 
bajo  el  juramento  de  no  tomar  mas  las  armas  contra  la 
república.  ¡Pues  bien!  el  arzobispo  de  Charcas,  don  Benito 
María  Moxó  i  el  obispo  La  Santa,  de  la  ciudad  de  la  Paz, 
predicaron  a  sus  diocesanos,  que  eran  nulos  los  juramentos 
prestados  a  los  insurjentes,  i  que  por  tanto  los  juramenta- 
dos de  Salta  estaban  absueltos  por  Dios  de  todo  compromi- 
so, i  podian  incorporarse  de  nuevo  al  ejército  del  rei  ^^.  Aun- 
que estas  predicaciones  no  surtieron  todo  el  efecto  deseado, 
alcanzó  a  formarse  un  batallón  de  los  soldados  que  esta 
vez  faltaron  a  su  juramento.  La  doctrina  de  esos  prelados 
fué  tan  bien  recibida  por  los  jefes  españoles,  que  el  diario 
del  jeneral  Pezuela,  que  conservo  inédito  en  mi  poder,  mira 
•con  desprecio  a  los  soldados  i  oficiales  que  fueron  fieles  a  la 
palabra  empeñada. 

Después  de  estos  sucesos,  la  guerra  se  continuó  doce  años 
mas  en  aquellas  provincias.  Los  obispos  siguieron  sirvien- 
do ala  causa  del  rei;  pero  al  mismo  tiempo,  muchos  ecle- 
siásticos, i  particularmente  los  curas  que  ocupaban  una 
posición  humildísima  respecto  de  la  de  los  opulentos  prela- 
dos, fueron  partidarios  decididos  de  la  revolución.  Allí, 
como  en  Méjico,  defendian  el  antiguo  réjimen  todos  los  sa- 
■cerdotes  que  mediante  aquel  sistema  gozaban  de  rentas 
inmensas  i  tenian  un  rango  brillante  en  la  colonia. 

La  revolución  de  la  independencia  del  Perú  presenta 
■caracteres  diferentes  a  las  de  los  otros  pueblos  americanos. 
Se  sabe  que  en  este  virreinato  los  gobernantes  españoles 
mantuvieron  casi  sin  resistencia  la  sumisión  al  rei  hasta  el 
año  de  1820,  en  que  el  jeneral  San  Martin  desembarcó  en 
sus  costas  a  la  cabeza  del  ejército  independiente  que  habia 
llevado  de  Chile. 

Solo  la  insurrección  iniciada  en  el  Cuzco  el  2  de  agosto 
de  1814?  habia  interrumpido  aquel  período  de  paz  i  tran- 


40.  Mitre,  Historia  de  Belgrano,  cap.  XX,  tomo  2^,  pájs.  152 
i  158. 


366  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS 

quilidad  interior.  Era  entonces  obispo  de  esa  diócesis   don 
José  Pérez  i   Armendárez,  viejo  de  mas  de  noventa  años,, 
que  sea  por  el  debilitamiento  de  intelijencia  i  de  voluntad 
consiguiente  a  tan  avanzada  edad,  o  sea  por  el  miedo  que 
debieron  infundirle  los  actos  de  rigor  con  que  se  ensangren- 
tó la  revolución,  no  hizo  nada  por  combatirla  o  condenar- 
la, i  aun  pareció  prestarle  su  apoyo  ^i.  En  cambio,  el  arzo- 
bispo de  Lima,  don  Bartolomé  María  de  lasHeras,  que  ha- 
bía sido   obispo  del  Cuzco  hasta  1806,   viviendo  lejos  del 
foco  de  la  rebelión,  i  por  tanto   distante  de  todo   peligro, 
dirijió  desde  la  capital  del  virreinato,   i  con  fecha  de  26  de 
agosto  de  1814,   una  pastoral   a  sus  antiguos    feligreses 
para  pedirles  que  depusieran  las  armas  i  se  sometiesen  a  la 
autoridad  real.  Ese  documento  escrito  en  nombre  de  la  re- 
lijion,  i  con  los  ojos  anegados  en  llanto  por  las  sucesos  del 
Cuzco,  según  dice  su  autor,  condena   la  revolución   como 
obra  del  demonio.  "Los  espantosos   ahuUidos  del  lobo  in- 
fernal, son  sus  propias  palabras,  parece  han  resonado  ya 
en  el  seno   tranquilo  de  ese  apacible   rebaño"  ^'^.  Los  jefes 
revolucionarios  contestaron  al  arzobispo  dándole  las  gra- 
cias por  sus  buenos  sentimientos,  pero  se   negaron   a   obe- 
decerle i  prefirieron  ser  vencidos  i  castigados  duramente. 

La  tranquilidad  interior  de  que  siguieron  disfrutando 
los  realistas  del  Perti,  fué  causa  de  que  los  obispos  no  tu- 
vieran ocasión  de  hacer  alarde  de  sus  sentimientos  realis- 
tas para  combatir  la  idea  de  la  independencia.  Pero  desde 
que  se  anunció  el  próximo  arribo  de  la  espedicion  liberta- 
dora que  mandaba  San  Martin,  los  prelados  de  la  iglesia 


41.  Véase  la  A/emoria  de  la  insuireccion  del  Cuzco,  escrita  por 
el  rejente  de  la  audiencia  de  esta  ciudad  don  Manuel  Pardo,  i  pu- 
blicada por  don  Benjamin  Vicuña  Mackenna  en  La  revolución  de- 
la  independencia  del  Perú,  pájs.  194  i  siguientes.  El  pasaje  refe- 
rente al  obispo  se  halla  en  la  páj.  208. 

42.  Esta  pastoral  del  arzobispo  de  Lima,  impresa  varias  veces, 
ha  sido  publicada  en  1873,  en  las  pájs.  258  i  siguientes  del  tomo  IIÍ 
de  los  Documentos  históricos  del  Perú  que  da  a  luz  el  coronel  doit 
Manuel  Odriosola. 


EN  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    3G7 

peruana  no  dejaron  resorte  por  tocar  para  mantener  el 
gobierno  del  reí.  Don  frai  José  Calisto  deOrihuela,  que  aca- 
baba de  ser  designado  obispo  del  Cuzco,  anunció  a  sus  dio- 
cesanos este  acontecimiento  por  una  pastoral  publicada, 
en  Lima  en  1820  en  que  probando  que  el  catolicismo  es 
contrario  al  movimiento  liberal  de  nuestro  siglo,  i  a  la  re- 
volución de  América,  trascribia  íntegra  la  famosa  encí- 
clica del  papa  Pió  Vil  (de  30  de  enero  de  1816)  por  la  cual 
condenaba  la  independencia  de  los  pueblos  hispano-ameri- 
canos  ^^.  En  lu  provincia  de  Trujillo,  el  obispo  don  J.  Ca- 
rrion  Marfil,  sacerdote  de  setenta  i  cuatro  años,  defendi6 
con  la  enerjía  de  un  joven  las  antiguas  instituciones,  se  opuso 
resueltamente  a  la  creación  de  una  junta  patriótica  de  go- 
bierno en  diciembre  del  mismo  año  (1820),  i  ofreció  los 
caudales  de  su  tesoro  particular  para  crear  tropas  con  qué 
combatir  a  los  insurjentes.  Burlado  en  sus  proyectos,  fué 
remitido  como  prisionero  al  jeneral  San  Martin.  Este  céle- 
bre caudillo  no  solo  trató  benignamente  al  obispo  Marfil,, 
sino  que  lo  dejó  en  libertad  para  que  se  fuese  a  Lima  a 
seguir  predicando  la  cruzada  contra  la  independencia  ^*. 

Los  otros  obispos  observaban  por  entonces  una  conduc- 
ta análoga.  Combatian  con  celo  rabioso  contra  la  indepen- 
dencia del  Perú,  empeñando  en  el  servicio  de  su  causa  todo 
el  prestijio  de  su  carácter  episcopal  i  todas  las  armas  de  la 
relijion.  San  Martin  habia  abierto  la  campaña  libertadora 
enviando  a  la  sierra  una  división  que  bajo  las  órdenes  de^ 
jeneral  Arenales,  llevaba  el  encargo  de  sublevar  las  provin- 
cias del  interior.  En  el  pueblo  de  Huancayo  se  habian  reuni- 
do tres  de  esos  encarnizados  enemigos  de  la  revolución  i 
discutian  los  medios  de  combatirla.  Eran  estos  Orihuela,  el 

43.  Carta  pastoral  que  sobre  las  obligaciones  del  cristianismo  i 
la  oposición   de  éste  al  espíritu  revolucionario   de   estos   últimos 
tiempos  dirije  a  los  fieles  de  la  santa  iglesia   del  Cuzco  el  Iltmo.  i 
Rdmo.  señor  don  Jóse  Calisto  de  Orihuela,  opúsculo  publicado  en 
Lima  en  1820.  . 

-    44.  Paz  Soldán,  Historia  del  Perú  independiente,  cap.  VII,  to* 
mo  19páj.l21.  , 


368  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

obispo  del  Cuzco,  don  Pedro  Gutiérrez  Cos,  obispo  de  Hua- 
mánga,  i  don  Diego  Antonio  Martin  deVillodres,  obispo  de 
la  Concepción  de  Chile,  i  arzobispo  electo  de  Charcas.  Este 
■ultimo  personaje,  después  de  haber  combatido  cuanto  le  fué 
dable  la  revolución  de  Chile  hasta  1813,  habia  fugado  de 
€ste  pais  temiendo  verse  perseguido  por  los  patriotas  ven- 
cedores ^^,  les  habia  lanzado  desde  Pasco  una  solemne  esco- 
munion,  i  se  habia  establecido  allí  para  reponerse  de  sus 
trabajos  i  de  sus  sustos.  En  1816,  a  consecuencia  de  la 
muerte  del  arzobispo  Moxó,  de  Charcas,  el  rei  habia  pre- 
miado al  obispo  Villodres  elevándolo  a  esta  arquidiócesis 
que  producia  80  mil  pesos  de  renta  anual;  pero  el  estado  de 
guerra  en  que  se  hallaba  el  Alto  Perú  fué  causa  de  que  Villo- 
dres no  pudiera  llegar  a  su  destino;  i  se  quedó  desempeñan- 
do el  curato  de  Pasco  para  proporcionarse  alguna  renta. 

De  las  conferencias  que  celebraron  estos  tres  prelados 
para  resistir  a  la  revolución,  no  resultó  al  fin  ningún  plan 
determinado  ^^.  El  arzobispo  Villodres  se  internó  a  la  sierra 
para  ir  a  reunirse  con  los  padres  de  Ocopa,  que  misionaban 
al  otro  lado  de  los  Andes,  i  allí  murió  poco  después.  El  obis- 
po de  Huamanga  se  marchó  a  Lima,  donde  dominaba  to- 
davía el  virrei;  i  el  de  Cuzco,  tan  ardoroso  enemigo  de  los 
independientes,  se  quedó  en  Huancayo,  donde  se  presentó  a 
Arenales  para  pedirle  algún  dinero  con  qué  seguir  su  viaje  a 
la  cabecera  de  su  diócesis.  Eljeneral  patriota  fué  bastante 
jeneroso  para  socorrer  a  aquel  realista  apasionado  e  in- 
transijente. 


45.  Es  curioso  ver  cómo  el  obispo  Villodres  esplica  esta  fuga  en 
su  memorable  pastoral  de  15  de  enero  de  1814.  Según  sus  pala- 
bras, abandonó  su  diócesis  no  tanto  por  miedo  sino  a  "ejemplo  de 
Jesús,  que  no  solo  huyó  a  Ejipto  cuando  lo  buscaba  Herodes,  sino 
muchas  veces  de  un  lugar  a  otro  para  evitar  las  asechanzas  de  su 
propia  jente,  quandiu  nondum  venerat  hora  ejas'\  Véase  La  paji- 
na 59. 

46.  Paz  Soldán,  obra  citada,  cap.  IX,  tomo  I,  páj.  187.— Carta 
de  Arenales  al  jeneral  San  Martin  escrita  en  Canta  el  27  de  diciem- 
bre de  1820. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    369 

Si  el  obispo  de  Arequipa,  doctor  don  José  Sebastian  de 
<joyencche,  aunque  adicto  de  corazón  a  la  causa  del  rei,  no 
se  atrevia  por  timidez  a  espresar  sus  sentimientos  en  pasto- 
Tales  i  escomuniones,hubo  en  cambio  otro  prelado  que  hizo 
-alarde  de  su  ira  en  esos  mismos  dias.  Fué  éste  don  frai  Hi 
pólito  Sánchez  Ranjel,  primer  obispo  de  Mainas,  español  de 
espíritu  violento  i  destemplado.  Habiéndose  proclamado  la 
independencia  en  Chachapoyas,  huyó  de  allí  i  luego  lanzó  a 
sus  diocesanos  una  pastoral  que  respira  solo  rabia  i  deses- 
peración, para  pedirles  que  se  armen  contra  los  patriotas. 
*'Salid,  hijos,  les  decia,  contra  esas  gavillas  de  bandidos  i 
bribones:  presentad  vuestros  pechos  al  acero  antes  de  con- 
descender a  un  juramento  (el  de  la  independencia),  que  os 
hace  perjuros  para  Dios  i  traidores  a  vuestro  rei,  a  vuestra 

patria  i  a  vuestra  nación Os  quieren  obligar  a  ofrecer 

incienso  a  Baal,  despreciando  al  Dios  de  Israel.  ¡Ingratos! 
¡Inhumanos!...  El  nombre  solo  de  independencia  es  el  nom- 
bre mas  escandaloso.  Huid  de  él,  hijos,  como  del  infierno... 
Por  lo  que  a  Nos  toca,  cualquiera  de  nuestros  subditos  que 
voluntariamente  jurase  la  escandalosa  independencia  lo 
declaramos  cscomuígado  vitando  i  mandamos  que  sea 
puesto  en  tablillas:  si  fuere  eclesiástico  lo  declaramos  sus- 
penso; i  si  lo  hiciere  alguna  ciudad  o  pueblo  de  nuestra  dió- 
cesis, le  ponemos  entredicho  local  i  personal;  i  mandamos 
consumir  las  especies  sacramentales  i  cerrarla  iglesia  hasta 
•que  se  retractare.  Si  algunos  de  nuestros  hijos  obedeciere  a 
otro  obispo  o  vicario  u  oyere  misa  de  sacerdote  insurjente 
o  recibiere  de  él  los  sacramentos,  lo  declaramos  también 
•escomulgado  vitando  por  cismático  i  cooperador  del  cisma 
político  i  relijioso,  que  es  toda  la  obra  de  los  insurjentes"^''. 

Al  contrario  de  estos  fanáticos  realistas,  el  anciano  arzo- 
bispo de  Lima  se  mostró  en  cierto  modo  conciliador  con  los 
independientes.  Cuando  a  consecuencia   de  las  operaciones 


47.  Esta  curiosa  pastoral,  que  no  podemos  publicar  íntegra  en 
•este  artículo,  puede  verse  en  las  pájs.  188  i  189  de  la  obra  i  volú- 
<menes  citados  de  Paz  Soldán. 

TOMO    X  24 


370  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

militares  de  San  Martin,  los  españoles  tuvieron  que  aban- 
donar la  capital  del  Perú  en  julio  de  1821,  el  arzobispo  Las- 
Heras  se  quedó  allí  como  si  nada  tuviera  que  temer  de  los 
patriotas.  San  Martin,  en  efecto,  lo  felicitó  por  esta  con- 
ducta 48^  i  a  su  entrada  a  Lima  lo  invitó  a  una  reunión  so- 
lemne que  debia  celebrar  el  cabildo  con  asistencia  de  los 
prelados  de  las  órdenes  relijiosas  i  de  muchos  vecinos  im- 
portantes, para  resolver  de  la  suerte  del  Perú.  En  esos  mo- 
mentos, i  a  consecuencia  de  las  noticias  que  se  tenian  de  la 
revolución  de  España,  muchos  realistas  creian  que  no  solo- 
era  inevitable  sino  conveniente  la  declaración  de  la  indepen- 
cia  peruana.  El  arzobispo  era  de  este  número;  i  si  en  aque- 
lla memorable  sesión  se  opuso  tenazmente  a  que  se  adopta- 
se esa  medida,  una  vez  promulgada  le  prestó  el  juramento 
solemne,  i  siguió  viviendo  en  Lima  en  las  mejores  relaciones 
con  el  jeneral  patriota. 

Esta  cordialidad  no  duró  sin  embargo  mas  que  un  mes. 
Repuestos  los  españoles  de  sus  repetidos  quebrantos,  se 
preparaban  para  tomar  de  nuevo  la  ofensiva.  Muchos  ecle- 
siásticos aprovecharon  aquella  ocasión  para  renovar  sus 
prédicas  contra  la  independencia,  i  exaltar  el  fanatismo  de 
las  masas.  Las  casas  de  ejercicios  espirituales  de  Lima  fue- 
ron el  teatro  elejido  por  esos  fanáticos  para  continuar  su 
guerra  a  las  nuevas  instituciones.  San  Martin  era  demasia- 
do enérjico  para  dejarse  burlar  por  esta  clase  de  enemigos;. 
í  mandó  que  su  ministro  de  la  guerra  don  Bernardo  Mon- 
teagudo  exijiera  del  arzobispo  que  mandase  cerrar  esos  es- 
tablecimientos hasta  que  se  les  pusiera  bajo  la  dirección 
de  eclesiásticos  patriotas  que  no  hiciesen  de  la  predicación' 
relijiosa  una  arma  de  partido.  El  arzobispo  contestó  el  mis- 
mo dia  (22  de  agosto),  pero  evasivamente  i  sin  querer  dic- 
tar la  orden  que  se  le  pedia.  El  jeneral  San  Martin,  resuelto 
a  hacerse  obedecer,  mandó  que  su  ministro  de  estado  don 


48.  La  nota  de  San  Martin,  así  como  la  contestación  del  arzo- 
bispo, han  sido  reimpresas  porOdriosola  en  el  tomo  VI  de  la  colec- 
ción citada.  Véanse  las  pajinas  284  i  siguientes. 


EL  CLERO  EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDENCIA    371 

Juan  García  del  Rio,  replicase  al  arzobispo  con  todn  firme- 
za. "S.  E.  advierte  con  dolor,  decia  la  nota  de  éste,  que  V. 
E.  I.  se  resiste  a  dar  cumplimiento  a  su  orden,  i  me  manda 
comunicar  a  V.  E.  I.  que,  supuestos  los  escrúpulos  de  con- 
ciencia que  tiene  para  obedecer  esta  disposición  del  gobier- 
no i  los  que  en  adelante  pudieran  asaltarle  respecto  de  otras 
que  fuesen  igualmente  necesarias,  será  conveniente  que  Y. 
E.  I.  calcule  los  males  que  se  seguirán  de  no  estar  en  buena 
armonía  la  autoridad  civil  i  la  eclesiástica  i  se  decida  por  el 
partido  que  conviene  adoptar  a  V.  E.  I.,  en  la  intelijencia 
de  que  las  órdenes  de  S.  E.  serán  irrevocables."  En  vista  de 
esta  actitud,  no  quedó  al  arzobispo  otro  partido  que  reno- 
var una  renuncia  que  habia  hecho  de  su  mitra  algunos 
dias  antes,  cuando  San  Martin  llegó  a  Lima.  Esa  renuncia 
fué  aceptada  en  una  forma  que  equivalia  a  un  destierro.  El 
prelado  debia  salir  de  Lima  en  el  termino  de  48  horas,  lo 
que  se  efecto  puntualmente  ^^.  Ese  eclesiástico,  estimado  en 
Lima  por  sus  virtudes,  i  provisto  de  una  tenacidad  de  que 
no  se  le  habría  creido  poseedor  por  contar  cerca  de  ochenta 
años,  delegó  sus  atribuciones  en  el  cabildo  metropolitano, 
i  se  embarcó  para  España.  Año  i  medio  después,  en  enero 
de  1823,  falleció  en  un  convento  de  trinitarios  descalzos  de 
Madrid. 

Este  acto  de  enérjica  resolución  puso  término  a  las  hos- 
tilidades que  el  clero  no  cesaba  de  ejercer  contra  la  indepen- 
dencia del  Perú,  a  lo  menos  en  la  parte  del  territorio  que 
ocupaban  los  patriotas.  Lejos  de  allí  en  las  provincias  en 
que  dominaban  los  españoles,  esta  guerra  no  llegó  a  su  tér- 
mino sino  después  de  la  espléndida  victoria  de  Ayacucho. 

49.  Paz  Soldán  ha  publicado  en  las  pájs.  211  i  siguientes  de  su 
obra  citada,  algunas  de  las  notas  cambiadas  entre  el  arzobispo  i 
los  ministros  de  San  Martin;  pero  es  mas  completo  aun  en  esta 
parte  la  publicación  del  coronel  Odriosola.  Véase  el  tomo  VI,  paji- 
nas 340  i  siguientes. 


XV 
EL  PADRE  FEAI  MELOHOE  MARTÍNEZ  * 

Durante  la  ajitada  época  de  la  revolticion  de  nuestra  in- 
dependencia, los  bandos  contendientes  pensaron  mas  de 
una  vez  en  escribir  relaciones  históricas  de  aquellos  sucesos, 
ya  para  recordar  los  hechos  militares  de  nuestros  ejércitos, 
ya  para  rectificar  los  errores  con  que  se  referían  las  ocu- 
rrencias de  Chile  o  para  informar  acerca  de  ellas  a  las 
autoridades  superiores.  En  varias  ocasiones  se  trató  de  for- 
mar la  historia  oficial  de  nuestra  revolución;  pero  jamas  se 
adelantó  este  ti  abajo  hasta  dejarlo  en  estado  de  dar  una 
idea  completa   de  los  sucesos    que   formaba  su   materia. 

En  nota  de  28  de  mayo  de  1811,  en  efecto,  %  suprema 
junta  que  gobernaba  el  pais  pidió  al  cabildo  de  Santiago 
que  formase  una  relación  de  los  sucesos  de  Chile  hasta  la 
malograda  revolución  deFigueroa,  para  rectificar  las  noti- 
cias que  acerca  de  este  suceso  pubHcaba  una  gaceta  de 
Buenos  Aires.  Mas  tarde,  a  principios  de  1813,  cuando  el 
ejército  insurjente  salió  por  primera  vez  a  campaña  contra 
las  fuerzas  invasoras  que  mandaba  el  brigadier  Pareja,  el 
gobierno  anunció  que  en  poco  tiempo  mas  haría  escribir  i 


*  Publicado    en    la    Revista  de    Ciencias  i  Letras,  (Santiago, 
1857),  t.  I,  pájs.  565.58X 

Nota  del  compilador. 


374  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

publicar  una  memoria  histórica  de  aquella  guerra,  para 
inmortalizar  las  proezas  i  hazañas  de  los  militares  chile- 
nos. Casi  parece  escusado  decir  que  estas  dos  obras  queda- 
ron en  proj^ecto. 

Posteriormente,  en  1818,  cuando  nuestra  independencia 
estaba  perfectamente  asegurada  por  las  victorias  de  Cha- 
cabuco  i  Maipo,  el  director  supremo  O'Higgins  encargó  al 
doctor  don  Bernardo  Monteagudo  que  formase  una  histo- 
ria militar  de  nuestra  revolución.  El  comisionado  comenzó 
a  trabajar  en  esta  obra:  consultó  los  recuerdos  de  la  ma- 
yor parte  de  los  oficiales  que  habían  hecho  las  campañas 
de  1813  i  1814,  i  recojió  abundantes  notas  i  apuntes  para 
dar  principio  a  los  trabajos  de  redacción;  pero  sus  otras 
ocupaciones  no  le  permitieron  hacer  nada  en  este  particu- 
lar. Pyn  1820  salió  para  el  Perú  con  la  espedicion  libertado- 
ra, i  ya  no  volvió  a  pensar  mas  en  la  proyectada  historia 
militar  de  Chile. 

El  doctor  don  Juan  Egaña  tomó  entonces  a  su  cargo  esta 
tarea.  Reunió  gran  número  de  documentos  públicos  i  pri- 
vados, recojió  los  partes  oficiales  de  las  batallas,  las  actas 
de  las  sesiones  celebradas  por  varios  cuerpos,  voluminosos 
espedientes  relativos  a  varios  sucesos,  e  infinitos  papeles  de 
todo  jénero,  i  comenzó  entonces  su  trabajo.  Para  esto  for- 
mó una  especie  de  índice  de  los  sucesos  mas  importantes  a 
los  cuales  agregaba  las  mas  veces  la  fecha  del  dia,  mes  i 
año  en  que  ocurrieron,  como  por  via  de  esfemérides;  pero  su 
trabajo  quedó  reducido  a  este  descarnado  esqueleto.  Las 
copias  de  estas  efemérides  que  se  conservan  hasta  hoi  dia 
llevan  por  título:  Épocas  i  hechos  memorables  de  Chile. 

En  las  peripecias  de  aquella  lucha,  cuando  los  vencidos 
estuvieron  en  el  poder,  trataron  también  de  escribir  la  his- 
toria de  sus  triunfos.  Confiaron  este  encargo  a  un  padre 
misionero  español,  hombre  de  luces  i  de  talento  que  liabia 
comprendido  mui  bien  el  movimiento  de  la  revolución  de 
Chile,  i  que  pudo  esplicarlo  con  bastante  claridad  i  exacti- 
tud. Este  artículo  está  destinado  a  juzgar  aquella  obra  i  a 
dar  a  conocer  la  vida  de  su  autor. 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTIN  KZ  375 

El  padre  frai  Melchor  Alartínez,  así  se  llamaba  éste,  na- 
<;ió  ea  Monteagudo,  pequeño  pueblo  de  la  provincia  de 
Burgos,  por  los  años  de  1762.  Desde  mui  joven  tomó  el 
hábito  de  recoleto  franciscano  para  recibir  las  órdenes  sa- 
cerdotales, e  hizo  muí  buenos  estudios  de  teolojía  i  cáno- 
nes, a  fin  de  prepararse  con  sólidos  conocimientos  para 
predicar  el  evanjelio.  En  aquella  época,  las  misiones  de 
América  que  habian  corrido  a  cargo  de  los  jesuitas  hasta 
la  espulsion  de  la  Compañía  de  los  dominios  del  monarca 
español,  estaban  confiadas  a  la  orden  en  que  se  habia  en- 
rolado frai  Melchor.  Con  este  motivo,  le  cupo  a  éste  pasar 
a  Chile,  a  prestar  sus  servicios  en  el  convento  de  Chillan,  o 
en  el  Colejio  de  propaganda  ñde,  como  entonces  se  le 
llamaba. 

Era  todavía  novicio  al  llegar  a  aquel  pueblo.  Allí  reci- 
bió las  últimas  órdenes  sacerdotales  cuando  apenas 
cumplia  veinte  i  cuatro  años,  e  inmediatamente  entró  en 
el  territorio  araucano  para  comenzar  la  predicación  evan- 
jélica.  Los  misioneros  franciscanos  tenian  la  obligación  de 
cumplir  este  sagrado  ministerio  durante  cierto  número  de 
años;  pero  casualmente,  a  fines  del  siglo  XVIII  las  gue- 
rras en  que  estuvo  envuelta  la  España  no  permitian  el 
libre  tráfico  de  los  mares,  i  ponian  mil  traba  si  dificultades 
al  viaje  de  los  misioneros  encargados  de  predicar  en  la 
Araucanía,  obligando  por  tanto  a  aquellos  que  residian 
en  Chile  a  permanecer  entre  los  indios  mas  tiempo  del  que 
lesimponiael  reglamento  de  su  orden.  Por  esta  circuns- 
tancia, el  padre  Martínez  se  vio  precisado  a  servir  estas 
misiones  diez  i  nueve  años  consecutivos,  durante  los  cuales 
no  solo  conoció  perfectamente  todos  los  usos  i  costumbres 
de  los  indios,  i  aprendió  la  lengua  araucana,  sino  que  pasó 
largas  temporadas  "entre  estos  salvajes,  los  mas  bárbaros 
que  se  conocen,  como  él  mismo  decia,  sin  hablar  ni  tratar, 
comunmente  mas  que  con  ellos  i  en  su  idioma".  En  la 
misma  pieza  de  que  tomo  estas  palabras,  declaraba  que 
poseia  un  "conocimiento  práctico  i  esperimental  sobre  los 
indios  de  Chile,   sobre  sus  tierras,  costumbres  o  cuales- 


376  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

quiera  otras  particularidades,  adquirido  en  diez  i  nueve^ 
años  continuos  empleados  en  la  conversión  i  civilización 
de  dichos  indios,  con  residencia  continua  entre  ellos,  inteli- 
jencia  i  uso  de  su  idioma,  estudio  i  observación  particular 
en  cuyo  tiempo  he  residido  i  recorrido  muchas  veces  casi 
todo  el  país  de  estos  bárbaros,  conocido  i  tratado  casi 
todos  sus  principales  caciques,  i  observado  todas  sus  cos- 
tumbres e  inclinaciones". 

En  el  desempeño  de  su  cargo,  el  padre  Martínez  mani- 
festó mucho  celo  i  una  enerjía  superior  a  todo  elojio.  Mas- 
de  una  vez  puso  en  peligro  su  vida  para  calmar  la  ira  de 
algún  cacique;  i  por  los  medios  de  la  conciliación  i  de  la. 
dulzura  consiguió  evitar  funestísimos  males.  Para  predi- 
car el  evanjelio  entre  los  araucanos,  no  perdonaba  trabaja 
ni  sacrificio  de  ninguna  especie;  recorria  vastas  estensiones 
de  territorio,  visitaba  a  los  caciques  mas  influventes  de 
Arauco,  i  trataba  por  todos  medios  de  estirpar  los  abusos 
mas  arraigados  entre  aquellos  bárbaros  por  la  ignorancia 
i  la  idolatría.  Su  robustez  le  permitió  trabajar  ardorosa- 
mente en  esta  santa  obra  por  mas  de  diez  i  ocho  años  con- 
secutivos, sin  descanso  alguno;  pero  al  cabo  de  este  tiempo, 
su  salud  de  fierro  comenzó  a  abandonarlo.  La  vida  ajitada 
que  habia  llevado,  la  falta  de  toda  comodidad,  i  su  perma- 
nencia en  un  clima  húmedo  i  destemplado,  durmiendo  de 
ordinario  sobre  la  tierra  i  al  aire  libre,  le  acarrearon  un 
fuerte  reumatismo  en  una  pierna,  que  lo  tuvo  gravemente 
enfermo  durante  tres  meses.  Entonces  no  mas  se  o^^eron 
sus  instancias  para  que  se  le  separara  del  servicio  activo. 
En  1805  fué  llamado  a  Chillan  por  el  padre  superior  de  la 
orden,  i  de  allí  pasó  a  Santiago  antes  de  concluirse  aquel 
año. 

Frai  Melchor  venia  buscando  una  colocación  mas  tran- 
quila que  le  permitiera  pasar  los  últimos  dias  de  su  vida 
en  una  modesta  comodidad,  lejos  de  los  azares  i  fatigas  de 
las  misiones.  Felizmente,  encontró  esta  colocación  en  el 
convento  de  su  orden  de  la  capital.  Proponíase  hacer  allí 
algunos  trabajos  sobre  la  lengua  araucana,  i  correjir  i  au-^ 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  377 

mentar  la  gramática  i  el  diccionario  que  medio  siglo  antes 
habia  publicado  en  Lima  el  padre  jesuíta  Andrés  Pebres; 
pero  antes  de  dar  principio  a  esta  tarea  se  encontró  dete- 
nido por  el  presidente  de  Chile  don  Luis  Muñoz  de  Guzraan 
que  le  pedia  con  urjencia  un  informe  o  memoria  sobre  un 
punto  importante  del  servicio  público. 

Seguíase  desde  1793  un  espediente  sobre  establecer  mi- 
siones viajeras  o  transeúntes  en  la  Araucanía  para  bauti- 
zar a  los  niños  indios  que  nacen  i  se  crian  sin  este  sacra- 
mento por  falta  de  misiones,  como  crian  algunas  personas 
de  aquel  tiempo.  El  presidente  don  Ambrosio  O'Higgins 
habia  acojido  mui  bien  esta  idea,  pensando  tal  vez  que 
aquellas  misiones  podian  tener  un  importante  influjo  para 
promover  la  civilización  de  los  araucanos.  Los  padres  que 
recorriesen  este  territorio  podrían  quizá  suavizar  las  cos- 
tumbres de  aquellos  bárbaros;  correjir  ciertos  abusos  i 
desterrar  sus  vicios  mas  execrables.  De  la  misma  opinión 
de  O'Higgins  eran  algunos  padres  misioneros  i  aun  los  mas 
ilustrados  jefes  de  la  guarnición  fronteriza;  pero  el  superior 
del  colejio  de  Chillan,  el  padre  Delgado,  el  obispo  de  Con- 
cepción don  Francisco  de  Borja  Maran  i  su  promotor  fiscal 
se  oponian  a  este  dictamen  fundados  en  las  disposiciones 
de  un  breve  pontificio,  i  considerando  enteramente  inútil  la 
nueva  institución.  Según  ellos,  las  misiones  transeúntes 
servirían  para  bautizar  a  algunos  niños;  pero  esto  iba  solo 
a  desprestijiar  el  sacramento  entre  los  araucanos,  puesto 
que  esos  niños  no  hablan  de  profesar  mas  tarde  el  cristia- 
nismo. 

El  presidente  Muñoz  de  Guzman  trataba  de  realizar  el 
proyecto  de  O'Higgins.  Para  esto,  consultaba  el  parecer 
de  todos  los  hombres  que  tenian  conocimientos  prácticos 
acerca  de  aquellos  indios,  sus  usos  i  costumbres,  i  espera- 
ba reunir  datos  fijos  sobre  el  particular  para  proceder  con 
acierto  en  tan  delicado  asunto.  El  arribo  del  padre  Martí- 
nez a  Santiago  fué  para  el  presidente  una  oportunidad  que 
no  quiso  despreciar.  Con  fecha  de  15  de  febrero  de  1806,  le 
dirijió  una  nota  en  que  le  consultaba  su  opinión  a  este  res- 


378  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


pecto,  i  le  pedia  le  pasase  un  informe  sobre  las  ventajas  o 
inconvenientes  de  las  tales  misiones.  Al  cabo  de  tres  meses, 
el  15  de  mayo,  el  padre  Martínez  le  presentó  una  larga 
memoria  en  que  trataba  la  materia  con  ilustración  i  tino; 
i,  apoyándose  en  los  estudios  que  había  hecho  en  ciencias 
sagradas  i  en  la  esperiencia  que  habia  recojido  en  las  mi- 
siones, acababa  por  manifestar  su  opinión  en  favor  del  in- 
dicado proyecto.  Con  todo  el  respeto  debido,  refutaba  los 
argumentos  en  que  se.habian  apoyado  el  obispo  Maran, 
su  promotor  fiscal  i  el  padre  Delgado,  fundándose  en  las 
doctrinas  de  San  Pablo,  en  la  sagradas  escrituras  i  en  al- 
gunos santos  padres. 

Pero  la  memoria  del  padre  Martínez  tiene  un  interés  mas 
importante  e  inmediato  para  el  historiador,  el  filósofo  i  el 
estadista.  Sus  pajinas  están  llenas  de  curiosísimas  noticias 
acerca  de  los  araucanos,  sus  costumbres,  sus  creencias  re- 
lijiosas,  sus  estravagantes  preocupaciones  i  hasta  acerca 
de  su  organización  social.  Refiere  infinitas  anécdotas  ilus- 
trativas, debate  varios  puntos  importantes  i  manifiesta 
claramente  que  aquellos  indios  son  mucho  mas  salvajes 
de  lo  que  jeneralmente  se  creia.  De  la  lectura  de  esa  intere- 
sante pieza,  se  sacaen  limpio  que  el  abate  Molina,  al  tratar 
de  aquellos  bárbaros  en  su  "Compendio  de  la  historia  civil 
de  Chile",  hizo  un  retrato  hasta  cierto  punto  fantástico,  les 
atribuyó  una  metódica  organización  social  que  no  tienen, 
i  bosquejó  un  cuadro  mas  lisonjero  i  agradable  que  verídi- 
co. Locura  seria  pretender  tachar  el  testimonio  del  padre 
Martínez  en  este  particular,  cuando  habla  el  lenguaje  de 
la  verdad  i  de  la  convicción,  i  se  apoya  en  su  propia  espe- 
riencia. Es  verdaderamente  digno  de  lamentarse  que  esta 
interesante  pieza  haya  corrido  la  suerte  de  muchos  otros 
documentos  preciosos  sobre  la  historia  nacional,  i  que  has. 
ta  hoi  se  conserve  inédito  cubierto  por  el  polvo  de  las  bi, 
bliotecas. 

Desde  entonces,  el  padre  Martínez  fijó  su  residencia  en 
Santiago.  Solo  en  1809  pasó,  en  calidad  de  capellán,  a  la 
hacienda  de  Bucalemu;  pero  venia  con  frecuencia  a  la  capi- 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  379 

tal,  i  se  hospedaba  en  el  convento  de  los  relijiosos  de  su 
orden.  De  este  modo,  él  pudo  ser  testigo  presencial  de  to- 
das las  ocurrencias  de  los  primeras  tiempos  de  nuestra  re- 
volución, i  observar  paso  a  paso  el  movimiento  que  se  de- 
sarrollaba delante  de  sus  ojos.  Como  hombre  que  veia  a 
dónde  irian  a  parar  los  cambios  gubernativos  i  las  refor- 
mas de  sus  primeros  años,  el  padre  Martínez,  español  de 
nacimiento,  leal  i  exaltado  partidario  del  sistema  monár- 
quico,, se  declaró  desde  luego  en  enemigo  decidido  del  mo- 
vimiento revolucionario.  Al  ver  comprometido  de  este  modo 
su  causa,  él  seguía  con  el  mas  vivo  interés  todas  sus  peri- 
pecias, trataba  de  imponerse  de  todo  i  fijaba  su  atención 
en  cada  avance  délos  caudillos  insurjentes.  Entonces,  cuan- 
do se  convertía  el  pulpito  en  tribuna  política,  el  antiguo 
predicador  de  las  misiones  de  Arauco  concurría  siempre  al 
templo  para  oír  las  nuevas  doctrinas  que  se  desarrollaban 
desde  la  sagrada  cátedra;  pero  salia  rabioso  i  colérico  de 
ordinario,  protestando  contra  las  opiniones  vertidas  como 
altamente  subersivas.  En  los  años  posteriores  recordaba 
distintamente  todos  estos  sermones,  i  uno  predicado  en  la 
catedral  el  18  de  setiembre  de  1811,  en  que  se  comparaba 
a  Chile  con  el  pueblo  israelita,  salvado  de  la  tiranía  de  Fa- 
raón, le  traia  a  la  memoria  el  gran  disgusto  que  esperi- 
mentó  al  oírlo.  "Queriendo  algunos  insurjentes  que  salian 
de  la  iglesia  conocer  mi  sentir  acerca  de  lo  espuesto,  escribía 
en  1815,  me  interrogaron  de  la  calidad  del  sermón,  a  que 
respondí  con  indignación,  que  no  solo  el  ministerio,  la  reli- 
jion  i  la  casa  de  Dios  quedaban  profanados,  sino  a  mas  la 
plaza,  si  se  dijera  en  ella  quedaría  profanada.  Intentaron 
contenerme  por  temor;  pero  no  me  hallaba  entonces  en  cir- 
cunstancia de  temer". 

Fácil  es  inferir  cuanto  sufriría  en  aquel  tiempo  un  hom- 
bre de  las  exaltadas  ideas  del  padre  Martínez.  Si  bien  él  no 
quería  tomar  parte  alguna  en  los  proyectos  contra— revo- 
lucionarios que  entonces  preocupaban  a  muchos  españoles 
residentes  en  Chile,  i  sí  se  guardaba  bien  de  ostentar  en  pú- 
'blico  sus  opiniones;  su  fidelidad  a  la  causa  de   España  no 


380  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

podía  pasar  desapercibida.  Mas  de  una  vez,  algunas  parti- 
das de  jóvenes  alborotadores  que  se  habian  enrolado  en 
las  filas  de  los  revolucionarios,  hicieron  burla  i  escarnio  de 
su  persona  al  encontrarlo  por  las  calles.  ''Mas  de  dos  ve- 
ces, escribía  tambioi  en  1815,  detuvieron  en  las  calles  pú- 
blicas al  escritor  tropas  de  facciosos,  sin  mas  motivos  que 
verlo  con  la  compostura  i  seriedad  propias  de  su  estado,  i 
lo  oblicuaron  a  gritar  Viva  la  patria.!^'' 

La  reconquista  de  Chile,  efectuada  en  octubre  de  1814^ 
por  las  armas  realistas  bajo  el  mando  de  Osorio,  fué  un 
suceso  que  el  padre  Martínez  celebró  grandemente.  Cuan- 
do entró  a  Santiago  el  jeneral  español,  se  apresuró  a  pre- 
sentarse en  el  palacio  a  visitar  al  vencedor  de  Rancagua 
i  a  felicitarlo  por  sus  triunfos  que  venian  a  restablecer  el 
antiguo  orden  de  cosas;  i  Osorio,  que  tenia  algunas  noti- 
cias sobre  su  carácter,  ilustración  i  esperiencia,  le  preguntó- 
qué  pensaba  acerca  de  la  situación  de  Chile  i  del  modo  de 
gobernarlo  para  arrancar  de  raiz  el  espíritu  de  insurrec- 
ción que  tanto  había  cundido  en  este  país.  "Señor,  le  dijp 
el  padre  Martínez,  reúna  V.  E.  los  soldados  que  acaba  de 
conducir  a  la  victoria,  i  pase  las  cordilleras  en  busca  de  los 
iiltimos  restos  del  enemigo.  Los  facciosos  se  repondrán  de 
sus  quebrantos;  i  la  inacción  de  las  tropas  vencedoras  pue-  ■ 
de  costamos  muí  caro."  El  improvisado  consejero  del  pre- 
sidente Osorio,  presentía  entonces  la  invasión  que  efectua- 
ron los  insurjentes  de  1817. 

Pero  Osorio  no  era  el  hombre  aparente  para  acometer 
tamaña  empresa.  Quedóse  en  Santiago  persiguiendo  a  los 
patriotas  que  no  habían  emigrado  al  otro  lado  de  los  An- 
des, i  cimentando  el  gobierno  de  Chile  según  las  instruc- 
ciones que  le  daban  el  vírrei  del  Perú  i  los  ministros  del  rei 
de  España.  En  abril  de  1815  recibió  una  real  orden  de  31 
de  julio  del  año  anterior  trasmitida  por  el  ministro  univer- 
sal de  Indias  Lardízábal,  en  la  cual  se  le  mandaba  que  hi- 
ciese formar  una  relación  histórica  de  los  sucesos  de  la  re- 
volución de  Chile.  "Siendo  conveniente  por  muchos  respec- 
tos, decía  aquella  pieza,   saber  el  verdadero   oríjen  de  los- 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  381 

alborotos  que  se  han  esperimentado  i  todavía  se  esperi- 
mentan  en  algunas  de  esas  provincias;  i  que  consten  en  lo 
venidero  de  un  modo  auténtico  los  fines,  ajentes  i  medios 
<iOn  que  se  sostuvieron  i  jeneralizaron,  i  también  aquellos 
que  contribuyeron  a  minorarlos  o  estinguirlos  de  manera 
que  el  todo  de  su  narración  sirva  en  lo  sucesivo  de  una  útil 
advertencia  para  evitar  la  renovación  de  tan  terribles  ma- 
les; quiere  el  reí  ?Jue  V.  S.  encargue  inmediatamente  a  uno, 
o  mas  sujetos  de  conocida  literatura,  sagacidad,  madurez 
i  criterio,  el  escribir  en  estilo  sencillo  i  correcto,  unas  me- 
morias en  que  se  describan  imparcialmente  i  con  toda  ver- 
dad, bajo  el  método,  orden  i  división  que  mejor  les  parecie- 
re, cuantos  sucesos  de  esta  especie  han  sobrevenido  en  esos 
paises  del  distrito  de  su  mando  desde  la  ausencia  i  cautivi- 
dad de  S.  M.;  las  causas  que  los  han  ocasionado;  carácter 
€  instrucción  de  las  perspnas  que  surjieron  i  figuraron  en 
los  mismos  alborotos;  objetos  que  se  propusieron  en  ellos; 
medidas  que  se  adoptaron  para  frustrar  sus  designios;  qué 
ausilios  i  ayuda  recibieron  esterior  e  interiormente;  qué 
ligas  o  pactos  formaron,  o  intentaron  formar  con  otras 
provincias  de  la  monarquía  o  de  reinos  estraños;  con  todo 
lo  demás  que  fuere  del  caso,  i  conviniere  para  ilustrar  la 
materia  i  dar  una  completa  i  exacta  noticia  de  las  ocurren- 
cias militares  i  políticas  que  ha  habido  ea  el  largo  curso  de 
tan  desgraciados  acontecimientos;  procurando  también 
acompañar  los  planos  i  documentos  orijinales  que  sea  po- 
sible adquirir  a  costa  de  la  maj^or  solicitud  i  dilijencia  para 
comprobar  los  hechos,  i  convencer  plenamente  de  su  reali- 
dad, i  desvanecer  las  dudas  i  falsedades  que  por  la  diversi- 
dad de  opiniones  e  intereses  particulares  se  suscitaran  pro- 
bablemente en  otros  escritos  en  que  se  tratará  talvez  con 
siniestro  empeño  de  desfigurar  en  todo  o  en  parte,  lo  que  se 
dijere  sobre  estos  asuntos.  Lo  participo  a  V.  S.  de  real 
orden  para  su  puntual  cumplimiento,  en  la  intelijencia  de 
que  es  la  voluntad  de  S.  M.  que  V.  S.  proporcione  cuantos 
socorros  i  ausilios  estén  a  sus  alcances,  a  las  personas  que 
se  ocupan  en  este  trabajo;  cuidando  de  remitirse  las  memo- 


382  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

rías  i  documentos  orijinales,  luego  que  se  concluyan  i  hayan 
terminado  los  disturbios,  i  después  un  duplicado  en  que 
estén  testimoniados  en  debida  forma  estos  mismos  docu- 
mentos; quedando  ademas  un  triplicado  de  todos  estos  pa- 
peles, también  testimoniados,  en  la  secretaría  de  ese  go- 
bierno para  la  debida  constancia." 

El  presidente  meditó  largo  tiempo  antes  de  resolverse  sl 
confiar  a  persona  alguna  la  redacción  detesta  memoria. 
Solo  después  de  un  mes,  cuando  se  hubo  consultado  con  los 
hombres  de  mas  ilustración  que  poseia  el  pais,  el  23  de~ 
mayo,  encargó  esta  obra  al  padre  frai  Melchor  Martínez. 
^'Informado  de  la  capacidad  de  U.  P.,  decia  la  nota  que  le 
pasó  con  este  motivo,  he  resuelto  encargarle  esta  obra, 
para  cuya  ejecución  le  proporcionaré  todos  los  ausilios  que 
requiera:  entre  ellos  serán  de  la  mayor  importancia  la  co- 
lección de  los  mejores  materiales  impresos  i  manuscritos  de 
actas  o  diarios,  i  relaciones  que  haya  en  el  gobierno.  U.  P. 
podrá  recojer  los  demás  conducentes  que  se  encuentran  de 
particulares  en  esta  capital,  i  entablará  correspondencias 
para  las  provincias  distantes.  Si  fuere  conveniente  dismi- 
nuir el  trabajo  para  la  mayor  prontitud,  tomará  ausiliares- 
de  su  satisfacción,  sin  perjuicio  de  las  uniformidades  del 
plan,  método  i  demás  calidades  que  constituyen  la  perfec- 
ción de  semejantes  trabajos.  Para  asegurar  esta,  he  nom- 
brado de  consultores  al  Iltmo.  señor  obispo  doctor  don  Jo- 
sé Santiago  Rodríguez,  i  a  los  señores  doctor  don  José  Joa- 
quín Rodríguez  i  don  Judas  Tadeo  de  Reyes,  asesor  i 
secretario  de  esta  presidencia,  por  sus  luces,  esperiencia  de 
los  sucesos,  i  vasta  intelijencia  de  las  materias,  a  quienes- 
consultará  U.  P.  el  prospecto  de  la  obra  i  las  dificultades 
que  se  le  ofrezcan  en  su  continuación:  propondrá  las  asig- 
naciones que  necesite  para  gratificación  de  ausiliares, escri- 
bientes, gastos  de  escritorio,  i  para  su  personal  subsisten- 
cia, sin  distraerse  al  servicio  de  capellanías  o  cualquiera 
otro  que  impida  dedicarse  totalmente  a  esta  ocupación:: 
a  ella  coadyuvará  el  reverieníjo  padre  provincial,  dando  a 
U.  P.  su  licencia,  dispensg,  j  QQmoáiáaáQS  que  consistan  en 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  383 

SUS  facultades,  i  ofrezca  el  convento  como  se  lo  encargo;  i 
de  este  modo  espero  el  mejor  desempeño  de  tan  importan- 
te obra,  cuyo  premio  le  dispensará  S.  M.  a  proporción  de 
su  mérito." 

El  padre  Martínez  carecía  en  aquella  época  de  títulos  pa- 
ra hacerse  merecedor  de  tamaña  consideración.  Hasta  en- 
tonces solo  había  escrito  una  corta  memoria  sobre  las  mi- 
siones de  la  Araucanía,  de  que  he  hablado  mas  arriba;  i  aun 
cuando  éste  sea  un  trabajo  mui  apreciable  bajo  cierto  pun- 
to de  vista,  dista  mucho  de  constituir  la  reputación  de  un 
escritor.  En  esa  misma  memoria  pedia  que  se  disimulasen 
los  defectos  de  estilo,  impropiedad  de  espresiones  i  otros 
fáciles  de  notar,  ''atendiendo,  dice,  a  que  la  flor  de  mi  vida 
desde  veinte  i  cuatro  años  hasta  cuarenta  i  tres  la  he  ocu- 
pado entre  estos  salvajes,  los  mas  bárbaros  que  se  conocen, 
sin  hablar  ni  tratar  comunmente  mas  que  con  ellos  i  en  su 
idioma".  Esto  mismo  probará  cuan  grande  era  la  escasez 
de  hombres  aptos  que  habia  entonces  en  Chile. 

La  elección  de  Osorio  era,  sin  embargo,  mui  acertada 
bajo  otros  puntos.  El  padre  Martínez  era  un  hombre  ob- 
servador que  habia  comprendido  mui  bien  el  movimiento 
revolucionario  que  se  desarrolló  delante  de  sus  ojos,  las 
tendencias  de  los  bandos  políticos  i  el  carácter  de  sus  cau- 
dillos, i  que  poseia  una  singular  laboriosidad  i  un  espíritu 
de  investigación  digno  de  un  historiador.  Inmediatamente, 
comenzó  a  reunir  sus  recuerdos,  consultó  los  de  los  hom- 
bres que  mas  hablan  figurado  en  aquella  época,  obtuvo  li- 
cencia para  rejistrar  todos  los  documentos,  i  encargó  a 
Osorio  que  pidiese  al  Perú  todos  los  que  allí  se  encontra- 
sen. Cuando  ya  hubo  reunido  una  inmensa  masa  de  apun- 
tes i  piezas  oficiales,  dio  principio  a  los  trabajos  de  coordi- 
nación, por  medio  de  una  redacción  sencilla  que  pensaba 
retocar  mas  tarde. 

Entonces  vino  a  palpar  una  nueva  dificultad.  La  comi- 
sión revisora  nombrada  por  Osorio  era  compuesta  de  chi- 
lenos, los  cuales  debian  tener  cierta  afección  por  algunos  de 
los  caudillos  revolucionarios;  i  temió  que  la  censura  de  es- 


384  ESTUDIOS    HÍSTÓRICO-EIBLIOGRÁFICOS 

tos  pudiese  hacerse  pública,  i  comprometerlo  personalmen- 
te delante  de  una  parte  quizá  mui  considerable  de  las  fami- 
lias que  componian  la  sociedad  chilena.  Este  pais,  ademas, 
estaba  todavía  espuesto  a  nuevas  conmociones,  de  modo 
que  habia  otros  motivos  que  bajo  este  aspecto  embaraza- 
ban al  escritor  que  no  tuviese  toda  la  valentía  necesaria 
para  esponer  francamente  sus  convicciones.  Al  cabo  de  po- 
cos meses,  el  padre  Martínez  habia  avanzado  mucho  en  es- 
te trabajo;  pero  entonces  se  penetró  de  que  ni  el  tiempo  ni 
el  lugar  en  que  escribia  eran  los  mas  aparentes  para  trazar 
una  historia  con  toda  independencia.  Con  fecha  de  11  de 
diciembre  de  1815,  dirijió  ui.a  solicitud  al  presidente  Oso- 
rio,  a  fin  de  que  pidiera  al  rei  el  permiso  para  volver  a  Es- 
paña, en  donde  podria  concluir  la  memoria  histórica  de 
una  manera  conveniente. 

Para  obtener  este  permiso  se  necesitaba  remitir  a  la  me- 
trópoli algunos  documentos  que  probasen  que  el  solicitan- 
te habia  servido  en  las  misiones  de  la  Araucanía  el  tiempo 
prescrito  por  los  reglamentos  del  caso;  i  aun  así  era  nece- 
sario que  el  monarca  o  sus  ministros  mirasen  con  interés 
esta  solicitud  para  que  despachasen  prontamente  la  licen- 
cia. Todo  esto  exijia  tiempo;  pero  antes  que  pudiese  lle- 
gar la  licencia,  nuevas  ocurrencias  vinieron  a  distraer  al 
historiador  i  a  preocuparlo  con  otros  afanes  de  mui  diver- 
so jénero. 

En  los  últimos  dias  de  1815  llegó  a  Chile  el  mariscal  de 
campo  don  Francisco  Marcó  del  Pont,  nombrado  sucesor 
de  Osorio  en  el  mando  de  la  capitanía  jeneral.  Desde  luego 
llamó  a  su  lado  al  padre  Martínez  en  calidad  de  miembro 
de  una  camarilla  de  consejeros  de  que  se  rodeaba.  A  ellos 
consultaba  Marcó  sobre  los  planes  de  gobierno  i  las  medi- 
das militares  que  debia  tomar  contra  los  amagos  de  una 
invasión  capitaneada  por  San  Martin.  El  padre  Martínez 
habló  en  esas  reuniones  de  atacar  a  los  insurjentes  de  Men- 
doza antes  que  ellos  invadiesen  a  Chile,  i  trató  de  persua- 
dir al  presidente  a  que  adoptase  este  partido  como  el  único 
que  podia  salvar  a  este  pais  de  ser  nuevamente  presa  de  la 


EL    PADRE  FRAI  3IELCH0R  MARTÍNEZ  385 


revolución  i  el  trastorno.  Marcó,  inmensamente  mas  inep- 
to que  su  antecesor,  no  se  atrevió  a  dar  paso  alguno  a  este 
respecto,  se  dejó  engañar  por  las  astucias  de  San  Martin  i 
de  sus  ajentes,  i  no  pudo  defender  el  territorio  chileno  de  la 
anunciada  invasión. 

En  aquella  época  llegaban  dia  a  dia  al  palacio  del  presi- 
dente mui  variadas  noticias  acerca  de  los  aprestos  que 
San  Martin  hacia  en  Mendoza.  Este  mismo  hacia  llegar  a 
«US  oidos  los  avisos  mas  estravagantes  i  contradictorios 
para  mantenerlo  en  continua  alarma,  i  acabar  por  confun- 
dirlo. En  octubre  de  1816,  se  anunció  de  un  modo  positivo 
que  el  jefe  insurjente  habia  celebrado  un  parlamento  con 
los  indios  pehuenches  que  habitan  los  campos  del  sur  de 
Mendoza,  para  pedirles  el  permiso  de  pasar  por  sus  tierras, 
porque  pensaba  invadir  a  Chile  por  aquel  punto.  Decíase, 
ademas,  que  San  Martin  tenia  hechos  todos  los  aprestos 
necesarios  para  acometer  esta  empresa  i  pasar  por  el  rio 
Diamante,  que  corre  por  aquellos  campos,  i  que  trataba 
de  avenirse  con  los  indios  araucanos  a  fin  de  aliarse  con 
ellos. 

inmediatamente,  Marcó  se  propuso  entrar  en  comuni- 
caciones con  los  pehuenches  para  descubrir  la  verdad  de 
estos  anuncios,  i  tomar  las  precauciones  necesarias.  Para 
esto,  encargó  al  padre  Martínez,  como  hombre  sagaz  i  co- 
nocedor del  carácter  de  aquellos  salvajes,  que  fuese  a  si- 
tuarse a  Curicó,  i  que  desde  allí  entablase  comunicaciones 
con  los  indios  del  otro  lado  de  la  cordillera.  "Se  anuncia, 
decia  Marcó  a  sus  subalternos  que  mandaban  en  el  terri- 
torio comprendido  entre  los  rios  Rapel  i  Maule,  que  el 
gobierno  de  Mendoza  por  medio  de  los  indios  de  su  fronte- 
ra inmediata,  i  Maulahue  intenta  confederar  a  las  demás 
reducciones  de  pehuenches  i  de  los  butalmapus  de  la  Con- 
cepción, i  que  queria  intenten  otras  escursiones  por  aquella 
parte,  mediante  haber  apostado  preparativos  de  puentes 
al  rio  Diamante.  Para  eludir  estos  designios,  es  necesario 
redoblar  nuestras  intelijencias  con  los  indios,  asegurando 
la  adhesión  de  los  de  nuestra  frontera,  i  atrayendo  a  los  de 
TOMO  X  25 


386  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Mendoza;  esta  debe  ser  obra  de  la  sagacidad  i  conocimien- 
tos personales  para  la  buena  elección  de  emisarios,  movi- 
miento de  todos  los  resortes  conducentes  con  el  mayor 
sijilo,  i  adecuadas  precauciones,  esforzando  con  agasajos  a 
los  caciques  e  indios  de  mas  influencia  en  susaillegues  i  mas 
propios  para  difundir  entre  ellos  el  concepto  ventajoso  de 
nuestras  fuerzas,  justicia  de  la  causa  i  mayores  convenien- 
cias para  ellos  que  deben  esperar  de  nuestra  amistad  i 
servicio,  antes  que  los  insurjentes  que  luego  desaparecerán 
i  sufrirán  mil  daños  de  la  venganza  que  tomará  contra 
ellos  el  gobierno  de  Chile:  de  la  dirección  de  este  plan,  va 
enccirgrido  el  relijioso  misionero  frai  Melchor  Alartínez,  que 
posee  el  .-"mor  de  los  indios,  noticia  de  la  tierra  i  prudencia 
para  la  mejor  combinación  de  circunstancias.  En  su  con- 
secuencia, le  he  comisionado  con  este  objeto,  dándole  mis 
instrucciones:  óig^das  Ud.  i  ponga  en  planta  lo  que  mutua- 
mente a<-ordaren,  conviniendo  las  operaciones  con  los 
demás  comandantes  inmediatos  del  paralelo  de  la  banda 
oriental  enemiga  de  la  cordillera,  i  déme  continuos  partes 
de  lo  fjue  sobre  esta  importa.ncia  se  fuere  adelantando". 

Do  nada  le  sirvieron  en  esta  vez  al  padre  Martínez  su 
natural  sagacidad  i  el  conocimiento  del  carácter  de  los 
indios  con  quienes  tenia  que  tratar.  El  jefe  enemigo  era 
sobrado  hábil  i  astuto  para  tranuir  una  intriga  con  todo 
el  pulso  posible.  Habia  tenido,  en  realidad,  una  larga  con- 
ferencia con  los  caciques  pehuenclics,  en  que  les  anunció 
que  pensaba  invadir  a  Chile  por  su  propio  territorio  si 
ellos  le  conccdian  el  permiso,  i  los  habia  engañado  perfec- 
tamente a  este  respecto.  Inútil  fué  que  el  padre  Martínez 
se  diese  todo  jénero  de  trazas  para  descubrir  los  proyectos 
del  astuto  jeneral  insurjente:  desde  Curicó  remitió  varios 
espías  para  arrancar  la  verdad  a  los  indios  pehuenches; 
pero  todo  sus  esfuerzos  fueron  estériles  i  vanos.  Ellos  se 
impusieron  por  sus  |)ropios  ojos  de  que  los  fuertes  del  sur 
de  Mendoza  estaban  mal  guarnecidos,  i  de  que  no  existían 
los  aprestos  de  puentes  para  pasar  el  rio  Diamante  de  que 
tanto  se  habia   hablado;   pero   fueron   informados  por  los 


KL,   PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  387 

mismos  indios  que  efectivamente  San  Martin  trataba  de 
invadir  a  Chile  por  aquellos  lugares.  "Mis  espías  supieron, 
éscribia  el  padre  Martínez  el  19  de  noviembre  en  Curicó, 
que  la  espedicion  que  debe  venir  a  Chile  está  dispuesta 
para  pasar  la  cordillera  por  la  pascua  de  navidad,  i  que 
vendrá  al  mando  de  don  Bernardo  O'Higgins;  pero  que  su 
tránsito  será  por  el  boquete  de  \ntuco  paralelo  a  Concep- 
ción". Después  de  otros  trabajos  igualmente  infructuosos, 
el  padre  Martínez  díó  su  vuelta  a  Santiago  a  fínes  de 
diciembre  de  18 IG. 

En  esa  época,  la  dominación  española  en  Chllo  toca1)a  a 
su  fin.  No  es  éste  el  lugar  de  referir  el  paso  de  los  Andes  por 
el  ejército  de  San  Martin,  ni  la  batalla  de  Chacabuco,  que 
puso  término  al  gobierno  de  Alarcó;  pero  sí  es  preciso  re- 
cordar que  los  mas  fieles  partidarios  del  gobierno  espa- 
ñol 1  los  restos  del  ejército  realista  salvados  en  aquella  jor- 
nada, marcharon  en  desordenada  fuga  a  Valparaíso,  i  que 
allí  se  embarcaron  sin  orden  ni  concierto  con  rumloo  al  Ca- 
llao. Frai  Melchor  Martínez,  que  tenia  contr.jidos  muí  gra- 
ves compromisos  con  los  mandatarios  de  Chile,  signió  los 
pasos  de  los  fujitivos,  i  fué  también  a  buscar  un  asilo  en  el 
virreinato  del  Perü. 

En  Lima  residía  entonces  el  brigadier  Osorio  en  calidad 
de  comandante  jeneral  de  artillería.  A  su  lado  se  acojió  el 
padre  Martínez  i  vivió  en  su  propia  casa  hasta  que  el  virrei 
Pezuela  organizó  a  fines  de  1S17  una  nueva  espedicion  rea- 
lista destinada  a  reconquistar  a  Chile.  Como  Osorlo  de- 
bía mandar  el  ejército  espedicionario,  frai  Melchor  Mar- 
tínez tuvo  que  aceptar  el  puesto  de  capellán  militar.  Su 
buen  juicio,  su  conocimiento  práctico  del  territorio  chileno 
i  de  sus  habitantes,  i  su  acendrada  fidelidad  a  la  causa  del 
reí,  eran  cualidades  mui  importantes  que  lo  constituían  en 
un  útilísimo  consejero. 

El  padre  Martínez  se  halló  siempre  al  lado  de  Osorio  en 
la  campaña  de  1818,  que  tocó  a  su  fin  en  la  memorable  ba- 
talla de  Maipo,  el  5  de  abril.  En  este  dia  se  encontró  en  el 
sitio  del  combate,  i  cuando  vio  que  la  suerte   de  las   armas 


388  ESTUDIOS  HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS 


se  mostraba  esquiva  con  el  ejército  realista,  él  se  ofreció  al 
jeneral  para  conducirlo  por  caminos  estraviados  i  salvarlo 
de  caer  en  mano  de  los  vencedores.  A  las  tres  de  la  tarde, 
antes  de  que  la  batalla  estuviese  completamente  perdida, 
frai  Melchor  llevó  a  Osorio  por  senderos  que  él  conocia, 
hasta  llegara  la  cuesta  de  Prado  en  el  camino  de  Valpa- 
raíso. Atravesó  esta  cuesta  i  así  que  se  hubo  hallado  al 
poniente  de  ella,  siguió  su  marcha  por  el  espacioso  valle 
del  sur  hasta  llegar  a  Melipilla,  en  donde  los  fujitivos  hicie- 
ron una  frugal  comida.  El  siguiente  día,  Osorio  se  encontró 
en  la  hacienda  de  Bucalemu,  de  donde  pudo  seguir  su  mar- 
cha hasta  Concepción,  sin  ser  mui  molestado. 

Al  padre  Martínez  le  cupo  mui  diversa  suerte.  Las  parti- 
das volantes  del  ejército  vencedor  que  se  estendieron  por 
aquellos  campos  lo  apresaron  en  la  misma  hacienda  de  Bu- 
calemu i  lo  trajeron  a  Santiago  algunos  dias  después.  Aquí 
permaneció  detenido  con  sus  compañeros  de  infortunio  has- 
ta que  en  compañía  de  ellos  también  fué  remitido  a  San 
Luis  en  calidad  de  prisionero  de  guerra.  Merced  a  la  jene- 
rosidad  de  un  compatriota  suyo,  don  Rafael  Beltran,  que 
le  dio  letras  de  crédito  para  un  comerciante  español  de 
Mendoza,  el  padre  Martínez  pudo  contar  en  el  presidio  con 
los  auxilios  necesarios  para  su  mantención. 

En  el  presidio  de  San  Luis  permaneció  frai  Melchor  hasta 
principios  de  1820,  en  compañía  de  muchos  jefes  i  oficiales 
del  ejército  realista  de  Chile.  En  esta  época,  un  vecino  de 
Mendoza,  don  Agustin  Moyano,  consiguió  permiso  para 
llevarlo  a  su  casa  de  campo,  situada  a  inmediaciones  de 
este  pueblo  en  calidad  de  capellán.  El  padre  Martínez  vi- 
vió allí  pobremente,  sin  abusar  de  la  jenerosidad  de  sus 
protectores,  i  contraído  al  cumplimiento  de  sus  deberes 
sacerdotales  i  a  la  lectura  de  los  pocos  libros  ascéticos  que 
podia  encontrar  a  la  mano.  En  este  tiempo  compuso  una 
pequeña  obrita  de  meditación  sobre  el  Padre  nuestro. 

El  padre  Martínez  vivió  en  Mendoza  algunos  años  mas. 
Allí  le  conoció,  en  1825,  el  nuncio  apostólico  Muzzi  cuando 
pasaba  a  Chile;  i  el  secretario  de  éste,  Salusti,  que  lo  trató 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  389 

con  bastante  familiaridad,  le  ha  consagrado  un  recuerdo 
en  la  relación  del  viaje.  Posteriormente,  el  padre  Martínez 
consiguió  pasar  a  Buenos  Aires  i  embarcarse  allí  para  Es- 
paña, en  donde  al  fin  vino  a  encontrar  el  descanso  que  inú- 
tilmente  buscaba  desde  tantos  años  atrás.  Establecióse 
en  Burgos,  obtuvo  el  destino  de  capellán  de  un  monasterio 
i  llevó  una  vida  modesta  i  tranquila,  aunque  no  libre  de 
los  achaques  de  su  edad  avanzada.  Las  enfermedades,  sin 
embargo,  no  le  impidieron  consagrarse  al  cultivo  de  la  li- 
teratura histórica  a  que  habla  tomado  una  verdadera  pa- 
sión. 

En  Burgos  se  ocupó  en  redactar  por  sus  recuerdos  una 
relación  de  todos  los  sucesos  de  la  revolución  chilena,  des- 
de sus  primeros  tiempos  hasta  1820.  Se  asegura  que  era 
tan  grande  el  mérito  de  esta  relación,  que,  cuando  los  mi- 
nistros de  Fernando  VII  mandaron  escribir  la  historia  de 
la  revolución  hispano-americana  en  1829,  hubo  muchos 
personas  que  indicaron  a  frai  Melchor  como  el  hombre  mas 
a  propósito  para  llevar  a  cabo  una  obra  de  esta  naturaleza; 
pero  el  antiguo  misionero  de  Araucanía  no  tenia  título» 
delante  de  los  palaciegos,  i  la  comisión  fué  confiada  a  don 
Mariano  Torrente,  hombre  laborioso  i  apasionado,  cono- 
cido vapor  otros  trabajos  literarios  i  que  gozaba  de  los 
favores  i  protección  del  ministro  Calomarde. 

Este  contraste,  con  todo,  no  lo  desalentó.  Bl  padre 
Martínez,  impedido  así  de  hacer  una  obra  que  debia  darle 
reputación  e  importancia,  trató  de  publicar  su  relación 
histórica  con  el  ausilio  i  ayuda  de  varias  personas  que 
habian  figurado  en  los  sucesos  de  Chile;  pero,  para  colmo 
de  su  desgracia,  éstos  le  negaron  la  protección  que  les  pe- 
dia i  dejaron  que  aquel  libro,  que  talvez  posee  un  gran 
mérito,  quedase  inédito.  Hasta  ahora,  solo  es  conocido 
por  lo  que  acerca  de  él  dice  el  historiador  Torrente  en 
el  prólogo  de  su  "Historia  de  la  revolución  hispano-ame- 
ricana". 

Fué  esta  la  última  decepción  que  sufrió  el  padre  Mar- 
tínez. Después  de  este  postrer  desengaño,  hastiado  por  tan- 


390  ESTUDIOS    HISTÓPaCO-BlBLlOGRÁFICOS 

to  contratiempo  i  gastado  por  la  pérdida  de  su  salud,  frai 
Melchor  murió  por  los  años  de  1840.  Su  vida  había  sido 
un  tejido  de  sufrimientos  físicos  i  morales,  en  la  cual  si  al- 
guna vez  se  dejó  ver  alguna  risueña  esperanza,  fué  solo  para 
desvanecerse  al  poco  tiempo  después. 

La  únic¿i  muestra  histórica  del  padre  Martínez  que  co- 
nozcamos, es  la  Memoria  que  com:ínzó  a  escribir  por  encar- 
go del  presidente  Osorio.  Es  esta  una  rclncion  minuciosa 
de  todos  los  sucesos  de  nuestra  revolución  desde  sus  prime- 
ros dias,  hasta  principios  de  1814,  en  que  se  encuentran 
hacinados  infinitos  hechos  con  sus  detalles  i  pormenores, 
apoyados  i  justificados  en  documentos  que  el  autor  se  pro- 
ponía intercalar  en  el  testo. 

De  la  lectura  de  esta  memoria  se  deduce  claramente  que 
todo  cuanto  conocemos  no  es  mas  que  un  borrador  que  el 
autor  pensaba  correjir  i  completar  antes  de  darlo  a  la  pren- 
sa, o  de  remitirlo  al  monarca  español,  para  quien  escribía. 
A  pesar  de  esto,  esos  simples  apuntes  revelan  el  carácter  i 
el  gusto  del  escritor,  i  dan  a  conocer  regularmente  sus  mé- 
ritos i  defectos.  De  ellos  se  infiere  que  el  padre  Martínez,  si 
bien  escribía  con  bastante  claridad,  distab  i  mucho  de  ma- 
nejar el  lenguaje  con  gracia  o  soltura,  i  que  desconocía  ab- 
solutamente el  verdadero  estilo  histórico.  En  su  memoria, 
la  narración  es  sumamente  pesada  e  indijesta:  los  heclios 
están  contados  de  ordinario  en  un  regular  orden  cronolóji- 
co,  pero  espuestos  en  tropel,  sin  detenerse  un  poco  en  los 
mas  importantes  i  casi  sin  que  le  merezcan  al  autor  mas 
pausa  i  mesura  que  los  incidentes  mas  insignificantes.  El 
malogrado  m  )tin  de  Figueroa,  por  ejemplo,  lo  ocupa  tan- 
to como  la  noticia  de  un  sermón  que  el  autor  había  oido 
predicar. 

Frai  Melchor,  en  efecto,  era  mucho  mas  pensador  que 
literato  i  escritor.  Su  relación,  tan  imperfecta  como  es,  es- 
plica  algunas  veces  los  sucesos  con  aquel  colorido  que  solo 
dan  los  testigos  presenciales,  i  revela  los  hechos  i  los  carac- 
teres con  gran  exactitud  i  verdad.  Sus  apreciaciones  son  de 
ordinario  muí  justas,  i  los  retratos  de  los  personajes,  aun- 


EL  PADRE  FRAÍ  MELCHOR  MARTÍNEZ  391 

que  severos  o  induljentes  según  fueron  amigos  o  enemigos, 
tienen  un  golpe  de  luz  que  nos  los  dan  a  conocer  casi  com- 
pletamente. En  la  lectura  de  la  memoria,  se  conoce  muí 
bien  que  su  autor  comprendia  bastante  el  movimiento  re- 
Yoluoionarioquesehabiadesarrolladoasu  vista, i  que  cono- 
cia  a  fondo  el  carácter  de  los  hombres  que  habian  figurado 
en  él.  Pero  dominado  por  la  pasión,  cegado  por  su  lealtad 
al  rei  de  España,  él  ha  llegado  a  esti'aviar  su  juicio  en  cier- 
tos puntos  mui  importantes  de  su  obra.  El  censura  amar- 
gamente a  la  revolución,  aunque  parece  convenir  en  que 
este  era  un  suceso  necesario  e  inevitable. 

En  este  sentido,  cada  una  de  sus  pajinas  es  una  diatriba 
contra  los  revolucionarios  chilenos.  Facciosos  i  perversos 
son  los  epítetos  que  les  prodiga  de  ordinario;!  descarga  so- 
bre ellos  gol[)es  de  todo  jénero.  El  autor  los  somete  a  un 
juicio  escrupuloso,  refiere  todos  sus  hechos,  i  les  censura 
también  cuanto  hicieron.  La  libertad  de  los  hijos  de  es- 
clavos que  naciesen  en  Chile,  sancionada  por  el  congreso 
en  1811,  la  libertad  de  comercio  decretada  por  la  primera 
junta  gubernativa  en  aquel  año,  la  dotación  de  párrocos  i 
mil  otras  medidas  de  indisputable  utilidad,  le  merecen  úni- 
camente las  mas  amargas  críticas.  Mientras  tanto,  los  rea- 
listas todos,  aun  aquellos  que  comprometieron  torpemente 
la  causa  del  reí  de  España,  han  alcanzado  alguna  justifica- 
ción en  su  obra. 

A  pesar  de  esto,  la  memoria  del  padre  Martínez  no  adul- 
tera los  hechos.  Su  pasión  resalta  a  los  ojos  del  observador 
menos  esperimentado,  porque  consiste  mas  en  la  forma  que 
en  el  fondo  de  la  historia.  Muchas  de  sus  apreciaciones  so- 
bre las  desavenencias  de  los  revolucionarios  chilenos  i  so- 
bre los  caudillos  de  éstos  poseen  una  exactitud  incontesta- 
ble, i  pueden  servir  de  seguro  luminar  a  los  historiadores 
futuros. 

El  padre  Martínez  trabajó  con  documentos  de  toda  es- 
pecie, i  supo  sacar  gran  provecho  de  ellos.  Su  relación,  apo- 
yada siempre  en  alguno  de  esos  documentos,  posee  bajo 
este  punto  de  vista  un  mérito  particular.   Después  de  la  de- 


392  ESTUDIOS    HISTÓRIGO-BIBLIOGEÁFICOS 

rrota  de  Ra-icagua  i  de  la  victoria  de  Chacabuco,  los  pa- 
triotas primero  i  después  los  realistas  saquearon  los  ar- 
chivos públicos  para  sustraer  todas  aquellas  piezas  que 
podian  comprometerlos  ante  los  vencedores.  Con  estas  pie- 
zas se  ha  perdido  una  rica  i  abundante  fuente  de  noticias 
históricas  que  solo  podia  reponer  un  testigo  ocular  de  los 
sucesos  a  que  ellas  se  referian;  i  esta  ha  sido  en  gran  par- 
te la  misión  del  padre  Martínez.  Con  la  ayuda  de  los 
documentos  que  quedaron  en  la  secretaría  de  gobierno  i 
en  la  de  cabildo,  él  pudo  descubrir  muchas  cosas;  pero  sus 
propios  recuerdos,  i  los  deinnumerables  personas,  a  quienes 
consultó  empeñosamente,  le  fueron  de  la  mayor  utilidad. 
Su  relación  ha  venido  a  suplir  en  gran  parte  la  falta  de 
aquellos  documentos. 

Gran  fortuna  ha  sido  que  se  haya  conservado  la  aprecia- 
ble  memoria  del  padre  Martínez  en  vez  de  correr  la  suerte 
desgraciada  que  ha  cabido  a  muchas  de  las  relaciones  i  dia- 
rios manuscritos  del  tiempo  de  la  revolución.  Cuando  en- 
traron a  Santiago  los  vencedores  de  Chacabuco,  encontra- 
ron en  el  palacio  de  Marcó  un  voluminoso  cuaderno  ma- 
nuscrito que  formaba  el  borrador  autógrafo  de  esta  obra. 
O'Higgins  guardó  con  particular  aprecio  ese  cuaderno;  i  en 
1818,  siendo  ministro  de  estado  don  Antonio  José  de  Irisa- 
rri,  se  hizo  sacar  una  copia  para  ser  depositada  en  la  Bi- 
blioteca Nacional,  uniéndole  todos  los  documentos  que  es- 
tán encuadernados  en  un  mismo  volumen  con  la  memoria; 
pero,  aunque  ejecutada  con  bastante  esmero,  esa  copia  tiene 
varios  defectos,  algunos  de  los  cuales  son  de  mucha  consi- 
deración. He  tenido  cuidado  de  cotejaresa  copia  con  el  ma- 
nuscrito autógrafo,  que  hoi  es  de  mi  propiedad,  i  he  notado 
la  falta  de  pajinas  enteras  i  otros  errores  de  menor  impor- 
tancia. La  impresión  de  esta  obra,  hecha  en  Valparaiso  en 
1848,  se  resiente  también  de  todos  estos  defectos.  (*) 


(*)  Se  anuncia  ahora  (1857)  que  una  empresa  particular  va  a  em- 
prender la  publicación  completa  de  todos  los  historiadores  chilenos^ 
en  volúmenes  iguales  i  con  todo  el  orden  i  corrección  que  exije  una 


EL  PADRE  FRAI  MELCHOR  MARTÍNEZ  393 


La  publicación  completa  de  los  documentos  i  memorias 
históricas,  es  un  trabajo  que  exije  estudios  detenidos,  i  que 
todavía  está  por  emprenderse  entre  nosotros.  Si  esto  se 
hace,  preciso  será  dar  un  lugar  preferente  en  la  colección  de 
crónicas  chilenas  a  la  memoria  del  padre  frai  Melchor 
Martínez. 


obra  de  esta  naturaleza.  A  los  gobiernos  americanos,  i  particularmen- 
te al  de  Chile,  i  a  todos  los  aficionados  a  los  estudios  serios  correspon- 
de prestar  su  apoyo  a  una  publicación  tan  interesante. 


HISTORIADORES  DE  AMERICA 


XIII 

DON  MARIANO  TORÉENTE  * 

Ningún  escritor  ha  lanzado  mas  injurias  ni  ha  cobijado 
mas  calumnias  contra  los  prohombres  de  la  revolución  his- 
pano-americana  que  aquel  cuyo  nombre  encabeza  este  ar- 
tículo I.  Don  Mariano  Torrente  es  el  prototipo  de  la  pasión 
de  la  parcialidad,  de  la  injusticia  para  acusar  i  condenar  a 
los  independientes  americanos  i  para  justificar  i  ensalzar  a 


"^  Publicado  en  la  Revista  de  Santiago  (1872)  t.  I,  pájs.  161- 
181;  i  reproducido  como  introducción  en  la  reimpresión  de  los  ca- 
pítulos relativos  a  Chile  de  la  obra  "Historia  de  la  Independencia 
hispano -americana'^  por  Torrente,  que  forma  el  tomo  III  de  la 
Colección  de  Historiadores  de  la  Independencia  de  C/zíVe  (Santiago, 
1900). 

Nota  del  Compilador. 

1.  Hallándome  en  Londres  en  1860,  una  singular  casualidad 
trajo  a  mis  manos  un  grueso  cuaderno  formado  por  borradores  de 
cartas  dirijidas  a  diversos  personajes  i  en  diferentes  años.  Exami- 
nando atentamente  aquel  manuscrito,  observé  que  era  el  libro  co- 
piador de  la  correspondencia  particular  de  don  Mariano  Torrente, 
el  autor  de  la  Historia  de  la  revolución  hispano— americana.  El 
estudio  de  esas  cartas  me  dio  a  conocer  regularmente  muchas  de 
las  particularidades  concernientes  a  la  vida  del  autor.  Posterior- 
mente, tuve  conocimiento  de  una  biografía  de  Torrente  publicada 
en  1851  en  un  periódico  de  Madrid  titulado  El  trono  i  la  nobleza; 
i  en  ella  encontré  otros  datos  que  me  sirvieron  para  formar  el  cua- 
dro de  este  estudio  Las  noticias  recojidas  en  otras  fuentes  me  han 
servidd  para  completarlo. 


398  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS 

SUS  enemigos.  Su  Historia  de  la  revolución  hispano-ameri- 
cana  lleva  el  sello  de  la  reprobación;  i  tanto  en  España  co- 
mo en  América  se  la  mira  en  menos,  allí  con  desden,  aquí 
con  odio.  Pocos  son  los  que  la  leen,  i  menos  los  que  la  esti- 
man en  algo. 

I  sin  embargo,  ese  libro  tiene  un  mérito  real  i  merece  ser 
leido  con  cuidado.  Es  una  obra  considerable  por  su  esten- 
sion,  por  el  conocimiento  regular  de  los  hechos,  i  por  el  mé- 
todo con  que  están  espucstos.  Se  encuentran  en  ella  noti- 
cias que  en  vano  se  buscarían  en  otra  parte;  i  dejando  a 
un  lado  las  apreciaciones  casi  siempre  injustas,  i  las  acusa- 
ciones dictadas  por  la  pasión  mas  ciega  i  desenfrenada,  hai 
en  su  conjunto  un  fondo  jeneral  de  verdad  que  no  puede 
desconocer  el  que  la  lee  con  calma  i  con  un  propósito  de  es- 
tudio. En  las  pajinas  siguientes  vamos  a  hacer  el  análisis 
de  este  liljro,  dando  a  la  vez  a  conocer  sumariamente  la 
vida  de  su  autor. 

Don  Mariano  Torrente  nació  en  la  ciudad  de  Barbastro, 
en  la  provincia  de  Aragón,  el  12  de  octubre  de  1792.  Sus 
padres,  que  gozaban  de  una  buena  posición  en  aquella  ciu- 
dad, le  dieron  una  educación  literaria  tan  esmerada  como 
era  posible  darla  en  España  en  esa  época.  Estudió  junto 
con  el  latin,  la  filosofía  i  la  literatura,!  los  idiomas  francés, 
ingles  e  itaHano,  que  llegó  a  hablar  corrientemente.  La  in- 
vasión francesa  en  la  Península  en  1S08  vino  a  cortar  sus 
estudios;  pero  Torrente,  mui  joven  aun,  e  hijo  único  de  una 
familia  que  queria  retenerlo  a  su  lado,  no  tomó  las  armas 
como  tantos  otros  estudiantes.  Solo  en  1811,  cuando  en  su 
provincia  se  creia  definitivamente  asentada  la  dominación 
de  los  invasores,  obtuvo  un  empleo  en  la  administración 
de  cuentas  de  las  autoridades  franceses,  i  por  cierto  tiempo, 
el  cargo  de  secretario  del  intendente  de  ejército  de  la  pro- 
vincia del  Alto  Aragón.  Era  éste  el  vizconde  D'Arlincourt, 
que,  como  escritor  i  novelista,  adquirió  mas  tarde  cierta 
celebridad,  mas  que  por  su  verdadero  mérito,  por  las  exa- 
jeraciones  i  estravagancias  de  su  estilo  i  por  su  ardor^para 
defender  todos  los  principios  reaccionarios  i  antidemocrá- 
ticos. 


DON    MARIANO  TORRENTE  399 

En  el  desempeño  de  estos  destinos  desplegó  laboriosidad 
i  una  notoria  honradez,  i  no  ejecutó  ningún  acto  que  com- 
prometiera su  patriotismo.  Así  fué  que  cuando  los  franceses 
evacuaron  a  Zaragoza  ante  las  tropas  del  jeneral  Mina,  en 
julio  de  1813,  Torrente  se  quedó  tranquilo  en  la  ciudad  i 
obtuvo  poco  mas  tarde  un  empleo  en  la  comisaria  del  ejér- 
cito ausiliar  ingles.  Con  éste  hizo  la  campaña  del  sur  de 
Francia  hasta  la  primera  abdicación  de  Napoleón,  que  por 
entonces  terminó  la  guerra. 

Provisto  de  buenos  certificados  de  las  autoridades  britá- 
nicas que  comprobaban  su  integridad  i  sus  servicios  a  la 
causa  de  la  restauración  de  Fernando  YII,  pasó  a  Madrid 
a  mediados  de  1814  en  busca  de  una  recompensa.  Esos  cer- 
tificados hicieron  olvidar  su  antigua  afección  a  la  domina- 
ción francesa,  i  el  haber  aceptado  de  ésta  los  destinos  que 
liabia  desempeñado  en  Aragón.  Torrente,  aunque  no  habia 
cumplido  todavía  veintidós  años  de  edad,  fué  premiado  con 
el  destino  de  cónsul  de  España  de  Civita-Vecchia. 

Allí  concibió  el  proyecto  de  escribir  un  estenso  tratado 
de  jeografía  universal,  i  en  efecto,  emprendió  esta  obra  lle- 
no de  ardor.  Preparaba  ya  su  impresión  cuando  estalló  en 
Cádiz  la  revolución  liberal  de  1820.  Torrente  aceptó  el  ré- 
jimen  constitucional  creado  por  esa  revolución.  Pasó  a  Es- 
paña i  obtuvo  el  consulado  de  Liorna  en  reemplazo  del  de 
Civita-Vecchia,  que  fué  suprimido.  No  duró  largo  tiempo 
en  este  destino:  en  1823,  restablecido  el  Gobierno  absolu- 
to, fué  destituido  por  el  liberal,  como  tantos  otros  funcio- 
narios que  habían  tomado  alguna  parte  o  siquiera  simpa- 
tizado con  la  revolución.  Esa  destitución,  ademas,  impor- 
taba un  destierro.  Torrente  no  habria  podido  volver  a 
España  sin  haber  sometido  su  conducta  al  examen  de  un 
tribunal  de  purificación  establecido  por  Fernando  YII,  i 
sin  haber  obtenido  una  sentencia  absolutoria. 

Por  esta  razón,  quedó  viviendo  en  Liorna.  Hallábase 
allí  cuando  llegó  a  esa  ciudad  don  Agustín  de  Iturbide,  que 
acababa  de  perder  el  trono  imperial  de  Méjico.  Torrente, 
fuese  por  resentimiento  por  la  destitución  que  acababa  de 
sufrir,   "o    porque,    como   dice   un    historiador    mejicano^ 


400  ESTUDIOS   HISTÓRIUO-BIBLIOGRÁFICOS 


pensó  hacer  el  medio  de  su  reconciliación  con  Fernando  Vil 
el  venderle  los  secretos  delturbide,  se  manifestó  mui  adicto 
a  éste"  2  ,  se  hizo  el  confidente  de  todos  sus  planes,  i  en 
diciembre  de  1823  se  dirijió  con  él  a  Londres,  por  la  Suiza, 
las  orillas  del  Rhin  i  la  Béljica.  El  ex-emperador  meditaba 
entonces  el  proyecto  de  volver  a  Méjico  a  reconquistar  su 
corona,  empresa  temeraria  a  que  lo  alentaron  algunos  de 
sus  amigos  i  parciales,  i  que  al  fin  le  costó  la  vida.  Torren  te 
estaba  en  sus  secretos,  i  quizá  pensaba  por  entonces  en 
pasar  a  América  con  la  esperanza  de  abrirse  una  carrera 
mas  brillante  i  rápida  que  laque  podía  alcanzar  en  el  viejo 
mundo.  Al  fin,  sea  por  desconfianza  en  la  empresa,  sea  por- 
que sus  convicciones  de  español  i  de  enemigo  de  los  rebeldes 
de  Méjico  se  resistieran  a  tomar  servicio  al  lado  de  éstos, 
se  separó  de  Iturbide  a  pretesto  de  ir  a  buscar  su  familia 
a  Liorna,  i  no  volvió  a  Londres  sino  después  de  la  partida 
de  aquél. 

Mas  tarde,  cuando  Torrente  escribía  la  Historia  de  la 
revolución  hispano-americana,  fué  tan  inexorable  con  Itur- 
bide como  con  todos  los  otros  insurjentes.  Lo  llamó  ambi- 
cioso, traidor,  miserable,  i  lo  supone  animado  por  las  peo- 
res pasiones.  Para  justificar  esta  inconsecuencia,  dice  que 
en  sus  relaciones  con  el  ex-emperador  mejicano,  estaba  de 
acuerdo  con  el  duque  de  San  Carlos,  don  José  Miguel  de 
Carvajal  i  Vargas,  entonces  embajador  de  España  en  Paris, 
i  que  el  pensamiento  de  ambos  era  inducir  a  Iturbide  a 
reorganizar  el  imperio  mejicano,  no  en  provecho  de  su  per- 
sona, sino  en  favor  de  un  príncipe  español.  Según  Torren- 
te, Iturbide  estaba  convenido  en  este  plan;  pero  el  Gobier- 
no de  Madrid  lo  rechazó  abiertamente  en  la  confianza  de 
que  en  breve  podría  hacerse  de  los  recursos  necesarios  para 
someter  de  nuevo  sus  colonias  de  ultramar.  La  arrogante 
ambición  de  Iturbide,  la  confianza  que  siempre  manifestó 
en  su  prestijio  i  en  su  poder  para  reconquistar  para  sí  el 


2.  Don  Lúeas  Alaman,  Historia  de  Méjico  desde  1808  basta  la 
época  presente^  tomo  5°,  páj.  788. 


DON  MARIANO  TORRENTE  401 


trono  perdido,  no  autorizan  a  creer  esta  esplicacion  del 
historiador  español. 

Torrente  pasó  cuatro  años  en  Inglaterra  llevándola  vida 
del  emigrado  por  persecuciones  políticas.  Sus  antecedentes 
de  liberal  durante  la  revolución  española,  lo  pusieron  en 
comunicación  con  muchos  personajes  españoles  proscritos 
de  su  patria  por  una  causa  idéntica  i  con  algunos  america- 
nos que,  después  de  haber  figurado  en  las  filas  de  los  inde- 
pendientes, pasaban  al  viejo  mundo  en  busca  de  un  asilo 
contra  las  persecuciones  orijinadas  por  las  discordias  civi- 
les. Figuraban  en  primera  línea  entre  ellos  don  José  de  la 
Ri va  Agüero  i  don  Juan  García  del  Rio,  presidente  el  pri- 
mero i  ministro  el  segundo  de  la  República  peruana.  De 
ellos  recojió  copiosas  noticias  concernientes  a  la  historia 
de  la  revolución  americana,  que  apuntó  prolijamente  para 
hacerlas  servir  en  su  jeografía,  cuyo  manuscrito  ensancha- 
ba i  correjia  sin  cesar. 

Al  fin,  en  1827  se  resolvió  a  pasar  a  Madrid  en  la  con- 
fianza de  que  su  escasa  participación  en  los  sucesos  de  la 
revolución  española  le  servirian  del  salvo  conducto.  Pero, 
para  no  ser  vejado  como  liberal,  le  era  indispensable  soli- 
citar su  purificación;  i  la  junta  a  que  estaba  encomendada 
esta  clase  de  asuntos,  lo  declaró  por  sentencia,  impuro,  es 
decir,  liberal.  Fueron  necesarias  las  mas  empeñosas  reco- 
mendaciones del  duque  de  San  Carlos  para  que  Fernando 
VII  revocase  esa  sentencia  i  lo  declarase  apto  para  ser 
ocupado  en  la  carrera  diplomática  en  la  primera  oportu- 
nidad que  se  presentase. 

De  esta  situación  se  aprovechó  Torrente  para  publicar 
€n  Madrid  su  Jeografía  universal,  física  política  e  histó- 
rica {Madrid,  1827 -1S28,  2vols.  en  folio).  Esta  obra,  a 
que  el  autor  consagró  diez  años  de  trabajo,  es  una  simple 
compilación  de  noticias  jeográficas  recojidas  de  los  libros 
ingleses  i  franceses  mas  acreditados  en  aquella  época,  i  dis- 
puestas sin  un  verdadero  plan  científico,  como  el  de  los 
grandes  trabajos  de  Balbi  i  MalteBrun.  La  parte  ameri- 
cana, que  ocupa  casi  todo  el  segundo  tomo,  es  sin  duda  la 
mas  interesante  i  la  mas  nueva  de  toda  la  obra,   porque 

TOMO   X  26 


402  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Torrente  había  podido  recojer  interesantes  informaciones^ 
verbales  sobre  lajeografía  i  sobre  la  historia  del  nuevo 
mundo  desconocidas  a  los  otros  jeógrafos.  Pero  aun  en  es- 
ta parte  se  notan  numerosos  errores  i  descuidos,  mui  co- 
munes, por  lo  demás,  en  obras  de  esta  naturaleza.  De  todos 
modos,  la  obra  de  don  Mariano  Torrente,  tuvo  una  favo 
rabie  acojida  en  el  público  español,  que  estaba  reducido- 
hasta  entonces  a  beber  esta  clase  de  noticias  en  compen- 
dios mui  reducidos  i  errados  o  en  obras  traducidas  con 
poco  cuidado.  Poro,  suscitó  también  las  mas  amargas  crí- 
ticas. Don  Fermin  Caballero,  joven  mui  contraído  entonces- 
a  los  estudios  jeográficos  i  conocido  mas  tarde  como  es- 
critor i  como  político,  publicó  dos  folletos  en  que,  bajo  el 
título  del  Dique  contra  el  torrante,  hacia  de  aquella  obra 
una  crítica  tan  severa  como  injeniosa  i  picante  ^  . 

Después  de  este  primer  ensayo,  Torrente  se  sintió  alen- 
tado para  emprender  una  obra  mucho  mas  difícil  todavía. 
Como  hemos  dicho  mas  atrás,  durante  su  permanencia  en 
Inglaterra  habia  conocido  a  algunos  de  los  caudillos  i  pro- 
motores de  larevolucion  hispano-americana,  i  en  su  trato 
habia  recojido  todo  jéaero  de  noticias  referentes  a  este  mo- 
vimiento. Habia  colectado  i  leido  todas  las  publicaciones 
que  sobre  esos  sucesos  llegaban  a  sus  manos,  recopilado 
los  documentos  que  daban  a  luz  los  diarios  europeos  i  for- 
mado así  un  caudal  bastante  considerable  de  datos,  de  que 
pensaba  aprovecharse  en  la  formación  de  una  historia  je- 
neral  de  toda  la  revolución,  i  de  que  en  parte  se  habia 
aprovechado  para  las  notas  históricas  puestas  al  segundo 
tomo  de  su  jeografía.  Cuando  llegó  a  Madrid,  el  Gobierno 
de  Fernando  YII,  tomando  como   síntomas  de  reacción  en 


3  Los  dos  opúsculos  de  Caballero  llevan  Instituios  siguientes: 
*'El  dique  crítico  contra  las  irrupciones  del  nuevo  torrente,  o  sea, 
fé  de  erratas  a  la  jeografía  universal,  física,  política  e  histórica 
que  se  está  publicando,  por  un  discípulo  de  Claudio  Tolomeo,"' 
Madrid,  1827. — «S.^guuda  parte  del  dique;  verdades  amargas  al 
autor  de  lajeografía  universal,  don  Mariano  Torrente,  por  el  au- 
tor del  dique  crítico,  don   Fermin  Caballero,»  Madrid,  1828. 


DON    MAEIANO    TORRENTE  4C'3 


favor  de  la  España  las  guerra  i  disturbios  civiles  que  en 
esa  época  tenian  lugar  en  los  pueblos  americanos,  creia  fa- 
vorables las  circunstancias  para  emprender  una  campaña 
de  reconquista  de  sus  posesiones  perdidas.  Se  pensó  que  la 
publicación  de  un  libro  destinado  a  poner  de  manifiesto  la 
conducta  de  los  jefes  insurjentes  de  América,  los  crímenes  i 
traiciones  que  se  les  atribuian,  i  la  política  bondadosa  de 
los  soberanos  españoles,  habria  de  contribuir  a  ese  resul- 
tado. El  Gobierno  fomentó  con  ese  objeto  a  Torrente  faci- 
litándí)le  todos  los  medios  para  la  formación  i  publicación 
de  su  obra. 

Don  Mariano  Torrente  emprendió  el  trabajo  con  empeño. 
En  España  se  habian  publicado  también  por  parte  de  los 
realistas  numerosos  manifiestos,  informes  i  aun  relacione» 
mas  o  menos  estensas  sobre  los  sucesos  ocurridos  en  tal  o 
cual  pais  de  la  América,  que  respiraban  hiél  contra  los 
patriotas  independientes,  como  los  escritos  de  Cancelada 
sobre  Méjico  i  los  de  don  José  Domingo  Díaz  sobre  Vene- 
zuela. En  los  archivos  de  gobierno  i  aun  en  las  colecciones 
de  algunos  particulares  existían  documentos  históri-^os, 
cartas  jeográficas  i  planos  de  batallas  concernientes  a  la 
guerra  de  la  independencia  americana.  Pero,  la  mejor 
fuente  de  informaciones  estaba  en  los  actores  mismos  de 
esa  lucha,  muchos  de  los  cuales  eran  hombres  de  cierta  in- 
telijcncia,  i  por  lo  tanto,  aptos  para  recordar  i  referir  los 
sucesos  en  que  ellos  mismos  habian  tomado  una  parte  prin- 
cipal algunos  años  antes.  Torrente  recojió  sus  informes  en 
todas  partes  i  agrupó  un  cúmulo  inmenso  de  noticias,  a 
las  cuales  le  fué  necesario  dar  orden  i  compajinacion.  No 
será  domas  recordar  aquí  que  entre  las  personas  que  le 
dieron  datos  sobre  la  revolución  de  Chile,  figuraban  el 
obispo  de  Santiago  don  José  Santiago  Rodríguez,  que  se 
hallaba  entonces  desterrado  de  su  diócesis,  i  el  padre  fran- 
ciscano frai  Melchor  Martínez,  que  habia  escrito  sobre  la 
materia  una  memoria  tan  estensa  como  noticiosa. 

El  fruto  de  estos  afanes  fué  la  Historia  de  la  revolución 
hispa  no-americana,   que  Torrente  publicó  en  el  curso  del 


404  ESTUDIOS    HISTÓmCO-BIBLIOGRÁFICOS 

año  de  1830  en  tres  gruesos  volvimenes  en  4*^  Como  lo 
indica  su  título,  esta  obra  contiene  la  historia  de  la  revolu- 
ción de  la  independencia  de  todas  las  antiguas  colonias  de 
la  España  en  el  nuevo  mundo,  desde  los  primeros  movi- 
mientos en  1809  hasta  la  espulsion  total  i  definitiva  de  los 
españoles.  Ha  clasificado  los  sucesos  por  años,  i  cada  uno 
de  éstos  está  dividido  en  capítulos  distintos  para  la  histo- 
ria de  cada  pais.  Gracias  a  este  plan  tan  sencillo  como  me- 
tódico, es  fácil  estudiar  los  hechos  en  su  conjunto  jeneral  i 
siguiendo  el  orden  rigorosamente  cronolójico  en  todo  el 
continente,  o  seguir  el  desenvolvimiento  de  la  revolución 
en  cada  pais  especialmente,  desde  su  principio  hasta  su  fin. 
Esto,  por  lo  que  toca  a  la  distribución  de  las  materias  de 
que  se  compone  la  obra:  por  lo  que  respecta  a  la  manera 
cómo  ellas  han  sido  tratadas,  vamos  a  darla  a  conocer 
con  mayor  detenimiento. 

Liberal  en  1820,  partidario  entonces  del  réjimen  consti- 
tucional en  España,  destituido  i  perseguido  por  el  absolu- 
tismo triunfante  en  1833,  don  Mariano  Torrente,  que 
escribía  su  Historia  áe  la  revolución  hispano-amerícana 
bajo  las  aspiraciones  del  gobierno  absoluto  i  bajo  el  réji- 
men despótico  cimentado  por  Fernando  VII,  se  hizo  abso- 
luta en  1830;  condena  con  toda  enerjía  de  que  es  capaz  los 
principios  liberales  i  prodiga  las  mas  inauditas  alabanzas 
al  mas  pérfido  i  al  mas  inmoral  de  los  reyes  de  España.  ''El 
espíritu  de  innovación  ha  hecho  terribles  progresos  en  este 
siglo,  dice  en  una  parte,  i  se  necesitan,  por  lo  tanto,  leccio- 
nes prácticas  de  los  escollos  en  que  se  estrellarán  siempre 
el  desvarío  e  inconsistencia  de  los  entendimientos  formados 
con  las  teorías  de  una  vana  e  insustancial  filosofía.  Dolo- 
roso es  por  cierto  que  los  tronos  hayan  sido  estremecidos 
por  este  jenio  destructor;  pero  talvez  habrán  ganado  mu- 
cho en  solidez  i  permanencia  con  tan  repetidos  escarmientos 
i  costosos  desengaños  de  los  que  han  tratado  de  separarse 
de  la  senda  trazada  por  el  honor,  por  la  conveniencia,  por 
la  justicia,  por  la  sabiduría  i  por  la  larga  esperiencia. 
¡Quiera  Dios  que  sean  éstos  los  últimos  ensayos  de  los  in- 


DON    MARIANO    TORRENTE  405 

sensatos,  que,  imbuidos  en  las  superficiales  ideas  modernas, 
se  han  dejado  arrebatar  por  la  corriente  de  sus  vicios;  i  que 
disfruten  los  Estados  de  la  paz  i  felicidad  que  solo  es  dada 
obedeciendo  sumisamente  a  los  lejítimos  soberanos  a  quie- 
nes la  Providenciaba  confiado  el  dominio  de  los  pueblos"  ^. 

Mas  esplícito  es  todavía  para  condenar  el  réjimen  cons- 
titucional en  otras  partes  de  su  libro.  Así,  da  el  epíteto  de 
abominable  a  la  revolución  española  de  1820,  i  condena 
como  ruinoso  el  sistema  creado  por  ella  por  cuanto  procla- 
mó "la  igualdad  legal,  sancionada  como  dogma  político, 
el  abáurdo  principio  de  que  la  soberanía  residia  en  la 
nación,  i  la  formación  de  juntas  populares  para  nombrar 
sus  diputados  a  Cortes"  ^.  En  esta  parte  no  vacila  en 
acusar  temeraria  e  injustamente  de  ladrones  a  los  pro- 
hombres de  la  revolución  liberal  en  España  i  de  atribuirles 
todas  las  desgracias  de  ese  pais.  "Durante  el  interregno 
constitucional  de  la  península  desde  1820  hasta  1823, 
dice  con  este  motivo,  se  apoderó  el  Gobierno  revolucionario 
de  los  bienes  de  los  monacales;  sus  productos  tan  solo  ser- 
vían para  enriquecer  a  los  comisionados  i  manipulantes. 
Se  abrieron  empréstitos  sobre  empréstitos  que  henchían 
los  bolsillos  de  algunos  mandatarios,  en  vez  de  ser  inver- 
tidos en  satisfacer  las  cargas  del  Estado"  ^. 

Por  lo  que  toca  a  la  persona  de  Fernando  VII  i  a  su 
Gobierno,  rara  vez  los  nombra  Torrente  sin  acompañarlos 
de  algunos  de  estos  epítetos:  sagaz,  previsor,  bondadoso, 
benigno,  magnánimo,  paternal,  jeneroso.  Cuando  se  piensa 
que  el  que  escribía  esa  historia  habia  figurado  en  las  líneas 
de  los  liberales  de  1820,  i  era  testigo  de  las  atrocidades 
sin  cuento  que  se  siguieron  al  triunfo  del  rei  sobre  los  re- 
volucionarios, no  se  puede  dejar  de  condenar  esa  adulación 
que  degrada  tanto  al  escritor  que  vende  sus  lisonjas  como 
al  Gobierno  que  las  compra. 


4    Tomo  III,  páj.  287. 

5.  Id.     id.   páj.  29. 

6.  Tomo  I,  introd  ,  páj.  103. 


406  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Conocidos  los  principios  políticos  que  han  inspirado  la 
composición  de  la  Historia  de  la  revolución  hispano-ame- 
ricana,  es  fácil  comprender  que  el  autor  ha  de  tratar  con 
toda  dureza  a  los  jefes  de  la  insurrección  i  a  todos  cuantos 
tomaron  parte  en  la  obra  de  libertar  las  colonias  de  la  Es- 
paña; pero  la  imajinacion  no  puede  suponer  tan  fácilmente 
la  destemplanza  en  las  formas,  la  procacidad  en  el  lengua- 
je, la  grosería  en  los  epítetos  i  en  los  ultrajes.  El  jeneral  me- 
jicano don  Nicolás  Bravo,  que  con  una  jenerosidad  sin 
ejemplo  puso  en  libertad  a  muchos  prisioneros  realistas  el 
mismo  dia  que  se  le  anunció  que  su  padre,  prisionero  de  los 
españoles,  había  sido  fusilado  inhumanamente,  '*es  acaso, 
dice  Torrente,  el  único  revolucionario  cuya  historia  merez- 
ca ser  trazada  con  tintas  benignas  por  plumas  españolas"; 
i  aun  para  referir  ese  rasgo  de  heroica  virtud  del  caudillo 
insurjentc,  pide  que  se  le  disculpe  en  obsequio  de  la  impar- 
cialidad '.  Según  don  Mariano  Torrente,  los  hombres  que 
se  abanderizaron  en  las  filas  de  la  revolución  eran  jóvenes 
díscolos  i  viciosos,  negociantes  arruinados  que  en  la  revuel- 
ta querían  reparar  sus  fortunas,  ambiciosos  sin  honradez 
que  querían  abrirse  un  camino  que  les  habla  cerrado  su  pro- 
pia inmoralidad,  muchas  veces  bandidos  sin  mas  plan  que 
el  robo  i  el  saqueo,  con  frecuencia  cobardes,  criminales  dig- 
nos del  último  suplicio,  que  engañaban  a  unos  cuantos  in- 
cautos, pero  que  contaban  con  el  desprecio  de  las  poblacio- ' 
nes.  Torrente,  en  efecto,  parece  creer  que  la  mayoría  de  los 
americanos,  i  en  ésta,  la  parte  mas  sana  i  honrada,  detes- 
taba la  revolución  i  a  sus  autores,  i  no  cesa  de  anunciar  i 
repetir  que  la  reconquista  de  Amérícci  para  el  rei  de  España 
era  una  empresa  no  solo  posible  sino  fácil,  porque  los  pue- 
blos del  nuevo  mundo  suspiraban  por  el  restablecimiento 
del  réjimen  paternal  que  habían  implantado  en  sus  colonias 
los  bondadosos  soberanos.  Los  argumentos  consignados 
por  algunos  escritores  para  probar  la  popularidad  de  la 
revolución  en  América,  decia  Torrente  en  1830,    ''son  espe- 


Tomo  II,  páj.  403. 


DON    MARIANO    TORRENTE  407 


«iosos;  i  se  vería  su  poco  fundamento  si  una  regular  espedi- 
cion,  apoyada  por  fuerzas  navales  que  dominasen  el  Pacífi- 
co, apareciese  en  aquellas  costas"  ^. 

''El  mayor  castigo  que  el  soberano  español  podia  impo- 
ner a  la  América,  dice  en  otr¿i  parte,  seria  abandonarla  a 
su  propia  suerte;  pero,  ¿cómo  su  magnánimo  corazón  deja- 
rá de  oir  los  clamores  de  aquellos  sus  hijos  infelices,  i  aun 
arrepentidos  los  mas  de  los  culpados?"  ^  Cuando  Torrente 
escribía  estas  palabras,  el  magnánimo  corazón  de  Fernan- 
do VII,  oyendo  los  clamores  de  sus  infelices  hijos  de  Méjico, 
habia  hecho  salir  de  la  Habana  una  escuadra  compuesta 
de  un  navio,  dos  fragatas,  cinco  bergantines  de  guerra  i 
cuarenta  i  dos  trasportes,  que  conducían  una  división  de 
desembarco  de  cerca  de  cinco  mil  hombres,  bajo  las  órdenes 
<lel  brigadier  don  Isidro  Barradas;  pero  contra  las  especta- 
tivas  del  reí,  los  culpables  revoltosos  recibieron  a  los  inva- 
sores con  las  armas  en  las  manos,  i  después  de  algunas  es- 
<:aramuzas,  los  obligaron  a  rendirse  en  Tampico  permitién- 
doles por  gracia  que  volvieran  a  reembarcarse  para  la 
Habana  i^. 

No  estará  de  nías  el  consignar  aquí  que,  aun  después  de 
-este  descalabro,  Fernando  VII  siguió  alimentando  el  qui- 
mérico proyecto  de  reconquistar  sus  posesiones  de  América, 
i  que  muchos  escritores  de  la  escuela  de  Torrente  quedaron 
repitiendo  que  los  americanos  querían  volver  a  ser  subditos 
del  bondadoso  soberano. 

Los  estranjeros  que,  llevados  por  el  amor  a  la  gloria  o 
por  servir  a  una  causa  tan  noble  i  tan  simpática  como  era 
la  independencia  de  la  América,  vinieron  a  este  continente 
a  hacer  la  guerra  contra  los  españoles,  no  merecen  mas 
consideración  al  historiador  Torrente.  Entre  esos   estran- 


8.  Tomo  III,  páj.  60. 

9.  Tomo  I,  introd.  páj.  102. 

10  Juan  Suárez  i  Navarro,  Historia  de  Méjico  i  deíjeneral  San- 
ta Ana,  cap.  2^  Esta  obra,  publicada  en  Méjico  en  1850,  contie- 
ne estensas  noticias  sobre  la  espedícíon  del  brigadier  Barradas 
«n  1829. 


408  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

jeros  figuraban  hombres  que,  como  Cochrane,  Miller,  Mac— 
Gregor  i  muchos  otros,  se  hallaban  dotados  de  grandes  ta- 
lentos militares  i  habían  sido  modelados  en  el  molde  de  los 
héroes.  Algunos  de  ellos  eran  los  mas  cumplidos  caballeros, 
otros  poseían  fortunas  considerables  que  sacrificaron  en 
parte  por  la  causa  de  la  independencia;  i  si  bien  no  faltaron 
aventureros  vulgares,  intrigantes  i  codiciosos,  no  fueron 
éstos  los  que  desempeñaron  el  principal  papel  ni  los  que  se 
ganaron  las  mas  ardientes  simpatías  ni  la  verdadera  con- 
sideración délos  americanos.  Torrente  los  envuelve  a  todos 
en  el  mismo  anatema;  i  sin  desconocer  completamente  los 
talentos  ni  la  importancia  de  los  servicios  de  algunos,  los 
llama  corrompidos  estranjeros,  viles  mercenarios,  asalaria- 
dos para  servir  a  la  mas  indigna  de  las  causas,  atraídos  a 
América  por  la  rapacidad  i  la  codicia. 

Para  los  jefes  españoles,  Torrente  tiene  un  lenguaje  muí 
diverso.  Por  regla  jeneral  son  nobles,  caballerosos,  huma- 
nos, activos,  infatigables,  denodados,  heroicos.  Son  incal- 
culables las  trazas  que  el  historiador  se  da  para  disculpar 
las  atrocidades  cometidas  por  algunos  jefes  españoles,  la 
violación  de  los  pactos.  Cuando  esas  atro'cidades  son  ver- 
daderamente injustificables.  Torrente  las  espiica  como  re- 
presalias necesarias  en  la  guerra,  o  como  medidas  riguro- 
sas, es  verdad,  pero  que  los  bondadosos  jenerales  tenian 
que  aplicar  para  escarmentar  a  los  arrogantes  insurjentes. 
Justo  es  también  decir  en  este  lugar  que  el  libro  de  Torren- 
te fué  una  obra  de  justiciera  reparación  para  muchos  de 
esos  militares,  a  quienes  la  opinión  pública  acusaba  en  Es- 
paña de  inepcia  o  de  cobardía  para  destruir  a  hís  insur- 
jentes. 

La.  arrogante  vanidad  de  los  españoles  no  podia  com- 
prender cómo  los  realistas  habían  sido  derrotados  en  Ca- 
rabobo  i  en  Maípo  i  obligados  a  capitular  en  Ayacacho,  i 
atribuían  a  flojedad  i  casi  a  traición  de  sus  propios  jenera- 
les el  no  haber  alcanzado  siempre  la  victoria.  Torrente  fué 
el  primer  escritor  que  quiso  esplicar   la  verdad  de  las  co- 


DON    MARIANO    TORRENTE  409 


sas  i  justificar  a  esos  jefes  de  acusaciones  injustas  i  teme- 
rarias. 

Pero  no  se  detiene  aquí.  El  historiador  quiere  presentar 
a  sus  compatriotas,  no  solo  como  hombres  dotados  de  un 
gran  corazón,  sino  como  jenerales  hábiles  iesperimentados 
i  como  soldados  sufridos  e  intrépidos.  Hemos  dicho  que 
una  de  las  fuentes  de  informaciones  históricas  que  sirvieron 
a  don  Mariano  Torrente,  i  sin  duda  la  mas  rica,  fué  la  co- 
municación con  los  jefes  i  oficiales  realistas  que  volvieron  a 
España  después  de  terminada  la  guerra.  Ellos  esplicaban 
sus  derrotas,  no  como  el  resultado  de  impericia  o  del  arro- 
jo i  de  la  intelijencia  de  los  patriotas,  sino  como  la  conse- 
cuencia  de  causas  fatales  e  imprevistas.  Así,  por  ejemplo, 
los  realistas,  según  Torrente,  fueron  derrotados  en  el  Ro- 
ble, en  Chile,  porque,  por  una  equivocación,  los  cartuchos 
de  repuesto  que  llevaban  para  sus  fusiles  no  tenian  bala 
(tomo  I,  páj.  389);  la  diverjencia  de  opiniones  de  los  jefes 
realistas  fué  la  causa  principal  de  la  destrucción  de  su  ejér- 
cito en  Maipo;  el  triunfo  de  la  revolución  mejicana  en  lS21 
no  fué  debido  al  entusiasmo  con  que  las  poblaciones  acojie- 
ron  la  proclamación  del  Plan  de  Iguala,  sino  a  la  confianza 
de  los  mismos  españoles;  otras  veces  es  la  traición  de  algu- 
nos, o  la  dureza  del  clima  u  otras  causas  que  no  existen 
cuando  se  estudian  los  hechos  a  la  luz  de  los  documentos  i 
de  la  verdad.  Aun  cuando  el  historiador  se  ve  precisado  a 
hacer  algún  cargo  a  los  jefes  españoles,  se  percibe  el  emba- 
razo con  que  escribe  i  la  suavidad  que  emplea  en  las  pala- 
bras con  que  formula  la  acusación. 

Fácil  es  comprender  que  un  libro  escrito  de  esta  manera, 
una  historia  concebida  con  tanta  parcialidad,  ha  debido 
merecer  la  condenación  de  todos  los  americanos.  En  efecto, 
uo  se  puede  leer  sin  enojo,  casi  sin  rabia,  la  historia  en  que 
el  autor  se  constituye  en  apóstol  de  todas  las  ideas  retro, 
gradas,  en  defensor  de  un  sistema  que  repugna  a  la  razón  i 
que  la  esperiencia  condena,  i  en  enemigo  implacable  de  los 
pueblos  que  sacuden  con  tanto  vigor  como  justicia  la  domi- 
nación opresora  de  la  metrópoli.  Por  eso  es  que  si  la  Histo- 


410  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

ria  de  la  revolución  hispano-americana  de  don  Mariano. 
Torrente  fué  en  un  tiempo  mas  o  menos  conocida  en  Amé- 
rica, hoi  no  la  lee  casi  nadie,  i  goza  de  la  reputación  de  ser 
un  fárrago  indijesto  de  acusaciones  injustas  i  calumniosas 
de  los  padres  de  la  independencia  del  nuevo  mundo. 

I  sin  embargo,  preciso  es  reconocer,  volvemos  a  repetir- 
lo, que  esa  obra  tiene  un  mérito  real,  i  que  merece  ser  estu- 
diada, por  todos  los  que  se  propongan  conocer  bien  la  his- 
toria de  la  revolución  de  estos  países. 

A  pesar  de  la  gran  parcialidad  que  domina  al  historia- 
dor, la  verdad  asoma  i  resplandece  aun  en  medio  de  las 
mas  apasionadas  diatribas,  i  casi  podria  decirse,  contra  la 
voluntad  del  que  la  revela.  Torrente,  como  hemos  dicho  ya, 
se  empeña  en  demostrar  que  la  revolución  americana  era  1  i 
obra  de  unos  pocos  hombres  i  que  los  pueblos  vivian  con- 
tentos bajo  la  dominación  del  rei.  Sin  embargo,  en  diver- 
sos lugares  de  su  libro  se  hallan  hechos  i  apreciaciones  que 
rectifican  completamente  aquel  juicio.  ''El  ardor  de  los  re- 
volucionarios de  Méjico,  dice  en  una  parte,  no  cedia  por 
mas  golpes  que  recibiesen  de  las  tropas  realistas;  jamas  se 
ha  visto  mayor  tesón  i  constancia,  ni  mas  desesperados  es- 
fuerzos que  los  aplicados  por  los  revoltosos  para  renacer 
de  sus  mismas  cenizas.  La  adversidad  no  los  abatia,  la 
muerte  no  los  arredraba;  las  tropas  del  rei  necesitaban 
por  lo  tanto  de  un  decidido  heroismo  para  continuar  esa 
mortífera  lucha"  (tomo  I,  p.  424).  "Empero,  por  mas  gol- 
pes que  se  diesen  a  la  facción  desorganizadora  del  Alto 
Perú,  dice  en  otra  parte,  i  aunque  por  algún  tiempo  pare- 
ciece  hallarse  el  país  enteramente  libre  de  enemigos,  volvian 
prontamente  a  la  palestra  nuevos  campeones  que  tenian  la 
osadía  de  presentarse  hasta  las  mismas  puertas  de  los  pue- 
blos ocupados  por  las  tropas  del  rei"  (tomo  II,  páj.  409). 
^'Ya  a  fines  de  junio  (de  1821,  después  de  la  proclamación 
de  Iguala  hecha  por  Iturbide)  ofrecia  el  virreinato  de  Mé- 
jico la  mas  triste  perspectiva:  todos  los  esfuerzos  del  virrei 
i  demás  autoridades  habían  sido  ineficaces  para  contener 
el  estravío   de  la  opinión;  no   se  oia  mas  que  defección  de 


DON    MARIANO    TORRENTE  411 


unos,  rendición  de  otros  i  levantamiento  jeneral  de  pueblos 
i  de  provincias"  (tomo  III,  páj.  282).  "En  las  tropas  rea. 
listas  del  Perú,  compuestas  en  su  mayor  parte  de  america- 
nos, dice  mas  adelante,  habia  crecido  de  tal  modo  su  pro- 
pensión a  desertarse  que  lo  verificaban  cuantos  individuos 
podian  separarse  de  sus  columnas,  cuyo  mal  no  podia  co- 
rrejirse  de  otro  modo  que  llevándose  encerrados  en  cuadros 
formados  por  los  europeos,  especialmente  de  noche"  (tomo 
III,  páj.  489). 

Una  observación  análoga  debe  hacerse  respecto  de  los 
-personajes  que  figuran  en  la  historia  escrita  por  don  Ma- 
riano Torrente,  i  muí  particularmente  respecto  de  los  jefes 
de  la  insurrección  americana.  Por  mas  que  el  autor  haya 
recargado  sus  retratos  con  colores  negros  i  sombríos,  por 
mas  que  halla  atribuido  a  aquéllas  faltas  que  no  cometie- 
ron, pasiones  que  no  abrigaron,  la  verdad  de  su  fisonomía 
se  deja  traslucir  en  medio  de  las  amargas  censuras.  El  libro 
de  Torrente  contiene  imputaciones  falsas  i  calumniosas: 
pero  preciso  es  hacerle  esta  justicia:  esas  calumnias  son  de 
invención  ajena;  el  historiador  las  halló  estampadas  en  al- 
gún manifiesto,  en  alguna  memoria,  en  algún  documento, 
o  la  recojió  de  boca  de  algún  testigo  de  cuya  honradez  no 
podia  dudar.  Pero,  haciendo  abstracción  de  estos  detalles, 
i  despojando  la  narríicion  de  los  hechos  de  la  destemplanza 
en  las  espresiones,  no  es  posible  dejar  reconocer  en  aquella 
obra  algo  que  se  parece  mucho  a  la  realidad.  Los  mismos 
prohombres  de  la  revolución  hispano  americana  i  sus  de- 
fensores han  apelado  con  frecuencia  al  testimonio  de  To- 
rrente, en  cuyas  pajinas  están  retratados  al  través  de  un 
vidrio  opaco,  es  verdad,  pero  con  notable  semejanza  en  los 
perfiles  i  en  el  conjunto.  En  efecto,  todas  las  declamaciones 
de  que  está  sembrada  la  Historia  de  la  revolución  hispano 
americana  no  bastan  para  oscurecer  las  grandes  figuras 
de  los  jefes  de  los  independientes,  los  verdaderos  héroes  de 
aquella  lucha. 

Pero  aun  como  obra  de  conjunto,  el  libro  de  don  Maria- 
no Torrente  merece  ser  estudiado.  Es  difícil  concebir  cómo 


412  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

con  materiales  tan  dispersos  i  tan  heterojéneos,  ha  podido 
formar  una  obra  tan  completa  i,  lo  que  es  mas  singular, 
casi  exenta  de  errores  graves  en  el  encadenamiento  jeneral 
de  los  hechos  i  aun  podria  decirse  en  los  pormenores.  Sin 
duda  son  mui  buena  fuente  de  informaciones  las  memorias 
i  manifiestos  impresos,  los  documentos  de  los  archivos  i  las 
relaciones  de  los  actores;  pero  ademas  de  que  ellos  debian 
dejar  vacíos  notables  sobre  muchos  puntos  de  la  historia, 
era  sumamente  difícil  el  dar  compajinacion  a  las  noticias 
sobre  sucesos  tan  complejos  en  sí  mismos,  verificados  a  la 
vez  en  una  estension  tan  vasta  de  territorio,  i  sin  mas  en- 
cadenamiento entre  todos  que  el  ocurrir  en  un  mismo  con- 
tinente. Hoi  mismo,  cuando  existen  historias  mas  o  ménos^ 
ordenadas  sobre  la  revolución  de  cada  uno  de  los  pueblos 
americanos,  es  enormemente  difícil  el  dar  alguna  armonía  a 
aquel  variado  conjunto  de  hechos  tan  diversos  i  complica- 
dos presentándolos  con  alguna  claridad.  Torrente,  sin  em- 
bargo, cuando  no  podia  contar  con  un  auxilio  de  esta  na- 
turaleza, ha  hecho  un  libro  en  que  se  notan  vacíos,  en  que 
hai  inexactitudes  i  equivocaciones  en  los  pormenores,  pero 
en  que  los  hechos  están  espnestos  con  método  i  claridad  i 
cu\^o  conjunto  es  bastante  verdadero.  Ese  libro  debe  ser  ne- 
cesariamente consultado  por  todo  el  que  se  dedique  al  es- 
tudio de  la  historia  americana,  porque  contiene  noticias 
que  fueron  trasmitidas  al  autor  por  los  actores  mismos,  i 
que  no  se  hallan  en  ninguna  otra  parte.  Torrente,  ademas,, 
ha  ilustrado  su  historia  con  diez  i  seis  planos  de  batallas, 
casi  siempre  exactos,  i  que  son  mui  útiles  para  la  intelijen- 
cia  de  la  narración. 

Sin  poder  decirse  que  don  Mariano  Torrente  sea  un  no- 
table escritor,  no  puede  desconocerse  el  mérito  literario  de  su 
libro.  La  narración  de  los  hechos  se  desliza  sin  embarazos 
ni  tropiezos,  con  una  gran  claridad,  a  veces  casi  con  elegan- 
cia: pero  con  frecuencia  está  afeada  por  los  epítetos  de  en- 
comio o  de  censura,  con  declamaciones  destempladas,  con 
digresiones  casi  desligadas  del  asunto  principal  i  dirijidas  a 
maldecir  a  los  revolucionarios  i  a  encomiar  a  los  jefes  rea- 


DON    MARIANO    TORRENTE  413 


listas  O  las  ventajas  del  réjimen  español,  i  los  males  causa- 
dos por  el  sistema  constitucional  o  republicano  i  por  los 
hombres  que  lo  han  proclamado  i  sostenido.  Por  eso  es  que 
a  pesar  de  la  exajeracion  de  sus  formas  i  déla  dureza  de  sus 
reproches,  muchos  escritores  americanos  le  han  hecho  jus- 
ticia tributando  a  su  obra  la  consideración  a  que  es  me- 
recedora. '*La  historia  de  Torrente,  dice  uno  de  ellos,  está 
escrita  con  orden,  alguna  elegancia,  i  los  hechos  de  armas 
están  en  la  mayor  parte  desnudos  de  aquellas  exajera- 
■ciones  que  hacian  tan  fastidiosas  las  gacetas  de  los  go- 
biernos de  aquella  época. "^^ 

Pero  si  los  elojios  tributados  en  América  a  la  Historia  de 
la  revolución  hispano-americana  han  tenido  que  encerrarse 
dentro  de  los  límites  de  una  reserva  circunspecta,  en  Espa- 
ña alcanzó  honores  que  rara  vez  obtienen  las  mas  notables 
obras  del  espíritu  humano.  Por  reales  órdenes  de  28  de  fe- 
brero i  de  8  de  marzo  de  1830,  Fernando  VII  mandó  que 
se  comprasen  al  autor  700  ejemplares  para  hacerlos  circu- 
lar en  la  Habana  i  demás  posesiones  ultramarinas,  a  fin  de 
que  penetrando  en  las  colonias  rebeladas,  prepararan  la 
opinión  en  favor  del  restablecimiento  del  antiguo  réjimen. 
El  rei  Francisco  de  Ñapóles,  suegro  de  Fernando  Vil,  i 
gran  partidario  él  mismo  de  los  gobiernos  absolutos,  le  en- 
vió una  medalla  de  oro  en  prueba  de  la  aprobación  que 
prestaba  a  aquella  obra.  La  prensa  de  Madrid  i  de  las  pro- 
vincias se  deshizo  en  las  mayores  alabanzas  al  talento  del 
escritor,  a  la  profundidad  de  sus  investigaciones  i  a  la  soli- 
dez de  sus  principios  políticos,  porque  en  esa  época  no  ha- 
bia  en  toda  España  un  sólo  periódico  que  hubiera  podido 
alzar  la  voz  contra  las  ideas  absolutistas.  El  público  leyó 
con  grande  avidez  aquel  libro  que  le  presentaba  de  una  ma- 
nera ordenada  la  historia  de  de  tantos  i  tan  complicados 
acontecimientos.  En  la  estensa  lista  de  los  suscritores  a  la 
Historia  de  la  revolución  hispano-americana,  se  leen  entre 


11  Lorenzo  de  Zavala,  Ensayo  histórico  de   las  revoluciones  de 
Méjico,  Paris,  1831,  tomo  I,  pról.  páj.  3. 


414  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


muchos  otros,  los  nombres  del  virrei  de  Méjico  Ruiz  de- 
Apodaca  i  del  jenercil  Liñan  que  sirvió  a  sus  órdenes  en 
aquel  pais,  de  los  virreyes  del  Perú  Pezuela  i  La  Serna,  de 
losjenerales  Valdes,  Canterac,  Maroto,  Carratalá  i  Goye- 
ncche,  i  del  comandante  Senosiain,  el  último  español  que 
defendió  la  causa  del  rei  en  Chile.  Todos  ellos,  interesados 
en  la  circulación  de  un  libro  que  refería  sus  hechos  de  una 
manera  tan  favorable,  debieron  contribuir  a  asegurar  su 
crédito  i  su  popularidad.  El  jeneral  García  Camba,  que 
publicó  en  1846  sus  Memorias  para  servir  a  la  historia  de 
Jas  armas  reales  en  el  Perú,  aunque  mucho  mas  templada 
en  sus  formas  i  mas  justiciero  en  sus  juicios,  contribuyó- 
eficazmente  a  sostener  el  crédito  de  Torrente,  ratificando  la 
veracidad  de  su  narración.  Pero  los  principios  políticos  de 
aquella  historia,  el  alarde  que  hace  de  profesar  las  ideas 
absolutistas,  fueron  causa  de  que  el  autor  i  su  libro  perdie- 
ran una  gran  parte  de  su  presLÍjio.  Ah(H-a  mismo,  el  libro 
de  Torrente  es  consideríido  en  Kspaña  como  la  obra  de  un 
absolutistci  atrabiliario  que  habia  estudiado  bien  los  he- 
chos i  que  los  refiere  con  toda  verdad.  Los  pocos  españoles 
que  alguna  vez  han  querido  leer  algo  sobre  la  historia  de  la 
iudependeiicia  de  sus  colonias,  creen  como  artículo  de  fé  todo 
lo  que  dice  aquel  libro  contra  los  jefes  de  la  revolución  his- 
pano-americana,  i  aun  parecen  convencidos  de  que,  a  pe- 
sar de  la  arrogancia  de  las  repúblicas  del  nuevo  mundo,  el 
pueblo  llora  aun  la  separación  de  la  metrópoli  i  la  ausen- 
cia del  bondadoso  monarca. 

La  Historia  de  la  revolución  hispano  americana  es  el 
mas  alto  título  de  gloria  literaria  de  don  Mariano  Torren- 
te. Después  de  su  publicación,  es{)eró  en  vano  una  remura- 
cion  que  correspondiese  a  los  méritos  que  creia  haber  con- 
traído. Pidió  el  cargo  de  Cónsul  jeneral  de  España  en  Ate- 
nas, capital  del  reino  de  Grecia  que  acababa  d¿  nacer,  i  mas- 
tarde  el  empleo  de  intendente  de  provincia;  pero  solo  se  le 
hicieron  j)romesa«  mas  o  menos  lisonjeras  i  se  le  confió  por 
oí  Ministerio  de  Hacienda  lacoraision  de  escribir  un  tratado- 
de  economía  política  que  sirviera  para  la  enseñanza  de  este 


DON    MARIANO    TORRENTE  415 


ramo  en  las  universidarles  españolas,  que  solo  fué  publicado 
en  1834,  en  tres  volúmenes  i  a  espensas  del  Gobierno.  Este 
libro,  olvidado  i  casi  desconocido  hoi,  es  un  resumen  clara 
i  metódico  de  los  principios  de  la  economía  política,  tal  co- 
mo se  comprendía  entonces  esta  ciencia  en  España. 

Pero  Torrente  pedia  con  instancias  un  empleo  que  le  ase- 
gurara una  posición  estable.  En  setiembre  de  1832  se  le 
dio  el  cargo  de  administrador  de  las  rentas  marítimas  de 
Cuba;  i  con  este  nombramiento  partió  para  la  Habana,  no 
propiamente  satisfecho,  pero  sí  confiado  en  que  pronto  ob- 
tendría ascensos.  Como  conservara  todavía  sus  hábitos 
literarios,  consagraba  a  esta  clase  de  trabajos  el  tiempo 
que  le  dejaban  libres  sus  tareas  administrativas.  Pero  en 
lugar  de  contraerse  a  los  estudios  históricos  i  jeográficos 
que  habian  sido  su  predilección,  se  ocupó  en  obras  de  ame- 
na lectura,  destinadas  principalmente  para  la  juventud.  Ya 
en  Madrid  había  publicado  en  1831  la  traducción  castella- 
na de  una  novela  escrita  en  ingles  por  un  autor  español  i'^; 
en  la  Habana  dio  a  luz  en  1846  la  Biblioteca  selecta  de 
amena  instrucción,  forma  doce  tomítos,  con  otros  tantos 
tratados  elementales  recopilados  o  traducidos  de  idiomas 
estraños,  para  difundir  los  conocimientos  útiles;  en  1837, 
el  Recreo  literario,  que  comprende  otros  doce  tomítos  de 
novelas  tan  sencillas  como  morales,  traducidas  al  español; 
i  por  último,  q\  JaanitOy  obra  elemental  de  educación  para 
los  niños  i  para  el  pueblo,  traducida  del  italiano  de  Para- 
vicini  13.  Todas  estas  publicaciones  emprendidas  con  un 
objeto  mercantil,  dejaron  bien   pocas  utilidades  a  don  Ma" 

12.  Gómez  Arias,  o  los  moros  en  las  Alpujarras,  novela  histó- 
rica escrita  en  ingles  por  el  español  don  Telésforo  Trueba  i  Cosío, 
Marlrid,  1831,  3  vols.  en  8^. 

13.  Algungs  años  después  se  publicó  una  nueva  traducción  de 
este  libro  hecha  por  don  Jenaro  del  Valle,  que  fué  aprobada  por  el 
Gobierno  español  como  libro  elemental.  Torrente,  que  se  encontra- 
ba entonces  accidentalmente  en  Madrid  a  fines  de  1853,  se  quere- 
lló por  la  prensa  diciendo  que  la  nueva  traducción  era  la  misma 
que  él  había  publicado  en  la   Habana,  con  ciertas  modificaciones- 


41G  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

riano  Torrente,  como  tendremos  ocasión  de  verlo  mas  ade- 
lante. 

Después  de  haber  permanecido  siete  años  en  la  Habana, 
Torrente  recibió  en  1839  la  cruz  de  comendador  de  la  orden 
de  Isabel  la  Católica,  gracia  que  a  los  re^^es  cuesta  poco 
conceder  i  que  suele  envanecer  mucho  a  los  que  la  reciben; 
pero  no  obtuvo  los  ascensos  a  que  se  creia  merecedor.  Cre- 
yendo que  su  presencia  en  la  Corte  seria  motivo  para  que 
el  Gobierno  no  se  olvidase  de  él,  pasó  a  España  con  licen- 
cia en  1840.  Allí  alcanzó  el  honor  de  ser  nombrado  miem- 
bro correspondiente  de  la  Academia  de  la  historia  de  Ma- 
drid i  un  asiento  en  las  cortes  lejislativas  como  diputado 
por  la  provincia  de  Huesca,  i  poco  mas  tarde,  vocal  de  la 
junta  consultiva  de  ultramar.  Publicó  entonces  una  memo- 
ria para  defender  la  conservación  de  la  esclavitud  en  las 
colonias  españolas,  i  en  seguida  un  periódico  titulado  El 
Conservador  de  ambos  mundos,  para  sostener  a  su  manera 
los  intereses  de  esas  colonias.  Tanto  en  este  periódico  como 
desde  su  asiento  de  diputado,  Torrente  se  manifestó  hostil 
a  la  rejencia  del  jeneral  Espartero,  i  particularmente  a  sus 
ministros.  Esta  actitud  le  acarreó  su  d.^stitucion  en  mayo 
de  1842;  i  aunque  reelecto  diputado  por  la  oposición  con. 
servadora,  se  resolvió  el  año  siguiente  a  abandonar  la  Es- 
paña i  a  fijarse  definitivamente  en  la  isla  de  Cuba. 

Torrente  estaba  resuelto  a  abandonar  para  siempre  la 
política  i  la  literatura.  Adquirió  en  los  suburbios  de  la  Ha- 
bana, a  inmediaciones  del  famoso  paseo  de  Tacón,  una 
modesta  quinta  en  que  estaba  establecida  una  casa  desani- 
dad en  que  recibia  enfermos  a  tanto  por  dia.  Viudo  i  sin 
mas  familia  que  una  hija  única,  se  instaló  en  esa  quinta  i  se 
hizo  empresario  del  establecimiento,  buscando  en  esta  in- 
dustria el  modo  de  satisfacer  las  necesidades  de  su  vida.  La 
venta  de  los  libros  que  habia  escrito  i  de  los  cuales  él  mismo 


hechas  para  disimular  el  fraude,  i  que  empeoraban  la  obra.  Acu- 
sado SU  artículo  como  injurioso,  Torrente  fué  condenado  a  pagar 
una  multa  de  60  reales  vellón,  o  sean  3  pesos  de  nuestra  moneda. 


DON   MARIANO    TORRENTE  417 


era  editor,  lo  había  lisonjeado  por  algún  tiempo;  pero  lue- 
go se  desvanecieron  sus  ilusiones.  Pensó  en  el  comercio  co- 
mo un  medio  de  mejorar  su  situación,  i  proyectó  el  estable- 
cimiento de  una  sociedad  de  inmigración  africana  para  es- 
tablecer i  regularizar  el  comercio  de  esclavos  por  mayor. 
Este  proyecto,  sin  embargo,  no  encontró  acojida  i  solo  fué 
una  nueva  decepción  para  su  autor. 

La  práctica  administrativa  adquirida  por  Torrente,  la 
intelijencia  con  que  habia  desempeñado  el  destino  que  esta- 
ba a  su  cargo,  fueron  causa  de  que  el  Gobierno  de  la  isla 
consultase  en  muchas  ocasiones  su  opinión  i  le  confiase  di- 
versas comisiones  que  desempeñó  siempre  con  gran  celo. 
Cuando  las  espediciones  filibusteras  salidas  del  sur  de  los 
Estados  Unidos  amagaron  seriamente  a  la  dominación  es- 
pañola en  Cuba,  la  prensa  del  aquel  pais  tomó  una  actitud 
amenazante  que  hacia  temer  las  mas  serias  complicaciones. 
Torrente,  que  hablaba  i  escribía  bien  el  ingles,  pasó  a  los 
Estados  Unidos  en  1852  por  encargo  del  capitán  jeneral  de 
la  isla,  i  publicó  en  diversos  diarios  americanos  varios  artí- 
culos en  defensa  de  la  España.  Desempeñó  entonces  una  co- 
misión análoga  en  la  República  de  Santo  Domingo  para 
impedir  toda  alianza  entre  los  dominicanos  i  los  Estados 
Unidos.  Convencido  ademas  de  que  en  la  misma  metrópoli 
se  apreciaban  mal  la  situación  i  las  necesidades  de  la  isla 
de  Cuba,  envió  a  un  diario  de  Madrid,  La  España^  un  serie 
de  artículos  destinados  a  darlas  a  conocer.  Esos  artículos 
fueron  desarrollados  i  reunidos  poco  después  en  dos  volú- 
menes en  8°  que,  bajo  el  título  de  Bosquejo  económico  polí- 
tico de  la  isla  de  Cuba,  se  dieron  a  luz  en  Madrid  en  1852  i 
1853  con  el  nombre  de  Torrente.  Pasa  en  revista  todos  los 
ramos  de  la  administración  pública,  agrupa  un  número  mui 
considerable  de  datos  estadísticos,  jeográficos  e  históricos  i 
propone  las  mejoras  que  a  su  juicio  debieran  introducirse 
en  el  Gobierno  de  la  colonia.  Este  libro,  importante  bajo 
mas  de  un  aspecto,    mereció  la  protección  del  ministerio 

TOMO  X  27 


418  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

español,  que  compró  al  autor  300  ejemplares  para  darles 
circulación  ^^. 

Entonces  renacieron  sus  aspiraciones  de  figurar  en  la  vi- 
da pública.  Torrente  creia  que  los  servicios  prestados  a  su 
patria  en  el  último  tiempo  merecían  un  premio  que  él  debia 
pedir  i  que  nadie  podia  negarle.  Por  otra  parte,  sus  nego- 
cios marchaban  mal:  la  casa  de  sanidad  del  paseo  de  Tacón 
i  la  venta  de  sus  libros  no  le  producian masque  una  módica 
utilidad.  Le  era  necesario  llevar  a  Londres  a  su  hija  única 
para  que  allí  contrajera  matrimonio  con  un  joven  ingles, 
apellidado  Burnabj,  i  quiso  aprovechar  esta  circunstancia 
para  volver  a  España  a  reclamar  lo  que  a  su  juicio  se  le  de- 
bia formalmente.  En  agosto  de  1853  tomó  en  la  Habana  el 
vapor  de  la  mala  inglesa,  i  veinte  dias  después  (1°  de  se- 
tiembre) se  hallaba  en  Londres  ocupado  en  hacer  publicar 
en  los  diarios  algunos  artículos  en  favor  del  Gobierno  espa- 
ñol en  la  isla  de  Cuba  i  de  la  conservación  de  la  esclavitud 
en  esta  colonia,  no  solo  como  una  necesidad  de  su  agricul- 
tura, sino  por  el  buen  trato  que  los  negros  recibían  de  sus 
amos. 

Después  de  dos  meses  de  permanencia  en  Londres,  To- 
rrente se  trasladó  a  Madrid  por  la  via  de  Francia.  Se  pre- 
sentó allí  como  un  hombre  que  estaba  perfectamente  al  ca- 
bo de  las  necesidades  de  las  colonias  españolas  i  que  por 
tanto  podia  suministrar  noticias  mui  importantes  i  propo- 
ner reformas  de  las  mas  alta  trascendencia.  En  este  sentido 
escribió  una  tras  otras  varias  cartas  a  Sartorius,  conde  de 
San  Luis,  el  famoso  jefe  del  gabinete  español,  i  a  alguno  de 
los  ministros.  En  esas  cartas  hablaba  también  de  los  servi- 


14.  Es  singular  que  de  este  libro  no  se  haga  particular  mención 
en  el  Diccionario  biográñco  estadístico  histórico  de  la  isla  de  Cuba 
por  don  Jacobo  de  la  Pezuela  (Madrid  1863—1866,  4  v.  en  4*?).  Es- 
te autor,  que  ha  intercalado  allí  noticias  biográficas  de  los  escrito- 
res sobre  Cuba,  omite  también  las  de  Torrente,  i  solo  habla  de  él 
por  incidencia  en  el  artículo  Literatura  cubana  para  mencionar 
otros  escritos  del  historiador  español.  Esta  omisión  no  puede  es- 
plicarse  mas  que  por  una  decidida  mala  voluntad. 


DON    MARIANO    TOBRBNTH  419 


dos  que  habia  prestado  a  la  España  en  la  última  época;  e 
insistiendo  mucho  en  la  importancia  de  sus  relaciones  i  de 
su  influjo  en  las  provincias  de  Teruel  i  de  Aragón,  pedia  que 
el  Gobierno  no  se  opusiera  a  que  fuera  elejido  diputado  a 
cortes  por  Yalderobles  o  por  Mora.  En  esas  mismas  cartas 
i  aun  en  representaciones  oficiales  reclamaba  que  se  le  con- 
firiese la  gran  cruz  de  la  orden  de  Isabel  la  Católica  i  el  em- 
pleo de  presidente  del  tribunal  de  cuentas  de  la  Habana, 
para  lo  cual  exhibia  una  recomendación  del  capitán  jeneral 
de  Cuba.  A  fin  de  probar  sus  aptitudes  para  el  desempeño 
de  este  cargo,  dio  a  luz  un  opúsculo  de  56  pajinas  en  4°  ti- 
tulado Pensamiento  económico  político  sobre  Ja  hacienda 
de  España^  i  escribió  un  libro  mas  estenso  con  el  título  de 
Política  ultramarina. 

No  se  pueden  leer  sin  una  profunda  compasión  las  cartas 
de  Torrente  en  esta  época  de  su  vida.  Hai  en  ellas  una  mez- 
cla singular  de  lisonjas  i  de  dignidad  del  hombre  que  tiene 
confianza  en  sus  méritos  i  en  sus  servicios  i  que  lo  ve  desa- 
tendido todo  por  personajes  políticos  que  no  se  dignaban 
fijar  su  atención  en  él,  i  para  quienes  Torrente  era  uno  de 
esos  solicitantes  pertinaces  e  incansables  que  no  cesan  de 
pedir  i  que  parecen  no  comprender  que  no  se  les  quiere  dar. 
Cuando  pidió  una  conferencia  a  Sartorius, esteno  se  la  qui- 
so conceder:  cuando  le  comunicó  que  en  su  Política  ultra- 
marina iba  a  revelar  la  verdad  sobre  los  negocios  de  Santo 
Domingo  i  las  agresiones  de  los  Estados  Unidos  s(jbre  Cuba, 
Sartorius  le  encargó  que  no  publicase  ese  libro  que  podia 
comprometer  las  relaciones  diplomáticas  de  España,  alo 
que  Torrente,  contra  su  pesar  i  solo  en  su  calidad  de  solici- 
tante necesitado,  tuvo  que  someterse. 

En  junio  de  1854  estalló  la  famosa  revolución  que  puso 
en  peligro  al  trono  español  i  que  echó  por  tierra  el  ministe- 
rio Sartorius.  Torrente  aceptó  este  movimiento  como  un 
cambio  que  podia  favorecer  sus  intereses.  Se  dirijió  al  jene- 
ral Espartero,  a  quien  habia  tratado  en  1829,  cuando  reco- 
jia  datos  para  la  Historia  de  la  revolución  hispano  ameri- 
cana^ a  quien  habia  defendido  en  esta  obra  como  a  todos 


420  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

los  militares  españoles  capitulados  en  Ayacucho,  i  que  en 
1842  lo  había  destituido  por  su  oposición  parlamentaria; 
escribió  al  jeneral  Serrano,  a  quien  conocía  mas  de  cerca; 
solicitó  la  protección  del  ministro  don  Joaquín  Francisco 
Pacheco,  a  quien  prometía  darle  muchas  noticias  i  proyec- 
tos referentes  a  las  colonias,  i  dedicarle  su  libro  sobre  la 
Política,  ultramontana;  pero  por  todas  partes  recibía  recha- 
zos terminantes  o  frías  i  estériles  promesas.  Pacheco  se 
negó  a  aceptar  la  dedicatoria  ofrecida.  Torrente  se  enfure 
ció  por  este  vergonzoso  desaire.  ** Pacheco  verá  muí  pron- 
to, decía  Torrente  en  carta  a  un  amigo  suyo,  que  no  se  me 
insulta  impunemente."  I  para  vengarse  de  ese  ultraje  pro- 
3^ectó  la  publicación  de  una  Revista  crítica  semanal  de  la 
política  i  administración  de  España  i  ultramar,  en  que  pen- 
saba poner  de  oro  i  azul  a  los  gobernantes  que  lo  habían 
despreciado. 

Pero  Torrente  no  contaba  mas  que  con  su  saña  i  nó  con 
sus  fuerzas.  No  pudo  publicar  la  anunciada  revista,  se  limi- 
tó a  dar  a  luz  su  Política  ultramarina  ^^  sin  dedicatoria 
alguna,  i  aplacando  su  enojo,  volvió  al  papel  de  humilde 
solicitante.  "¿Qué  van  a  decir  de  mí  en  la  Habana,  decía  To- 
rrente, sí  vuelvo  sin  conseguir  nada  de  lo  que  he  pedido? 
Yoi  a  quedar  avergonzado  e  infamado."  I  después  de  tan- 
tos afanes,  solo  consiguió  una  carta  de  recomendación  del 
jeneral  Serrano  para  el  jeneral  Concha,  capitán  jeneral  de 
Cuba;  í  el  modesto  destino  de  intendente  efectivo  del  ejér- 
cito de  ultramar,  que  le  había  conferido  el  ministerio  Sar- 
torius. 

Desesperado  de  conseguir  lo  que  pretendía,  Torrente  se 


15.  Este  libro  lleva  por  título:  Política  ultramarina,  que  abra- 
za todos  los  puntos  referentes  a  las  relaciones  de  España  con  los 
Estados  Unidos,  co*i  la  Inglaterra  i  las  Antillas,  i  señaladamente 
con  la  isla  de  Santo  Domingo,  Madrid,  1854,  1  vol.  en  8°  Bs  un 
libro  bastante  curioso  por  los  datos  estadísticos  que  contiene  i 
por  las  noticias  históricas  que  da  acerca  de  las  relaciones  diploma- 
cas  de  España  respecto  de  sus  colonias,  i  mui  particularmente  so** 
bre  las  repúblicas  de  Haití  i  Santo  Domingo. 


DON   MARIANO    TORRENTE  421 


ocupó  también  en  este  tiempo  en  empresas  de  otrojénero. 
Volvió  a  pensar  en  su  proyecto  de  inmigración  africana  en 
Cuba,  i  trató  de  dar  impulso  a  la  venta  de  los  libros  de  que 
era  autor  i^.  Su  correspondencia  deja  ver  que  este  negocio 
era  mui  poco  lucrativo.  Al  fin,  a  principios  de  1855,  se  em- 
barcó de  nuevo  en  Cádiz  i  pasó  a  la  Habana  para  volver  a 
dirijir  la  casa  de  sanidad  del  paseo  de  Tacón  i  a  desempe- 
ñar el  empleo  que  le  habian  concedido  casi  como  una  li- 
mosna. 

Los  últimos  dias  de  Torrente  fueron  tristes  i  sombríos. 
El  arreglo  de  sus  negocios,  en  mui  mal  estado  entonces,  lo 
preocupaba  principalmente;  pero  dirijia  sin  cesar  sus  mira- 
das i  sus  esperanzas  a  Madrid,  donde  creia  hallar  alguna 
vez  la  protección  que  reparase  los  perjuicios  i  desaires  que 
liabia  sufrido  en  pago  de  sus  servicios.  Se  disponía  para  ha- 
cer un  nuevo  viaje  a  España  en  agosto  de  1856,  cuando  la 
muerte  vino  a  sorprenderlo  el  24  de  julio  de  ese  año.  Una 
irreparable  consunción  agotó  su  vida  cuando  meditaba  to- 


16.  Creo  que  los  lectores  de  esta  Revista  no  verán  sin  curiosi- 
dad la  carta  siguiente,  que  se  refiere  en  cierto  modo  a  Chile. 

«Señor  don  Salvador  de  Tavira (Chile). 

Madrid,  4  de  mayo  de  1854. 

iiMi  estimado  amigo: 

iiAunque  no  he  tenido  el  gusto  de  ver  a  usted  desde  que  comimos 
juntos  en  1842  en  Bagneres  de  Louchon,  en  casa  del  señor  don 
Joaquin  Ferrer,  no  tengo  reparo  en  molestar  a  usted  con  un  en- 
cargo, en  obsequio  del  cual  me  atrevo  a  esperar  que  usted  querrá 
dispensar  todo  su  apoyo.  Don  Luis  Viana,  librero  de  Madrid,  llc'» 
va  una  caja  con  las  obras  que  espresa  la  adjunta  nota.  Su  objeto, 
como  usted  debe  conocer,  es  no  solo  que  se  venda  ahí  esta  peque- 
ña remesa,  sino  que  se  abra  ese  mercado  para  otras  mayores,  se- 
ñaladamente átXJuanito. 

M Cuando  lo  publiqué  por  primera  vez  en  la  Habana  en  1839, 
me  pidieron  de  Valparaíso  500  ejemplares  que  remití  al  precio  de 
dos  duros,  pues  tal  fué  el  de  la  primera  edición.  Como  ésta  va  es- 
tereotipada, he  podido  reducir  dicho  precio  a   medio  peso;  i  tanto 


422  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

davía  nuevos  proyectos  para  reparar  su  fortuna  i  conquis- 
tarse la  posición  a  que  se  creia  merecedor.  El  mismo  dia  de 
su  muerte,  uno  de  sus  acreedores,  el  conde  de  San  Fernan- 
do, pidió  el  embargo  de  los  muebles  de  Torrente  para  pa- 
garse de  una  deuda  de  4,000  pesos.  La  orden  se  ejecutó  en 
medio  de  las  lágrimas  de  su  hija  i  a  pesar  de  los  ruegos  del 
capitán  jeneral  de  Cuba,  que  habia  profesado  alguna  esti- 
mación al  difunto. 

El  nombre  literario  de  Torrente,  mirado  por  los  ameri- 
canos como  el  símbolo  de  la  pasión  i  de  la  parcialidad,  ol- 
vidado en  España,  donde  se  tributan  homenaje  a  escritores 
de  mucho  menos  mérito,  no  merece  el  desden  que  se  le  ha  in- 
flijido.  Su  obra  capital,  la ií/síorifaííe  ia  revolución  hispano- 
americana es,  como  hemos  dicho,  un  libro  que  puede  leerse 
con  fruto,  que  contiene  un  grande  acopio  de  noticias  i  que 
refleja  mejor  que  otro  alguno  la  opinión  de  los  españoles 
sobre  la  revolución  de  la  independencia  del  nuevo  mundo.  Si 


por  su  baratura,  pues  que  en  España  se  vende  a  diez  reales  vellón 
en  rústica,  como  por  el  mérito  de  dicha  obra,  ha  sido  adoptada 
para  las  escuelas;  i  no  dudo  que  lo  será  en  ese  pais  i  que  se  harán 
numerosos  pedidos  si  usted  tiene  la  bondad  de  darla  a  conocer  i 
recomendarla  al  Gobierno. 

tiHé  aquí  el  favor  que  he  de  merecer  de  usted  i  al  que  quedaré 
mui  agradecido.  Yo  me  hallo  accidentalmente  en  Madrid;  pero 
debo  volver  pronto  a  la  Habana,  habiendo  sido  nombrado  por  el 
Gobierno  intendente  efectivo  de  ejército. 

"Si  usted  gusta  favorecerme  con  su  contestación,  puede  dirijirla 
a  dicho  punto,  como  también  cualquiera  orden  que  quiera  usted 
comunicar  a  su  afectísimo  amigo  i  seguro  servidor. 

Mariano  Torrente. 

"P.  D. —Agradecería  así  mismo,  que  por  su  mediación  i  con  sus 
oficiosos  cuidados  se  estendiera  dicha  obra  del  Juanito  por  el  Perú, 
i  que  tanto  en  las  casas  de  educación  de  aquella  república  como  en 
las  de  Chile,  fuera  adoptada  como  lo  está  en  España.  I  no  dudo 
que  ha  de  ser  así  luego  que  en  ambos  paises  se  persuadan  de  que  no 
pueden  poner  en  manos  de  la  juventud  una  obra  mejor  ni  mas 
barata. 


DON  MARIANO    TORRENTE  423 


la  posteridad  debe  ser  un  juez  que  pronuncie  su  fallo  des- 
pués de  oir  a  las  dos  partes,  es  indispensable  que  la  obra  de 
don  Mariano  Torrente  sea  sometida  a  una  confrontación, 
a  un  careo,  por  decirlo  así,  con  los  escritos  de  los  que  de- 
fienden i  sostienen  la  parte  contraria. 


JUAN  MANUEL  PEEEIEA  DE  SILVA  * 

El  historiador  cuyo  nombre  encabeza  estas  líneas  goza 
en  su  pais  de  una  alta  reputación  como  hombre  político  i 
como  escritor.  Orador  distinguido  del  parlamento  brasile- 
ro, administrador  entendido  i  laborioso  en  el  corto  tiempo 
que  ocupó  la  presidencia  de  la  provincia  de  Rio  de  Janeiro, 
Pereira  de  Silva  se  ha  ilustrado  ademas  por  sus  escritos  que 
lo  colocan  en  el  rango  de  uno  de  los  mas  notables  literatos 
del  Brasil. 

En  este  carácter,  su  labor  es  mui  vasta.  Pereira  de  Silva 
ha  dado  a  luz  obras  de  imajinacion,  novelas  i  poesías,  en- 
sayos de  crítica  literaria,  escritos  políticos  i  diversos  traba- 
jos históricos,  uno  de  los  cuales  posee,  por  la  investigación 
j  por  el  arte  literario,  un  mérito  indisputable.  Hemos  tenido 
ocasión  de  leer  esta  obra,  i  nos  proponemos  en  este  artículo 
no  darla  a  conocer  a  los  lectores  chilenos,  sino  recomendar- 
la como  un  libro  instructivo  i  agradable,  que  enseña  i  que 
deleita. 


*   Publicado  en  la  Revista  de  Santiago,  1872,  tom.  I,  pájs.  460- 
471. 

Nota  dei.  compilador. 


426  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Todo  el  mundo  dice  i  repite  que  es  una  verdadera  desgra- 
cia el  que  los  diversos  pueblos  de  América  tengan  entre  sí 
tan  pocos  vínculos  literarios,  que  lo  que  se  escribe  en  el  Bra- 
sil, en  Colombia,  en  Méjico,  etc.,  sea  casi  enteramente  des- 
conocido en  Chile;  i  que  a  su  vez  nuestra  vida  literaria  sea 
del  todo  ignorada  en  los  otros  pueblos  del  nuevo  mundo. 
El  hecho  es  cierto;  pero  no  es  éste  un  mal  sin  remedio.  Nues- 
tras bibliotecas  comienzan  a  enriquecerse  con  las  produc- 
ciones de  los  talentos  americanos;  falta  solo  que  se  desarro- 
lle entre  nosotros  i  entre  nuestros  hermanos  el  gusto  por  ei 
estudio  de  esta  clase  de  obras.  Los  escritos  que  se  destinen 
a  su  análisis,  pueden  contribuir  de  algún  modo  a  despertar 
este  gusto,  revelando  que  hai  en  nuestro  continente  escrito- 
res que  merecen  ser  leidos  i  estudiados.  El  presente  artículo 
tiene  por  objeto  llevar  un  grano  de  arena  para  contribuir  a 
esta  obra. 

Juan  Manuel  Pereira  de  Silva  nació  en  la  villa  de  Ignassú, 
provincia  de  Rio  de  Janeiro,  el  30  de  agosto  de  1817.  Era  su 
padre  un  comerciante  portugués  establecido  en  el  Brasil,  i 
que  desempeñó  en  este  pais  algunos  puestos  públicos;  i  su 
madre  una  señora  principal  de  aquella  villa. 

Hizo  sus  primeros  estudios  en  Rio  de  Janeiro:  pero  como  su 
padre  poseia  una  regular  fortuna,  i  como  la  instrucción  pú- 
blica no  se  encontrase  por  entonces  mui  adelantada  en  el 
Brasil,  Pereira  de  Silva  fué  enviado  mui  joven  a  París  para 
seguir  los  estudios  de  derecho.  Allí  obtuvo  el  título  de  abo- 
gado en  1838.  De  vuelta  a  su  patria,  desdeñó  la  carrera  de 
los  empleos  para  consagrarse  al  libre  ejercicio  de  su  profe- 
sión. En  breve  adquirió  una  gran  fama,  sobre  todo  en  la 
defensa  de  causas  criminales  en  que  su  talento  de  orador,  la 
pasión  que  ponia  en  sus  arengas  i  el  brillo  de  su  lenguaje, 
contribuyeron  eficazmente  a  sus  triunfos  forenses. 

Esta  reputación,  prontamente  adquirida,  le  abrió  en  bre- 
ve el  camino  para  la  carrera  política.  En  1840,  a  la  edad  de 
23  años,  tuvo  un  asiento  en  la  asamblea  lejislativa  de  Rio 
de  Janeiro;  i  en  1843  ocupó,  como  suplente,  un  asiento  en  la 
cámara  de  diputados.  Desde  su  primera  aparición  en  la  vi- 


JUAN   MANUEL   PBRBIRA    DE    SILVA  427 

da  pública  figuró  en  las  filas  del  partido  conservador;  pero 
la  lejislatura  a  que  pertenecía,  fué  disuelta  en  mayo  de  1844? 
por  el  ministerio  Macahé  i  Alves  Branco,  i  por  entonces  se 
vio  alejado  de  los  bancos  del  congreso.  Por  sus  escritos  en 
los  diarios  i  periódicos  de  que  era  colaborador,  i  con  sus  dis- 
cursos en  la  asamblea  provincial,  en  que  siempre  tuvo 
asiento,  continuó  sirviendo  a  los  intereses  de  su  partido, 
hasta  que  en  las  elecciones  jenerales  de  1847  consiguió  ser 
uno  de  los  pocos  conservadores  que  fueron  elejidos  diputa- 
dos, i  que  en  las  sesiones  de  1848  formaban  un  núcleo  de 
oposición  que  dio  por  resultado  la  caida  del  partido  libe- 
ral que  se  conservaba  en  el  poder  desde  1844. 

El  nuevo  ministerio  conservador,  presidido  por  el  mar- 
ques de  Monte  Alegre,  disolvió  también  la  cámara,  cuya 
mayoría  le  era  desafecta,  pero  esta  vez  Pereira  de  Silva 
volvió  a  ser  elejido  diputado  para  la  cámara  de  1850.  Des- 
de entonces  casi  no  ha  cesado  de  ser  miembro  del  congreso 
brasilero.  Durante  el  receso  de  éste,  desde  octubre  de  1850 
hasta  mayo  de  1851,  hizo  un  nuevo  viaje  a  Europa,  cuyas 
impresiones  ha  consignado  en  un  libro  interesante. 

Poseedor  de  una  fortuna  mui  considerable,  heredada  de 
sus  padres  e  incrementada  por  sus  trabajos  forenses,  Perei- 
ra de  Silva  abandonó  entonces  la  abogacía  i  se  consagró 
enteramente  a  la  vida  parlamentaria  i  política  i  al  cultivo 
de  las  letras,  a  que  había  consagrado  hasta  entonces  solo 
sus  ocios.  En  las  cámaras  fué  uno  de  los  oradores  mas  esti- 
mados i  de  los  mas  activos  i  trabajadores  para  el  estudio 
de  los  asuntos  que  se  ventilaban.  Casi  no  hubo  cuestión  im- 
portante en  que  no  tomara  parte.  Tales  fueron  entre  otras 
la  convención  celebrada  en  1856  con  el  Portugal  para  la 
represión  del  tráfico  de  moneda  falsa  que  se  hacia  para  ver- 
güenza de  ambos  países,  lo  que  le  valió  la  cruz  de  comenda- 
dor de  la  orden  de  A  vis  que  le  envió  el  reí  de  Portugal;  la 
reforma  de  la  leí  electoral  que  acabó  con  la  elección  de  di- 
putados por  provincias  i  creó  las  diputaciones  por  peque- 
ños círculos,  la  reorganización  de  la  marina,  la  coloniza- 
ción, la  reforma  hipotecaria,  diversas  cuestiones  internacio 


428  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS 


nales,  la  reforma  de  varios  impuestos,  la  reglamentación  de 
los  bienes  de  mano  muerta  i  el  reclutamiento  para  el  ejérci- 
to i  la  escuadra. 

Derrotado  en  las  elecciones  de  1856,  sirvió  por  algunos  me- 
ses la  presidencia  de  la  provincia  de  Rio  de  Janeiro,  en  cuyo 
gobierno  adquirió  simpatías  jenerales  por  su  actividad,  sus 
conocimientos  especiales  i  su  celo  como  administrador.  Pero 
no  desempeñó  largo  tiempo  este  cargo:  el  año  siguiente  de- 
jó el  mando  i  partió  para  Europa.  Pero  a  su  vuelta,  encon- 
tró que  habia  sido  elejido  miembro  de  la  asamblea  provin- 
cial de  Rio  de  Janeiro,  i  presidente  de  ella  por  unanimidad 
de  votos. 

Ademas  de  los  cargos  que  dejamos  mencionados,  Pereira 
de  Silva  ha  sido  fiscal  del  banco  del  Brasil,  consultor  del 
ministerio  del  imperio  i  abogado  del  consejo  de  estado;  i 
posee  las  condecoraciones  de  dignatario  de  la  orden  impe- 
rial de  la  Rosa,  de  comendador  de  la  de  Cristo  en  el  Brasil  i 
de  la  de  San  Benito  de  Avis  en  Portugal  i  de  caballero  de  la 
de  Nuestra  Señora  de  la  Concepción. 

Al  presente,  Pereira  de  Silva  tiene  su  residencia  en  Rio  de 
Janeiro;  pero  poseyendo  una  gran  fortuna  i  sobre  todo  un 
carácter  activo  e  inquieto,  aprovecha  casi  cada  año  el  rece- 
so de  las  cámaras  lejislativas  para  hacer  un  viaje  de  algu- 
nos meses  a  Europa.  Habita  principalmente  la  ciudad  de 
Paris,  donde  está  establecida  una  hija  suya  que  contrajo 
matrimonio  con  el  secretario  de  la  legación  brasilera  en 
Francia.  Ha  aprovechado  ademas  estos  viajes  para  dar 
una  nueva  edición  mas  revisada  de  casi  todas  sus  obras,  i 
sobre  todo  mas  perfecta  bajo  el  punto  de  vista  tipográfico. 

Estas  rápidas  noticias  biográficas,  que  tomamos  en  su 
mayor  parte  de  la  Galería  dos  brasileiros  ilhustres  i  áe\  Dic- 
cionario hibHographico  portuguez  de  Inocencio  F.  de  Silva 
(tomo  IH,  páj.  406),  dan  a  conocer  sumariamente  una  faz 
de  la  vida  de  Pereira  de  Silva.  Vamos  ahora  a  pasar  en  re- 
vista sus  principales  escritos  antes  de  hablar  de  la  obra  que 
lo  coloca  en  el  rango  de  uno  de  los  mas  distinguidos  histo- 
riadores de  América. 


JUAN    MANUEL    PBRBIRA    DE    SILVA  429 

Pereira  de  Silva,  volvemos  a  repetirlo,  ha  escrito  mucho 
i  sobre  mui  diferentes  materias.  Hallábase  aun  estudiando 
en  Paris  cuando  refirió,  en  un  estenso  artículo,  la  historia 
de  una  correría  de  vacaciones  en  Alemania  i.  De  vuelta  a 
Brasil,  tomó  parte  en  la  redacción  de  algunas  revistas  lite 
ranas;i  aun  en  los  periódicos  políticos  de  que  fué  colabora 
dor,  publicó  diversos  ensayos  de  un  carácter  puramente  lite 
rario.  De  esa  época  datan  dos  pequeñas  novelas,  Urna  par 
xao  de  artista  (1838),  pintura  de  un  devaneo  de  artista,  e 
amor  de  un  joven  pintor,  que  muere  por  causa  de  esa   pa 
sion,  i  Religiao,  amor  ¡patria  (1839),  novela  histórica  cuya 
escena  pasa  en  Coimbra,  Rio  de  Janeiro  i  Oporto,  i  en   que 
por  medio  de  una  acción  bastante  pobre,  se  pierde  en  deta- 
lles acerca  la  guerra  civil  en  Portugal  entre  don  Pedro  i  don 
Miguel  sobre  la  sucesión   del  trono  2.   Los  recursos  de  un 
estilo  sembrado  de  imájenes  no  siempre  felices,  no  bastan 
para  dar  interés  a  estos  dos  primeros  ensayos. 

Mas  adelante,  Pereira  de  Silva  emprendió  la  composi- 
ción <le  novelas  de  mas  largo  aliento.  Pertenece  a  este  nú- 
mero Jerónimo  Cortereal,  chronica  portugueza  áo  sécalo 
XVI,  publicada  por  primera  vez  en  el  Jornal  do  commercio 
de  Rio  de  Janeiro  en  1839,  i  reimpresa  en  Paris  en  1865,  en 
un  volumen  en  12°  Al  lado  del  tipo  caballeresco  de  Corte- 
real,  que  fué  a  la  vez  soldado  valiente,  gran  poeta,  músico  i 
pintor,  el  novelista  brasilero  ha  puesto  en  escena  a  Camo- 
ens.  Mas  tarde  tomó  por  tema  de  otra  novela  un  personaje 
mucho  menos  conocido,  escritor  también,  pero  cuyas  obras 
no  han  llegado  hasta  nosotros  mas  que  un  opúsculo  insig- 
nificante. 

Manuel  de  Moraes,  chronica  do  sécalo  XVII  (publicado 
en  Paris,  1866,  1  v.  12'^),  tiene  por  héroe  a  un  jesuita  de 
ese  nombre,  natural  de  San  Paulo  en  el  Brasil,  espulsado 


1.  Este  primer  escrito  ha  sido  reimpreso  por  el  autor  en  1862 
en  el  tomo  I  de  sus  Variedades  literarias,  colección  de  escritos  lite- 
rarios i  políticos  impresa  en  Paris  en  dos  vols.  en  8^ 

2.  Reimpreso  también  en  el  tomo  I  de  las  Variedades  literarias. 


430  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

de  la  Compañía  por  motivos  que  no  se  conocen,  convertido 
a  la  relijion  calvinista  en  Holanda,  i  condenado  a  muerte 
i  ejecutado  por  la  inquisición  de  Lisboa  en  1647.  Pereira  de 
Silva  ha  hecho  pasar  la  escena  en  San  Paulo  i  las  misiones 
jesuíticas  de  Guaira,  en  Pernambuco,  durante  la  guerra  con 
los  holandeses,  en  los  Paises  Bajos  durante  la  emigración 
de  los  jesuitas  portugueses,  i  en  Portugal  durante  el  predo- 
minio de  la  inquisición.  Aunque  estas  novelas  son  escritas 
con  estilo  pintoresco,  i  aunque  no  se  puede  decir  de  ellas 
que  carecen  de  interés,  no  se  hallan  en  ellas  la  acción  ni  los 
caracteres  que  encantan  en  las  obras  de  esta  especie,  i  mu- 
cho menos  la  pintura  animada  i  colorida  de  las  costumbres 
i  de  las  ideas  de  los  siglos  a  que  se  refieren.  Pereira  de  Silva 
queda  en  segunda  fila  entre  los  innumerables  imitadores 
de  Walter  Scott. 

Casi  podria  clasificarse  entre  las  novelas  de  este  jénero 
un  poema  o  leyenda  en  verso  publicado  por  Pereira  de  Silva 
con  el  título  de  Gonzagn,  Paris,  1865,  1  vol.  en  1*^^  ^.  El  hé- 
roe de  este  poema.  Tomas  Antonio  de  Gonzaga,  es  un  poeta 
portugués  tan  famoso  por  sus  talentos  como  por  sus  des- 
gracias. Desempeñando  un  cargo  judicial  en  la  provincia 
brasilera  de  Minas,  contrajo  allí  una  pasión  tan  ardiente 
como  pura  por  una  joven  a  quien  ha  cantado  con  un  entu- 
siasmo digno  de  Petrarca;  pero  comprometido  en  un  pro- 
ceso a  que  dio  oríjen  una  conspiración  en  que  él  no  habia 
tomado  parte,  fué  cargado  de  cadenas  i  condenado  al  fin  en 
1792  a  destierro  a  la  costa  africana  de  Mozambique,  donde 
murió  a  principios  del  siglo  XIX,  dejando  dos  volúmenes  de 
poesías  que  le  han  asegurado  la  inmortalidad.  Pereira  de 
Silva  ha  sacado  algún  provecho  de  los  amores  i  desgracias 
del  poeta  portugués,  i  ha  engalanado  su  obra  con  descrip- 
ciones de  las  localidades  i  ciertos  rasgos  de  un  lirismo  de 

3.  Este  poema  no  lleva  el  nombrejde  Pereira  de  Silva.  Lo  publicó 
como  la  obra  de  un  joven  estudiante  de  San  Paulo,  cuyo  nombre 
le  era  desconocido  a  él  mismo.  Pereira  de  Silva  es  ademas  autor 
de  algunas  poesías  i  escritos  sueltos  que  ha  recopilado  en  el  primer 
tomo  de  sus   Variedades  literarias. 


JUAN    MANUEL    PERBIRA    DE    SILVA  431 

buen  gusto;  pero,  en  jeneral,  su  poema  está  mas  abajo  del 
asunto  que  canta. 

Como  hemos  dicho  mas  atrás,  Pereira  de  Silva  se  ha  ejer- 
citado también  en  la  crítica  literaria.  Aparte  de  los  juicios 
emitidos  en  sus  biografías  de  brasileros  ilustres  i  de  algunos 
artículos  sueltos  que  ha  reunido  mas  tarde  ^,  en  1843  pu- 
blicó en  Rio  de  Janeiro  e\  Parnaso  Brasiíeiro  (2  vols.  en  8"^), 
colección  de  poesías  de  los  mejores  poetas  brasileros  desde 
el  descubrimiento  del  Brasil,  a  la  cual  ha  puesto  una  reco- 
mendable introducción  histórica  i  biográfica  sobre  la  lite- 
ratura i  los  literatos  de  ese  pais.  Pero  su  reputación  como 
crítico  descansa  en  un  libro  escrito  en  francés,  porque  Pe- 
reira de  Silva  escribe  esta  lengua  como  su  propio  idioma.  Con 
el  título  de  Uítér ature  portagaise,  son  passé,  son  état  ac- 
tuel,  dio  a  luz  en  la  Revue  Contemporaine  de  París  tres 
artículos  ^  ,  que  fueron  reunidos  un  año  mas  tarde  en  un 
pequeño  volumen  (París,  1866,  1  v.  en  12°).  Es  una  histo- 
ria sumaria  de  la  literatura  portuguesa,  concebida  con 
verdadero  conocimiento  de  causa,  con  un  notable  espíritu 
crítico  i  según  los  principios  a  que  han  ajustado  sus  pro- 
ducciones de  este  jénero  los  mas  eminentes  maestros  del  ar- 
te de  la  escuela  francesa. 

Entre  las  obras  políticas  de  Pereira  de  Silva,  debemos 
clasificar  primeramente  sus  discursos  parlamentarios,  que 
el  autor  ha  reunido  en  dos  comp'laciones  diferentes  ^  ,  i 
unos  apuntes  de  viaje  que  no  carecen  de  interés.  En  efecto, 
bajo  el  título  Zmpresoes  de  Viagem  en  1851— 1852  ha  reuni- 
do una  serie  de  cartas  sobre  el  Portugal,  Inglaterra,  Fran- 
cia, Béljica  i  Holanda  en   que  espone  su  opinión  sobre  el 


4.  En  el  primer  tomo  de  las  Variedades  literarias. 

5.  Fueron  publicados  en  los  números  de  30  de  abril,  15  de  agos- 
to i  15  de  octubre  de  1855. 

6.  La  primera  serie  que  comprende  los  discursos  pronunciados 
de  1850  a  1861  fueron  publicados  en  el  tomo  2°  de  las  Vaiiedades 
literarias.  La  segunda  serie,  de  1867  a  1869,  en  un  volumen  que 
Heva  por  título  Discursos  parlamentarios,  impreso  en  París  en 
1870. 


432  ESTUDIOS   HlSTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS 

estado  público  de  esos  países  en  aquella  época  interesan- 
te 7  . 

Pereira  de  Silva  viajaba  en  Europa  en  un  momento  de 
reacción  contra  las  ideas  republicanas  de  1848,  vio  resta- 
blecerse el  despotismo  sobre  la  ruinas  de  una  libertad  que 
no  se  habia  asentado  aun,  fué  testigo,  puede  decirse  así, 
del  golpe  de  estado  del  2  de  diciembre,  i  juzgó  todos  estos 
acontecimientos  tal  como  debia  apreciarlos  un  hombre 
ilustrado  i  observador,  pero  que  profesa  simpatías  por  los 
principios  conservadores.  Se  muestra  en  esas  cartas  enemi- 
go declarado  de  las  revoluciones  i  de  los  revolucionarios 
de  1848,  a  quienes  condena  i  anatematiza;  pero  solo  como 
un  monarquista  constitucional,  partidario  leal  de  la  liber- 
tad moderada  i  reglamentada.  Para  él,  el  mejor  gobierno 
que  ha  tenido  la  Francia  ha  sido  el  de  Luis  Felipe;  i  el  ré- 
jimen  implantado  por  Napoleón  después  del  golpe  de  esta- 
do, aunque  despótico  i  arbitrario,  valia  mas  que  la  repú- 
blica, por  cuanto  aseguraba  el  orden  i  la  tranquilidad 
interior  ^  . 

Pero,  la  verdadera  reputación  literaria  de  Pereira  de 
Silva  no  descansa  sobre  esas  obras,  cuyo  mérito  es  real- 
mente secundario.  Son  sus  escritos  históricos  los  que  le  han 
granjeado  la  gran  nombradía  de  que  goza  en  el  Brasil  i 
con  frecuencia  los  elojios  de  la  prensa  europea. 

Laprimera  obra  en  este  jénero  fué  t\ Plutarco Brasileiro, 
colección  de  biografías  de  brasileros  ilustres  antiguos  i 
modernos,  dada  a  luz  en  Rio  de  Janeiro  en  1847,  en  dos  vo- 
lúmenes en  8°.  Aprovechándose  de  trabajos  anteriores,  i  en 
particular  de  las  numerosas  reseñas  biográficas  publicadas 
en  la  Revista  trimestral  del  Instituto  Histórico  del  Brasil, 

7.  Publicadas  en  el  primer  tomo  de  las  Variedades  literarias, 

8.  Podría  enumerarse  entre  las  obras  políticas  de  Pereira  de 
Silva  una  traducción  portuguesa  de  la  Historia  criminal  del  go- 
bierno ingles,  Elias  Regnault,  publicada  sin  el  nombre  del  traduc- 
tor en  Rio  de  Janeiro,  en  1842,  1  vol.  en  12*=*,  a  la  cual  ha  agrega- 
do muchos  hechos  concernientes  a  la  historia  del  Portugal  i  del 
Brasil. 


JUAN    MANUEL    PEREIRA    DE    SILVA  433 

que  con  frecuencia  son  el  fruto  de  una  larga  investigación, 
Pereira  de  Silva  ha  puesto  también  a  veces  algún  estudio 
para  descubrir  hechos  desconocidos;  pero  el  mérito  princi- 
pal de  su  libro  consiste  en  haber  reunido  en  un  solo  cuerpo, 
ampliándolas  i  revistiéndolas  de  un  estilo  propio,  i  al  cual  ' 
se  le  podria  reprochar  el  ser  demasiado  florido,  las  biogra- 
fías que  antes  de  la  publicación  de  su  libro  estaban  disemi- 
nadas en  muchas  obras,  i  en  haberlas  completado  con  otras 
que  son  el  fruto  de  su  propio  trabajo.  Pero  si  los  eruditos 
no  hallaron  en  esta  obra  mucho  de  nuevo,  recibió  los 
aplausos  del  ma\^or  número  de  los  lectores.  En  el  Brasil  i 
aun  en  Europa  fué  honrada  con  los  sufrajios  de  la  prensa, 
que  la  consideraban  un  libro  tan  instructivo  como  intere- 
sante. 

Agotada  la  primera  edición,  Pereira  de  Silva  reimprimió 
su  obra  en  Paris  en  1858  (2  vols.  en  8°),  con  el  título  de  Va- 
rees alustres  do  Brasil  durante  los  tempos  coloniaes.  Esta 
obra  es  simplemente  una  refundición  del  Plutarco  Brasilei- 
ro,  pero  aumentada  i  mejorada,  de  tal  modo  que  parece  un 
trabajo  enteramente  nuevo.  A  las  ya  publicadas,  el  autor 
añadió  dos  biografías  inéditas,  las  dispuso  todas  en  un 
orden  cronolójico,  que  faltaba  en  la  primera  edición, 
agregó  un  suplemento  biográfico  que  contiene  apuntes  su- 
marios acerca  de  muchos  brasileros  distinguidos,  i  algunas 
notas  para  una  bibliografía  del  Brasil  ^  ;  i  aceptando  las 
observaciones  de  la  crítica  juiciosa,  corrijió  algunos  defec- 
tos que  se  habían  escapado  en  la  primera  edición,   i   puli- 


9.  Haremos  notar  aquí  que  esas  indicaciones  bibliográficas  que 
acompañan  a  la  2*  edición  de  este  libro  interesante,  adolecen  de 
todo  jénero  de  inexactitudes.  Parece  que  Pereira  de  Silva,  como 
muchos  otros  escritores,  i  escritores  ilustrados,  no  da  ninguna  im- 
portancia a  la  ciencia  bibliográfica,  creyendo  que  importa  poco  el 
copiar  con  exactitud  el  título  de  los  libros  que  cita  i  mucho  menos 
^l  asentar  con  fijeza  la  fecha  de  la  impresión.  Solo  así  se  pueden 
esplicar  estos  descuidos.  En  la  tercera  edición  ha  suprimido  esas 
notas  bibliográficas. 

TOMO  X  28 


434  E3STUDI0S  HISTÓRICO-BIBLIÓGRÁFICOS 

mentó  considerablemente  el  estilo.  En  esta  segunda  edición 
la  frase  es  jeneralmente  mas  fuerte  i  vigorosa, talvez  porque 
se  halla  despojada  de  muchas  de  las  imájenes  que  recarga- 
ban el  estilo  en  el  edición  primitiva.  Por  fin,  en  1868,  Pereira. 
de  Sil  va  ha  publicado  en  Paris  (2  vols.  en  12*^)  la  tercera  edi- 
ción de  esta  obra,  nuevamente  correjida  i  aumentada. 

Al  jénero  histórico  pertenece  igualmente  un  pequeño  vo- 
lumen escrito  en  francés  i  publicado  por  Pereira  de  Silva  en 
Paris  en  1865,  con  el  título  de  Situation  social,  poíítiqae 
et  économique  de  Vempire  du  BrézU.  Este  librito,  interesan- 
te bajo  muchos  aspectos,  i  de  una  lectura  tan  agradable 
como  útil,  es  formado  por  dos  artículos  de  revista,  reunidos 
en  un  volumen  por  referirse  ambos  a  un  mismo  pais.  El  pri- 
mero de  esos  artículos  titulado  Le  BrézU  sans  Vempereur  D. 
Pedro  II,  fué  publicada  en  la  Revue  des  deux  mondes  de  IS 
de  abril  de  1858,  i  constituyen  un  notable  bosquejo  históri- 
co del  imperio  considerado  bajo  todas  sus  fases,  política, 
financiera,  militar,  industrial  i  comercial,  i  descubre  en  el 
autor,  no  solo  al  escritor  esperimentado,  sino  al  hombre 
público  que  ha  estudiado  a  fondo  los  negocios  de  su  pais,  i 
que  sabe  darlos  a  conocer  con  toda  claridad  i  precisión  ^^. 
El  segundo  artículo  titulado  La  gaerre  entre  le  BrézU  et 
la  Plata,  fué  dado  a  luz  en  la  Revue  contemporaine  de  Pa- 
ris del  30  de  abril  de  1865,  i  es  simplemente  una  defensa 
bien  escrita  del  Brasil  con  motivo  de  la  guerra  del  Para- 
guai,  en  que  el  autor  espone  con  pormenores  interesantes 
el  oríjen  i  antecedentes  de  esa  guerra. 

Por  sólido  que  sea  el  mérito  de  estos  ensayos  históricos,, 
hai  otra  obra  de  Pereira  de  Silva  que  los  ha  dejado  en  segun- 
do término,  i  que  ha  asentado  sobre  base  indestructibles 
su  reputación  de  historiador  concienzudo  i  juicioso  i  de  es- 
critor elegante.  Nos  referimos  a  la  Historia  da  fundadao  do 

10.  Este  artículo  fué  traducido  a  varios  idiomas,  en  Europa.  En  el 
Brasil  se  le  reimprimió  varias  veces  en  lengua  portuguesa,  i  ha  si-^ 
do  insertado  en  el  tomo  II  de  las  Variedades  literarias  de  Pereiret. 
de  Silva. 


JUAN    MANUEL    PEREIRA    DE    SILVA  435 

imperio  hrasileiro^  impresa  en  París  en  siete  tomos  en  8*^ 
(1864-1868)  11. 

Indudablemente,  los  estudios  historíeos  han  hecho  graa- 
des  progresos  en  el  Brasil.  La  fundación  del  Instituto  His- 
tórico i  Jeográfico  en  1838,  i  del  cual  Pereira  de  Silva  es 
uno  de  los  miembros  fundadores,  la  publicación  de  la  Revis- 
ta trimestral  que  le  sirve  de  órgano  i  en  que  se  han  dado  a 
luz  numerosas  memorias  mui  notables  por  la  investigación 
i  los  trabajos  emprendidos  fuera  de  esa  corporación  por 
eruditos  de  un  verdadero  mérito,  han  colocado  la  historia 
del  Brasil  en  un  estado  de  notable  progreso.  Sin  embargo^ 
quedaba  por  hacerse  la  historia  minuciosa  i  detenida  de  es- 
te pais  durante  el  primer  cuarto  de  este  siglo,  cuando  por 
la  traslación  a  Rio  de  Janeiro  la»familia  reinante  del  Portugal 
la  historia  de  los  dos  pueblos,  de  metrópoli  i  de  la  colonia,, 
se  confunde  en  un  mismo  cauce:  o  mas  bien  dicho  estaba  re- 
ducida a  escritos  sueltos  i  desligados  entre  sí,  a  bosquejos 
jenerales,  mas  o  menos  compendiosos,  en  que  los  hechos  no 
habian  podido  ser  apreciados  debidamente,  i  ni  siquiera 
presentados  bajo  su  verdadera  faz. 

Pereira  de  Silva  acometió  esta  empresa.  Se  propuso  escri- 
bir la  historia  reunida  del  Portugal  i  del  Brasil  desde  1808 
hasta  1825,  esto  es,  desde  la  instalación  de  la  corte  portu- 
guesa en  Rio  de  Janeiro  hasta  que  el  Portugal,  reconocién- 
dose impotente  para  someter  a  su  dominio  la"preciada  colo- 
nia, hizo  el  reconocimiento  de  la  independencia  del  Brasil. 
Para  realizar  su  plan,  el  historiador  tuvo  que  hacer  sus  inves- 
tigaciones en  ambos  países,  i  lo  llevó  a  cabo  sin  ahorrarse 
sacrificios  ni  fatigas.  ''Pesquisé,  estudié,  medité  i  comparé 
impresos  i  manuscritos,  tradiciones  orales  i  papeles  de  esta- 
do, dice  él  mismo.  Me  esforcé  por  sacar  en  limpio  la  verdad 
separándola  de  todo  lo  que  pudiera  oscurecerla.  Con  el 
trascurso  del  tiempo  i  con  el  descubrimiento  de  nuevos  sub- 
sidios, habrá  seguramente  algo  que  modificar  en  esta  histo- 


11  Hemos  visto  anunciada  una  segunda  edición  de  esta  obra,  ce- 
rrejida  i  mejorada,  en  3  tomos. 


436  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


ría.  En  la  actualidad,  sin  embargo,  i  ausiliándome  con  las 
luces  que  pude  recojer,  juzgo  que  debo  publicarla  como  la 
áentí,  la  comprendí  i  la  imajiné.  Es  por  lo  menos  un  traba- 
jo concienzudo;  i  como  tal  me  atrevo  a  darle  publicidad." 

La  historia  meramente  militar  i  aun  podria  decirse  la 
historia  política  de  los  sucesos  que  determinaron  la  inde- 
pendencia del  Brasil,  no  tiene  la  animación  ni  el  interés  que 
ofrece  la  historia  de  la  revolución  de  la  mayor  parte  de  las 
repúblicas  hispano-americanas.  Allí  no  hai  ni  una  lucha 
heroica  llena  de  sacrificios  i  de  abnegación,  ni  el  trabajo  pa- 
ciente de  nuevas  ideas  i  nuevas  instituciones  que  vienen  a 
reemplazar  mediante  grandes  esfuerzos  a  las  ideas  i  a  las 
instituciones  de  otra  era.  La  independencia  brasilera  es  el 
resultado  de  la  división  de  las  posesiones  de  la  corona  del 
Portugal  entre  un  padre  i  un  hijo,  entre  don  Juan  Yí  i  don 
Pedro  L  Esta  división  favorable  sobre  todo  a  los  inte- 
reses del  Brasil,  coincidió  con  el  establecimiento  del  réji- 
men  constitucional  que  trajo  consigo  grandes  reformas  en 
el  orden  político,  social  e  industrial;  pero  la  historia  de  esa 
división,  aunque  menos  dramática  que  la  que  cuenta  las 
revoluciones  de  los  pueblos  de  nuestro  oríjen,  ofrecen  en 
manos  de  un  historiador  distinguido  un  vasto  campo  de 
enseñanza.  Pereira  Silva  ha  comprendido  así  su  papel  de 
historiador.  "Siempre  he  tenido  gusto  por  la  historia,  dice 
él  mismo.  No  la  quiero,  sin  embargo,  para  saber  fechas, 
estudiar  vidas  de  príncipes  i  personajes  ilustres  i  para 
aprender  el  número  de  las  guerras  i  de  los  combates  que  se 
empeñaron.  Prefiero  la  que  examina  a  fondo  la  sociedad 
entera  desde  el  elevado  palacio  hasta  la  choza  del  pueblo. 
Me  agrada  mas  la  que  diseña  los  rasgos  de  la  administra- 
ción pública,  en  el  mas  lato  sentido  de  esta  palabra,  social 
política,  civil  i  económica.  De  este  modo,  la  historia  com- 
prende al  pueblo  i  a  la  nación  entera,  i  la  presenta  de  perfil 
i  de  frente,  en  cuerpo,  en  alma  i  en  espíritu.  Considero  a  la 
historia  concebida  de  esta  manera,  como  el  mas  moraliza- 
xior,  el  mas  instructivo,  el  mas  agradable  i  el  mas  sublime 
de  los  ramos  literarios." 


JUAN    MANUEL    PBREIRA    DE    SILVA  437 

Conforme  a  este  sistema,  Pereira  de  Silva  abre  su  his- 
toria con  una  noble  introducción,  en  que  después  de  pasar 
en  rápida  revista  los  sucesos  de  Portugal  desde  su  separa- 
ción de  la  España  en  1640,  muestra  el  estado  de  postra- 
ción a  que  a  principios  de  este  siglo  habia  llegado  el  pue- 
blo que  tres  centurias  antes  habia  arrancado  la  admiración 
del  mundo  por  sus  proezas  en  África  i  en  Asia,  üescribe  en- 
tonces con  verdadera  maestría  el  estado  político,  social^ 
económico,  industrial  de  ese  pais,  i  cuenta,  por  fin,  los  su- 
cesos que  en  1807  obligaron  a  la  familia  reinante  a  aban- 
donar la  metrópoli  para  buscar  un  asilo  en  sus  posesiones 
de  ultramar.  En  este  momento  abre  Pereira  de  Silva  la  his- 
toria del  Brasil  con  una  estensa  i  notable  introducción  en 
que  da  a  conocer  el  sistema  colonial  de  los  portugueses,  las 
atribuciones  de  los  gobernadores,  la  organización  judicial 
rentística,  eclesiástica  i  militar,  la  lejislacion,  el  estado  i 
condición  de  sus  pobladores,  su  industria,  su  atraso  i  todo 
aquello  que  puede  contribuir  a  presentarnos  por  completo, 
en  su  conjunto  i  en  sus  detalles,  el  cuadro  de  la  colonia. 

Sentados  estos  antecedentes,  Pereira  de  Silva  comienza 
a  referir  combinada  i  alternativamente  la  historia  del  Bra- 
sil i  del  Portugal  con  acopio  tal  de  pormenores,  que  el  lec- 
tor comprende  perfectamente  la  marcha  de  los  sucesos  en 
todos  sus  incidentes.  Mientras  en  el  Portugal  se  sostiene 
la  lucha  para  rechazar  la  invasión  francesa,  la  corte  inicia 
en  el  Brasil  un  sistema  de  reformas  administrativas  que 
gradualmente  sacan  a  la  colonia  de  su  estado  de  postración. 
El  espíritu  liberal  de  algunos  hombres  adelantados  se  tras- 
luce en  proyectos  de  conspiración  o  en  verdaderos  levanta- 
mientos, uno  de  los  cuales,  el  de  Pernambuco  en  1817,  causó 
graves  inquietudes  a  la  corte  i  preparó  los  ánimos  para  la 
independencia  definitiva.  Por  fin,  estalla  en  Portugal  la  re- 
volución constitucional  de  1820:  la  ajitacion  se  comunica 
al  Brasil,  donde  las  nuevas  ideas  encuentran  favorable  aco- 
jida,  i  don  Juan  VI  se  ve  obligado  a  volver  a  metrópoli 
donde  lo  llamaban  las  necesidades  de  la  situación  i  los  cla- 
mores de  los  representantes  del  pueble.  Su  hijo  don  Pedro 


438  ESTUDIOS    IIISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

queda  a  la  cabeza  del  gobierno  de  Brasil;  pero  hostilizado 
por  las  cortes  lejislativasdel  Portugal,  que  no  querían  afian- 
zar las  conquistas  liberales  alcanzadas  por  la  colonia,  da  el 
grito  de  Ipiranga  (7  de  setiembre  de  1822)  i  proclama  la 
independencia  del  nuevo  imperio.  La  lucha  no  podia  ser 
larga  ni  tenaz.  El  Portugal  no  tenia  recursos  para  comba- 
tir mucho  tiempo  i  al  fin  prefirió  reconocer  la  independencia 
que  el  pueblo  brasilero  había  proclamado  i  sostenido. 

Al  referir  estos  sucesos  con  todo  detenimiento,  Pereira 
de  Silva  ha  sabido  presentarlos  clara  i  distintamente,  con 
un  método  excelente,  sin  odios  ni  pasión,  dando  a  cada  cual 
lo  que  es  suyo  i  apreciando  los  acontecimientos  con  espírítu 
sereno  i  despreocupado.  Algunos  historiadores  del  Brasil, 
que  por  incidencia  habían  tratado  estos  mismos  hechos, 
habian  llegado  a  separar  de  la  historia  las  intentonas  revo- 
lucionarias que  se  hicieron  sentir  entre  1808  i  1820  como 
accidentes  que  no  habian  tenido  ninguna  influencia  en  el 
triunfo  de  la  independencia,  que  han  querido  atribuir  solo 
a  la  iniciativa  del  príncipe  don  Pedro  o  a  las  reformas  de- 
cretadas por  donjuán  VI.  Djn  Francisco  Adolfo  de  Varn- 
hagen  es  de  este  número:  en  el  capítulo  54  de  su  aplaudida 
Historia  geral  do  Brasil  no  vacila  en  condenar  la  insurrec- 
ción republicana  de  Pernambuco,  así  como  los  otros  movi- 
mientos de  esa  época,  como  sucesos  que,  comprometiendo 
la  integridad  del  territorio,  no  sirvieron  en  realidad  a  la 
causa  de  su  independencia. 

Pereira  de  Silva,  aunque  partidario  decidido  del  imperio 
constitucional,  i  aunque  alistado  en  las  filas  del  partido 
conservador,  ha  sido  mas  justo  con  los  mártires  que  se  sa- 
crificaron por  una  causa  noble  proclamando  la  revolu- 
ción antes  que  hubiera  llegado  el  tiempo  en  que  ésta  debia 
triunfar. 

Este  espíritu  de  justicia,  esta  rectitud  en  los  juicios,  es 
mas  notable  todavía  en  la  caracterización  de  los  persona- 
jes, sea  que  trace  los  perfiles  de  su  fisonomía  moral,  sea  que 
los  dé  a  conocer  refiriendo  sus  hechos.  Son  notables  sobre 
todo  los  retratos  de  don  Juan  VI,   el  príncipe  débil,  pero 


JUAN    MANUEL    PERBIRA    DE    SILVA  439 

bondadoso  i  progresista  de  don  Pedro  I,  el  soberano  caba- 
lleresco i  ardoroso;  i  de  José  Bonifacio  de  Andrada,  el  tri- 
buno yeliemente,  i  la  primera  cabeza  de  la  revolución  brasi- 
lera. En  el  libro  de  Pereira  de  Silva  se  les  conoce  por  com- 
pleto, bajo  su  verdadera  luz  i  sus  figuras  se  quedan  grabadas 
€n  la  memoria  del  lector  de  una  manera  indeleble. 
'  Temeríamos  estendernos  demasiado  si  hubiéramos  de  con- 
siderar muchos  otros  puntos  de  la  Historia  da  fundacao 
do  imperio  brasHeiro  que  merecen  llamar  la  atención;  pero 
sí  debemos  consagrar  algunas  líneas  a  su  mérito  literario. 
El  libro  de  Pereira  de  Silva  es  bien  escrito:  el  autor,  corri- 
giendo las  ampulosidades  de  estilo  de  sus  primeras  produc- 
ciones, ha  llegado  a  formarse  un  estilo  elegante  i  florido 
sin  afectación,  noble  i  con  frecuencia  elevado  casi  sin  salir 
de  los  límites  de  la  naturalidad.  Su  método  de  narración, 
el  arte  con  que  agrupa  las  circunstancias,  no  lo  hacen  des- 
merecer comparándolo  con  los  mas  distinguidos  historiado- 
res de  nuestra  época.  Ha  sabido  cubrir  con  formas  cultas 
hasta  la  historia  de  los  escándalos  i  miserias  del  palacio 
de  don  Juan  VI. 

Pereira  de  Silva  ha  puesto  término  a  su  tarea  con  la  pu- 
blicación de  una  obra  complementaria  que  lleva  por  título 
Segando  periodo  do  reinado  de  don  Pedro  /,  1  vol.  en  8*^, 
Rio  de  Janeiro,  1871.  Comprende  la  historia  del  nuevo  im- 
perio bástala  abdicación  de  don  Pedro  i  su  marcha  a  Euro- 
pa en  abril  de  1831  a  fin  de  reconquistar  para  su  hija  la  co- 
rona de  Portugal  que  le  habia  arrebatado  el  príncipe  don 
Miguel. 

Este  libro,  aunque  menos  cuidado  en  sus  formas  litera- 
rias que  la  obra  anterior,  posee  un  alto  interés  para  los 
brasileros  i  para  los  hispano -americanos.  Allí  está  referida 
con  todos  sus  pormenores  la  historia  de  la  guerra  entre  el 
Brasil  i  la  República  Arjentina,  cuyos  antecedentes  i  cuyas 
causas  Pereira  de  Silva  habia  espuesto  en  la  Historia  da 
fundagao  do  imperio  brasileiro.  Ese  libro  enseña  cosas  que 
seria  mui  difícil  estudiar  en  otra  parte. 

El  historiador  a  cuyas  obras  hemos  destinado  este  ar- 


440  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

tículo,  goza  en  su  patria  de  una  de  las  mas  altas  reputa- 
ciones literarias.  En  el  resto  de  la  América,  sin  embargo^ 
solo  lo  conoce  de  nombre  uno  que  otro  curioso;  i  son  muí 
pocos  los  que  han  leído  algunos  de  sus  escritos.  Al  termi- 
nar este  bosquejo  biográfico  crítico  debemos  asegurar  a  los 
que  buscan  en  la  lectura  de  la  historia  un  mero  entreteni- 
miento, que  en  la  dos  últimas  obras  que  hemos  mencionada 
hallarán  un  agradable  i  provechoso  pasatiempo.  Los  que 
desean  seriamente  conocer  el  pasado  de  los  pueblos  ameri- 
canos,  no  pueden  dispensarse  de  su  estudio. 


DON  FRANCISCO  DE  PAULA  GONZÁLEZ  VIJÍL^ 

VijiL  (el  doctor  don  Francisco  de  Paula  González),  nació 
en  la  ciudad  de  Tacna,  capital  del  departamento  de  Mo- 
quegua,  al  sur  del  Perú,  el  13  de  setiembre  de  1792.  Eran 
sus  padres  un  comerciante  español  llamado  Joaquin  G. 
Yijil,  i  su  madre  doña  Micaela  Yáñez,  señora  principal  de 
aquella  ciudad. 

La  aplicación  que  mostró  el  niño  Yijil  desde  sus  primeros 
años,  i  la  seriedad  de  su  carácter,  decidieron  a  sus  padres 
a  darle  la  educación  mas  distinguida  que  podia  recibirse 
entonces  en  el  Perú.  Sin  perdonar  gastos,  i  sin  cuidarse  de 
los  sinsabores  que  liabria  de  causarles  la  separación  del 
hijo  querido,  lo  enviaron  a  Arequipa  en  1803,  i  lo  coloca- 
ron en  el  seminario  de  San  Jerónimo,  que  gozaba  entonces 
de  una  gran  reputación.  Allí  pasó  doce  años  consagrado 
a  un  estudio  incesante,  durante  los  cuales  adquirió  todos 
los  conocimientos  que  un  colejio  de  esa  clase  podia  suminis- 
trar en  aquella  época,  es  decir  el  latin,  la  filosofía  escolás- 
tica i  las  ciencias  eclesiásticas. 

A  pesar  de  esta  educación,   Yijil  vaciló   mucho  antes  de 


*  Publicado  en  la  Revista   Chilena   (Santiago,  1875)  t.  II,  pájs. 
543-548. 

Nota  del  compilador. 


4-42  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

-abrazar  la  carrera  eclesiástica.  La  independencia  serena 
pero  incontrastable  de  su  carácter,  su  amor  decidido  a  la 
libertad  de  su  patria,  encontraban  en  la  vida  sacerdotal 
mas  de  una  contrariedad.  Así  fué  que  en  1815  volvió  a  su 
ciudad  natal,  resuelto  a  vivir  allí  en  el  trabajo  i  en  el  estu- 
dio; pero  esta  misma  pasión  por  las  ocupaciones  tranqui- 
las de  las  letras  en  un  tiempo  i  en  un  pais  en  que  casi  solo 
el  clero  podia  consagrarse  a  ellas,  lo  determinaron  a  regre- 
sar a  Arequipa  en  1818,  i  a  recibir  al  año  siguiente  las 
órdenes  sacerdotales. 

Aunque  dotado  de  una  modestia  singular,  sin  pretender 
tener  participación  en  los  negocios  públicos,  pero  amando 
sí  ardientemente  la  independencia  nacional  que  entonces 
era  el  objeto  de  una  lucha  encarnizada,  Vijil  comenzó  muí 
pronto  a  separarse  de  los  mas  altos  representantes  del 
poder  eclesiástico.  Vio  con  dolor  que  en  1821  todos  los 
obispos  del  Perú  se  pronunciaban  resueltamente  contra  la 
independencia  de  la  patria,  i  que  algunos  de  estos  lanzaban 
contra  ella  los  mas  furibundos  anatemas.  Leyó  la  solemne 
escomunion  decretada  por  uno  de  esos  prelados  contra  los 
independientes;  i  tuvo  el  amargo  pesar  de  ver  que  dos 
papas,  Pío  VII  i  León  XII,  condenaban  desde  Roma  el  mo- 
vimiento rejenerador  de  América.  Los  sentimientos  pa- 
trióticos de  Vijil  condenaron  esos  actos;  i  su  alma  profun- 
damente cristiana  distinguió  en  ellos  la  parte  que  corres- 
pondía a  la  relijion  i  la  que  tocaba  a  sus  ministros, 
juzgando  que  eran  éstos  los  que  por  un  abuso  inconcebible 
de  su  autoridad,  desprestijiabaa  las  armas  espirituales 
haciéndolas  servir  a  una  causa  puramente  mundana,  la  de- 
fensa i  el  mantenimiento  del  despotismo  colonial. 

A  pesar  de  todo,  Vijil  reprimió  cuanto  pudo  sus  senti- 
mientos, i  encontró  en  el  estudio  i  en  la  enseñanza  el  leni- 
tivo de  las  ajitaciones  interiores  que  lo  atormentaban. 
Profesor  i  vice-rector  del  colejio  de  la  Independencia  de 
Arequipa,  vivió  consagrado  a  estas  ocupaciones  hasta  el 
año  de  1823,  en  que  volvió  a  Tacna  al  lado  de  su  familia 
que  lo  llamaba  con  instancias. 


DON    FRANCISCO    DB    PAULA    GONZÁLEZ    VIJIL  443 


Se  acercaba  entonces  la  época  en  que  había  de  verse  for- 
zado a  salir  de  aquella  vida  modesta.  En  efecto,  a  fines  de 
1825  fué  elejido  por  su  ciudad  natal  diputado  al  congreso 
que  debia  reunirse  en  Lima.  Se  trasladó  con  este  motivo  a 
la  capital,  teatro  ya  de  una  violenta  fermentación  política. 
Ocupado  el  Perú  por  las  tropas  que  acababan  de  afianzar 
la  independencia  en  Junín  i  en  Ayacucho,  dominado  por  el 
prestijio  i  por  la  gloria  de  Bolívar,  se  dejó  imponer  en 
agosto  del  año  siguiente  la  constitución  que  aseguraba  la 
presidencia  vitalicia  de  ese  caudillo.  La  instalación  del 
congreso  fué  aplazada  ante  tan  graves  acontecimientos,  i 
se  organizó  un  gobierno  provisorio  mientras  Bolívar  iba  a 
Colombia.  Bajo  los  auspicios  de  ese  gobierno,  la  constitu- 
ción fué  jurada  en  Lima  el  9  de  diciembre  de  1826.  Pero 
aquel  orden  de  cosas  encontró  resueltos  adversarios  en 
algunos  republicanos,  que  como  Vijil,  prepararon  la  reac- 
ción contra  la  dictadura,  i  la  derrocaron  en  enero  de  1827. 
El  jeneral  La  Mar  fué  elevado  a  la  presidencia  de  la  repú- 
blica; i  se  convocó  al  pueblo  a  elecciones  para  un  nuevo 
congreso  constituyente  que  debia  reunirse  en  Lima  el  4  de 
junio. 

Vijil  mereció  de  nuevo  el  honor  de  ser  elejido  represen- 
tante de  su  ciudad  natal.  Tomó  una  parte  activa  en  los 
trabajos  de  ese  congreso  hasta  la  promulgación  de  la  cons- 
titución de  1828,  sosteniendo  siempre  los  principios  libera- 
les, i  ganándose  la  reputación  i  el  respeto  de  que  desde  en- 
tonces ha  gozado  en  el  Perú. 

Comprometida  su  salud  por  el  trabajo,  por  el  estudio 
constante  i  por  las  ajitaciones  políticas  en  que  habia  teni- 
do que  tomar  parte,  hizo  en  1829  un  viaje  a  Chile,  que  en- 
tonces también  estaba  envuelto  en  una  formidable  revo- 
lución. Residió  principalmente  en  Quillota  i  en  Concepción, 
i  cultivó  relaciones  con  los  hombres  mas  distinguidos  de 
nuestro  pais.  Resuelto  a  vivir  consagrado  a  sus  pac'ficas 
•ocupaciones,  Vijil  volvió  al  Perú  en  1831,  i  se  estableció 
en  Arequipa,  en  cuyo  colejio  desempeñó  de  nuevo  las  fun- 
.ciones  de  profesor,  junto  con  las  de  rector  que  se  le  confi- 


444  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

rieron.  Allí  estaba  contraído  a  sus  trabajos  favoritos, 
cuando  el  pueblo  de  Tacna  volvió  a  designarlo  casi  por 
unanimidad  su  diputado  al  congreso  nacional.  Gobernaba 
entonces  en  el  Perú  el  jeneral  Gamarra,  bajo  cuya  adminis. 
tracion  dictatorial  se  habian  violado  muchas  le3^es  i  come- 
tido exacciones  de  todo  j.énero,  impuesto  contribuciones,  i 
ejecutado  destierros  i  fusilamientos.  En  todas  partes  im- 
peraba el  terror.  Juzgúese  de  la  sorpresa  que  debió  causar 
en  el  ánimo  de  los  diputados,  cuando  en  una  de  las  prime- 
ras sesiones  del  congreso,  el  7  de  noviembre  de  1832,  se  vio 
subir  a  la  tribuna  a  un  clérigo  que  desempeñaba  las  fun- 
ciones de  vice-presidente  de  la  asamblea,  para  lanzar  desde 
allí  una  formidable  i  tremenda  acusación  contra  el  gobier- 
no del  poderoso  Gamarra.  Es  preciso  leer  aquel  discurso 
de  Vijil  para  conocer  cuánta  era  la  enerjía  de  su  espíritu 
republicano  para  afrontar  todos  los  peligros  en  defensa  de 
las  instituciones  liberales  i  representativas.  El  lector  po- 
drá hallarlo  reproducido  en  las  pajinas  91  i  siguientes  de 
\s.  Historia  del  jeneral  Salaherry  por  don  Manuel  Bilbao. 
El  gobierno  contestó  a  esta  acusación  con  nuevos  golpes 
de  autoridad  i  con  la  prisión  de  varios  diputados.  Vijil 
denunció  todos  estos  hechos  i  vindicó  su  conducta  en  un 
opúsculo  publicado  en  enero  de  1833  con  el  siguiente  títu- 
lo: A  sus  conciudadanos  el  diputado  Vijil. 

Esta  valiente  actitud  en  todas  circunstancias  granjeó  a 
Vijil  un  prestijio  inmenso.  El  mismo  año  de  1833  debia  reu- 
nirse una  convención  según  lo  dispuesto  por  la  constitu- 
ción de  1828  (art.  177),  para  reformar  este  código.  Yí\  pue- 
blo de  Tacna  renovó  por  una  nueva  elección  los  poderes 
de  su  diputado,  Vijil  ademas  publicó  entonces  (1834)  en 
Lima  un  periódico,  El  jénio  del  Rimac,  destinado  a  defender 
los  principios  liberales  i  democráticos.  Pero,  en  esa  época 
se  abria  para  el  Perú  un  período  de  revoluciones  i  de  gue- 
rras en  que  los  principios  no  eran  siempre  claros,  i  en  que 
la  ambición  de  algunos  caudillos  habia  de  trastornarlo- 
todo.  Prefirió  volverse  a  Tacna  a  vivir  en  paz  en  medio  de 
sus  libros;  i  habría  quedado  allí  definitivamente  si  en  1837 


DON    FRANCISCO    DE    PAULA    GONZÁLEZ    VIJIL  445 

no  se  le  hubiera  llamado  a  Lima  para  confiarle  el  cargo  de 
director  de  la  Biblioteca  Nacional.  Sirvió  este  puesto  solo 
dos  años:  en  1838  se  trasladó  nuevamente  a  Tacna,  i  en 
esa  ciudad  ocupó  diez  años  enteros  en  preparar  i  en  escribir 
la  obra  que  le  ha  dado  celebridad,  i  que  le  acarreó  también 
las  persecuciones  i  los  odios  de  que  fué  objeto. 

La  primera  parte  de  esa  obra  fué  dada  a  luz  en  Lima  en 
1848  con  el  título  de  Defensa  de  la  autoridad  de  los  gobier- 
nos i  de  los  obispos  contra  las  pretensiones  de  la  curia  ro- 
mana, i  forma  seis  volúmenes  en  4^  Discute  allí  con  una 
asombrosa  erudición  el  oríjen  i  los  límites  del  poder  papal, 
para  demostrar  que  esa  autoridad,  mui  reducida  en  sus 
principios,  se  habia  desarrollado  contra  el  espíritu  de  los 
fundadores  de  la  iglesia,  durante  las  tinieblas  de  la  edad 
media,  para  someter  a  su  dominio  i  durante  una  serie  de 
usurpaciones  graduales,  a  los  representantes  del  poder  tem- 
poral i  aun  a  los  prelados  de  la  iglesia  que  rijcn  a  sus  fieles 
lejos  de  Roma.  La  obra  de  Vijil  era  la  defensa  franca  i  re- 
suelta de  los  derechos  del  estado  contra  las  pretensiones  de 
la  curia  romana;  i  esa  defensa  larga,  difusa,  pesada  si  se 
quiere,  era  el  fruto  de  un  estenso  estudio  de  las  sagradas 
escrituras,  de  los  padres  de  la  iglesia,  de  la  jurisprudencia 
civil  i  canónica  i  de  la  historia.  Como  debe  supo.ierse,  hizo 
honda  impresión  en  las  repúblicas  americanas,  a  quienes 
estaba  dedicada,  e  irritó  profundamente  a  los  prelados  que 
por  uno  u  otro  motivo  estaban  en  lucha  con  el  poder  civil. 
De  este  número  fué  don  Manuel  José  Mosquera,  arzobispo 
de  Bogotá,  que  en  nota  de  11  de  octubre  de  1850  se  dirijió 
a  Pío  IX  para  denunciarle  la  publicación  de  la  obra  del  es- 
critor peruano.  "Su  autor,  decia  aquel  prelado,  propende 
nada  menos  que  a  desquiciar,  destruir  i  echar  enteramente 
por  tierra,  la  potestad  conferida  por  Cristo  nuestro  Señor 
i  Salvador  a  su  iglesia,  no  solamente  para  dirijir  por  medio 
de  consejos  i  amonestaciones,  sino  también  para  imponer 
preceptos  por  medio  de  leyes,  i  para  reprimir  i  reducir  a  la 
obediencia  a  los  descaminados,  por  medio  de  un  juicio  en- 
tero i  de  penas  saludables;  pues  de  tal  manera  sujeta  el  minis- 


4i6  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

terio  eclesiástico  al  poder  secular,  que  resuelve  afirmativa- 
mente pertenecer  al  último  el  juicio  i  conocimiento  de  cuan- 
to conviene  al  ejercicio  esterno  i  sensible  de  la  autoridad.'*' 
Con  fecha  de  16  de  diciembre  del  mismo  año,  contestó  el 
papa  al  arzobispo  de  Bogotá;  i  después  de  aplaudirle  su 
celo  por  la  noticia  que  le  comunicaba,  le  decia  que  ya  habia 
tomado  con  empeño  aquel  negocio.  En  efecto,  por  el  breve 
Multíplices  inttr  ÓQ  10  de  junio  de  1851,  Pió  IX  condeno 
solemnemente  la  obra  de  Vijil,  imponiendo  la  pena  de  esco- 
nuinion  ¿\  los  que  la  leyeran  o  poseyeran.  No  estará  de  mas 
observar  aquí  que  en  las  declaraciones  de  este  breve  ponti- 
ficio se  funda  la  condenación  de  las  proposiciones  21,  23  i 
30  de  la  encíclica  de  8  de  diciembre  de  1864,  mas  conocida 
con  el  nombre  de  Syllahus. 

Apenas  tuvo  noticia  de  esta  condenación  de  su  obra, 
Vijil  escribió  su  defensa  en  un  opíísculo  impreso  en  latin  i 
en  castellano  con  este  título:  Carta  al  papa  i  Análisis  del 
breve  de  10  de  junio  de  1851.  Este  escrito,  que  es  quizá  el 
mas  animado  de  cuantos  salieron  de  manos  de  aquel  fecun- 
do escritor,  fué  impreso  en  Lima  en  ese  mismo  año  i  repro- 
ducido muchas  veces  posteriormente.  Un  decreto  pontificio- 
de  18  de  marzo  de  1852  condenó  igualmente  este  opúsculo, 
(Pueden  verse  estas  condenaciones  i  los  documentos  que  les 
dieron  oríjen  en  los  Documentos  para  la  biografía  del  Ilus- 
trísimo  señor  Mosquera,  tomo  II,  pájs.  319  a  334). 

Se  creerla  que  esta  condenación  arrebató  todo  su  prestijio 
a  Vijil  en  un  paistan  profundamente  católico  como  e  Perú. 
No  sucedió  así,  sin  embargo.  Véase  sino  lo  que  pocos  años 
mas  tarde  escribía  uno  de  los  sabios  mas  distinguidos  de 
aquella  república  "El  virtuoso  señor  doctor  don  Francisco 
de  Paula  González  Vijil  es  también  un  profundo  sabio  en 
ciencias  eclesiásticas,  como  lo  acreditan  sus  eruditísimas 
obras,  tales  como  la  Defensa  de  los  gobiernos,  etc.,  prohi- 
bida por  el  papa  Pío  IX,  sin  la  menor  razón  ni  fundamento, 
pues  antes  por  el  contrario,  este  distinguido  escritor  ha 
bebido  la  doctrina  de  Jesucristo  en  sus  verdaderas  fuentes, 
cuando  estas  no  hablan  sido  corrompidas;  pero  el  tiempo  i 


DON    FRANCISCO    DE    PAULA    GONZÁLEZ    VIJIL  447 

la  civilización  le  han  debido  justicia."   (Mateo  Paz  Sol- 
dan, /eo^ra//a  del  Peni,  tomo  I,  páj.  506.) 

Vijil  recibió  aquellas  condenaciones  con  gran  serenidad^ 
Separado  por  ellas  del  gremio  de  la  iglesia,  abandonó  el* 
traje  sacerdotal,  vistió  una  levita  larga  i  negra,  por  la  cual 
se  podia  presumir  su  primer  estado,  i  quedando  estricta- 
mente cristiano  en  sus  ideas  i  en  su  carácter,  permaneció- 
siempre  consagrado  a  sus  estudios  favoritos  i  al  cuidado 
de  la  biblioteca  nacional  de  Lima,  que  el  gobierno  puso  ba- 
jo su  intelijente  dirección  en  1845.  Desde  entonces  hasta  la 
víspera  de  su  muerte,  no  ha  cesado  de  escribir  i  de  publicar 
obras  mas  o  menos  estensas,  impregnadas  todas  con  las 
mismas  ideas  de  independencia  que  contiene  la  primera.  En 
las  líneas  que  siguen,  vamos  a  enumerar  sus  producciones 
literarias,  sin  abrigar  la  confianza  de  haber  hecho  una  bi- 
bliografía completa,  i  sí  solo  señalado  las  obras  que  hemos 
visto  i  que  conocemos. 

En  1852  publicó  en  Lima  un  volumen  de  400  pajinas  en 
4^^  con  el  título  de  Compendio  de  la  defensa  de  la  autoridad 
de  los  gobiernos,  resumen  de  la  parte  primera  de  la  obra, 
con  un  retrato  suyo  grabado  en  acero.  Este  volumen  fué 
prohibido  por  decreto  de  la  congregación  del  índice  de  2  de 
marzo  de  1853. 

El  mismo  año  de  1852  dio  a  luz  en  Lima  otro  volumen 
en  4*^,  titulado  Compendio  de  la  defensa  de  la  autoridad  de 
los  gobiernos  contra  las  pretensiones  de  la  curia  romana^ 
prohibido  igualmente  por  decreto  de  26  de  abril  de  1853;  i 
un  opúsculo  de  92  pajinas  en  8*^  con  el  título  de  Ojeada  al 
equilibrio  de  las  dos  potestades  (la  civil  i  la  eclesiástica), 
que  fué  reimpreso  con  notables  agregaciones  en  1857  en  un 
opúsculo  de  74  pajinas  en  4"^ 

Entre  tanto,  Vijil  trabajaba  la  segunda  parte  de  su  obra 
principal,  destinada  a  hacer  la  Defensa  de  la  autoridad  de 
los  obispos  contra  las  pretensiones  de  la  curia  romana.  Fué 
publicada  ésta  en  Lima  en  1856,  en  cuatro  volúmenes  en 
4^.  El  año  siguiente  dio  a  luz  un  compendio  de  ella  en  un 
volumen  de  400  pajinas  en  4*^.  La  obra  quedó  así  terminada. 


448  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

en  diez  volúmenes,  con  dos  suplementarios,  que  contienen 
un  resumen  de  ella,  i  otro  de  adiciones,  que  ya  hemos  men- 
cionado. No  sabemos  que  esta  segunda  parte,  en  que  sus- 
tenta las  mismas  opiniones  de  los  volúmenes  anteriores, 
haya  sido  prohibida  por  la  curia  romana. 

Al  mismo  tiempo,  este  infatigable  escritor  tenia  que  re- 
presentar a  su  ciudad  natal  en  varios  congresos  i  en  la  con- 
vención de  1856,  en  cuyas  discusiones  sin  embargo  no  to- 
maba una  parte  principal  por  consagrarse  preferentemente 
a  sus  estudios  favoritos.  A  pesar  de  eso,  dedicó  a  los  asun- 
tos políticos  algunos  de  sus  trabajos;  i  con  ciertos  inter- 
valos dio  a  luz  cuatro  opúsculos:  1°  Paz  perpetua  en  Amé- 
rica, Lima,  1855,  esposicion  de  sus  ideas  sobre  confedera- 
ción americana,  reimpresa  en  Bogotá  el  año  siguiente;  2°  La 
guerra,  Lima  1856;  3*^  La  soberanía  nacional,  Lima  1857, 
defensa  de  los  principios  representativos;  i  4*^  Del  gobierno 
republicano  en  América,  Lima,  1857.  Estos  cuatro  opúscu- 
los fueron  reimpresos  en  Lima,  en  un  volumen  de  374  paji- 
nas en  4*^  El  autor  los  completó  en  1857  con  la  publicación 
de  quinto  opúsculo  titulado  Impugnación  de  un  folleto  de 
fensor  de  la  monarquía.  Lima,  94  pajinas  en  4*^.  Ademas  de 
éstos,  dio  a  luz  en  1859,  otro  opúsculo  de  44  pajinas  en  4r 
con  el  título  de  Documentos  relativos  El  decreto  de  11  julio 
de  1859,  espedido  por  el  presidente  don  Ramón  Castilla  so- 
bre convocatoria  del  congreso. 

Poco  tiempo  antes,  quizá  en  1358,  se  publicó  en  Lima  un 
opúsculo  sobre  la  declaración  pontificia  del  dogma  de  la  in- 
maculada concepción  de  la  vírjen  María,  en  que  se  impug- 
naba mas  bien  que  la  declaración  misma,  la  manera  cómo 
se  habia  hecho.  Ese  opúsculo  titulado  Defensa  de  la  Iglesia 
católica  contra  la  bula  dogmática  de  Pío  IX,  en  9  de  diciem- 
bre de  1854,  lleva  la  firma  de  Un  americano,  pero  se  atribu- 
yó jeneralmente  al  doctor  Vijil.Un  fraile  catalán,  misionero 
en  el  Perú,  frai  Pedro  Gual,  que  habia  escrito  una  obra  muí 
estensa  en  crítica  de  la. Defensa  de  la  autoridad,  Qtc,  publicó 
en  1860  un  volumen  de  400  pajinas  para  impugnar  el  opús- 
culo a  que  nos  referimos. 


DON   FRANCISCO    DE   PAULA    GONZÁLEZ    VIJIL  449 

En  el  año  de  1869,  dio  a  luz  Vijíl  otros  tres  escritos. 
1*^  Catecismo  patriótico  para  las  escuelas  del  Callao,  espe- 
cie de  manual  de  los  deberes  del  ciudadano,  publicado  én 
esta  última  ciudad,  en  un  opúsculo  de  61  pajinas  en  4*^;  2° 
Escándalo  dado  al  mundo  en  el  asunto  Mortara,  referente 
a  la  ruidosa  i  violenta  separación  de  un  niño  de  este  nom- 
bre de  sus  padres  judíos  para  darle  una  educación  católica, 
Lima,  57  pajinas  en  4^;  i  Apéndice  al  opúsculo  sobre  Mor- 
tara, Callao,  53  pajinas  en  4"^.  Por  fin,  en  1862  dio  a  luz  su 
Opúsculo  sobre  la  pena  de  muerte,  escrito  en  contra  de  esta 
pena. 

Trabajaba  entonces  Vijil  en  otra  obra  de  grande  estension, 
para  la  cual  habia  hecho  las  mas  estensas  i  prolijas  investi- 
gaciones. Nos  referimos  a  la  que  lleva  por  título  Los  jesuí- 
tas presentados  en  cuadros  históricos,  dada  a  luz  en  Lima 
en  1863,  en  4  volúmenes  en  4^.  En  ella  se  propone  demos- 
trar con  el  ausilio  de  un  inmenso  caudal  de  documentos,  la 
intervención  de  esta  orden  en  los  negocios  temporales  de 
los  paises  en  que  se  ha  establecido,  i  la  mala  dirección  que 
ella  ha  impreso  a  los  negocios  de  la  curia  romana.  En  1867 
dio  a  luz  en  Lima  un  compendio  de  esta  obra  en  un  volu- 
men de  344  pajinas  en  4*^.  No  sabemos  que  esta  obra  haya 
sido  prohibida;  pero  sí  nos  consta  que  recayó  esa  censura 
sobre  otras  dos  obras  dadas  a  luz  por  Vijil  en  ese  año  de 
1863,  en  la  ciudad  de  Lima. 

Son  éstas:  1*^  Manual  de  derecho  público  eclesiástico  para 
el  uso  de  la  juventud  americana,  volumen  de  300  pajinas  en 
39.  j  2°  Diálogos  sobre  la  existencia  de  Dios  i  la  vida  futura 
dedicados  a  la  juventud  americana,  volumen  de  159  paji- 
nas en  8^.  Sobre  ambas  obras  lanzó  la  congregación  del 
índice  de  Roma  el  decreto  de  prohibición  de  25  de  abril  de 
1864. 

La  última  obra  de  Vijil  que  hayamos  visto,  lleva  la  fecha 
de  1871.  Es  un  folleto  de  41  pajinas  en  4*^  titulado  Roma, 
opúsculo  sobre  el  principado  político  del  soberano  pontíñce. 
Su  objeto  es  esplicar  el  oríjen  del  poder  temporal  de  los  pa- 

TOMO   X  29 


450  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

pas  i  demostrar  sus  inconvenientes  i  las  ventajas  de  su  de- 
saparición. 

Probablemente  existen  otras  obras  de  este  fecundo  escri- 
tor que  nosotros  no  conocemos;  pero  ademas  de  sus  libros 
i  opúsculos,  dio  a  luz  numerosos  artículos  históricos,  polí- 
ticos, eclesiásticos  i  filosóficos  en  diversos  periódicos,  i  par- 
ticularmente en  el  Constitucional  de  Lima.  Hasta  los  últi- 
mos días  de  la  vida  del  doctor  Vijil.  El  Correo  del  Perúy  pe- 
riódico literario  que  se  publica  en  aquella  capital,  daba  a 
luz  algunos  nuevos  trabajos  suyos  o  reproducia  fragmen- 
tos de  sus  anteriores  escritos;  i  en  setiembre  i  noviembre  de 
1874,  la  Revista  latino- americana  de  Paris  insertaba  la 
primera  parte  de  una  biografía  de  Bartolomé  de  las  Casas, 
que  había  sido  dada  a  luz  en  el  Correo  del  Perú. 

Cualesquiera  que  sean  las  censuras  que  pueden  hacerse  a 
las  obras  de  este  infatigable  escritor,  ya  sea  por  el  descuido 
de  las  formas  literarias,  ya  por  la  desmesurada  estension 
que  da  a  ciertas  materias  mediante  una  superabundancia 
de  citaciones,  ya  por  el  espíritu  jeneral  de  sus  escritos,  no  se 
pueden  desconocer  en  él  ciertas  grandes  cualidades.  A  una 
vastísima  erudición,  unia  un  amor  profundo  a  los  princi- 
pios republicanos  i  democráticos,  a  todas  las  ideas  nobles  i 
jenerosas,  al  progreso  i  la  civilización  de  la  humanidad.  Es- 
tos solos  títulos  justificarian  el  respeto  con  que  lo  miraban 
sus  compatriotas  i  todos  los  americanos  que  tuvieron  la 
dicha  de  conocerlo  o  de  tratarlo;  pero  ademas  de  esas  dotes 
de  literato  i  de  pensador,  poseia  otras  no  menos  estimables. 
Humilde  en  sus  aspiraciones  personales,  desprendido  de  los 
bienes  de  fortuna,  dotado  de  una  esquisita  bondad,  de  una 
irreprochable  pureza  de  costumbres,  de  una  modestia  casi 
inconcebible,  a  la  luz  que  de  una  grande  independencia  de 
carácter,  el  doctor  Vijil  era  igual  para  todos,  para  los  gran- 
des i  para  los  pequeños,  sin  doblegarse  ante  los  primeros, 
sin  exijir  que  los  segundos  se  doblegaran  ante  él. 

El  doctor  don  Francisco  de  Paula  González  Vijil  ha  falle- 
cido en  Lima  el  9  de  junio  de  1875  a  la  edad  de  ochenta  i 


DON   FRANCISCO    DE    PAULA    GONZÁLEZ   VIJIL  451 

tres  años.  El  pueblo  peruano  tributándole  los  honores  mas 
ostentosos  que  se  hayan  hecho  a  hombre  alguno  en  aquel 
país,  ha  pagado  una  deuda  de  gratitud,  porque  Yijil  fué  no 
solo  un  distinguido  pensador  sino  un  patriota  grande  por 
su  civismo  i  mas  grande  aun  por  su  desprendimiento. 


XVII 

DON  JOSÉ  MAKIA  LAFEAGUA. 


Don  José  María  Lafragua,  jurisconsulto,  poeta,  histo- 
riador i  estadista  mejicano,  nació  en  Puebla  por  los  años 
de  1815  i  ha  muerto  en  Méjico  en  los  últimos  meses 
de  1875. 

A  la  edad  de  veintiún  años  obtuvo  el  título  de  abogado, 
i  ejercia  con  brillo  i  con  provecho  esta  profesión,  cuando  su 
ciudad  natal  lo  elijió  su  representante  en  el  congreso  cons- 
tituyente de  1824.  Allí  comenzó  su  carrera  política  soste- 
niendo los  principios  liberales,  i  demostrando  un  notable 
poder  oratorio.  Ese  congreso  formuló  un  proyecto  de  cons- 
titución liberal,  que  estaba  discutiendo;  pero  el  gobierno 
del  jeneral  Santa  Ana  preparó  un  pronunciamiento  contra 
aquella  reforma,  disolvió  el  congreso  i  apresó  a  algunos  de 
sus  miembros  mas  importantes.  Lafragua  fué  de  este  nú- 
mero. 

Por  ese  tiempo,  Lafragua  cultivaba  la  poesía,  escribia 
en  varios  periódicos  literarios,  i  habia  sido  secretario  del 

*  Publicado  en  la  Revista  Chilena  (Santiago,  1876),  tomo  IV, 
pájs.  311-314. 

Nota  del  compilador. 


454  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Ateneo  de  Méjico,  sociedad  literaria  en  que  estaba  afiliada 
casi  toda  la  juventud  intelijente  de  esa  capital.  Donjuán 
María  Gutiérrez  reprodujo  en  la  América  poética  una  es- 
tensa composición  de  Lafragua,  titulada  Iturbide,  en  que 
pasa  en  revista  los  servicios  prestados  a  su  patria  por  este 
personaje,  tributándole  los  mas  pomposos  elojios.  No  sa- 
bemos si  alguna  vez  se  ha  hecho  una  colección  de  las  poe- 
sías de  Lafragua;  pero  tenemos  motivos  para  creer  que 
hasta  ahora  permanecen  esparcidas  en  los  periódicos  en  que 
las  dio  a  luz. 

Diputado  i  senador  en  varias  lejislaturas  subsiguientes. 
Lafragua  ocupó  también  el  ministerio  del  interior  i  relacio- 
nes esteriores  de  la  república  mejicana  a  fines  de  1846.  To- 
cóle dar  cuenta  de  los  negocios  de  su  despacho  en  la  memo- 
ria que  leyó  al  congreso  constituyente  a  mediados  de  di- 
ciembre de  ese  año,  i  que  hemos  visto  pubHcada  en  Méjico 
en  1847,  en  un  cuaderno  en  folio. 

Lafragua  desempeñó  un  papel  mucho  mas  importante 
después  de  la  revolución  de  Ayutla,  que  echó  por  tierra 
la  dictadura  del  jeneral  Santa  Ana  i  que  inició  las  gran- 
des reformas  que  han  comenzado  a  levantar  a  Méjico  de  su 
postración.  El  primer  servicio  que  prestó  entonces  a  la 
causa  liberal  fué  la  publicación  de  un  libro  notable  que  se 
titula  Historia  de  la  revolución  de  Méjico  contra  la  dicta- 
dura del  jeneral  Santa  Ana^  1853  1856,  impreso  en  la 
capital  en  un  volumen  en  4*^  con  muchos  retratos,  láminas 
i  mapas  litografiados.  Esta  obra,  dada  a  luz  sin  el  nombre 
de  su  autor,  aunque  era  conocido  por  todo  el  mundo,  es  la 
historia  minuciosa  i  completa  de  aquella  célebre  revolución, 
escrita  con  mucha  mas  templanza  de  la  que  podia  esperarse 
en  un  libro  concebido  en  medio  de  una  lucha  apasionada  i 
violenta. 

Llamado  al  ministerio  de  la  gobernación  por  el  partido 
vencedor  a  principios  de  1856,  Lafragua  fué  por  algún 
tiempo  el  consejero  i  el  inspirador  de  la  política  del  jeneral 
don  Ignacio  Comonfort,  elevado  por  la  revolución  al  poder 
supremo.   Recomendólela  prudencia  i  la  templanza  en  la 


DON    JOSÉ    MARÍA   LAFRAGUA  455 

ejecución  de  las  reformas  liberales,  para  no  lastimar  inne- 
cesariamente a  sus  adversarios,  i  le  aconsejó  que  se  des- 
prendiera del  poder  discrecional  de  que  estaba  revestido. 
Lafragua  fué  el  autor  del  estatuto  orgánico  o  constitución 
provisoria  de  15  de  mayo  de  ese  año,  i  de  las  circulares  tan 
enérjicas  como  moderadas  en  que  se  recomendaba  su  cum- 
plimiento. 

Su  papel  en  esas  circunstancias  está  esplicado  por  un 
historiador  mejicano,  don  Anselmo  de  la  Portilla,  en  una 
importante  obra  impresa  en  Nueva  York  en  1858.  'Xafra- 
gua,  dice,  fué  uno  de  los  hombres  que  mejor  comprendieron 
el  pensamiento  político  de  Comonfort,  porque  sin  duda  le 
habia  concebido  él  mismo,  antes  de  saber  que  habiade  con- 
currir a  realizarle.  Distinguido  como  literato,  estimado  co- 
mo orador,  i  bienquisto  por  sus  cualidades  personales,  no 
encontró  sin  embargo  simpatías  en  los  hombres  de  la  es- 
cuela revolucionaria,  porque  echaban  de  menos  en  él  la  riji- 
dez  de  sentimientos  i  la  violencia  de  acción  que  ellos  ape- 
tecian. 

Lafragua,  en  efecto,  no  es  hombre  de  revolución  en  el 
vulgar  sentido  de  esta  frase;  i  sin  embargo,  su  reputación 
política,  que  le  habia  elevado  al  ministerio  de  relaciones 
esteriores  en  1846,  que  le  habia  dado  asiento  en  diferentes 
congresos  como  senador  i  como  diputado,  i  que  le  arrancó 
de  sus  tareas  literarias  diez  años  después  para  desempeñar 
la  cartera  de  la  gobernación,  venia  precisamente  de  la  cons- 
tancia con  que  habia  defendido  los  principios  de  la  demo- 
cracia pacífica.  Filiado  desde  su  juventud  en  estas  banderas, 
retirado  enteramente  de  la  escena  pública,  i  perseguido  a 
veces  cuando  han  dominado  sus  adversarios  políticos,  no 
abriga,  sin  embargo,  rencores,  ni  da  entrada  en  su  corazón 
a  ideas  de  venganza:  dulce  i  tolerante  con  todos,  sostiene 
con  lealtad  sus  principios,  sin  chocar  abiertamente  con  las 
opiniones  ajenas,  mereciendo  por  esta  razón  el  amor  de  sus 
amigos  i  el  respeto  de  sus  contrarios.  Comprendió  bien  el 
espíritu  de  la'  administración  a  que  pertenecía,  i  le  desarro- 
lló con  intelijencia  i  con  fé,  empleando  en  su  gabinete  el 


456  ESTUDIO    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

lenguaje  franco  i  sencillo  de  la  verdad;  pero  sus  esfuerzos  se 
estrellaron  en  las  pasiones  de  la  época,  i  lo  que  debió  ser- 
virle de  gloria,  no  hizo  mas  que  suscitar  contra  él  vitupe- 
rios injustos".  (Méjico  en  1856-1857.  Gobierno  del  jeneral 
Comonfort^  cap.  II,  pájs.  41  i  42). 

El  gobierno  del  jeneral  Comonfort  era  sinceramente  libe- 
ral. Inició  muchas  reformas  útiles  i  adelantó  !a  amortiza- 
ción de  los  bienes  de  manos  muertas,  que  era  una  necesidad 
imperiosa  de  la  situación  de  la  repiiblica;  pero  se  vio  ataca- 
do por  los  conservadores,  que  hablan  perdido  el  poder,  i 
por  los  liberales  exaltados  que  querían  marchar  mas  apri- 
sa. Lafragua  tuvo  que  defender  aquella  política  en  el  con- 
greso contra  los  radicales,  i  en  manifiestos  destinados  a 
desarmar  las  intrigas  de  un  clero  que  no  retrocedía  ante 
ningún  medio  para  mantener  su  antiguo  prestijio  i  po - 
derío.  Sobrevinieron  rebeliones  que  fué  necesario  reprimir, 
i  complicaciones  esteriores  a  que  fué  necesario  atender. 

Una  de  éstas  provenia  de  las  violencias  cometidas  en  di- 
versos puntos  del  territorio  mejicano  contra  ciudadanos 
españoles.  El  gobierno  de  Madrid  habia  entablado  las  mas 
enérjicas  reclamaciones  por  medio  de  su  ministro  en  Méjico, 
que  se  retiró  de  esta  capital  a  principios  de  1857,  dejando 
suponer  la  proximidad  de  un  rompimiento.  El  gobierno  de 
Comonfort  hizo  salir  inmediatamente  a  Lafragua  con  po- 
deres suficientes  para  discutir  i  arreglar  aquella  cuestión 
con  el  gobierno  español. 

Aquella  misión  no  dio  el  resultado  que  se  esperaba.  Al 
paso  que  en  Méjico  los  partidos  opositores  acusaban  al  go- 
bierno de  cobardía  por  tratar  de  dar  satisfacciones  al  mi- 
nisterio español,  éste,  por  su  parte,  instigado  por  algunos 
individuos  que  hablan  residido  en  Méjico,  i  envanecido  por 
la  ilusión  de  que  podría  llevar  a  cabo  con  gloria  i  con  pro- 
vecho lejanas  espediciones  militares,  se  mostraba  terco  e 
intransijente.  Por  estas  circunstancias,  Lafragua  casi  no 
pudo  hacer  otra  cosa  que  presentar  en  28  julio  de  1857  un 
estenso  memorial  en  defensa  de  la  república  mejicana.  Este 
documento  fué  publicado  pocos  meses  dtspues    en    Poissy, 


DON   JOSÉ    MARÍA    LAFRAGUA  457 

en  Francia,  en  un  volumen  de  347  pajinas  en  8*^,  que  lleva 
el  título  siguiente:  "Memorándum  de  los  negocios  pendien- 
tes entre  Méjico  i  España  presentada  al  ministro  de  Estado 
por  el  representante  de  la  república  el  dia  28  de  julio  de 
1857."  Este  escrito  dio  oríjen  a  muchas  otras  publicaciones 
por  parte  de  España,  de  las  cuales  conocemos  una  impresa 
en  Madrid  en  1858  en  un  cuaderno  de  143  pajinas,  firmado 
por  Tomas  Rios,  concebido  con  gran  violencia  contra  La- 
fragua  i  contra  Méjico  i  acotado  de  muchos  documentos 
sobre  aquella  cuestión.  El  título  de  este  opúsculo  es  el  si- 
guiente: *'Los  hechos  i  los  datos  oficiales  contra  el  memo- 
rándum del  señor  don  José  M.  Lafragua  i  algunas  noticias 
sobre  la  cuestión  de  Méjico". 

No  pudiendo  arreglar  aquella  cuestión,  que  debia  prepa- 
rar el  rompimiento  de  1861,  Lafragua  se  retiró  de  Madrid, 
donde  habia  contraido  amistad  con  un  gran  número  de  li- 
teratos españoles,  i  pasó  a  Francia.  Es  curioso  recordar 
aquí  que  su  secretario  don  José  Manuel  Hidalgo,  que  llega- 
ba de  Madrid  a  Bayona  el  30  de  agosto  de  1857,  fué  lla- 
mado a  Biarritz  por  la  emperatriz  de  los  franceses  para 
proponerle  el  proyecto  de  establecer  un  trono  en  Méjico, 
primer  paso  dado  para  la  realización  de  una  empresa  loca  i 
temeraria  que  ensangrentó  inútilmente  el  suelo  de  esa  re- 
pública. El  confidente  de  Hidalgo,  en  esta  primera  faz  de  la 
intriga,  fué  don  Francisco  de  Paula  Arrangoiz,  monarquis- 
ta mejicano  que,  después  de  haber  servido  al  emperador 
Maximiliano  en  varios  puestos  diplomáticos,  ha  escrito 
una  historia  de  ese  desgraciado  imperio. 

Lafragua  fué  completamente  estraño  a  esas  intrigas,  i 
quizá  por  entonces  no  tuvo  la  menor  noticia  de  ellas.  Lejos 
de  eso,  i  habiendo  quedado  en  Europa  a  consecuencia  de  la 
caida  del  presidente  Comonfort,  hizo  lo  que  pudo  en  la  me- 
dida de  sus  fuerzas,  para  desarmar  los  planes  monárquicos 
que  produjeron  la  intervención  francesa;  i  vuelto  a  Méjico 
vivió  bajo  el  gobierno  de  Maximiliano  retirado  de  los  ne- 
gocios públicos  i  protestando  siempre  de  los  actos  del  go- 
bierno intruso,  sin  dejarse  seducir  por   las   tendencias  libe- 


458  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOCRÁFICOS 

rales  que  este  emperador  imprimía  a  la  dirección  de  los  ne- 
gocios públicos.  Tomó  sí  una  parte  principal  en  la  prepa- 
ración del  código  civil  que  fué  sancionado  el  6  de  julio  de 
1866,  i  cuyo  liberalismo  en  materia  de  matrimonio  civil, 
produjo  una  grande  oposición  de  parte  de  los  clericales. 

Después  de  la  caida  del  imperio,  Lafragua  permaneció 
en  Méjico  ocupado  en  sus  estudios  literarios  i  jurídicos.  El 
13  de  julio  de  1872  fué  llamado  por  el  presidente  Juárez  a 
ocupar  el  puesto  de  ministro  de  relaciones  esteriores,  que 
siguió  desempeñando  bajo  la  presidencia  de  don  Sebastian 
Lerdo  de  Tejeda,  i  que  ocupaba  todavía  hasta  la  época  de 
su  muerte,  ocurrida,  como  hemos  dicho,  en  los  últimos  me- 
ses de  1875.  En  el  desempeño  de  este  cargo  ha  prestado 
útiles  servicios  a  la  reorganización  de  su  pais.  La  prensa 
de  Méjico,  al  anunciar  la  muerte  de  don  José  María  Lafra- 
gua, le  tributa  los  mas  sentidos  elojios.  Por  nuestra  parte, 
nos  limitamos  a  hacer  esta  rápida  reseña  biográfica,  sin- 
tiendo no  poseer  datos  mas  completos  que  los  que  hemos 
podido  tomar  en  los  libros  que  tenemos  a  la  mano,  i  que 
desgraciadamente  solo  alcanzan  hasta  la  caida  del  imperio 
de  Maximiliano. 


XVIII 

DON  JOSÉ  GREGORIO  PAZ-SOLDAN 

Traducido  del  tomo  4^  de  '*L'Histoire  Genérale  Biographique  de 
toutes  les  nations".— Partie  qui  comprende  lesHommes  de  Etat. 
Geneve,  1868. 


Paz- S01.DAN  (don  José  Gregorio)  nació  en  Arequipa,  una 
de  las  principales  ciudades  del  Perú,  el  9  de  mayo  de  1808. 
Fueron  sus  padres  lejítimos  el  señor  don  Manuel  Paz-Sol - 
dan,  tesorero  de  las  cajas  reales,  i  doña  Gregoria  Ureta 
Araníbar,  perteneciente  a  una  de  las  mas  antiguas  e  ilus- 
tres familias  de  dicha  ciudad.  Desde  mui  joven  fué  desti- 
nado al  estudio  de  los  primeros  rudimientos  de  la  gramá- 
tica latina,  francesa  i  retórica,  en  cuyos  estudios  progresó 
bastante.  En  1822  ingresó  de  alumno  interno  al  colejio 
seminario  de  Arequipa,  en  el  que  estudió  la  filosofía,  las 
matemáticas,  la  física,  la  teolojía  i  el  derecho  en  sus  varias 
ramificaciones.  Concluida  su  carrera  de  estudios,  fué  nom- 
brado profesor  en  el  mismo  seminario  i  enseñó  por  cinco 
años  las  mismas  facultades  que  habia  estudiado. 

Después  de  haber  obtenido  el  doctorado  en  teolojía  i  ju- 
risprudencia, fué  recibido  de  abogado  en    agosto    de  1831; 


*  Publicado  en  la  /Revista  Chilena  (Santiago,  1876)   t.  IV,  pájs. 

314  .   316 NOTA  DEL  COMPILADOR. 


460  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

sucesivamente  fué  nombrado  relator  i  juez  de  I."*  instan- 
cia, i  en  1839  fiscal  de  la  corte  superior  de  Arequipa.  En 
este  último  año  fué  elejido  para  representar  a  su  pais  en  el 
congreso  constituyente,  que  se  femúó  en  Huancayo. 

En  1841  fué  nombrado  por  el  gobierno,  con  acuerdo  del 
consejo  de  estado,  ministro  plenipotenciario  del  Perú  cerca 
del  gobierno  de  Bolivia,  adonde  se  dirijió  en  compañía  del 
jeneral  Gamarra  i  del  ejército  que  penetraron  en  el  territo- 
rio de  esta  república,  llamados  i  de  acuerdo  con  el  jeneral 
Ballivian.  No  pudiendo  resistir  éste  la  censura  e  indigna- 
ción que  su  conducta  excitó  en  Bolivia,  que  se  consideraba 
traicionada,  declaró  la  guerra  al  jeneral  i  ejército  que  él 
mismo  llevó  a  su  patria.  En  18  de  noviembre  fué  vencido 
en  Ingavi  el  ejército  del  Perú,  quedando  muerto  en  el  cam- 
po de  batalla  el  jeneral  Gamarra. 

Habiendo  regresado  Paz-Soldan  a  su  patria,  se  consa- 
gró esclusivamente  al  servicio  del  ministerio  fiscal,  hasta 
1845,  en  que  fué  elejido  senador  por  el  departamento 
de  Arequipa,  i  para  servir  este  cargo,  marchó  a  la  capital, 
i  el  senado  le  nombró  su  secretario. 

Inaugurado  en  aquel  año  ( 1845  j  el  gobierno  del  gran 
mariscal  Castilla,  fué  llamado  a  servir  el  ministerio  de  rela- 
ciones esteriores,  justicia  i  negocios  eclesiásticos,  en  cuyas 
materias  habia  mostrado  Paz-Soldan  grandes  conocimien- 
tos. En  1848  renunció  la  cartera,  i  fué  nombrado  director 
jeneral  de  hacienda.  En  1849  el  congreso  le  elijió  consejero 
de  estado,  cuyo  cargo  debia  durar  cuatro  años.  En  1851 
fué  presentado  por  el  mismo  consejo  para  ocupar  la  plaza 
de  fiscal  de  la  corte  suprema,  por  promoción  del  respetable 
señor  Mariátegui  a  una  vocalía  de  la  misma.  En  1852  fué 
nombrado  Paz-Soldan  enviado  estraordinario  i  ministro 
plenipotenciario  del  Perú  cerca  del  Gobierno  de  la  Nueva 
Granada,  para  arreglar  las  cuestiones  desagradables  sobre 
deudas  i  otras,  que  se  suscitaron  con  motivo  de  haberse 
formado  en  Lima  la  espedicion  del  jeneral  Flores  para  in- 
vadir el  Ecuador,  aliado  de  Colombia. 

En  25  de  junio  de  1853,  celebró  Paz-Soldan  en  Bogotá 


DON   JOSÉ  GREGORIO    PAZ-SOLDAN  461 

un  convenio  que  puso  término  a  las  cuestiones  pendientes, 
i  al  arreglo  de  la  deuda  del  Perú  a  Colombia,  objetos  de 
disputas  desagradables  durante  veinticinco  años.  Ese  con- 
venio, aprobado  por  el  congreso,  se  encuentra  publicado  en 
la  colección  diplomática  del  Perú. 

Paz-Soldan  regresó  a  Lima  en  agosto  de  1853.  En  no- 
viembre fué  nombrado  ministro  de  relaciones  esteriores  por 
el  presidente  don  Rufino  Echeñique,  cuyo  cargo  renunció  en 
abril  de  1854  por  haber  diferido  de  opinión  con  motivo  de 
unas  temerarias  reclamaciones  que  interpuso  el  encargado 
de  negocios  de  Francia  Mr.  Rati  Mentón.  Paz-Soldan  vol- 
vió entonces  a  servir  el  empleo  de  fiscal  de  la  corte  su- 
prema. 

Derribado  el  gobierno  del  jeneral  Echeñique  el  5  de  enero 
de  1855,  en  los  campos  de  la  Palma,  por  el  triunfo  que  al- 
canzó el  ejército  de  la  revolución  capitaneado  por  el  jeneral 
Castilla,  persiguió  éste  a  cuantos  habian  servido  a  aquél, 
i  Paz-Soldan  fué  destituido  de  su  plaza  de  fiscal.  Entonces 
dio  a  luz  un  interesante  libro,  que  tituló  Mi  defensa,  en  que 
se  encuentra  la  historia  de  algunos  hechos  contemporá- 
neos, i  se  hacen  apreciaciones  políticas  de  oportunidad, 
bastante  útiles. 

Desde  1855  permaneció  separado  de  la  vida  pública  i 
ocupado  en  el  arreglo  de  sus  negocios  hasta  1861,  en  que, 
por  leyes  del  congreso  volvió  a  servir  a  su  plaza  de  fiscal. 
Ese  mismo  año  le  nombró  el  jeneral  Castilla  rector  de  la 
universidad,  a  la  que  dio  fuerte  impulso;  edificó  parte  de  su 
local  i  publicó  la  interesante  obra  titulada  Anales  univer- 
sitarios del  Pera,  que  servirá  para  escribir  su  historia  lite- 
raria. Publicó  dos  volúmenes  i  el  tercero  quedó  casi  con- 
cluido cuando  dejó  el  rectorado. 

En  octubre  de  1862  se  instaló  el  gobierno  constitucional 
del  gran  mariscal  San  Román,  quien  nombró  a  Paz-Soldan 
presidente  del  consejo  i  ministro  de  relaciones  esteriores. 
Habiendo  fallecido  San  Román  en  3  de  abril  de  1863,  suce- 
diéndole  como  vice-presidente  el  jeneral  Pezet,  se  retiró  Paz 
Soldán  i  continuó  sirviendo  la  fiscalía  que  tenia  en  propie- 


462  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

dad.  Durante  su  ministerio  se  presentó  en  el  Rio  de  la  Plata 
el  almirante  español  Pinzón,  con  una  escuadrilla,  anun- 
ciando su  marcha  al  Pacífico,  simulando  un  viaje  científico 
i  protestando  intenciones  amistosas.  Sin  embargo,  Paz- 
Soldan  no  se  engañó,  i  descubriendo  sus  temores  al  Con- 
greso, pidió  autorización  para  preparar  el  pais  a  una  de- 
fensa; pero  Paz  Soldán  no  fué  creido  i  se  calificó  de  miedo 
su  previsión. 

La  escuadra  española  se  presentó  en  los  puertos  del  Pe- 
rú, i  por  un  atentado  injustificable  i  desleal,  se  apoderó  de 
las  islas  de  Chincha  el  14?  de  abril  de  1863.  Mazarredo,  co- 
misario español,  publicó  un  manifiesto,  que  Paz-Soldan 
contestó  de  una  manera  victoriosa,  revelando  hechos  i  pu- 
blicando documentos  que  patentizaban  la  conducta  indigna 
de  los  españoles. 

En  agosto  del  mismo  año  fué  nombrado  Paz-Soldan  mi- 
nistro plenipotenciario  del  Perú  al  congreso  americano  que 
se  instaló  en  Lima  en  noviembre  de  1864,  i  mereció  el  ho- 
nor de  ser  nombrado  presidente  del  Congreso,  al  que  con* 
currieron  los  señores  Montt,  Herran  i  Guzman,  que  habian 
sido  los  primeros  presidentes  de  Chile  i  Nueva  Granada,  i  el 
tercero  vice-presidente  de  Venezuela.  Concluidas  las  sesio- 
nes del  congreso  americano  en  marzo  de  1865,  volvió  Paz- 
Soldan  a  ocuparse  en  el  servicio  de  la  fiscalía  suprema,  cuyo 
cargo  sirve  actualmente. 

Paz-Soldan  es  de  una  complexión  sana  i  robusta:  de  un 
carácter  firme  i  resuelto:  de  una  incansable  laboriosidad:  tie- 
ne una  memoria  admirable  i  una  instrucción  poco  común, 
como  lo  manifiestan  sus  escritos.  Sus  opiniones  son  resuel- 
tamente liberales:  nunca  se  ha  comprometido  en  las  revolu 
ciones  del  Perú.  A  principios  de  1867  publicó  otro  libro 
interesante  titulado  Los  derechos  adquiridos  i  los  actos  de 
la  dictadura  de  Perú,  el  que  combatió  el  poder  absoluto  i 
los  decretos  dictatoriales  con  sobrada  libertad  i  abundan- 
cia de  doctrina;  libro  que  hizo  profunda  sensación  en  la  re- 
pública i  cuyas  doctrinas  han  sido  después  seguidas  i  pro- 
clamadas por  todo  el  Perú. 


DON    JOSÉ    GREGORIO    PAZ-SOLDAN  46o 

Completamos  las  noticias  anteriores  anunciando  que 
el  doctor  don  José  Gregorio  Paz-Soldan  falleció  en  Lima  el 
17  de  diciembre  de  1875.  Los  elojios  de  la  prensa  i  los  ho- 
nores fúnebres  que  se  le  tributaron  revelan  el  respeto  i  la 
estimación  de  que  gozaba  en  el  Perú. 


APUNTES  PARA  LA  HISTORIA 


DEL 


ARTE  DE  IMPRIMIR  EN  AMÉRICA 


TOMO    X 


30 


XIX 

APUNTES  PAEA  LA  HíSTOETA  DEL  AETE 
de  imprimir  en  América  * 


En  el  número  VII  de  la  Revista  de  Santiago  (\S72),  pájs. 
353 — 369,  don  Miguel  Luis  Amunátegui  publicó  un  curioso 
i  erudito  artículo  acerca  de  las  primeras  imprentas  que  se 
establecieron  en  la  América  española.  Aunque  sobre  esta 
materia  se  hubieran  consignado  muchas  indicaciones  en 
diferentes  libros  antiguos  i  modernos,  ese  artículo  es  el 
primer  trabajo  en  que  se  han  asentado  hechos  bien  estable- 
cidos no  acerca  de  uno  de  los  pueblos  americanos,  sino  so- 
bre un  gran  niimero  de  ellos. 

Amunátegui  ha  demostrado  allí,  algunas  veces  discu- 
tiendo las  opininiones  contrarias,  la  época  verdadera  de  la 
introducción  de  la  imprenta  en  Méjico,  en  Lima,  en  Guate- 
mala, en  las  misiones  del  Paraguai,  Córdoba  i  Buenos 
Aires,  en  Bogotá,  en  Quito,  en  Caracas  i  en  Chile.  En  este 
artículo  nos  proponemos  completar  esas  noticias  consig- 
nando algunos  datos  para  la  historia  de  la  tipografía  en 


*   Publicado    en    la    Revista    de    Santiago    (1872)    t.    I,  pájs. 
596  606. 

Nota  del  comph  ador. 


468  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

oi.ras  secciones  del  nuevo  mundo  de  que  se  ha  omitido  ha- 
blar en  aquel  escrito. 

I 

Don  Antonio  Bachiller  i  Morales,  en  vina  obra  titulada 
Apuntes  parala  historia  de  las  letras  i  de  la  instrucción 
pública  en  la  isla  de  Cuba  (Habana,  1859-1861,  3  vols. 
en  4°)  ha  trazado  una  prolija  historia  de  la  imprenta  en 
aquella  isla,  acompañada  de  una  lista  o  catálogo  de  todos 
los  libros,  opúsculos  i  periódicos  publicados  allí  desde  sus 
primeros  tiempos  hasta  1840.  Dos  años  mas  tarde,  don 
Jacobo  de  la  Pezuela,  en  el  tomo  III  de  su  estenso  Dicciona- 
rio jeográñco,  estadístico,  histórico  de  la  isla  de  Cuba  (Ma- 
drid, 4  vol.  en  4.°)  ha  hecho  entrar  esas  mismas  noticias 
abreviándolas  i  a  veces  completándolas,  en  el  interesante 
artículo  que  destina  a  la  literatura  cubana.  En  ambos  li- 
bros encontrará  el  futuro  historiador  de  la  imprenta  en 
América  casi  todos  los  datos  que  puedan  interesar  a  su  ob- 
jeto. De  ellos  tomamos  las  noticias  siguientes. 

La  primera  imprenta  que  se  conoció  en  Cuba  comenzó  a 
funcionar  en  la  Habana  el  4  de  junio  de  1735.  Fué  estable- 
cida por  un  industrial  llamado  don  Francisco  de  Paula, 
con  permiso  del  capitán  jeneral  de  la  isla  don  Juan  Güémes 
Horcasítas;  i  solo  dio  a  luz  algunos  anuncios  de  funciones 
de  iglesias  i  ciertas  órdenes  del  gobierno.  Veinte  i  ocho 
años  mas  tarde,  en  1763,  otra  imprenta  titulada  de  la  ca- 
pitanía jeneral,  i  de  propiedad  de  don  Blas  de  los  Olivos, 
comenzó  a  publicar  un  periódico  de  cuatro  pajinas  de  a 
cuartilla,  que  anunciaba  las  compras  i  ventas,  i  las  entra- 
das i  salidas  de  los  pocos  buques  que  llegaban  a  aquella 
colonia.  Ese  periódico  tuvo  solo  una  existencia  de  dos  años. 
La  imprenta  de  Olivos  siguió  publicando  los  bandos  de 
buen  gobierno  i  las  disposiciones  de  los  prelados. 

Don  Francisco  Seguí,  a  quien  Olivos  traspasó  su  prensa 
con  el  privilejio  i  con  la  denominación  de  imprenta  de  la 
capitanía  jeneral,  empezó  a  publicar  en  1780  la  Guía  de  fo- 


HISTORIA    DEL    AUTE    DE    IMPRIMIR    EN    AMÉRICA  469 

rasteros  de  la  isla,  que  se  continua  hasta  ahora,  si  bien  mas 
tarde  se  han  introducido  en  esta  pubHcacion  importantes 
modificaciones.  Era  en  su  principio  un  reducidocuadernillo^ 
como  nuestros  ahnanaques,  que  contenia  los  nombres  i  ha- 
bitaciones de  todos  los  empleados,  desde  los  mas  altos 
hasta  los  porteros,  de  los  eclesiásticos,  abogados  i  escriba- 
nos, i  ciertas  noticias  estadísticas  sobre  el  comercio,  el  trá- 
fico marítimo,  la  mortalidad,  los  nacimientos.  Libros  se- 
mejantes a  éste,  pero  mas  completos,  se  publicaban  por 
entonces  en  Méjico  i  en  Lima. 

También  reapareció  por  la  imprenta  de  Seguí  el  estin- 
guido  periódico.  En  1792  comenzó  a  publicarse  la  Gaceía 
de  la  Habana  en  mayores  proporciones  i  con  mas  acopio 
de  noticias.  En  esta  época  existian  ya  en  la  ciudad  de  la 
Habana  otras  tres  imprentas,  que  tenian  algún  trabajo  en 
la  impresión  de  anuncios,  convites,  formularios  de  cuen- 
tas, etc. 

La  ciudad  de  Santiago  de  Cuba  tuvo  uip  periódico,  el 
Amigo  de  los  cubanos,  i  por  tanto  una  imprenta,  desde 
1796.  Puerto  Príncipe  poseyó  imprenta  i  periódico  en  1812; 
i  Matanzas  el  año  siguiente.  Estos  simples  datos  manifies- 
tan que  la  isla  de  Cuba  fué  mucho  mas  favorecida  que  la 
mayor  parte  de  las  posesiones  españolas  de  América. 

El  periodismo  tomó  poco  mas  tarde  un  gran  desenvol- 
vimiento en  Cuba.  Bajo  el  réjimen  constitucional  inaugu- 
rado en  España  en  1811  i  suspendido  en  1814,  se  publica- 
ron treinta  i  cuatro  periódicos,  noticiosos  unos,  políticos,^ 
literarios  i  satíricos  otros.  Restablecido  el  sistema  consti- 
tucional en  1820,  i  mantenido  hasta  1823,  salieron  a  luz 
setenta  i  cuatro  periódicos.  Dudamos  mucho  que  en  ese 
mismo  período  se  publicaran  en  todo  el  resto  de  la  América 
española  un  número  igual  de  periódicos. 

II 

La  república  del  Uruguai  formaba  parte,  bajo  la  domi- 
nación  española,  del  estenso  virreinato  de  la  Plata,  i  era 


470  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS 

una  simple  intendencia.  Montevideo,  capital  de  la  Provin- 
cia, no  tuvo  imprenta  sino  algunos  anos  después  que  Bue- 
nos Aires,  la  capital  del  virreinato,  habia  publicado  dos 
periódicos. 

En  enero  de  1807  la  ciudad  de  Montevideo  fué  tomada 
por  asalto  por  las  tropas  inglesas,  que  emprendian  una 
segunda  campaña  contra  las  posesiones  españolas  del  Rio 
de  la  Plata.  Queriendo  que  su  dominación  fuera  simpática 
a  los  americanos,  los  invasores  establecieron  allí  una  im- 
prenta, i  publicaron  un  periódico  titulado  la  Estrella  del 
sur.  Tenia  éste  por  objeto  demostrar  a  los  colonos  de  la 
España  los  males  que  le  habia  irrogado  la  metrópoli  i  las 
ventajas  que  les  resultarian  de  salir  de  su  dominación. 

La  Estrella  de  i  sur  vivió  solo  unos  pocos  meses.  Derro- 
tados los  ingleses  en  Buenos  Aires  en  julio  de  ese  mismo 
año,  viéronse  obligados  por  una  capitulación  a  abandonar 
a  Montevideo.  Restablecióse  de  nuevo  la  dominación  es- 
pañola, i  subsistió  en  pié  hasta  1814,  cuando  esa  ciudad 
tuvo  que  rendirse  ante  un  ejército  arjentino  que  peleaba 
por  asegurar  la  independencia  de  estos  paises  contra  la  Es- 
paña. Durante  esa  guerra,  los  españoles  que  defendían  a 
Montevideo  emplearon  la  imprenta  para  sostener  su  domi- 
nación i  para  combatir  a  los  revolucionarios  de  Buenos 
Aires.  Entonces  hizo  sus  primer.!tS  armas  en  la  carrera  po- 
lítica, un  hombre  que  mas  tarde  ha  figurado  en  primera 
línea  en  las  guerras  civiles  i  en  las  intrigas  tle  la  corte  de 
España,  frai  Cirilo  de  la  Alameda  i  Brea,  simple  relijioso 
en  esa  época  en  un  convento  de  franciscanos  i  hoi  cardenal 
arzobispo  de  Toledo,  i  primado  de  la  iglesia  española.  Co- 
mo redactor  de  uno  de  los  papeluchos  que  los  realistas 
publicaban  en  Montevideo  para  desacreditar  a  los  inde- 
pendientes, se  hizo  notar  por  du  ardor  para  defenderla 
causa  del  rei  i  por  su  violencia  para  atacar  los  revolucio- 
narios. La  historia  de  la  prensa  americana  debe,  pues, 
consagrar  algunas  pajinas  a  este  famoso  personaje,  aparte 
de  las  que  tiene  que  dedicarle  la  historia  de  las  revueltas 
de  España  en  los  últimos   cincuenta  años. 


HISTORIA    DEL   AKTE   DE   IMPRIMIR   EN    AMÉRICA  471 


III 


La  república  de  Bolivia  es  el  pueblo  americano  que  tardó 
mas  en  poseer  una  imprenta.  El  territorio  que  hoi  la  for- 
ma, constituia  bajo  la  dominación  española  una  rica  pro- 
vincia del  virreinato  déla  Plata.  Aunque  dotada  de  una  au- 
diencia o  tribunal  superior,  de  un  arzobispado  i  de  una 
universidad,  la  presidencia  de  Charcas,  como  entonces  se 
llamaba,  no  tuvo  una  imprenta  propia,  según  creemos, 
hasta  el  año  de  1822. 

Se  refiere  que  el  ejército  arjentinoque  en  1813  invadió  las 
provincias  del  Alto  Perú  bajo  las  órdenes  del  jeneral  don 
Manuel  Belgrano,  llevaba  una  pequeña  imprenta  para  la 
publicación  de  boletines  i  proclama;  pero  no  hemos  halla- 
do en  ninguna  parte  la  confirmación  de  este  hecho.  La  mas 
antigua  publicación  boliviana  que  conozcamos  es  el  Te- 
légrafo, periódico  realista  publicado  en  una  sola  hoja,  por 
una  pequeña  imprenta  que  se  dominaba  de  vánguardiéi,  la 
única  que  existiera  entonces  en  el  Alto  Perú.  El  director 
del  periódico  era  el  jeneral  español  don  Pedro  Antonio  de 
Olañeta,  el  mismo  jefe  del  ejército  de  operaciones  contra 
los  insurjentes  arjentinos.  Esa  imprenta  acompañaba  al 
ejército  realista,  i  daba  a  luz  un  número  del  Telégrafo  ca- 
da vez  que  había  noticias  favorables  que  comunicar  a  los 
soldados  españoles.  El  ilustrado  bibliógrafo  don  Gregorio 
Beeche  posee  un  ejemplar  del  número  10  de  este  rarísimo 
periódico,  impreso  en  el  pequeño  pueblo  de  Moxos,  en  la 
frontera  sur  del  actual  territorio  boliviano:  lleva  la  fecha 
de  10  de  julio  de  1822. 

El  ejército  colombiano  que  en  1823  emprendió  la  cam- 
paña contra  los  realistas  del  sur  del  Perú,  llevaba  también 
una  imprenta  volante,  que  publicaba  las  órdenes  del  dia  i 
otros  documentos  concernientes  a  la  guerra.  Después  de  la 
jornada  gloriosa  de  Ayacucho,  la  imprenta  volante  mar- 
chó a  La  Paz  en  el  séquito  del  jeneral  Sucre.  La  primera 
pieza  que  dio  a  luz  fué  un  estenso  decreto  dictado  por  Su- 


472  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICÜS 

ere  en  la  ciudad  de  La  Paz  el  9  de  febrero  de  1825,  en  que 
convoca  al  pueblo  a  elecciones  para  una  asamblea  que  de- 
bía reunirse  en  Oruro  para  decidir  de  la  suerte  futura  del 
Alto  Perú.  Esta  publicación  no  tiene  nombre  de  imprenta, 
pero  tanto  ella  como  una  descripción  del  recibimiento  que 
la  ciudad  de  La  Paz  hizo  a  S.  E.  el  libertador  (Bolívar) 
el  18  de  agosto  de  1825,  han  salido  de  la  imprenta  del 
ejército  (nombre  que  se  le  da  en  esta  segunda  pieza),  que 
administraba  don  Fermin  Arévalo.  Esta  imprenta  se  esta- 
bleció poco  meses  mas  tarde  en  la  ciudad  de  Chuquisaca,  i 
allí  comenzó  a  publicar  el  1^  de  enero  de  1826  el  Rejistro 
oñcial  de  leyes,  decretos  i  órdenes  del  gobierno  de  la  repú- 
blica boliviana,  periódico  oficial,  sin  dia  fijo  para  su  publi- 
cación, i  que,  como  lo  indica  su  nombre,  contenia  solo  los 
decretos  i  actos  del  gobierno.  Desde  el  segundo  número,  es- 
te periódico  cambió  el  título  de  Rejistro  por  el  de  Colección, 
con  el  que  subsistió  hasta  el  año  1829. 

En  el  mismo  año  de  1825  funcionaba  en  Chuquisaca 
otra  imprenta  titulada  de  la  Universidad,  cuyo  oríjen  e  in- 
troducción nos  son  desconocidos.  Comenzó  a  publicar  un 
periódico  titulado  Chuquisaqueño,  que  quedó  en  el  2*^  nú- 
mero; i  el  30  de  julio  de  1825  la  Gaceta  de  Chuquisaca,  del 
cual  solo  conocemos  los  tres  primeros  números,  probable- 
mente los  únicos  que  salieron.  Esta  imprenta,  mucho  me- 
jor dotada  que  la  del  ejército,  tomó  a  su  cargo  desde  junio 
de  1825  la  publicación  del  Rejistro  oñcial,  bajo  la  dirección 
del  referido  don  Fermin  Arévalo.  Mas  tarde  tomó  el  nom- 
bre de  Imprenta  boliviana  ^  . 

En  los  años  posteriores,  la  imprenta  se  ha  jeneralizado 
mucho  mas  en  Bolivia,  de  tal  suerte  que  cuentan  con  un 
establecimiento  de  esta  especie  casi  todas  las  ciudades  de 
alguna  importancia.   Pero,  el   arte  de  imprimir  ha  hecho 


1.  Para  recojer  estas  noticias  he  podido  consultar  la  preciosa 
colección  de  impresos  bolivianos  reunida  con  gran  trabajo  por 
don  G.  René-Moreno,  que  mui  probablemente  es  la  mas  completa 
que  exista. 


HISTORIA    DEL   ARTE    DE   IMPKIMiR    EN    AMÉRICA  473 

pocos  progresos,  porque,  las  impresiones  de  ese  pais  son 
menos  limpias  i  elegantes  no  solo  que  las  que  se  hacen  en 
otros  pueblos  americanos,  sino  que  son  en  jeneral  inferio- 
res a  las  que  se  hacían  en  ese  mismo  pais  hace  treinta  o 
cuarenta  años. 

IV 

La  historia  de  la  imprenta  en  el  Brasil  ha  sido  bien  es- 
tudiada, i  por  tanto  es  mucho  mas  conocida.  Un  erudito 
escritor  portugués,  Antonio  Riveiro  dos  Santos,  en  dos  di- 
sertaciones sobre  los  oríjenes  i  progresos  de  la  tipografía 
en  Portugal,  insertas  en  el  tomo  VIII  de  las  Memorias  de 
literatura  portugueza  publicadas  pela  academia  real  das 
sciencias  de  Lisboa  (Lisboa,  1856,  p.,  1 — 147)  i  otro  erudi- 
to brasilero,  Francisco  de  Souza  Martins,  en  la  Revista  do 
Instituto  Histórico  e  geographico  do  Brasil  (tomo  VIII, 
1846,  páj.  262-273),  han  reunido  un  grande  acopio  de 
datos. 

El  sistema  colonial  de  los  portugueses,  aunque  despótico 
i  absurdo,  distó  mucho  de  ser  tan  represivo  como  el  que  los 
españoles  implantaron  en  sus  posesiones  de  América.  Sin 
embargo,  la  imprenta  fué  casi  completamente  desconocida 
en  el  Brasil  hasta  principios  del  siglo  XIX. 

Es  tanto  mas  singular  este  hecho,  cuanto  que  los  jesuí- 
tas portugueses  llevaron  la  imprenta  a  sus  misiones  de 
Asia  a  mediados  del  siglo  XVI,  mientras  en  el  Brasil  per- 
manecía desconocido  el  maravilloso  invento.  Para  la  pu- 
blicación de  los  libros  que  empleaba  en  la  enseñanza  de  la 
relijion  i  de  las  lenguas,  los  jesuítas  establecieron  una  im- 
prenta en  Goa  en  1561,  otra  en  Macao  en  1590,  dos  en  el 
Japón,  (la  primera  en  1593  i  la  segunda  en  1610),  otra  en 
Salcete  (Indostan)  en  1632  2,  otra  en  Cantón  en  1681,  i  por 


2.  En  1532  dice  equivocadamente  Riveiro  dos  Santos  en  la  páj. 
108  de  su  memoria  citada,  colocando  ese  establecimiento  entre  las 
imprentas  que  existían  en   los  dominios  del  reí  de  Portugal  en  el 


474-  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


ijltimo  una  en  Tian  Shan  (China)  en  1712.  Todas  estas  im- 
prentas, es  verdad,  publicaron  solo  opúsculos  cortos,  o  li- 
bros de  escaso  i  con  frecuencia  de  ningún  interés;  pero  este 
hecho  revela  la  importancia  que  entonces  se  daba  en  Por- 
tugal a  la  conquista  en  la  India,  i  el  poco  caso  que  se  ha- 
cia de  las  estensas  i  valiosas  posesiones  de  América. 

Solo  a  mediados  del  siglo  XVIIl  ^  un  industrial  llamado 
Antonio  Isidoro  de  Fonscca,  estableció  una  imprenta  en  Rio 
de  Janeiro,  mediante  la  tolerancia  i  talvtz  la  protección  de 
Gómez  Freiré  de  Andrade,  uno  de  los  mas  nobles  caracteres 
de  gobernadores  que  recuerdan  los  anales  de  la  colonia. 
Esa  imprenta  publicó  solo  algunos  opúsculos  de  mui  esca- 
sa estension  i  de  menos  importancia.  Se  conserva  uno  pu- 
blicado en  1747  con  el  título  de  Relacao  do  entrada  que  fez 
obispo  D.  ir.  Antonio  do  Desterro  Maiheiro,  escrito  por 
Luis  Antonio  Rosado  de  Cunha,  impreso  en  un  cuaderno  de 
20  pajinas  en  4^  No  hai  certidumbre  de  que  la  imprenta  de 
Fonseca  publicara  otra  obra;  se  sabe  sí  que  ese  estableci- 
miento tuvo  mui  corta  existencia,  i  que  el  gobierno  metro- 
politano creyendo  perjudicial  a  sus  intereses  la  difusión  de 
las  luces  en  la  colonia,  lo  mandó  cerrar  definitivamente. 
Parece  sin  embargo  que  a  pesar  de  la  prohibición,  aquella 
imprenta  trabajó  algún  tiempo  clandestinamente,  o  con 
el  consentimiento  tácito  del  gobernador  portugués.  Créese 
que  ella  publicó  una  obra  sobre  artillería  titulada  Exame 
de  homheiros  (1  v.  en  4"  de  414  pájs.  de  testo  i  38  de  intro- 
ducción) escrita  por  José  Fernández  Pinto  Alpoin,  capitán 
entonces  de  artillería  en  la  guarnición  de  Rio  de  Janeiro,  i 
dedicada  al  gobernador  de  esta  provincia  Gómez  Freiré  de 
Andrade.  Aunque  en  la  portada  de  este  libro,  se  dice  que 
fué  impreso  en  Madrid  en  1748,   los  bibliógrafos  portugue- 

siglo  XVI.  Bastará  observar  que  en  1532  no  estaba  aun  estable- 
cida la  orden  de  jesuítas  en  Europa,  i  que  solo  en  1541  salieron  los 
primeros  misioneros  de  esa  orden  para  la  India. 

3.  En  1707  dice  equivocadamente  Pereira  de  Silva  en  su  Histo- 
ria da  íundagao  do  imperio  brasileiro  (tomo  I,  páj.  216),  talvez 
por  un  error  tipográfico.  Debe  decir  1747. 


HISTORIA    DEL    ARTE    DE    IMPRIMIR    EN    AMÉRICA  475 

■ses  la  consideran  una  impresión  subrepticia  del  estableci- 
miento fundado  en  Rio  de  Janeiro. 

Trasladada  a  Rio  de  Janeiro  la  familia  reinante  del  Portu- 
gal a  principios  de  1808,  se  instaló  allí  un^i  imprenta  real. 
Data  solo  de  entonces  el  primer  periódico  que  se  dio  a  luz 
en  esa  ciudad;  la  Gaceta  de  Rio  de  Janeiro,  impresa  en  4^, 
publicada  dos  veces  por  semana  i  sujeta  a  una  censura  rigo- 
sosa  que  apenas  le  permitía  dar  al  público  noticias  estran- 
jeras  i  actos  oficiales.  Cinco  años  mas  tarde,  en  enero  de 
1813,  se  publicó  el  Patriota,  revista  mensual  que  vivió 
hasta  diciembre  de  1814,  dando  a  luz  documentos  inéditos 
e  importantes  memorias  para  la  historia  del  Portugal  i  del 
Brasil,  poesías  i  artículos  de  artes,  ciencias  i  literatura,  es- 
critos unos  por  Manuel  Ferreira  de  Araujo  Guimaraes, 
principal  redactor  del  periódico,  i  otros  por  diversos  litera- 
tos portugueses  o  brasileros,  entre  los  cuales  figuraban  dos 
de  gran  celebridad.  Pinheiro  Ferreira  i  José  Bonifacio  de 
Andrada.  En  la  ciudad  de  Bahía  se  instaló  también  una 
imprenta  por  esa  época,  i  se  publicó  un  periódico  con  el 
nombre  de  Idade  de  oiiro  (edad  de  oro),  cuyo  principal  re- 
dactor fué  el  clérigo  portugués  Ignacio  José  de  Macedo  ^, 
mui  famoso  mas  tarde  en  los  anales  periodísticos  de  Por- 
tugal. 

Hasta  el  año  1821,  época  en  que  fué  proclamado  el  réji- 
men  contitucional,  no  se  conocieron  en  el  Brasil  mas  que 
estos  tres  periódicos;  i  aun  ellos  tuvieron  escasa  circula- 
ción. Durante  la  segundei  décade  de  nuestro  siglo,  los  bra- 
sileros buscaban  su  instrucción  acerca  de  la  marcha  políti- 
ca nacional  i  estranjera  en  dos  periódicos  publicados  en 
Londres  en  idioma  portugués,  el  Ccrreio  BrazUiense  i  e 
Investigador  portugués.  La  colección  del  primero  de  estos 
periódicos,  mui  buscada  por  los  historiadores  i  eruditos,  a 
causa  del  gran  cúmulo  de  noticias   i    documentos    que  con- 


4.  Ignacio  José  Machado,  dice  Varnliagen  equivocadamente,  i 
talvez  por  error  de  im  prenta  en  su  Historia  geral  do  Brasil  (to- 
mo II,  páj.  350). 


476  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

tiene,  consta  de  veintiocho  volúmenes.  No  estará  demás  el 
consignar  aquí,  como  una  prueba  de  los  progresos  litera- 
rios del  Brasil  bajo  el  réjimen  independiente  i  constitucio- 
nal, que  en  1846  se  publicaban  ochenta  periódicos,  de  los 
cuales  diez  i  siete  estaban  destinados  a  las  ciencias  i  a  la 
literatura.  Este  número  se  ha  duplicado  en   nuestros  dias. 

V 

No  entra  en  el  plan  de  estos  lijeros  apuntes  el  dar  noti- 
cia del  establecimiento  de  la  imprenta  en  las  provincias  de 
América  que  conquistaron  los  ingleses  i  los  franceses.  En 
todas  ellas,  el  arte  de  imprimir,  aunque  introducido  mucho 
mas  tarde  que  en  Méjico  i  el  Perú,  porque  también  los  eu- 
ropeos se  establecieron  en  ellas  cuíindo  estos  dos  paises 
contaban  largos  años  de  sumisión  a  la  España,  fué  cultiva- 
do con  ardor  i  produjo  numerosas  obras.  En  febrero  de 
1809,  cuando  los  portugueses,  aliados  entonces  de  la  In- 
glaterra, conquistaron  la  colonia  francesa  de  Guayana, 
encontraron  en  la  humilde  ciudad  de  Cayena  dos  imprentas 
bien  montadas  que  funcionaban  regularmente,  siendo  de 
notar,  dice  un  historiador  brasilero,  que  Rio  de  Janeiro, 
Pcrnambuco  i  Bahía,  ciudades  mucho  mas  populosas  e  im- 
portantes, no  hablan  tenido  establecimientos  de  esta 
clase. 

Pero  para  que  se  comprenda  mejor  la  diferencia  que  a 
este  respecto  existia  entre  las  colonias  de  la  España  i  del 
Portugal  i  las  que  poseian  en  América  otras  naciones  mas 
ilustradas,  vamos  a  consignar  algunas  noticias  sobre  los 
oríjenes  i  desarrollo  de  la  imprenta  en  las  provincias  que 
lioi  forman  los  Estados  Unidos.  Las  estractamos,  i  casi  po- 
dríamos decir  que  las  traducimos  de  un  libro  escrito  con 
tanta  elegancia  como  conocimiento  de  causa,  la  Histoire 
de  la  presse  en  Angleterre  et  aux  Etats  Unís,  por  M.  Cuche- 
val  Clarigny. 

Los  Estados  Unidos,  como  se  sabe,  fueron  poblados  por 
colonos  de  diversa  educación,  de  creencias  diferentes  i  de 


HISTORIA    DEL    ARTE    DE    IMPRIMIR    EN    AMÉRICA  477 

principios  casi  diametralmente  opuestos.  En  el  norte  pre- 
dominaban los  puritanos,  hombres  en  su  mayor  parte  ilus- 
trados, republicanos  por  convicción  i  ardorosos  partidarios 
de  la  difusión  de  las  luces  en  todas  las  escalas  sociales.  En 
el  sur  estaban  los  anglicanos,  monarquistas,  aristócratas, 
sostenedores  de  la  esclavitud,  i  casi  podria  decirse  enemii^os 
decididos  de  la  ilustración.  Indicados  estos  antecedentes, 
se  comprenderá  con  facilidad  que  los  estados  del  norte  tu- 
vieron imprenta  e  hicieron  rápidas  conquistas  intelectua- 
les, cuando  las  provincias  del  sur  permanecian  aun  en  un 
notable  estado  de  atraso.  En  uno  de  aquellos,  en  Massa- 
•chussetts,  los  colonos  no  solo  establecieron  escuelas  parala 
difusión  de  la  enseñanza  primaria,  sino  que  fundaron  una 
universidad  en  Cambridge,  a  los  mui  pocos  años  de  haber 
pisado  las  playas  del  nuevo  mundo. 

En  1638,  un  ministro  presbiteriano  de  Inglaterra,  el  re- 
verendo John  Glover,  envió  de  obsequio  a  la  universidad 
que  los  colonos  acababan  de  fundar,  un  surtido  de  tipos  de 
imprenta.  Los  comerciantes  de  Amsterdam,  relacionados 
con  los  puritanos  de  América,  i  con  el  propósito  de  ayudar 
a  la  propagación  de  las  doctrinas  republicanas  en  el  réji- 
men  de  la  iglesia,  dieron  a  la  universidad  una  suma  de  cua- 
renta libras  esterlinas  para  comprar  una  prensa.  Las  sus- 
criciones  particulares  hicieron  todo  lo  demás.  Entre  los 
primeros  colonos  se  encontraba  un  obrero  impresor,  Ste- 
phen  Daye,  que  manejó  esta  prensa,  pero  que  murió  en  bre- 
ve víctima  de  los  rigores  del  clima.  Tomas  Green,  a  quien 
se  debe  la  publicación  de  algunos  escritos  de  teolojía  i  de 
algunos  libros  clásicos  para  la  universidad,  es  verdadera- 
mente el  primero  que  haya  introducido  la  imprenta  en  la 
América  inglesa.  Después  de  él,  sus  hijos  i  sus  descendien- 
tes cultivaron  este  noble  arte,  i  fundaron  muchos  de  los 
mas  antiguos  diarios  de  los  Estados  Unidos. 

Pero  las  colonias  inglesas  de  la  América  del  Norte  man- 
tenían entre  sí  mui  escasas  comunicaciones,  i  estaban  ade- 
mas divididas,  como  hemos  dicho,  por  principios  políticos, 
sociales  i  relijiosos  mui  diferentes.  Así  se  comprenderá  que 


478  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


en  1670,  setenta  i  un  año  después  del  establecimiento  de 
los  ingleses  en  Virjinia,  el  gobernador  de  esta  provincia,  sir 
William  Berkeley,  dijese  en  una  memoria  oficial:  "¡Gracias 
sean  dadas  a  Dios!  Nosotros  no  tenemos  aquí  ni  escuelas 
gratuitas  ni  imprenta,  i  espero  que  no  las  tendremos eií 
cien  años  mas;  porque  la  instrucción  ha  enseñado  al  mun- 
do la  indocilidad,  las  herejías  i  las  sectas,  i  la  imprenta  ha 
propagado  junto  con  todos  estos  males  los  ataques  contra 
los  gobiernos."  El  deseo  de  Berkeley  estuvo  apunto  de- 
cumplirse:  sesenta  años  se  pasaron  antes  que  Virjinia,  la 
mas  poblada  i  la  mas  rica  de  las  colonias,  tuviese  una  sola 
imprenta:  otras  colonias  no  la  conocieron  sino  a  mediados 
del  siglo  XVIII. 

Pero  en  las  colonias  del  norte  o  de  la  Nueva  Inglaterra, 
la  imprenta  hizo  rápidos  progresos.  En   1703,  un   director 
de  correos   de   Boston,  llamado  John  Campbell,  mal  remu- 
nerado por  los   servicios   prestados   al  público,  concibió  el 
pensamiento  de  publicar  un    diario   para  crearse  recursos.. 
Un  célebre  cura  puritano  habia  establecido   la  práctica  de 
dirijir  cada  jueves  a  sus  parroquianos  una  alocución  en  que 
esplicaba  un  punto  de  historia  o  de  moral  tomada  de  la  Bi- 
blia. La  afluencia  déjente  que  atraia  todos  los  jueves  el  de- 
peo  de  oir  al  mas  elocuente  i  afamado   predicador  de  aque- 
lla secta,  determinó  a  la  asamblea  de    Massachussett  a  es- 
tablecer en  Boston  una  especie  de  feria,  que  funcionaba  es- 
te solo  dia.  Los  colonos  tomaron   la  costumbre    de  ir  a  la 
ciudad  todos    los   jueves.  Después  del  sermón,  las  jentes  se 
repartían  para  darse  las  noticias  locales  i  para  informarse 
de  las  ocurrencias  de  ultramar.  Por  estas  circunstancias,  se 
habia  fijudo  para  ese  mismo   dia   para  la  salida  del  correo 
para   las   otras   colonias.    Esta  concurrencia  de  jente,  esta 
curiosidad  universal,  dieron  a  John  Campbell  la  idea  de  su 
empresa.  Director  de  correos,  él   era  el  primero  que  recibía 
las  noticias  de  Pkiropa,  las  novedades  de  las  otras  colonias 
i  los  otros  rumores  que  le   comunicaban  cada  jueves  los  vi- 
sitantes  que  iban   a   su   casa   a   llevar  o  sacar  sus  cartas. 
Comprendió  que  habia  para  él  un  gran  provecho   en  impri- 


HISTORIA    DEL    ARTE   DE    IMPRIMIR    EN    AMÉRICA  479 

inir  i  en  vender  una  hoja  suelta  que  contuviera  las  decisio- 
nes i  ordenanzas  de  las  autoridades,  los  rumores  de  las  co- 
lonias i  un  resumen  de  las  noticias  de  ultramar.  Así  nació 
el  primer  periódico  de  los  Estados  Unidos,  el  Boston  News 
Letter  (Carta  de  noticias  de  Boston),  publicado  por  la  im- 
prenta de  Bartolomé  Green,  hijo  mayor  de  Tomas  Green, 
el  impresor  de  la  universidad  de  Cambridge.  El  primer  nú- 
mero apareció  el  jueves  24  de  abril  de  1704. 

Durante  dieziseis  años  el  Boston  News  Letter  fué  el  único 
periódico  norte-americano.  Aun  en  sus  primeros  tierapos^ 
produjo  mui  escasas  utilidades  al  editor,  pero  luego  afluye- 
ron los  suscritores  i  los  avisos,  i  la  empresa  se  hizo  lucrati- 
va. El  10  de  diciembre  de  1719  apareció  el  primer  periódi- 
co que  haya  tenido  Filadelfia,  American  weeckíy  Mercury 
(El  Mercurio  semanal  de  América)  i  un  año  después,  el  18 
de  diciembre  de  1720,  la  Gaceta  de  Boston.  Pero  el  impul- 
so estaba  dado;  i  luego  la  imprenta  i  el  periodismo  adqui- 
rieron un  gran  desarrollo  porque  gozó  desde  su  nacimiento 
de  una  libertad  casi  ilimitada.  Allí  no  habla  ni  inquisición 
ni  censura  política,  como  en  las  colonias  de  la  España  i  del 
Portugal;  i  a  la  sombra  de  esa  libertad  se  desarrolló  el 
amor  por  la  cosa  pública  i  la  pasión  por  el  estudio.  En  los 
primeros  tiempos,  los  impresores  de  las  colonias  inglesas 
habian  estado  reducidos  a  surtirse  en  los  mercados  euro- 
peos de  todos  los  materiales  que  necesitaban.  En  1735,  un 
impresor  de  Germantown,  Christopher  Sower,  acometió  la 
empresa  de  fundir  tipos,  en  que  fué  imitado  mas  tarde  por 
otros  industriales,  entre  los  cuales  se  cuenta  el  célebre  Ben- 
jamín Franklin;  pero  aunque  esta  industria  no  alcanzó  su 
verdadero  desarrollo  hasta  después  de  la  revolución  de 
\^  independencia  ^  surtió  en  parte  siquiera  a  las  imprentas 


5.    Según  ios  datos  publicados  por  un  célebre  editor  de  Londres, 
Nicolás  Trübner,  en  su  Bibliographical  guide  oí  American  Littera 
ture  (Loudon,  1859),  en  1851  habia  en  ios  Estados  Unidos  vein- 
ticinco  fundiciones   de  tipos   que   ocupaban   8,000  obreros,  i  que 
producían  por  dia  4,400  libras. 


480  ESTUDIOS    HISTÓRIUO-BIBLIOGRÁFICOS 

americanas.  En  1740  se  publicaban  en  estas  colonias  14 
periódicos:  en  1771,  en  los  primeros  dias  de  la  revolución, 
su  número  se  elevó  a  27,  i  cuatro  años  mas  tarde  alcanzó 
a  37  6  . 


VI 


Cuando  se  recuerdan  estos  hechos,  se  conocen  los  obstá- 
culos que  se  opusieron  al  desarrollo  intelectual  en  las  colo- 
nias españolas  i  portuguesas,  i  las  facilidades  que  este  de- 
sarrollo halló  en  las  colonias  inglesas.  Sometidas  aquéllas 
bajo  el  réjimen  del  mas  duro  despotismo  político  i  relijioso, 
vivieron  embrutecidas  en  medio  de  la  ignorancia  i  de  la  su- 
perstición; mientras  las  colonias  de  la  Inglaterra,  rejidas 
por  un  sistema  de  libertad  casi  absoluto,  se  prepararon 
aun  bajo  el  gobierno  de  la  metrópoli  al  goce  de  la  vida  re- 
publicana. 

Así  se  comprenderá  también  por  qué  los  progresos  de  las 
colonias  españolas  i  portuguesas,  aun  después  de  su  inJe 
pendencia,  han  sido  lentos  e  inseguros;  mientras  los  Esta- 
dos Unidos  han  elevado  el  vuelo  a  donde  no  era  posible 
prever.  "La  república  i  la  independencia,  dice  un  célebre  es- 
critor francés,  existian  en  las  colonias  inglesas  desde  antes 
de  la  revolución.  Esto  no  fué  mas  que  un  cambio  de  nom- 
bre: casi  nada  cambió  en  las  cosas.  La  América  del  norte, 
al  separarse  de  la  metrópoli,  hizo  lo  que  un  navio  que  se 
desliga  de  otro  i  continúa  la  misma  rtita  i  ejecutando  las 
mismas  maniobras.  No  solo  poseian  las  colonias  durante 
la  monarquía  instituciones  republicanas,   sino  que,  lo  que 


6.  Aunque  es  ajeno  a  estos  lijeros  apuntes  el  consignar  noticias 
sobre  el  desenvolvimiento  posterior  de  la  prensa  en  los  Estados 
Unidos,  señalaremos  aquí  que  según  el  censo  de  1850,  se  publica- 
ban este  año  en  ese  pais  2,800  periódicos,  de  los  cuales  350  eran 
diarios,  i  que  todos  ellos  repartian  por  año  la  suma  enorme  de 
422.600,000  pliegos  de  papel  impreso. 


HISTORIA    DEL    ARTE    DE   IMPRIMIR    EN    AMÉRICA  481 

era  mas  precioso  todavía,  habían  tenido  ocasión  de  desa- 
rrollar el  espíritu  republicano  ^    ". 

Del  réjimen  colonial  de  los  españoles  i  de  los  portugueses 
se  podría  decir  todo  lo  contrario. 


7.   J.  J.  Ampére,  Proménade  en  Amérique,  cap.  XIX,  páj.  395. 


TOMO   X  31 


NOTAS  BIOGRÁFICAS 

ACERCA  DE  ALGUNOS  DE  LOS  JENERALES  ESPAÑOLES 
QUE  COMBATIERON  CONTRA  LA  INDEPENDENCIA 
AMÉRICA 


XX 

NOTAS  BIOGRAFÍO  AS 


acerca  de  algunos  de  los  jenerales   españoles  que  combatieron 
contra  la  independencia  de  América  * 


ARTICULO  PRIMERO 


Don  José  Fernando  de  Abascal. — Don  José  de  Canter ac, — 
Don  José  de  Carratalá.—Don  José  Manuel  Goyeneche.— 
Don  José  de  la  Serva. — Don  Joaquín  de  la  Pezuela. — Don 
Jerónimo  Valdes. — Don  Mariano  Rica fort 

Me  propongo  reunir  en  este  artículo  ciertas  noticias  bio- 
gráficas sobre  algunos  jenerales  españoles  que  mas  se  dis- 
tinguieron en  América  luchando  contra  los  sostenedores 
de  la  independencia.  Los  historiadores  de  la  revolución 
han  consignado  los  hechos  que  a  ella  se  refieren;  pero  poco 
o  nada  mas  han  dicho  sobre  la  suerte  posterior  de  sus  ca- 
pitanes. En  nuestra  historia,  la  vida  de  nuestros  mas  ca- 
racterizados enemigos  de  la  independencia  americana  se 
termina  con  los  sucesos  que  los  obligaron  a  abandonar  el 


*  Se  publicó  en    la    Revista  de  Santiago,  1872,  t.,  III,  pájs. 
305-316. 

Nota  del  compilador. 


486  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

territorio  en  que  se  ilustraron;  pero  como  se  despierta  en  el 
ánimo  de  los  lectores  la  natural  curiosidad  de  saber  el  res- 
to de  la  historia  de  esos  personajes,  he  recojido  en  diversas 
fuentes  los  datos  que  consigno  en  seguida  i  que  pueden 
interesar  a  los  aficionados  al  estudio  de  la  historia  ame- 
ricana. 

§  1. 

DON    JOSÉ    FERNANDO    DE    ABASCAL. 

Don  José  Fernando  de  Abascal,  agobiado  por  los  años 
i  fatigado  por  el  trabajo,  entregó  el  mando  del  virreinato 
del  Perú  al  jeneral  Pezuela  el  17  de  julio  de  1816.  En  pre- 
mio de  sus  servicios  a  la  causa  de  España,  el  rei  lo  relevó 
del  juicio  de  residencia  a  que  estaban  sometidos  todos  los 
gobernantes  de  las  colonias  de  América  al  dejar  el  mando. 
Embarcóse  en  el  Callao  el  13  de  noviembre  de  1816,  i  al 
llegar  a  Cádiz  recibió  el  título  de  capitán  jeneral  de  ejército, 
el  grado  mas  alto  de  la  milicia  española. 

No  disfrutó  por  largo  tiempo  de  este  rango.  Abascal 
fué  testigo  de  los  primeros  sucesos  de  la  revolución  espa- 
ñola, que  su  carácter  autoritario  i  sus  principios  anti-libe- 
rales  le  hacian  condenar;  i  murió  en  Madrid  el  31  de 
julio  de  1821,  cuando  la  causa  constitucional  parecia 
triunfante. 

Abascal  contaba  entonces  setenta  i  ocho  años  de  edad. 
Habia  nacido  en   Oviedo  el  3  de  junio  de  1743,  i  servia  en 
el  ejército  desde  la  edad  de  diezinueve  años.  Pasó  la  mayor 
parte  de  su  vida  en  América,  en  la  guarnición  de  Puerto 
Rico  primero,  en  la  conquista  de  Santa  Catalina  i  Colonia 
del  Sacramento,   que  ocupaban  los  portugueses  en  el  Uru 
guai,  en  la  defensa  i  fortificaciones  de  la  isla  de  Cuba,  i 
después  en  la  intendencia  de  Guadalajara,  en  Nueva  Espa 
ña.  De  allí  fué  promovido  al  rango  de  virrei  de  las  provin 
cias  del  Rio  de  la  Plata,  cargo  que  no  alcanzó  a  desempe 
ñar,  porque  fué  nombrado  virrei  del  Perú. 


NOTAS   BIOGRÁFICAS  487 


Dejó  escrito  un  libro  mui  interesante,  que  por  desgracia 
permanece  inédito  hasta  ahora,  i  que  talvez  se  pierda  irre- 
mediablemente como  tantas  obras  relativas  a  la  historia 
de  América.  El  título  de  ésta  es  ^^ Estrado  de  las  providen- 
cias espedidas  por  el  marques  de  la   Concordia  {Abascal)^ 
i  relación  del  estado  en  que  deja  los  reinos  del  Perú,  Quito, 
Chile  i  provincias  altas  de  Buenos  Aires,  en  los  diez  años 
de  su  gohiernó*\   Esta  relación  forma  dos  tomos  en  folio. 
En  los  primeros  da  cuenta  de  su  gobierno  en  los  diferentes 
ramos  de  la  administración,  i  contiene,  como  las  otras  me- 
morias de  los  virreyes,   importantes  i  curiosas  noticias  so- 
bre el   estado  civil,  eclesiástico,  económico  i  militar  del 
Perú  en  el  decenio  trascurrido  de  1806  hasta  1816.  El  se- 
gundo, que  es  mucho  mas  interesante,  es  una  historia  de 
la  revolución  de  la  independencia  americana  en  todos  los 
países  a  que  tuvo  que  acudir  Abascal  para  mantener  la 
dominación  española,  el  alto  i  bajo  Perú,  las  provincias  se- 
tentrionales  de  la  República  Arjentina,  Chile  i  Quito,  his- 
toria escrita  con  toda  la   pasión  que  debe  suponerse  en  un 
hombre  de  su  carácter  i  en  un  actor  principal  en  los  hechos 
que  refiere,  i  redactada  con  lenguaje  claro  pero  incorrecto 
i  desaliñado.  Esta  obra  importante  solo  es  conocida  por 
un  capítulo,  el  1^  de  la  segunda  parte,  que  trata  de  la  paci- 
ficación de  la  ciudad  de  la  Paz  en  1809,  el  cual  fué  publicado 
íntegro  en  el  tomo  1°  de  la  Biblioteca  americana,  impor- 
tante revista  literaria  que  en  1823  comenzaron  a  publicar 
en  Londres  varios  literatos  del  nuevo  mundo.  El  jeneral  es- 
pañol don  Andrés  García  Camba  ha  utilizado  también  el 
manuscrito  de  Abascal  en  sus  Memorias  para  la  historia  de 
las  armas  reales  en  el  Perú;  i  por  los  fragmentos  que  éste 
cita,  como  por  el  capítulo  que  ha  visto  la  luz  pública,    se 
comprende  la  grande  importancia  histórica  de  esta  obra  i 
la  utilidad  que  habría  en  publicarla  i. 


1.  Don  Mariano  Torrente,  que  escribía  su  Historia  de  la  revolu- 
ción hispan o-americana  en  1829  i  1830,  no  conoció  el  manuscrito 
de  Abascal,  que  habría  podido  serle  de  grande  utilidad. 


488  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


§  2. 
Don  José  de  Canterac. 

El  jeneral  don  José  Canterac  es  uno  de  los  jefes  españoles 
mas  distinguidos  por  su  valor  i  por  su  talento  entre  todos 
los  que  vinieron  a  América  a  combatir  contra  la  indepen- 
dencia. I  sin  embargo,  su  historia  es  muí  poco  conocida,  a 
tal  punto  que  no  he  visto  nunca  una  biografía  suya,  ni  aun 
en  las  compilaciones  en  que  se  ha  dado  lugar  a  hombres 
muchos  menos  importantes. 

Canterac  era  francés  de  nacimiento,  orijinario  de  Bur- 
deos. Su  familia,  realista  decidida  en  ese  pais,  emigró  a  Es- 
paña en  1792,  cuando  se  proclamó  la  república  francesa 
Muí  joven  aun  sentó  plaza  en  el  ejército  español;  i  al  termi- 
narse la  guerra  contra  Napoleón,  Canterac  era  ya  brigadier 
jeneral.  Con  este  grado  pasó  a  América  cíi  1817a  la  cabeza 
de  un  cuerpo  espedicionario  de  poco  mas  de  dos  mil  hom- 
bres, con  el  encargo  de  reconquistar  la  isla  de  Margarita  i 
de  pasar  en  seguida  al  Perú  a  servir  de  jefe  del  estado  ma- 
yor del  ejército  que  sostenía  la  guerra  en  la  provincia  de 
Charcas.  Canterac,  sin  embargo,  no  cumplió  la  primera 
parte  de  esta  comisión:  desembarcó  en  Cumaná;  i  después 
de  haber  conferenciado  con  Morillo,  siguió  su  viaje  al  Perú, 
donde  ilustró  su  nombre  en  las  campañas  de  que  fué  teatro 
este  pais  hasta  el  año  de  1824. 

Habiendo  vuelto  a  España  después  de  la  capitulación  de 
Ayacucho,  Canterac  fué  destinado  al  gobierno  militar  de  la 
provincia  de  Valladolid,  destino  que  desempeñaba  en  1830. 
Dos  años  mas  tarde  se  le  confió  la  comandancia  interina 
del  campo  de  Jibraltar,  distrito  militar  de  la  provincia  de 
Cádiz. 

Bajo  la  rejencia  de  Cristina,  i  durante  el  ministerio  de  Mar- 
tínez de  la  Rosa,  Canterac  fué  llamados  a  ocupar  el  impor- 
tante puesto  de  capitán  jeneral  de  Madrid.  El  dia  siguiente 
de  aquel  en  que  se  recibió  del  mando,  el  19  de  enero  de  1835 
estalló  en  la  capital  un  motin  militar  que  le  costó  la  vida. 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  489 


Veamos  cómo  refiere  este  hecho  un  historiador  español, 
que  ha  consignado  en  este  punto  mas  datos  que  los  que  se 
encuentran  jeneralmente  en  los  otros  libros  en  que  se  refie- 
ren los  mismos  sucesos.  **Un  ayudante  del  rejimiento  de 
Aragón,  llamado  Cardero,  joven  entusiasta,  atrevido  i  va- 
liente, que  gozaba  por  estas  cualidades  de  bastante  pres- 
tijio  entre  la  tropa,  sacó  del  cuartel  a  su  batallón,  apoyado 
por  los  sarjentos,  se  apoderó  de  la  casa  de  correos  en  la 
Puerta  del  Sol,  i  se  declaró  en  rebelión  pidiendo  solamente 
la  caida  del  ministerio.  En  vano,  acudiendo  allí  con  pres- 
teza el  capitán  jeneralCanterac,  quiso  reducirlo  a  sumisión, 
pues  los  soldados  cortaron  el  diálogo  disparando  contra  el 
ene  ral  i  dejándole  tendido  en  medio  de  la  plazuela.  Vino  el 
ministro  de  la  guerra,  que  era  entonces  Llauder,  i  mandó  a 
jlas  demás  tropas  que  cercaban  el  edificio,  romper  el  fuego; 
pero  pronto  los  recelos  de  que  toda  la  guarnición  simpati- 
zase con  los  sublevados,  obligaron  a  suspenderlo  para  en- 
sayar las  negociaciones.  Efectivamente,  en  tanto  que  éstas 
duraron,  los  urbanos  i  el  pueblo  que  rodeaban  el  edificio, 
hablaban  amistosamente  con  los  sitiados  i  les  ofrecian  ci- 
garros, advirtiéndose  claramente  que  mas  dispuestos  esta- 
ban a  ayudarles  que  a  combatirlos.  El  gobierno,  amedren- 
tado con  tal  espectáculo,  acabó  de  humillarse  ajustando 
con  el  teniente  una  capitulación  vergonzosa.  Salió  el  bata- 
llón de  la  casa  de  correos,  con  su  nuevo  jefe  a  la  cabeza  i 
arma  al  brazo,  tambor  batiente  i  banderas  desplegadas, 
atravesó  Madrid  por  en  medio  de  las  tropas  con  que  se  ba- 
tiera por  la  mañana  para  ir  a  incorporarse  al  ejército  del 
norte  (que  sostenia  la  guerra  contra  los  carlistas).  El  pue- 
blo lo  acompañó  largo  trecho  celebrando  su  triunfo"  '^. 


2.  D.  Eduardo  Chao,  continuación  de  la  Historia  de  España  del 
padre  Mariana  (Madrid,  1851),  tomo  V.  páj.  607.— Los  sucesos  de 
esta  revolución  se  encuentran  narrados  con  otros  pormenores  por 
Rico  i  Amat,  Historia  política  i  parlamentaria  de  España,  tomo 
II,  páj.  446. — El  único  ensayo  de  biografía  de  Canterac  que  conoz- 
co se  encuentra  en  el  Diccionario  enciclopédico  español,  2  tomos  en 
folio,  i  ocupa  siete  líneas. 


490  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

El  asesinato  del  jeneral  Canterac  quedó,  pues,  impune. 
La  víctima  no  tuvo  ni  parientes  ni  amigos  que  pudieran 
vengarlo,  o  que  siquiera  intentaran  hacer  duradero  el  re- 
cuerdo de  su  nombre  i  de  sus  hechos. 

§  3. 
Don  José  Carkatalá. 

El  jeneral  español  don  José  Carratalá  se  ilustró  en  Amé- 
rica mucho  menos  que  los  dos  jefes  anteriormente  nombra- 
dos; pero  la  fortuna  le  fué  mas  propicia  a  su  vuelta  a  Es- 
paña. 

Era  Carratalá  un  joven  abogado  de  Alicante,  su  ciudad 
natal,  cuando  ocurrió  la  invasión  de  España  por  Napoleón. 
Alistóse  en  el  ejército  en  calidad  de  voluntario,  peleó  en  mu- 
chas batallas,  i  al  terminarse  esa  guerra,  habia  alcanzado 
el  grado  de  teniente  coronel.  En  este  rango  pasó  a  Vene- 
zuela en  1815  en  el  ejército  deí  jeneral  Morillo,  i  llegó  mas 
tarde  al  Perú,  donde  prestó  importantes  servicios  a  la  cau- 
sa real  hasta  obtener  el  título  de  brigadier  jeneral. 

De  vuelta  a  la  península  después  de  la  capitulación  de 
Ayacucho,  fué  nombrado  por  Fernando  Vil  en  1827  jefe  de 
estado  mayor  del  ejército  que  marchaba  a  las  órdenes  del 
terrible  conde  de  España  a  combatir  la  insurrección  de  Ca- 
taluña. La  conducta  de  Carratalá  en  esa  campaña  fué 
premiada  con  el  gobierno  político  i  militar  de  la  pla;?a  de 
Jerona,  que  dejó  en  1833  para  ocupar  el  puesto  de  coman- 
dante militar  en  Tarragona.  Aquí  tuvo  la  oportunidad  de 
derrotar  algunas  bandas  carlistas  que  comenzaban  a  orga- 
nizarse en  esas  provincias.  En  1834  i  1835  servia  en  las 
provincias  Vascongadas  contra  el  ejército  de  don  Carlos, 
sobre  el  cual  consiguió  algunas  ventajas,  o  a  lo  menos 
mantuvo  el  prestijio  de  las  armas  de  Isabel  evitando  los 
desastres  que  eran  de  temerse  en  los  primeros  dias  de  la 
lucha.  En  seguida,  Carratalá  sirvió  los  cargos  de  capitán 
jeneral  de  las  provincias  de  Estremadura,  Valencia  i  Cas  ti- 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  491 

lia  la  Vieja,  i  por  fin  el  ministerio  de  la  guerra  en  1838,  du- 
rante un  período  lleno  de  ajitaciones,  en  que  desplegó  un 
carácter  enérjico  i  una  gran  actividad.  En  sus  últimos  años 
obtuvo  el  grado  de  teniente  jeneral,  i  desempeñó  el  gobier- 
no de  Sevilla  i  de  Valladolid.  Ademas  de  las  condecoracio 
nes  que  habia  recibido  como  premio  por  su  conducta  en 
diversas  batallas,  poseia  la  gran  cruz  de  las  órdenes  milita- 
res de  San  Hermenejildo,  San  Fernando  e  Isabel  la  Cató- 
lica.  Ignoro  la  fecha  precisa  de  su  muerte. 

§    4. 
Don  José  Manuel  Goyeneche. 

El  jeneral  José  Manuel  Goyeneche,  conde  de  Huaqui,  que 
debió  este  título  a  una  victoria  alcanzada  violando  un  ar- 
misticio, era,  como  se  sabe,  americano  de  oríjen,  nacido  en 
Arequipa  el  13  de  junio  de  1773.  La  rápida  elevación  de 
este  personaje  i  los  honores  que  alcanzó  durante  su  larga 
carrera  no  fueron  la  obra  de  sus  talentos  ni  de  sus  servicios, 
sino  de  la  posición  de  su  familia  i  de  sus  inmensas  riquezas. 
Goyeneche,  que  los  historiadores  españoles  han  querido 
presentar  como  un  carácter  incontrastable  i  aun  como  un 
hombre  intelijente,  volvió  a  América  en  1808,  después  de 
haber  permanecido  tres  años  en  Europa,  sin  opinión  fija 
sobre  su  conducta;  i  a  pesar  de  que  traia  encargo  del  go- 
bierno provisorio  de  España  para  hacer  proclamar  a  Fernan- 
do VII,  vaciló  sobre  lo  que  debia  hacer  i  comprometió  im- 
prudentemente en  Buenos  Aires  la  causa  del  rei.  Solo  en  la 
persecución  obstinada  i  cruel  délos  patriotas  americanos, 
fué  constante  i  firme.  Su  carrera  militar,  estudiada  de  cer- 
ca, no  merece  en  manera  alguna  los  elojios  que  le  han  tri- 
butado los  escritores  españoles,  por  ignorancia  los  unos, 
por  cálculo  i  adulación  los  otros. 

Goyeneche,  por  otra  parte,  no  militó  largo  tiempo  con- 
tra los  insurjentes  de  América.  Cuando  vio  que  la  revolu- 
ción tomaba  cuerpo,  que  las  tropas  arjentinas  alcanzaban 


492  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

victorias  considerables  en  las  fronteras  del  Alto  Perú, 
abandonó  la  presidencia  del  Cuzco  que  servia,  i  el  mando 
del  ejército  del  virrei;  i  temiendo  por  su  persona  i  por  sus 
bienes,  se  volvió  a  España  en  1813. 

Casi  al  mismo  tiempo  de  su  arribo  a  la  península,  volvia 
Fernando  VII  i  era  restaurado  eael  trono  español.  Ingrato 
éste  con  los  hombres  que  mas  habian  trabajado  por  su  res- 
tauración, i  deseando  formarse  en  torno  suyo  una  falanje 
de  cortesanos  i  servidores  que  fueran  enemigos  irreconcilia- 
bles de  las  ideas  liberales,  colmó  a  Gojeneche  de  favores  i 
distinciones.  Lo  nombró  teniente  jeneral  de  ejército,  caba- 
llero de  la  gran  cruz  de  la  orden  de  Isabel  la  Católica,  mi- 
nistre de  la  asamblea  de  esta  orden,  vocal  de  la  junta  de 
jenerales  de  América,  i  jentil-hombre  de  cámara  agregado 
al  servicio  del  infante  don  Antonio.  Mas  tarde  obtuvo  to- 
davía nuevos  honores  con  los  cargos  de  prcvsidente  de  la 
junta  de  arreglo  del  comercio  de  ultramar  (la  América),  ca- 
ballero gran  cruz  de  la  orden  de  San  Fernando,  vocal  de  la 
asamblea  de  esta  orden,  miembro  de  la  junta  consultiva  de 
gobierno,  comisario  réjio  del  Banco  español  de  San  Fer- 
nando i  consejero  honorario  de  estado.  Su  valimiento  en  la 
corte  de  España,  ademas,  le  mereció  una  distinción  estran- 
jera,  la  gran  cruz  de  comendador  de  la  orden  de  San  Grego- 
rio, concedida  en  1832  por  el  papa  Gregorio  XYI.  No  sé 
que  en  medio  de  tantos  honores  i  durante  todo  este  tiem- 
po prestara  a  la  corona  un  solo  servicio  efectivo,  ya  co- 
mo militar  o  como  consejero  o  administrador.  Mientras 
tanto,  residia  en  Madrid  gozando  de  rentas  mui  conside- 
rables. 

Bajo  el  reinado  de  Isabel  II,  Goyeneche  continuó  en  esta 
vida  de  favores.  Obtuvo  las  grandes  cruces  de  las  órdenes 
de  San  Hermenejildo  i  de  Carlos  III,  la  dignidad  del  procer 
i  de  senador  del  reino,  i  en  noviembre  de  1846  la  de  grande 
de  España  de  primera  clase  para  él  i  sus  sucesores.  Un  mes 
después,  Goyeneche  falleció  en  Madrid  sin  dejar  tras  de  sí 
otros  recuerdos  que  el  de  sus  títulos,  i  en  América  el  de  las 
crueldades  que  ejercitó  sobre  los  independientes. 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  493 


§5. 

Don  José  de  La  Serna. 

El  teniente  jeneral  don  José  de  La  Serna,  condecorado  con 
el  título  de  conde  de  los  Andes,  i  el  último  virrei  del  Perú, 
sobrevivió  pocos  años  a  la  derrota  definitiva  de  la  causa 
española  en  América.  De  vuelta  a  la  península  en  1826,  fué 
como  todos  sus  compañeros  de  armas,  víctima  de  las  acu- 
saciones sordas  pero  implacables  de  la  vanidad  española 
que  no  podia  í^splicarse  el  desastre  de  sus  soldados  en  Aya- 
cucho  sino  por  una  traición  de  los  mismos  jefes  realistas. 
La  Serna  se  estableció  en  Cádiz,  agregado  a  la  plana  ma- 
yor de  la  plaza;  i  allí  falleció  en  julio  de  1832. 

Contaba  en  esa  época  62  años.  Habia  nacido  en  Jerez  de 
la  frontera  (Andalucía)  en  1770,  i  habia  hecho  su  carrera 
militar  peleando  con  valor  i  con  intelijencia  en  la  defensa 
de  Ceuta  contra  el  rei  de  Marruecos,  en  la  campaña  de  Ro- 
sellon  i  Cataluña  contra  la  república  francesa,  i  en  la  gue- 
rra de  la  independencia  española  contra  Napoleón.  Si  La 
Serna  hubiera  vivido  algunos  años  mas,  probablemente  se 
le  habria  confiado  el  mando  de  tropas  en  la  guerra  civil  que 
estalló  mui  poco  después  de  su  muerte. 

§  6. 

Don  Joaquín  de  la  Pezüela. 

El  jeneral  don  Joaquin  de  la  Pezuela,  marques  de  Viluma 
i  virrei  del  Perú,  fué  depuesto,  como  se  sabe,  del  gobierno 
del  virreinato  por  los  jenerales  i  jefes  militares  que  servian 
bajo  sus  órdenes,  en  enero  de  1821.  Cinco  meses  después, 
el  27  de  junio,  logró  embarcarse  en  una  canoa  de  pescado- 
res desde  una  playa  desierta,  i  trasbordándose  en  alta  mar 
en  un  buque  estranjero,  se  hizo  a  la  vela  para  Rio   de  Ja- 


41)4  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

neiro.  i  desde  allí  para  España,  a  donde  llegó  antes  de  fines 
de  ese  año. 

Su  primer  cuidado  al  presentarse  en  Madrid,  fué  justifi- 
car su  conducta.  Publicó  con  este  motivo  un  volumen  de 
260  pajinas  en  4^  que  lleva  por  título:  Maniñesto  en  que 
el  virrei  del  Perú  don  Joaquín  de  la  PezueJa  refíere  el  hecho 
i  circunstancias  de  su  separación  del  mando^  demuestra  la 
falsedad,  malicia  e  impostura  de  las  atroces  imputaciones 
contenidas  en  el  oñcio  de  intimación  de  29  de  enero  de  los 
jefes  del  ejército  de  Lima,  autores  de  laconspiracion  i  anun- 
cia las  causas  de  este  acontecimiento.  Este  opúsculo,  de 
grande  interés  para  la  historia  por  los  hechos  que  narra 
un  actor  principal,  i  por  los  documentos  que  lo  acompa- 
ñan, fué  contestado  mas  tarde  por  algunos  de  los  jefes 
que  tuvieron  parte  en  la  deposición  de  Pezuela,  i  en  especial 
por  eljeneral  don  Jerónimo  Valdes.  * 

Pezuela  que  habia  vivido  en  América  desde  1803,  ocu- 
pado primero  en  organizar  el  cuerpo  de  artillería  del  Perú 
i  mas  tarde  en  combatir  contra  los  insurjentes  de  Buenos 
Aires  mandando  en  jefe  en  1813  las  tropas  realistas,  no 
debia  ni  por  sus  antecedentes  ni  por  su  carácter  tomar  par- 
te alguna  en  la  revolución  que  dominaba  en  España  cuan- 
do él  llegó  a  Madrid.  Volvió,  pues,  alejado  de  toda  inter- 
vención en  los  negocios  públicos;  i  si  abrigó  simpatías  por 
un  partido  fué  por  el  restablecimiento  de  la  monarquía 
absoluta. 

Esta  actitud  no  lo  salvó  de  molestias  después  del  triunfo 
del  rei  sobre  los  revolucionarios.  Habiendo  organizado  Fer- 
nando VII  el  famoso  tribunal  de  purificación  a  que  debian 
someterse  todos  los  militares  para  justificar  su  conducta 
durante  la  revolución,  Pezuela  tuvo  que  someterse  a  su  fa- 
llo, i  lo  que  es  mas  singular,  en  1824  fué  declarado  impuri- 
ficado, lo  que  equivalia  a  sospechoso  de  liberalismo  i  de  ha- 


*  Véase  la  nota  al  §  7  relativa  a  los  Documentos  para  la  histO' 
ria  de  la  guerra  separatista  del  Perú. 

Nota  dkl  compilador. 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  495 


ber  servido  o  ayudado  a  esta  causa.  El  reí,  conociendo  la 
injusticia  que  se  cometia  con  un  buen  servidor,  lo  declaró 
purificado  por  un  real  decreto,  i  en  1825  lo  nombró  capitán 
jeneral  de  Castilla  la  Nueva  i  presidente  de  la  junta  de  pu- 
rificación. Pero  el  carácter  de  Pezuela  que  se  avenia  mal 
con  aquel  sistema  de  persecuciones,  i  su  alejamiento  de  los 
odios  i  rencores  que  entonces  imperaban  en  el  gobierno,  le 
atrajeron  nuevos  sinsabores,  un  proceso,  i  por  último  su 
destitución,  a  pesar  de  que  el  rei  declaró  estar  satisfecho 
de  sus  servicios.  Pezuela  vivió  desde  entonces  alejado  de 
la  política  hasta  el  16  de  setiembre  de  1830,  dia  en  que 
murió. 

Contaba  entonces  69  años.  Había  nacido  en  Naval, 
pueblo  de  Aragón,  en  22  de  mayo  de  1761.  Dedicado  desde 
su  juventud  al  estudio  de  la  artillería,  habia  servido  en  los 
cuerpos  de  esta  arma  en  el  sitio  de  Jibraltar,  en  la  plaza 
del  Peñón,  en  África,  i  en  los  ejércitos  de  Guipilzcoa  i  Nava- 
rra contra  la  república  francesa.  Al  morir  tenia  el  grado 
de  teniente  jeneral  de  los  reales  jeércitos:  i  ademas  del  título 
de  marques  de  Viluma  que  se  le  habia  dado  por  victoria 
alcanzada  contra  los  patriotas  arjentinos  en  29  de  noviem- 
bre de  1815,  poseia  la  gran  cruz  de  las  órdenes  de  San  Fer- 
nando, San  Hermenejildo  e  Isabel  la  Católica. 

Durante  sus  campañas  contra  los  independientes  de 
América,  Pezuela  llevaba  un  diario  militar  en  que  apuntaba 
llanamente  i  sin  pretensiones  literarias,  las  operaciones  de 
su  ejército,  bosquejando  ademas  los  planos  de  las  batallas 
que  daba.  Conservo  en  mi  poder  la  primera  parte  de  ese 
diario  que  comprende  su  historia  militar  desde  abril  de 
1813,  en  que  fué  nombrado  jeneral  en  jefe,  hasta  agosto  de 
1815,  período  mui  importante  en  que  están  referidas  las 
campañas  en  que  tuvieron  lugar  las  batallas  del  Vilcapujio 
i  Ayohuma,  i  la  insurrección  del  Cuzco  hasta  su  completo 
sometimiento.  Este  curioso  documento  escrito  con  gran 
esmero  caligráfico,  pero  con  muchos  descuidos  de  gramá- 
tica i  de  ortografía,  fué  hallado  en  Lima,  en  el  palacio  de 
los  virreyes,  por  el  jeneral  San  Martin  en  1821.  En  él  se  ha- 


496  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS 

bla  de  una  segunda  parte,   destinada  a  referir  los  sucesos 
posteriores,  que  no  he  visto  nunca,  i  cuyo  paradero  ignoro. 

§  7. 
Don  Jerónimo  Yaldés. 

El  jeneral  don  Jerónimo  Valdes  es  uno  de  los  jefes  mas 
distinguidos  que  tuvo  la  España  en  América,  i  también 
uno  de  los  que  mas  tarde  desempeñaron  en  la  península  un 
papel  mas  importante. 

Nacido  en  Yillarin,  en  Asturias,  el  4  de  mayo  de  1784, 
Valdes  se  dedicó  a  los  estudios  forenses  en  su  juventud,  i 
estaba  a  punto  de  obtener  el  título  de  abogado  en  la  Uni- 
versidad de  Oviedo,  cuando  la  necesidad  de  defender  el  te- 
rritorio nacional  contra  la  invasión  francesa  lo  indujo  a 
tomar  las  armas  con  el  grado  de  capitán  de  voluntarios. 
Durante  el  curso  de  esa  guerra,  Valdes  se  ilustró  por  su 
valor  i  por  su  pericia  en  muchos  combates,  hasta  obtener 
el  grado  de  coronel,  con  que  pasó  al  Perú  en  mayo  en  1816. 

Los  historiadores  americanos  han  consignado  los  hechos 
de  Valdes  en  ese  pais,  la  rapidez  i  el  acierto  con  que  ejecutó 
las  mas  importantes  comisiones  militares,  i  las  victorias 
que  alcanzó  contra  los  patriotas  en  el  sur  del  Perú.  Perdi- 
da la  causa  real  en  este  pais,  después  de  la  batalla  de  Aya- 
cucho,  Valdes  se  embarcó  en  Quilca  el  1*^  de  enero  de  1825, 
en  un  buque  francés  que  lo  llevó  a  Burdeos.  En  España, 
sirvió  en  el  ejército  real  en  1827  contra  los  insurrectos  de 
Cataluña,  i  luego  en  el  cargo  de  gobernador  de  Cartajena; 
pero  a  la  muerte  de  Fernando  VII,  cuando  estalló  la  insu- 
rrección carlista  en  las  provincias  Vascongadas,  Valdes  fué 
promovido  al  rango  de  teniente  jeneral  (23  de  noviembre 
de  1833),  con  el  mando  del  ejército  destinado  a  sofocar 
aquella  rebelión.  Sus  esfuerzos  se  limitaron  a  impedir  el 
acrecentamiento  del  enemigo;  pero  no  siendo  ausiliado  por 
el  gobierno  como  lo  exijia,  renunció  a  ese  puesto  a  los 
pocos  meses;  i  en  abril  de  1834  fué  nombrado  capitán  jene- 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  497 


ral  de  la  provincia  de  Valencia  i  jeneral  en  jefe  de  sus 
tropas.  Allí  también  le  fué  forzoso  combatir  las  guerrillas 
carlistas  que  recorrian  esa  provincia  i  las  inmediatas,  du- 
rante el  año  escaso  que  desempeñó  aquel  gobierno;  pero 
nombrado  ministro  de  la  guerra  en  21  de  febrero  de  1835, 
volvió  a  Madrid  i  de  ahí  partió  al  norte  a  dar  impulso  a 
las  operaciones  militares  contra  el  ejército  carlista  de  las 
Provincias  Vascongadas.  Alejado  del  ministerio  en  1837, 
<;ontinuó  sirviendo  muchos  destinos,  i  entre  ellos  el  de  ca- 
pitán jeneral  de  Cataluña  (5  de  junio  de  1839),  en  donde 
se  ilustró  de  nuevo  en  la  guerra  contra  los  carlistas  de  esa 
provincia. 

En  premio  de  estos  servicios,  Valdes  fué  nombrado  ca- 
pitán jeneral  de  la  isla  de  Cuba  a  fines  de  1840,  i  desempeñó 
este  destino  hasta  fines  1843.  **Los  principales  beneficios 
de  su  mando,  dice  uno  de  sus  biógrafos,  fueron  las  mejoras 
que  introdujo  en  el  ejército  de  Cuba,  en  los  hospitales,  en 
las  fortalezas,  la  reconstitución  radical  de  la  Univ^ersidad, 
sus  desinterés  sin  ejemplo,  la  justificación  de  todos  su  actos 
i  el  tacto  con  que  supo  eludir  las  órdenes  precipitadas  i 
violentas  que  se  le  dirijieron  de  Madrid  para  que  dispusiese 
la  emancipación  de  todos  los  esclavos  introducidos  desde 
1821,1o  que  equiv^alia  a  la  emancipación  completa  de  la 
esclavitud  en  una  isla  donde  era  aun  tan  necesaria.  Derro- 
cada la  rejencia  del  jeneral  Espartero  por  el  alzamiento  na- 
cional de  1843,  el  gobierno  provisional  de  la  nación  come 
tió  la  cruel  injusticia  de  dudar  del  jeneral  Valdes,  i  lo  hizo 
relevar  en  17  de  setiembre  de  1843  por  el  teniente  jeneral 
don  Javier  de  Ulloa,  que  se  hallaba  en  la  Habana  de  coman- 
dante jeneral  de  marina,  hasta  la  llegada  del  teniente  jene- 
ral don  Leopoldo  O'Donnel,  nombrado  para  sucederle  en 
propiedad"  ^  . 


3.  Don  Jacobo  de  la  Pezuela,  Diccionario  jeográñco,  estadisticOy 
histórico  de  la  isla  de  Cuba,  tora.  IV,  páj.  635  Como  se  ve  por  las 
palabras  citadas,  Valdes  fué,  corao  tantos  otros  hombres  distin- 
guidos de  la  España  moderna,  ardoroso  sostenedor  de  la  esclavi- 
tud en  Cuba. 

TOMO   X  32 


49S  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Desde  entonces,  Valdes  se  negó  a  admitir  todo  puesto 
público,  i  solo  siguió  desempeñando  sus  funciones  de  sena- 
dor hasta  el  año  de  1847  en  que  se  trasladó  a  Oviedo.  Allí 
vivió  retirado  de  la  política,  i  agregado  al  cuartel  de  la 
provincia  durante  ocho  años,  i  allí  también  murió  el  14  de 
setiembre  de  1855. 

Al  título  de  teniente  jeneral  del  ejército  español  unia  los 
de  conde  de  Villarin  (su  ciudad  natal)  i  vizconde  de  Tora- 
ta  (victoria  alcanzada  por  Valdes  en  el  sur  del  Perú),  las 
cruces  de  San  Fernando,  de  Isabel  la  Católica,  de  Car- 
los III  i  de  la  Lejion  de  Honor  de  Francia  i  muchas  meda- 
llas i  condecoraciones  militares.  Su  foja  de  servicios  señala 
mas  de  cien  batallas  o  combates  en  que  se  habia  hallado 
i  distinguido.  Valdes  era  ademas  miembro  de  algunas  so- 
ciedades literarias,  porque  aun  en  medio  de  las  ajitaciones- 
de  la  vida  militar,  no  perdió  nuncasu  afición  por  la  lectura 
i  el  estudio  *. 


*  En  1896  el  coronel  de  artillería  conde  de  Torata,  don  Fer- 
nando Vai^des,  hijo  del  jeneral  español  don  Jerónimo,  ha  publica- 
do en  Madrid  4  volúmenes  en  4-*=*  mayor  de  Documentos  para  la 
historia  de  la  guerra  separatista  del  Perú. 

En  estos  documentos  el  hijo  del  jeneral  Valdes  se  ha  propuesto 
principalmente  nesclarecer  dos  puntos  de  la  vida  de  su  padre: 

"1°  La  justicia  que  tuvo  para  cooperara  la  deposición  del  vi- 
rrei  Pezuela  en  1821,  considerando  a  éste  una  remora  para  la  de- 
fens-a  de  los  intereses  españoles  que  le  estaban  confiados;  i 

ii2°  Probar  que  los  ilustres  oficiales  que  fueron  vencidos  en  Aya- 
cucho,  están  a  cubierto  de  todo  cargo  de  traición,  de  anti-españo- 
Hsmo  o  siquiera  de  desidia  en  favor  de  los  intereses  de  su  patria,  i' 
que  si  aquel  memorable  día  la  fortuna  les  fué  adversa,  se  debió  a. 
la  fatalidad  de  la  guerra^. 

El  tomo  I  contiene  la  esposicion  documentada  que  hizo  el  jene- 
ral Valdes  al  rei  sobre  su  conducta  en  el  Perú. 

El  tomo  II  comprende:  la  Refutación  que  hace  el  mariscal  de 
campo  don  Jerónimo  Valdes,  del  iManiñesto  que  el  teniente  jeneral 
don  Joaquín  de  la  Pezuela  imprimió  en  1821  a  su  regreso  al  Perú; 
i  un  apéndice,  que  es  el  Estracto  de  los  diarios  del  Estado  Mayor 
Jeneral  del  ejército  del  Alto  J  erú  en  los  años  1816  i  1817;  ade- 
mas, el  Maniñesto  del  ex-virrei  Pezuela,  a  que  contestaba  el  maris- 


INDEPENDENCIA   DE    AMÉRICA  499 


§  8. 

DON    MARIANO    RICAFORT . 

Como  Valdes,  el  jeneral  don  Mariano  Ricafort,  fué  go- 
bernador de  Cuba  después  de  haber  servido  largos  años 
contra  los  independientes  en  el  Perú. 

Ricafort,  hijo  de  padres  pobres,  nació  en  Huesca  en  1780, 
i  sentó  plaza  de  soldado  distinguido  en  el  ejército  español 
cuando  apenas  contaba  trece  años.  Sirvió  en  la  guerra 
contra  la  república  francesa,  en  la  campaña  de  Portugal  i 
en  la  guerra  contra  Napoleón.  En  1816,  en  premio  de  ha- 
berse hallado  en  sesenta  acciones  i  de  haber  recibido  siete 
heridas,  obtuvo  el  título  de  brigadier. 

Con  este  carácter  se  embarcó  para  América  en  ese  año, 


cal  Valdes;  algunos  folletos  anónimos  del  tiempo  sobre  la  depo- 
sición de  aquél,  i  la  Manifestación  que  de  la  criminal  conducta  del 
jeneral  Olañeta  hace  a  su  Majestad  el  virrei  don  José  de  Ja  Serna, 
la  que  fué  impresa  en  la  Imprenta  del  Gobierno  en  el  Cuzco  en 
1824,  i  reproducida  en  el  apéndice  (pájs.  418-471)  de  las  Memo- 
rias del  jeneral  García  Camba. 

El  tomo  III  publica  la  Refutación  que  hace  el  mariscal  de  cam- 
po í/o/2  Jerónimo  Valdes  del  diario  de  la  última  campaña  del  ejér- 
cito español  en  el  Perú  en  1824,  escrito  por  el  capitán  don  Jeróni- 
mo SepÚlvEda,  trabajo  de  400  pajinas  hecho  por  el  conde  de  To- 
rata,  titulado  Consideraciones  sobre  la  Historia  de  la  Espedicion 
libertadora  del  Perú  de  don  Gonzalo  Búlnes. 

En  el  tomo  IV  se  inserta  el  Diario  de  la  última  campaña  del 
ejército  español  en  el  Perú,  por  el  capitán  don  José  Sepúlveda  i  el 
Diario  de  la  última  campaña  del  ejército  español  en  el  Perú  en 
1824,  que  terminó  en  la  batalla  de  Ayacucho,  por  don  Bkrnar- 
DO  P.  Escudero.  El  autor  del  primero  fué  el  capitán  de  injenieros 
en  el  ejército  del  Perü,  i  es  a  él  a  quien  contesta  el  mariscal  Val- 
des  en  la  Refutación  que  publica  el  tomo  III.  Escudero  fué  ayu- 
dante de  Valdes  en  Ayacucho.  El  resto  del  tomo  contiene  una  Co- 
lección de  cartas  mui  interesantes  que  se  dividen  en  dos  grupos:  al 
primero  corresponden  las  que  se  relacionan  con  la  batalla  de  Aya- 
cocho  i  entre  éstas  los  partes  oficiales  que  dio  el  jeneral  Cante- 
rae  a  la  Corte  sobre  la  misma  batalla,  el  primero  fechado  en  Rio 


500  ESTUDIOS.  HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

para  reforzar  el  ejército  que  había  traído  a  Costa  Firme  el 
jeneral  Morillo.  De  allí  fué  mandado  al  Perú,  i  aquí  sirvió 
sin  interrupción  particularmente  en  las  provincias  del  sur, 
hasta  fines  de  1824. 

Rícafort,  que  no  había  tomado  parte  en  la  batalla  ni 
en  la  capitulación  de  Ayacucho,  fué  premiado  jenerosamen- 
te  por  Fernando  VII.  Ademas  del  título  de  mariscal  de 
campo,  recibió  labran  cruz  de  la  orden  de  Isabel  la  Católi- 
ca, i  el  nombramiento  de  capitán  jeneral  de  las  Filipinas. 
Desempeñó  este  destino  con  acierto  hasta  1831;  su  gobier- 
no paternal,  dice  un  biógrafo,  estinguió  jérmenes  antiguos 
de  discordias,  i  dio  impulso  al  cultivo  del  tabaco  i  a  muchas 
obras  públicas.  Relevado   de  ese  destino   a  petición  suya, 


de  Janeiro,  i  el  segundo  en  Villadolid  en  1825.  Pertenecen  al  se- 
gundo grupo  de  documentos  las  comunicaciones  oficiales  i  priva- 
das que  tienen  relación  con  el  gobierno  de  Pezuela,  con  las  campa- 
ñas militares  que  se  desarrollaron  en  su  tiempo  en  el  Alto  Perú  i 
con  su  deposición. 

Se  desprende  de  las  cartas  del  jeneral  Valdes,  que  existían  en 
poder  de  éste  algunos  documentos  que  para  nosotros  los  chilenos 
seria  muí  interesante  conocer  i  que  permanecen  inéditos.  Los  prin- 
cipales son:  uno  titulado  Defensa  de  Chiloé  desde  el  año  1817 
hasta  1826,  otro  Apuntes  sobre  las  últimas  campañas  de  Chile 
formadas  por  un  jefe  presencial,  Apuntes  sobre  la  revolución  i 
guerra  de  Chile  desde  1810  hasta  1820,  i  un  Resumen  histórico  de 
la  campaña  en  las  costas  de  Arequipa  terminada  en  21  de  febrero 
de  1823,  o  sean  las  campañas  de  Torata  i  Moquegua. 

Los  documentos  publicados  en  estos  tomos  formaban  el  archi- 
vo particular  del  jeneral  Valdes,  i  en  vista  de  lo  que  él  contenia, 
no  se  puede  menos  de  pensar — escribe,  con  sobrada  razón,  en  sus 
Ultimas  Campañas  de  la  Independencia  del  Perú,  1822  1826,  (San- 
tiago, 1897)  páj.  583  i  sigs.— don  Gonzalo  Búlnes,  de  quien  to- 
mo las  noticias  anteriores— "no  se  puede  menos  de  pensar  en  los 
tesoros  inestimables  que  deben  existir  en  los  archivos  de  España, 
los  que  en  la  parte  relativa  a  la  independencia  no  han  sido  esplo- 
tados  hasta  el  día  por  ningún  historiador.  Ellos  permanecen  iné- 
ditos, aguardando  que  alguien  vaya  a  sacarlos  del  olvido  para 
rectificar  la  verdad  histórica  en  sus  verdaderos  fundamentos". 

Nota  del  compilador. 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  501 


Ricafort  fué  recibido  en  Madrid  con  las  mas  señaladas  mues- 
tras de  simpatía  por  parte  del  rei.  Acababa  de  obtener  en 
1830  el  grado  de  teniente  jeneral;  en  la  corte  recibió  la  ban- 
da de  la  orden  de  Carlos  III,  i  en  1832  el  nombramiento  de 
gobernador  de  la  isla  de  Cuba.  Solo  desempeñó  dos  años 
este  importante  puesto.  Por  sus  achaques  i  por  el  cansancio 
consiguiente  a  una  larga  carrera,  Ricafort  no  desplegó  en 
este  gobierno  una  grande  actividad;  pero  no  desatendió 
sus  deberes  cuando  el  cólera  invadió  la  isla  causando  terri- 
bles desastres  en  la  capital  i  en  los  pueblos  principales. 

Devuelta  a  España,  i  alejado  ya  del  servicio  activo,  obtu- 
vo sin  embargo  otros  puestos  públicos, i  entre  ellos  el  deca- 
pitan jeneral  de  la  provincia  de  Estremadura  i  de  senador 
del  reino.  Ricafort  murió  en  Madrid  en  1852,  dejando  una 
regular  fortuna  adquirida  por  una  prudente  economía,  i 
un  nombre  considerado  en  el  ejército. 


ARTÍCULO  II  * 

Don  Melchor  Aymerich.— Don  Juan  Ruiz  de  Apodaca.—Don 
Pablo  Morillo Don  Juan  Manuel  Cajical, 

§  1. 

DON   MELCHOR  DE  AYMERICH. 

El  jenerai  don  Melchor  de  Aymerich  fué  el  último  presi- 
dente de  Quito.  Derrotado  por  Sucre  en  la  memorable  bata- 
lla de  Pichincha,  el  24  de  mayo  de  1822,  Aymerich  consi- 
guió por  medio  de  una  capitulación  que  se  le  facilitaran  los 
medios  de  llegar  hasta  la  isla  de  Cuba  con  los  restos  de  las 
tropas  salvadas  de  esa  derrota.  Sus  antecedentes  míHtares 
i  la  conducta  observada  por  él  en  sus  campañas  contra  los 
independientes,  le  permitieron  justificarse  completamente 
por  aquel  desastre  i  aun  obtuvo  en  premio  el  título  de  ma- 
riscal de  campo.  No  salió  sin  embargo  de  aquella  isla:  de- 
sempeñó en  ella  diversos  destinos  importantes,  i  entre 
otros  el  de  segundo  jefe  i  subinspector  de  las  tropas  con 
residencia  en  la  ciudad  de  la  Habana,  cargos  que  tenia  en 
1834,  cuando  lo  sorprendió  la  muerte. 

Contaba  entonces  Avmerich  ochenta  años  de  edad.   Ha- 


*  Publicado  en   la  Revista  de  Santiago  (1873)  tomo  III  pajinas 
443-454. 

Nota  dll  compilador. 


504  ESTUDIOS    HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 


bia  nacido  en  Ceuta  en  1754?,  i  servia  en  el  ejército  desde 
1776,  habiendo  hecho  sus  primeras  armas  en  la  costa  de 
África,  i  poco  mas  tarde  en  América,  en  la  provincia  del 
Uruguai,  contra  los  portugueses.  Vuelto  a  Europa,  sirvió 
de  nuevo  en  la  guarnición  de  las  posesiones  españolas  de 
Ceuta  i  de  Oran,  i  en  seguida  en  la  campaña  de  Cataluña^ 
contra  los  ejércitos  de  la  República  francesa,  en  que  fué  he- 
cho prisionero.  Elevado  después  al  rango  de  coronel,  paso 
en  1802  a  la  presidencia  de  Quito  con  el  cargo  de  goberna- 
dor de  Cuenca.  Aquí  tuvo  ocasión  de  ilustrarse  sirviendo 
durante  toda  la  guerra  de  la  independencia  contra  los  pa- 
triotas de  esa  provincia  i  los  de  la  Nueva  Granada. 


DON   JUAN    RUIZ  DE    APODACA. 

Don  Juan  Ruiz  de  Apodaca,  último  virrei  de  Méjico,  fué 
un  jeneral  que  se  distinguió  por  el  celo  i  el  acierto  con  que 
defendia  los  intereses  del  rei  en  aquellas  provincias  i  por  la 
humanidad  que  desplegó  para  regularizar  la  guerra  evitan- 
do  cuanto  pudo  los  horrores  que  la  habían  ensangrentado 
en  el  patíbulo  i  en  las  matanzas  de  prisioneros.  Apodaca, 
sin  embargo,  fué  desgraciado  en  su  empresa  porque  le  tojco 
servir  en  una  época  en  que  la  dominación  española  se  des 
plomaba  definitivamente  en  ese  pais. 

Nació  Apodaca  en  Cádiz  el  3  de  febrero  de  1754;  i  a  los 
trece  años  sentó  plaza  de  guardia  marina  en  la  escuadra 
española,  i  salió  a  camp£iña  contra  los  arjelinos.  En  1770 
era  ya  alférez  de  fragata.  Hizo  poco  mas  tarde  un  primer 
viaje  a  las  Antillas,  i  luego  una  espedicion  a  las  costas  occi- 
dentales de  la  América  del  Sur,  i  de  allí  a  Otaití  en  1774, 
de  donde  volvió  a  servir  en  el  apostadero  del  Callao.  De 
vuelta  a  Europa,  sirvió  en  el  sitio  de  Jibraltar  con  el  grado 
de  capitán  de  fragata.  Después  de  un  viaje  a  las  Filipinas,  i 
de  varias  comisiones  en  diferentes  puestos,  Apodaca  comba- 
tió contra  la  república  francesa  hasta  el  año  1795,  en  que 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  505 


obtuvo  el  grado  de  brigadier  de  la  armada;  i  mas  tarde^ 
cuando  celebrada  la  paz  con  los  franceses,  la  España  se 
halló  envuelta  en  guerra  contra  la  Gran  Bretaña,  Apodaca 
volvió  a  prestar  buenos  i  oportunos  servicios  militares. 

Nombrado  después  comandante  jeneral  de  la  Carraca  en 
el  puerto  de  Cádiz,  Apodaca  desempeñó  este  destino  en  una 
época  mui  crítica  i  en  medio  de  mil  dificultades,  hasta  1807. 
En  este  año  recibió  el  título  de  jefe  de  la  armada  del  océano, 
en  cuyo  carácter  obligó  a  la  armada  francesa  a  rendirse  en 
el  puerto  de  Cádiz  en  junio  de  1808. 

Entonces  obtuvo  de  la  junta  central  el  nombramiento  de 
ministro  plenipotenciario  cerca  del  gobierno  ingles,  lo  que 
le  permitió  firmar  en  Londres  en  enero  de  1809  el  célebre 
tratado  de  alianza  entre  las  dos  naciones  para  rechazar  la 
invasión  francesa.  Apodaca,  que  poseia  ya  el  rango  de  co- 
mendador de  la  orden  de  Calatrava,  obtuvo  entonces  el 
nombramiento  de  teniente  jeneral  de  la  armada  en  premio 
de  sus  servicios  como  diplomático.  Quedó  sin  embargo  en 
Londres  hasta  fines  de  1811,  en  que  fué  llamado  a  Cádiz 
para  marchar  en  seguida  a  Cuba  con  el  rango  de  goberna- 
dor i  capitán  jeneral  de  la  isla. 

En  el  gobierno  de  Cuba  desplegó  Apodaca  las  dotes  de 
un  buen  administrador;  i  aunque  le  tocó  ejercerlo  en  una 
época  difícil,  lo  desempeñó  hasta  1816  sin  despertar  odios, 
i  aun  ganándose  la  voluntad  de  los  colonos  por  su  des- 
prendimiento i  por  su  rectitud.  Trasladado  a  Méjico  ese 
mismo  año  en  el  rango  de  virrei,  sirvió  este  cargo  con  todo 
celo  hasta  mediados  de  1821.  Se  saben  las  causas  que  hicie- 
ron completamente  ineficaces  sus  esfuerzos  por  mantener  la 
dominación  española  en  aquel  país,  i  las  circunstancias 
que  produjeron  su  deposición  del  mando  en  junio  de  ese 
año.  Los  historiadores  de  América  han  referido  estos  he- 
chos con  un  gran  acopio  de  pormenores;  pero  no  nos  han 
dado  a  conocer  los  últimos  años  de  la  vida  de  Apodaca. 

En  octubre  de  1821  el  virrei  depuesto  se  embarcó  para  la 
isla  de  Cuba.  Permaneció  unos  cuantos  meses  en  la  Haba- 
na, presenciando  desde  allí  el  triunfo  inevitable  de  la  revo- 


506  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

lucion  de  Méjico,  i  recojiendo  en  los  hechos  que  se  desarro- 
llaban los  fundamentos  que  habían  de  servirle  para  la  jus- 
tificación de  su  conducta.  Al  llegar  a  Madrid  en  setiembre 
de  1822,  encontró  la  España  envuelta  en  una  revolución 
cuyo  desenlace  se  veia  mas  remoto  cada  dia;  pero  cuando 
Fernando  Vil  fué  restablecido  en  el  trono  como  rei  absoluto 
por  un  ejército  francés,  la  paz  pareció  afianzada  i  el  sobe- 
rano volvió  a  pensar  en  la  reconquista  de  las  perdidas  po- 
sesiones del  nuevo  mundo.  Apodaca  recibió  de  nuevo  (30 
de  diciembre  de  1823)  el  cargo  de  capitán  jeneral  de  Cuba, 
i  el  mando  de  las  fuerzas  que  se  pensaba  despaciiar  contra 
Méjico;  pero  el  cansancio  consiguiente  a  una  vida  llena  de 
ajitaciones  i  trabajos  lo  indujo  a  renunciar  este  puesto. 

A  pesar  de  esto,  siguió  mereciendo  la  confianza  del  rei,  i  re- 
cibió todavía  muchas  distinciones.  En  marzo  de  1825  se  le 
nombró  comandante  jeneral  del  cuerpo  de  injenieros  de  mari- 
na; en  25  de  noviembre  del  mismo  año,  el  rei  le  confirió  el  vi- 
rreinato de  Navarra;  en  diciembre  obtuvo  la  gran  cruz  de 
Isabel  la  Católica;  en  29  de  diciembre  de  1825  el  puesto  de 
consejero  de  Estado;  el  1°  de  diciembre  de  1829  la  gran 
cruz  de  Carlos  III;  i  en  mayo  de  1839  fué  elevado  al  rango 
de  capitán  jeneral  de  la  armada,  último  ascenso  que  se  reco- 
noce en  la  marina  española,  i  junto  con  él  se  le  dio  el  cargo 
de  director  jeneral  de  marina.  Después  de  la  muerte  del  rei, 
Apodaca  siguió  mereciendo  distinciones  análogas  del  go- 
bierno de  la  rejencia;  en  febrero  de  1834  se  le  confirió  la  pre- 
sidencia de  la  junta  superior  de  gobierno  i  poco  después  el 
título  de  miembro  del  testamento  de  los  proceres.  Pero 
Apodaca  no  se  hallaba  en  estado  de  desempeñar  útilmente 
estos  cargos;  i  el  11  de  enero  de  1835  falleció  a  la  edad  de 
18  años  1. 


1.  La  vida  de  donjuán  Ruiz  de  Apodaca,  último  virrei  de  Mé- 
jico, ha  sido  estudiada  con  mas  detenimiento  que  la  de  muchos 
otros  de  los  jenerales  españoles  que  sirvieron  en  América  en  la  gue- 
rra de  la  independencia.  Aparte  del  caudal  inmenso  de  noticias  que 
acerca  de  él  ha  reunido  don  Lúeas  de  Alaman  en  su  importante 
Historia  de  Méjico  desde  1808,  existe  una  buena  bioo^raíía  escrita 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  507 


§  3. 
Don  Pablo  Morillo. 

El  jeneral  don  Pablo  Morillo,  conde  de  Cartajena  i  mar- 
ques de  la  Puerta,  es  como  el  anterior,  uno  de  los  jefes  es- 
pañoles cujos  antecedentes  antes  de  venir  a  América  a 
combatir  contra  los  independientes,  fueron  mas  distingui- 
dos. Morillo  era,  en  efecto,  una  de  las  mas  ilustres  perso- 
nalidades en  el  ejército  español  cuando  Fernando  Vil  le 
encomendó  la  pacificación  de  Tierra-Firme,  esto  es  de  Vene- 
zuela i  Nueva  Granada. 

Hijo  de  padres  pobres  i  oscuros.  Morillo  nació  en  la  pe- 
queña aldea  de  Fuentes-Secas,  jurisdicción  del  Toro,  el  5  de 
majo  de  1778.  A  la  edad  de  trece  años,  creyéndose  perse- 
guido por  la  policía  a  causa  de  un  desorden  provocado  una 
noche  por  algunos  muchachos,  se  huyó  de  su  pueblo  natal 
i  fué  a  Toro  a  sentar  plaza  de  soldado  en  un  cuerpo  de  in- 
fantería de  marina  que  allí  estaba.  En  este  rango  sirvió 
durante  toda  la  guerra  contra  la  República  francesa,  en  la 
costa  de  Cataluña  i  en  Tolón,  i  mas  tarde  en  la  guerra  con- 
tra la  Gran  Bretaña,  durante  la  cual  le  tocó  hallarse  en  el 
<?ombate  de  Trafalgar,  en  que  cayó  prisionero.  Por  último, 
en  1808  servia  aunen  la  escuadra  española  cuando  ésta 
apresó  las  naves  francesas  que  ocupaban  el  puerto  de  Cádiz. 


por  un  nieto  del  virrei.que  siendo  oficial  de  artillería  del  ejértito 
■español,  cultivó  las  letras  con  lucimiento.  Esta  obrita  se  titula: 
apuntes  biográñcos  del  Excelentísimo  señor  don  Juan  Ruiz  de 
Apodaca,  conde  del  Venadlto,  capitán  jeneral  de  la  armada,  por  el 
capitán  don  Fernando  de  Gabriel  i  Ruizde  Apodaca.  Fué  publicada 
«n  1846,  i  reimpresa  en  Burgos  en  1849,  con  un  retrato  del  virrei. 
También  han  dado  estensas  noticias  biográficas  de  este  personaje 
don  Jacobo  de  la  Pezuela,  en  su  Diccionario  histórico  de  la  isla  de 
Cuba,  tomo  I,  pájs.  30  i  siguientes;  i  don  Martin  Fernández  de  Na- 
varrete,  en  su  Biblioteca  marítima  española,  tomo  II,  pájs.  275  i 
siguientes.  Apodaca  es  autor  de  algunos  escritos  sobre  apuntes  de 
su  profesión  que  no  carecen  de  mérito. 


50 S  ESTUDIOS    HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Durante  diez  i  ocho  años  de  campañas  militares,  Mori- 
llo habia  desplegado  las  dotes  de  un  excelente  soldado, 
amor  al  servicio,  puntualidad  en  el  cumplimiento  de  sus 
obligaciones,  valor  a  toda  prueba  en  las  batallas  i  en  el  de- 
sempeño de  las  comisiones  que  se  le. dieron,  alguna  de  las 
cuales  fueron  mui  peligrosas-;  pero  no  habia  podido  salir  de 
la  clase  inferior  de  la  milicia.  En  1808  era  solo  sarjento  de 
marina,  porque  en  este  departamento  no  se  podia  llegar  al 
rango  de  oficial  sin  haber  hecho  los  estudios  profesionales 
que  llevaban  al  grado  de  guardia-marina,  sintiéndose  con 
ánimo  para  aspirar  a  puestos  mas  elevados  i  para  prestar 
a  su  patria  servicios  mas  importantes,  solicitó  su  incorpo- 
ración al  ejército  de  tierra  para  hacer  la  campaña  contra 
la  invasión  francesa. 

Morillo  comenzó  a  servir  en  una  posición  mui  modesta, 
pero  al  terminarse  la  lucha  ocupaba  uno  de  los  rangos  mas 
elevados  del  ejército  español.  El  2  de  junio  de  1808,  Mori- 
llo fué  agraciado  con  el  despacho  de  subteniente  de  un  reji- 
miento  de  voluntarios  de  infantería.  A  fines  de  ese  mismo 
año  era  apenas  teniente;  pero  una  vez  puesto  en  carrera, 
debia  abrirse  paso  hasta  los  mas  altos  puestos  de  la  mili- 
cia. En  efecto,  a  principios  de  1811  obtuvo  el  grado  de 
brigadier  jeneral,  i  en  julio  de  1813  el  de  mariscal  de  campo. 
En  esos  cinco  años,  el  antiguo  soldado  de  marina  habia 
recorrido  todos  los  rangos  del  ejército  i  conquistado  uno  a 
uno  i  por  su  propio  mérito,  todos  los  ascensos  con  que  se 
premiaron  sus  servicios.  Desde  la  batalla  de  Bailen,  en  que 
le  tocó  batirse  cuando  acababa  de  incorporarse  en  el  ejér- 
cito de  tierra,  hasta  los  últimos  combates  que  el  ejército 
anglo-español  empeñó  a  principios  de  1814  en  el  mismo  te- 
rritorio francés,  Morillo  se  habia  encontrado  en  mas  de 
trescientos  hechos  de  armas,  grandes  o  pequeños,  distin- 
guiéndose siempre  por  su  serenidad,  por  su  audacia,  por  su 
ardor  infatigable  i  por  su  intelijencia  militar  que  lo  coloca- 
ba en  primera  línea  entre  los  jefes  españoles. 

Las  victorias  de  la  guerra  de  la  independencia  de  la  Pe- 
nínsula, i  los  documentos  concernientes  a  esta  lucha,   con- 


NOTAS    BIOGRÁFICAS 


bOd 


tienen  muchas  noticias  relativas  al  jeneral  Morillo  i  a  los 
servicios  que  en  ella  prestó  a  la  causa  de  España,  pero  los 
escritores  de  este  pais  no  han  señalado,  al  menos  que  yo 
sepa,  ciertos  incidentes  relacionados  con  su  persona.  En  la 
estensa  colección  de  despachos  i  órdenes  del  dia  del  duque 
de  Wellington,  publicada  en  Inglaterra,  después  de  la  muer- 
te de  este  célebre  personaje,  se  encuentran  frecuentes  refe- 
rencias al  jeneral  Morillo,  i  a  sus  servicios  en  la  campaña; 
pero  se  halla  un  hecho  que  no  le  es  favorable.  Se  ve  que 
cuando  los  españoles  penetraron  en  Francia,  a  fines  de 
181v3,  sus  tropas  se  creian  autorizadas  para  cometer  todo 
jénero  de  depredaciones  en  el  territorio  que  pisaban.  El  se- 
vero marques  de  Weüington  (este  era  su  título  entonces) 
no  quiso  tolerar  estos  desmanes,  i  los  condenó  enérjica- 
mente  en  sus  órdenes  del  dia.  Morillo  reclamó  de  esa  cen- 
sura; i  el  marques  le  contestó  el  despacho  siguiente: 

''Saint  Jean  de  Luz,  23  de  diciembre  de  1813. 

"Antes  de  hacer  publicar  las  órdenes  del  dia  de  que  vos 
i  los  oficiales  que  están  bajo  vuestras  órdenes,  os  habéis 
quejado  con  tanta  frecuencia,  os  he  advertido  muchas  ve- 
ces de  la  mala  conducta  de  vuestras  tropas  en  desobedien- 
cia directa  de  mis  órdenes,  lo  que,  según  ya  os  he  dicho,  yo 
no  podia  tolerar,  i  al  efecto,  os  he  pedido  que  toméis  me- 
didas para  impedirlo.  He  dado  mis  órdenes  para  rectificar 
las  que  he  dado  el  18;  pero  os  prevengo  que  cualquiera  que 
pueda  ser  la  consecuencia,  yo  haré  reaparecer  esas  órdenes, 
si  vuestras  tropas  no  son  inducidas  por  sus  jefes  a  condu- 
cirse como  deben  hacerlo  los  soldados  bien  disciplinados. 

"No  he  sacrificado  millares  de  hombres  con  el  objeto  de 
conducir  hasta  el  territorio  francés  el  ejército  que  mando 
para  que  los  soldados  puedan  saquear  i  maltratar  a  los 
campesinos  franceses,  en  oposición  positiva  a  mis  órdenes. 
Yo  os  suplico,  i  suplico  a  vuestros  oficiales  que  os  persua- 
dáis qu^  prefiero  tener  un  pequeño  ejército  que  obedezca 
mis  órdenes  i  guarde  la  disciplina,  mas  bien  que  un  ejército 


510  ESTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

numeroso  que  sea  insumiso  e  indisciplinado,  i  que  si  las  me- 
didas que  estoi  obligado  a  tomar  para  mantener  la  obedien- 
cia i  el  buen  orden  me  hacen  perder  algunos  hombres  i  dis- 
minuyen mis  fuerzas,  eso  me  es  indiferente.  La  falta  recaerá 
sobre  aquellos  que  por  neglijencia  de  sus  deberes  toleran 
que  sus  soldados  se  entreguen  a  desórdenes  que  deben  per- 
judicar a  su  pais. 

"No  puedo  contentarme  con  protestaciones  de  obedien- 
cia. Es  preciso  que  se  obedezcan  realmente  mis  órdenes  i 
que  se  las  ejecute  estrictamente;  i  si  no  puedo  obtener  de 
una  manera  que  se  me  obedezca,  lo  obtendré  de  otra,  o  re- 
nunciaré a  mandar  tropas  que  me  desobedecen". 

Esta  carta  tan  seca  i  terminante,  dio  lugar  a  protestas  i 
reclamaciones  de  Morillo  i  de  los  demás  jefes  españoles  que 
pretendian  descoHooer  la  autoridad  de  Weüington  para  dar 
órdenes  de  esa  naturaleza.  El  jeneral  ingles  fué  inflexible: 
con  la  enerjía  i  templanza  que  le  eran  características,  sos- 
tuvo su  derecho  i  se  hizo  obedecer.  Son  interesantes  las  car- 
tas que  sobre  este  particular  dirijió  al  jeneral  Freyre,  jefe 
superior  del  ejército  español  que  habia  entrado  a  Francia. 
**La  cuestión  entre  esos  señores  i  yo,  le  decia  en  carta  de  24 
de  diciembre,  es  si  saquearon  o  nó  a  los  campesinos  france- 
ses. He  escrito  i  he  hecho  escribir  muchas  veces  al  jeneral 
Morillo  para  mostrarle  mi  desaprobación  sobre  este  punto, 
pero  todo  ha  sido  en  vano.  Al  fin,  me  he  visto  obligado  a  to- 
mar medidas  para  asegurarme  de  que  las  tropas  que  están 
bajo  mis  órdenes  no  harian  estríigos  en  el  pais.  Siento  que 
estas  medidas  sean  de  naturaleza  que  desagrade  aesos  seño- 
res; pero  os  confieso  que  encuentro  que  la  conducta  que  las 
ha  hecho  necesarias  es  mas  deshonrosa  que  las  medidas  (jue 
son  la  consecuencia...  Declaro  que  no  deseo  el  mando  ni  la 
unión  de  las  dos  naciones,  si  uno  u  otra  debe  estar  fundada 
sobre  el  saqueo.  He  perdido  20,000  hombres  en  esta  cam- 
paña, i  no  es  por  cierto  para  que  el  jeneral  Morillo,  o  cual- 
quiera que  sea,  pueda  venir  a  saquear  a  los  ciudadanos 
franceses.  Declaro  altamente  que  no  lo  permitiré  dcnde  yo 
mando.  ♦ 


NOTAR    BIOGRÁFICAS  5)1 


**Si  se  quiere  saquear,  que  se  nombre  otro  jefe...  Vosotros 
tenéis  grandes  ejércitos  en  España;  si  se  quiere  saquear  a 
los  franceses  no  hai  mas  que  quitarme  el  mando,  i  entrar  a 
Francia.  Yo  cubriré  la  España  contra  las  desgracias  que 
van  a  ser  el  resultado  de  esa  política;  o  mas  claro,  vuestros 
ejércitos,  por  grandes  que  sean,  no  podrán  quedar  en  Fran- 
cia quince  dias." 

Estos  hechos  revelan  que  Morillo  i  otros  jefes  españoles 
creian  entonces  que  el  territorio  enemigo  debia  no  solo  pa- 
gar los  gastos  déla  guerra,  sino  quedar  sometido  al  saqueo 
de  los  vencedores.  Esta  fué  la  máxima  que  esos  mismos  je- 
fes practicaron  en  el  nuevo  mundo. 

Como  se  sabe,  Morillo  pasó  a  América  a  principios  de  1815 
con  el  grado  de  teniente  jeneral,  provisto  de  los  mas  amplios 
poderes  i  con  encargo  de  pacificar  la  capitanía  jeneral  de 
Venezuela  i  el  virreinato  de  Nueva  Granada.  La  fortuna  le 
sonrió  un  momento.  Morillo  llegó  a  creer  restablecido  defi- 
nitivamente el  réjimen  antiguo  en  aquellos  paises,  pero  la 
rebelión  volvió  a  aparecer,  i  en  1819  triunfaba  de  nuevo 
en  todas  partes.  Morillo,  cansado  de  una  lucha  cuyo  resul- 
tado final  no  podia  dejar  de  serle  desfavorable,  se  aprove- 
chó de  un  armisticio  celebrado  con  los  patriotas,  i  a  fines 
de  1820  se  embarcó  para  España. 

Este  pais  era  entonces  el  teatro  de  una  gran  revolución 
constitucional.  Al  presentarse  en  Madrid  en  abril  del  año 
siguiente,  fué  nombrado  capitán  jeneral  de  esta  provincia, 
cargo  que  desempeñó  hasta  agosto  de  1822.  Pero  el  conde 
de  Cartajena,  tan  valiente  i  resuelto  como  militar,  carecia 
de  todas  las  condiciones  de  carácter  que  pueden  exijirse  a  un 
jefe  político,  i  hasta  de  la  cultura  de  espíritu  i  de  modales 
que  es  la  obra  de  la  primera  educación.  Vaciló  muchas  ve- 
ces en  la  línea  de  conducta  que  debia  seguir,  aun  se  podria 
decir  que  fué  alternativamente  absolutista  i  constitucional, 
i  desempeñó  en  todos  estos  sucesos  un  papel  mucho  menos 
brillante  del  que  le  habia  tocado  dese^^npeñarenla  guerra  de 
la  independencia.  Fué  acusado  muchas  veces  de  las  mas  gra- 
ves faltas,  i  se  vio   obligado  a  defenderse  por  la  prensa.  En 


512  ESTUDIOS    HISrÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

1823  tuvo  a  su  cargo  la  capitanía  jeneral  de  Galicia;  pero 
sus  vacilaciones  anteriores  le  alejaron  la  confianza  del  rei. 
Morillo  lo  conoció;  i  tomando  por  pretesto  una  enferme- 
dad, pidió  permiso  para  pasar  a  Francia.  Fernando  VII 
accedió  sin  vacilar  a  esta  petición  que  alejaba  del  suelo  es- 
pañol a  un  jeneral  prestijioso  i  que  inspiraba  recelos  al  go- 
bierno. 

Ocho  años  permaneció  Morillo  alejado  de  España  i  de 
todos  los  empleos  públicos,  conservando  en  Francia  una 
situación  mui  semejante  a  la  de  los  desterrados  o  persegui- 
dos por  causas  políticas.  Vivió  en  Paris  rodeado  de  su  fa- 
milia, gozando  de  consideraciones  entre  los  emigrados  es- 
pañoles que  residian  en  esa  ciudad  (los  cuales  eran  mui 
pocos  porque  el  mayor  número  de  ellos  vivia  en  Londres),  i 
cultivando  algunas  relaciones  con  ciertos  personajes  nota- 
bles en  la  política  i  en  el  diarismo. 

Durante  este  destierro,  en  1826,  un  librero  de  Paris,  P. 
Dufart,  publicó  con  el  título  de  Memoíres  du  genera}  Afor/- 
/^o,  un  volumen  en  8*^  de  documentos  concernientes  alas  cam- 
pañas en  América  del  célebre  conde  de  Cartajena.  La  rela- 
ción mas  estensa  i  también  la  mas  interesante  que  contiene 
esa  colección  es  un  Maniñesto  de  Morillo  publicado  en 
Caracas  en  1820  para  contestar  las  acusaciones  que  se  le 
hacian  en  España,  i  reimpreso  el  año  siguiente  en  Madrid. 
Es  una  esposición  justificativa  i  documentada  de  su  conducta 
en  América,  que  puede  servir  al  historiador  para  esplicar 
ciertos  hechos  de  la  rev^olucion  de  Colombia,  pero  que  no 
puede  recibir  el  título  de  Memorias.  Las  otras  piezas  colec- 
cionadas en  el  mismo  volumen  son  manifestos  i  esposicio- 
nes  de  igual  naturaleza,  uno  de  los  cuales  es  firmado  por 
el  jeneral  don  Miguel  Latorre,  que  sucedió  a  Morillo  en  el 
mando  del  ejército  español. 

A  pesar  de  que  al  frente  de  este  volumen  el  editor  declara 
que  no  es  el  jeneral  Morillo  el  que  hace  publicarestas  Memo- 
rias, este  personaje  tomó  a  empeño  el  declarar  su  ninguna 
injerencia  en  esta  publicación.  En  mis  colecciones  de  docu- 
mentos autógrafos  conservo  una  carta  suya  sobre  este 


NOTAS    BIOGRÁFICAS  513 


asunto,  dirijida  a  M.  Buchón,  erudito  francés,  muí  estimado 
en  esa  época,  que  militaba  entonces  en  la  prensa  liberal  de 
París.  Hela  aquí  testualmente,  i  con  la  misma  ortografía 
del  conde  de  Cartajena. 

'Taris  8  de  febrero  de  1876. 

*'Mi  amigo  Buchón:  Siento  el  no  poder  pasar  hoi  por  esa 
para  que  fuésemos  aver  juntos  al  respetable  Abate  Prat  2, 
pero  tengo  un  talón  lastimado  de  la  bota,  i  no  podré  veri- 
ficarlo hasta  el  sávado   o  Domingo  Próximo. 

*'No  se  olbide  V.  de  mi  encargo  sobre  el  Anuncio  de  la 
obra  de  mis  campañas  para  que  se  publique  en  los  diarios 
que  no  es  obra  mia. 

"Páselo  V.  bien  recibiendo  espresiones  de  mi  Esposa,  y 
mande  a  su  amigo  verdadero  Q.  B.  S.  M. 

Cartajena. 


*'A  monsieur  Mr.  Buchón,  rué  Newf  St.  Agustin  n.'^  6,  a 
París". 

Los  diarios  anunciaron,  en  efecto,  que  la  obra  titulada 
Mémoires  da  general  Morillo  era  una  obra  publicada 
sin  la  voluntad  de  éste.  No  sabemos  qué  objeto  podia  tener 
el  conde  de  Cartajena  al  hacer  con  tanta  insistencia  estas 
declaraciones;  pero  sí  nos  consta  que  ellos  envolvían  una 
falsedad.  Fué  el  mismo  Morillo  quien  reunió  las  piezas  di- 
ferentes que  contiene  ese  volumen;  i  por  el  intermedio  de 
un  conocido  escritor  español,  don  Sebastian  Miñano,  la 
hizo  traducir  al  francés  por  Meissonner  de  Valcroíssant  i 
Benigno  Ernesto  Porret,  marques  de  Blosseville,  autores 
ambos  de  dos  o  tres  opúsculos  anónimos,  i  de  una  traduc- 
ción francesa  de  un  libro  de  Miñano,  sobre  la  revolución 
de  España.  El  segundo  de  estos  traductores  ha  puesto  aun 

2  Se  refiere  al  abate  De  Pradt,  autor  de  muchas  obras  sobre  la 
revolución  de  América  i  de  España,  concebidas  con  un  espíritu 
liberal. 

TOMO    X  33 


514  KSTUDIOS    HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


iniciales  E.  P.  B.  al  pié  del  prólogo  de  la  compilación  dada 
a  luz  en  francés  como  Memorias  del  jeneral  Morillo  •^. 

El  conde  de  Cartajena  obtuvo  permiso  para  volver  a 
España  en  1831,  fijándosele  su  cuartel  en  Madrid.  El  año 
siguiente  fué  nombrado  capitán  jeneral  de  Galicia,  donde 
prestó  algunos  servicios,  cuando,  después  de  la  muer- 
te del  rei,  se  sintieron  los  primeros  síntomas  de  la  re- 
belión carlista.  Pero  su  salud  quebrantada  lo  inhabilitaba 
para  el  servicio.  En  1835  se  estableció  en  Madrid;  pero  lue- 
go solicitó  licencia  para  ir  a  los  baños  de  Bareges,  en 
Francia,  donde  esperaba  sanar  de  sus  dolencias.  Allí  vivió 
dos  años;  i  el  27  de  julio  de  1837  murió  en  ese  lugar  a  la 
edad  de  cincuenta  i  nueve  años.  Su  nombre,  mui  popular 
en  España  hasta  1823,  cayó  en  breve  en  un  olvido  casi  com- 
pleto. 

§  4.  . 
Don  Juan    Manuel  de  Cajigal. 

El  jeneral  don  Juan  Manuel  de  Cajigal  sirvió  en  la  pri- 
mera parte  de  la  guerra  de  la  independencia  de   Venezuela,. 


3  Este  hecho  que  he  podido  comprobar  por  mi  mismo,  está  re- 
ferido también  por  Quera rd.  La  Fraiice  littérairc,  suplemento,  i 
por  De  Manne,  A^ouvesu  Dictioniiaire  des  ovvrages  anonymes  et 
pseudonymes  {^.'^^  éá).  páj.  234.  Talvez  Morillo  pretendía  hacer 
creer  que  habia  en  Francia  hombres  interesados  en  la  gloria  de 
su  nombre  que  daban  a  luz  ese  libro  sin  consultar  su  voluntad,  i 
hasta  contrariándola. 

Los  traductores  franceses  délas  llamadas  Afcmoires  du  gene- 
ral Mordió  eran  casi  completamente  desconocidos  en  la  república 
de  las  letras.  El  marques  de  Blossevüle  tenia  cierto  renombre,  nó 
como  literato,  sino  por  un  proceso  por  el  delito  de  calumnia  en 
que  fué  condenado  en  primera  instancia.  Acusó  a  un  infeliz  apelli- 
dado Regnault.  que  estaba  sometido  a  juicio,  de  ser  uno  de  lo& 
asesinos  de  las  matanzas  de  setiembre  de  1792,  de  lo  cual  era 
completamente  inocente. 


NOTAS  BIOGRÁFICAS  515 


desplegando  siempre  gran  moderación  i  evitando  los  ho- 
rrores inútiles.  Habiendo  regresado  a  España  en  1816, 
cuando  parecia  que  esta  provincia  estaba  definitivamente 
pacificada,  Cajigal,  que  hasta  entonces  no  era  mas  que  ma- 
riscal de  campo,  fué  elevado  al  rango  de  teniente  jeneral,  i 
el  rei  le  concedió  las  bandas  de  las  órdenes  militares  de  San 
Hermenejildo  i  de  Isabel  la  Católica.  Habria  querido  des- 
cansar de  las  fatigas  de  una  larga  i  penosa  carrera  militar;, 
pero  el  6  de  noviembre  de  1817  fué  nombrado  capitán  je- 
neral de  Venezuela.  Sus  enfermedades  lo  retuvieron  en  Cá- 
diz mas  de  un  año;  i  cuando  se  disponia  a  embarcarse  para 
América,  se  le  comunicó  el  2  de  julio  de  1819  la  orden  de 
partir  inmediatamente  a  desempeñar  una  comisión  secreta, 
detallada  en  un  pliego  que  no  debia  abrir  hasta  no  hallarse 
a  veinte  leguas  al  oeste  de  las  Canarias.  Ese  pliego  conte- 
nia su  nombramiento  de  capitán  jeneral  de  Cuba. 

Cajigal  se  recibió  del  mando  el  22  de  agosto  de  ese  año. 
A  los  pocos  meses  llegó  a  la  isla  la  noticia  de  la  revolución 
constitucional  de  España.  Estaba  dispuesto  a  no  reconocer 
el  restablecimiento  de  la  constitución  hasta  que  nó  recibie- 
ra órdenes  terminantes  del  Gobierno,  cuando  estalló  allí 
una  sublevación  miUtar  en  la  tarde  del  15  de  abril  de  1820, 
que  lo  obligó  a  desistir  de  sus  propósitos.  Cajigal  no  pensó 
mas  que  en  conservar  la  tranquilidad,  reprimiendo  los  de- 
sórdenes que  podrían  producir  la  píanteacion  del  nuevo 
réjimen,  hasta  que  el  3  de  marzo  de  1821  entregó  el  mando 
asu  sucesor,  el  teniente  jeneral  don  Nicolás  de  Mahy,  Caji- 
gal, sin  embargo,  no  pudo  salir  de  la  isla:  su  salud  que- 
brantada le  impedia  ponerse  en  viaje  para  España.  Se  es- 
tableció en  Guanabacoa;  i  allí  falleció  el  26  de  noviembre 
de  1823. 

Contaba  entonces  sesenta  i  seis  años.  Habia  nacido  en 
Cádiz  en  1757.  Entró  al  servicio  militar  a  la  edad  de  diez 
años,  e  hizo  su  primera  campaña  en  América  en  1777,  cuan- 
do la  espulsion  de  los  portugueses  de  la  isla  de  Santa  Ca- 
talina. Devuelta  a  España  sirvió  en  el  sitio  de  Jibraltar,  i  en 


516  ESTUDIOS  HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFlCOS 

seguida  en  las  Antillas,  cuando  se  preparaba  una  espedicion 
para  quitar  a  los  ingleses  la  isla  de  Jamaica.  Hizo  mas  tar- 
de la  guerra  contra  la  República  francesa  en  la  provincia 
de  Guipúzcoa,  en  que  cayó  prisionero.  Puesto  en  libertad 
a  la  conclusión  de  la  paz,  fué  nombrado  en  1799  teniente 
■de  gobernador  en  Venezuela,  i  en  1804  intendente  de  la  pro- 
vincia deCumaná.  En  este  destino  lo  encontró  la  revolución 
de  1810. 

Algunos  historiadores  lo  han  confundido  con  otro  jene- 
ral  del  mismo  nombre  i  apellido  que  sirvió  muchos  anos  en 
Cuba,  i  fué  gobernador  de  esta  isla  hasta  1782, cuando  fué 
'Comprometido  en  el  ruidoso  proceso  de  don  Francisco  Mi- 
randa, tan  célebre  mas  tarde  como  instigador  de  la  revolu- 
ción hispano  americana.  Este  personaje  era  orijinario  de  la 
isla  de  Santiago  de  Cuba,  tio  paterno  del  jeneral  del  mis- 
mo nombre  de  que  nos  ocupamos,  i  murió  en  Madrid 
■en  1808. 


Habríamos  podido  alargar  estos  apuntes  consignando 
algunas  noticias  sobre  otros  jefes  españoles  que  sirvieron 
en  América  contra  los  independientes;  pero  parece  inútil  el 
repetir  aquí  los  hechos  que  se  refieren  a  ciertos  jefes  que  co- 
mo Elío,  Rodil,  Espartero,  Alaix,  desempeñaron  mas  tarde 
en  España  un  papel  tan  importante  que  sus  nombres  ocu- 
pan muchas  pajinas  déla  historia  contemporánea.  Por  eso 
terminamos  aquí  estas  notas  biográficas,  que  si  encierran 
algunos  datos  poco  conocidos,  no  pasan  de  ser  apuntes 
sencillos  e  incompletos  de  que  talvez  puede  aprovecharse 
-alguno  de  los  historiadores  de  América. 


»i^l^M^W*t#»l^*M###w^«í^ 


ÍNDICE 


ESTUDIOS  HISTORICO-BIBLIOGRAFICOS 

Pajinas 

Advertencia  preliminar 5 

Estudios  sobre  documentos  relativos  a  la  historia  náu- 
tica de  chile  en  los  siglos  xvii  i  xviii 7 

I 

Viaje  de  Enrique  Brouwer  a  las  costas  de  Chile 9 

II 

Diario  del  viaje  i  navegación  hechos  por  el  padre  José  Gar- 
cía, de  la  Compañía  de  Jesús,  desde  sumisión  de  Cau- 
tín, en  Chiloé,  hacia  el  sur,  en  los  años  1766  i  1767....  13^ 

III 

Viajes  del  padre  Francisco  Menéndez  al  lago  Nahuelguapi 

en  17911794 15 


IV 

Esploraciones  jeográficas  e  hidrográficas  de  don  José  de 

Moraleda  i  Montero 37 


618  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLTOaRÁFICOS 


Pajinas 
V 
íRIQUEZAS  DE  LOS  ANTIGUOS  JEvSUITAS  DE  CHILE.  41 

vSECCION  I  47 

LAS  PROPIEDADES  DE  LOS  JESUÍTAS  EN  EL  DISTRITO  DE   SANriAGO 

I 

Arribo  de  los  jesuítas  a  Santiago,  milagros  con  que  el  cielo 

los  favoreció  en  su  viaje 48 

II 

Primera  predicación  de  los  jesuítas;  los  habitantes  de  San- 
tiago les  obsequian  una  casa  para  su  residencia 50 

III 

Las  ;>rímeras  donaciones:  la  Compañía  i  la  Punta:  los  ca- 
pitanes Andrés  de  Torquemada  i  Agustín  Bríseño: 
este  último  es  borrado  de  la  lista  de  los  fundadores....  53 

IV 

Nucvos  benefactores:  don  Jerónimo  Bravo  de   Saravía  i  su 

hijo 55 

V 

El  capitán  García  Carreto;  donación  de  Bucalemu 56 

VI 

Los  jesuítas  hallan  otro  fundador  que  dio  40,000  pesos:  el 

portugués  Madureira 59 


ÍNDICE  519 

Pajinas 

VH 
Otros  benefactores:  el  reí  i  el  clérigo  Fernández  de  Lorca...  60 

VIII 

Donación   del   capitán   Francisco   de  Fuenzalida:  ruidoso 

pleito  a  que  dio  lugar 61 

IX 

Otras  adquisiciones    hechas    para   el   convictorio   de  San 

Francisco  Javier 65 

X 

Los  jesuitas  adquieren  el  local  en  que  hoi  se  levanta  la  Mo 

neda 67 

XI 

Fundación  de  un  noviciado  en  Santiago,   donación   de  los 

hermanos  Ferreira 68 

XII 

Donación  de  don  José  de  Ztiñiga,  hijo  del  marques  de  Bai- 
des:  dificultades  para  recojer  el  dinero  de  los  jesuitas 
de  España 70 

XIII 

Otros  benefactores  de  la  casa  del  noviciado:  don  losé  de 

Lazo  les  da  una  hacienda 72 

XIV 

Donación  de  doña  Ana  de  Flores:  los  jesuitas  forman  el 

convento  de  San  Pablo 73 


520  ESTUDIOS    HlSTÓRICO-BIBLIOGRÁFICüS 


Pajinas 

XV 

Don  Antonio  Martínez  de  Vergara  lega  a  los  jesuítas  la 

hacienda  de  Chacabuco:  adquisición  de  la  Calera 75 

SECCIÓN  II 

ADQUISICIONES  DE  LOS  JESUÍTAS  EN  LAS  PROVINCIAS  DE  CHILE 

I 

Primera  aparición  de  los  jesuitas  en  las  provincias  del  sur: 

terror  que  causan  entre  los  indios 78 

II 

Sus  proyectos  de  conquista  pacífica  i  de  guerra  defensiva...  80 

III 

Fundan  casa  en  Concepción:  donación  de  don  Juan  García 

Alvarado 82 

IV 

Otros  benefactores:  don  Miguel  de  Quiros,   donación  de  la 

hacienda  Longaví 83- 

V 

Levantamiento  de  los  indios  en  1655;  los  jesuitasfortifican 

sus  haciendas 85- 

VI 

Caridad  de  los  jesuitas  para  con  los  pobres:  el  obispo  Nico- 

larde  les  paga  para  que  hagan  una  misión 8S 


ÍNDICE  521 


Pajinas 


VII 

Los  jesuítas  fundan  la  casa  de   Buena  Esperanza:  nuevas 

donaciones 89 

VIII 

El  presidente  Porter  Casanate,  a  causa  de  la  pobreza  del 
real  tesoro,  suspende  el  pago  del  sínodo  asignado  por 
el  reí  a  los  jesuítas:  reclamaciones  incesantes  de  éstos 
hasta  que  se  les  mandó  pagar  la  asignación  real 92 

IX 

Los  jesuítas  se  establecen  en  el  distrito  de  Talca  mediante 
la  donación  que  se  les  hace  de  una  casa  i  de  dos  ha- 
ciendas   94 

X 

Los  jesuítas  dan  misiones  en  Valparaíso:  la  pobreza  de  sus 
habitantes  retarda  el  establecimiento  de  los  jesuítas 
en  ese  puerto 96 

XI 

Encuentran  al  fin  benefactores  i  fundan  casa 97 

XII 

Los  encomenderos  del  valle  de  Quillota  piden  a  los  jesuítas 
que  establezcan  allí  una  residencia,  i  al  efecto  les  dan 
3,000  pesos,  pero  los  jesuítas  no  se  establecen  por  fal- 
ta de  fundadores 99 

XIII 

Aparecen  al  fin  los  fundadores:  el  gobierno  les  da  un  solar 

para  su  convento 100* 


522  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 


Pajinas 

XIY 

Primera  misión  de  los  jesuítas  en  La  Serena:  milagros  efec- 
tuados por  ella:  eficacia  de  las  reliquias  de  San  Igna- 
cio para  los  casos  de  parto 102 

XV 

Establecen  una  casa  de  residencia:  caridad  de  los  jesuítas 
durante  una  epidemia  de  viruelas:  abandonan  esa  ciu- 
dad porque  liabia  quedado  mui  pobre  después  de  la 
epidemia 104 

XVI 

Espléndida  donación  de  Recalde:  los  jesuítas  se  establecen 
definitivamente  en  La  Serena:  milagro  singular  que 
les  produjo  un  espacioso  sitio  para  edificar  su  con- 
vento         106 

XVII 

Los  jesuítas  se  establecen  en  Mendoza:  grandes  donaciones 
de  los  capitanes  Lope  de  la  Peña,  José  de  Morales  i 
José  de  Villegas 109 

XVIII 

Los  jesuítas  descubren  que  el  apóstol  Santo  Tomas  habia 
estado  en  América  i  que  habia  predicado  el  evanjelio 
a  los  indios  de  Mendoza 111 

XIX 

Establecimiento  de  los  jesuítas  en  San  Juan:  donaciones 
del  capitán  Gabriel  de  Mella,  de  don  Francisco  Mari- 
goto  i  del  clérigo  Rodrigo  de  Quiroga 113 


ÍNDICE  f)23 

Pajinas 

XX 

Los  jesuítas  se  establecen  en  San  Luis:  donación  hecha  por 

don  Andrés  de  Toro 115 

SECCIÓN  III 

DIVERSAS  INDUSTRIAS  DE  LOS  JESUÍTAS 
I 

'Riqueza  territorial  de  los  jesuitas;  imposibilidad  de  esti- 
mar su  valor  total 117 

II 

Planjeneral  de  administración  de  los  negocios  de  los  je- 
suitas         120 

III 

Cultivo  de  sus  haciendas;  esclavos  que  tenian  en  ellas 121 

IV 

Otras  industrias  de  los  jesuitas;  calera,  moHnos,  panade- 
rías, boticas,  carnicerías,  curtiembres,  astilleros,  olle- 
ría         122 

V 

Los  hermanos  trabajadores;  arriendos  de  tiendas  i  de  bo- 
degas   : 124 

VI 
Comercio 125 


524  ESTUDIOS   HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS 

Pajinas 

VII 

Industria  de  los  jesuítas  para  eximir  sus  rriercaderías  del 

pago  de  derechos 127 

VIII 


La  enseñanza  i  la  caridad  consideradas  como  negocio 129- 


IX 

Utilidades  pecuniarias  que  producían  las  misiones 130' 

X 

Las  fiestas  relijiosas  no  imponían  a  los  jesuítas 131' 

XI 
Las  mandas  i  los  milagros 132' 

XII 

Conclusión 134 

Documentos  para  la  historia  dk  chile  del  siglo  xviii...       137 

Apéndice  i 

Importante  documento  sobre  la  espulsíon   de  los  jesuítas 

en  1767 139' 

Apéndice  ii 

Relación  de  gobierno  que  dejó  el  señor  marques  de  Aviles, 
presidente  de  Chile,  a  su  sucesor  don  Joaquín  del  Pi- 
no (1796-1797) 169' 


ÍNDICE  525 

Pajinas 

VI 

Un  bando  de  buen  gobierno  para  la  ciudad   de   Concepción 

en  1798 207 

VII 

El  entierro  de  los  muertos  en  la  época  colonial 227 

HISTORIADORES    DE    CHILE 
VIH 

El  jesuíta  Miguel  de  Olivares  i  su  obra  nHistoria  de  la  Com- 
pañía de  Jesús  en  Chile"  (1593-1736) 257 

IX 

Don  José  Pérez  García 277 

X 

Introducción  al  informe  anual  presentado  al  Real  Tribunal 

de  Minería  en  1803  por  el  doctor  Juan  Egaña 293 

XI 

LA  ACCIÓN  DEL  CLERO 
EN  LA  REVOLUCIÓN  DE  LA  INDEPENDKNCIA  AMERICANA 

Primera  parte 305 

Segunda  parte 333 

XII 

El  padre  frai  Melchor  Martínez 373 

HISTORIADORES  DE  AMÉRICA 

XIII 

Don  Mariano  Torrente 397 


526  ESTUDIOS  HISTÓRICO  BIBLIOGRÁFICOS 


Pájinasf 

XIV 

Juan  Manuel  Pereira  de  Silva 425 

XV      , 
Don  Francisco  de  Paula  González  Vijil 441 

XVII 
Don  José  María  Lafragua 453 

XVIII 
Don  José  Gregorio  Paz-Soldan 459 

XIX 

Apuntes  para  i.a  historia  del  arte  de  imprimir  en  Amé- 
rica,         467 

XX 

Notas  biográficas  acerca  de  algunos  de  los  jenerales 
españoles  que  combatieron  contra  la  independen- 
cia de  américa 483 

artículo  primero 

§  1.— Don  José  Fernando  de  Abascal 486 

§  2.  — Don  José  de  Canterac v 488 

§  3— DonJoséCarratalá 490 

§  4.  — Don  José  Manuel Goyeneche 491 

§  5.-Don  José  de  la  Serna 493 


ÍNDICE  527 


Pajinas 

§   6.— Don  Joaquín  de  la  Pezuela 493 

§  7.~Don  Jerónimo   Valdes 496 

^  8.— Don  Mariano  Ricafort , 499 

ARTÍCULO  SEGUNDO 

§   1 Don  Melchor  de   Ajinerich 503 

§  2.    Don  Juan  Ruiz  de  Apodaca 504 

^  3.     Don  Pablo  Morillo 507 

5^  4.    Don  Juan  Manuel  de  Cajigal 514 


» 


THIS   BOOK  ON   THE  n^^  ^^ILüRE  TO  RETURM 
OVERDUE.  *'°°    °N    THE    SEVENTH    olí 


I^I>2l-100m.7.'40(6936s) 


246474 

\fJO 

ÜNIVBRSITY  OF  CALIFORNIA  WBRARY